¡Hola!
Gracias a Wissh por su review.
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Cuando termina el curso, Lucretia está agotada.
No sólo por los TIMOS, que le han salido relativamente bien. Está cansada de discutir con Ignatius, de intentar sin éxito que entre en razón y se quede tranquilamente en Inglaterra. Y de perder siempre, porque no existe en el mundo persona más cabezota que Ignatius Prewett.
El último día de curso, decide intentarlo de nuevo. Ignatius y ella están descansando junto al lago, ocultos de las miradas de la mayoría de los alumnos tras un seto. No es que les moleste que los vean juntos. Es que la gente es muy metomentodo.
—Ignatius—murmura. El joven, que está tumbado en el césped con los ojos cerrados y los brazos extendidos, disfrutando del sol de junio, abre un ojo para indicarle que la está escuchando—. ¿Por qué no haces lo que una persona con dos dedos de frente haría?—sugiere. Él suspira, porque sabe ya de sobra hasta dónde quiere llegar—. Ya sabes, buscarte un trabajo aburrido en el Ministerio desde el que ascender, ganar dinero y… yo qué sé, sentar cabeza, casarte, tener hijos y montar reuniones de alta sociedad como las de mi padre.
Ignatius sonríe de lado.
—No empieces otra vez con eso, Luc.
—Lo haré las veces que haga falta. Hay más gente, no tienes por qué ir tú precisamente a ponerte en peligro.
El joven suspira de nuevo.
—¿Te das cuenta de que, si todo el mundo tuviese tu mentalidad, los muggles aún seguirían quemando brujas?
—Pero no todos piensan como yo—replica Lucretia—. De hecho, sospecho que bastante gente no está de acuerdo conmigo. Pero ésos son los que pueden encargarse de Grindelwald y la guerra muggle, no tienes por qué ir tú.
Ignatius agarra su cintura y tira de Lucretia hasta que la cabeza de la joven reposa en su pecho. Ella no se queja, simplemente lo observa coger una de las trenzas en que se ha recogido el largo pelo negro y jugar con ella.
—No te apeas del hipogrifo, ¿eh?—murmura—. No voy a irme para siempre. Vendré cada poco tiempo, y para Navidad y esas cosas. Y a ti no te tocarán—agrega.
Lucretia suelta un bufido.
—¿No te enteras? Sé que a mí no me harán nada. Eres tú el que me preocupa. Y además los muggles tienen esas bombas y esas cosas de metal…
—Igual no debería haberte hablado de ello—reflexiona Ignatius. Se muerde el labio—. Mira, Lucretia, no voy a ponerme delante de un fusil. Tendré cuidado, te lo prometo. Y si las cosas se ponen muy feas, volveré a Inglaterra ipso facto. ¿Mejor?
Lucretia aprieta los labios, dándose cuenta de que no va a hacer que Ignatius cambie de opinión por mucho que lo intente.
—No. Pero espero por tu bien que no te pase nada, o yo misma te remataré—no lo dice en serio, e Ignatius lo sabe.
—Pero si en el fondo me quieres.
La joven se detesta cuando sus pómulos enrojecen.
—Te tengo aprecio—matiza.
Ignatius se acerca a ella para besarla.
—¿Entonces vas a aceptarlo por fin?
Lucretia entorna los ojos.
—No lo acepto. Creo que eres un completo imbécil por arriesgar tu vida metiéndote en algo que no te incumbe…
—Allá vamos otra vez—murmura Ignatius.
—… pero no voy a convencerte—termina ella—. Ser idiota es inherente a tu persona.
—Oh, mira qué bonito, la señorita Black utilizando palabras largas—se burla Ignatius.
Lucretia se muerde el labio. No quiere pasar sus últimos días con Ignatius, antes de que él se vaya a Alemania, discutiendo. De modo que deja pasar la provocación y sonríe, concentrándose en disfrutar lo que tiene ahora y tratando de no preocuparse por el incierto porvenir.
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