Lily Evans permanecía de pie en la puerta de aquel despacho, mientras Snape tragaba fuertemente. Lleno de nervios que no sabía cómo describir, el por qué de pronto sentía cosas como aquellas. Bullendo en su interior, carcomiendo cada uno de sus sentidos. De pronto escuchaba cosas, de pronto olía aromas que no estaban en el ambiente. De pronto sentía un hormigueo terrible entre sus manos y un hoyo en su estómago que no parecía detenerse por más que hiciera un esfuerzo de mitigar las arcadas con grandes tragos de su propia saliva con sabor a sangre. Ese sabor metálico, ácido.
Su sangre se helaba más y más.
- Severus, has cometido un error por un capricho. ¿Eso es lo que sientes en este preciso momento?
Sus manos temblaban y sudaban frío. Su garganta luchaba por decir: "no. Por fin la tengo y se la he quitado a James Potter. De sus cadavéricas manos; he arrancado lo que más amaba."
- Yo...
- Él no te dirá eso. Es tan cobarde que admitir errores nunca se le dio bien. Tiene miedo de darse cuenta de que no es tan perfecto como cree que es y que le ha salido el tiro por la culata. Esta vez.
- ¡NO!
Eso había dicho y Lily había parpadeado sorprendida. Se había dado la vuelta para encararlo, ya que le daba la espalda mientras miraba a Albus Dumbledore. Snape no se había movido desde que estaba en aquel enredo y ni siquiera había podido pensar en sentarse y tomar las cosas con calma.
Estaba en dificultades puesto que no había pensado en Bellatrix, Lucius y el resto. Lo había olvidado. Estaba tan obsesionado con conseguir su propio bienestar, que simplemente había olvidado que más personas vivían en el planeta. Especialmente brujas y magos tenebrosos.
- No. Solo quería... solo quería verte- tuvo que admitir y Lily se rió en su rostro.
- Pudiste verme en la tumba. Ir a verme era suficiente. Si no te importa; estoy bien donde estoy. Y no necesito tener más problemas ni en esta vida ni en la otra. Gracias.
Pasó a un lado de él, empujándolo con su hombro. La mujer había comenzado a bajar las escaleras del pasillo y Snape había mirado a Albus.
- Bueno, ella tiene un buen punto. severus, este es un mundo peligroso y nuevo para ella. Quién sabe qué podría pasar. Cómo podría alterar el curso de la historia.
Snape tragó fuertemente. Parecía que luchaba por decir algo que resultaba imposible. Albus Dumbledore, sin embargo, esperó por escucharlo.
- Albus, sabes que nunca te he mentido...
- No lo sé, Severus. Espero que no. No es conveniente.
- Sabes que la amo...que yo...
- Ya lo sé. Nunca harías algo que pudiera lastimarla. Aunque sospecho que esto que has hecho, solo ha sido pensando en ti mismo y no creo que puedas evitar que la lastime.
- No lo pensé...yo... yo me dejé llevar.
- Lo sé. Pero lo bueno de todo esto, es que ella ha podido ver a su hijo. Finalmente.
Snape asintió en silencio y abandonó el despacho. Debía ir tras ella, aunque no estaba muy lejos. Se había detenido junto a una vieja columna y respiraba pesadamente, mirando en dirección al cielo raso. A la noche que se erguía omnipotente sobre ella.
- Tenía tanto sin verlo. Ver la luna sobre mí. Y las estrellas.
- Lo lamento, Lily. Creo que Albus tiene razón y será mejor que vuelvas a tu época.
Lily se dio la vuelta y arqueó las cejas. De forma desafiante. Snape seguía encogiéndose de miedo cada vez que veía algo así. Recordaba aquella fatídica noche donde ambos habían discutido y la había perdido para siempre. Había quedado marcada en su memoria.
- ¿Y qué vas a hacer? ¿Matarme? Y luego ¿qué? ¿Me revivirás de nuevo para no cargar con la culpa de que me asesinaste? Estoy bien así, gracias. Además, ahora que he visto a Harry... no me apartaré de su lado. Y eso es algo que ni tú- dijo, golpeándolo con uno de sus dedos en el pecho- ni siquiera tú, me podrás quitar.
Y había comenzado a caminar de regreso al despacho, cuando Snape con el paso acelerado, la alcanzó en las escaleras hacia las mazmorras.
- Al menos permíteme ocultarte. No puedo tenerte aquí toda la vida. Debe haber algún lugar al que puedas ir y...
- Llévame con Sirius y Remus.
Pero pensaba que hacerlo significaría perderla. Le llenarían la cabeza de ideas y entonces ya no podría recuperarla. Y bueno, además de tener que explicarles a los demás, el por qué lo había hecho. Volver a decir que estaba viva porque la amaba más que a nada en ese mundo y que realmente; no había pensado en las consecuencias. Había sido egoísta y la había traído a la vida.
Se lo merecía. Algo para él. Nunca podía darse el lujo con nada.
Pero, nuevamente, las malditas consecuencias.
- De acuerdo- dijo con un resoplido suave.- te llevaré con ellos.
¿Qué otra opción tenía?
