Un capítulo más que sigue
Capítulo Diez: Infiltrados.
"Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" - Jesús a los judíos (Juan 8:32)
Stratta se había quedado "meditando" en su habitación por más de dos horas. Eso era lo que el Maestre Elizalde había creído pero la verdad era que el monje había estado durmiendo todo ese tiempo. El italiano aprovechó de reponer fuerzas luego de su segundo y agotador viaje por lo que casi no le importó que el Maestre sospechara. Siempre podía decir que había pasado ese tiempo en reflexión.
Pero el hombre no tuvo necesidad de mentir para nada. Un segundo monje le había ido a buscar para llevarlo ante el Maestre y le dijo que ya era hora de la cena. Era mucho más tarde de lo que Stratta pensaba, pero tenía tanta hambre que aceptó gustoso las palabras del religioso.
Fue conducido hasta una cocina modesta fuera de la iglesia, situada en una pequeña cabaña cerca de la misma y que hacía las veces de refugio para el mismo Maestre cuando necesitaba descansar. En ella también vivía una señora que se encargaba de cuidar la iglesia por las noches y a la que le encantaba cocinar para el maestre y los ayudantes de éste aunque a Elizalde no le gustaba que la señora trabajase para él aduciendo que él mismo podía hacerse con su propio alimento, pero a la mujer que ya era unos años mayor, le encantaba consentirlo.
Cuando Stratta y el segundo monje llegaron a la cocina el Maestre Elizalde ya se encontraba allí junto a su nonita, como llamaba a Lucrecia Fuentealba.
Elizalde se levantó de su lugar en la mesa para saludar a Stratta y de paso presentarle a su nona.
Un poco incómodo, Stratta se acercó a la anciana para saludarla, pero ella pareció temer a su presencia cuando éste la saludó.
- Usted tiene el aura oscura - fueron las misteriosas palabras que la anciana utilizó cuando vio al italiano que no sabía cómo reaccionar ante aquel imprevisto - Peligrosa, tiene un alma peligrosa. La señora insistió mirando también al Maestre que había perdido su semblante amable para mirar a su nona frunciendo el entrecejo.
- No podéis hablar así de nuestro invitado nonita no es de buena educación - amonestó el hombre con suavidad para luego acercarse a la mujer y alejarla del italiano - disculpad a mi nona, siempre se pone muy nerviosa cuando está delante de personas que conoce por primera vez. - Dijo Elizalde mirando contrito a Stratta que asintió con la cabeza fingiendo una sonrisa despreocupada. La realidad era que la mujer parecía haberlo calado sin siquiera conocerlo y aquello había activado todas las alarmas en él. Decidió mantenerse alejado de la mujer todo lo que fuese posible mientras permaneciera en la iglesia y sólo actuaría de otra manera de ser necesario.
- No necesito echarme a la espalda otro muerto - pensó con aspereza e intentó actuar con normalidad cuando el Maestre le pidió que se sentara a la mesa. Esperaba poder comer tranquilo sin tener a la vieja merodeando a su alrededor. La cena fue sencilla, un plato de sopa, arroz y pescado acompañado de un vaso de vino que Stratta disfrutó mucho. No hubo conversación en la mesa y el silencio duró hasta que todos acabaron sus respectivos platos.
Elizalde le dio las gracias a su nona por la cena y se llevó al italiano de la cocina de vuelta a la iglesia para dejar de incomodarlo por el nerviosismo de la señora.
El monje que había llevado a Stratta a la cocina también los había acompañado de vuelta esperando órdenes del maestre. Éste le dijo que podía regresar a sus actividades normales que eran estudiar el Et Rosae di la Magdala. El monje asintió en tono respetuoso y desapareció por el pasillo que daba a la Sacristía hacia su celda.
- Por lo que sé usted ya conoce la biblia de la Magdalena, ¿No es así hermano? - preguntó el Maestre con amabilidad a lo que Stratta sólo asintió. - Sí, era lo que suponía ya que mi congénere de la Congregación Rosánica del Este era el encargado de enseñársela.
- Él lo hizo - estuvo de acuerdo el italiano con seriedad - Y me ha parecido grandioso saber que existe. Saber que existe en el mundo un legado de la Diosa.
- Eso es verdad hermano mío - el Maestre también estuvo de acuerdo - Tener un legado de este tipo en la orden es un verdadero
tesoro y es tan importante mantenerlo en secreto que vosotros hemos sido privilegiados y bendecidos con el honor de conocerla.
El maestre luego le explicó a Stratta que su nueva misión era una de las más importantes. Él iba a ser el encargado de cuidar a elegida cuando ésta se enterase de la verdad de su origen, también sería el encargado de explicarle a grandes rasgos que su misión en la tierra era de seguir las enseñanzas de Jesús como una misionera, y que para tal actividad debía dejar su vida mundana es pos del bien común. Pero lo haría bajo la protección de la Congregación de la Rosa de la Magdalena que haría la función de los Caballeros del Temple, honrar a la descendiente de la Rosa y protegerla a ella y su futura línea de sangre real.
Stratta escuchó al Maestre aparentando interés, pero él sólo tenía en mente el día en el que llegaría a ver en persona a la pelirroja bíblica. Supo entonces que debía actuar con inteligencia si los ojos de los monjes de las congregaciones Rosánica iban a estar sobre él mientras estuviese cerca de heredera.
- Nadie deberá detenerme - se juró - Y si alguien osa hacerlo, monje o no, lo mandaré de un solo balazo al puto infierno.
El operativo estaba a punto de comenzar junto con la infiltración de Silvia y Lucas a la secta de Buenaventura. Casi todos los agentes de la comisaría de San Antonio estaban enfocados en la misión, por lo que un intenso sentimiento de excitación nerviosa podía palparse en cada uno de los oficiales de orden que debían prepararse para salir a la acción.
El nerviosismo también era evidente en las dos únicas personas que no estaban relacionadas directamente con el operativo y que eran las respectivas parejas de los agentes que se irían infiltrados; Sara y Pepa.
La primera había ido a la Comisaria para desearle suerte a su marido y la segunda también había querido ir para hacer lo mismo con su esposa a pesar que Silvia no quería hacer pasar a Pepa por aquella angustia.
- Voy a estar más tranquila si puedo verte partir a ese lugar con mis propios ojos, por favor princesa no me des de lado en esto, necesito sentir que te soy útil de alguna manera aunque no sea capaz de acompañarte, yo... - la profunda tristeza en la voz de Pepa acabó por convencer a la pelirroja de llevar a Pepa a la estación.
- Te quedarás conmigo mientras yo me alisto Pepa, pero nada más - le había advertido Silvia a su esposa cuando había aceptado a llevarla con ella - Tú sabes que habrá una última pequeña reunión antes de tener que partir hacia el operativo y quiero que te mantengas fuera de eso.
Pepa apretó los dientes con frustración pero tuvo que resignarse a la orden de Silvia y aceptó mantenerse al margen de aquella última reunión informativa. Pepa sabía que su mujer estaría mucho más nerviosa con su presencia en la sala de la brigada si Pepa se quedaba.
- Está bien pelirroja, haré lo que tú quieras - le respondió la rubia con pesar - Tú sólo concéntrate y todo saldrá bien.
Eso era lo que Pepa tenía en mente en ese momento y mientras ayudaba a Silvia a prepararse para la misión en los vestidores. Lucas y Sara también estaban juntos en ese lugar y el alto moreno había tenido que abstenerse de poner los ojos mientras escuchaba a su mujer pedirle de todas las formas posibles que tuviese cuidado.
- Tienes que llegar a casa Lucas - le había dicho Sara con severidad enumerando todas las razones por las cuáles el agente debía regresar con bien a su lado - Recuerda que no sólo eres tú el involucrado en ese operativo que también es mi tita Silvia y ella también tiene que cuidarse de volver al lado de mi tita Pepa.
- Lo sé amor, lo sé - le dijo con una sonrisa tierna que Sara le devolvió con un pico en los labios mientras la chica terminaba de ajustarle una camisa blanca a la cinturilla de los pantalones. Lucas se había convertido en un verdadero hippie con su disfraz. No era nada del otro mundo, pantalones de pana blancos, zapatos de suela corta también blancos y una camisa holgada también blanca. No quería desentonar con el resto de los posibles seguidores de Buenaventura, así que la idea era asegurarse de que eso no pasara.
- Además recuerda que tienes una personita más en la que pensar mi amor - dijo Sara acariciando su barriga con ternura. Los esposos habían descubierto hace dos meses atrás que iban a ser padres, lo que había ocasionado una batahola de proporciones en la casa de Paco. Fue el mismo Paco el que había llamado a Lola a Barcelona para contarle las buenas noticias. Era la primera vez que el hombre hablaba con su ex mujer desde que ella lo había dejado y se emocionó al saber que estaría de vuelta en Madrid pronto para saludar a su hija en persona. El viaje de Lola se había adelantado después de lo que pasó en la boda de Pepa y Silvia y la mayor de las Castro había tenido que regresar mucho antes de lo que había previsto.
- No tienes que recordarme que debo volver por nuestro hijo Sara eso ya lo sé muy bien - dijo Lucas con seriedad pero en tono suave acariciando el vientre todavía plano de Sara.
Luego del tiroteo en la boda, ambos habían dejado pasar un año para dedicarse de lleno a formar una familia. No lo habían querido hacer antes porque aún estaban de duelo por la muerte de sus compañeros y porque Silvia había necesitado mucho de ellos mientras Pepa había permanecido en coma a causa de sus heridas.
Pasado todo ese tiempo habían comenzado a intentarlo y por fin, dos meses más tarde se habían enterado de la buena noticia. Y estaban más allá de felices.
Por su parte, Silvia y Pepa también estaban discutiendo sobre la seguridad en el operativo mientras Pepa ayudaba a su princesa a estar lista. La pelirroja como Lucas también había tenido que aguantarse las ganas de poner los ojos ante la diatriba nerviosa de su esposa.
- Acuérdate que no debes aceptar nada que ese hijo de puta te ofrezca, pero tampoco le des pie a que dude de ti. - insistió la rubia con vehemencia - Tendrás que tener ojos hasta en la espalda pelirroja porque por lo que sabemos ese hombre seguramente tiene gente que lo cuida, y que vigila a los que lo siguen. Si ves que el hombre tiene tipos así en su haber tendrás que irte con más...
- Pepa... - Silvia estaba cansada con la cantaleta. Había estado llamando a su esposa con frustración por mucho rato, pero la rubia parecía estar más ensimismada que de costumbre, hablando tan rápido que la pelirroja estaba mareada.
- Que sí pelirroja que sí. Pero de verdad es que tienes que tener cuidado - insistió Pepa con nerviosismo mientras acomodaba los zapatos blancos de taco bajo en los pies de su niña - Es que también sabes que en esos locos no hay que confiar, pueden ser muy atentos y hippies como quieras, pero siguen a un descerebrado. A un narciso que sólo se preocupa por su propio culo sin importarle el resto y estoy segura que si él te ve, se puede fijar en ti...
- Pepa...- Silvia insistió con más fuerza y volvió a llamar a su esposa pero ella estaba distraída y la pelirroja se dio cuenta que a su chica le habían comenzado a temblar las manos que sostenían el otro zapato que debía ponerse.
- Es un loco... es un loco paranoico princesa... - Pepa no paraba de hablar hasta que Silvia cansada optó por tranquilizar a la rubia obligándole a levantar su mirada para poder mirarla a los ojos como correspondía.
Miedo. Eso era lo que Silvia podía ver en los ojos brillantes de Pepa. Tanto miedo que Silvia tuvo que tragarse un nudo en la garganta cuando se sintió a punto de descomponerse.
- No me va a pasar nada - es lo único que pudo decirle Silvia a su mujer luego calmarla besándola con suavidad - Y tú también sabes eso, y sabes que no es mi primera infiltración, y que no estaré sola. Amor, si tú te quedas tranquila y confías en mí yo estaré bien. ¿Podrás hacer eso por las dos macarra mía?
- Sólo por ti cariño - Pepa estuvo de acuerdo tragándose el nudo de miedo de la garganta e intentando darle a su mujer una sonrisa triste - Tú sabes que por ti hago lo que sea princesa y si me quieres para estarme quieta y esperarte... me costará no lo puedo negar, pero lo haré porque eso es lo que tú quieres que haga. Y porque confío en ti con mi vida pelirroja.
Silvia no cabía en sí de la emoción. Le respondió a Pepa como siempre que escuchaba a su chica decir aquellas palabras tan cursis pero tan sentidas, se la comió a besos haciendo gemir a Pepa que poco a poco estaba que reventaba de deseos de estar en otra parte con su mujer, en otro lugar y no ad portas de un operativo.
- Mejor no sigas que les estamos dando un espectáculo a nuestra sobri y a Lucas - se quejó Pepa con tristeza obligándose a separarse de los labios tentadores de su mujer. - Además, ahora ya sabes que tienes una razón de volver a mi lado esta noche princesa, todavía no me has dejado tenerte como yo quiero y esa te la voy a cobrar.
- ¿Ah sí? - Silvia se rió dándole un piquito a los labios de Pepa que también se estaba riendo y asintiendo con la cabeza.
- Por supuesto que sí mujer - ella dijo en tono jocoso - Me la debes en grande y te la haré pagar con intereses, ya vas a ver.
- mmm eso me encantaría preciosa mía - dijo Silvia besando a Pepa por última vez - Pero entonces tendremos que apurarnos así la noche llegará más rápido, ¿no crees?
Pepa sólo asintió robándole a Silvia un último pico y terminó de ayudar a Silvia con su disfraz. Disfraz que era igual de simple que el de Lucas pero más femenino obviamente. Silvia llevaba un vestido blanco por encima de la rodilla, que estaba conectado con una capa de tela blanca más fina similar al de una túnica. Todo eso junto a sus zapatos de taco bajo que en realidad eran más unas botas al mismo tiempo porque podías alzar o bajar la caña del calzado si lo necesitabas.
Cuando la pelirroja estuvo lista, Pepa retrocedió un poco en la silla de ruedas para dejarle espacio y para admirar a su esposa. En una palabra, su princesa parecía una diosa con ese atuendo, aunque claro, Pepa no tenía palabras para describir como se sentía al verla.
- Estás guapa pelirroja.
No había sido Pepa sino Lucas el que había dicho en voz alta lo que la rubia pensaba y verlo mirando tan abiertamente a Silvia incluso con Sara a su lado le hizo hervir de celos. No podía evitarlo y sabía muy bien que no tenía razones, pero no podía impedirlo. Lucas era el pasado de Silvia y siempre lo sería. Eso no quitaba el hecho de que Pepa sintiese celos por él, por estar ocupando el lugar junto a su pelirroja que Pepa creía pertenecía sólo a ella.
- Por supuesto que está guapa Lucas, ¿Qué te crees? es mi esposa de la que estamos hablando, ella siempre está guapa - Todos se dieron cuenta de la vehemencia con la que Pepa había pronunciado el mí pero nadie dijo nada al respecto por respeto a Pepa y para no cabrearla. Los cercanos a la rubia sabían que el temperamento hipersensible y cambiante de Pepa se debía a su incapacidad, y casi todos estaban de acuerdo en que parte de eso no era totalmente culpa de ella. La apoyaban como podían pero al mismo tiempo sabían que caminar sobre cáscaras de huevo al su alrededor acabaría teniendo sus consecuencias. Consecuencias que nadie en el entorno cercano a la muchacha quería enfrentar teniendo tan cerca un operativo tan delicado como el de la secta.
Tanto Sara como Lucas se dieron cuenta que Pepa había aferrado la mano de Silvia con fuerza dándoles a entender que no debían meterse con ella, y los chicos entendieron que ese acto de la rubia era sólo su miedo e inseguridad hablando. No podían ser condescendientes con ella pero tampoco se ofendían de su actitud porque ambos sabían que actuarían de igual manera si llegasen a estar en los zapatos de Pepa.
- Por supuesto que lo sé Pepa, y es lo único que estoy diciendo, nada más. - dijo el chico con simpleza rodeando a Sara con su brazo para darle un beso en la sien. - Sé que nuestras chicas son bellas y que somos unos afortunados, ¿no crees rubia?
- Es cierto... - fue todo lo que dijo Pepa y tuvo que calmar su creciente ansiedad luego de recibir una suave reprimenda de Silvia que le pidió que se tranquilizara y calmara sus bragas en tono jocoso.
- Ahora sí esta noche mi amor - le había asegurado besando a Pepa por última vez justo a tiempo de ver abrirse la puerta de los vestuarios junto a Rita que les pedía que fueran a la sala de la brigada para la última reunión.
- Creo que es mejor que tú te vayas con Sara, ¿Vale cariño? - le dijo Silvia a su esposa dándole un beso en la frente y mirando luego a su sobrina que se alejó de Lucas para acercarse a sus tías. - ¿Te la llevas Sarita? no quiero que se quede tras la puerta de la sala de briefing husmeando, porque con lo cotilla que es tu tía, estoy segura que eso es lo que hará apenas se cierre la puerta.
- ¡Pelirroja! Vamos, qué poca fe que me tienes - Pepa exclamó con vehemencia haciéndose la indignada - ¿Y así dices que me quieres?
Silvia sólo alzó una ceja ante la pulla de Pepa y la rubia tuvo que cerrar el pico porque su mujer estaba en lo cierto. La había calado ya que era precisamente eso lo que tenía planeado hacer.
Los cuatro salieron de los vestidores y se separaron al llegar a la sala de la brigada. Silvia y Lucas con dirección a la sala de juntas y Sara y Pepa directo a la sala de descanso.
La reunión fue corta como Silvia había previsto. Marina los había reunido a todos por última vez para darle un último repaso al plan de acción antes de iniciar de lleno el operativo.
Salgado le dio las reglas de acción y le hizo repetir a los infiltrados todo lo que debían decirle a Buenaventura cuando llegaran. La idea era que Lucas y Silvia se hicieran pasar por una pareja de recién casados que andan en busca de aventuras y relajación, algo en su propio estilo pero que al mismo tiempo deseaban vivir en compañía de alguna comunidad con los mismos intereses.
Los chicos debían ser convincentes de eso así que "actuaron" la forma en la que lo harían. Silvia fingió estar locamente enamorada de Lucas y para eso utilizó su memoria emotiva, la del tiempo en el que de verdad estaba loca por él y Lucas hizo lo mismo. Todos los que estaban reunidos se dieron cuenta que la actuación era bastante convincente, por la mirada intensa que ambos se daban y todos estuvieron agradecidos que ni Sara ni Pepa estaban presentes para ser testigos de aquello. Las pobres estarían totalmente celosas de sus parejas respectivas y ni dudar de Pepa, estaban seguros que sólo por eso, se negaría de nuevo a la presencia de la pelirroja en el operativo.
Cuando Salgado estuvo conforme con todo, dio por empezada la misión mandando a todos los agentes a tomar sus respectivas posiciones. La Operación Iluminados, había comenzado.
Curtis y Povedilla salieron primero dejando un poco rezagados a Silvia y Lucas para dejarles espacio a que se despidieran de sus mujeres.
Cosa que hicieron cuando vieron a Pepa y a Sara saliendo de la sala de descanso donde ambas chicas habían discutido sobre el operativo y Sara había intentado convencer a su tía para que salieran a un día de compras. Sara sabía que Pepa iba a pasarse todo el día encerrada en el trastero de la corrala, llenándose la cabeza de burradas y preocupada por Silvia.
- No estoy para ninguna salida sobri, ¿O acaso no me ves? - Pepa no había querido que su tono sonase tan borde al responderle a su sobrina pero no podía evitarlo, la preocupación por la seguridad de Silvia estaba primero que cualquier otra cosa en su lista y la rubia sabía que no se iba a quedar tranquila hasta no ver llegar a la pelirroja sana y salva a casa.
- Sé que no estás para fiestas tita pero tampoco para estar comiéndote la cabeza con la preocupación - Sara le había respondido con el mismo tono medio borde que Pepa - Yo también estoy preocupada por Lucas, pero confío en que es capaz de protegerse y proteger a la tita Silvia mientras estén en la misión y creo Pepa que deberías hacer lo mismo.
Sara era más pequeña que Pepa pero más madura que ella misma y eso a la rubia la llenó de vergüenza cuando la escuchó hablar.
- Perdóname sobri tú tienes razón - se había disculpado Pepa en tono contrito al saberse regañada como correspondía - Es que los nervios están que me comen los sesos Sarita no puedo evitarlo. Tú sabes que quisiera ser yo la que asuma el riesgo que está corriendo mi pelirroja y no ella... es que si algo llegase a pasarle a tu tía soy capaz de aventarme del primer puente que encuentre con todo y esta puta silla... me moriría Sara, sin tu tía, yo me moriría sobrina...
- ¿Tal como casi lo hiciste el día de la boda Pepa? - Sara no tenía intenciones de morder a la rubia con ese tema pero no pudo evitar hacerlo al escuchar las palabras de Pepa - ¿Por eso fue que tomaste las balas que eran de Silvia, verdad?
- Venga Sari que nosotras ya hablamos... Pepa no quería volver a ese asunto. Todo lo que había ocurrido en la boda aún pesaba en el corazón de todos y Sara fue una de las más afectadas. Le había costado mucho perdonar a Pepa por haberse expuesto de esa manera, aunque estaba al mismo tiempo orgullosa de ella por haber salvado a su otra tía.
- No me estoy quejando Pepa, pero tampoco me gusta oírte hablar así - le dijo en tono serio la joven - No puedes pensar de esa manera tía y menos creer que las personas que te amamos nos quedaremos calladas si amenazas con hacer ese tipo de burradas. Sé que amas a mi tía Silvia pero todavía queda gente en tu vida que os necesita. Voy a tener un hijo Pepa y sé que voy a necesitar tanto de ti como de Lucas y el resto de la familia para que me apoyen a criarlo, ¿O es que piensas abandonarnos también?
Pepa no pudo con el dolor en la voz de su sobrina y le volvió a pedir perdón con un abrazo y un beso en la frente. Sara la disculpó con la condición de que al menos pasara la tarde en su compañía y en la de su madre mientras ésta última empezaba con los arreglos para abrir Los Cachis.
El negocio del bar había vuelto a sus manos luego de comprárselo a Leo su antigua dueña, con el dinero de la venta de su casa en Barcelona.
A Pepa no le había quedado más remedio que estar de acuerdo con lo que le pidió su sobrina y en secreto estaba agradecida por ello porque no sabía si iba a poder aguantar quedarse sola en el trastero hasta que el regreso de su esposa, al menos no sin antes volverse loca.
Pepa pudo despedirse de Silvia con un suave beso en los labios y una súplica que la pelirroja respondió con un abrazo de oso.
- Lo único que te pido princesa es que recuerdes que hay alguien que te espera en casa, que te ama con la locura y te necesita de la misma manera. Las palabras de la rubia emocionaron a la pelirroja quién estuvo de acuerdo en todo eso. Pepa también le había dado a Silvia su collar con una pequeña cruz de plata para su protección.
- Pero cariño esto es tuyo - Silvia no quería tener la cruz de Pepa porque era el único recuerdo que tenía de su abuela materna. Su madre se la había dado a Pepa cuando la rubia había cumplido sus quince y nunca más se la había quitado.
- La necesitarás más que yo princesa - le respondió la joven con una sonrisa mientras ayudaba a acomodar el collar en el cuello de Silvia - Sé que te protegerá y sé que a mi nana no le importará que tú la lleves mientras estés en ese circo de locos, pero procura que nadie te la vea por si las moscas.
Silvia volvió a emocionarse por el gesto tierno de su mujer y aceptó por fin llevar la cruz escondida en su cuello. Besó por última vez a Pepa en los labios y se fue junto a Lucas que se había despedido de Sara a la furgoneta que los llevaría al bosque Santa Clara.
- Volverán tía, tú no te apures, que volverán - le había asegurado Sara al ver a Pepa mirando la partida de la furgoneta que esta vez era de una empresa maderera, hasta que desapareció en una esquina a un par de cuadras de la estación.
Pepa sólo asintió con el cuerpo tenso porque era lo único que podía hacer en esos momentos, convencerse de que su pelirroja volvería a ella y regresaría a casa sin problemas.
- Por favor Dios... si estás allí arriba y me escuchas, por favor protégeme a mi pelirroja, haz que vuelva con bien a mi lado. Te lo suplico. - había rogado la rubia en silencio confiando en la inteligencia de Silvia y se dejó llevar por Sara de regreso a la corrala.
El viaje hasta el bosque Santa Clara estuvo lleno de silencio nervioso. Silvia temía la vista que pronto aparecería ante sus ojos porque sabía que sería de un parecido enorme a su última pesadilla. Decidió no pensar en eso y elevó una plegaria silenciosa para que todo resultara bien y también por la tranquilidad de su esposa Pepa.
La furgoneta no había tardado mucho en llegar hasta un costado del bosque dónde Curtis había decidido aparcar finalizar con los retoques de los agentes, se tenían que poner audífonos y un micro para grabar lo que ocurriese dentro de la comunidad. El micro de Lucas era un collar tribal que también era capaz de grabar imágenes y el de Silvia un prendedor de forma ovalada podía tener sujeto a la túnica y pasaría desapercibido. En esta ocasión sólo Lucas iría armado por precaución. Con Silvia habían decidido no hacerlo porque no tendría mucho lugar en el cuál esconder un arma sin que no lo notasen y la pelirroja tampoco había querido ir armada la primera vez. Tendría que permanecer junto a Lucas en todo momento.
Povedilla y Curtis se despidieron de los chicos cuando éstos estuvieron listos y se alejaron de la furgoneta hasta el claro del bosque dónde podían percibir un fuerte olor a madera y hierba quemada a medida que iban acercándose más hacia el centro.
Muy pronto ambos se vieron rodeados por cuatro personas, dos mujeres y dos hombres vestidos de túnicas blancas quiénes le preguntaron a el motivo de su llegada.
Fue cuando empezó la acción. Ambos hicieron como que no sabían dónde estaban pero les explicaron que estaban de luna miel.
- Es que no queríamos pasarla solos encerrados en una habitación de hotel y decidimos dar rienda a nuestra felicidad en la naturaleza, ¿No es así amor? - le preguntó Lucas a Silvia con una sonrisa tierna a lo que Silvia le respondió con otra sonrisa igual y un asentimiento de cabeza.
- Es cierto mi amor - Silvia fingió estar de acuerdo con su marido - No estamos buscando ningún problema sólo un lugar tranquilo dónde pasar esta noche o el rato que ustedes estimen, claro, sólo si no es inconveniente por supuesto.
- Todos quienes deseen convivir junto a la madre naturaleza siempre serán bienvenidos - Una voz suave pero grave les respondió de pronto - Ni Silvia ni Lucas habían visto aparecer al hombre que se dieron cuenta, era Martín Buenaventura en persona.
El mismo hombre que los agentes habían visto en el archivo que más temprano Salgado les había enseñado en la Comisaría.
El llamado Pastor, no eran un hombre alto, de hecho Lucas era más alto que él, porque podía medir un metro con sesenta y ocho centímetros. Era de tez blanca, ojos marrones y cabello oscuro que lo tenía largo hasta la cintura y que no tenía nada que envidiarle a la melena de la pelirroja. Como los hombres y las mujeres que los custodiaban, Buenaventura también iba vestido con una túnica blanca, con la única diferencia que en el lado derecho de su pecho tenía un prendedor con la forma de un triángulo atravesado por un corazón de plata. Silvia supuso que era la insignia de la comunidad del Triángulo Ancestral.
- Si deseáis pasar un rato en nuestra comunidad sois bienvenidos - dijo el hombre y se presentó con amabilidad - Soy el Pastor Buenaventura y soy quién os acompañará en esta comunidad. No me gusta decir dirigir porque aquí nada es obligación, todo es libre albedrío. Sino estáis cómodos en este sitio sois libre de marcharos cuando lo deseen.
- Muchas gracias - respondió Lucas fingiendo estar emocionado - eso es todo lo que andábamos buscando con mi mujer - Y lo siento, he sido un grosero, mi nombre es Rodrigo, Rodrigo Ayala y esta chica tan guapa que tengo a mi lado es mi reciente esposa... - Lucas miró a Silvia para saber si le seguía la farsa, se le habían olvidado por completo sus nombres en clave luego de enfrentarse a Buenaventura.
- Magdalena - dijo sin dudar Silvia mirando directamente a Buenaventura que no le quitaba la vista de encima - Magdalena Castillo, un placer conoceros. Y gracias por dejarnos pasar este rato con vosotros, la verdad es que necesitábamos de la compañía.
- El placer es todo nuestro, por favor seguidnos - fue todo lo que dijo Buenaventura en tono complacido a la vista y a la voz de la pelirroja, si la verdad era dicha, el hombre "Santo" había quedado fascinado con la belleza natural que irradiaba la pelirroja vestida de blanco.
Ambos agentes fueron conducidos por Buenaventura y sus cuatro seguidores hasta el fondo del claro donde desaparecieron totalmente de vista, incluidos de la vista de Curtis y Povedilla que maldijeron hasta en arameo por haber perdido la comunicación con los chicos.
- ¡Es que Paco nos corta las pelotas Povedilla! - se quejó el hombre lleno de nerviosismo - ¡Que nos corta las pelotas y nos cuelga, esto no puede estar pasando! ¡Que me cago en la puta, joder!
Curtis estaba en lo cierto. Sin el respaldo de los micros y la cámara sólo quedaba confiar en que Silvia y Lucas fuesen lo suficientemente inteligentes para arreglárselas solos.
Sin embargo lo peor no era eso, sino escuchar el timbre del móvil de Povedilla quién quedó con los ojos desorbitados luego de descubrir que quién llamaba para saber cómo había comenzado la infiltración no era otro que el mismo Comisario Miranda.
- ¿Qué... qué hago, eh Curtis? - le preguntó en tono asustado el otro agente al hombre de las patillas - Qué, ¿Qué le respondo al Comisario?
- La jodida verdad Povedilla que sino nos irá peor, necesitaremos refuerzos y esta es la única puta manera de hacerlo - fue la respuesta cortante.
Vio como José Luis saludaba a Paco en tono respetuoso y le decía la horrible verdad.
- Los hemos perdido Comisario - fue la respuesta temerosa de Povedilla a su Comisario - No, no tenemos...
- ¡¿Cómo que los han perdido Povedilla?! - exclamó Paco perdiendo todo el color en su rostro - ¡¿De qué cojones me estáis hablando, joder?!
- No tenemos comunicación Comisario, con los agentes infiltrados - respondió el agente temeroso al oír despotricar así a su jefe - Que no tenemos señal, que cuando acabaron de entrar al claro dónde está la comunidad que los hemos perdido. No sé cómo pasó comisario pero no hay ni siquiera una interferencia para darnos a conocer su paradero.
José Luis escuchó maldecir a Paco de la misma manera que antes lo había hecho Curtis con la diferencia que quienes le cortarían las pelotas a él si llegaban a enterarse eran su hermana Pepa y su hija Sara.
A Paco no le quedó más remedio que confiar en sus agentes. Ahora estaban por su cuenta y sólo le quedaba rezar para que todo saliera bien y que para que ni su hermana ni su hija supiesen nunca que había mandado a sus respectivas parejas a la misma boca del lobo, y que no sabía si en realidad esa noche regresarían.
