Capítulo 10

Era lunes de nuevo.

Odiaba los lunes.

Odiaba a las fiestas.

Seguía sin recordar nada de aquella noche.

Seguía odiando a Edward.

Mi mente todavía estaba en blanco y ningún recuerdo nuevo había hecho acto de presencia. Tampoco tenía noticia de alguno de los Cullen. No habían llamado, ni enviado un mensaje, ni habían venido a mi casa. Supongo que fui una tonta a ir a la fiesta con todos ellos. Capaz de haber hecho una barbaridad y ahora los Cullen-Hale me odiaban como debería haber sido desde un principio. Al fin y al cabo, la culpa la tenía yo por involucrarme con ellos, aún sabiendo el final que tendría esta historia de amistad entre ellos y yo.

Así que otra vez era lunes. Y tenía toda la certeza de que iba a evitar a todos los Cullen como fuera posible. No tenía ganas de lidiar con ellos ese día.

La primera persona que vi al llegar al instituto fue a Angela, que nada más saludarme me acribilló a preguntas sobre lo que había pasado en la fiesta. Quería saberlo todo, todos los detalles. Pero obviamente su curiosidad quedó insatisfecha básicamente porque no recordaba nada. Se le pasó en cuanto le pregunté sobre ella y Ben. Y así, se enfrascó en una conversación sobre todo lo que había hecho con Ben ese fin de semana. La escuché hasta que llegamos a nuestra clase y nos sentamos en nuestros sitios. No había casi nadie en la clase, solo éramos nosotras y un par de chicos sueltos. Antes de que Angela sacara otro tema de conversación, le conté lo que había pasado el sábado en la casa de los Cullen. No era algo muy destacable que contar, pero Angela se emocionó de todas formas.

La clase fue interesante y se me hizo muy corta; milagrosamente no había mandado deberes para casa, lo cual agradecía mucho. No tenía ánimos para hacer nada esa tarde.

Angela y yo nos despedimos para ir a nuestras respectivas clases. Como siempre, me sumergí en mi mundo y dejé que las personas a mi alrededor se desvanecieran y comencé a divagar sobre cosas sin sentido. Como siempre hacía, iba mirando al suelo sin levantar la mirada. Sin embargo, esa vez algo me hizo levantar la mirada. Y pillé a Edward Cullen mirándome desde el otro extremo del pasillo, con Jasper a su lado. Me sonrió y levantó la mano para saludarme. Jasper, al notarme hizo lo mismo, e hicieron ademán de acercarse a mí, pero en vez de dejarles que lo hicieran, salí de allí caminando con pasos rápidos y me metí en el aula donde me tocaba la siguiente clase.

Era tan frustrante no saber nada… Y Edward actuando tan raro conmigo. ¿A qué se debe? Debía de saber de una manera u otra, pero todas las soluciones a ese problema me llevaban a Edward. Y cuanto menos hablara con él, mejor sería para todos.

Al salir de clase me encontré con Angela, estuvimos hablando un rato hasta que nos volvimos a separar para ir a nuestras diferentes clases. Desconecté y pensé en que ahora tenía clase con algunos de los Cullen. Solo me había topado con Edward y Jasper, y la verdad es que quería que siguiera así hasta, por lo menos, la semana siguiente. Pero yo no soy tan afortunada, así que ni de coña eso se iba a quedar así. Y, efectivamente, me volví a topar a Edward. Esta vez estaba con Alice, que hablaba con una expresión de seriedad que nunca había visto en ella. Supuse que sería un asunto grave. Los ojos de Edward volvieron a hacer contacto con los míos y dio un paso hacia mi dirección dejando con la palabra en la boca a su hermana. Sin embargo, alcé la barbilla y me fui de allí como si no hubiese pasado nada.

Ya había pasado una semana desde ese día. Y volvía a ser lunes. Y yo seguía igual.

Había conseguido esquivar a los Cullen durante una semana entera. Eso ya era todo un logro para mí y estaba, en cierto modo, un poco orgullosa de ello. No crucé más palabras con ellos, pero sí que había echado vistazos secretos o no tan secretos a Edward. Algunas veces lo observé, tanto rato hasta que él me pilló infraganti; entonces desviaba mis ojos y salía de allí todo lo rápido que podía sin parecer obvia.

Ese lunes decidí que iría al gimnasio durante la hora del almuerzo, ya que seguramente Angela almorzaría con su novio y no quería ser la tercera en discordia ni que me empujara directamente a la mesa de los Cullen. No le había dicho que estaba molesta con todos ellos ni que los había estado evitando durante todo la semana, aunque supuse que algo se olería que pasaba. Había visto a Rosalie y a Alice juntas casi todos los días; a veces con Emmett o con Jasper, o simplemente solos. Pero no me notaron, así que me esfumaba de allí sin que me notaran. Las clases que había tenido con ellos habían pasado sin nada especial que contar. En cuanto veía que entraban, desviaba la mirada a mi libreta y escribía unos cuantos garabatos sin sentido y no hacía contacto visual con ellos para que no lo tomaran como una invitación para hablar. Respetaron mi decisión y no me dirigieron la palabra en los últimos siete días.

Ahora estaba en mi lugar predilecto, sin nadie, en tranquilidad, junto a mi sándwich de atún como compañía. No me echaba nada en falta.

Durante los primeros quince minutos me senté en las gradas para comer mientras escuchaba música con mi antiguo reproductor de música. Escuché canción tras canción y cuando hube terminado de comer me tumbé sobre uno de los escalones de las gradas, cerré los ojos y dejé de pensar sobre todo.

Siempre procuraba tener el volumen de la música bajo para así poder escuchar el timbre que nos devolvía a las clases. Y ese día no fue la excepción. La música baja, el chirrido de la puerta del gimnasio mientras se abría y cerraba y después unos pasos viniendo hacia mí. Entré en pánico. ¿Sería el profesor? ¿O simplemente alguien que quería destrozar mi completa tranquilidad y serenidad? Me levanté como un resorte y ahí fue cuando me cuenta que la opción dos era la ganadora.

Edward Cullen se acercaba a mí con pasos decididos, contemplándome fijamente.

―Hola ―Saludó.

―¿Qué haces aquí? ―Pregunté hostilmente, poniéndome en pie.

―Quería hablar contigo, en vista que has estado evitándonos a todos sin motivo aparente ―Lo dijo con tranquilidad. No había un doble fondo que escondiera rencor o algún otro sentimiento de reproche hacia mí.

―No tengo por qué darte explicaciones ―Le contesté, entrecerrando los ojos.

―Me parece estupendo, pero quieras o no me las vas a decir.

―¿Qué te hace pensar que voy a ceder?

―No vamos a salir de aquí hasta que hablemos de verdad ―Se acercó hacia mí un poco más―. Tú decides. Por las buenas o por las malas.

―Veo que estás muy seguro de ti mismo.

―Eso es porque lo estoy. No creo que quieras ver que te han expulsado del colegio durante tres días por llegar continuamente tarde a clase en tu expediente, ¿verdad? ―Alzó las cejas esperando mi respuesta.

―Estás jugando sucio ―Bufé y me dejé caer donde había estado tumbada con anterioridad.

―Quien avisa no es traidor ―Se sentó a mi lado y tomó aire―. ¿Se puede saber por qué nos evitas? Alice está más insoportable de lo que usualmente es.

―Edward… no creo que…

―Dímelo, Bella.

―No quiero ―Me crucé de brazos―. Son problemas míos. No veo donde encajas tú.

―Bueno, he sido el primero al que has ignorado en cuando te iba a saludar.

―¿Sí? Pues vale. Tú también tienes que darme algunas explicaciones, ¿no? ―Fruncí el ceño y él puso una mueca de sorpresa, como haciéndose el inocente.

―¿Yo? ¿Y eso por qué, si se puede saber? Yo no he hecho nada malo.

―A mi parecer sí que lo has hecho. Todos vosotros lo habéis hecho. Conmigo. Una y otra vez.

―¿Se puede saber de qué estás hablando, Bella?

―No.

―Vale, pues entonces no comiences a explicarte para quedarte a medias. Eso es más exasperante que no saber la historia completa.

Rodé los ojos y no contesté. Nos quedamos unos minutos más en silencio incómodo, hasta que él decidió romperlo.

―¿Por favor? ¿Podrías decirme qué es lo que te pasa? ―Bajó el volumen de voz, tanto que parecía un arrullo―. Me he estado comiendo la cabeza desde que te vi el sábado por la tarde en mi casa y pasaste de mí como si nada…

―Ahora eres tú el que no se está explicando ―Refuté.

―Mira, Bella, Alice es una de las cosas más importante que tengo y… esta mañana ha venido a mi habitación llorando porque su nueva amiga cuyo nombre empieza por B ha pasado de ella durante toda la semana pasada. Incluido en la fiesta. Me ha destrozado verla así y le he prometido hacer todo lo que esté en mi mano para hacer que todo vuelva a la normalidad.

―¿Sabes lo que es normalidad? Teneros a todos fuera de mi vida. Antes yo era normal, feliz a mi manera; no tenía que preocuparme por amigos, ni fiestas, ni ropa para ponerme. Todo esto es nuevo para mí, ¿vale? Así que esto no es normal para mí. Todo lo que era normal para tu hermana es anormal para mí. Y me agobia todas estas cosas, el no saber qué hacer, estar preocupada por si digo algo y que todo el mundo salga huyendo de mí. ¿Crees que eso es sentirse normal? Y luego están todos los sentimientos que siento hacia vosotros. Y que vosotros me mostráis. Es como ser una niña haciendo amigos por primera vez en parvulitos.

―Lo…

―Yo no quería acercarme a vosotros. Sabía que todo esto acabaría mal para todos.

―Puede arreglarse todo, Bella. No lo des todo por perdido.

―¿De verdad quieres saber por qué os he evitado? ―Pregunté en voz baja.

―Solo si tú quieres. Todo eso de encerrarte era mentira; nunca haría algo así contigo.

Me limpié una lágrima que descendía por mi mejilla y comencé a contárselo.

―Cuando me levanté el sábado por la mañana me sentí como una mierda. Tú no estabas allí, no recordaba absolutamente nada y… y estaba preocupada por lo que podría haber pasado. Después llegué a la conclusión que te habías ido porque me habías comparado con Tanya y te había dado repulsión el haber compartido una noche de sueño conmigo…

―Para un momento, Bella ―Ahora parecía enfadado conmigo―. ¿Por qué te infravaloras? ¡Vales mucho más que ella! ¿Cómo puedes pensar así?

―Pero… ―Intenté replicar.

―No quiero volver a escuchar pensamientos como ese nunca más, ¿me has entendido? ―Bajé la cabeza, pero él me acunó la cara y me alzó para que nuestras miradas volvieses a conectar―. ¿Vale?

―Vale ―Susurré.

―Continúa, por favor.

―Me enfadé mucho contigo, porque estaba desorientada y no me dejaste nada para saber por qué te habías ido. Así que cuando fui a tu casa a por las gafas que tenía tu hermana y verte allí tan tímido… me molestó mucho más. ¿La culpable era yo, después de todo? Por eso te ignoré, te lo merecías. He estado pendiente del teléfono para ver si Alice, Rosalie o incluso Jasper y Emmett me llamaban (algo muy raro en mí), pero no tuve noticia ninguna sobre ellos. Mi mente entendió que ya no me querían como amiga y habían cortado por lo sano. Lo primero que he estado haciendo cuando llego aquí es ir directa a mi clase y bueno, lo tuyo, cuando te he ignorado, ha sido porque seguía enfada contigo. Pero, con los demás, pensaba que eran lo que querían.

―Pues has pensado mal ―Sonrió torcidamente y esa sonrisa me desarmó totalmente―. Totalmente. No te hemos llamado porque no queríamos agobiarte. Pensamos que después de todo el estrés que te había dado Alice durante toda la semana con la fiesta, sería bueno para ti desconectar de nosotros. Emmett dijo «Ya llamará ella, si quiere» y después Jasper «No queremos ser pesados, Alice. Déjala que se adapte a todo esto» y, por supuesto, la gota que colmó el vaso fue cuando mamá les dijo que habías estado allí y no los habías levantado para hablar contigo.

―Esme me dijo que no hiciera ruido y yo tampoco quería despertarlos.

―Eso es lo que yo dije, pero Alice se enfurruñó y se fue de nuevo a su cuarto ―Se encogió de hombros―. Y respecto a mí… Bueno, sí que te debo una disculpa ―Tomó aire y dejó libre mis mejillas para coger mis manos entre las suyas―. No me pude quedar dormido por lo que había pasado, mi mente no dejaba de darle vueltas a lo que me habías dicho y podía escuchar los ronquidos de tu padre, como diciéndome «En cualquier momento me puedo levantar y verte ahí. Incluso puedo llevarte a la cárcel, Cullen». No quise despertarte y el tiempo corría y para dejarte una nota necesitaba papel y bolígrafo. No sabía donde los tenías y no me pareció adecuado revolver en todos tus cajones, sabiendo que al día siguiente te vería y podría explicártelo. Pero no me dejaste y, bueno, ya sabes el reto.

―Yo… Um… no sé qué decir… ―Bajé la vista hacia nuestras manos.

―No digas nadas. ¿Ahora… estamos bien? ―Preguntó.

―Eso creo.

Ya no tenía razón para no creerlo ni ser como verdaderamente era yo.

Le sonreí tímidamente y él me respondió con otra sonrisa torcida.

El timbre sonó. Edward se levantó y me tendió una de sus manos. La acepté, cogí mi mochila y, cogidos de las manos, nos dirigimos a Biología. La gente nos miraba descaradamente, pero ni Edward ni yo le dimos importancia. Tampoco quería retirar mi mano de la suya, se sentía muy bien como para destrozar esa sensación que me recorría desde mi mano hasta todo el cuerpo. Hablamos sobre el trabajo que debíamos entregar dentro de nada ―habían atrasado la fecha de entrega ya que los inmaduros de la clase son incapaces de tener hecho el trabajo para el día de entrega― y, para vergüenza mía, me dijo que lo que faltaba de trabajo ya lo había hecho él. Le pregunté por qué no me había llamado él para juntarnos un rato y terminarlo, pero me recordó que yo estaba enfadada y que no quería molestarme. «No ha sido un problema para mí», fue su última palabra y así acabó la conversación.

―Oye, Bella, ¿te sentarías conmigo? ―Me inquirió mientras pasábamos el umbral de la puerta.

―Pero tú tienes compañero ―Repliqué.

―Nah, el chico estaba deseando irse a última fila.

Lo primero que hizo el profesor nada más entrar a la clase fue pedir los trabajos. Edward se levantó y se lo dio. El resto de la clase fue un borrón en comparación a otras clases de Biología que había tenido el placer de asistir. La clase siguiente era Educación Física, la cual seguía siendo igual de aburrida y sin sentido. Seguíamos dando Baloncesto, mi gozo en un pozo. Fuimos juntos cogido de las manos hacia el gimnasio. Nos separamos y me apresuré a cambiarme de ropa. Necesitaba hablar cuanto antes con los chicos.

Pero Angela me interceptó al salir del vestuario y me pidió todos los detalles del por qué Edward y yo nos paseábamos por los pasillos cogido de las manos.

―Ahora mismo no puedo hablar contigo, Angela. Prometo llamarte por la noche, ¿vale? Tengo que hablar con Alice y Rosalie por un malentendido que ha habido.

―Sí, sí, no te preocupes. ¡Pero llámame, que no se te pase! ―Me abrazó y se fue con su novio a las gradas.

Anduve hacia donde estaba el corrillo de los chicos, con Edward ya incluido. Me puse detrás de Emmett, y al parecer no me notaron gracias a su enorme espalda. Carraspeé y todos se volvieron hacia mí.

―¿Podemos hablar? ―Pregunté.

―¡Por supuesto! ―Dijo Alice con efusividad y me atrajo hacia un abrazo―. Aunque no hace falta, Edward nos lo ha contado.

―Entonces…

―Entonces nada, Bella. Sacaste todas las conclusiones equivocadas ―Interrumpió Jasper.

―No te culpamos ―Añadió Emmett.

―Bienvenida de nuevo ―Sonrió Rosalie. Me abrazó también y tras una breve reprimenda sobre mis pensamientos, Rosalie dijo―: Deberíamos quedar esta tarde. No sé, para hacer algo.

―Eso estaría muy bien ―Coincidió Alice.

―¿Te apuntas, Bella? ―Me invitó Edward. Le sonreí.

―Claro.

El profesor salió de su oficina con el carro lleno de pelotas de baloncesto. Me puse al lado de Edward y detrás de mí estaba Angela con Ben y a mi otro lado se puso Emmett. El profesor, cada vez que nos veía, se ponía pálido y desviaba la vista hasta otro punto de la clase. Nos explicó con poco detenimiento lo que debíamos hacer, que consistía en ponernos por parejas y correr por todo el gimnasio mientras hacíamos todas las cosas que habíamos estado aprendiendo durante los últimos días. En resumen, según Emmett, era un uno contra uno.

Como siempre, Alice hizo pareja con Jasper y Rosalie con Emmett. Angela, para sorpresa mía se colocó con Ben. Es decir, vale, eran novios, pero Angela siempre procuraba ponerse conmigo. Pero… al parecer ese día se había confabulado contra mí.

―Bella ―Edward se interpuso ante la mirada de muerte que le estaba echando a Angela―. ¿Te pones conmigo?

―Si no te importa ―Le contesté con una tímida sonrisa.

El entrenador Clapp nos mandó a calentar. Consistió en dar dos vueltas alrededor del gimnasio y después estiramos algunos músculos. Dando una palmada, nos mandó a coger una pelota. Edward se fue corriendo para coger el mejor balón, según Alice; siempre lo hacían, al parecer.

―Empieza tú ―Edward me pasó el balón y me quedé allí de pie, votando la pelota, sin saber qué hacer.

―¿Qué se supone que tengo que hacer?

―Intentar que no te la quite y meter en canasta. Eso sí, hay que tener cuidado porque hay ocho canastas para muchos grupos de dos… ―Entiéndase ocho canastas como unas de quita y pon―… ¿Lo has entendido?

―Sí, más o menos ―Comencé a trotar hacia una de las canastas, hasta que me topé con el pecho de Edward. Me paralicé y la pelota se fue votando hacia otra pareja.

Edward soltó unas risitas y le pidió a nuestros compañeros que nos echaran el balón.

De nuevo tenía en posesión el balón, pero esta vez no dejaría que su esculpido pecho me distrajera de mi misión. Puse total atención a lo que estaba haciendo Edward, que trotaba detrás de mí. Sabía que me estaba dejando mi espacio, obviamente; no me estaba presionando para correr, ni me quitaba la pelota a la mínima ocasión que tuviera. En lugar de eso, cada vez que yo fallaba y me arrebataba el balón, me lo devolvía y empezábamos de nuevo.

En una de mis jugadas tan maravillosas, pisé el cordón de una de mis zapatillas y si no hubiese sido por Edward, tendría un moratón en algún lugar indeseado de mi cuerpo. Edward y yo comenzamos a reír con ganas de mi torpeza, cuando me di cuenta de la mirada que me echaba Tanya, la cual estaba de pareja con Jessica. Se retiró el pelo del hombro airadamente y entrecerró aún más los ojos. Edward, notando que había dejado de reír, se giró y la vio. Para mi asombro, Edward no se apartó de mí, sino que totalmente mató a su ex novia con la mirada. Tanya nos dio la espalda y siguió hablando de sus cosas.

Una vez terminada la clase, nos reunimos todos en el aparcamiento, junto al Jeep y al Porsche.

―¿Has llamado a tu padre? ―Preguntó Alice.

―No ―Contesté―, Charlie suele llegar a la hora de la cena. Así que no hay problema.

―Genial ―Sonrió. Después se fue hacia su Porsche con Jasper a su lado. Me metí en el Jeep junto con Emmett, Rose y Edward.

Al llegar a casa de los Cullen, lo primero que hicieron fue encender la tele y dejarse caer sobre el primer sofá que vieron. Yo, por otra parte, me senté cuidadosamente entre Jasper y Edward. Alice había ido a la cocina a hacer palomitas. Charlamos sobre cosas sin sentido.

―Puf, menos mal que ya hemos entregado todos los trabajo que debíamos hacer ―Suspiró Edward de alivio.

―Pues sí, han sido un coñazo en toda regla ―Contesté.

―Hablando de trabajos ―Dijo Rose con preocupación―, ¿para cuándo es el nuestro de química, Emmett?

―Para mañana. ¿Por qué?

―¡No puedes estar diciéndolo en serio!

―¿Qué pasa, Rosie?

―¡Que no he empezado! Oh, mierda. Qué mente más estúpida ―Soltó un gritito de frustración y se puso en pie―. ¿Emmett, puedes llevarme a mi casa y ayudarme? ¿Por favor? ―Puso un puchero que alguien difícilmente podría resistir.

―Vamos, rubia ―Dijo Emmett, cogiendo las llaves del Jeep de donde las había dejado.

―Lo siento, Bella ―Me dijo.

―No pasa nada, lo entiendo mejor que nadie. Los trabajos son pesados y… ve. No te preocupes por mí ―Le di un abrazo y, despidiéndose a toda prisa de los demás, se marcharon.

Alice volvió con dos grandes cuencos rebosantes de palomitas. Se quedó paralizada al vernos a nosotros solos, sin Emmett ni Rosalie allí.

―¿A dónde se han ido? ―Soltó las provisiones sobre la mesa.

―Rosalie ha recordado que tenía que hacer un trabajo importante para mañana y tu hermano la va a ayudar ―Le explicó Jasper pacientemente.

Alice se puso como una loca, a maldecir y a decir cosas sin sentido. Abrí mucho los ojos, pues no me esperaba esa reacción de Alice. Jasper la calmó con lo único que podía hacerlo.

―Cálmate, Allie. ¿Qué te parece ir los dos solos al centro comercial? ¿Y te compro algo bonito para la cita del viernes? ¿Qué te parece la idea?

―Está bien ―Sonrió como loca y, al igual que su hermano, cogió las llaves del Porsche.

―¡Que os lo paséis bien! ―La despidió Edward. Con un «Lo mismo digo» acompañado con un guiño de ojos, salieron rumbo al centro comercial. `

Y allí estaba yo, sola con Edward Cullen en una casa gigante sin nadie a la vista. Me ruboricé ante tal pensamiento.

―¿Prefieres que te lleve a tu casa? ―Preguntó Edward a la vez que yo le dije:

―¿Qué película me recomiendas?

Me quedé sentada en el sillón mientras que él encendía el DVD. No me dijo qué película era, era una sorpresa, según él. Esperé pacientemente a que los créditos iniciales pasaran.

―¿En serio te gustan este tipo de películas? ―Me reí en cuanto vi unos labios color rojo pasión cantando una canción.

―¡Oye! Es una mis películas favoritas. No te metas con ella.

―Si yo no digo nada. Es solo que no me lo esperaba. A los chicos les suelen gustar la acción y la ciencia ficción, ¿no?

―Sí, pero también otras cosas. A mí, por ejemplo, que me gusta «The Rocky Horror Picture Show». ¿Algún problema? ―Fingiendo indignación, me arrebató el bol de palomitas que tenía sobre mi regazo.

―No, ninguno. A mí también me gusta mucho, no te preocupes ―Le sonreí y tatareé la canción inicial.

Muchas canciones, palomitas, Janet, Brad y gente de otro planeta después, la película acabó y me gustó aun más que la vez anterior que la había visto. Y eso era mucho decir, pues casi me sabía los diálogos de memoria. Tal vez fuera por la persona con la que la había visto y las opiniones que habíamos intercambiado. Podría ser por eso. O tal vez por la forma desinteresada en la que Edward pasó el brazo por encima de mis hombros. Los dejó ahí por un tiempo, hasta que vio que no lo aparté, así que me acercó un poco más a él. Agradecí internamente que no viera mi sonrojo.

La siguiente película que vimos fue decisión mía. No puso objeción alguna al decirle el nombre, sino que sonrió con complicidad. La puso, se sentó a mi lado y me pasó el brazo por los hombros de nuevo. Esta vez fui un poco más atrevida y le puse la cabeza sobre su hombro. Ambos nos reímos mucho con la película y cantamos a todo volumen las letras de ABBA. «Mamma Mia!» era mi película favorita sin excepción y eso nunca cambiaría.

―Me encanta la parte en la que cantan «Dancing Queen». Es tan… refrescante ver a todas las mujeres bailando juntas.

―Sí, aunque la despedida de soltera tampoco está nada mal.

―A ti lo que te gusta es beber, Edward. Admítelo ―Reí contra él, sin poder remediarlo.

―Habló la que no le gusta beber ―Contestó con sarcasmo.

―Esa teoría es bastante mala, ¿sabes? Solo he bebido alcohol una vez y fue esa noche. Simplemente se me fue de las manos. Eso no significa que me guste hacerlo.

―Oh, ni de coña. Estabas fuera de control, totalmente. No eras tú para nada. Hazme caso, sé lo que vi y yo no tomé nada que llevara alcohol.

―O sea, que te acuerdas.

―Sí, de todo. Absolutamente de todo, desgraciadamente.

―¿Por qué dices eso? ―Fruncí el ceño y le miré a la cara.

―¿De verdad que no recuerdas nada de nada? ―Negué con la cabeza.

―Mmm… ¿Sería mucho pedir que me lo contases? La curiosidad me está matando.

―Pues bien ―Comenzó a relatar―; en cuanto os fuisteis y yo me fui a mi habitación me di cuenta que mis hermanos y los Hale iban a darlo todo, y que si te perdían de vista tan solo un minuto… Vale, quizás exageré un poco, pero sé de buena mano que en cuanto mis hermanos están achispados se olvidan de todo. Y cabía la posibilidad de que se olvidaran de ti. Así que me vestí y me dirigí allí. Cuál fue mi sorpresa al verte sentada entre unos tipos asquerosos que solo querían aprovecharse de ti. Intenté llegar hasta ti lo más rápido que pude, pero tú ya estabas bastante ocupada con los labios de un tío sobre los tuyos.

―¡QUÉ! ―Grité sin poder contenerme―. ¿Estás diciendo que mi primer beso ha sido con un tío con el que no he cruzado más de tres palabras? Ay, Dios ―me froté la frente con desesperación.

―Sí. Bueno, cuando pude sacarte de allí, te llevé a tu casa. Te dejé en la cama, te quité los zapatos y cuando me estaba yendo, me cogiste de la mano y me pediste que me quedara contigo porque no querías estar sola. Y, esto, cuando me tumbé a tu lado tú… tú, bueno, tú dijiste algo ―Se rascó la nuca, gesto de inquietud, supuse.

―¿Qué dije?

―Me gustas y después hiciste algo como esto ―Y, de repente, sus labios estaban sobre los míos.

Me quedé paralizada durante un segundo, con los ojos abiertos de par en par. No sabía qué hacer, pero en cuanto Edward me atrajo más hacia él tirándome ligeramente de la nuca, me dejé llevar y entendí que Edward me estaba dejando a mí dirigir el beso. Moví mis labios lentamente con los suyos, entendiendo que lo estaba haciendo bien cuando Edward dejó escapar un pequeño gemido-jadeo. Enredé mis manos en la parte baja de su cabello, tirando un poco de él haciendo que Edward gimiera un poco más.

Y en ese preciso momento, la puerta de la casa se cerró con un estruendo destruyendo el momento.

Nos separamos rápidamente el uno del otro y soltamos unas risitas entre dientes, como si lo que había pasado hubiese sido lo mejor del mundo. Y podía decir con total certeza de que se acercaba a eso.

―¡Ya he llegado! ―Esme se hizo escuchar desde la entrada.

―Tiene el don de la oportunidad, de verdad ―Siseó Edward.

―No pasa nada ―Le dije, notando cómo la sangre subía hacia mis mejillas.

―¡Oh, hola, Bella! ―Saludó Esme al entrar al salón―. Hola, cariño; ¿y tus hermanos?

―Hola, Esme.

―Pues Emmett se fue con Rosalie para ayudarla a hacer un trabajo y Alice se fue al centro comercial con Jasper.

―¿Y vosotros qué hacíais?

―Ver una película ―Le contestó Edward.

―Qué bien. ¿Te quedas a cenar, Bella?

―No, gracias; debo hacerle la cena a mi padre ―Decliné con una sonrisa―. ¿Tal vez otro día? ―Pregunté mirando a Edward. Una sonrisa gigante se expandió por su cara.

―Claro que sí ―Aceptó Esme―. Y ahora, me voy a hacer la cena.

Ella desapareció camino a la cocina, y mientras tanto yo me preguntaba cómo demonios iba a volver a ver a Edward a la cara después de lo que había pasado. Eso había sido una de las mejores experiencias que había experimentado en toda mi vida. Fue… mágico. Y me encantaba la sensación de sus labios sobre los míos. De repente, la frase que dijo antes de besarme llegó a la mente: le había dicho que me gustaba y después lo había besado. Madre mía. Ahora sí que tenía un problema bien gordo.

―Mmm, Edward… ¿Sobre lo que dije la otra noche?

―¿Qué pasa? ―Su sonrisa se fue desvaneciendo poco a poco.

―No sé por qué pasó. No estoy segura de mis sentimientos. Nunca había experimentado nada como esto ―Agaché la cabeza y miré con detenimiento mis Converses.

―No pasa nada. Yo tampoco estoy seguro. Dejemos que el tiempo lo diga, ¿vale? ―Me acarició el cabello con dulzura.

―Está bien ―Asentí―. ¿Me puedes llevar a casa?

―Por supuesto ―Tomó mi mano, se despidió de su madre rápidamente y nos fuimos al Volvo.

El camino hacia mi casa fue un poco incómodo. Edward había puesto la radio y el volumen al que estaba sonando imposibilitaba el hablar. Supuse que Edward lo había hecho adrede y que no le apetecía conversar conmigo. Aunque pensándolo mejor, yo tampoco quería. ¿De qué hablaríamos? ¿Del tiempo? ¿De la música? Sería un poco patético, ambos diciendo cosas sin sentido solo por el hecho de tener que hablar. Prefería guardar silencio antes que tener una charla sin sentido.

―Gracias por traerme ―Le dije cuando llegamos a nuestro destino.

―No ha sido nada. Oye, ¿mañana puedo pasar a recogerte?

―No sé si sería buena idea. Por el instituto y todo eso. Hoy ya hemos tenido unas cuantas miradas sobre nosotros.

―¿Y eso a quién le importa? Por lo menos, a mí no. Además, vengo en calidad de amigo. Hemos dicho que según como vayan las cosas, ya decidiremos, ¿no?

―Síp.

―Nos vemos mañana, Bella.

―Si así lo quieres ―Le sonreí y no pude evitar mirarle los labios. Y sin pensarlo, esta vez fui yo quien pegó mis labios a los suyos.

Fue un beso muy casto, simple y breve. Me sonrojé mientras mi sonrisa se hacía más grande. Él me la correspondió con una de las sonrisas torcidas y antes de que pudiera decir nada más me bajé del coche y prácticamente corrí hacia mi casa. En el porche, le saludé con la mano y me metí completamente colorada en mi casa.

Cerré la puerta y apoyándome en ella, me toqué los labios deseando que ya fuera mañana.


¡Hola! ¿Qué tal? I'm back!

Lamento mucho el atraso, ya que han pasado ¿3 meses? Pero tengo mis excusas. He estado liadísima con el instituto y no doy a basto con los exámenes. Por ejemplo, el miércoles llegó el profesor de Biología a clase y de buenas a primeras nos dijo que el día 29 teníamos un examen de tres temas. ¡TRES TEMAS! Además, he estado de viaje en Holanda (que por cierto es demasiado ladflgfkklaofha para mi bien, ya que quiero volver a Ámsterdam) y cuando volví me salían exámenes hasta debajo de las piedras.

El capítulo 11 ya lo tengo entero completo y he de decir que me ha encantado y tiene casi ¡9.000 palabras! Lo he hecho como recompensa por vuestra espera, aunque no sé cuando lo subiré, ya que termino los exámenes dentro de un mes justo, así que... Actualizaré si no me he muerto antes.

Por cierto, una chica me preguntó cuál era el libro que me tuve que leer para filosofía, es "Vacas, cerdos, guerras y brujas" y ahora estoy con la lógica, que la entiende Peter xD

No me extiendo más que tengo Biología para dar y regalar, ¿alguien quiere un poco de mitosis y meiosis?

Muchas gracias por alertas/favoritos/reviews. ¡74! ¿Podremos llegar a los 85? PLEASEEEE, es un regalo muy motivador para una pobre chica que está agobiada :(

Disfrutad de la vida por mí, ya que yo no puedo.

Sandy.

Everything will be alright.