Fuente:Collins, Suzanne. "Los Juegos del Hambre". Editorial Del Nuevo Extremo (en itálica)
En cuanto acaba el himno, nos ponen bajo custodia. No quiero decir que nos esposen ni nada de eso, pero un grupo de agentes de la paz nos acompaña hasta la puerta principal del Edificio de Justicia. Quizás algún tributo intentase escapar en el pasado, aunque yo nunca lo he visto. Peeta sostiene mi mano de una forma que parece que me la va a romper. Detrás nuestro vienen Haymitch dando tumbos y Effie trotando como siempre. Parce que las muestras de afecciones entre tributos no son comunes, porque los siento murmurar sobre nuestra actitud.
Una vez dentro, me conducen a una sala y me dejan sola. Es el sitio más lujoso en el que he estado, tiene gruesas alfombras de pelo, y sofá y sillones de terciopelo. Sé que es terciopelo porque mi madre tiene un vestido con un cuello de esa cosa. Cuando me siento en el sofá, no puedo evitar acariciar la tela una y otra vez; me ayuda a calmarme mientras intento prepararme para la hora que me espera. Ése es el tiempo que se les concede a los tributos para despedirse de sus seres queridos. No puedo dejarme llevar y salir de esta habitación con los ojos hinchados y la nariz roja; no me puedo permitir llorar, porque habrá más cámaras en la estación de tren.
Mi hermana y mi madre entran primero. Extiendo los brazos hacia Prim, y ella se sube a mi regazo y me rodea el cuello con los suyos, apoyando la cabeza en mi hombro, como hacía cuando era un bebé. Mi madre se sienta a mi lado y nos abraza a las dos. No hablamos durante unos minutos, pero después empiezo a decirles las cosas que tienen que recordar hacer, ya que yo no estaré para ayudarlas.
Prim no debe coger ninguna tesela. Pueden salir adelante, si tienen cuidado, vendiendo la leche y el queso de la cabra, y siguiendo con la pequeña botica que lleva mi madre para la gente de la Veta. Gale le conseguirá las hierbas que ella no pueda cultivar, aunque tiene que describírselas con precisión, porque él no las conoce como yo. También les llevará carne de caza (él y yo habíamos hecho un pacto al respecto hace cosa de un año) y seguramente no les pedirá nada a cambio. Sin embargo, deben agradecérselo con algún tipo de canje, como leche o medicinas.
No me molesto en sugerirle a Prim que aprenda a cazar; intenté enseñarla un par de veces y fue un desastre. El bosque la aterra y, siempre que yo le daba a una presa, ella se ponía llorosa y decía que podíamos curarla si llegábamos a tiempo a casa. Por otro lado, le va bien con la cabra, así que me concentro en eso. Cuando termino con las instrucciones sobre el combustible, el comercio y terminar el colegio, me vuelvo hacia mi madre y la cojo con fuerza de la mano.
-Escúchame, ¿me estás escuchando? -Ella asiente, asustada por mi intensidad. Tiene que saber lo que le espera-. No puedes volver a irte.
-Lo sé -me responde ella, clavando los ojos en el suelo-. Lo sé, no lo haré. No pude evitar lo que...
-Bueno, pues esta vez tendrás que evitarlo. No puedes desconectarte y dejar sola a Prim, porque yo no estaré para manteneros con vida. Da igual lo que pase, da igual lo que veas en pantalla. ¡Tienes que prometerme que seguirás luchando!
He levantado tanto la voz que estoy gritando; estoy soltando toda la rabia y el miedo que sentí cuando ella me abandonó.
-Estaba enferma -dice mi madre, soltándose; también se ha enfadado-. Podría haberme curado yo misma de haber tenido las medicinas que tengo ahora.
La parte de haber estado enferma es cierta; después he visto cómo despertaba a personas que sufrían aquella tristeza paralizante. Quizá sea una enfermedad, pero no nos la podemos permitir.
-Pues tómalas... ¡y cuida de ella! -le ordeno.
-Todo saldrá bien, Katniss -dice Prim, cogiéndome la cara-. Pero tú también tienes que cuidarte; eres rápida y valiente, quizá puedas ganar.
No puedo ganar; en el fondo, Prim debe de saberlo. La competición está mucho más allá de mis habilidades. Hay chicos de distritos más ricos, donde ganar es un gran honor, que llevan entrenándose toda la vida para esto. Chicos que son dos o tres veces más grandes que yo; chicas que conocen veinte formas diferentes de matarte con un cuchillo. Sí, también habrá gente como yo, chavales a los que quitarse de en medio antes de que empiece la diversión de verdad.
-Quizá -respondo, porque no puedo decirle a mi madre que luche si yo ya me he rendido. Además, no es propio de mí entregarme sin presentar batalla, aunque los obstáculos parezcan insuperables-. Y seremos tan ricas como Haymitch.
-Me da igual que seamos ricas. Sólo quiero que vuelvas a casa. Lo intentarás, ¿verdad? ¿Lo intentarás de verdad de la buena? -me pregunta Prim.
-De verdad de la buena, te lo juro -le digo, y sé que tendré que hacerlo, por ella.
Después aparece el agente de la paz para decirnos que se ha acabado el tiempo, nos abrazamos tan fuerte que duele y lo único que se me ocurre es:
-Os quiero, os quiero a las dos.
Ellas me dicen lo mismo, el agente les ordena que se marchen y cierra la puerta. Escondo la cabeza en uno de los cojines de terciopelo, como si eso pudiese protegerme de todo lo que está pasando.
Alguien más entra en la habitación y, cuando miro, me sorprende ver Lahoh Mellark, el padre de Peeta. No puedo creerme que haya venido a visitarme; al fin y al cabo, pronto estaré intentando matar a su hijo. El panadero se sienta, incómodo, en el borde de una de las lujosas sillas. Es probable que acabe de despedirse de su un paquete envuelto en papel blanco del bolsillo de la chaqueta y me lo ofrece. Lo abro y encuentro galletas, un lujo que nosotras nunca podemos permitirnos.
-Gracias -respondo. El panadero no es un hombre muy hablador, en el mejor de los casos, y hoy no tiene absolutamente nada que decirme-. He comido un poco de su pan esta mañana. Mi amigo Gale le dio una ardilla a cambio. -Él asiente, como si recordarse la ardilla-. No ha hecho usted un buen trato.
Se encoge de hombros, como si no le importase nada.
-Sé lo que pasa entre tú y mi hijo. Me dí cuenta cuando empezó a faltar pan viejo o cuando tu empezaste a traer ardillas de más. Tuve que intervenir para protegerlo de mi mujer. Quiero que sepas que, si su nombre no hubiera salido, igual estaría en la otra habitación esperando. No hubiera permitido que fueras sola a la Arena. Ya sé el significado que ésteo tiene. Por tu madre y Prim, no te preocupes, yo mismo les llevaré pan o se los haré llegar a través de tu amigo Gale.
-Gracias –le digo nuevamente mientras me paro para abrazarlo. No se me ocurre qué más decir, así que guardamos silencio hasta que lo llama un agente de la paz. Él se levanta y tose para aclararse la garganta.
-No perderé de vista a la pequeña. Me aseguraré de que coma.
Siento que al oírlo desaparece parte de la presión que me oprime el pecho. La gente trata conmigo, pero a ella le tienen verdadero cariño. Quizás haya cariño suficiente para mantenerla con vida.
Mi siguiente visita también resulta inesperada: Madge viene directo hacia mí. No está llorosa, ni evita hablar del tema, sino que me sorprende con el tono urgente de su voz.
-Te dejan llevar una cosa de tu distrito en el estadio, algo que te recuerde a casa. ¿Querrías llevar esto?
Me ofrece la insignia circular de oro que antes le adornaba el vestido. Aunque no le había prestado mucha atención hasta el momento, veo que es un pajarito en pleno vuelo.
-¿Tu insignia? -le pregunto. Llevar un símbolo de mi distrito es lo que menos me preocupa en estos momentos.
-Toma, te lo pondré en el vestido, ¿vale? -No espera a mi respuesta, se inclina y me lo pone-. Katniss, prométeme que lo llevarás en el estadio, ¿vale?
-Sí.
Galletas, una insignia... Hoy me están dando todo tipo de regalos. Madge me da otro más: un beso en la mejilla. Después se va y me quedo pensando que quizá, al fin y al cabo, sí fuera mi amiga.
En último lugar aparece Gale y, aunque puede que no haya nada romántico entre nosotros, cuando abre los brazos no dudo en lanzarme a ellos. Su cuerpo me resulta familiar: la forma en que se mueve, el olor a humo del bosque, incluso los latidos de su corazón, que ya había escuchado en los momentos de silencio de la caza. Sin embargo, es la primera vez que de verdad lo siento, delgado y musculoso, junto al mío.
-Escucha -me dice-, no te resultará difícil conseguir un cuchillo, pero tienes que hacerte con un arco. Es tu mejor opción.
-No siempre los tienen -respondo, pensando en el año en que sólo había unas horribles mazas con pinchos con las que los tributos tenían que matarse a golpes.
-Pues fabrica uno. Hasta un arco endeble es mejor que no tener arco.
He intentado copiar los arcos de mi padre con malos resultados, porque no es tan fácil. Incluso él tenía que desechar su trabajo algunas veces.
-Ni siquiera sé si habrá madera -digo.
Otro año los soltaron en un paraje en el que sólo había cantos rodados, arena y arbustos esqueléticos; para mí fueron unos de los peores juegos. Muchos competidores sufrieron mordeduras de serpientes venenosas o se volvieron locos de sed.
-Casi siempre hay madera desde aquel año en que la mitad murió de frío -me responde Gale-. No resultaba muy entretenido.
Es cierto, nos pasamos unos juegos enteros viendo cómo los jugadores morían congelados por la noche. Apenas aparecían, porque se limitaban a hacerse un ovillo y no tenían madera para hogueras, ni antorchas, ni nada. El Capitolio consideró muy decepcionante observar todas aquellas muertes silenciosas y sin sangre, así que, desde entonces, suele haber madera para hacer fuego.
-Sí, es verdad.
-Katniss, es como cazar, y eres la mejor cazadora que conozco.
-No es como cazar, Gale, están armados. Y piensan.
-Igual que tú, y tú tienes más práctica, práctica de verdad. Sabes cómo matar.
-Pero no personas.
-¿De verdad hay tanta diferencia? -pregunta Gale, en tono triste.
Lo más horrible es que, si consigo olvidar que son personas, será exactamente igual.
Los agentes de la paz vuelven demasiado pronto y Gale les pide más tiempo, pero se lo llevan y empiezo a asustarme.
-¡No dejes que mueran de hambre! -grito, aferrándome a su mano.
-¡No lo permitiré! ¡Sabes que no lo permitiré! Katniss, recuerda que te... -dice, y nos separan y cierran la puerta, y nunca sabré qué es lo que quiere que recuerde.
La estación de tren está cerca del Edificio de Justicia, aunque nunca antes había viajado en coche y casi nunca en carro. En la Veta nos desplazamos a pie. He hecho bien en no llorar, porque la estación está a rebosar de periodistas con cámaras apuntándome a la cara, como insectos. Pero tengo mucha experiencia en no demostrar mis sentimientos, y eso es lo que hago. Me veo de reojo en la pantalla de televisión de la pared, en la que están retransmitiendo mi llegada en directo, y me alegra comprobar que parezco casi aburrida.
Pero mi corazón se estruja cuando veo a Peeta. No cabe duda de que ha estado llorando y, curiosamente, no intenta esconderlo. Me pregunto al instante si será su estrategia en los juegos: parecer débil y asustado para que los demás crean que no es competencia y después dar la sorpresa luchando. A una chica del Distrito 7, Johanna Mason, le funcionó muy bien hace unos años. Parecía una idiota llorica y cobarde por la que nadie se preocupó hasta que sólo quedaba un puñado de concursantes. Al final resultó ser una asesina despiadada; una estrategia muy inteligente, pero extraña para Peeta. Harían falta muchos lloriqueos para convencer a alguien de que lo pasase por alto.
Tenemos que quedarnos unos minutos en la puerta del tren, mientras las cámaras engullen nuestras imágenes; después nos dejan entrar al vagón y las puertas se cierran piadosamente detrás de nosotros. El tren empieza a moverse de inmediato.
Es en ese momento cuando siento su calor en mi espalda. Instintivamente me doy vuelta y me sumerjo en su abrazo. Es diferente al que me dí con Gale, porque al contacto con el cuerpo de Peeta siento que me vuelve la vida al cuerpo. Sin embargo, no puedo evitar el llanto que tengo contenido en mi garganta y comienzo a mojarle el cuello de su camisa indiscriminadamente.
Al principio, la velocidad me deja sin aliento. Obviamente, nunca había estado en un tren, ya que está prohibido viajar de un distrito a otro, salvo que se trate de tareas aprobadas por el Estado. En nuestro caso se limita básicamente al transporte de carbón, aunque no estamos en un tren de mercancías normal, sino en uno de los modelos de alta velocidad del Capitolio, que alcanza una media de cuatrocientos kilómetros por hora. Nuestro viaje nos llevará menos de un día. El tren de los tributos es aún más elegante que la habitación del Edificio de Justicia.
Haymitch pasa a nuestro lado a los tumbos y de repente se da vuelta.
-¿Pasa algo entre ustedes? Se ven muy cómodos así- dice en tono sarcástico.
No puedo evitar dar vuelta los ojos, pero es Peeta el que rompe el silencio.
-Si no le importa, podemos hablar luego de esto. Ella no está bien ahora.
Se retira haciendo un risita socarrona, mientras que Effie aclara su voz y nos dice que nos puede guiar a nuestros compartimentos. Cada uno tenemos nuestro propio alojamiento, compuesto por un dormitorio, un vestidor y un baño privado con agua corriente caliente y fría. En casa no tenemos agua caliente, a no ser que la hirvamos.
Hay cajones llenos de ropa bonita, y Effie Trinket me dice que haga lo que quiera, que me ponga lo que quiera, que todo está a mi disposición. Mi única obligación es estar lista para la cena en una hora.
Cuando abro la puerta de mi camarote, Peeta entra conmigo. Effie me pone cara de disgusto, pero luego se retira sin dar ningún comentario.
-Es evidente que no le gustó que esté aquí- me dice Peeta.
-No me importa lo que piense esa mamarracha, necesito unos minutos más a solas contigo.
-Tendremos toda la noche, vamos a tardar más de doce horas en llegar al Capitolio- me consuela Peeta.
Me mira a los ojos. Están tan rojos como sospecho que están los míos.
- Tu padre vino a verme- le digo- Me explico que si no hubiera salido tu nombre te hubieras ofrecido como voluntario.
- Creo que me conoce demasiado. Imagino que no hubiera soportado verte ir sabiendo que no podría ayudarte.
- ¿No entiendo qué te pasa por la cabeza? Sabes que sólo uno saldría vivo de allí y no seré yo la que te mate Peeta.
- Somos un equipo Katniss. No es la primera vez que tenemos un problema y no podría haberte dejado sola y, si, si llegara el caso, tendrías que matarme. Porque soy más débil y porque a ti te necesitan más que a mí.
Siento el calor de la rabia formarse en mi vientre y me separo de Peeta con un empujón. La ira es más que evidente en mis ojos.
-¿ Quién eres tú para determinar quién es más importante o no? Esto es prácticamente una misión suicida. Y, ¿ de dónde sacaste que soy más fuerte que tú?¿ Te miraste al espejo últimamente?
- Katniss, voy a dejarte sola para que te refresques y te prepares para la cena. No tiene caso pelear cuando los sentimientos están a flor de piel. Además no se ve bien que estemos solos en tu camarote.
Y así, mucho más calmado de lo que podría haber imaginado, se retira. Me quito el vestido azul de mi madre y me doy una ducha caliente, cosa que nunca había hecho antes. Es como estar bajo una lluvia de verano, sólo que menos fría. Me pongo una camisa y unos pantalones de color verde oscuro.
En el último segundo me acuerdo de la pequeña insignia de oro de Madge y le echo un buen vistazo por primera vez: es como si alguien hubiese creado un pajarito dorado y después lo hubiese rodeado con un anillo. El pájaro sólo está unido al anillo por la punta de las alas. De repente, lo reconozco: es un sinsajo. Este pajarito tiene algo que me consuela; es como llevar una parte de mi padre conmigo, protegiéndome. Me lo prendo a la camisa y, con la tela verde oscuro de fondo, casi puedo imaginarme al sinsajo volando entre los árboles.
Effie Trinket viene a recogerme para la cena, y la sigo por un estrecho y agitado pasillo hasta llegar a un comedor con paredes de madera pulida. Hay una mesa en la que todos los platos son muy frágiles, y Peeta está sentado esperándonos, con una silla vacía a su lado. Me siento a su lado y disimuladamente le rozo la rodilla con la mano como para pedirle perdón por mi exabrupto. Él pone su mano sobre la mía y le da un apretón. Nuestras peleas siempre son cortas, generalmente influenciadas por agentes externos. Me conoce muy bien y sabe que sólo n sus brazos consigo calmar mi ansiedad. Espero poder convencerlo de que abandone su plan puritano y duerma conmigo esta noche.
-¿Dónde está Haymitch? -pregunta Effie, en tono alegre.
-La última vez que lo vi me dijo que iba a echarse una siesta -responde Peeta.
-Bueno, ha sido un día agotador -comenta ella, y creo que se siente aliviada por la ausencia de Haymitch. ¿Quién puede culparla?
La cena sigue su curso: una espesa sopa de zanahorias, ensalada verde, chuletas de cordero y puré de patatas, queso y fruta, y una tarta de chocolate. Durante toda la cena puedo sentir como la mano de Peeta roza y agarra mi muslo. Me tiene tan turbada que Effie me pregunta si me siento bien, a lo cual le contesto "bien" luego de ponerme roja. Casi pego un salto cuando siento la mano de Peeta subir por mi muslo interior hasta rozar mi entrepierna. Con cuidado le doy un codazo, pero me alienta pensar que ya dejó de lado sus pensamientos puritanos.
Effie Trinket se pasa toda la comida recordándonos que tenemos que dejar espacio, porque quedan más cosas, pero yo me atiborro, porque nunca había visto una comida así, tan buena y abundante, y porque probablemente lo mejor que puedo hacer hasta que empiecen los juegos es ganar unos cuantos kilos.
-Por lo menos tenéis buenos modales -dice Effie, mientras terminamos el segundo plato-. La pareja del año pasado se lo comía todo con las manos, como un par de salvajes. Consiguieron revolverme las tripas.
La pareja del año pasado eran dos chicos de la Veta que nunca en su vida habían tenido suficiente para comer. Seguro que, cuando tuvieron toda aquella comida delante, los buenos modales en la mesa fueron la menor de sus preocupaciones.
-Peeta es el hijo del panadero del pueblo. Mi madre es hija del boticario del pueblo, aunque nos criamos en un barrio pobre. Pero nos enseñó a mi hermana y a mí a comer con educación, así que, sí, sé manejar el cuchillo y el tenedor- le contesto de mala gana a Effie. Sin embargo, el comentario me asquea tanto que me esfuerzo por comerme el resto de la comida con los dedos. Después me chupo cada uno de los dedos con fuerza y me los seco en el mantel, lo que hace que Effie apriete los labios con fuerza.
-Si vuelves a hacer eso voy a tener que llevarte ya mismo al camarote- me dice Peeta con voz ronca.
Effie nos mira sobresaltada por el comentario. Creo que quiere entender lo que está pasando y todavía intenta atar cabos. Pero no la dejo.
-Si te estás preguntando si pasa algo entre nosotros, la respuesta es sí. No sé si es legal o no, ya que yo me ofrecí como tributo y él salió sorteado. Pero la verdad es que estamos juntos hace un año y medio y creo que éste viaje será como una "luna de miel", ¿así lo llaman en el Capitolio? Con la diferencia que en vez de casarnos, estamos yendo a la muerte segura. Así que, Effie, no te alteres si escuchas algunos ruidos esta noche. Ya sabes de dónde viene- le digo en un tono seco.
De repente, Effie comienza a tocer como loca y Peeta me mira con cara de asombro. Ni yo sé de dónde me salió el coraje para darle el discursito al mamarracho este. Una vez terminada la comida, tengo que esforzarme por no vomitarla y veo que Peeta también está un poco verde. Nuestros estómagos no están acostumbrados a unos alimentos tan lujosos.
Vamos a otro compartimento para ver el resumen de las cosechas de todo Panem. Intentan ir celebrándolas a lo largo del día, de modo que alguien pueda verlas todas en directo, aunque sólo la gente del Capitolio podría hacerlo, ya que ellos son los únicos que no tienen que ir a las cosechas.
Peeta y yo nos sentamos en un sofá de terciopelo y yo procuro acurrucarme bien a su lado. Noto que se pone tenso. Entonces lo miro.
-Creo que ya pasó el tiempo de ocultarnos, no creo que éstos dos vuelvan al Distrito 12 a contarle a tu madre que estamos juntos y ya muertos no podrá hacernos nada.
Peeta no dice nada, solo se agacha y me besa suavemente. Ni se preocupa por la expresión impávida de Effie. Vemos las demás ceremonias una a una, los nombres, los que se ofrecen voluntarios y los que no, que abundan más. Examinamos las caras de los chicos contra los que competiremos y me quedo con algunas: un chico monstruoso que se apresura a presentarse voluntario en el Distrito 2; una chica de brillante cabello rojo y cara astuta en el Distrito 5; un chico cojo en el Distrito 10; y, lo más inquietante, una chica de doce años en el Distrito 11. Tiene piel y ojos oscuros, pero, aparte de eso, me recuerda a Prim tanto en tamaño como en comportamiento. Sin embargo, cuando sube al escenario y piden voluntarios, sólo se oye el viento que silba entre los decrépitos edificios que la rodean; nadie está dispuesto a ocupar su lugar.
Por último, aparece el Distrito 12: el momento de la elección de Prim y yo corriendo a presentarme voluntaria. Se nota perfectamente la desesperación en mi voz cuando pongo a Prim detrás de mí, como si temiera que no me oyesen y se la llevaran. Sin embargo, está claro que me oyen. Veo a Gale quitándomela de encima y a mí misma subiendo al escenario. Los comentaristas no saben bien qué decir sobre la actitud del público, su negativa a aplaudir y el saludo silencioso. Uno dice que el Distrito 12 siempre ha estado un poco subdesarrollado, pero que las costumbres locales pueden resultar encantadoras. Como si estuviese ensayado, Haymitch se cae y todos dejan escapar un gruñido cómico. Después sacan el nombre de Peeta y él ocupa su lugar en silencio, nos damos la mano, ponen otra vez el himno y termina el programa. Effie Trinket está disgustada por el estado de su peluca.
-Vuestro mentor tiene mucho que aprender sobre la presentación y el comportamiento en la televisión.
-Estaba borracho -responde Peeta, riéndose de forma inesperada-. Se emborracha todos los años.
-Todos los días -añado, sin poder reprimir una sonrisita.
Effie hace que parezca como si Haymitch tuviese malos modales que pudieran corregirse con unos cuantos consejos suyos.
-Sí, qué raro que os parezca tan divertido a los dos. Ya sabéis que vuestro mentor es el contacto con el mundo exterior en estos juegos, el que os aconsejará, os conseguirá patrocinadores y organizará la entrega de cualquier regalo. ¡Haymitch puede suponeros la diferencia entre la vida y la muerte!
En ese preciso momento, Haymitch entra tambaleándose en el compartimento.
-¿Me he perdido la cena? -pregunta, arrastrando las palabras. Después vomita en la cara alfombra y se cae encima de la porquería.
-¡Seguid riéndoos! -exclama Effie Trinket; acto seguido se levanta de un salto, rodea el charco de vómito subida a sus zapatos puntiagudos y sale de la habitación.
