Cuarto oscuro

Como siempre, a escondidas entramos a la casa de Chloe, que se encontraba a oscuras debido a la hora: 3 AM, la hora de los muertos. No podría haber elegido un mejor horario para decidir irme de ahí y afrontar la posible muerte en manos de mi psicópata profesor.

Entramos a la habitación con un silencio fúnebre de fondo y con mi mirada tan apagada como mi mente. Solo tenía un pensamiento navegando por ella, uno que en menos de un minuto llevaría a cabo.

Me senté en la cama, cabizbaja, y comencé a sacarme la falda para ponerme mis cómodos pantalones que tanto extrañaba. Chloe, preocupada por mi callado acto, se sentó a mi lado y puso una mano en mi hombro.

—Hey, Mad Max. Anímate —dijo en un tranquilizador murmullo, dándome unos golpecitos—. Estoy segura que encontraremos a tu amiga.

Ni la miré, no podía hacerlo. Si lo hacía, ella adivinaría a la perfección lo que planeaba. No era mi mejor amiga por nada.

—Lo sé. —Me limité a contestar, alzando un poco la visión. Unos verdosos ojos, que parecían sospechar de mi persona, me contemplaron en silencio. Bajé los míos. Rachel también ya me conocía lo suficiente como para saber que tramaba algo—. Mañana a primera hora la buscaremos.

—¿Crees que tu amiga llegará al amanecer con vida?

Su ronca voz me estremeció. Junté las manos, entrelazándolas entre sí, y las presioné con fuerza. Sé que Rachel quería sacarme información, y por eso ni se contuvo en hacer un comentario de mal gusto que usualmente me irritaría y terminaría revelando la verdad. Detesto que nada se le escape.

—Lo hará. Jefferson no es tan idiota como Nathan. No se arriesgará a matarla. En sí, ese no es su plan.

—Hm… —Se sentó en mi costado libre. No la miré, pero sentía sus ojos clavados en mi rostro—. Te veo muy tranquila…

—Ja. —Delineé una cansada sonrisa—. No es tranquilidad, es agotamiento.

—Oh. —Puso la mano sobre la mía— ¿Agotamiento por… lo que hicimos? —inquirió con una traviesa tonada. Abrí los ojos, enojada, y la observé.

—¿En serio vas a bromear con eso en este momento? —Arrugué la frente—. Lo que hicimos no me interesa ahora.

Sus labios se entreabrieron con sorpresa, o quizás decepción. Me importó, pero no dejé que se notara. Ahora lo de verdadera importancia era alejarla.

—¡Hey, hey! ¡Ni se les ocurra pelear! —Chloe se puso de pie y nos encaró— ¡Y tú! —Señaló a Rachel— ¡Ni se te ocurra sacar ese tema! ¡Todavía estoy tratando de olvidar esa asquerosa imagen que presencié! —exclamó. Su amiga elevó una picarona comisura y con arrogancia llevó hacia atrás un largo mechón de su cabello.

—¿No te gustó lo que viste?

—¡Si quisiera mirar porno puedo buscarlo tranquilamente en internet!

—Oh… ¿Aún haces eso? —Se burló, apoyando el mentón en su mano—. Eso dice mucho de ti, ¿hace cuánto no coges, Price? ¿Quieres que te presente a alguien?

Chloe cerró los puños, furibunda. Yo suspiré y me levanté.

—No empiecen. Estoy cansada, voy a darme una ducha. —Clavé los ojos en Rachel, expectante. Los suyos brillaron.

—¡Oh! —Se levantó con cierta torpeza— ¿Quieres que…? —Se señaló.

Asentí. Ella sonrió, aunque no muy convencida. Sí, que la invitara a la ducha no era típico en mí. No la culpo por desconfiar.

Chloe gruñó y se tiró de espaldas en la cama.

—¿Van a coger en mi baño? ¿En serio? —Se dio media vuelta y se tapó el rostro con la almohada—. Me cago en ustedes, ¿son unos putos conejos o qué?

Sonreí de lado mientras abría la puerta y le dejaba el paso libre a una confundida Rachel, que pasó observándome de reojo. La seguí sigilosamente con la mirada, y antes de cerrarla puse el cerrojo del lado de adentro. Sabía de antemano que ningún picaporte en esa antigua casa funcionaba como debía. Perdí la cuenta de las veces que me quedé encerrada en el baño o en su habitación cuando era pequeña. Hice bien en pensar que jamás las arreglaron. Chloe contribuyó a su terminal destrucción con todos los portazos que le dio, incentivada por las peleas con David.

Cerré la puerta, o mejor dicho, encerré a mi mejor amiga. Tenía menos de cinco minutos antes de que se diera cuenta, y de que Rachel también se percatara gracias a sus futuros gritos.

Empecé a caminar en silencio hacia el baño, seguida por ella y por una insistente mano que atrapó mi brazo.

—Bien, ya puedes dejar de fingir. ¿Cuál es tu historia, niña del futuro? —preguntó mientras yo abría la puerta del baño— ¿Qué estás tramando?

La espié de soslayo y extendí la mano en una invitación para que entrara. La observó con desconfianza, y sin quitarme la vista de encima entró. Se apoyó contra la pared, cruzando los brazos. Trataba de analizarme, de descubrir qué mierda pasaba por mi cabeza. Sus curiosos ojos la delataban.

—Está de más decir que esta tentadora invitación no es real —dijo con seriedad— ¿Qué pasa, Max?

Cerré la puerta y reposé la espalda contra ésta. Contemplé a Rachel con cierta melancolía que escapó de mis ojos, no sé porqué. Quizás porque pensaba que sería la última vez que la vería, o tal vez porque temía que algo le sucediera tanto a ella como a Chloe… o a mí. Quizás ya las daba por muertas por mi estúpido error y mis ojos deseaban llorar por eso. Los cerré; tenía que centrarme.

—Max, quiero recordarte que no soy muy paciente…

Sonreí, para luego emitir una ligera risita.

—No lo eres. —Abrí los ojos y empecé a acercarme con una honesta sonrisa que parece que la intimidó. Descruzó los brazos con una extrañada mueca que atinó a extenderse cuando levanté los míos y la rodeé en un fuerte abrazo.

—¿Max? —Me correspondió, dudosa— ¿Tengo que preocuparme por esto? —Trató de bromear, a lo que reforcé el aprecio.

—¿Por qué? —musité en su oído— ¿No es normal que quiera abrazarte luego de lo que hicimos?

Su cuerpo se tensó, al igual que su garganta. Su voz la dejó expuesta.

—H-Hace un momento me dijiste que eso no te importaba…

—Mentí.

—¿Qué estás…?

—Me importó, y mucho. —Apoyé el mentón en su hombro, provocando que sus sedosos cabellos me acariciaran y que la pluma que siempre tenía me hiciera cosquillas en la nariz—. Dije eso porque Chloe nos iba a degollar vivas. —expliqué. Ella soltó una corta risita.

—Así que finalmente vas a admitir que siente algo por ti. Tardaste un "poco". —respondió. Titubeé antes de hablar.

—Eso no lo sé. Chloe siempre ha sido posesiva, eso no tiene porqué significar que le gusto.

—Te besó.

—No sería la primera vez.

—¿Qué? —Giró el rostro para verme, bajando las manos por mi espalda— ¿Cuándo…?

—¿Podríamos no hablar de ella ahora?

Se enmudeció unos segundos en los que intuí todas las preguntas que quería hacerme. Y en medio de ese silencio, me fui apartando lentamente, quedando parada frente a ella con una sonrisa que no fue capaz de descifrar. Ni yo podía. Mi mente ya no estaba allí, sino en el cuarto oscuro.

—Max… —Llevó una mano a mi rostro, que ni se movió. Mi cara no expresaba más que seriedad, a pesar de que estaba sonriendo—. Por favor…, dime qué sucede. Aunque creo saberlo. —Desvió los ojos con un dejo de irritación—. Vas a hacer una locura de nuevo. —Los regresó a mí—. Pero no la harás sin mí.

Amplié la sonrisa.

—Cierto, no la haré sin ti —atiné a decir, mientras llevaba las manos a la parte baja de mi playera con su atónita mirada de fondo—. Formarás parte de esto, Rachel. —Comencé a levantarla hasta sacármela y se la revoleé. Ella la atajó con los ojos abiertos cual platos, que siguieron a la perfección todos mis movimientos— ¿No es lo que querías?, ¿probarme? —Apegué mi cuerpo al suyo, incitante.

Tragó saliva con fuerza. La vi pasar; bajó por su garganta hasta volver a subir con dificultad. Eso me generó un grado de satisfacción. ¿Quién iba a pensar que yo podría ponerla nerviosa? O mejor dicho, que yo podría poner nervioso a alguien.

Sus ojos, que estaban perdidos en el sujetador que me cubría, volvieron a los míos y esta vez me observaron con un oscuro color.

—¿Por qué… tan de repente?

Cerré los párpados, apacible, y empecé a desabrocharme el pantalón.

—Hablas mucho. —Sujeté su mejilla— ¿Te lo dije antes? —pregunté sobre su aliento, que comenzaba a entrecortarse.

Sus manos, claramente tentadas, se enredaron en mi cintura. No obstante, aunque su cuerpo parecía estar cediendo, su confundida mirada, que reflejaba su mente, aún no.

—Tienes que admitir que esta situación es cuestionable. No puedo quedarme callada cuando eres tú la que se está desnudando y no yo. —Bajó la vista con un tenue sonrojo—. Nunca te vi tan…

Acerqué los labios de pronto, logrando rozar los suyos, que se entreabrieron por acto reflejo.

—¿Tan?

—Tan… lanzada. Pensé que estabas preocupada por tu amiga. —Frunció los dedos contra mi espalda, como si en ese agarre tratara de controlarse—. Qué estás traman… ¡mh!

Mis labios acallaron los suyos de una buena vez. Los abrí, encontrándome con su lengua que no se hizo rogar, y me enredé con ella de una suave manera que casi me hizo olvidar mi cometido.

Mientras nos besábamos cada vez más con la respiración fuera de sí, subió la palma por la curva de mi espalda y atrapó mi cabello por detrás con fuerza. Yo sujeté sus caderas y no me privé recorrerlas de arriba hacia abajo, levantando su playera y deleitándome con su perfecta figura y suave piel, que ardía entre mis dedos. Abrí un poco los párpados, hallando los suyos completamente cerrados y entregados, y supe que era pauta suficiente para confirmar sus temores y accionar.

Me despegué con lentitud, y arrastré los labios hasta su cuello. Comencé a besarlo, a lamerlo y mordisquearlo. Ella ladeó el semblante emitiendo un pequeño gemido. Su embriagante aroma me desarmó al instante, pero resistiéndome, atrapé su brazo y la giré, dejándola de frente contra la pared. Se quejó debido a mi rudo movimiento. Sin embargo, esa queja camuflaba otro sonido inmerso de excitación que no pudo ocultar como quiso.

—M-Max, ¿qué…? —Volteó el rostro con un tenue sonrojo que me enloqueció.

Llevé su brazo a su espalda, haciendo un gancho para impedir que se moviera, y clavé los dientes en su cuello, dejándole una visible marca además de callarla.

—Te la debía. —Sonreí sobre su piel y sujeté su mano, que todavía tenía mi playera—. Tengo algo que hacer, Rach. Y no quiero que nadie me interrumpa, en especial tú. —Se la saqué; ella abrió los ojos mientras yo me alejaba rápidamente y sostenía la manija de la puerta. Apreté el cerrojo.

—¡Max! —Se dio la vuelta, precipitada— ¡Espera!

Cerré la puerta y reposé la espalda contra ésta, bufando. Encerrada número dos.

—¡Imbécil! —Comenzó a golpearla, haciéndome temblar la espalda. No obstante, a pesar de su insistencia mi vacía mirada no mutó— ¡Abre la puta puerta!

—Nop. —respondí, poniéndome la playera.

—¡Idiota! —La pateó varias veces, provocando que esta vez me alejara un paso de tan fuerte que fue el impacto, y de los poderosos sonidos que me aturdieron. Podía imaginarla, ahí, con esa iracunda expresión que vi incontables veces— ¡Me prometiste que no te mandarías sola de nuevo!

—Crucé los dedos, no contó. —Miré la madera como si estuviera observándola a ella—. Quédate ahí un rato. Chloe no tardará en darse cuenta dónde estás, así que espera tranquila.

Si es que Chloe logra escapar...

—¡Me importa un carajo eso! ¡Abre la maldita puerta o la tiraré abajo! ¡Sabes que puedo hacerlo!

Arqueé una ceja.

—¿Te refieres a tus poderes? —Sonreí—. Conozco a la perfección cómo funciona eso. Todavía no sabes controlarlo, y por lo que vi, usaste una buena cantidad de energía la última vez. Quisiera verte intentándolo… —dije con un dejo de burla.

Golpeó otra vez la puerta. Cada vez sonaba más débil.

—No conseguirás nada haciendo esto, estúpida.

—Tal vez.

—Perra…

—Sí…, parece que lo soy. —Mi sonrisa desapareció para ser reemplazada por una afligida mueca—. Perdóname, Rachel.

Suspirando, comencé a alejarme. Un silencio, que solo fue decorado por unos leves sollozos que llegué a oír en un eco, me incomodó. Estaba llorando por mi culpa…, pero no podía dar vuelta atrás. No cuando su vida peligraba. Tenía que terminar con esta maldita historia.

—Idiota… —Otro golpe, en esta ocasión seco. Me detuve. ¿Su puño? No…, su frente— ¿Por qué te arriesgas así? Si tú mueres… ¿de qué sirve que yo siga viva?

Me mordí el labio conteniendo las lágrimas que hacía rato deseaban liberarse.

—¿De qué sirve lo que siento por ti si desapareces? —musitó, acompañando su voz con otro débil golpe. Mi corazón golpeó al mismo tiempo.

—¿Lo que sientes…? —repetí.

De nuevo silencio. Solo escuché como su cuerpo se resbalaba por la puerta hasta posiblemente terminar de rodillas en el suelo. Respiré hondo con las lágrimas resbalándose por mis mejillas. Debía irme con urgencia antes de flaquear.

Aspirando el llanto, retomé los pasos. Tenía los minutos contados; las vidas de mis amigas en peligro, la de Kate, y además…

—¡Te quiero!

Me detuve en seco abriendo los ojos de golpe.

—¡Te quiero, idiota! ¡¿No lo entiendes?!

Mi labio inferior se desprendió.

No…

Sofocando un sollozo, me cubrí el rostro con el brazo y salí corriendo de ahí con sus apagados gritos atacándome el pecho. Lo sentía cerrado; no podía respirar bien. Siquiera pude cuando después de una travesía por la casa de Chloe finalmente toqué con los pies el asfalto de la calle, siquiera con el viento tratando de ayudar a devolverme el aire perdido.

Me tapé la boca respirando una y otra vez con rudeza. Estaba desesperada, angustiada. Su confesión me partió el alma en dos porque sabía que quizás no volvería a verla, y que había destrozado sus sentimientos.

No le respondí…

Negué con el rostro, destapándome, y me sequé las lágrimas y la nariz.

No…, no tiene sentido hacerlo.

Retomé los pasos con un aire de derrota y me puse la capucha mientras me resignaba a la idea de corresponderle esas hermosas palabras.

—Sí… —Sonreí con tristeza—. No tiene sentido hacerlo si voy a desaparecer.

-/-

Ni sé cómo mis pasos me llevaron a la puerta del granero, que hoy extrañamente lucía más tenebrosa que nunca a pesar de seguir igual. La oscuridad de la noche aportó, pero fue mi mente la que se encargó a la perfección de hacerla lucir más temible porque sabía lo que encontraría dentro. Sin embargo, no tenía tanto miedo. Raro.

Entré y lo primero que hallé fue esa gigantesca puerta sobre el suelo que ya no estaba escondida, sino que abierta, dándome la bienvenida. La contemplé con desdén.

Sí, era extraño no estar temblando de pies a cabeza cuando mi, tal vez, futuro asesino, estaba dentro de ese lugar. Lo único que sentía era una inmensa tristeza, un cansancio inigualable y una determinación inquebrantable. Una mezcla no compatible pero que poco me interesaba que no lo fuera. Iba a descubrir la verdad sobre este maldito pasado que parece distorsionado.

Comencé a bajar las escaleras. La oscuridad no tardó en cubrirme, solo siendo acompañada por esas lúgubres luces blancas, típicas de hospital, a los costados de la pared. La ansiedad empezó a hacer su trabajo.

Estaba a punto de descubrir por qué ese maldito sabía de mi existencia. Y con mucha suerte, estaba a punto de terminar con esta historia y volver a mí, ya no tan querido presente. Porque sé… que quizás ella no me reconocerá allí, si es que logro encontrarla.

Pisé el último escalón y levanté la vista con sigilo. No se veía casi nada, solo llegaba a oler ese desagradable olor a químicos que me invadió la última vez que estuve aquí. Sentí arcadas, pero aguantándolas y tragando saliva entré. Mis pies, comenzando a sentir el miedo al que tanto se resistieron, se detuvieron cuando mis ojos capturaron la imagen de un hombre de espaldas, sentado en una silla justo en el medio del cuarto oscuro. Parecía estar reflexionando algo, pensativo. Lúgubremente pensativo.

Volví a tragar saliva, y esta vez se me dificultó bastante la tarea.

—Te estuve esperando, Max.

Temblé de pies a cabeza al escuchar una grave, seductora pero aterradora voz que resonó en un eco.

—A comparación de la otra Max, tú eres bastante impuntual.

Cerré los puños, nerviosa.

¿La otra Max?

—Aunque hay algo que no ha cambiado. —Empezó a ponerse de pie—. Sigues tan callada como siempre. —Se volteó hacia a mí con esa arrogante sonrisa que conocía bien. Estreché la mirada.

—Jefferson.

Él hizo una educada reverencia y alzó el rostro de a poco, descubriendo una maligna sonrisa.

—El mismo. —Extendió la mano—. Ven, Max. Tenemos muchas cosas de qué hablar.

Dudé en acercarme por obvias razones. Pero su pie dando un paso adelante, dispuesto a arrastrarme a la fuerza, me hizo replantearme. Caminé hasta él, cautelosa, hasta quedar parada frente a su alta persona. Como si nada puso las manos en los bolsillos de su pantalón y me observó desde lo alto con una indiferente expresión.

—¿Podrías hacerme el favor de sacarte la capucha, Max? —preguntó. Vacilé antes de obedecer y por fin quitármela. Sus ojos se ensancharon al contemplarme, mientras una cínica sonrisa se delineaba en sus labios.

—Increíble… Realmente increíble. —Llevo una mano a mi rostro, el cual corrí por poco y gruñendo. Él cerró los dedos en mis mejillas y me obligó a mirarlo—. Estoy frente al cuadro más misterioso que presencié en mi vida. —Abrió más los ojos, asustándome—. ¿Cómo es posible este encuentro, Max? ¿Serías tan amable de explicarme?

Arqueé una confusa ceja.

—Eso mismo me pregunto yo. —Me solté de un manotazo— ¿Por qué me conoces? —cuestioné. Jefferson arrugó un poco la frente debido a mi evasiva y se dio media vuelta.

—Veo que nos preguntamos lo mismo, pero vamos por partes. Tenemos toda la noche. O mejor dicho… —Giró el rostro hacia mí con una perversa mueca—. Solo tenemos esta noche.

Temblé.

Va a matarme. Este tipo va a matarme.

—¿Dónde está Kate? —cuestioné con la voz algo quebrada pero tratando de parecer firme. La maldita decidió abandonarme en el peor momento gracias al miedo que pensé que había superado.

—¿Kate? ¿No estábamos hablando de nosotros? —dijo, caminando hacia esa blanca pantalla que reconocí al instante. Ahí sacaba sus macabras fotos, y ahí también se encontraba esa puta cámara que tanto odié—. No deberías arruinar así el ambiente, Max.

—¡Jefferson! —Acerqué un paso— ¡Dime dónde está!

—No aquí, por supuesto.

El alma escapó de mi cuerpo.

—¿Qué…?

—Oh, vamos. —Levantó ambas manos en un burlón gesto— ¿Vas a decirme que viniste aquí sin sospechar un segundo que esto era una trampa? Eres más inteligente que eso, Max. Ambos lo sabemos.

Se paró frente a esa blanca pantalla e hizo un ademán con el dedo índice, llamándome. Con el cuerpo tenso, me aproximé.

Sí, me imaginaba que era una trampa. Sin embargo, tenía una leve esperanza.

—Entonces, ¿dónde está? —pregunté, deteniéndome frente a él, pero conservando unos necesarios metros de distancia. Jefferson desvió el rostro con una pequeña pero lúgubre sonrisa.

—Con Nathan. No te preocupes. No volveré a solicitarla, ya tengo lo que necesitaba de ella.

—No me digas que…

Señaló con el pulgar atrás; la carpeta de Kate estaba sobre una mesa. Comparada a la última vez que la vi, ahora estaba llena. Apreté las mandíbulas.

Llegué tarde.

—¡Qué le hiciste!

—Oh, Max… —Negó con la cabeza, burlón—. Sabes lo que hice: una obra de arte. Capturé su mejor lado.

—Enfermo…

Era todo. La ira no se compadecía de mí. Pero tenía que actuar con prudencia. Si hacía un mal movimiento terminaría matándolo antes de saber la verdad.

Bajé los ojos y los planté en mi bolsillo. Un cuchillo que me robé de la cocina de Chloe estaba ahí. Sí, estaba dispuesta a asesinarlo. No me importaban las consecuencias o las pruebas, nada de eso tenía importancia. En algún momento de la noche, mientras volvíamos en la camioneta de Chloe, llegué a la conclusión de que ésta era la única solución. La que no me atreví ni pude hacer en el presente. Hubiese sido mejor agarrar el arma de mi amiga, pero eso hubiera llamado demasiado su atención. Siquiera sabía dónde la escondió.

Él, atento como siempre, posó la atención en mi bolsillo. Atormentada por ese dato, noté como devolvía los ojos a mí con una seria expresión. Tenía que entretenerlo con urgencia.

—¿Qué está haciendo con Nathan? —pregunté.

—Oh. —Sonrió como si fuera una persona completamente normal—. Él está velando por su seguridad. —respondió con una peligrosa tonada que de segura no tenía nada.

—Jefferson… —Di otro paso adelante. Él retrocedió y llevó una mano al frente.

—¡Pero qué maleducado he sido! —Agarró una silla de esa metálica mesa que parecía un escritorio, y me la ofreció—. Siéntate, por favor.

Negué con la cabeza, desconfiada, y en un segundo…, en un mínimo instante, su rostro se desfiguró.

—¡SIÉNTATE!

Me sobresalté, y manteniéndole la mirada con un obvio terror, me senté lentamente.

—Bien…, buena chica. —Acarició mi cabeza. Acción que me revolvió el estómago—. Ahora… ¿en qué estábamos? ¡Oh, sí! —Se agachó para quedar a mi altura y sujetó mi mano cual propuesta de matrimonio; más asqueada no podía estar—. Max, ¿puedes decirme cómo estás aquí?

—¿C-Cómo? —repetí con la mente maquinando a velocidad en un intento de idear una buena opción para escapar. Tenía que prever que podía llegar a doparme en cualquier momento de distracción.

Asintió con una falsa sonrisa.

—No puedo entenderlo, y ese misterio me fascina tanto como tu presencia. —Se puso de pie, acomodándose el cabello hacia atrás—. Nathan me dijo que una chica revoltosa estaba interfiriendo en nuestros planes. Me pregunté cómo sabía justamente lo que estábamos haciendo con lo precavidos que fuimos, y me puse a investigar. ¿Quién podía ser esa chica? —Se refregó su asqueroso mentón—. Y pensé "solo una persona sabe lo que ocurre aquí".

Me achiqué en el lugar sin deshacer mi defensiva mueca.

—Una persona que… —Dibujó una macabra sonrisa—… está muerta.

Mi mandíbula se desencajó.

—¿M-Muerta?

—Técnicamente… muerta. —Estrechó la mirada, sospechoso—. Así que dime, Max… —Atajó mis mejillas con los dedos y las apretó sin compasión, dejando rojiza mi piel— ¿Cómo es posible que esa chica muerta ahora esté frente a mí?

Mis pupilas se ampliaron hasta sentirlas estallar.

—¿Cómo es posible que su cadáver haya desaparecido de mi precioso jardín? —Delineó mi entreabierta mandíbula con las yemas—. Y eso que lo descuarticé a la perfección, pero no encontré ninguna parte de él. Siquiera tu hermoso rostro que había guardado en un lugar extremadamente especial para conservar su belleza.

Mi corazón empezó a latir tan apresurado que juré que iba a detenerse. Mi mente no ayudó a sosegarlo, ya que imaginó por completo todos los detalles que me estaba dando. Si antes me faltaba el aire, ahora directamente sobraba de tanto que estaba respirando agitada. Mis labios temblaban; mi voz se escapaba en pequeños quejidos inmersos de terror.

No puede ser… ¡No puede ser! ¡La otra Max…!

—Yo te asesiné. —Sujetó mi cabello por detrás brutalmente y lo jaló hasta levantar mi paralizado rostro—. Entonces, ¡¿por qué estás aquí?

Alterada y con un total ataque de histéria, me fui hacia atrás, tirando la silla, y terminé temblorosa en el suelo.

—¡CÓMO ES POSIBLE! —Agarró mi brazo y tironeó de él, arrastrando mis rodillas por el suelo— ¡Tú estás muerta! ¡Yo te asesiné!

Negué con la cabeza, perdida, atónita. Sin entender nada pero entendiendo todo.

Yo… realmente distorsioné este mundo al viajar sin estar en la fotografía. No hay otra explicación del porqué Jefferson recuerda que me asesinó, y porqué mi cuerpo destrozado desapareció. Sí, yo reemplacé a la otra Max. En este mundo yo fui una de las víctimas, y él lo sabe. Pero no tiene sentido… ¡Nada lo tiene! ¡Este es el pasado, no debería ser una realidad paralela!

—Contéstame, Max. —Sujetó el cuello de mi playera y me acercó a su maquiavélico rostro. Mis pies no tocaban el suelo—. Creo que merezco una explicación al estar implicado en esto.

Pestañeé en un vago intento de volver. No podía responder, pero sí podía cuestionar.

—¿Por qué me asesinaste? —pregunté en un hilo de voz. Él sonrió de lado, para luego soltar una susurrante risita.

—Yo soy el que hace las preguntas aquí.

—… ¿Por qué lo hiciste? —insistí— ¿Por qué sabía demasiado?

—Ja… Eso es obvio. —Soltó mi ropa, tirándome al suelo, y elevó una arrogante ceja—. Pero principalmente porque te resististe demasiado.

—¿Qué…?

—¡Pero qué recuerdos! —Esbozó una peligrosa sonrisa mientras se dirigía a una mesa metálica que tenía varias jeringas; tomó una. Mi corazón saltó, temeroso—. Estabas tan enamorada de mí… Hacíamos tan buen equipo. ¿No lo recuerdas? —Presionó un poco el émbolo hacia adentro, consiguiendo que el líquido que contenía escapase—. Apenas llegaste a este mísero pueblo me pediste ayuda. Temías no poder adaptarte bien a la escuela, y cuando nos encontramos por primera vez y por pura casualidad en un museo… —Me señaló con la jeringa—… te conté que era profesor ahí y todo comenzó. Empecé a sacarte unas inocentes fotos, todo con la excusa de prepararte. Pensé que eras perfecta, que tarde o temprano podría captar tus emociones más oscuras… pero tú no tardaste en sospechar de mí. Siempre tan inteligente… y molesta.

Mientras más hablaba, más me perdía. Yo… enamorada de él. No me suena tan lejano. Cuando lo conocí en el presente admito que me generó cierta atracción, me engañó por completo. Pero todo lo que estaba contando no tenía sentido. ¡Todo eso no sucedió! Yo llegué a Seattle y directamente empecé la escuela; lo conocí allí. ¡No lo conocí en un museo! ¡No me dejé sacar fotos por él!

Lo observé, estupefacta.

Todo esto solo tenía una maldita respuesta; una que venía temiendo desde que llegué aquí.

Fusioné las dimensiones…, distorsioné todo. Creé una distorsionada dimensión paralela.

Sí, eso tiene que ser. En las otras dimensiones en las que terminé, ya sea por cambiar el pasado o pegar saltos temporales de años, mi vida era completamente diferente. Yo lo era. Tal como la Max que él está describiendo. Pero en esos casos tenía sentido porque yo cambié algo crucial apropósito, generando que cual efecto mariposa también todo cambiara. Sin embargo, esto carecía de sentido. Ahora, gracias a mi descuido por creerme una diosa del tiempo e intentar viajar sin estar en la fotografía, lo cual milagrosamente resultó, el pasado se convirtió en una distorsionada realidad. Se han cruzado algunas historias de cada dimensión paralela, y una de ellas es la mía, por la simple razón de que cuando llegué aquí reemplacé a mi otro yo a la fuerza. A esa Max no le quedaba otra opción más que desaparecer. No podía haber dos Max en un mismo lugar.

Su historia se desvaneció, no obstante, no por completo. Debido al desastre antinatural que causé, Jefferson la recuerda y Rachel es consciente de que el cartel de desaparecida no estaba antes de que yo llegara. Por ahora parecen ser solo ellos dos los afectados, y rezo porque siga así.

Mi cabeza estaba a punto de estallar.

Era demasiada información de golpe, apenas podía procesarla. Sin embargo, algo era seguro: apenas llegué aquí algunas situaciones cambiaron automáticamente, lo cual nunca me pasó en otras ocasiones en las que viajé al pasado. Hecho que reafirma que éste ya no es solo el pasado sino también otra realidad paralela; una fusión desastrosa.

Fruncí los dedos contra el suelo. Estaba congelado; igual que yo.

Desconozco si el destino de esa Max era morir en esta realidad, pero cuando llegué eso es lo que sucedió. Casi parece hecho apropósito que para que yo pueda permanecer en el pasado ella haya muerto en manos de Jefferson. Es mucha coincidencia. Estoy segura que forcé su muerte. Pero si lo veo desde afuera... parece que el destino de esa Max sí o sí era la muerte aunque yo no apareciera. Si estaba involucrada con ese psicópata no había otro camino, tarde o temprano iba a pasar. Esa sería su historia al final.

Como si eso me hiciera sentir mejor… Mierda.

Entonces, la pregunta del millón. Antes de que yo llegara... ¿ella ya estaba muerta, o murió en ese momento exacto en el que llegué? ¿Aceleré su muerte? La historia del pasado cambió cuando puse un pie aquí... ¿Pero murió porque yo iba a llegar? ¿Todo estaba premeditado? Sí..., lo estaba. Era ella o yo. Por eso me siento tan extraña desde que estoy acá; es como si una mano invisible me jalara todo el tiempo hacia arriba para trasladarme. La distorsión que yo misma creé me está afectando al no pertenecer a esta era, a esta historia. Es definitivo: no pertenezco aquí; ya no es mi pasado.

Y al estar todo distorsionado y Jefferson implicado..., lo recuerda. He creado un caos en las líneas temporales.

Tragué saliva y hasta me dolió pasarla por la garganta de lo seca que se encontraba.

Este mundo está enloquecido. ¡Debo solucionar todo y escapar de él! Quién sabe qué desgracias podrían ocurrir si sigo deformándolo. Incluso el presente podría ser afectado, y para nada en un buen sentido.

El tiempo es realmente peligroso, cambiarlo lo es más. Lo sabía, pero ese día que terminé aquí ni lo pensé. No pensé en las consecuencias de llevar mi poder al máximo y desafiar a las leyes del universo. Solo...

Unas fugases lágrimas me traicionaron.

Solo quería ayudar.

—Decidí actuar antes de que comenzaras la escuela —continuó, dándole unos tranquilos golpecitos con el dedo índice a la jeringa; yo metí la mano en el bolsillo, lista para atacar—. De esa forma nadie te reconocería. Solo te habías anotado, visto algunos rostros lejanos… Nada sospechoso. Por eso…

—Por eso preferiste hacer tu movimiento antes. —Me puse de pie, sigilosa—. Matarme antes.

—¡Oh, no! —Puso una mano en su pecho, falsamente arrepentido—. Max, no era mi idea matarte, pero verás… Un día descubriste este lugar y lo que estaba haciendo. Un fatídico día que me seguiste cual perrito faldero. —Sonrió, sombrío—. No podía dejarte vivir, aunque me pesase. Aunque tuviera que descartar la hermosa sesión de fotos que tenía preparada para ti. Tuve que borrar todo registro de tu existencia..., otro pesar.

¿Pesar? Descuartizaste mi cuerpo, maldito, ¿dónde está el puto pesar?

—En mi lista siquiera estabas tú primero. —Volteó el rostro hacia el armario donde se encontraban las carpetas rojas—. Alguien más atrajo mi atención antes que tú. Alguien que lleva mucho tiempo aquí admirándome, pero que ahora hace lo imposible para evitarme. —dijo. Choqué los dientes, impotente.

—Rachel…

—¡Eso es! —Me señaló, sonriente—. La inigualable Rachel Amber. Sí que estaba enamorada de mí… —Retomó los pasos con la jeringa en alto, yo retrocedí—. Pero… Nathan está tan obsesionado con ella que, como buen profesor y paternal guía, decidí ser compasivo y dejársela.

Dejársela…

Temblé en el lugar inmersa de ira.

—¡Ella no es un juguete! —Perdiendo la razón, saqué el cuchillo del bolsillo y le apunté. Ni se inmutó— ¡No la lastimarás!

—¿Lastimar? —Negó con la cabeza emitiendo una ronca risa—. Creo que me has malinterpretado, Max. Mi intención solo es retratar su magnífico ser, pero se lo dejaré a Nathan. Espero que cumpla con su deber… Ya se ha retrasado demasiado gracias a ti.

Recuerdos se dispararon por lo que dijo. Los últimos de mi presente. Él y yo aquí hablando de ella. Él diciendo que nació para ser fotografiada, que era un "magnífico ser".

—No los dejaré. —Agarré con las dos manos el mango del cuchillo—. Te mataré si es necesario.

—Ah… Eso es nuevo. —Sonrió, complacido—. A diferencia de la "otra Max", tú eres mucho más valiente. Y hablando de eso… —Puso la mano sobre otra pequeña mesa metálica, apacible, y me observó de reojo—. Aún no me has contado cómo estás aquí… ¡DÍMELO! —La empujó hacia mí rápidamente, tanto, que no pude preverlo y terminó estampándome con ella.

—¡Agh! —Me quejé desde el suelo, tratando de quitarme la mesa de encima y una de las jeringas que por accidente terminó sumida en mi antebrazo. De inmediato sentí como éste se adormecía—. ¡N-No…! —La saqué y la tiré. Quién sabe cuánta cantidad de sedante llegó a ingresar. Por como me estaba sintiendo, intuyo que mucha.

Mis pensamientos de cuerdos ahora no tenían nada. Conocía bien esta sensación, esta sustancia que no solo estaba adormeciendo mi brazo sino también mi consciencia.

—¡Dímelo! —Pateó la mesa, quitándomela de encima, se agachó y agarró con ambas manos mi ropa— ¡Qué clase de brujería es esta! —exclamó con una psicópata sonrisa que apenas pude divisar. Mi vista se estaba volviendo borrosa.

Desvié el rostro y como pude estiré el brazo sano para sujetar el cuchillo que se me cayó. Mis dedos casi lo tocaban, pero…

—¡AGH!

Pisó mi mano con furia. Escuché mis nudillos quebrándose, y eso me impresionó más que el dolor mismo. Sofocando un quejido, me acurruqué contra mí misma, agarrando mi mano con fuerza.

—¡H-Hijo de puta! —Entreabrí un ojo, que se cerró por el dolor, y elevé con dificultad mi dormido brazo en un intento de regresar en el tiempo. Era una tortura mantenerlo en esa posición. Lo sentía acalambrado, tal como mis pies. Esa maldita droga estaba subiendo lentamente por ellos, anestesiándolos.

—¿Oh? ¿Y esto? —Sujetó mi brazo con rudeza sin borrar esa oscura sonrisa— ¿Qué harás? ¿Magia? ¿Así reviviste? —Apretó mi piel, clavando las uñas en ella, haciéndome sangrar. O Jefferson estaba más loco de lo que pensaba, o en este pasado todo era diferente. Hasta él. Diferente y más maligno.

Tengo que rebobinar… Tengo que matarlo.

Traté de rebobinar, pero no tenía fuerza. Estaba a punto de desmayarme. Y mis párpados entrecerrándose eran la fiel prueba de ello.

—¿Qué pasa, Max? ¿Dónde está tu mágico hechizo? —preguntó y me pegó una brutal cachetada para que reaccionase. Pestañeé, adormecida—. Ni se te ocurra morir sin darme una respuesta a este delicioso misterio… —Rió por lo bajo mientras yo balbuceaba cosas sin sentido y Chloe y Rachel aparecían en mis difusos pensamientos.

No puedo morir aquí… No sin salvarlas.

Devolví la visión a él respirando entrecortadamente, y ascendí una frágil comisura.

—Sí…, soy una bruja. Por eso nunca podrás matarme —murmuré; su entrecejo se frunció—. Hagas lo que hagas… volveré, y seré yo quien finalmente te asesine.

Traté de intimidarlo, pero solo conseguí que reforzara el agarre en la jeringa, como si aquello fuera su salvación. Lo era.

—Entonces… tendré que matarte una y otra vez hasta que no vuelvas nunca más. —Colocó la punta en el medio de mi brazo, el cual ni se movió porque ya no tenía la capacidad; no lo sentía—. Quemaré tu cuerpo hasta hacerte cenizas, Max. —Pinchó mi piel y eso fue todo. De pronto sentí como desagradablemente algo pasaba por mis venas hasta estallar en mi cabeza. Mi rostro cayó de lado sin expresión alguna más que una perdida.

¿Este… es mi fin?

Las lágrimas, que no sé con qué energía lograron emerger de nuevo, se resbalaron por mis pálidas mejillas.

No…, no puedo dejar que… esto termine así.

Mientras Jefferson me aplicaba con mucha paciencia la inyección, fruncí como pude mis destrozados dedos sobre el suelo, y lo tanteé hasta encontrar el filo del cuchillo. Mis ojos rodaron hacia atrás en el camino gracias al liquido que sentía como irrumpía mi cuerpo, volviéndolo pesado. Estaba teniendo una maldita sobredosis. Todo me daba vueltas.

Aún no…

Cerré el puño sobre el mango.

Tengo que… Tengo que…

—¡Déjala en paz, malnacido!

Abrí los ojos de golpe, como si la energía que perdí hubiese vuelto a mi cuerpo milagrosamente por esa conocida voz que me alivio tanto como me infartó.

¡No!

Jefferson giró lentamente el rostro hacia atrás mientras yo elevaba el mío con un esfuerzo sobrehumano. Mi pecho se apretó, asustado, al contemplar a una fatigada Rachel mostrándole los puños. Parecía haberse mandado una maratón. Logró escapar, y veo que Chloe no.

No…, posiblemente vino sola apropósito para no ponerla en peligro.

—Ah… Rachel. —Sonrió de lado, irónico—. Pero qué sorpresa encontrarte aquí, ¿quieres unirte a la fiesta?

—¡Suéltala! —exclamó, acercándose a paso rápido.

—¡N-No! —grité con la voz quebrada, tratando de sujetar la camisa de Jefferson por detrás, que atinó a levantarse, ignorando mi débil agarre. Cuando lo hice noté algo. Algo que me hizo hiperventilar.

Él la fulminó con la mirada y llevó la mano hacia atrás, confirmando mis sospechas. Del cinturón sacó un arma y le apuntó.

—Quieta, lindura.

Rachel se detuvo en seco, arrugando tanto la frente que se volvió irreconocible. Yo, como pude, logré sentarme.

—¡V-Vete! —exclamé.

Ella bajó sus verdosos ojos, ahora inmersos de una ira descomunal, y delineó una sarcástica sonrisa al verme.

—Eres tan predecible, Maxine. Sabía que estarías aquí. ¿Realmente pensaste que podías engañarme y dejarme encerrada? —Retornó la mirada a él y levantó el brazo—. Qué estúpida eres.

La observé, sorprendida.

¿Va a…?

Cerró los párpados, como si estuviera concentrándose, y unos cortos segundos pasaron. Segundos en los que la esperanza que me aportó esa acción desapareció tan rápido como apareció. Su palma temblaba, pero nada emanaba de ella.

Lo sabía… Usó demasiada energía antes.

Abrió los ojos y dibujó una desconcertada mueca.

—¿Por qué…? —Se miró la palma, y en su rostro pude ver como el terror lentamente comenzaba a invadirla— ¡Por qué no funciona!

Jefferson soltó una vaga risa, estremeciéndonos.

—¿Y esto? ¿Qué tratas de hacer? —Aproximó los pasos a ella con el arma en alto— ¿Tú también eres una bruja? —Se burló. Yo puse una mano en el suelo, agitada. Mi muñeca se dobló ante la pérdida del sentido del tacto.

¡Mierda!

Tenía que ponerme de pie antes de que fuera tarde, ¡no importase cómo!

—Bruja… —repitió, ensimismada, y descendió el brazo—. Posiblemente lo sea, pero no soy la única. —Sonrió, confiada. Confianza que no sé de dónde sacaba en tal crítica situación, pero que extrañamente revivía mis esperanzas.

—R-Rachel, escapa. —Retorciéndome de dolor, me puse de pie. Sin embargo, mi espalda no tardó en estamparse contra la pared. La contemplé, respirando con dificultad—. Por favor…

Ella me mantuvo la mirada unos instantes, seria, y sonrió con amabilidad.

—Me quedaré aquí, geek. —Comenzó a caminar hacia mí; Jefferson recargó el arma, generando que mi corazón palpitara de más—. No puedo dejarte sola… Mírate, estás hecha mierda.

Fui incapaz de no sonreír de soslayo.

—I-Idiota, vete.

—Deberías hacerle caso, lindura.

Se detuvo frente a él, y Jefferson, sonriente, clavó la punta del arma en su frente. Rachel ni se movió.

—¡Espera! —Me desesperé— ¡Ella no tiene nada que ver!

—Claro que lo tiene. —Colocó el dedo en el gatillo—. Sabe todo, no puedo dejarla vivir.

—¡N-No! —Empecé a caminar hasta ellos, agarrándome el brazo dormido, que era el más afectado de mi descompensado cuerpo— ¡C-Corre, Rachel!

Ella me miró de soslayo y me guiñó un ojo con una confidente sonrisa.

—Cuando me vaya de aquí será contigo. —Atrapó el brazo de Jefferson, y yo no podía creer su coraje—. Mi padre trabaja para la policía. Es prácticamente el dueño de este asqueroso pueblo. No tardará en descubrir que estás implicado en esto, Jefferson.

Pestañeé, desconcertada.

¿Qué? ¿Su padre…?

—¿La policía? —Soltó una carcajada—. La policía de aquí es pura mafia, Rachel. ¿Me estás diciendo que tu padre trabaja para ellos? Pero qué niña idiota… —Continuó riendo en un murmullo—. Eso ya lo sé, y también sé que ha hecho cosas peores que yo.

Rachel estrechó los ojos como si estuviera conteniendo las lágrimas. No obstante, creo no equivocarme al pensar que no era solo por esta peligrosa situación, sino por la verdad que le reveló su profesor.

—Yo también lo sé, imbécil. —Soltó su brazo con asco, y como si nada quitó la frente del gatillo y retomó los pasos hacia mí. Mi corazón no podía palpitar más descabellado—. Pero también sé que si hago las movidas correctas terminarás en la cárcel, o peor aún… —Giró el rostro a él con una engreída sonrisa—… muerto. —Continuó caminando, obviando su mueca de absoluta repulsión.

—R-Rachel… —Carraspeé, debilitada. Esa anestesia me estaba matando, literalmente. Ya no había tiempo para mí, pero sí para ella—. P-Por favor, ¡escapa!

Se apresuró cuando mis rodillas flaquearon de tan debilitadas que estaban.

—¡Max! —Sujetó mis hombros, preocupada— ¡Resiste!

Miré por encima de su hombro y mis pupilas se ampliaron al divisar cómo Jefferson, con la cara más oscurecida que nunca, le apuntaba a la espalda. Poco le importó su amenaza.

—¡M-Muévete! —Atrapé su brazo y la empujé, no obstante, se resistió y volvió a mis hombros.

—¡Cállate! ¡Nos iremos de aquí juntas!

Choqué los dientes, y traté de empujarla de nuevo.

—¡Muévete, idiota!

—Pero qué imbécil eres, Rachel. Deberías escuchar a tu amiga.

Sus manos presionaron con más fuerza mis hombros. Con sigilo volteó el rostro hacia él.

—No era mi idea terminar así contigo, pero qué se le va a hacer. —Sonrió, sombrío—. Adiós, preciosa. —Jaló el gatillo y tanto mis ojos como los de ella saltaron.

—¡RACHEL! —grité.

Se abrazó a mí y un seco sonido, que hizo eco en ese espeluznante lugar, se escuchó en el aire. Lo único que mis impactados ojos pudieron visualizar, fue el cuerpo de Rachel resbalándose lentamente hacia abajo por el mío, manchando mi playera de sangre. En el camino me miró con la misma impresión con la que yo la miré a ella, mientras sus delicados dedos perdían fuerza en mi ropa y se soltaban.

—R-Rachel…

Se derrumbó sobre el suelo con la mirada apagada, y yo… yo me quedé observándola desde lo alto con los ojos bien abiertos. Mi mente no formulaba pensamiento alguno, estaba en blanco. Totalmente en blanco.

Me agaché con lentitud, como si estuviera hipnotizada por su figura, y sujeté su rostro. Lo giré hacia mí y sus ojos, ahora oscurecidos y decaídos, se desviaron con debilidad hasta encontrar los míos; sonrió.

—Veo que… mi destino no puede cambiar. —murmuró. Apenas la escuché de lo rasposa que sonaba su voz.

Rocé con las yemas sus labios; mi piel quedó enrojecida.

Sangre…

Las lágrimas, contenidas por el shock previo, me atacaron sin piedad.

—¡Rachel! —Atrapé sus hombros y la sumí en mi pecho— ¡E-Espera! ¡Te llevaré a…!

—Está bien… —Me cortó, llevando una temblorosa y ensangrentada mano a mi rostro. La deslizó por él, tiñendo mi piel—. Escapa, Max. —Delineó una frágil sonrisa que me destrozó más de lo que ya estaba.

Negué con la cabeza, notando como el piso también se teñía de un carmesí color debajo de su cuerpo. No podía estar pasando esto… No podía… Por mi culpa…

—Por favor… —Rogué, como si eso mágicamente pudiera curarla—. Rachel… Yo… vine aquí para salvarte.

Una maliciosa risa resonó.

—Bueno... —Escuché la voz de Jefferson, que sonreía, victorioso—. Eso no funcionó muy bien, ¿verdad?

Lo exterminé con la mirada. La frente me pesaba de la ira acumulada en ella y el pecho se cerraba cada vez más por la angustia de estar perdiéndola.

Tengo que hacer algo.

Devolví la atención a sus entrecerrados párpados.

Si logro concentrarme, tal vez puedo…

—No lo hagas. —Me despertó la quebrada voz de Rachel.

—¿Q-Qué?

—No retro… cedas. —Cerró los ojos con ímpetu, ahogando un quejido.

—¡Rachel!

—Lo hecho… hecho está. —Los abrió, temblorosa, y me sonrió—. No debes cambiar lo que está… destinado a ser.

—¿Qué estás diciendo? ¿Qué...? ¡No entiendo nada de lo que dices!

No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Estaba resignándose? ¿Ella? Que su presencia generaba lo mismo que estar parada frente a una gran llama, a un poderoso incendio. A un gran poder.

—No debes…, Max. —Acarició mi rostro con el pulgar y me impulsó al suyo; estaba pálido, moribundo—. C-Consecuencias…

—No entiendo… —Negué otra vez con la cabeza, y eso me generó una puntada insoportable. Yo también estaba en las últimas por esa maldita anestesia—. No puedo dejarte morir… ¿Por qué me dices esto ahora?

Ella ahogó otro quejido, abriendo la boca una y otra vez como si el aire no le alcanzara.

—N-No sé… Es como si… no fuera yo… —Soltó una susurrante risita—. Qué extraño…

—Rachel… —Mis lágrimas se derrumbaron en su rostro, y su sonrisa se desvaneció.

—Max… —Me impulsó más y besó mis labios en un corto encuentro; sabía a sangre, que se mezcló con un salado sabor que me pertenecía por las lágrimas que no dejaba de emanar. Se despegó con lentitud y acomodó un mechón detrás de mi oreja dulcemente—. Olvida el horror que pasó aquí… y sigue con tu vida. Vuelve a tu tiempo.

Abrí los ojos, impresionada. Ella recuperó la sonrisa, pero sus ojos… ya no decían nada. Ya no podía vislumbrar ese verdoso y brillante color que la caracterizaba. Estaban opacados.

—Solo... tienes una misión. —Desvió la visión a Jefferson, que mantenía un triunfante gesto mientras recargaba el arma dispuesto a matarme—. D-Detenerlo. Chloe y yo… —Carraspeó, provocando que sangre escapara de sus labios y sollozos de los míos—… ya no tenemos vuelta atrás. No debemos tenerla.

La contemplé, suspendida. Su voz sonaba tan dulce. Débil pero dulce…

¿Por qué me estaba diciendo esto? ¿Por qué después de todo lo que pasamos? Después de que ella estuvo de acuerdo con vivir, con ser rescatada. ¿Por qué ahora…?

Apreté con fuerza su hombro, sollozando.

—No puedo hacer eso, Rachel. —Sonreí de un lamentable modo—. Te traeré de vuelta, cueste lo que cueste.

Ella negó lentamente con la cabeza, mientras sus párpados comenzaban a cerrarse y mi mente a estallar.

—No lo… hagas.

—Rachel, por favor… no te vayas. —Entre gimoteos, refregué mi mejilla contra la suya, humedeciéndola en consecuencia; sus ojos se abrieron un poco. Me regaló una suave sonrisa.

—Ja... De verdad… eres tan… l-lind…

Sus párpados, temblorosos, se entrecerraron, y su rostro cayó de costado, inerte. Y el mío… El mío se quedó contemplando el suyo ya sin expresión. Sin sonrisas ni palabras. Sin nada.

—Rach… —La zarandeé—. Hey… —Le di unas palmaditas en la mejilla, solo para conseguir que rebotara contra mi palma.

Mi corazón me abandonó en ese mismo instante que ella también lo hizo.

—Oh, Max...

Ascendí la visión, aún con la parálisis adornándola junto con las lágrimas que ya parecían formar parte de mí, y la clavé en Jefferson. Su semblante se mostraba satisfecho; el arma me apuntaba.

—Esa escena fue realmente conmovedora, digna de ser retratada. Lástima que mi estilo apunta para otro lado...

Reforcé el agarre en el mango del cuchillo que todavía conservaba, pero solo por instinto.

Yo ya no estaba ahí. Me había ido muy lejos.

—Tranquila, pronto te reunirás con ella. —Puso el dedo en el gatillo.

Sin siquiera parpadear, pasé la vista a Rachel una última vez, esperando que me regalara esa traviesa y típica sonrisa que adoraba. No sucedió.

Ya no iba a suceder.

Con la garganta endurecida por la angustia, la dejé delicadamente sobre el suelo y con un esfuerzo sobrehumano me puse de pie. Al hacerlo me tambaleé y terminé aferrándome de la pared para no caer. El cuerpo me pesaba lo suficiente para perder la consciencia, la mente la sentía apagada, y la tristeza me había consumido por completo. No me quedaba nada más que puro odio hacia su asesino. Lo miré sin expresión alguna más que una robótica.

Tengo que matarlo.

Puse un pie adelante y volví a tambalearme. Algo cayó de mi bolsillo al hacerlo. Planté sin ganas los ojos en el suelo, a pesar de ahora tener el arma de Jefferson en mi cabeza, y éstos se abrieron perezosamente al notar una fotografía.

¿Qué…?

Esa foto… era yo. Yo cuando rompí la cámara por la frustración, y ésta me atacó con el flash, revelando una última foto de mi impotente rostro. Ahora recuerdo, la guardé en el bolsillo del pantalón por la dudas antes de salir de la habitación de Chloe.

Mis ojos se fueron abriendo gradualmente hasta iluminarse.

Eso es… ¡mi esperanza!

No solo podía salvar la vida de Rachel, sino que podía retroceder mucho más hasta el momento en el que Kate fue secuestrada. Con suerte, si lograba juntar fuerzas antes de morir, lo cual estaba a escasos minutos de suceder, lo lograría.

Me agaché para agarrarla y solo por esa leve acción terminé impresa contra el suelo. Mi cuerpo no daba más. Sujeté la fotografía, temblorosa, y la puse frente a mis ojos, que hacían lo imposible por apagarse.

Puedo… saltar en el tiempo con esto.

—¿Qué haces, Max? —Un rudo tirón me puso de pie y me estrelló contra la pared— ¿Brujería otra vez?

Ni lo miré; mis ojos seguían plantados en la fotografía, casi muertos. Mi mano destrozada sosteniendo el cuchillo. Todo estaba a punto de soltarse.

Rachel… te traeré de vuelta.

Sus últimas palabras advirtiéndome que no lo hiciera me irrumpieron; no me importó.

No me importaba nada más que revivirla.

—Tan ilusa como siempre, Max… —Bajó la punta del arma por mi garganta hasta dejarla estancada en mi pecho—. Está bien, capturaré de nuevo esa hermosa parte de ti.

No…, no puedo morir antes de retroceder.

—Vete con tu amiguita.

Volví la visión a él cuando escuché como el gatillo era jalado, y en un acto reflejo, levanté el brazo con la escasa energía que me quedaba.

—¡JEFFERSON!

Clavé el cuchillo en el costado de su cuello, justo debajo de la oreja, al mismo tiempo que mi boca se abría por el impacto de la bala en mi pecho. Sus pupilas se achicaron de golpe, al igual que las mías, mientras su sangre no tardaba en resbalarse por mi mano.

—N-Niña estúpida… Todavía tenías… —Se sostuvo el cuello con una endurecida expresión, y sus piernas se cruzaron entre ellas, provocando que terminara cayéndose al suelo. Yo lo seguí, desplomándome sobre él.

Agitada, con un punzante dolor en el centro del pecho que me impedía respirar normalmente, y con los minutos contados porque la vida se me escapaba, llevé otra vez la foto a mi rostro.

—T-Tengo que…

Algo detuvo mi escasa concentración, y no fue el agonizante dolor que sentía cada vez más interno, como si estuviera traspasándose a todos los músculos que me rodeaban el pecho, tensándolos, sino una imagen difusa de mi alrededor, una conocía bien.

—¿Q-Qué…?

Todo estaba comenzando a nublarse, y no porque estuviera muriendo, sino porque estaba… siendo trasladada. Regresando.

Regresando al presente.

—¡N-No!

Las paredes; el suelo, el cuerpo de Jefferson, de Rachel, todo se veía difuso, cortado, cual cortometraje antiguo.

¿Acaso el evento final para regresar era matarlo? Detenerlo… tal como dijo Rachel.

—No… —Volví débilmente la atención a la fotografía.

No era salvarla a ella, no era salvarla a Chloe, ¡era detenerlo a él!

Las lágrimas me abandonaron otra vez en un inmenso y sonoro llanto que no pude contener. Hiciera lo que hiciera no podía salvarlas. Aunque regresara de nuevo todo volvería a ser igual, tendría que detener a Jefferson de alguna manera, y ellas… Ellas ya no tenían salvación.

Golpeé el suelo con el puño, y mi herida se abrió en demasía por ese acto, generando que emitiese un alarido de dolor.

—¡M-Mierda! ¿Por qué? ¡Por qué...!

Bzzz.

¿Huh?

Bzzz.

¿Qué es ese sonido?

Bzzz... Bzzz... Bzzz... Bzzz...

Ese sonido, que parecía una vibración, me estremeció. Moví los ojos de un lado a otro, buscando su paradero, y terminé plantándolos en el cuerpo de Rachel, que seguía boca arriba, con el rostro inmóvil decaído y los brazos desalineados a los costados de su cintura. Del bolsillo de su short una tenue luz blanca se prendía y apagaba, insistente.

—Eso es...

Comencé a arrastrarme como pude hasta llegar a su lado y llevé la mano a su bolsillo; el sonido paró cuando agarré un celular. Con los dedos tiritando y ensangrentando la pantalla, lo desbloqueé.

17 llamadas perdidas… de Chloe.

Observé la foto que Rachel había elegido para ella. Una de las dos básicamente cagándose de risa. Mis lágrimas se derrumbaron en la pantalla.

—N-No es justo… —Refregué la frente contra el celular y no la sentí. Me estaba trasladando; percibía una fuerza extraña que me succionaba el cuerpo.

Iba a regresar a un mundo... sin ella, y seguramente sin Chloe también.

Sin ellas... No, ¡no!

—¡No! —Golpeé el suelo con más rudeza.

No lo acepto. Me niego.

¡Me niego completamente a rendirme!

Con los ojos llorosos y sintiéndolos arder, miré la fotografía.

—¡T-Todavía estoy a tiempo! —Enfoqué la visión en ella con fuerza, como si tratara de traspasarla con la mirada— ¡N-No pienso volver al presente todavía! —La desvié solo para sostener la mano de Rachel que yacía a mi costado. Estaba fría, helada. Detallé su rostro con la mandíbula tensa. Sus ojos entrecerrados, su pálida piel, sus labios entreabiertos. Su ser sin vida.

Apreté los párpados, sollozando, y volví a mirar la foto. Ahora se mostraba en demasía difusa. Mí alrededor estaba desapareciendo.

—¡T-Te salvaré!

Mis dedos tiritaron sobre el papel. El aire me faltaba. Ya no existía; me estaba ahogando.

No puedo… respirar.

De pronto, una brillante luz se coló entre la oscuridad que ahora me rodeaba, reflejándose en la foto. Elevé un poco la vista y un viejo amigo me saludó.

Un viejo amigo que tenía forma de ciervo.

—Tú…

Me mantuvo la mirada unos instantes y piso la fotografía con la pata. Pestañeé, extrañada.

—Tú también quieres d-detenerme… —Delineé una agotada sonrisa—. Lo siento…, no te haré caso esta vez amigo.

No me importa que todo esté en contra, que haya consecuencias. Pase lo que pase…

Canalicé toda la energía que me quedaba en la fotografía, sintiendo como mi corazón empezaba a detenerse y el tiempo a llevarme a otro lugar. A otra era.

—Rachel… te salvaré.


¡Capítulo diez entregado! Un poco más dramático que los demás, pero era necesario para seguir correctamente la historia.

En fin, ¡muchas gracias por leer y los leo en el próximo!

lestibur: ¡Muchas gracias por leer y comentar! Me alegra que te haya gustado el capítulo anterior, y espero que este también :) Nos leemos en el próximo, besos!

txukyahm: ¡Muchas gracias por leer y comentar! Este capítulo también parece que me zarpé en intensa jajajaj pero era necesario. Si no recordás a Jefferson, te lo recuerdo. Es un tipo hermoso (a mi parecer) un psicópata de mierda y claramente asesino. En sí, es un tipo que odio. Pero seguro si lo buscás en imágenes de google vas a tener una mejor percepción de él jajaj. Te leo en el próximo, estimado! besos!