ADVERTENCIA: si yo fuera tú, no leería esto en presencia de mis padres o hermanos menores.

Los sueños jamás soñados y el inicio de la venganza de Cam.

Se despertó cuando sintió el movimiento a su lado, en la cama. No quería, pero de todas maneras abrió los ojos y al final no se arrepintió de haberlo hecho, porque ahí estaba ella, con una blusa roja con el escote muy bajo y la tela marcando de manera totalmente indiscreta y atrevida la forma de sus pechos. Su cabello, esa maraña de bucles suaves de color azul caía en cascada por sus hombros y se perdían en su espalda. Pantalones cortos y ajustados dejaban muy al descubierto sus piernas, no muy largas pero torneadas y de apariencia suave. Milo sonrió ante él, sus ojos turquesas fijos en sus labios y el deseo puro reflejado en todo su rostro.

Camus no supo lo que hacía hasta que se encontró a sí mismo rodeándole la cintura con un brazo y deslizando uno de los breteles de la blusa con la mano libre para luego acariciar su hombro. Piel dorada, suave y tibia recibieron el tacto de sus dedos con un ligero estremecimiento y Milo se subió a la cama para luego encaramarse sobre él, sentándose en su cintura con las piernas a cada lado. Sin pensarlo demasiado se dejó hacer cuando ella se inclinó sobre él, dejando al descubierto el hecho de que no llevaba sostén cuando la blusa se deslizó por su otro hombro. Sus labios entraron en contacto y un cálido y suave fuego le recorrió el cuerpo de una punta a la otra para luego alojarse en su vientre bajo como un incendio localizado. Movió sus labios en sincronía con los de ella, sintiendo el atisbo de su lengua insinuando el deseo de entrar en su boca y se abrió para ella. Resistirse jamás se le pasó siquiera por la mente y su cuerpo gustoso reaccionó al decadente e insinuante movimiento de caderas que su amiga realizaba en su pelvis. Milo se separó en busca de aire y Camus tomó la oportunidad para quitarle la blusa roja, dejando su torso descubierto. El cabello se esparció y acomodó a la forma de sus pechos, no demasiado grandes pero turgentes, perfectamente redondos y firmes. Un tatuaje con la forma de su signo invertido resaltaba en la curvatura de su ceno izquierdo y Camus estuvo a punto de ir por él para probarlo cuando una luz demasiado potente ingresó por la ventana detrás de Milo y convirtió su figura en una sombra que lentamente se difuminaba y se desvanecía con la claridad de la mañana.

Se mantuvo quieto por un momento, meditando en el sueño que acababa de tener y midiéndose a sí mismo. Tenía calor, lo cual era inusual en él, había un inconveniente obvio en sus pantalones y sentía un hormigueo extraño y agradable en sus labios. Como si hubiese sido besado por un largo tiempo, cosa que también era extraña. La primera y última persona que había besado era, por supuesto, su mejor amiga pero no así y definitivamente nunca la había visto sin ropa… no de esa forma. Y ella no tenía tatuajes. Se deslizó lejos de la cama y fue directo al baño. Llenó la tina con agua y la enfrió con su cosmos para luego meterse en ella hasta quedarse totalmente bajo el agua helada. No salió hasta que la sensación de tener a Milo sobre él, moviéndose contra sus caderas se desvaneció por completo.

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Aioria podía recordar el camino que hizo desde las afueras del Santuario con el cuerpo en sus manos y la caja de pandora moviéndose de un lado a otro en su espalda. Podía recordar sentir la sangre del santo deslizarse en sus brazos y en su armadura, recordaba la expresión de Milo cuando llegó hasta ella cargando a su maestro muerto. Recordaba la mirada que ella le había dado, una mirada repleta de promesas de violencia y muerte y rechazo, porque él era el hermano del traidor…

No estaban en buenos términos. Aioros había intentado matar a Athena, Shura tuvo que matarlo debido a una orden del Patriarca y Aioria comprendía pero él no era como su hermano, no trataría de matar a Athena, no traicionaría a nadie. Y extrañaba aquellos tiempos en que eran buenos amigos. Era divertido ser amigo de una amazona, de una chica. Pero ya no. No podía pensar en otra cosa que no fueran maneras dolorosas de matarla mientras la veía subir por las escaleras eternas hasta su templo, llevando a cuestas el cuerpo inerte y pálido de Aioros. Ella se detuvo en el último escalón del templo de Leo. Jadeaba por el esfuerzo de subir un peso extra, la caja de pandora de Sagitario cayó de su hombro y colgó precariamente de su codo, moviendo a un lado su brazo para dejar a la vista un tatuaje con la forma de su signo, pero invertido. Su armadura estaba manchada de sangre y tierra y el cabello se le pegaba a la cara.

—Tú lo hiciste—la acusación que ella una vez le lanzó salía ahora de su boca, atribuyendo a su compañera un crimen que sabía en el fondo de su corazón que no había cometido, pero necesitaba un culpable, alguien a quien señalar.

Milo evitó su mirada mientras dejaba el cuerpo en el suelo frente a él y de inmediato Aioria extendió sus brazos y lo tomó con cuidado, acunando a su hermano contra su pecho como ella hizo con su maestro. Milo se quitó la capa y cubrió a Aioros hasta la cabeza, dejando a la vista apenas algunos mechones de su cabello castaño. Luego, retrocedió unos cuantos pasos para darles espacio y por respeto al difunto tal como él…

No. Milo no hubiese mostrado una sola señal de respeto ante el supuesto traidor. De ser ella, lo más normal sería que escupiera el suelo frente a él o que le insultara de algún modo.

Aioria se removió y se sintió extraño. Aioros… Aioros no fue traído por Milo a sus brazos. Él… él estaba vivo ¿Cierto?

Mientras Aioria se removía y murmuraba sobre Milo y tatuajes invertidos, Aioros miraba preocupado desde la entrada de su cuarto. Una taza humeante de café inundaba el aire con su característico aroma y se dispuso a despertar a su hermano menor antes que lo que fuera que estuviese soñando le hiciera tener un mal despertar.

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Kanon casi siempre estaba consciente de lo que soñaba y cuándo lo hacía, y siempre era capaz de manejar el sueño para que le fuera agradable. Pero esta vez no estaba seguro de estar soñando. Recordaba haberse ido a dormir muy tarde después de estar horas y horas hablando con Saga, algo que era común en ellos desde que descubrieron que podían llevarse bien. Recordaba que estaba de buen humor cuando se dejó ir en los brazos del dios del sueño. Pero no recordaba cómo había llegado hasta ese horrible lugar ni por qué estaba tan feliz de ver a Saga frente a él, zarandeando con fuerza los barrotes de la prisión mientras el agua modestamente acariciaba sus tobillos. Cabo Sunión estaba sumida en un día claro, con el cielo azul coronado sobre ellos y la brisa marina sintiéndose como un regalo de Poseidón para aplacar el calor. Kanon no comprendía su felicidad pero pudo atribuirla a que Saga finalmente sabía qué se sentía estar de pie en su lugar, sabiendo que se ahogaría hasta la muerte y que probablemente ni los dioses se apiadarían de él. Observó, mientras una sonrisa amplia y brillante se convertía en una risa, cómo el agua subía a una velocidad alarmante. Saga no podía hacer nada contra el agua, no podía usar sus poderes ni pedir ayuda y eso complació a Kanon de una manera que jamás hubiese imaginado.

El agua siguió su curso mientras colmaba el techo de la cueva, sumergiendo por completo la figura de su gemelo, que continuaba retorciéndose intentando romper los barrotes mientras sus labios formaban su nombre en un silencioso pedido de auxilio. Incluso llegó a vislumbrar la palabra perdóname entre tantas otras, pero no se movió de su lugar. El oleaje le hizo perder de vista de un momento a otro y luego, cuando el agua se retiraba, solo quedaba una figura inerte en el fondo. Kanon se acercó a ver, sintiéndose repentinamente dudoso. No recordaba exactamente cómo iba vestido su hermano pero estaba seguro que llevaba su armadura sobre la ropa, y no una blusa roja y pantalones cortos. Se agarró a los barrotes intentando ver a la persona boca abajo cuyo cabello azul era movido una y otra vez por lo que quedaba del agua, la blusa roja estaba arrugada sobre sus omóplatos y dejaba a la vista el tatuaje del signo de Escorpio invertido cerca de la línea de las caderas. Finalmente, unos momentos después, cuando ya solo quedaba roca descubierta, Kanon lanzó una exhalación ahogada y sintió que era él quien se ahogaba, porque era Milo quien estaba boca abajo dentro de la prisión submarina, pálida y sin vida sobre la roca húmeda que él conocía bien.

Milo de Escorpio, la primera de la orden que había perdonado sus pecados y la primera en aceptarlo como su igual. Ella, que había expiado sus culpas y le había confiado por un breve momento la vida de Athena, ella, que creyó en él durante la guerra.

Milo. Su Milo.

Llamó su nombre una y otra vez mientras esta vez era él quien zarandeaba los barrotes oxidados intentando llegar a ella, encendió su cosmos para intentar alcanzarla si es que quedaba algo de vida en su cuerpo pero no pudo hacer nada. Cayó de rodillas y pidió perdón hasta el cansancio, hasta que su voz se agrietó se disculpó por no haberla sacado cuando le pedía que lo hiciera, cuando decía su nombre con desesperación. Cuando… cuando Saga… ¿Saga?

Kanon se detuvo a sí mismo y miró alrededor. La figura de Milo seguía ahí pero había algo extraño. Algo…

Sus manos se apretaron hasta que los barrotes fueron como aire entre sus dedos y pudo atravesarlos. Se acercó al cuerpo y cuando intentó tomarlo, se desvaneció.

—Seas quien seas, maldito hijo de puta— dijo entre dientes y se levantó, su cosmos encendiéndose más y más a medida que su furia aumentaba— ¡Desearás jamás haber jugado conmigo así!

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Saga no podía recordar la última vez que había compartido su cama y definitivamente nunca le habían pateado tantas veces en tan poco tiempo pero eso no quitaba su felicidad. Simple y pura felicidad mientras una pequeña Milo de seis años se removía contra su costado, todavía con los vestigios de una pesadilla que la asustó hasta obligarla a correr desde Escorpio hasta Géminis. No era la única, por supuesto. Casi todos los aprendices a dorados iban corriendo directo a sus brazos o a los de Aioros cuando se asustaban, se entristecían, dudaban o se herían. Pero Milo era diferente, ella era la única chica en el grupo, sería la primera mujer en portar una armadura dorada y era realmente hermosa sin su máscara puesta. La acurrucó en su costado mientras ella reafirmaba el agarre de su mano sobre un mechón de cabello y tiraba un poco, haciendo que tuviera que voltear el rostro para que no le doliera. Había decidido no dormir para estar listo en caso que ella se asustara de nuevo pero el arrullo de la balbuceante niña lo llevaron al mundo de los sueños, donde encontró paz y mientras de alguna manera todavía era consciente de su presencia, presencia que se acentuó cuando ella se removió a su lado y una pierna se deslizó sobre las suyas. Saga abrió los ojos para encontrar a Milo en la forma de una jovencita de unos quince años, con la ropa algo pequeña y el rostro descubierto mirándole adormilada. Saga la atrajo más cerca, moviendo su pierna para dejarla entre las de ella y se inclinó para rozar sus labios, que eran rozagantes, cálidos y carnosos y se abrieron para recibirlo. La caricia de su boca le dio una idea de cómo se sentía estar en los campos Elíseos y cuando deslizó su mano libre sobre su costado y luego sobre sus caderas, ella gimió bajo y suave, animándolo a seguir. Pronto y con pesar abandonó sus labios para dirigirse hacia su cuello y se inundó con el aroma a manzanas que despedía. Siguió bajando con su boca, respirando el aroma de su piel y besando cada parte expuesta, Milo se removía imperceptiblemente debajo de él, buscando más de su contacto. Besó su estómago, su pequeño ombligo, el hueso de su cadera y delineó con la lengua la forma de un tatuaje con el símbolo de su constelación invertido muy cerca de la línea de sus pantalones cortos. Se separó un poco y la miró directo a los ojos. El mundo se desdibujaba alrededor de ella y Saga encendió su cosmos, acercándose hasta poder besar su frente.

—Milo, mi pequeña y hermosa Milo—susurró contra su piel—siempre te protegeré.

— ¿Y si no puedes?—respondió ella, buscando sus labios. Saga correspondió, tomándola con ligeros toques cortos.

—Puedo. ¿Sabes por qué?— preguntó, alejándose para mirarla a los ojos. Orbes turquesas brillantes e inocentes le devolvieron la mirada, llenando de luz la oscuridad de ese mundo—Porque puedo ver la diferencia entre un sueño y la realidad.

Milo le miró sorprendida, como si no comprendiera de qué hablaba mientras él elevaba su cosmos y todo lo que estaba alrededor, ella incluida, se rompía en miles de fragmentos que se dispersaban como polvo.

Seis y treinta de la mañana y el santuario despertó con una gran explosión de dos cosmos provenientes del templo de Géminis. Desde su recámara, Athena no se podía quitar de la cabeza la imagen de su santa de Escorpio quemándose con fuego negro hasta la muerte mientras sostenía su lanza incrustada en el suelo frente a ella, solo que esta vez el fuego también alcanzo a la diosa y la quemó. En el octavo templo, Milo sintió las explosiones pero no pudo salir a ver qué sucedía, porque estaba atareada tratando de calmar a su no tan pequeño alumno llorando desconsoladamente luego de haber tenido una pesadilla de aparentes proporciones épicas. Y en Virgo, Shaka pensaba seriamente que ese día muchos de sus amigos necesitarían una increíble cantidad de calmantes.

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— ¿Esta es tu gran idea de venganza? ¿Plantar pesadillas y sueños húmedos en algunos de ellos?— replicó Altair—. Eso fue una total falta de respeto hacia ella y hacia nosotros.

Cam lo ignoró. Altair se quejaba de lleno y aunque tenía un buen fundamento, no quería ni iba a admitir que había un poco de verdad en sus palabras. Había jugado con la mente de los Géminis y Acuario pero jamás se hubiera imaginado que esos tres… sobre todo el mayor de los gemelos…

Arrugó la nariz de solo pensarlo y se sacudió. Los santos de Athena eran extraños.

Podía sentir la perturbación de los cosmos de aquellas mentes con las que había jugado, Leo, Géminis, Acuario, la mismísima diosa, a quien había dado la misma pesadilla una y otra vez, también el aprendiz de Milo, que le había hecho descubrir algo interesante. Todos los demás se perturbaron por inercia, dando al recinto de las doce casas un clima pesado y tenso.

Se recostó contra el tronco del árbol cuya sombra ocupaba. Apolo estaba haciendo un buen trabajo vigilando el cielo, esperando que la amenaza llegara desde el exterior, lo mismo pasaba con Poseidón, que enviaba olas grandes que golpeaban con fuerza todas las costas del mundo, lo suficiente para advertir a alguien ajeno para que no tratara de ingresar sin su permiso. Y qué decir de Hades. El tío cascarrabias había dejado una sola puerta al Inframundo abierta que era vigilada celosamente por sus subordinados.

—Seré serio y responsable, te lo prometo— farfulló Cam luego de sentir la eterna mirada de reproche silencioso que su amigo y superior le dirigió—Solo quería comenzar por los más cercanos a ella.

—Entonces debiste limitarte solo a Acuario y la diosa. Usar a un niño así no es ético. Prometimos que nadie que estuviera implicado en esta farsa sería lastimado.

Cam resistió a duras penas el impulso de decirle a Altair que técnicamente Athena era una niña.

—No me pude resistir— rio por lo bajo y se cruzó de brazos antes de suspirar—Hasta ese niñato estúpido está más cerca de ella que yo. ¿Sabes qué descubrí sobre ellos?

—No me importa, limítate a hacer bien tu trabajo. Quiebra sus mentes, moléstalos en sueños o dales insomnio. No hagas que Argus pierda la paciencia.

—Lo sé, lo sé. Quebrar sus mentes, plantar dudas, intensificar sus emociones más oscuras o aquellas que mantienen ocultas o desconocen, bla, bla, bla.

Altair suspiró cansinamente y desapareció. Literalmente. Cam miró hacia el Santuario con celos y añoranza por igual. Sabía que tenía que jugar con las emociones de esos hombres y mujeres y que la mejor manera de hacerlo era adentrarse en sus corazones y mostrarles sus peores miedos y pesadillas, o sacar a relucir aquellos deseos que mantenían enterrados en el fondo de sus corazones.

Volvió a arrugar la nariz al recordar lo que había encontrado en los corazones de Acuario y los gemelos; sorprendiéndose por los dos últimos pero acrecentando su odio hacia el onceavo guardián.

Camus de Acuario, ese horrible hombre de los hielos que en cada vida estaba al lado de su alma, atados por la gracia de los dioses y destinados a encontrarse y separarse de maneras dolorosas e injustas. Haría su trabajo como le habían pedido pero se concentraría en él, quebrantaría su corazón, su cabeza, le mostraría cosas que no estaban ahí, lo volvería loco.

Haría que Milo viese por fin que ese hombre no era digno de ella.

La diosa por su parte ya estaba lo suficientemente perturbada, Argus podía con tranquilidad plantar la semilla de la oscuridad en ella pero Cam quería divertirse un poco más.

Todos los responsables de la separación de su alma y la de Milo pagarían cada segundo de la eternidad que estuvo lejos de ella.


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Nota al Margen: Deja el capítulo y se aleja lentamente...

No voy a decir mucho sobre esto pero un CamusxMilo, SagaxMilo y una ligera alusión a KanonxMilo en un mismo capítulo agotaron mi cuota de imaginación xD

Necesitaré más que un solo durazno. Sí, Misao. Te estoy hablando a ti. Hola :D (?

¡Muchas gracias por leer y espero sus críticas oculta en un lugar súper secreto en el que los responsables de hacer cumplir el horario de protección al menor no me encontrarán!

¡Cuídense mucho!

Publicación del próximo capítulo: 21/12/15.