Título: La Vecina De Al Lado.
Crossover: Bleach ~ South Park
Categorías: Romance/Drama/Angst/Family/Suspense/Hurt/Comfort/Mystery/Tragedy
Advertencias:
Capítulo: 10/(¿?)
N/A: Disfruten este pequeño capítulo :)
Disclaimer: Todos los personajes del Anime/Manga Bleach son propiedad de Tite Kubo.
Todos los personajes de la Serie South Park le pertenecen a Trey Parker & Matt Stone.
Música: Fantasy – LAMA
Facebook: www. Facebook. Com / Jazz Otaku Shinigami ©B.S.P.B.D.N.S
Gracias por dejarme reviews. No puedo abandonar esta historia, a pesar de los pocos lectores.
Chapter IX
La Ley Del Uno
La casa estaba en silencio. Por lo general Ichigo solía tener música, algo suave, quizá Lifehouse, que a ambos les encantaban. Pero esa noche no se oía nada. Tampoco había señales de que hubiera cenado. La cocina estaba inmaculada.
No mucho tiempo atrás, cuando Rukia llegaba tarde del trabajo, le encontraba preparando la cena. Ichigo sabía cuánto le gustaba ese aire de hogar. Lo apreciaba sobremanera porque antes de conocerlo su vida no había sido muy hogareña.
En esos momentos le habría sentado bien un poco de ambiente hogareño. Sobre todo como señal de que él la quería.
Pero Ichigo no había preparado la cena.
No importaba. Rukia no tenía hambre.
Sonó el teléfono. Aguardó con la esperanza de que él atendiera desde su oficina. Al sonar el timbre por cuarta vez decidió atender.
— ¿Diga?
Miyako, su cuñada, le espetó de inmediato:
—Ichigo llamó a Kaien, y Kaien, a mí. Lamento lo del bebé, Rukia, ¿Te sientes bien?
Lo que sentía en ese momento era irritación. No entendía por qué Ichigo se había apresurado a telefonear a su hermano.
—Estoy bien, sí.
—Habrá suerte la próxima vez. Tres es el número mágico.
Para Miyako lo era, sin duda. Tenía tres hijos y tres perros; trabajaba tres veces por semana, con vacaciones de tres semanas. Rukia la envidiaba, al igual que a los otros Kurosaki. Todo en la vida parecía resultarles fácil.
Para Rukia e Ichigo, en cambio, las cosas no eran tan fáciles. Ella aún no podía pensar siquiera en la próxima vez.
—No te desanimes —continuó su cuñada—. Tendrás un hijo. Los Kurosaki no fallan, de modo que anímate. Pero te llamo también por otro asunto; para recordarte lo del domingo. Todo el mundo estará aquí a las tres. ¿Estás de acuerdo?
—Desde luego.
—Nada de regalos. Mamá no quiere.
—Ya lo sé.
— ¿Traerás el bizcocho borracho?
—Sí, hecho con whisky irlandés, según la receta de tu abuela.
No se podía preparar el bizcocho irlandés sin whisky irlandés; Rukia lo había aprendido en su primer encuentro con el clan Kurosaki. No se podía siquiera comer el bizcocho irlandés sin brindar con ese whisky, al menos en casa de los Kurosaki.
—A mamá le encantará —aseguró Miyako—. ¿Fue ella quien te dio la receta?
—No. Fue Patty.
—Ah, está bien. Patty sabe prepararlo. Recuerda que no debes usar nata montada ya elaborada, ¿verdad? Has de comprarla fresca y batirla en casa; de lo contrario no queda bien. Los productos enlatados no sirven. Una vez lo probé pero la diferencia se nota, créeme. Si tienes alguna duda, llámame; he preparado cien veces ese bizcocho borracho. Si no, nos veremos el domingo a las tres.
—Allí estaremos.
Rukia colgó, lamentando de todo corazón que el cumpleaños de su suegra se celebrara justamente ese fin de semana. No porque no le gustara la familia de Ichigo; por el contrario, apreciaba mucho a sus cuñados y sobrinos políticos. El problema era Masaki. Pese al entusiasmo de Miyako (mejor dicho, a sus manipulaciones, puesto que era ella la que había decidido quién debía llevar qué cosa), Rukia dudaba de que su suegra se alegrara al enterarse de que ella prepararía el bizcocho de los Kurosaki.
Masaki nunca la había aceptado. Era casi como si la culpara de la ruptura del primer matrimonio de Ichigo, aunque en verdad había terminado mucho antes de que ella lo conociera. Incluso el largo proceso para obtener la anulación eclesiástica había llegado a su fin antes de aquel día en Greenwich.
Si Rukia, hubiera sido católica, Masaki quizá habría pensado de otro modo. Descartado eso, tener un niño Kurosaki podía servir. Pero no era tan fácil.
Fatigada y débil, Rukia atravesó el vestíbulo a oscuras para entrar en el salón y se dejó caer en el sofá más cercano. Era mullido, diferente de los que prefería su madre. Se había enamorado de él a primera vista mientras buscaba muebles con Ichigo. El se prendó de un modo más físico; fue de sofá en sofá, sentándose en cada uno, para asegurarse de que el espacio fuera generoso. Pero el resultado fue un acuerdo total entre ambos.
Se dejó caer tal como lo había hecho Ichigo en aquel entonces, permitiendo que los cojines la envolvieran. No encendió la luz; la oscuridad proporcionaba descanso a su mente, tal como el sofá lo hacía con su cuerpo. Tenía el cerebro tan cansado como los huesos. Quería a Ichigo, pero no estaba segura de querer todo lo que venía con él en esos momentos.
Al oír que se abría la puerta de la cocina se dijo que al menos él se interesaba lo suficiente como para bajar de su oficina cuando ella regresaba; era algo digno de agradecer.
— ¿Rukia?
—Aquí estoy.
Oyó sus pisadas sordas en las baldosas de gres de la cocina; luego en la madera dura del vestíbulo. Se detuvieron en la arcada del salón. Sabía que, si miraba hacia atrás, solo vería unos pocos centímetros entre su coronilla y la parte superior de esa arcada. Otras veces lo había visto allí, desde ese mismo sofá. Lo había visto acercarse con una expresión de deseo en los ojos que se traducía en sexo gozado allí, en la alfombra oriental. Habían hecho el amor en casi todas las habitaciones de esa casa. Últimamente no. Ahora lo hacían en la cama, cada cuarenta y ocho horas los días en que ella estaba ovulando y tenía mayores probabilidades de concebir.
No se volvió a mirarlo. No se movió un centímetro.
— ¿Te encuentras bien? —preguntó él, con tanta amabilidad que a Rukia se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Sí.
— ¿Te apetece un té?
—No, gracias. —Recostó la cabeza sobre el cojín y tendió una mano. Amaba a Ichigo. No quería discutir.
Él acortó la distancia, como si apreciara el gesto, y le tomó la mano para llevársela a la boca mientras se acomodaba a su lado. Sus labios eran cálidos.
— ¿Estabas trabajando? —preguntó ella, acurrucándose, dejándose envolver por su calor.
Ichigo apretó la mano de Rukia contra su corazón y estiró las piernas.
—Lo he intentado, pero no estaba inspirado. De modo que salí a caminar. Al regresar vi tu coche.
—No te vi. —Debía de haberse cruzado con él mientras conducía calle abajo.
—Estaba en el bosque. Fui por el cementerio. No he visto ningún fantasma.
Bromeaban siempre sobre ese bosque, que se iniciaba tras la casa de los Urahara y se extendía varías hectáreas por una zona protegida. Además de abundar en tejos, abetos, robles, arces, hayas y todo tipo de musgos y helechos, era rico en historia, comenzando por las lápidas. Eran tan antiguas que las inscripciones resultaban casi indescifrables. Eso los había llevado a imaginar sobre ellas detalles cómicos, a menudo irreverentes, y solían comentar que los espectros de aquellas buenas personas los perseguirían por eso. De ahí la broma.
En otros tiempos también había casas en aquel bosque. El caminante desprevenido bien podía caer en un viejo sótano de piedra. Peor aún, los temerarios solían empeñarse en escalar la única edificación que permanecía en pie, una torre construida con piedras toscas, las mismas que formaban una cerca baja a través del monte. Terna doce metros de altura, y las cuatro paredes, que formaban una base de tres metros y medio, no superaban el metro y medio en la parte alta. Las escaleras del interior habían desaparecido dejando un receptáculo oscuro lleno de hojas de árboles en descomposición. Pero nada de eso disuadía a los escaladores. En los muros exteriores, que se inclinaban hacia dentro, había múltiples sitios donde afirmar el pie.
En torno de la torre se habían entretejido tantas leyendas (que albergaba animales muertos y hasta cadáveres humanos) como bromas sobre las lápidas, aunque ninguna tenía una base real. Se ignoraba si la habían construido los nativos americanos o los primeros colonos. Tampoco se tenía la seguridad de que estuviera embrujada. Solo se podía afirmar que quienes lograban llegar arriba ya no podían descender. Sucedía una y otra vez, y no solo a niños. A menudo los equipos de rescate debían acudir con escalerillas para ayudar a gente adulta. Peor aún, por cada uno que escalaba, por cada rescate efectuado, las piedras se tornaban más inseguras. Un leve terremoto reciente había derribado unas cuantas, de tal modo que el resto resultaba más precario que nunca, pero no había nada que hacer. Cada vez que el alcalde proponía echarla abajo, los ciudadanos armaban tal alboroto que el asunto quedaba descartado. La opinión general era que, si existían los fantasmas, ese era el sitio que les correspondía por derecho.
Rukia recibió con una levísima sonrisa aquel intento de broma.
—Te has arriesgado al pasar de noche por allí.
—No más que tú al entrar en esa escuela. ¿Está todo arreglado?
—El castigo de Donovan sí. Sus problemas no. Y te aseguro que los tiene, Ichigo. No era un chico feliz el que encontré sentado allí. Propuse a sus padres conversar con él. Hasta les ofrecí reunirme con él fuera del colegio.
— ¿Y se negaron?
—En redondo.
—Qué frustración para ti.
—Sí.
Él la atrajo un poco más hacia sí rodeándola con un brazo, y Rukia sintió que se enamoraba otra vez: de su corpulencia, de su calor, de su olor. Y porque él siempre sabía lo que necesitaba. En ese instante no había tensiones entre ambos. No había en el mundo nada que pudiera distanciarlos.
—Pareces cansada —murmuró él.
—Lo estoy.
—A veces creo que es por mí.
— ¿Qué quieres decir?
—Que no te apetece hablar conmigo.
— ¿Por qué dices eso?
—Esta tarde podrías haberme llamado. Era lo que esperaba. —La voz de Ichigo seguía siendo suave, pero sus palabras no estaban exentas de crítica—. No eres la única que tiene intereses en juego, ¿sabes?
Ella se apartó para mirarlo a la cara, apoyando la mano contra su pecho, pero sus facciones estaban en penumbras.
—Intereses en juego. Qué expresión más impersonal.
Él le sostuvo la mirada.
—Pues en eso se ha convertido. En algo impersonal. Un proyecto. Nunca pensé que tardaría tanto. Ya deberíamos tener un hijo. No entiendo por qué no viene.
De pronto volvían a encontrarse como unas horas antes.
Sin embargo, Rukia estaba ahora más cansada y a la defensiva. Con los padres de Donovan había fracasado. Temía que le pasara lo mismo con Ichigo.
—No será porque no lo hayamos intentado —protestó con voz apagada—. ¿Qué quieres que haga?
—Quiero que te quedes embarazada. ¿No te dijeron nada durante el último intento?
— ¿Qué podían decir? —preguntó Rukia—. Si me hubieran dicho algo te lo habría contado. Siguieron el procedimiento habitual. Me midieron los folículos ováricos con ultrasonido y aseguraron que el momento era adecuado. Todo pintaba bien, según ellos.
Ichigo se levantó para acercarse a la ventana y pasó un minuto con la vista perdida en la oscuridad. Luego volvió, pero se dirigió hacia el sofá de enfrente. Con un metro ochenta de alfombra oriental y una gran mesa de café entre ambos, se inclinó apoyando los codos en las rodillas.
—Era solo una pregunta, Rukia. Me siento frustrado.
—No era una pregunta, sino una acusación.
—No; no es cierto. Si te lo ha parecido, es problema tuyo.
—Es problema de los dos —afirmó ella. Y apartó la cara cerrando los ojos. No quería pensar. En nada.
— ¿Y ahora? —inquirió Ichigo.
Ella no respondió. La idea de iniciar otro ciclo (otra ronda de Clomid, otro mes de registrar la temperatura, de tomar muestras y contener el aliento) le revolvía el estómago.
—Dicen que a veces se requieren tres intentos de inseminación artificial —comentó él, como si reflexionar en voz alta le ayudara a calmarse—. El primero ha fallado. Todavía faltan la inyección intracitoplásmica y la fertilización in vitro.
En cualquier otra noche Rukia habría podido describir con lujo de detalles cada uno de esos procedimientos. Ella e Ichigo se habían vuelto expertos en las diversas técnicas. Pero en esos momentos no soportaba siquiera oír esas palabras.
—No —musitó.
— ¿No qué? ¿No quieres hacer el tercer intento?
Rukia no podía moverse. Sentía los miembros pesados, el corazón oprimido, la voz débil.
—No quiero ninguna de las tres cosas.
Hubo un largo silencio. Luego Ichigo exclamó con tono alarmado:
— ¿Ninguna de las tres cosas? ¿Qué demonios significa eso?
Ella abrió los ojos y trató de pensar en qué significaba, pero solo acertó a decir:
—Estoy cansada.
— ¿De esto? ¿De mí?
—De mí. De vivir así.
— ¿Vas a renunciar?
—No. Quiero esperar. Necesito un descanso.
— ¿Ahora? ¡Ahora no podemos parar, Rukia!
—Por un mes, Ichigo. Solo un mes. Quizá nos ayude. Como cuando tratas de adelgazar... Te ciñes tanto a la dieta que tu cuerpo se cierra. SÍ la interrumpes un par de días y comes cosas distintas, eso puede activar el organismo y hacer que vuelva a adelgazar.
— ¿Desde cuándo eres experta en dictas?
—Desde que engordé cuatro kilos tomando Clomid.
—Pues no lo había notado.
—Me los quité de encima, pero me costó.
— ¿Lo consultaste con Emily?
—No. No tenía importancia. No hice más que vigilar las comidas.
—Un tratamiento médico, Rukia, se sigue o no se sigue. Deberías haberlo consultado con ella.
Rukia cruzó los brazos.
—De acuerdo. Mañana se lo diré. Pero si crees que esa es la causa de que no haya concebido, te equivocas. A propósito, Nozomi está embarazada. Kyle fue a verla y se lo preguntó. Yo no estaba equivocada. Vi lo que vi.
Él no dijo nada.
—Hemos estado hablando de quién podía ser el padre.
Ichigo guardó silencio.
—No te veo la cara —dijo Rukia—. ¿Estás consternado? ¿Preocupado?
— ¿Preocupado? ¿Por qué?
—Alguien podría pensar que es tuyo.
— ¿De qué estás hablando?
—Está de siete meses. Eso significa que concibió en octubre. Por entonces estabas trabajando con ella.
—Le diseñé el jardín.
—Estuviste en su casa.
Hubo un silencio.
—Parece mentira que puedas insinuar eso —susurró él. Enfadada por el hecho de que él no lo negara, Rukia comentó:
—Quien se pica...
Ichigo se levantó del sofá al instante.
—Voy a olvidar lo que has dicho —afirmó mientras caminaba hacia la puerta—. Y te perdono porque casi comprendo por qué lo has hecho. Creciste en un hogar donde marido y mujer se engañaban mutuamente. La que acaba de hablar es tu madre.
—Nozomi está embarazada —repitió Rukia sin poder contenerse—. No pudo hacerlo por sí sola. ¿De dónde ha venido ese bebé?
—No tengo ni idea. No sé con quién sale. No me dedico a espiarla.
—No sale con nadie.
— ¿Qué sabes tú? Podría verse con alguien en la ciudad.
—Pasa todas las noches en su casa.
— ¿Y qué? Se puede concebir a plena luz del día.
—Tú sabes a qué me refiero.
—Sí, pero se puede concebir sin necesidad de salir con nadie. Puede suceder en cinco minutos, en cualquier pasillo. Un encuentro accidental. Un arrebato de pasión pasajera.
—Justamente.
De pronto se produjo un silencio glacial. Luego Ichigo exclamó furioso:
—No sabes nada, Rukia. No sabes qué quiere Nozomi ni quién la quiere. No sabes si ese bebé es de Kon. Pudo haber dejado una muestra de esperma. No sabes si ella se hizo una inseminación artificial que prendió.
Y se fue.
Continuará…
N/A: Todos hablan del amor pero en ella nunca están.
