Colección de minihistorias

(2)

Hace ocho años, en las montañas de la Isla Mirroball, Derek Falke regresaba del rio con dos cubos de agua amarrados a los extremos de una vara que, el niño de diez años cargaba en su espalda.

-Ojiisan, eh vuelvo- el infante tenía todas las pintas de montañés, sus zapatos marrones de gamuza ya estaban desgastados debido a los largos recorridos en las montañas, su pantalón de lana tenia algunos parches, y por las tardes se quitaba la camisa debido al calor, y cuando estaba cortando leña o pastando animales se llenaba el rostro de tierra sin saberlo al secar el sudor de su frente. Las noches en las montañas de la Isla Mirrorball eran bastante frías, por lo que Derek procuraba juntar mucha leña para que su abuelo no pasara frio.

Derek Falke era huérfano desde muy pequeño, debido a que sus padres murieron en un naufragio. Y su único familiar conocido era su abuelo paterno. El anciano había quedado tan horrorizado con la pérdida de su hijo, que siempre trató de alejar a su nieto del mar, refugiándose en una pequeña cabaña en las montañas.

El anciano tenía un pequeño comercio ambulante, donde vendía hierbas y semillas que solo se encontraban en las montañas. Sus principales clientes eran boticarios, pero además, había un armero que le compraba leña, carbón y otros minerales para los hornos de las fundidoras. Así fue como Edgar Falke (abuelo de Derek), entabló amistad con el Señor Feuer, un armero popular entre los que realmente conocían sobre armas.


Cierto día, el anciano Falke conversaba con el Señor Feuer mientras le explicaba que el negocio de las semillas pasaba por momentos difíciles, así que con la cabeza baja, le pidió de favor que diera trabajo a su nieto en la armería. El Señor Feuer era un hombre bonachón y de gran corazón que siempre sonreirá y te daba una palmadita en el hombro, así que aceptó con gran gusto que Derek Falke trabajase en su armería.

A Derek Falke le gustaba mucho su nuevo trabajo porque aprendía muchas cosas nuevas, además el Señor Feuer le enseñó matemáticas y principios de mecánica, el armero siempre le decía que tenía que asistir al instituto porque la educación era muy importante, pero al principio Derek no quería porque sabía que sus dos trabajos no le darían tiempo de hacer algo tan frívolo como ir a la escuela, así que el Señor Feuer le propuso pagarle el doble y una jornada de trabajo menor, para que así pudiese asistir al instituto. Con mucha pena, y lágrimas en los ojos, el abuelo y nieto aceptaron la oferta.


Un día antes de que Derek asistiera al instituto, el Señor Feuer sonreía sentado en su escritorio leyendo una carta. Todos en la armería sabían que cuando el dueño estaba tan feliz, era muy probable que hubiese recibido noticias de su hijo mayor, Razo Feuer, un joven brillante que trabajaba en la Marina.

Derek se emocionaba mucho cuando su jefe le contaba alguna historia sobre Razo y sus grandes aventuras. En una ocasión, mientras el Señor Feuer observaba fijamente el fuego, explicó a Derek lo preocupada que estaba su mujer por el mayor de sus hijos, y que todas las noches, la acompañaba a la playa para arrojar una flor al mar pidiendo por el bienestar de Razo.

Derek no conocía a Razo en persona, pero estaba maravillado con las historias, y del algún modo lo respetaba, era como un ejemplo a seguir.

-¿El Alférez Razo?-preguntó Derek acercándose con curiosidad. El Señor Feuer asintió con la cabeza y le sonrió mientras guardaba la carta en una pequeña caja fuerte.

Era casi hora de la salida, y Derek estaba todo tiznado y manchado como de costumbre, guardó sus herramientas y a punto de despedirse del jefe, una niña de nueve años entró al lugar, mientras caminaba, los trabajadores que se cruzaban en su camino le saludaban y decían cosas como – buenas noches señorita Feuer - o – hacía tiempo que no le veía señorita Feuer - Syra correspondía los saludos y los llamaba a todos por sus nombres, tomándose el tiempo para mostrarles cuando habría crecido Estofado.

Derek la vio entrar al taller. La niña de nueve años llevaba un listón azul adornando su cabello castaño, usaba un vestido amarillo sin mangas decorado con pequeñas imágenes de frutas que llega un poco debajo de las rodillas, y en sus manos cargaba un enorme animal peludo, como un conejo sin orejas o un hámster. De inmediato Derek pensó que esa niña era muy bonita, de hecho era la primera vez que una niña le parecía realmente bonita, pero por lo que había visto en el pueblo, sabía que ellas son muy presumidas, así que se sintió avergonzado de su aspecto lleno de tizne y carbón. Cuando Syra llegó hasta donde estaba su padre y el niño, Derek se quitó su boina y se volteó hacia otro lado, dándole la espalda, para que esa princesa no lo viera todo lleno de carbón.

El Señor Feuer abrazó a Syra, y dirigiéndose al niño montañés le dijo – Derek, ¿no sabes que es descortés dar la espalda a una dama?, ven, quiero presentarte.

Derek veía al piso, como si pensara que mirarla era un sacrilegio, tragó saliva, y con una voz temblorosa dijo –ho…hol…hola… mucho gusto Se…Señorita Feuer.

Al abrazar a su padre, Syra también se llenó de carbón, inclinó la cabeza con mucha curiosidad y se colocó de cuclillas para poder ver el rostro del niño -¿estás enfermo?, ¿te duele el estomago?-preguntó Syra, quien había dejado a Estofado en el piso, y estrechaba la mano de Derek.

Para el Señor Feuer fue un momento muy gracioso, dio una palmadita a Derek en la espalda, y ambos se despidieron abandonando el taller.


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