Disclaimer: Estos personajes no me pertenecen y por lo tanto no gano dinero haciendo esto, solo la satisfacción de recibir sus comentarios, quejas o sugerencias…

Avisos: Esta historia contiene Slash, yaoi, m/m, está basada en El Lienzo Perdido y en el inframundo de Saint Seiya Saga de Hades. Contiene las parejas Minos/Albafica, Thanatos/Manigoldo, Manigoldo/Albafica. Tendrá escenas de violación, sadomasoquismo y relaciones entre dos hombres.

Resumen: Hades se ha llevado la victoria y es el momento de recompensar a sus leales espectros. Minos y Thanatos desean al guerrero que los humillo como su esclavo y de ahora en adelante, Manigoldo y Albafica atravesaran un calvario que no parece tener fin. Minos/Albafica Thanatos/Manigoldo Manigoldo/Albafica

Inframundo.

Capitulo 10

El templo de Thanatos…

— ¿Tuviste dulces sueños belleza?

Si los tuvo, aunque no de la forma en que Minos esperaba que lo hiciera, no con él sino con su pasado, con el Santo que amaba y sólo perdiendo la guerra pudo darse cuenta de ello, cuando estaban separados por el destino.

— Los tuve, pero solo porque no estabas aquí.

Fue su respuesta al mismo tiempo que trataba de alejarse del juez del inframundo, quien ignoro aquellas palabras, acercando su rostro a su cuello, disfrutando de su aroma y de su cercanía.

— Debes saber que Thanatos cumplió su promesa, Sage ha entrado en el paraíso, escoltado por el propio Hypnos en persona.

Minos beso su mejilla, notando como Albafica se petrificaba al escuchar esa información, comprobar que eran ciertas las palabras de ese otro Santo, las que Verónica le comunico a través de sus moscas, parecía que no solamente ellos deseaban vengarse de los dos Santos.

— El ya no existe más, ahora ya solo se trata de un espectro.

Tal vez su cuerpo físico había cambiado junto a su energía, pero a pesar de eso, Albafica se negaba a creer que Manigoldo hubiera traicionado a su diosa Athena, sin importar las palabras que pronunciara Minos.

— Si tú fueras un poco más amable conmigo yo podría recompensarte como Thanatos ha premiado a ese espectro, podría darte lo que más añoras, ese deseo oscuro de tu corazón.

No había nada que pudiera darle, de eso estaba seguro Albafica, sin embargo, Minos estaba seguro que eso no era cierto, que aun existía algo que podía ofrecerle a su hermosa marioneta a cambio de su lealtad.

— Lo único que alguna vez he querido tú no puedes dármelo, porque Thanatos lo tiene consigo.

Minos sonrió, aquellas eran palabras vacías, no deseaba tanto a ese otro hombre, lo que buscaba era un poco de normalidad, recuperar su vida pasada y Manigoldo era el embase de aquellos sentimientos, su representación física en el inframundo.

— ¿Lo deseas tanto que lo mandaste lejos? ¿Qué nunca has correspondido su gentileza con un poco de afecto?

Eso era cierto, Minos mejor que nadie lo sabía, por lo que Albafica solo permitió que siguiera con sus caricias, comportándose de una forma sumisa, aunque sabía que dentro de poco volvería a atacarle con ese pavoroso orgullo que lo mantenía en pie, que le daba una herramienta para seducirlo.

— Ese deseo no es más que una ilusión y lo sabes bien, belleza, porque no lo admites.

Albafica respondió como lo supuso que lo haría, impactando su puño contra su rostro, logrando que sangrara cuando sus dientes cortaron su labio, alejándose lo suficiente para que Minos tuviera que usar sus hilos para domarlo.

— Tu belleza es tu perdición, pero tu orgullo, ese será tu condena.

Pronuncio convocando sus hilos, los que le rodearon con la misma facilidad que antes, obligándolo a acercarse a él con pasos lentos, demasiado forzados, los que se veían antinaturales, como si se tratase de un muñeco.

— Necesitas saberte en control, crees que aun tienes la oportunidad para elegir tu destino, pero ese siempre ha estado controlado por los dioses, los que al final te entregaron a mí en su benevolencia.

Albafica rodeo su cuello con ambos brazos, esta vez Minos controlaba los hilos con cuidado, tratando de no lastimar a su belleza de cabellera celeste, esperando que comprendiera que no había forma alguna en la que pudiera derrotarlo, debía acostumbrarse a él, mientras más rápido sería mejor.

— Como estos hilos, soy tu amo y tu tarde o temprano lo comprenderás, Belleza.

Minos lo beso entonces, rodeando su cintura con sus brazos, sintiendo como su amante luchaba contra los hilos, cortando sus muñecas de nuevo, forzando sus músculos y sus huesos para mantenerlo quieto, en aquella postura, como si él deseara su tacto de la misma forma.

— Pero, como soy un juez justo te ofrezco esto, si te entregas a mi por tu propia voluntad te daré lo que más deseas de regreso, aquello por lo que has luchado toda tu vida.

Albafica sintió que las manos de Minos recorrían el borde de su túnica antes de meterlas en ella, posándose en sus nalgas con delicadeza, no con la misma brutalidad que había usado hasta entonces.

— Te regresare tu poder si comes de la granada, Albafica, tú serás uno de los nuestros, un espectro y no un sirviente.

Minos suponía que aquella promesa le seria agradable, demasiado tentadora, pero no era así, porque suponía que a pesar de ser un espectro, su papel en su cama no cambiaria, sólo le convertiría en un traidor, en lo mismo de lo que acuso a Manigoldo.

— Pero aun así seguiré compartiendo tu lecho, seguiré siendo tu esclavo, pero por toda la eternidad.

Suponía que aquella era su respuesta, Albafica seguía firme en su negativa de pertenecerle, aun no estaba listo para rendirse y eso le daba una oportunidad para seguir disfrutando de su adiestramiento.

— Supongo que eso es un no.

Finalizo por él, antes de besarlo de nuevo, apoderándose de sus labios con fuerza, sometiéndolo con los hilos que le mantenían quieto, cortando su piel con su filo.

— ¡Ya te lo dije antes, no voy a rendirme ante ti!

Eso decía en ese momento, pero cuando pasara suficiente tiempo, después de los castigos necesarios, le haría comprender su destino, le enseñaría modales y respeto, el significado del dolor y de la obediencia.

— Lastima, podrías haberte ahorrado mucho sufrimiento.

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

Manigoldo despertó varias horas después, aun se encontraba desnudo y con las marcas del reclamo de Thanatos frescas sobre su cuerpo, el semen y algo de sangre entre sus piernas, podía escuchar el tenue sonido de un harpa en la habitación, era una hermosa melodía que le trajo algo de paz, la que se detuvo apenas abrió los ojos.

El santo de cáncer se movió con lentitud buscando con la mirada algo con que pudiera limpiarse, escuchando los pasos de Thanatos, el que traía puesta su túnica negra, inmaculado como cada una de las ocasiones en que pudo enfrentarle y como lo estaba el día anterior.

— ¿Tuviste dulces sueños?

Le pregunto el dios de la muerte, hincándose delante de él admirando su obra como si estuviera orgulloso de todo el daño que le hizo, Manigoldo lo empujo con su pie, alejándose del dios sintiendo una punzada entre sus nalgas, sonrojándose inmediatamente.

— Sí los tuve, soñé que te destruían.

Thanatos sonrió al escucharle, podía ser todo lo descortés que quisiera, el era quien estaba desnudo cubierto por su semen sin otro lugar a donde ir, pensó el dios caminando en su dirección con lentitud, mostrando una paciencia que no tenía.

— Pensaba en dejarte ver a tu maestro como un regalo Manigoldo, pero si lo que tú prefieres es antagonizar conmigo, no creo que debas verlo nunca más.

Manigoldo apretó los dientes e inmediatamente se abalanzo sobre él, sujetándolo de la túnica con fuerza, acercando su rostro al suyo, furioso con la mera idea de que Thanatos quisiera mostrarle su obra a su maestro.

— ¿Le restregaras que soy tu maldito esclavo?

Pregunto, dejándolo ir de pronto cuando sintió que Thanatos recorría su cintura con delicadeza, sin prestarle mucha atención a sus reclamos, ni a su muestra de fuerza, eso le gustaba y estaba seguro que hubiera sido muy aburrido que su amante dejara esa insolencia atrás.

— Yo no diría esclavo, más bien, compañero.

Manigoldo se rio al escucharle, cruzando sus brazos delante de su pecho sin mucho pudor, no le daría el placer de verlo retroceder a causa de la vergüenza, aunque sabía que estaba ligeramente sonrojado.

— ¿Compañero?

Thanatos permaneció tranquilo, esperaba darse un baño con su amante antes de llevarlo a ver a su maestro, después de todo qué clase de amo sería si no lo dejaba despedirse, así le advertiría a Sage, que cualquier acto estúpido lo terminaría pagando su querido alumno.

— ¿Eso suena como que me puedo ir cuando yo quiera?

El podría salir de sus habitaciones si pensara que regresaría a él cuando lo hiciera, en este momento sabía que trataría de marcharse o buscar a ese otro Santo del puente, el que sufría la pena de ser el nuevo proyecto de Minos de grifo, su juez menos favorito.

— Podrías sí aceptaras tu destino, pero hasta que no lo hagas, no puedo dejarte salir de aquí sin la vigilancia adecuada.

Una vigilancia adecuada, eso quería decir que no lo dejaría sólo hasta que no besara sus zapatos, en ese momento suponía que ya ni siquiera querría apartarse de su dios, quien le ofrecía una mano como si creyera que esta vez si fuera a tomarla.

— Ven conmigo, no me gusta verte sucio.

Manigoldo no le dio la mano pero si lo siguió sin decir nada más, ingresando en un cuarto que daba a una inmensa alberca con agua poco profunda, un cuarto inmenso repleto de columnas de mármol negro, un cuarto que contradecía las leyes de la lógica, suponía que debía estar en otro sitio, tal vez habían cruzado alguna clase de portal.

— ¿Qué lugar es este?

Pregunto cuando la puerta se cerró detrás de él, de nuevo las luces de colores antinaturales flotaban a su alrededor, recordándole sus fuegos fatuos, los que tuvo que tocar cuando su curiosidad pudo más que su sentido común, escuchando como a sus espaldas Thanatos daba algunas cuantas palmadas.

— Mi templo en los campos elíseos…

Manigoldo guardo silencio algunos minutos, se suponía que los humanos no podían ingresar en los campos elíseos, así que o estaba muerto o había dejado de ser un humano al comer de la granada.

— Esto no se ve como un paraíso.

Pronuncio más para sí mismo, notando algunas siluetas moverse en el fondo, las que rodeaban a Thanatos como si estuvieran contentas de verle, todas ellas eran mujeres cuyos rostros no alcanzaba a ver, las que fueron colocando algunas cuantas charolas en mesas de mármol, algunas tenían alimento, otras ropa y diversos artículos de aseo.

— ¿Quiénes son ellas?

Thanatos no le respondió al principio ni cualquiera de sus ninfas, para quienes solo existía su dios de la muerte, al que comenzaron a desvestir con lentitud, con demasiado cuidado para el gusto de Manigoldo, casi como si lo idolatraran y estaba seguro, que a eso se refería cuando le dijo que una vez hubiera aceptado su destino le dejaría recorrer el inframundo a su antojo.

— Ninfas.

Manigoldo supuso que Thanatos lo acompañaría en su baño e ingreso en el agua sin mucha ceremonia, nadando hasta la zona más profunda, la que apenas le llegaba al pecho, cansado de la mirada inquisitiva de aquellas mujeres, las que parecían estar celosas, preguntándose qué hacia un hombre desnudo en su templo.

— Déjenos solos.

Thanatos ingreso en el agua detrás de él, sumergiéndose por completo en aquella pequeña alberca, saliendo a pocos centímetros de distancia, salpicándolo con el agua y poco después escurriendo su cabello negro con cuidado.

— Supongo que no te gusta este templo.

Lo que no le gustaba era la compañía y por un momento quiso decírselo, pero cuando estuvo a punto de pronunciar algún sonido, Thanatos lo sostuvo por el cuello, apretándolo con fuerza, cansándose de su altanería, mostrándole que no estaba dispuesto a soportar más insultos, mucho menos en su templo.

— Piensa lo que dirás antes de pronunciarlo.

Manigoldo no lo veía de esta forma, pero tuvo suerte al ser su premio, ya que muy pocas veces se había interesado en cualquiera, a diferencia de su hermano a él no le interesaban los sentimientos, ni las debilidades humanas, no se maravilla con sus absurdos ideales ni con sus ambiciones, pero este humano por alguna razón llamó su atención como nadie más lo había hecho en el pasado.

— No vayas a arrepentirte.

El Santo de Cáncer sostuvo las muñecas de Thanatos, agitándose al tratar de liberarse, perdiendo el equilibrio en cambio cuando dio un paso en falso, siendo ahora sumergido en el agua por el dios de la muerte, quien lo mantuvo en aquel sitio, observándolo fijamente con una sonrisa en sus labios.

Cuando estuvo a punto de perder el sentido, le soltó, empujándolo contra una de las columnas para que pudiera respirar, besando su cuello al mismo tiempo que el tosía el agua que trago, tratando de recuperar el aire perdido, llevando una de sus manos a su garganta que luciría unos moretones dentro de poco.

— Por el momento piensas que esto es un castigo, pero te aseguro que soy mucho más paciente que Minos.

Manigoldo sintió como el dios se acomodaba entre sus piernas, logrando que perdiera el equilibrio y tuviera que sostenerse de su cuerpo, de los hombros de Thanatos, quien no le dejaba espacio para que pudiera moverse.

— Yo no deseo una marioneta sin mente como mi compañía.

Thanatos al ver que no pronunciaba ningún sonido pero que trataba de enfocar su vista en algo más que él, en su propio reflejo, comenzó a mojar su cuerpo con la palma de su mano con delicadeza, recorriendo sus músculos para lavarlos con el agua tibia de esa alberca.

Sus brazos y su pecho, dirigiéndose poco a poco a su vientre, introduciendo su mano en el agua, deteniéndose a pocos centímetros del sexo de Manigoldo, quien respiro profundamente, llevando sus manos a las suyas, deteniéndolas a mitad del camino a su objetivo.

Thanatos se sonrió al ver sus débiles esfuerzos por detenerlo, besando su cuello en respuesta, escuchando un gemido al mismo tiempo que Manigoldo lo rodeaba con sus piernas, por un momento pensó que ya se había rendido, pero pronto sintió que apretaban con fuerza, tanta que de ser un humano o espectro común hubiera sido partido a la mitad, cuando eso no sucedió, logro lanzarlo contra una de las columnas, utilizando esa llave así como su fuerza en su contra.

Manigoldo entonces levanto el brazo, convocando el fuego del inframundo, los pequeños espíritus que lo seguían a cualquier parte, aun los campos elíseos, tratando de separar su cuerpo de su divinidad, lográndolo por unos instantes.

— ¡Eres un estúpido!

Le grito atacando a Manigoldo, quien choco contra una de las columnas, quebrándolas con la fuerza del impacto, sumergiéndose en el agua, saliendo cerca de las escaleras, buscándolo inmediatamente, sintiendo otro golpe a sus espaldas que lo regreso a la alberca, ahogándolo en ella poco después, sosteniéndolo del cabello con fuerza como si quisiera matarlo.

— ¡No puedes usar el mismo truco dos veces con un dios!

Thanatos lo saco del agua por algunos segundos para que tratara de recuperar su aliento para sumergirlo de nuevo sintiendo que los esfuerzos de su elegido poco a poco iban disminuyendo con cada nueva zambullidla, hasta que parecía que por fin ya no se resistía, sólo enfocándose a recuperar el aire perdido en medio de una tos húmeda.

El dios de la muerte aun cargándolo del cabello lo elevo, sonriendo cuando pensó que por fin le había sometido, recibiendo una patada como respuesta a su advertencia, notando que la mayor parte de su fuerza física se encontraba en las piernas, unas que le parecían muy hermosas.

— Porque no te pudres… de una buena vez.

Pronuncio entre tosidos, sosteniéndose de sus muñecas, respirando hondo, un hilo de agua escurría de su boca, la cual había tragado cuando Thanatos trato de ahogarlo, sin importarle que podría volver a intentarlo.

— No soy tu esclavo… y no permitiré que me reduzcas a uno.

Thanatos apretó los dientes limpiando algo de su sangre, unas cuantas gotas que fueron suficiente para que viera rojo, poco le falto para enfocar toda su furia contra él pero se detuvo, sino estuvieran sus ninfas presentes hubiera seguido con su castigo, quienes sabía le observaban ocultas en los confines de aquella habitación, temerosas de su furia, la que nunca antes habían presenciado.

Manigoldo espero la represalia de Thanatos, pero nunca llego, en vez de eso lo dejo pisar el suelo de la alberca, besando sus labios con fuerza robándole el aliento que aún le quedaba, llevando uno de sus muslos a su cintura, cargándolo con demasiada facilidad hasta que pudo colocarlo en las escaleras medio sumergido en el agua que comenzaba a parecerle demasiado fría.

El Santo de Cáncer trato de soltarse todo ese trayecto, su fuerza que no era nada despreciable no se comparaba con la del dios de la muerte, le recordaba como lo repelió con una simple pieza de ajedrez, haciéndolo sentir una basura, débil e indefenso.

— Tú piensas que esto es un castigo, tal vez debería mostrarte lo contrario…

Susurro besando su pecho tratando de memorizar el cuerpo de su amante, Manigoldo estaba medio desorientado, tratando de recuperar su aliento sintiendo como su garganta y pulmones le ardían, podía escuchar algunos movimientos no muy lejos de allí, sentía unos ojos posados en ellos, tal vez eran esas supuestas ninfas quienes les observaban, tal vez era algo más.

— ¿Por qué?

Pregunto mirando su propio reflejo en el techo de aquella alberca, el cual parecía estar hecho de alguna clase de cristal y reflejaba la luz de las esferas luminosas que cuando lo recorrían le permitían verse a sí mismo debajo de Thanatos, quien besaba su pecho, recorriendo sus piernas con sus manos.

— ¿Por qué?

Thanatos no comprendía esa pregunta, aunque parecía que sus ojos estaban fijos en el techo de su templo, el cual tenía un curioso efecto con el agua y las luces del inframundo, probablemente se estaba observando a sí mismo sin encontrar nada que valiera la pena tanto esfuerzo.

— ¿Quieres saber porque tú?

Manigoldo asintió y habiéndose recuperado lo suficiente de nuevo lo empujo, saliendo del agua, la que sentía casi helada e incómoda, como si fueran una decena de manos tocándolo, recorriendo su cuerpo sin dejar una sola parte de su cuerpo libre de aquellas caricias infernales.

— No lo sé bien…

Thanatos sostuvo sus manos por encima de su cabeza, inmovilizándolo con mucho éxito, aun seguía entre sus piernas, restregándose con ligeros movimientos de su cadera, juntando sus sexos, recibiendo un pequeño y casi inaudible gemido de los labios de Manigoldo.

— Tal vez tú falta de respeto…

Eso sin duda era algo que le agrado, aunque al principio le hizo sentir furioso, era un sentimiento nuevo no ser temido ni respetado por uno de sus enemigos, el que ahora mismo gemía debajo de su cuerpo.

— O tu vitalidad…

El dios de la muerte abandono sus muñecas, sosteniéndolo esta vez de sus muslos, llevándolos a su cintura, relamiéndose los labios cuando su fuego fatuo, se recargo en sus hombros, tratando de alejarse de él, aun mirándose como perdido en el espejo.

— O tu cuerpo…

Debían tener una imagen bastante obscena en el espejo supuso Thanatos sosteniendo a Manigoldo por el cabello, lamiendo su cuello, para poco después recargarse en el suelo, acomodándose de tal forma que pudiera poseerlo en su templo, sintiendo como el Santo de Cáncer se retorcía intentando liberarse, sin saber que aquel movimiento le agradaba demasiado.

— O tu espíritu…

Se estaba riendo de su desesperación, Manigoldo lo comprendía bien, por primera vez sentía que peleaba contra una fuerza inamovible, cuyo sexo comenzaba a empujar entre sus nalgas.

— Como te lo dije antes, no lo sé, pero ambos lo descubriremos Manigoldo, de eso estoy seguro…

Pronuncio sosteniendo sus muñecas, empalándolo poco a poco, deteniéndose cada momento para disfrutar de aquella sensación, escuchando algunos susurros de sus ninfas, algunas de ellas les observaban con envidia, otras con deseo, ellas lo amaban, pronto su fuego fatuo también lo haría.

— Eres delicioso…

Dijo Thanatos cuando por fin estaba dentro de su cuerpo, disfrutando de aquella estreches única de su amante, deteniéndose de pronto, cerrando los ojos concentrándose en esa sensación, recargando su rostro en su pecho, escuchando el sonido de su corazón, esa agradable resonancia que nunca antes había disfrutado.

— No… no lo soy…

Susurro Manigoldo entre gemidos apagados, aferrándose a la espalda de Thanatos, ocultando su rostro en su cuello, incrementando la fuerza con que sus piernas le rodeaban, ayudándole sin quererlo a llegar aun más profundo, arqueando las caderas, cerrando los ojos, gimiendo en su oído, el cual lamio, sintiendo los dulces estremecimientos de su amante.

— Pero lo eres Manigoldo, tú naciste para esto mi hermoso fuego fatuo.

Un fuego fatuo, bello, místico… peligroso… el cual manipulado de forma adecuada, se convertía en fuego demoniaco.

El dios de la muerte comprendía la pación de Hades por Persephone, la lujuria de Zeus por Ganimedes, como todos aquellos dioses se habían prendado de los mortales que tomaron para su propio deleite.

Manigoldo no era diferente a esos otros humanos, porque parecía que no tenía suficiente de él, de sus gemidos y de su cuerpo entrenado para la batalla debajo del suyo, de su cosmos brillando en ese momento, cubriéndolos a ambos, como si fuera un fuego fatuo.

El Santo de Cáncer no sabía que era peor, que Thanatos no era violento, que no le estaba haciendo el daño que vio en el cuerpo de Albafica o que a pesar de sus mejores esfuerzos, disfrutaba de lo que ese dios le estaba haciendo sentir.

Sólo era basura, no era nada más que eso, se había entregado a ese dios, comido de la granada y ahora gemía como si fuera una prostituta, disfrutando de lo que tenía que ser una pesadilla.

Algunas lágrimas escurrieron de sus ojos cuando por fin alcanzaron el éxtasis, Thanatos llenándolo con su semilla, Manigoldo cubriéndolos a ambos, ensuciándose de nuevo, separándose del dios de la muerte cuando este lo permitió no sabía cuánto tiempo después.

Lo primero que hizo fue lavar su rostro, así como su cuerpo, dejando que el agua se llevara su traición, escuchando los lánguidos movimientos del dios de la muerte, quien salió del agua con pereza, acercándose a una de las bandejas con los dulces frutos del inframundo.

Escuchando que Manigoldo ingresaba en el agua, sentándose en las escaleras, cubriendo casi por completo su cuerpo, sin mirarlo una solo vez, probablemente pensando que se trataba de un traidor, que sus actos eran incorrectos, lo que no comprendía aun era que siempre debió ser un espectro, no un Santo de Athena.

— Debes comprender que tu vida a mi lado es un lecho de rosas a comparación del martirio que ese otro humano está pasando.

Pronuncio de pronto, sabía que eso llamaría su atención, ese hermoso guerrero poblaba los pensamientos de su elegido, el ultimo santo de cáncer, cuya armadura negra esperaba para ser utilizada en la siguiente guerra santa, lo único que tenía que hacer, era seducirlo, ganarse su lealtad.

— Tal vez debería demostrártelo, dejarte ver con tus propios ojos la suerte que has tenido.