Capítulo 10: Choco

i.

El tiempo sucedía con más notoriedad conforme el sol se aproximaba a la línea del horizonte. El azul del cielo se tornaba de color morado suave y las aplanadas nubes adquirían un curioso tono amarillento que contrastaba. Cloud había decidido distraerse con la plácida estampa de ese firmamento, ajeno por completo al mal rato que pasaban sus compañeros en la camioneta. No habían hecho ningún descanso y todos estaban desesperados por estirar las piernas. De vez en cuando escuchaba la profunda voz de Barret quejarse del viaje y lo largo que se estaba haciendo y, como siempre, Tifa mantenía la cordura del mayor mediante palabras de reproche. Eran discusiones algo irritantes, pero fáciles de obviar. Por otro lado, Nanaki no tuvo problemas a la hora de cerrar los ojos y quedarse dormido en el primer rincón que encontró. Zack y Aerith no habían dejado de hablar sobre los buenos recuerdos del pasado, recuerdos que no había tenido interés en escuchar.

Poco tiempo después, la llanura comenzó a transformarse en un extenso y poblado valle. La hierba crecía más alto, incluso las flores destacaban con colores blancos y amarillos sobre el monótono verde. Algunos robles también formaban pequeños grupos por los alrededores; no llegaban al bosque, pero era agradable de ver.

—Por fin algo interesante —replicó Barret con sarcasmo—. ¿Cuánto falta?

—Poco... —respondió Tifa con un suspiro.

—¡Mentirosa! —sacudió los brazos—. Éso dijiste hace como dos horas y aún no hay rastro de nada que parezca una granja.

De pronto, la voz de Bill surgió del interior de la cabina del conductor:

—¡Estamos llegando! —avisó—. En menos de veinte minutos estaremos allí.

—¡¿Veinte minutos más?! Que alguien me pegue un tiro.

Barret se desparramó en la esquina del remolque y Tifa rodó los ojos con una sonrisa.

—Qué exagerado eres...

Cloud continuaba prestando interés al paisaje mientras su cabeza descansaba sobre una mano y agradecía la fría brisa. El aire se respiraba mucho más puro y tenía la sensación de que remitía el mareo por momentos. Como si se encontrara hipnotizado por lo que miraban sus ojos, no realizaba amago alguno de moverse, pues temía que cualquier gesto o distracción lo hiciese vomitar. Suspiró con profundidad y, en el instante en que iba a cerrar los ojos y apoyar la cabeza en la ventana, divisó a un curioso animal pasar de lado a lado a una distancia no muy lejana. Cloud salió de su estado parsimonioso y terminó inclinado hacia el saliente, con las manos apoyadas en éste y seguir con la mirada a la criatura. Se trataba de un chocobo salvaje.

Se quedó embobado conforme el ave se alejaba en la distancia.

—¿Qué te pasa? ¿Has visto algo? —le preguntó Zack curioso, asomándose por uno de sus lados.

Cloud señaló en la dirección que dejaban atrás.

—He visto un chocobo por ahí.

—¿Chocobos salvajes? —dijo con los ojos muy abiertos.

—Sí, se ven bastantes por esta zona —se metió Bill en la conversación—. Muchos son de la granja, que alguna vez se escaparon o que yo dejé sueltos porque no me servían.

—Y al final has acabado convirtiendo este lugar en una reserva de chocobos o algo así, ¿no? —dedujo Zack.

—Sí, algo así. ¿No es genial?

Cloud no dejaba de prestar atención al entorno, a la esperaba de ver más. Bill notó su expectación y rio.

—Chico, no esperes ver muchos más. Se está haciendo tarde y la mayoría se va a descansar lejos.

Respondió con una pequeña mueca de decepción y regresó a su lugar, aunque no podía evitar echar un vistazo de vez en cuando. Aerith, entonces, se sentó a su lado, abrazándose las rodillas.

—Seguro que veremos un montón más en la granja —dijo con una sonrisa.

Él sólo se limitó a asentir.

Hacía tiempo que no sentía esa presión a la altura del pecho, pero no había manera de exteriorizarlo. Y es que, el hecho de haber visto aquel chocobo, le emocionó tanto que los mareos desaparecieron.

Se vio reviviendo momentos de su infancia en los que se pasaba horas a las afueras de Nibelheim, cerca de una pequeña granja. Su dueña tenía un chocobo que apenas podía verse a través de una rendija entre tablones de madera. Era enorme, de plumaje brillante y amarillo claro, pero lo que más recordaba era su redondeado pico y sus ojos pequeños y negros. Cloud siempre se las ingeniaba para llamar su atención con sonidos y un poco de comida que colaba por el agujero. Había veces en las que el animal sabía exactamente cuándo llegaba y lo esperaba junto a la rendija. Sobre todo, entre toda esa serie de memorias, Cloud recordaba cuánto había querido un chocobo como mascota. No siempre insistía a su madre, pero ella le negaba el cuidado de otro animal.

—¡Por fin! —interrumpió Barret los pensamientos de Cloud—. ¡Por ahí se ve la granja! Espero que sea la granja, porque si no... —dijo agitando el puño.

—¡Tranquilízate, hombre! Que sí, que ya estamos llegando —le confirmó Bill, que pisaba un poco más el acelerador.

—Menos mal —Barret resopló con alivio—. Juro que tengo el culo plano de estar todo el rato sentado.

Al fin dieron por finalizado el trayecto en la camioneta.

Bajaron del remolque con las piernas engarrotadas. Frente a ellos, se hallaba la granja de Bill, mucho más grande de lo que cabía esperar. La conformaba el establo, una gran parcela vacía, la residencia del dueño y una especie de pensión en un estado lamentable. Era evidente que en un pasado aquel lugar había sido un gran negocio, pero ahora algunas instalaciones estaban viejas y abandonadas.

Todos observaron con detenimiento el lugar, aunque Zack y Barret eran los más expresivos en cuanto a su opinión.

—Qué peste hay aquí —dijo Barret con una mueca de asco.

—Ya te digo... —Zack se tapó la nariz.

Tifa tampoco parecía disfrutar del nuevo ambiente, pero al menos parecía no tener la necesidad de comentar lo obvio.

—Pues claro —suspiró Bill mientras cerraba el coche con la llave—. ¿Qué os esperabais? Los chocobos no huelen precisamente a rosas.

Cloud en ese momento se acercó a la parcela vallada, extrañado de que no hubiese ningún chocobo merodeando por allí.

—¿Dónde están? —preguntó al poner las manos sobre la madera.

—En el establo —respondió el anciano—. Es tarde y siempre los metemos dentro para tenerlos más controlados. Las noches a veces son un poco peligrosas.

Cloud comprendió, pero no le hacía reducir su deseo de verlos más de cerca.

—Oh... Cloud tenía tantas ganas de verlos —dijo Aerith enternecida, con un las manos tras la espalda.

—¿Cloud ablandado por unos chocobos...? —la risa de Barret no tardó en surgir—. Estás lleno de sorpresas, pelopincho.

En ese instante, Cloud se giró por el comentario y se encontró con que todos le miraban. Sus miradas iban desde la sorpresa a la risa, cosa que le hacía ponerse nervioso.

—Cállate —farfulló después de pasar por el lado del grupo para así desviar la atención del tema.

Aún así, su respuesta pareció haber provocado lo contrario.

Bill se acarició la barba canosa al mirarles.

—¿Tenéis pensado lo que vais a hacer ahora? —preguntó.

—Pues la verdad es que no —respondió Zack dudoso con una mano detrás de la nuca—. Se hace tarde y no es momento de salir a buscar aventuras.

—Me alegro de que penséis con la cabeza —continuó el granjero con un dedo señalando su frente—. ¿Por qué no os quedáis a dormir esta noche? Tengo espacio suficiente para todos.

—¿De verdad nos hará ese favor? —preguntó Tifa—. No nos conoce de nada...

—Tifa, no sigas... —masculló Barret cerca de ella—. A ver si vas a hacer que cambie de opinión.

Ella chasqueó la lengua y acabó con los brazos cruzados.

—No parecéis malos chicos —contestó el granjero sin dejar de tocarse la barba—. Además, tampoco tengo nada de valor. No me preocupo.

—Como usted guste —asintió Tifa.

—Bien, voy a avisar a mis nietos de que hoy tendremos a cinco más en la mesa.

—Eh... Somos seis, Bill —le corrigió Zack con un dedo levantado.

—¿Seis? Ah, sí... Me he olvidado de contar al perro gigante —sacudió un mano—. ¿No tendríais que llevarlo atado por ahí?

—Señor, no soy el tipo de carnívoro que usted cree...

Nanaki dio un paso al frente y encaró al criador con paciencia. Éste acabó respondiendo con los ojos abiertos como platos.

—Espera, ¿un perro que habla? ¿Qué clase de brujería es ésta? —no dejaba de mirarlo, atónito.

—Ninguna —respondió Cloud con los hombros encogidos—. Se llama Nanaki y sí, puede hablar.

—Madre mía... Y yo que pensé que lo había visto todo en esta vida —Bill suspiró con una mano en el pecho—. En fin, ¿por qué no me esperáis en el recinto de allí? —les señaló el pequeño edificio destartalado, a unos cuantos metros de su posición—. Voy a por las llaves.

Siguieron la indicación del granjero y se posicionaron enfrente de la construcción. Ésta había captado la atención del grupo, excepto la de Cloud y Nanaki, que preferían apreciarla desde cierta distancia. No era más que una especie de pabellón pequeño de ladrillo y cemento, cuya estructura se mantenía en pie de milagro, pues como se podía apreciar, el clima lluvioso del valle había deteriorado bastante el material, sucio y con una serie de desconchados.

Barret chocó su puño de carne y hueso contra la puerta de madera y ésta bailó entre las bisagras. Zack también quiso comprobar por su lado la seguridad del recinto. Curioseó en una de las ventanas próximas a la puerta, la cual estaba protegida por una reja de metal oxidada. Se aferró a ella para probar su sujeción y, con cero esfuerzo, ésta se desprendió de la pared.

—Ups...

Aerith se llevó una mano al rostro y aguantó la risa.

—No nos irá a hacer dormir aquí, ¿verdad? —gruñó Barret.

—Pues no duermas aquí si no quieres —dijo Tifa con los brazos en jarras—. Bill ha tenido un gran detalle al darnos un techo. Y por las noches hace frío, yo sólo aviso.

Barret no tuvo más remedio que callar.

—Pero es verdad lo que dice Barret —dijo Zack, quien consiguió recolocar la reja a presión—. Este sitio se cae a pedazos.

—Aún así, deberíamos darle una oportunidad al interior —sugirió Aerith al mirar a los demás—. Mientras haya camas para todos esta vez.

—Sí, por favor... —suspiró Barret al cielo.

Pocos instantes después Bill llegó con un buen manojo de llaves en una mano, haciéndolas sonar. Por suerte, no percibió el destrozo que había hecho Zack.

—Veamos si me acuerdo de qué llave era... —murmuró el anciano al ponerse enfrente de la puerta.

El grupo se miró entre sí, impaciente, y Bill abrió el portón tras poco de dar con la llave correcta. Con el sonido chirriante de las bisagras, fue el primero en entrar.

—A ver, antes que nada —comenzó sus advertencias conforme los demás le seguían a una especie de vestíbulo con mostrador—. Aquí no hay electricidad, así que os dejaré un par de linternas para que os podáis guiar por la noche.

Cuanto más se adentraban, con mayor pesadez se respiraba el aire. De no ser porque la luz del sol ya no llegaba hasta ellos, seguramente verían una gran cantidad de polvo en suspensión. Apenas se distinguía claramente lo que había, sólo el suelo en parqué, alguna maceta vacía, asientos comidos por la suciedad y rincones decorados con propaganda antigua.

—El aire aquí está viciado —soltó Barret.

Y antes de que continuara hablando, Tifa le dio un codazo.

—Pues normal, si aquí el aire entrará nada más por alguna ventana rota —dijo Bill sin preocuparse—. Pero a saber...

Siguieron los mismos pasos del propietario. Éste los condujo a un descansillo en el cual iniciaban los primeros escalones hacia la planta superior. Después ascendieron por las escaleras en fila y Cloud no pudo evitar preguntar:

—¿Y éste sitio qué es? Parece un hostal.

—Sí, era algo así —explicó—. Antes organizaba campamentos de verano para la gente que quería criar chocobos o tener alguno, ya hará unos 30 años de eso. Pero con el surgimiento de Shin-Ra y el avance de los coches, los chocobos empezaron a pasar de moda y el negocio se fue a pique.

—Y aquí es donde se alojaba la gente —dedujo Zack.

Terminaron de subir las escaleras y, ante ellos, se abría un extenso pasillo con una serie de puertas en un único lateral, dejando el otro para las ventanas al campo. Bill se detuvo entre las dos primeras.

—¿Y cuánto tiempo lleva esto cerrado? —preguntó Barret.

—Tal vez unos diez años —se rascó la barbilla y después comenzó a buscar las llaves de un par de habitaciones—. Ya no me acuerdo.

Tras dar con ellas, se las dio a Zack.

—Muchas gracias —agradeció él con una sonrisa.

—Pues nada, pasaros por mi casa cuando tengáis hambre.

No hubo más nada que decir y, una vez que Bill marchó al piso inferior, Zack usó las dos llaves para inspeccionar el interior de las habitaciones con el resto.

Apenas había diferencias entre una y la otra. Sólo constaban de una ventana, tres camas y una mesita auxiliar. Nada del otro mundo excepto por el pasar de los años. El papel pintado se despegó por las esquinas y el techo estaba lleno de humedades.

—Podría estar peor... ¿no? —dijo Aerith con un dedo sobre el mentón, en un intento de ser optimista.

—Venga ya, no os pongáis ahora remilgados —animó Barret con un par de aplausos—. ¡Venimos de los suburbios de Midgar! ¿Qué sitio más asqueroso y contaminado que ese?

Barret se abrió paso en la habitación y se dejó caer de culo en una de las camas. Con el impacto, a su alrededor se formó una densa capa de polvo que le hizo toser.

—Lo cierto es que me esperaba algo más... limpio —dijo Tifa con una ceja arqueada.

—Yo no me preocupo por eso —siguió Nanaki—. Los humanos sois excesivamente melindrosos.

—Claro, tú tienes toda esa mata de pelo que te protege —trató de decir Barret entre tosidos leves y movimientos rápidos de mano para retirar el polvo.

En ese instante, Aerith se tomó la molestia de abrir la ventana. Luego se giró hacia ellos entusiasmada.

—Venga, menos quejarse y más limpiar —exclamó con un brazo en alto.

—¿Limpiar? —Zack torció el gesto—. ¿Ahora?

—Claro que sí, señorito —insistió ella con un dedo que le señaló—. No vamos a dormir con todo este polvo en las camas. ¡Así que a sacudir todo lo que podamos mientras nos quede luz de fuera!

Aquéllo trajo la queja de Barret y Zack, pero no los libró del trabajo. Divididos en dos grupos, se encargaron de abrir las ventanas y retirar el polvo de las sábanas y las almohadas a base de golpes y sacudidas. El polvo y la suciedad acabó en el suelo y llevado por la corriente de aire. En cuestión de tiempo, las habitaciones pasaron a estar preparadas para dormir.

Después de la llegada de la noche y de decidir quiénes ocuparían cada cama, salieron del pabellón y marcharon a la casa de Bill con las manos puestas en el estómago. No habían comido desde la mañana y estaban muy hambrientos.

El hogar de Bill era muy pequeño y al mismo tiempo acogedor. Al vivir tan lejos de la civilización, carecía de sistema eléctrico Mako, así que todo lo que había en la casa era, para ojos del resto, muy rudimentario. Las habitaciones estaban iluminadas por lámparas de batería y todo lo que funcionaba allí era gracias a la energía del viento. Además, para dar mayor calidez, se encontraban los dos nietos de Bill, Chole y Billy Junior, unos jóvenes entre diecisiete y doce años. Eran muy amables y tal vez más habladores que su abuelo.

La velada se prolongó bastante gracias a la naturaleza de aquella familia. Se comprendía, pues vivían completamente aislados del mundo y casi nunca tenían oportunidad de hablar y escuchar lo que otros decían de fuera. Además, Barret, Zack y Aerith no eran de los que sabían cuándo callarse, de modo que el resto tuvo que esperar a que sus historias acabasen o, más bien, a que los presentes terminaran con los ojos cerrados.

Sin saber qué hora era exactamente, el grupo regresó a la residencia con ayuda de un par de linternas, las cuales no ayudaban a vislumbrar el interior; el juego de luz y sombras sugería demasiadas formas en un espacio tan demacrado como aquel. De noche y en lugares abandonados, siempre se daba pie a los temas paranormales y a las historias de miedo, además de las bromas. Por suerte, todos eran lo suficientemente mayores como para no asustarse por esas tonterías... o éso era lo que se daba por hecho.

—Espero que este sitio no tenga una leyenda siniestra —soltó Aerith en el trayecto de las escaleras—. ¿Os imagináis? Niña muere en extrañas circunstancias en la habitación 213. Desde entonces no ha parado de escucharse su lamento a partir de medianoche...

—Por favor, Aerith —aguantó la risa Zack—, esa historia no tiene ninguna chicha.

De pronto, un extraño chillido se propagó desde el fondo del pasillo, lo que provocó que Cloud diera un traspié en uno de los escalones. Tifa, que iba detrás de él, alcanzó su espalda con una mano.

—¿Qué... mierda ha sido eso? —preguntó Cloud después de incorporarse rápidamente y mirar en todas direcciones.

—Con toda certeza, una rata —dijo Nanaki con tranquilidad.

Aquéllo hizo que Barret terminara soltando una risotada para luego comentar con burla:

—¿Es que te has asustado, Cloud? —le puso una mano en el hombro mientras caminaban a la par.

—No —le respondió seco y retiró el hombro con brusquedad—. Sólo estoy cansado.

—Lo que tú digas, amargado.

Cloud ahogó un gruñido.

Nada más llegar a las habitaciones, se separaron para ocupar sus lugares. Aquella noche Cloud volvería a compartir habitación con Tifa, aunque añadiendo la compañía de Zack, quien había insistido mucho en ello. ¿Qué más daba? Si sólo iban a dormir.

Con la ayuda de la linterna, los tres se situaron en el cuarto y ocuparon sus camas. Cloud fue el primero en echarse a la cama que quedaba más retirada de la ventana, en una esquina; después apagaron la luz para dormir.

Era curioso cómo las conversaciones surgían sin dificultad en Zack, pero en esa ocasión el silencio invadía las cuatro paredes con una más que palpable tensión. Cloud se giró en la cama un poco, lo suficiente para poder echar un ojo a sus compañeros. No podía evitar preguntarse qué les pasaba, pero tampoco era como si le importase... ¿O sí? En cualquier caso, Zack terminó hablando, al parecer cohibido por ese silencio casi impuesto por Tifa:

—¿Entonces saldremos a la mañana?

—Supongo que sí... —dedujo ella, tumbada boca arriba—. Ya lo hablaremos al amanecer.

—¿Y a dónde iremos?

—No lo sé... ¿Seguir el camino? Tengo entendido que la única manera de salir de las llanuras es atravesando el pantano y después la mina de mitrilo.

—Eso contando con que Sephiroth tome el mismo trayecto.

—No tenemos otra alternativa —exhaló Tifa con cierta desesperanza.

Ninguno de los dos dijo nada hasta pasados unos largos instantes.

—Bueno, será mejor que durmamos —dijo él tras hacer un movimiento brusco en la cama que hizo que ésta sonara—. Seguro que Cloud ya se ha quedado dormido.

Se equivocaba y Cloud tampoco pretendía hacerle pensar lo contrario.

—Sí, dejemos que duerma.

No hubo ningún comentario más.

ii.

Cloud llevaba días acumulando sueño y, cuando dormía, no lo hacía en condiciones, así que era de esperar que esa mañana no despertara con las energías recargadas. No fue el mejor lugar para dormir y tampoco podía decir que alguna vez pasó una buena noche desde que despertó del coma, por lo que no estaba sorprendido. De todos modos, se forzó a dormir incluso cuando por la ventana entraba la luz del amanecer, pues quería reanudar el viaje con fuerza y la mente despierta.

Cuando finalmente decidió levantarse, echó una mirada adormilada a la habitación. Tifa y Zack no estaban y, por lo que pudo comprobar desde la ventana, la mañana estaba bastante avanzada. Se frotó un poco el rostro y salió del cuarto para encontrarse con que él era el único que se había quedado dormido.

Salió del pabellón con el ceño fruncido por el exceso de luz y buscó a sus compañeros con la mirada, pero no había ni rastro, sólo el de los chocobos paseando en el interior de la parcela vallada. Dedujo que se habían ido a tomar el desayuno en casa de Bill y, pensando que no importaría llegar un rato más tarde, Cloud se aproximó hasta el límite, justo donde había uno de esos adorables animales picoteando alpiste de grano gordo del suelo. Por el momento éste no había captado su presencia.

Él silbó suavemente para llamar su atención y, una vez el chocobo levantó la cabeza, Cloud imitó el sonido típico de su especie. El animal respondió con un suave agitar de alas y caminó hasta él. No reprimió la sonrisa y, deseando conocer a ese chocobo, se subió a la valla con un pequeño impulso y se sentó en el borde.

Los chocobos eran aves bastante grandes y, ése en particular lo era mucho más. De ese modo, cuando el animal se acercó hasta él, ambos quedaron a la misma altura.

—Parece que te tratan bien aquí... —murmuró mientras se atrevía a acariciarle el pico con la punta de los dedos.

El chocobo respondió con canto agradable y torció la cabeza para buscar más caricias de Cloud. Ese gesto hizo que ampliara más la sonrisa y prolongara más el contacto. Con ambas manos, comenzó a acariciar el plumaje de su cuello, cosa que pareció gustarle mucho; no hacía más que restregarse en él.

De pronto, la voz de una muchacha llamándole lo sacó de ese estado de calma. Cloud volvió a su humor de siempre y se giró para ver que se trataba de Chole, la nieta de Bill. Tal y como se había comportado la noche anterior, le parecía bastante mandona.

—Eh, tú —volvió a referirse a él una vez se situó a su lado—. ¿Qué haces aquí?

—Nada —respondió con la mirada agachada y, una vez soltó al chocobo, se dejó caer de la valla—. ¿Ocurre algo?

—No, más bien son tus compañeros —dijo de brazos cruzados—. Llevan un rato esperándote en casa. Será mejor que vayas.

Le señaló la dirección y Cloud, sin querer hacerlos esperar más, se dirigió hasta allí. Debía admitir que el chocobo lo había distraido demasiado.

La puerta de la casa estaba de par en par, así que no tuvo reparos en poner el pie dentro. Las voces de sus compañeros se escuchaban bien alto desde la sala de estar y sólo tuvo que presentarse en la puerta para llamar su atención. Todos estaban sentados o en el sofá o en las sillas.

—Por aquí aparece la marmota —comentó Barret con una sonrisa burlesca.

Cloud se rascó la nuca, no muy seguro de si debía disculparse.

—Te estábamos esperando —dijo Aerith con gentileza y, como siempre, le cedió sitio a su lado, en uno de los brazos del sofá.

Él no demoró en sentarse.

—Nos ha surgido un problema —inició Zack para ponerle al día, sentado en una de la sillas del lado contrario—. No vamos a poder continuar hoy.

—¿Y éso por qué? —preguntó Cloud extrañado.

—Hemos estado hablando con Bill y no nos recomienda viajar a pie —le explicó—. Al parecer este año hubo mucha lluvia y ha subido el nivel del agua del pantano. Y no sólo eso, acaban de llegar noticias de que una serpiente mutante de unos diez metros se ha hecho dueña del lugar.

No le gustó cómo sonaba eso. Parecía obra de Shin-Ra y su experimentación con animales; no era la primera vez.

—¿Y qué vamos a hacer entonces?

—Tendremos que cruzar con los chocobos —siguió Tifa—. Es lo más económico y lo más seguro si queremos esquivar a la serpiente. Se supone que hay un pequeño puerto turístico en el comienzo del pantano, pero con la nueva amenaza se han anulado los viajes de punta a punta.

—Vale, creo que lo comprendo, pero... —dudó Cloud y miró a los demás—. No sé cuál es la razón de que tengamos que esperar. Bill tiene chocobos que puede prestarnos, ¿no?

—Chico, no es tan sencillo —intervino Bill cuando Cloud quiso pasarse de listo—. Esos chocobos no son míos. No puedo prestároslos o vendéroslos. Tenéis que conseguir los vuestros propios.

—¿Y de quiénes son? —preguntó, algo que el dueño no pareció verlo con muy buenos.

—¿Y a ti qué te importa? Os dejo quedaros un par de días más, pero no pienso dároslo todo mascado.

Cloud torció el gesto y no dijo nada más.

—Pero a ver... —fue el turno de Barret—. Yo sigo sin estar convencido. Sephiroth puede aparecer por el valle en cualquier momento y nosotros aquí, cuidando de unas mascotas.

—¿Se te ocurre una idea mejor? —le preguntó Tifa con los brazos cruzados—. Cuanto antes lo hagamos, antes nos iremos tras él.

—¿Y cómo vamos a conseguir unos chocobos? —inquirió Cloud—. ¿No nos va a tomar mucho tiempo?

—No tanto, créeme —dijo Bill—. Son animales muy mansos y calmados. Con un poco de comida y algo de cariño ya os los ganáis. Obviamente hay excepciones, pero no tenéis por qué encontrar problemas. Os daré todo lo que vayáis a necesitar.

iii.

No tuvieron más remedio que adaptarse a las circunstancias que se presentaron. Bill les proporcionó toda la información necesaria para poder atrapar algunos chocobos salvajes y, para ahorrar tiempo, decidieron que montarían dos en un mismo chocobo. Con un poco de suerte, tendrían tres al acabar ese día para que, al tercero, partieran hacia la ciénaga.

Después de que Cloud terminara de tomarse un desayuno ligero, se prepararon. Zack y Aerith pidieron prestada la camioneta de Bill para acercarse al paraje con más índice de chocobos. El resto, mientras tanto, permaneció en la granja para preparar la llegada del primer ejemplar. Además, y a petición de Barret, uno vigilaría si aparecía la sombra de Sephiroth. Un poco estúpido teniendo en cuenta que el horizonte era inmenso y que el alcance era muy limitado.

Cloud se encontraba sobre el depósito de agua, el punto más alto de la granja. Podría estar ayudando a los demás abajo y aprendiendo más sobre los chocobos, pero Barret no había dejado de insistir en que vigilara la zona. ¿Cómo iba a vigilar si apenas el sol le permitía ver a más de doscientos metros?

Para descansar la vista, se permitía centrar su atención en sus compañeros. Desde su posición, observaba a Tifa ayudando a los nietos de Bill a preparar los habitáculos para los nuevos chocobos. Entraba y salía con una sorprendente carga en sus brazos sin mostrar esfuerzo alguno. Primero iba con agua, después con bloques de paja, recipientes y múltiples enseres. Barret y Nanaki ayudaban también.

Suspiró con pesadez. Allí arriba no había modo de aprovechar la sombra y el sol comenzaba a golpear con fuerza. Pero lo que le molestaba no era eso, sino estar haciendo una vigilancia que no estaba sirviendo de nada. Entre el mosqueo y lo concentrado que estaba en divisar algo en el horizonte, no se percató de que Barret acababa de subir, supuestamente para hacerle compañía.

—¿Cómo vas? —le preguntó mientras tomaba asiento a su lado.

—No veo nada —respondió de manera seca, mirada al frente.

Cloud no tenía interés en hablar con él, por lo que disimulaba al tener su mirada lejos de Barret.

—A ver, prueba con esto.

Barret le puso unos prismáticos en la cara, cosa que hizo que Cloud se apartara un poco, sorprendido y hastiado. Cuando reconoció el objeto, los tomó con una mano para inspeccionarlo.

—¿De dónde los has sacado?

—Se los pedí a Bill —dijo con una media sonrisa y apoyó sus brazos en las rodillas flexionadas—. A veces es un poco imbécil, pero al menos es servicial.

Cloud no dijo nada y no se demoró en mirar por los oculares. No eran los mejores prismáticos que había probado, pero al menos sí que ampliaba mucho más la imagen.

—No van mal, ¿eh? —dijo Barret orgulloso tras darle un par de palmadas a Cloud en la espalda—. Pues que no se te vayan a caer.

Ignoró la provocación. Ya sabía Cloud que el silencio no iba a durar mucho.

—Por cierto... ¿No te parece a ti que Zack y Aerith están muy unidos?

Cloud lentamente separó sus cansados ojos de los prismáticos para mirar a Barret con pesadez.

—Tío, no me mires así —alzó la voz mientras tomaba una postura más cómoda—. Sé que tú te preguntas lo mismo.

—Pues no —confesó—. Tengo cosas más importantes en las que pensar.

—¿Como por ejemplo?

—Sephiroth —frunció el ceño y, girando la cabeza, volvió a poner su atención en el horizonte—. Y tú deberías estar preocupándote por lo mismo.

Barret resopló cansado y llevó la mirada al cielo.

—Eres muy aburrido, tanto como Nanaki, y ya es decir —arrastró las palabras—. Pero no me cambies de tema. Vale que estemos tras la pista de Sephiroth, pero éso no significa que no podamos tener una conversación cualquiera.

—Claro, y lo único que se te ocurre es hablar de Aerith y Zack... —dijo con cierto hastío.

—A ver, ¡que tengo curiosidad! ¿Es que no puedo interesarme por los miembros que conforman Avalancha?

«¿Avalancha? ¿Seguimos todavía con eso?»

Después de poner los ojos en blanco, Cloud sacó el aire de los pulmones y acabó cediendo.

—Si los ves tan unidos es porque ya se conocían de antes.

Le reveló para que Barret se callara.

—¿En serio? —de pronto, comenzó a reírse con una fuerte palmada sobre su propio muslo—. ¿Sólo se conocen de antes?

Cloud volvió a apartarse de los prismáticos para girarse y mirarle con el ceño fruncido. De nuevo alimentaba su curiosidad.

—¿A qué te refieres?

—Pff... —contuvo la risa—. ¿Es que no es evidente?

La mirada de Barret revelaba más de lo que le gustaría, hecho que pilló a Cloud demasiado desprevenido como para disimular ignorancia. Con una mano detrás de la nuca, le respondió:

—No sé... Puede ser que hubiera algo entre ellos —no podía corroborarlo aunque ellos mismos ya le habían dicho que hubo sentimientos hacia el otro, no tanto confesados.

—¡¿Ves?! —exclamó mientras se incorporaba en el sitio y se ponía en pie—. No soy el único que lo piensa. Lo cierto es que hacen muy buena pareja.

Tales palabras no habían sido ignoradas por Cloud a pesar de que no hubo respuesta de su parte.

Volvió a depositar su interés en el horizonte, concretamente en el punto del camino más alejado de ellos. Entonces consiguió ver la camioneta de Bill circulando hacia la granja, lo cual significaba que Aerith y Zack ya estaban de vuelta; incluso podía verse el chocobo en el remolque. Queriendo ignorar las deducciones de Barret con respecto a ellos dos, se concentró en el trayecto que siguieron, sin embargo ya se preguntó si de verdad estarían a punto de rebasar esa línea.

—Mira el lado bueno de todo esto... Tifa y tú podéis desarrollar vuestra relación sin preocupaciones —continuó Barret con un tono de voz muy serio, observándolo desde arriba—. Ya me entiendes.

Cloud sintió un incomprensible escalofrío. ¿Por qué tenía la sensación de que aquéllo no era un simple juego? Se limitó a agachar la mirada y musitó:

—Tifa y yo sólo somos amigos de la infancia —algo que recordaba sólo porque Tifa se lo dijo; no podía decir cuán amigos fueron por aquel entonces.

—Que sí, que sí —insistió el otro—. Pero ¿y qué pasa? Éso no te va a impedir explorar cosas con ella.

La respuesta de Barret hizo que Cloud acabara con una mano sobre la cara y sacudiera la cabeza.

—Que no me interesa...

—Ah, es verdad... Sephiroth —resopló Barret con sarcasmo—. Lo que decía: eres un aburrido.

Cloud frunció el ceño y volvió a mirar por los prismáticos.

—¿No tienes nada mejor que hacer?

—Voy a suplantarte ahora —le quitó los prismáticos de las manos—. Así que baja. Me preocupa que te pongas rojo como una gamba.

Barret le echó con un par de empujones y Cloud bajó del depósito con muy mala gana. En cualquier caso, fue un momento idóneo para tomarse un descanso a la sombra de la casa de Bill.

Buscó un buen lugar en el suelo y se sentó sobre una pequeña porción de césped y sombra, lejos de las ventanas de la casa y lo suficientemente cerca como para apreciar a los chocobos de la finca. De vez en cuando veía a Tifa y a Nanaki pasar de un lado a otro, junto a los nietos de Bill. Se uniría con ellos una vez la piel no le quemara tanto.

Sin darse cuenta del tiempo que había transcurrido, vio a Nanaki acercarse a su posición. En el camino, éste se sacudió cualquier viruta de paja y plumas que se le hubiesen pegado al pelaje. Para sorpresa de Cloud, éste se sentó junto a él. Pensó que buscaba un poco de sombra, sin embargo, no sólo fue para eso.

—Se te ve cansado —dijo Nanaki, que miraba en la misma dirección que él.

Cloud le miró de reojo, con las piernas flexionadas y los brazos sobre las rodillas.

—Llevo días que no duermo bien —admitió agachando la mirada—. Y Barret no ha dejado de darme la lata.

Suspiró con pesadez, pero su respuesta hizo reaccionar a Nanaki de otro modo inesperado.

—¿Cortejo humano?

—Es de lo único que habla... Y quejarse también se le da muy bien.

Nanaki titubeó un poco y se tumbó por completo sobre la superficie.

—Es importante la charla trivial para muchos —le explicó—. Y creo que Barret sería el primero en volverse loco en este viaje si no se expresara tal y como es.

Cloud no lo había planteado de ese modo.

—¿Una vía de escape?

—Sí, algo así —asintió Nanaki.

—¿Y cuál es la tuya? —le preguntó Cloud con curiosidad al girarse un poco hacia él.

—La contemplación —manifestó—. Un modo silencioso y bastante más enriquecedor que una charla cualquiera, pero tampoco podemos juzgar las maneras de otros —en ese instante, Nanaki le devolvió el mismo interés—. ¿Y qué me puedes decir de ti?

Cloud frunció el ceño. Nunca había pensado en ello.

—No lo sé —confesó—, pero aún no me he vuelto loco.

Bromeó sin gracia alguna, sin embargo...

—¿Estás seguro? Tus compañeros están preocupados por ti.

La pregunta de Nanaki le hizo pensar en serio.

¿Cuál era su vía de escape en los momentos de mayor tensión? Aislamiento, pensó. ¿Pero realmente quería eso? De todos modos, lo que no terminaba de entender era la preocupación de los demás. No tenían por qué, se sentía perfectamente.

iv.

Zack y Aerith llegaron a la granja. En el remolque del vehículo tenían un magnífico ejemplar de chocobo que Bill pudo corroborar. No había tiempo que perder y, tras saludos rápidos, Tifa y Cloud serían los siguientes en atrapar al siguiente chocobo. Apenas tenían idea de qué hacer en cuanto vieran un chocobo, pero con verdura gysahl, la comida favorita de aquellas aves, bastaría. Cloud tenía sus dudas.

Tomando los consejos de Bill y sus dos nietos a rajatabla, condujeron la camioneta hacia el área con mayor número de chocobos. El camino los adentró al ligero bosque de robles. Desde la carretera no era posible divisar ninguno a simple vista, así que tuvieron que aparcar el vehículo en el primer claro que hallaron. Bajaron de éste, Tifa con un arnés de cuero y Cloud con el saco de verdura en una mano. Lo llevaba bastante apartado por el fuerte y desagradable olor que desprendía.

—¿Y ahora? —preguntó con los nudillos de la mano debajo de la nariz.

—Buscar a esos chocobos, ¿no?

Tifa observó los alrededores con las manos en las caderas. No había más que arbustos, un roble de vez en cuando y suelos algo escarpados. Por lo pronto no se veía nada más.

Ella se giró hacia Cloud y le miró con una ceja enarcada.

—¿A qué esperas para abrir la bolsa? —dijo con una pequeña sonrisa.

—Ah, ya... —asintió y, un poco reticente, abrió el saco de lona.

Según Bill, el fuerte olor de la verdura atraía a los chocobos incluso a una distancia de un kilómetro si el viento soplaba a su favor. Habría que ver qué tan efectivo era eso.

Sabiendo que sería fácil perderse, ambos iniciaron su camino al interior del paraje con precaución. Tifa tomó la delantera mientras Cloud la seguía a su ritmo y aguantando la respiración a cada paso que daban.

—No sabes cuánto echaba de menos todo esto —comentó Tifa después de dejarse caer por un diminuto terraplén.

—¿El qué exactamente? —siguió detrás de ella.

—Ésto —le señaló todo lo que les rodeaba—. La luz del sol, la naturaleza, el aire puro... Ya sabes. ¿Tú no lo has echado de menos?

—No lo sé —respondió Cloud—. Estuve varios años viviendo en Midgar. Supongo que estoy acostumbrado a estos cambios tan abruptos.

Al parecer, la respuesta había sorprendido a Tifa. Ésta se detuvo en mitad del camino para voltearse y hablar con Cloud cara a cara.

—¿Y no tienes preferencias?

—Si me das a elegir —se detuvo él también con los ojos directamente al frente, sin mirarla—, prefiero esto. Aunque me trae recuerdos de Nibelheim...

—Ya... —suspiró Tifa con la mirada agachada—. A veces salía a jugar con mis amigos a las afueras del pueblo, cuando no había monstruos.

Sin embargo, Cloud no tenía ninguna memoria de eso, hecho que le afectó.

Los dos reanudaron su camino y mantuvieron la misma organización anterior: Tifa al frente y Cloud un par de pasos más atrás.

—¿Cuánto tiempo llevabas viviendo en Midgar? —preguntó él mientras caminaban por una zona llana.

—Desde el incidente... Mi mentora me llevó a Midgar para buscar un tratamiento eficaz a la herida que me hizo Sephiroth. Después de recuperarme, me especialicé en artes marciales y encontré una oportunidad en la ciudad.

Tifa se detuvo una vez vio que alejarse más sería peligroso. A pocos metros de ellos, el terreno descendía de forma abrupta.

—¿Trabajar en el Séptimo Cielo era una oportunidad? —continuó extrañado.

—No, Cloud... Avalancha —le corrigió al voltearse hacia él otra vez—. El bar era sólo una tapadera.

—Y ahí es cuando conociste a Barret y a los demás, ¿no?

—Así es —asintió.

—¿Y cómo consiguió Barret convencerte para que trabajaras con él?

—No me convenció de nada —admitió—. Me ofrecí yo.

Las motivaciones de Tifa no resultaban muy obvias para Cloud, quien, sintiendo que realizaba demasiadas preguntas, decidió parar. Ni siquiera le gustaron sus respuestas, por alguna razón.

—Bueno... —resopló Tifa—. ¿Esperas aquí? Voy a comprobar si algún chocobo se acerca.

Cloud asintió con firmeza.

—No me moveré de aquí —le dijo para que fuera tranquila.

Ella sonrió.

—No tardaré más de diez minutos.

Tifa salió a trote hacia la espesura de unos arbustos y el desnivel del terreno. Pocos instantes después, Cloud la perdió de vista.

Respiró hondo y aprovechó la ausencia de su amiga para soltar el saco de verdura en el suelo. Tomó asiento en una roca que sobresalía entre la maleza y esperó con los brazos cruzados sobre los muslos. Quizás no era el mejor momento, pero Cloud regresó a la mala costumbre de pensar, de pensar en todas esas preguntas que le rondaban y que se controlaba a formular incluso a sus compañeros. Muchas veces era difícil encontrar el momento, en otras ocasiones era un extraño miedo a conocer ciertas respuestas. En cualquier caso, el aparente desinterés de Cloud surgía de un intento de alejarse de sus propias emociones.

De pronto, en mitad de esa introspección, el crujido de una rama sacó al joven de dicho lugar. Alzó la mirada del suelo y, justo enfrente y a escasos metros, un chocobo común se aproximaba en una actitud bastante confiada. Cloud se mantuvo estático, pero con el corazón acelerado. Quiso llamar a Tifa, pero hacerlo seguramente ahuyentaría al animal.

Con lentitud, Cloud se incorporó desde su asiento y, a la misma vez, extendió un brazo hacia la bolsa de lona. Cuando estuvo en su mano, tomó un pedazo de alimento y se aproximó con pasos cautelosos al chocobo. Éste no se había movido del sitio en todo el rato, a la espera de que la verdura se le fuera ofrecida.

—No voy a hacerte daño —le habló con suavidad mientras daba un paso más cerca del ave.

El chocobo trinó y agitó un poco sus alas. Cloud, aún así, no se quedó estático y, cuando tuvo al animal lo suficientemente cerca, le ofreció la verdura gysahl.

—Toma.

Al instante, el chocobo alargó el cuello hacia la comida y la atrapó con su enorme pico. Con sólo dos masticaciones, la verdura pasó por la garganta del ave, momento que aprovechó Cloud para situarse justo a su lado. Posó una mano sobre el plumaje del cuello y lo acarició siguiendo la dirección de su crecimiento. El hecho de que le permitiera esa caricia, provocó en Cloud una agradable sonrisa.

—Quieres más, ¿verdad?

Y el chocobo, como si entendiese sus intenciones, pió más agudo. Cloud rio entre dientes por la respuesta del animal y no se demoró en darse la vuelta para recoger la bolsa de verdura. Sin embargo, ésta había desaparecido de su lugar.

—¿Pero... qué?

Cloud miró en todas direcciones y, a pocos metros de uno de sus costados, otro chocobo se largaba tranquilamente con el saco en el pico.

—O-oye... ¡Éso no es tuyo! —exclamó antes de intentar salir tras él.

Sólo dio las primeras zancadas hasta darse cuenta de que no merecía la pena seguirle, sabiendo que tenía al otro ya camelado. Cloud, dejando caer los hombros, se dio media vuelta tranquilo, pero lo que no esperó encontrarse con que el otro chocobo también se había largado.

—...

Suspiró con resignación y se sentó en la misma piedra con la mirada al frente. ¿Cómo había podido dejar que ocurriera algo tan... estúpido? Avergonzado, Cloud se frotó la cara con una mano. La verdura gysahl era el único cebo que tenían para atraer chocobos y se habían quedado sin ella. A ver como se lo tomaba Tifa...

Ella apareció poco después, con un puño sobre la frente y jadeando con suavidad; al parecer había hecho un esfuerzo antes de regresar.

—¡Cloud! —le llamó conforme se aproximaba a paso ligero—. He visto un chocobo bajar por una colina muy cerca de aquí. Es posible que...

La actitud pasiva de Cloud hizo que Tifa guardara silencio y se percatara de la ausencia de la lona.

Él se rascó la nuca nervioso y admitió la culpa.

—Lo siento, Tifa —se puso en pie con la cabeza agachada—. Vinieron un par de chocobos y uno se llevó la verdura cuando me despisté.

—¿Qué...? —inquirió con el rostro algo descolocado—. Cloud...

Escuchó el profundo respiro que tomó Tifa.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —continuó ella, bastante apurada.

—Supongo que volver —se encogió de hombros—. Necesitamos más verdura gysahl para atraerlos.

—Qué lata... Aunque lo peor no es eso, sino cómo se lo va a tomar Bill —chistó Tifa y, al notarle tan callado y cabizbajo, corrigió el tono de voz—. Oye, Cloud, no pasa nada. Si yo hubiese llegado antes...

Pero él sólo sacudió la cabeza antes de que Tifa se atribuyera toda la culpa.

—Da igual. Tenemos que atrapar uno sea como sea.

Fue entonces, interrumpiendo la respuesta de Tifa, cuando el lastimero trino de un chocobo hizo que los pájaros que poblaban algunos de los árboles más cercanos se alejaran en bandada. Cloud y Tifa se miraron con preocupación. No hicieron falta palabras y ambos acudieron a la llamada de socorro.

Guiados por el sonido y el reciente conocimiento de Tifa sobre el terreno, no tardaron en divisar al chocobo retorciéndose en mitad de un rocoso desnivel. Una de sus patas se había quedado atascada entre las raíces de un enorme roble y la roca agrietada; el pobre animal no podía más que agitarse en un intento de zafarse de aquella trampa natural.

Cloud aceleró la carrera y, una vez llegado al inicio de la pendiente, se dejó caer con un derrape.

—¡Ten cuidado! —escuchó a sus espaldas—. ¡A tu izquierda hay un monstruo acechando!

Gracias al aviso de Tifa, pudo ver a dicha bestia a unos pocos metros de allí: una especie de lobo oscuro de ojos rojos y dimensiones deformadas. Antes de alcanzar la posición del chocobo, Cloud aprovechó una de las raíces del árbol para frenar la caída y, con la mano firmemente agarrada a la gruesa raíz, se impulsó a la misma vez con los pies en dirección al monstruo. Éste, ante la nueva amenaza, se centró en él, que se acercaba a toda velocidad. La bestia se abalanzó hacia su cuello, movimiento que Cloud predijo con mucha facilidad y que consiguió apartar con un potente puñetazo hacia su garganta. El monstruo salió disparado hacia la derecha y cayó al final del desnivel, acompañado por Cloud, que no le dio tregua alguna. Antes de que pudiera despabilarse, Cloud arremetió con un fuerte pisotón en el cuello, partiéndolo. El monstruo murió al instante.

—¡Cloud! —exclamó Tifa—. Ven, necesito que me eches una mano.

Cuando se giró en la dirección de la llamada, vio a Tifa que trataba de tranquilizar al animal, pero en vano; éste no dejaba de sacudirse en su trampa y ella sola no podía encargarse. Cloud acudió a ella tras ascender con cuidado por la pendiente. Entre los dos consiguieron liberar la pata del chocobo y, gracias al arnés que Tifa le colocó en el pico, pudieron ayudarlo a subir el terraplén.

—¡Lo conseguimos! —celebró ella con una amplia y modesta sonrisa—. Cloud, ¿nos llevaremos este chocobo?

Cloud, echando una mirada hacia atrás, reconoció la bolsa de lona a los pies del mismo árbol.

—Sí, volvamos a la camioneta —le indicó con un gesto.

Tifa condujo al animal gracias a las riendas y Cloud, antes de reunirse con ella, recuperó la verdura gysahl que había quedado algo escondida entre las raíces. No se demoró más y, a paso ligero, la alcanzó.

Una vez llegaron al vehículo, abrieron la puerta del remolque para que el chocobo subiera con mucha más facilidad. Sin embargo, hubo algo que había preocupado a Cloud desde el momento en que lo atraparon y que, justo en ese momento, confirmó cuando el animal tuvo ciertas dificultades para subir.

—Ha estado cojeando un poco hasta aquí —dijo él mientras lanzaba el saco de la verdura en una de las esquinas esquinas más alejadas del remolque.

—Lo sé... —murmuró Tifa, quien había puesto una mano sobre la espalda del chocobo—. Tenemos que llegar cuanto antes.

Ella se subió a la camioneta y, mientras tiraba suavemente del arnés, Cloud ayudó a levantar el peso del chocobo desde el vientre. Todo aquel esfuerzo fue dificultado por el aleteo y las patadas del chocobo en un intento de subir por sus propios medios, pero finalmente lo montaron en el vehículo.

—Ya está —dijo Tifa con un suspiro y dejó caer el trasero sobre la superficie.

Cloud, queriendo comprobar que todo seguía igual, se subió también al remolque. Allí se acuclilló para inspeccionar la pata que había quedado enganchada con anterioridad. En principio no se veía nada raro, excepto porque estaba algo hinchada en comparación a la otra.

—No sé si es grave —confesó Cloud preocupado.

El chocobo decidió que en el remolque se iba a quedar, así que se echó sobre la superficie con las dos patas escondidas bajo el vientre, hecho que impidió que Cloud continuara inspeccionándolo.

—Parece que se ha puesto cómodo —rio Tifa.

—Eso nos ahorra tiempo.

Fue el momento perfecto para premiar al animal con un buen trozo de comida, así que Cloud extendió un brazo para alcanzar la bolsa y cogió una porción de verdura gysahl de la bolsa. Se la dio y, tras responder con contento, el chocobo se la comió en cuestión de segundos. Cloud no se percató, pero aquéllo le había hecho sonreír con ternura. Le acarició la cabeza y, poco después, captó la insistente mirada de Tifa. Había tratado de ignorarla, pero se había vuelto algo incómodo.

—¿Pasa algo...? —preguntó al recuperar su actitud reservada.

Tifa se ruborizó y, sonriente, sacudió la cabeza.

—No, nada —dijo ella—. Es sólo que nunca te había visto tan... alegre. Me hace sentir más tranquila.

Aquéllo sí que hizo que Cloud se retrajera aún más. Con un silencio que se sintió casi eterno, al final pudo romperlo a costa de resultar desagradable.

—Será mejor que regresemos a la granja.

Antes de poder ver la reacción de Tifa, Cloud saltó fuera del remolque y se subió por el lado del conductor.

Poco después puso el vehículo en funcionamiento y regresaron a la carretera a una velocidad moderada. Con la esperanza de que la chica se hubiese amedrentado por su actitud tan distante, Cloud conducía con una muy frágil concentración. No podía evitar pensar en su sonrisa y en ese comentario. ¿Iba con alguna intención oculta?

—Oye, Cloud...

La repentina pronunciación de su nombre le hizo perder el control del vehículo por un segundo, un segundo que a ojos de Tifa fue imperceptible.

—¿Qué? —preguntó con el ceño fruncido mientras evitaba mirar por el retrovisor central.

—¿Zack te ha dicho algo?

Aquéllo lo puso en guardia.

—¿Decirme qué...?

—Oh, nada.

Cloud miró a Tifa confundido, desde el retrovisor.

—No... ¿Qué es?

—De verdad, no es nada —dijo ella cabizbaja y distante.

Llevaba minutos tratando de obviarlo, no obstante no resultaba tan evidente como Barret pretendía hacerle creer.

No se atrevió a insistir al saber que no obtendría respuesta de Tifa. Por mucho que hubiese olvidado sobre ella, en esos momentos también estaba conociéndola, y no por ello le molestaba menos su secretismo.

v.

Llegaron a la granja poco después. Bill les confirmó que el chocobo tenía un pequeño esguince, pero que tenía fácil arreglo con un poco de vendaje, cuidados con materia y reposo por un par de días. Fue un alivio para todos, pues esperaban partir de allí lo antes posible. Aerith, mientras Tifa y Cloud se encargaban de terminar el habitáculo para su chocobo, se dedicó a curarle la pata hinchada; Zack, por otro lado, acompañó a Barret a atrapar al último que les faltaba.

El tiempo no iba mucho a su favor. Sólo tendrían un día para aprender a montar a los chocobos y la ciénaga no era precisamente el lugar más seguro para atravesar con ellos. La presencia de la serpiente era una amenaza que el grupo tenía muy presente, sin embargo, por muy mentalizados que estuviesen, no tenían apenas nada con lo que viajar, excepto sus armas y la materia.

Ese día siguió al siguiente, en el que todos se limitaron al cuidado de los chocobos, pero sobre todo a aprender a montarlos. Era curioso cómo esos animales se adaptaban con tanta facilidad a los humanos. Tifa, Aerith y Barret fueron los que se ofrecieron a manejarlos, así que pasaron gran parte del día paseando con ellos en las inmediaciones de la finca. No era una tarea complicada, pero por ahora era Aerith la que se entendía mucho mejor con el suyo. Mientras tanto, el resto se turnaba para vigilar el horizonte.

Llegó la última noche en la granja. Tras una pequeña tortura en el comedor de Bill, el grupo regresó a sus habitaciones del pabellón. Cloud fue el primero en sentarse en su cama con ayuda de la improvisada lámpara. Seguía cansado, pero esperaba que esa noche cambiase.

Tifa entró poco después al cuarto con la misma expresión. Debido a la luz que desprendía el aparato, Cloud pudo ver cómo ésta estiraba los brazos hacia el techo y luego se giraba hacia él.

—Qué día más agotador —dijo en mitad de un suspiro, justo antes de dejarse caer tumbada en la cama—. Pero mañana lo será mucho más.

Cloud, sin embargo, sólo se limitó a asentir.

—¿Sabes, Cloud? Me gusta el nombre que has elegido —dijo ella—. Creo que le gusta mucho a Choco —y, con una sonrisa suave, se giró un poco en el colchón para mirarle—. Ojalá pudiésemos quedarnos un poco más...

—¿Por qué? —alzó Cloud la mirada.

—Porque te veo feliz aquí —confesó Tifa—. Y no soy la única que lo piensa.

Aquel comentario, por alguna razón, puso a Cloud en alerta... otra vez. ¿Cuántas veces lo había escuchado a lo largo de esos días?

—Siempre he estado bien... —insistió y apartó la mirada.

En ese momento se presentó Zack en el cuarto. Como había ocurrido las dos noches anteriores, Tifa dejaba de hablar cuando Zack estaba cerca. No tanto al revés, pero Cloud notaba esos silencios largos e incómodos que sólo ella era capaz de crear. Era impropio de él, por lo que más chocante era.

—Cloud y yo vamos a dormirnos ya —dijo Tifa sin la misma amabilidad de antes, permaneciendo en la misma posición.

—No esperaba otra cosa, la verdad —le respondió Zack con un poco de resquemor conforme se aproximaba a su cama.

Se echó en ella y se acomodó con los brazos debajo de la cabeza. Tifa después respiró hondo.

Cloud, sin embargo, continuó mirando a sus dos compañeros. No hacía falta ser un genio para notar que la tensión entre ellos había aumentado. En otras circunstancias, Cloud lo habría obviado, pero algo le decía que él era la causa.

—¿Puedo preguntar qué os pasa? —se atrevió a preguntar—. No habéis dejado de ignoraros desde que llegamos a Kalm...

Hecho que achacaba a esa extraña conversación que tuvieron a escondidas.

Pero de ellos sólo recibió un silencio que para nada esperó, sólo miradas cómplices entre ambos. Aquéllo le hizo perder la paciencia. Si había algo que le concernía, necesitaba saberlo. Pero no... No era tan fácil con Tifa y Zack, sus dos supuestos amigos.

Algo que había aprendido desde que despertó del coma era que no soportaba sus propias emociones; éstas surgían sin razón aparente, incapaz de comprenderlas. Por eso, Cloud se levantó de su cama y salió de la habitación en un intento de controlar ese inexplicable enojo, lejos de aquellos que lo crearon. A su salida, escuchó la voz de Tifa llamándole e hizo caso omiso.

Cloud salió del pabellón completamente a oscuras, intuyendo sus pasos mediante la pobre luz nocturna que entraba por las ventanas.

Fuera, se aproximó a la valla de madera, la cual usó para apoyar sus manos. Con la espalda encorvada, Cloud agachó la cabeza hacia el suelo, con los ojos cerrados y su respiración controlada. En el pecho le ardía una extraña sensación de soledad que, de pronto, desapareció ante la primera mención de su nombre.

—¿Cloud?

Se trataba de Zack, al parecer, preocupado. Todos estaban preocupados siempre. Y, como si la nueva presencia hubiese suprimido sus emociones, Cloud permaneció impertérrito. Abrió los ojos y contempló el suelo terroso, sus propias botas... De nuevo en la realidad. Pero no dijo nada todavía.

Detrás de él, escuchó los pasos de su compañero acompañando a una pausa.

—Quieres saberlo, ¿no? —se tomó su tiempo para continuar—. Bueno, sólo no coincidimos en muchas cosas y ella no es que me tenga en alta estima.

Algo que ya había observado Cloud.

—No me tomes por tonto, Zack... —sacudió la cabeza y poco a poco enderezó la espalda—. ¿Qué pasó entre vosotros?

Lentamente, mientras esperaba a que Zack decidiera confesarlo, éste se situó a su lado. Apoyó los brazos extendidos sobre la valla y comenzó a hablar:

—Supongo que habrás notado que nos conocíamos de antes —hizo una pequeña mueca—. Digamos que no hice mi mejor trabajo como SOLDADO y que Tifa sufrió las consecuencias.

—Sí, me dijo que os conocisteis en Nibelheim una vez —corroboró Cloud, no conforme con su vaga descripción de los hechos.

Aún así, tal y como esperó, Zack no continuó hablando sobre ello, así que Cloud no se molestó en obstinarse por una historia más detallada. Por otro lado, Zack terminó conduciendo la conversación por un camino mucho más extraño.

—La historia que nos contaste sobre Sephiroth... —arrastró con suavidad las palabras y después giró la cabeza para observarle—. ¿Estás seguro de que ocurrió así?

Sintiendo la atenta mirada de Zack, Cloud notó cómo sus propios músculos se contraían.

—Sí... —respondió con dureza, aunque luego dudó un momento.

Cloud giró también la cabeza para mirar a su amigo cabizbajo y, el hecho de que se llevara una mano detrás del cuello, le hizo sospechar aún más.

—¿No crees que fue así? —frunció el ceño—. ¿Es que Tifa te ha dicho algo...?

Y entonces cayó en la cuenta. La pregunta que su amiga le hizo cuando se llevaron a Choco... ¿Zack te ha dicho algo? Así que se trataba de eso, más secretos, ya no sólo por parte de Tifa, sino de Zack. Y, para su asombro, no dejó claro si fue así. Sólo permitió que la duda torturase aún más a Cloud. ¿A qué venía ese aura de misterio y el silencio impuesto de repente?

—En verdad esto viene porque estamos preocupados por ti —admitió Zack, después de voltear totalmente su cuerpo hacia él.

Cloud entonces agachó la cabeza y aguantó la pesadez.

Debió haberlo imaginado. No había sido más que otro intento para señalar su supuesto cambio. Ninguno había dejado de hacerlo desde que llegaron a la granja, ninguno había dejado de decirle lo tranquilo que se le notaba, hechos que presionaban su ya más que confundida psique. Seguía sin tener claro quién era ahora y quién fue una vez, no obstante no encontraba nada más que dolorosas comparaciones.

—No hace falta que os preocupéis por mí —sentenció—. Estoy perfectamente.

Algo que le habría gustado que Zack creyese, pero éste respondió sacudiendo la cabeza.

—Cloud... —dijo con desazón—. Sabemos que estás pasando por un momento complicado —comprendió Zack, que trataba de ser más receptivo con él—, pero desde que saliste del coma has estado actuando de modo extraño. Y no sólo eso, sino has empezado a confundir momentos...

—Cállate... —le interrumpió con un tono cortante y silente, sus puños cerrándose con fuerza.

—Cloud, escúchame...

Cloud le dio la espalda a su amigo y aferró ambas manos al borde de la valla.

—Por favor... —le rogó—. Déjame solo.

Detrás de él, escuchó el suspiro resignado de Zack.

—Como quieras... —dijo con un tono apagado.

Poco después las pisadas de Zack se alejaron de él hasta desaparecer y Cloud, lejos de querer admitir la preocupación de sus amigos, terminó ocultando el rostro entre sus brazos.

Por mucho que les hubiese conocido en el pasado o hubiesen sido sus amigos, ya no los sentía como tal. Zack y Tifa reducidos a unos meros personajes de su vida con los que, con cierta dificultad, se compenetraba. No sabía hasta qué punto había cambiado tanto en comparación al pasado, pero de ser así, sólo su amnesia debería justificarlo. Aún de ese modo, Cloud era incapaz de ignorar las advertencias.

¿Cómo iba a admitir su ayuda si apenas sentía un vínculo con ellos?