El corazón de una Cullen
Capítulo X
Alexander
La decepción en sus ojos, al descubrir mi alquimia, vino a comprobar lo que yo más temía y el por qué cada vez me costaba sincerarme con ella en cuanto a mi poder. Cada articulación de mi ser se contrajo pues sabía que lo poco o mucho que había logrado con ella se habían esfumado en cuanto salieron aquellas palabras de su boca. Me pilló en mi propio juego y lo único en lo que pensaba era en cómo quizá había perdido su confianza, al creerme el ser más egoísta que jamás conoció.
La sorpresa manifestada en su adorable rostro, ahora transformado por la ira o el odio, me indicaron que debía hablar si no quería perder toda credibilidad con ella. No obstante, algo dentro de mí me gritaba que ya era tarde, y era lo mismo que me mantenía callado a pesar de que los demás miraban absortos la escena, como si tuvieran el maldito derecho de transgredir aquella intimidad entre ella y yo.
Los detesté por estar presenciando aquello. La ponzoña, lo más parecido a una bilis, me subió por la garganta hasta dejarme un amargo y lacerante sabor de boca que me orillaron a querer alejarme de ahí. Pero no pude. No cuando tenía sus bellos e inusuales ojos color azul zafiro que me escrutaban, exigiéndome una explicación.
Pese a que la desorientación imperaba en todo su ser, porque era obvio que adquirió la habilidad de Eleazar de detectar dones en otros vampiros, parecía más concentrada en mí y ello me dolió de formas que no creí que fueran posible. Era un ser tan noble, que aún en los momentos menos indicados para sí misma, en quien menos pensaba era en ella; no pude adorarla más por ello y al mismo tiempo maldecirme.
Le importaba y aunque yo correspondía incluso mucho más que ella a aquel sentimiento, mi ingratitud me trajo a este momento, a hacer lo que había estado tratando de evitar todo aquel tiempo; lastimarla.
-Así es –solté rendido quizá sin dejar pasar no más que unos cuantos segundos luego de su acusación afirmación-. No quería evidenciarlo para mantenerlos a salvo y a mí, y para pillar de sorpresa a los Volturi en caso de ser necesario.
Me jugué lo último que tenía al ser concreto y decir la verdad a medias. Aunque la mayoría pareció tragarse aquello sin que les supusiera un gran problema, pues a ellos lo único que les movía era el morbo, vi en la expresión de Gabriela tantos sentimientos que aunque regularmente me resultaba un libro abierto, en aquel momento no pude descifrar gran parte de su pesar y sentir.
-Eso pone las cosas en perspectiva –soltó ella aparentando estar más relajada, sin embargo, sabía que en mi última jugada me había arriesgado y perdido de la peor y más fatal manera.
…
-¿Por qué no le dijiste nada cuando tuviste la oportunidad? –Eleazar, de brazos cruzados, parecía que era el único de los Denali que no me juzgaba por mi comportamiento.
Él había descubierto mi don hacia mucho y por ende era quien más entendía de la situación. Por ello ambos nos encontrábamos charlando en la parte trasera de la casa, tratando de darle sentido a lo ocurrido las últimas horas.
-Quise hacerlo en el lago luego de que tuvo sus primeros avances con Benjamín, pero me acobardé. Verla tan dedicada y preocupada por mejorar me hicieron huir.
-Y de manera literal –prosiguió él-. Digo, en eso hasta se parecen; ella se fue por días a aclarar sus ideas luego de que la besaste, y tú corriste de su lado nada más te acobardaste por sincerarte con ella –sonrió-. El amor ¿qué sería de nosotros sin ello?
Quería apagarme en aquel momento, pues mi mente, un cúmulo de pensamientos y emociones vibrantes, me atormentaban con todo lo que pudo haber sido de haber hecho las cosas distintas.
Ello me llevó a recordar los primeros días cuando la conocí. Luego de presentarse como miembro de los Cullen, al inicio fue la duda y mi curiosidad por su enigmática y retraída personalidad lo que me habían llevado a prestarle atención. Edward nunca me habló de ella y suponía todo un misterio digno de develar en vista de que me consideraba –o así lo creía- uno de sus amigos más allegados.
Sin embargo, aquella curiosidad se fue borrando por el interés real casi de manera imperceptible, pues conforme pasó el tiempo me descubrí viéndola de más y disfrutando de cada detalle en sus manías, que resquebrajaban un poco aquella coraza que llevaba encima por mantenerse ajena a cualquiera que no fuera un Cullen.
El saberla persistente en mis pensamientos, repasando cada hábito suyo, me permitieron pasar largas noches tratando de descubrir qué era lo que la mantenía melancólica. Por ello cuando se empezaron a dar los primeros acercamientos, era más lo que deseaba saber de ella, a fin de desmenuzar su alma, y todo lo que representaba ella.
Aquel primer beso, memorable para la eternidad, fue lo más glorioso que jamás sentí en mis labios pese a mis años y años de buena vida. Sentirla cerca, dudosa al inicio, me incitaron a no parar. Cuando me correspondió, me sentí el ser más poderoso del planeta, algo que no se borró ni cuando reaccionó y se separó de mí para verme consternada y un tanto avergonzada.
Desde entonces no hubo un momento en que no pensara en su cercanía y en aquellos labios que me arrancaban horas de pensamientos. Un primer beso que aunque memorable por ser el primero, no opacó el segundo aquel día que aceptó acompañarme a Seattle.
Sin embargo, del primero al segundo ya habían pasado muchas cosas. Y es que, cuando develó su poder, supe que aunque el temor era algo que regía gran parte de su vida, su desconfianza a no ser de utilidad fue lo que realmente la orilló a guardarse para sí aquel íntimo secreto que sacrificó por el amor incondicional que le tenía a su familia.
Ahí tuve mi primer llamado interno, pues conocedor de aquel sentimiento sobre mi poder, entendía que yo, a diferencia de ella, sí me estaba guardando mi poder a fin de no figurar ante los Volturi por la fama y el gusto que tenían hacia seres únicos. Sabía que ocultarlo no estaba bien, no cuando ante nosotros Gabriela se había sincerado.
Lo mínimo que merecía era sinceridad mía y conforme pasó el tiempo me fue cada vez más imposible, al verla trabajar arduamente día a día por ser de más utilidad. Cada que la veía frustrada, o arrugar su precioso ceño –lo cual la hacían ver aún más angelical y perfecta- adquiría conciencia de lo egoísta que estaba siendo.
Cuando tuvo su primer avance significativo, entendí que estaba ya en un punto de donde no habría retorno, pues el tiempo se agotaba y las oportunidades habían pasado ya. Algo que afectó mi forma de estar con ella pues cuando me besó, algo que deseaba hasta la locura, mi razón pudo más contra el monstruo de la mentira al frenar aquellos sentimientos de los que no me hacía digno.
Necesitaba estar con ella, pero entendía que si no era capaz de ser honesto no podría ni siquiera pensarla por el simple hecho de no ser digno de una pisca de su maravilloso ser.
-¿Sí sabes que evitarla no hará más que empeorar todo, verdad? –Eleazar interrumpió mis pensamientos-. Sé que lo haces por no dañarla más, pero, amigo mío, ese barco ya zarpó hace mucho. Le importas.
-No después de esto.
-Especialmente después de esto se comprueba. Le dueles, por eso su reacción –me quedé pensando en la reacción de Gabriela luego de mi confesión. Volvía a ser la de antes conmigo, cerrada, retraída, alejada de todo-. Habla con ella. Sincérate con ella.
-Ya lo hice.
-No, solo dijiste una verdad a medias.
-Sí, porque si le hubiera dicho que por egoísmo no dije nada, seguro todo habría ido mejor ¿no?
-Al inicio fue así, Alexander. No después. Dile la verdad o cualquier oportunidad de un futuro se perderá por siempre.
…
Mucho antes de siquiera verla o escucharla, su delicioso y dulce aroma me llegó con la ráfaga del viento que se filtró entre los árboles. Me encontraba buscando leña para la casa cuando supe que ella se encontraba cerca.
Los últimos días dibujaba más de lo usual, por ello no me sorprendió encontrarla a distancia, sentada en unos troncos, con carboncillo y cuaderno en mano; se entretenía viendo a Bella entrenar con los demás, por lo que, disfrutando de aquel momento propio, me quedé ahí, observándola sin dejar de pensar en las posibilidades a futuro.
Hubiera sido fácil acercarme. Podría haber iniciado desde el comienzo, con pequeñas y casuales charlas. Era un mundo de alternativas que se vieron reducidas a nada cuando Vladimir, uno de los rumanos, se le acercó tomándose confianzas de más como para solo llegar a hablarle.
Apreté de más la leña que llevaba en brazos, ocasionando que se pulverizara, al ver la tranquilidad con que se enfrascaron en una charla en torno a los Volturi, algo que parecía tenían en común. Pese a que era obvio el desconcierto de Gabriela por el interés del rumano, por vez primera en mi vida sentí en verdad celos.
No acostumbrado a aquella sensación, que me carcomía lenta y profundamente, siseé casi por lo bajo cuando vi que Vladimir develó sin tapujos parte de sus intenciones con ella. Algo dentro de mí me noqueó, tan fuerte que me dejó congelado ahí mismo por momentos, que no hice más que alejarme de ahí a toda prisa a fin de no cometer ninguna estupidez que arruinara más las cosas con ella.
-Sé lo que se siente –Edward se encontraba ya a mi lado.
Era tanto mi enojo, que no lo había escuchado venir.
Hasta donde sabía, bien pudo haberme visto en aquel lugar y seguido cuando emprendí carrera hacia el lago, uno de los lugares preferidos de ella y que por cierto ya no frecuentaba tanto, quizá con el afán de no encontrarse a solas conmigo.
-Es nuevo –admití-. No creí que el sentimiento fuera así de fuerte.
-Somos vampiros, hermano. Todo es más intenso. Es bueno que lo dejes salir.
-No veo cómo sin arrancarle la cabeza al cabrón de Vladimir. Ni siquiera le interesó al inicio.
-Ciertamente no como ahora –convino-, pero Gabriela es una chica guapa. Si escucharas tan solo un poco de lo que yo al inicio cuando varios de aquí la conocieron… -apreté los puños-. Creo que lo estoy empeorando, perdona.
Bajó la mirada avergonzado.
-¿Cómo lo sobrellevaste con Jacob? –Pregunté, al recordar la tórrida historia que había tenido con Bella y la intervención de Jacob cuando éste la dejó.
-Con infinita paciencia, resignación y la certeza de que ella me ama pese a todo lo que era y soy.
-¿Resignación?
-Ella siempre tendrá un lazo con él que yo no podré jamás entender.
-Qué compresivo.
-No creas. Al inicio no fue así. Hubo mucho caos, pero me obligué a ser digno para ella, lo demás se dio.
-Eso fue fácil porque ella te amó desde el inicio –Edward rio.
-Me supo bloquear bien, y ahora con el don adquirido de Bella es imposible leerle la mente, pero créeme cuando te digo que a Gabriela le importas mucho más de lo que aparenta y tú mismo crees. Nunca la vi así por nadie, toda su actitud grita que le importas.
-Eleazar piensa lo mismo.
-Entonces escúchalo y habla con ella. No te voy a mentir cuando te digo que será difícil. Gabriela ha pasado por mucho dolor en su vida; el haber despertado por vez primera contigo le han significado un sinfín de cosas nuevas que no sabe cómo sobrellevar sin que lo compare con el pasado. En el fondo no se cree digna de nada de esto.
-El que no es digno de ella soy yo.
-No seas tan duro contigo mismo. Sé paciente, y sobre todo demuéstrale que estarás ahí para ella, aún si ello significa solo estar para apoyarla como amigo –lo miré horrorizado-. Lo sé, pero al final te darás cuenta, si es que no lo sabes ya, que si de verdad sientes algo por ella, lo único que te importará será su bienestar, aun si ese bienestar significa no estar a tu lado como quieres.
…
-A todo esto, ¿exactamente qué es lo que haces Alexander?
Zafrina había soltado la pregunta que había estado evitando desde que Gabriela me descubriera, sin embargo, de cara a todos ahí, en aquella fogata en la que nos habíamos reunido para hablar sobre lo que nos deparaba con los Volturi, no pude más que maldecir en mis adentros pues aquello solo era algo que deseaba contestarle a la chica de ojos azules zafiro de quien me había ganado por vez primera –luego de varios días de desdén- una mirada directa e interesada.
-Transmuto los elementos a voluntad, aunque es más difícil de lo que parece –solté rendido sin quererlo hablar realmente.
-Suena más complicado de lo que se escucha –Zafrina sonrió.
-En teoría puedo hacer y deshacer la materia a mi antojo. Soy capaz de percibir los elementos de los que están hechos las cosas. Es fácil y al mismo tiempo complicado destruir, pero más aún crear.
-¿Dices entonces que eres capaz de desintegrarnos si así lo quisieras? –Benjamín hizo la segunda pregunta que siempre evitaba cuando hablaba de mi poder.
Todos se quedaron callados.
Sonaba fácil mi poder en esencia, no obstante, ninguno dimensionada en realidad lo que podía hacer y no hacer.
Por ello, cuando me dispuse a confesarles parte de mis limitaciones, no evité mirar a Gabriela quien –perdida en sus pensamientos- ya se había puesto de pie para alejarse lentamente de la fogata sin darme oportunidad de explicar a profundidad nada.
La más de veintena de ojos exigían mi explicación, yo, más concentrado en Gabriela, no hice más que mandar todo al diablo y ponerme de pie para seguirla. Algo en su mirada me aterró, y lo único que deseaba era contarle todo.
…
El tiempo se había agotado, si las cuentas no fallaban, la llegada de los Volturi se haría a final de semana y era algo que mantuvo a más de alguno nervioso, por cómo es que las cosas se fueron dando.
Luego de la fogata, en donde me fui para tratar de darle alcance a Gabriela sin mucho éxito, todos adquirieron una actitud más a la defensiva pues cada vez era más común ver a uno u otro entrenando.
Si bien Bella se había enclaustrado en solitario con Zafrina en sus entrenamientos, en especial fuera de la vista de Edward, al menos ella continuaba con lo suyo, algo totalmente diferente con Gabriela quien, desde el día de la fogata, pareció desentenderse de sus entrenamientos, pues era más el tiempo que pasaba en solitario, lejos de la casa y ocultándose de todos.
Lo único para lo que aparecía era para entrenar con los demás, como en aquel momento se encontraba, escuchando indicaciones de Emmett y Garret, quienes eran los que daban una demostración.
Verla atrás de la casa, con los demás, significó una sorpresa para mí en vista de que los últimos dos días no la habíamos visto, por ello, no evité acercarme para observarla mejor.
-Te vi más combativa cuando te enfrentaste con Vladimir –escuché decir al nómada.
-Eso es porque estaba enojada, además ¿quién no estaría más combativo con Vladimir? –Siguió Emmett soltando una carcajada.
La conversación continuó, pero mis ojos no se despegaron en ningún momento de Gabriela, quien parecía también participativa en aquella actividad. Lo único que deseaba era tener un momento en privado con ella y nada más, mi última oportunidad de explicarme, solo que no me lo dejaba fácil por la forma en que sabía evitarme a la perfección.
Por ello, y viendo mi oportunidad, no dudé en acercarme a con los demás nada más se planteó la posibilidad de una pelea con ella.
-Yo puedo hacerlo. Recién he ido a cazar y de todos creo que es el que está más regenerado para combatir con Gabriela.
Ella, no esperando quizá mi presencia, abrió de más lo ojos pero rápidamente se obligó a componer su faceta seria. Sonreí en mi interior pues quizá podría tener una oportunidad de salvar lo que sea que inició hace meses.
…
Resoplé con un adormecimiento en las costillas que no sabía que podía sentir. Había sido lanzado varias decenas de metros tantas veces, que aquella última vez, no hice más que quedarme tumbado de bruces por el shock de sentir aquello.
Era la primera vez en un siglo de vida que adquiría en verdad una noción de que con una fuerza igual o superior a la mía, podría en verdad ser destruido. Algo que pasó por mi mente fugaz en vista de los gritos y burlas que se escuchaban a mi espalda.
-¡Pero si le ha dado tremenda paliza! –Bramó Emmett divertido.
-Digo que deberíamos de intentar el ejercicio de nuevo, pero ahora que sean dos contra Gabriela –repuso Garret.
No presté atención pues me giré para ver qué tanto me había alejado de la casa. No la veía, solo un par de árboles semi destruidos. Sonreí por cómo resultó la situación en la que yo mismo me había metido en un afán de llamar su atención.
Si bien podía sentir que me repelía, me sorprendió la forma en que se metió de lleno al ejercicio, haciendo de lado su nerviosismo o repudio hacia mi persona. Sin duda eran momentos que se atesorarían pues ello me permitía conocerla más y verificar que independientemente de su pensar, estaba más concentrada en aquello que representaría una ventaja para lo que se nos venía.
-¿Es posible noquear a un vampiro? –Preguntó una de las amazonas sin identificar muy bien quién fue.
-Vaya tunda que le dio –siguió Jacob-, ¿habrá quedado dañado?
Todos hablaban a distancia, pero nadie se había preocupado por acercarse. Era más el morbo y la impresión por lo que hizo Gabriela.
-Está bien, hasta acá lo escucho –Edward respondió-. Creo que fue más el impacto de la verdadera fuerza de Gabriela lo que lo dejó noqueado en reacción.
Más risas de los demás.
-¿Te encuentras bien? –Gabriela se encontraba ya en la zona, arriba de un árbol y observando dudosa mi bienestar.
Sonreí casi sin pensarlo por cómo pese a todo, preocupada había acudido a ver si no me había hecho en verdad daño.
-Podría estar mejor –solté poniéndome de pie.
Ella siguió en aquel árbol, meditabunda y sin quitarme la mirada de encima.
-Estoy bien. Debo admitir que este último lanzamiento me dejó un ligero entumecimiento en el abdomen, pero fue pasajero.
-Bien.
Se giró dispuesta a marcharse.
-Creo que deberías comenzar a preparar tu súper mezcla y comenzarla a repartir entre los demás. Faltan días, pero creo que entre mejor alimentados nos encontremos, más fácil será adoptarla en el sistema.
-Por eso me aparecí hoy –soltó casi para sí-. Creo que no podemos dejar pasar más días, y por eso hace un par de horas me enfrasqué a crear la suficiente para llenar las bolsas que Carlisle tenía refrigeradas en su consultorio.
-¿Qué tanta tienes pensada crear?
-Hasta que todos queden saciados a reventar. De hecho Carlisle y Esme fueron a conseguir todos los contenedores posibles, varias docenas de vampiros, será necesario mucho equipo.
-¿Ya la comenzaron a repartir?
Pese a que estaba intrigado, lo cierto era que estaba haciendo plática al azar para mantenerla cerca lo más posible.
Me descubrí adicto a su presencia.
-No aún. Quizá comenzaremos hoy, queremos probar primero qué tal funciona la mezcla que hago de sangre de animal. En teoría debería tener el mismo efecto que cuando replico la humana, sin embargo, es algo que no me he dedicado a descubrir.
-¿Entonces jamás adquiriste el régimen de Carlisle?
La vi dudar.
-Desde que me convertí y por casi un siglo ininterrumpido lo hice –se giró, ahí aproveché para saltar del otro lado del árbol para estar más cerca a la espera de que no se alejara.
La vi removerse incómoda, pero no se alejó.
-Pasé gran parte de mi vida alejada de Carlisle y aun así traté siempre de seguir su régimen, sin embargo, ciertos hábitos no se olvidan y ello lo corroboré con el vampiro que me dio sin quererlo la habilidad de replicar la sangre, algo que continuó con los Volturi y se mantuvo aún después de mi exilio, lo cual pude sobrellevar gracias a mi habilidad. Desde entonces, no le vi sentido alimentarme de sangre animal, cuando podía hacerlo con lo que en verdad deseaba y sin dañar a nadie.
-El que hagas réplica de la sangre animal supongo que es para no quebrantar el rigor que el resto de los Cullen y los Denali ya llevan desde hace mucho ¿no?
-La adicción es terrible, y yo mejor que nadie lo sabe. Desde que probé de nuevo sangre humana hace más de un siglo no pude parar, lo cual me valió muchas complicaciones por mi incapacidad para controlarme. No lo puedo hacer.
Tenerla tan cerca después de semanas de alejamiento, me provocaron mil cosas que tuve que reprimir por temor a alejarla. Se veía tan hermosa.
-¡¿Se quedarán allá platicando?! –Se escuchó la voz de Emmett a distancia-. Al menos inviten o aléjense para no tener que estar escuchándolos…
Las risas de los demás provocaron que ella sonriera. Me lanzó una mirada que me paralizó por completo y saltó para aterrizar grácilmente en el piso. Comenzó a caminar de manera tranquila rumbo a la espesura del bosque, del lado contrario de la casona.
Me bajé sin pensarlo y la alcancé. Me vio de reojo, pero no dijo nada. Con manos en los bolsillos y mirada al frente, parecía dispuesta a alejarse lo más posible del lugar; por la dirección, supe que se dirigía a aquel lago donde solía pasar el tiempo en solitario.
…
-¿Qué tan difícil te resulta usar tu poder? –Llevábamos varios minutos en silencio, sentados a las alturas, viendo el hermoso día que pegaba de lleno al lago, el cual no tardaría a comenzar a congelarse por la temperatura.
-Es saber exactamente de qué están compuestas las cosas y saber qué hacer con ellas.
-Algo que no te resulta complicado porque hasta donde entiendo eres buen químico ¿no? –La miré sorprendido-. Hablé con Edward hace días.
-Sé de qué está hecha la materia, pero es mucho el esfuerzo y la energía que se debe emplear para manipularla. Para fines prácticos es más fácil poder crear de la tierra y el ambiente armas u objetos.
-Como proyectiles.
-Armas punzo cortantes y demás.
-Pero dices que te cuesta más crear que destruir.
-Crear para volver, es decir, en el aspecto de regresar a su estado original lo que creé. Podré hacer un arma de elementos de la tierra y ambiente, pero no podré disolver la materia que creé para regresar lo que tomé a su lugar. Benjamín el otro día dijo que prácticamente podría desintegrar a cualquiera y es cierto, pero me cuesta mucho trabajo. Imagina que trato de deshacer lo que destruí…
-¿Podrías desintegrar vampiros? Ya sabes, en caso de que fuera necesario.
-Sí, pero me costaría demasiado. Me consume mucha energía y se corre el riesgo de que en el momento no pueda identificar unos de otros –me miró sorprendida-. Digamos que hay batalla, si ataco a los Volturi y no me mata el uso de tanta energía, podría salirme de control y arrasar con todo por igual.
-Y es un riesgo demasiado grande –lo dijo como si recién hubiera entendido algo.
-Me resulta más fácil si me acercara y desintegrara partes, pero ciertamente es algo que quisiera guardar para el final por si no quedaran muchas alternativas. Porque al final sigue siendo pérdida de energía aunque ello suene imposible para ser vampiros.
Asintió pensativa.
-¿Puedes entonces manipular el agua, el aire, el fuego, la tierra?
-Puedo alterar parte de su contenido y reorientarlo, sí. Sin embargo, es más crear dependiendo lo que tome de cada cual. Puedo crear fuego, pero no lo puedo controlar, es muy volátil y con tantos elementos en el aire, es algo que se me podría salir de las manos. Supongo que algún día podría hacerlo, pero a un siglo de entrenar, entiendo que depende de mucho control, fuerza, dominio y sobre todo conocimiento.
-Ya veo.
Se quedó observando el panorama sin decir nada más. Algo que me dejó postrado sin perderla de vista, pues la duda me carcomía por saber qué era lo que pesaba debajo de aquel semblante aparentemente tranquilo.
-No creí que fuera posible, pero en verdad extrañaré este lugar.
-Lo dices como si no fueras a volver.
-Si queremos tener oportunidades, deberemos prepararnos con todo lo que sea posible. Me encargaré de crear las mezclas y ayudar en todo lo que sea posible.
Me observó. En su mirada vi tantas preguntas que sabía no haría, que no pude más que desesperarme pues estaba consciente que el tiempo con ella se estaba acabando.
-Deberíamos regresar…
-Lo siento –hablamos al mismo tiempo. Me puse de pie para quedar frente a ella- Sé que las últimas semanas han estado extrañas, pero no quiero que te vayas con una idea errónea de lo que pasa.
-Alexander, no te preocupes –me sonrió, pero su mirada triste me dijo que aquel gesto no era sincero-. Lo has explicado bastante bien, tú conoces los límites de tu poder.
-No me estás entendiendo, Gabriela –me miró consternada-. Lo del beso, el último, no quise actuar así.
-No tienes por qué explicarlo, no te preocupes –sonrió de nuevo solo que de manera más sincera-. Creo que podemos aplicar lo del primero; quise hacerlo, y si te incomodó solo es cuestión de dejarlo en el pasado y hacer como que nunca pasó.
-No quiero eso.
Dicho aquello, tomé su rostro y me acerqué con toda la intención de besarla. Pese a que el desconcierto apareció de nuevo en su angelical rostro, una vez que le dije que no deseaba que nada se quedara olvidado, no pude más que sonreír al ver que no se alejó cuando mis labios tocaron los suyos.
Con determinación y la necesidad que tenía de su cercanía, torné el beso casi desesperado. Cuando su exquisita lengua tocó la mía supe que aquello lo deseaba tanto como yo.
Transgredí los límites y mis manos bajaron por su espalda hasta llegar a su cintura para hacer aún más íntimo el gesto. Gabriela, no esperando aquello de mi parte, no hizo más que seguirme el juego pues casi de inmediato postró sus dedos en mi nuca en un intento por acércame más a ella.
Después de un tiempo que se me antojó eterno nos miramos, aún abrazados. Nuestras respiraciones estaban aceleradas, fruto de la excitación, algo que me valió de nuevo pensar en un mundo de posibilidades a su lado. Deseaba con todo mi ser desentrañar todos sus secretos y formar parte de su ser.
Lentamente deslizó sus manos hacia mis hombros y luego mi pecho, solo para bajar el cierre de la chaqueta que llevaba puesta y después sacármela.
Sentí un estremecimiento suyo cuando mis dedos acariciaron la piel desnuda de su espalda por debajo de la ropa. Sus manos, recorriendo mi abdomen en su afán por quitarme la camisa, se sintieron exquisitas, por lo que la urgencia se transformó en un deseo desenfrenado que me vi obligado a callar tras besarla de nuevo.
Tenerla en mis brazos se sintió divino, por lo que sosegando un poco aquel frenesí del que ya los dos éramos víctimas, aminoré la danza de nuestros labios solo para disfrutar lo más posible de aquel fragmento de paraíso que me sabía a gloria.
…
Era de noche ya. La luna llena sobre nosotros iluminaba de manera perfecta el claro, así como el lago más abajo que desprendía un reflejo exacto del firmamento en las alturas.
Lo único que se escuchaba eran nuestras respiraciones acompasadas, así como la naturaleza a nuestro alrededor. El momento era ideal, por lo que ninguno de los dos nos atrevimos a romper aquello que había iniciado hacía horas.
Recostados en la hierba, disfrutando del panorama, cada quien se encontraba con sus meditaciones. Aun con lo hermoso del lugar, yo me sentía el ser más afortunado del planeta al sentirla en mis brazos. Habíamos acabado no hacía mucho, pues dejándonos llevar por el momento nos habíamos disfrutado varias veces sin descanso. Ahora, ella descansaba en mi pecho, al tiempo en que una de mis manos acariciaba lentamente su espalda desnuda.
-Será mejor que regresemos.
Rompió el silencio con voz un tanto distante. Se removió lentamente hasta sentarse; la melena enmarañada y su perfecta piel desnuda brillando bajo la luna me hicieron desearla aún más.
-¿Es necesario ahora? Quizá la mayoría ha de andar en sus cosas. La noche es cuando más aprovechan para tener tiempo para sí mismos –solté mi última carta con la esperanza de postergar aquello aún más.
-Carlisle ya ha de estar de regreso, y le prometí que seguiríamos por la noche creando más mezcla.
Si bien sus palabras salieron tranquilas, lo distante de las mismas me indicó que en definitiva el momento que habíamos tenido aquella tarde terminó. Algo que quedó claro cuando se puso de pie y de inmediato comenzó a cambiarse. La secundé, sin embargo, me interpuse en su camino para hablarle; lo último que deseaba era que se llevara una impresión errónea.
-Gabriela…
-Habrá tiempo de hablar con suerte después de que toda esta locura acabe –me soltó rehuyendo mi mirada-. Ahora será mejor que vayamos y les cuentes a los demás de tu poder y los alcances.
-¿Cómo? –Me abrumó su cambio de ánimo tan abrupto.
-Esto que me explicaste en la tarde; será necesario que lo detalles a más de alguno, nos servirá estar coordinados en caso de que haya batalla.
En esta ocasión me sonrió a medias. Asentí, apretando la mandíbula, y sin perder más tiempo ambos comenzamos a caminar de regreso a la casa.
