Hola! ¡Sorpresa! Capítulo 10 mañanero! Espero que lo disfrutéis...cómo véis...el asunto se va animando... Peeero me temo que vamos a tener que esperar hasta después de vacaciones para ver qué pasa después porque me voy de viaje y no creo que pueda actualizar...al menos, antes del viernes...
De todas formas, me encantará leer lo que tengáis que decirme durante la semana! Espero que os guste este capítulo! Happy Easter!
Capítulo 10. El incidente
Con todo el lío de preparar la maleta de Henry y la llegada de Robin el domingo, Regina no tuvo tiempo de meditar demasiado sobre nuevos pensamientos que le habían venido a la cabeza. Tenía suficiente con el malestar y la conmoción que le producía volver a ver a su exmarido. Además, separarse de su hijo no le hacía mucha gracia. Pero ni podía, ni quería ir con ellos. Siempre serían una familia, pero ya no eran un matrimonio, y era mejor que Henry se fuera acostumbrando a la nueva situación. Aunque Regina pensaba que lo estaba llevando muy bien. A veces le sorprendía lo maduro que era su hijo para su edad. Sorprendentemente para ella, volver a ver al hombre con el que había compartido los últimos diez años no le causó tanto pesar como esperaba. Sí se lo causó, por el contrario, el hecho de saber que ambos compartirían unos días juntos sin ella. Era la primera vez que ponían en práctica la custodia compartida.
El lunes llegó pronto a trabajar. Como ya era costumbre, subió por las escaleras en vez de por el ascensor pasando por todas las plantas sin detenerse antes de llegar a su despacho, que estaba en la última. Le sorprendió no ver la puerta de Emma abierta, como de costumbre, normalmente solía llegar antes que ella. Habría tenido un fin de semana intenso, pensó. Aunque no le quiso dar más importancia de la cuenta. Desafortunadamente para ella, no lo consiguió. A media mañana cuando bajó a tomar café, tampoco la vio con sus compañeros. Más tarde averiguo por medio de Graham que Emma no iría ese día a trabajar, ni ese día ni probablemente los siguientes.
- ¿Pero está bien? – Sonó más preocupada de lo que le hubiera gustado mostrar. Aunque con Graham tenía bastante confianza. Éste asintió con la cabeza.
- Solo ha sido un esguince. Aun así, se lo han escayolado por precaución. No puede permitirse que se le cure mal.
- Entiendo. – Frunció los labios.
No quiso perder más tiempo del necesario en hablar de Emma. Simplemente se había hecho un esguince, estaba bien, y eso era lo que a ella, como directora del museo y jefa suya, le interesaba. Nada más. Intentó convencerse de esa idea durante aproximadamente todo el día. Sin embargo, no pudo evitar que Emma interrumpiera en su mente una y otra vez a lo largo del día. Pero, por qué no podía dejar de pensar en ella, pensó. Aquello era absurdo, no había nada de malo en hacerle una visita y comprobar en persona qué tal estaba. Acabó pensando. No, no era adecuado. Pensaba de nuevo. ¿Por qué no? Al fin y al cabo...eran ¿amigas? No, amigas no. ¿Conocidas? Sí, conocidas mejor. Habían cenado dos veces juntas y sus familias eran muy cercanas. Sí, eran conocidas. Y en cierta medida había un vínculo que las unía. Era normal que estuviera un poco preocupada por ella.
No lo pensó demasiado cuando salió del museo y se subió a su coche. La decisión estaba tomada. Era algo totalmente normal, no estaba fuera de lugar. Si le daba más vueltas no iría y no podría dejar de pensar en ello. Inspiró hondo cuando aparcó en su puerta. Las luces estaban encendidas. Así que Emma estaba en casa. La verja estaba ligeramente abierta así que llamó directamente al timbre de la puerta principal. Carraspeó. La puerta no tardó en abrirse.
- Regina. – Dijo Emma sorprendida.
Al otro lado apareció Emma. Tenía el pelo suelto y llevaba puestos unos pantalones negros bastante anchos y una camiseta de tirantes blanca. Los pantalones estaban remetidos por los bordes de la escayola. Los ojos de Regina se detuvieron allí por un segundo. Después volvió a mirarla a la cara. Le sonreía. Y no le parecía que tuviera mal aspecto.
- Pasaba a ver cómo estabas. – Dijo por fin.- Me dijeron...- señaló a su escayola. Ambas miraron en esa dirección.
- Sí, he tenido mala suerte. – Contestó Emma invitándola a pasar y cerrando la puerta tras ella. – Pasa. Suelta las cosas por ahí. Estaba intentando preparar la cena.
Regina se percató por un momento de que su casa tenía los espacios más abiertos que la de su padre. Y los colores eran más...suaves. Tenía todas las luces encendidas y hacía una temperatura ideal. AL contrario que en la calle que hacía un frío de perros. Soltó sus cosas en el sofá del salón y se dirigió a la cocina que también estaba ligeramente abierta a éste. Había una gran isleta en el centro del espacio rodeada por algunos taburetes. Regina se sentó sobre uno al otro lado de donde Emma estaba.
- ¿Y qué preparabas? – Comenzó para intentar romper el nudo que se había creado en su garganta.
- No sabía qué decir. Todo le parecía de repente una tontería. Y haber ido allí...bueno en esos momentos su cerebro estaba demasiado eufórico intentando concentrarse en aquella situación como para pensar en la idiotez que había sido ir hasta allí.
- Lo estaba pensando. ¿Una copa de vino? – Respondió una pensativa Emma.
Regina asintió y esta se trasladó a la pata coja hasta la nevera que estaba a su izquierda. Después dejó la botella sobre la isleta y sacó dos copas de debajo de ella. Sí, la isleta tenía puertas alrededor. Muy práctico, pensó Regina.
- ¿Por qué será que no me sorprende? – Estaba simpática...pensó Emma que la miró fijamente con una sonrisa picarona asomando por la comisura de sus labios.
- Puedes prepararme tú algo, ya que parece que cocinas tan bien. – Dijo Emma girando su cuello hacia un lado sin apartar sus ojos de los de Regina.
Ésta apartó el contacto visual y bebió un sorbo de vino. Carraspeó. No, estaba nerviosa, pensó Emma. De repente vio un sinfín de posibilidades abiertas. Su mente trabajó a mil por hora. Lo había sospechado, pero ahora sabía que ponía nerviosa a Regina Mills. Sí, ahora lo sabía. Y además se preocupaba por ella, aunque no lo reconociera. Lo había confirmado cuando la había visto en su puerta. Sí, no eran imaginaciones suyas...y a decir verdad...aquello le gustaba. Era cierto que Regina no era su tipo, ella nunca podría estar con una mujer como ella...tan...tan superficial...pero en realidad no le parecía que fuese tan superficial ¿o sí? También era muy fría, aunque en realidad creía que todo era una barrera, quién sabía...Regina Mills era un enigma para ella. Aunque no podía negar que su cuerpo la atraía demasiado. En otras circunstancias...era una mujer preciosa. Y debía sentirse así, porque esos vestidos y trajes de infarto que llevaba siempre...no todo el mundo iba así por la vida normalmente. Sí, aquella morena que había aparecido de la nada en su vida componía para ella todo un enigma. Un enigma que no le importaría descifrar. Pero no podía. No era correcto. Era su jefa y además cercana a la familia. Además no era su tipo. Se recordó mentalmente. Además no era como las demás, tenía un hijo y...bueno estaba segura de que un poco ¿frígida?...no, eso no, había algo en su mirada, había algo detrás de aquella...frialdad impenetrable. Pero de igual modo no podía. Apartó aquellas ideas de sus pensamientos y se reprendió mentalmente.
- ¿Me está pidiendo que le prepare algo de comer, señorita Swan? – Señorita Swan...empezaba a pensar que podría acostumbrarse. Quizás no estaba mal coquetear un poco.
- Puede. – dijo alzando su copa y bebiendo otro sorbo de vino. – No en realidad no estaría bien. – Anna y Killian se acaban de ir. Han venido a ver cómo estaba...- Dijo poniendo los ojos en blanco cómicamente. Regina no pudo evitar componer una ligera sonrisa. - Tienes una sonrisa muy bonita. Deberías sonreír más a menudo. – Dijo Emma apoyándose sobre la isleta con sus codos sin dejar de mirar a Regina.
En realidad lo dijo sinceramente, sin ninguna mala intención. Le salió así. Realmente había algo especial en aquella sonrisa. Lo había pensado desde el primer momento en el que pudo verla, cuando Regina le había sonreído a su hijo. Y no era nada malo reconocer algo así. Aunque Regina no pensó lo mismo. Se ruborizó más de lo que le hubiese gustado. Se reprendió mentalmente. No estaba acostumbrada a que le dijeran ese tipo de cosas. Ni si quiera Robin se comportaba así cuando estaban casados. Aunque tampoco estaba acostumbrada a que nadie la tratara tan osadamente como Emma Swan. Para ella, se trataba de un desafío. Un desafío que en realidad no la desagradaba, sino que parecía divertirle. Y, además, sentía curiosidad.
- Gracias. – Logró articular. Al parecer también le provocaba cierto nerviosismo.
Emma se dio cuenta del sonrojo de la morena y decidió cambiar de tema. No quería que se sintiera incómoda.
- ¿Entonces qué? ¿Me ayudas a cocinar?
- A ver si lo he entendido bien. Me invitas a una copa de vino y a cambio pretendes que te prepare la comida. – Emma sonrío expectante. – No veo que lo que tenga roto sean las manos, señorita Swan.
- En realidad, no lo has entendido del todo bien. Te invito a que aceptes mi propuesta de cenar conmigo, y como no sé qué demonios preparar para cenar, te invito a que pienses tú por mí. – Regina sonrío de nuevo al ver gesticular a la rubia. Parecía más relajada. Ante aquella reacción Emma se animó a continuar. – Llevaba un buen rato sentada en este taburete pensando. Estoy segura de que, que llegaras a mi puerta no ha sido una casualidad.
- No, no lo ha sido. – Dijo tranquila. – He venido conduciendo hasta aquí después de enterarme de que habías sufrido un incidente. No me he aparecido ni nada de eso.
- Gracias por venir, entonces. – Dijo Emma mientras rodeaba la distancia que las separaba y se subía al taburete que había al lado de Regina. - ¿Qué tal está Henry? – A Regina le sorprendió el cambio de conversación tan repentino, pero por alguna razón, se sentía en confianza. Al menos de aquel tipo.
- Me ha llamado hace un rato. Está muy contento con su padre.
- Amm...- Emma asintió. - ¿Cuándo vuelve? – Preguntó de nuevo bebiendo otro sorbo de vino, como si se tratase de una conversación entre amigas.
- En dos semanas. – Emma se quedó pensativa un instante. Regina no entendía.
- Entonces, puedes quedarte esta noche a cenar conmigo, porque no tienes otros compromisos. – Regina adoptó cierto aire dolido pero cómico.
- ¿Y cómo está tan segura de que no he quedado con nadie? – Emma alzó las cejas y su rostro se recompuso seriamente.
- ¿Lo has hecho? – A Regina le sorprendió su actitud. Lo había dicho bromeando. Pensaba que a la rubia le gustaban las bromas.
- No, solo quería minar su seguridad. – Emma sintió una sensación de alivio. ¿Había sido eso? No entendía nada. Y qué más le daba a ella...se puso algo nerviosa...no estaba acostumbrada a la necesidad de sentir interés por otras personas, normalmente, le daba todo bastante igual. Regina la escrutaba con la mirada. No le gustaba que la mirara así. La tensaba. Podía sentirlo. Se levantó del taburete y rodeo de nuevo la isleta volviendo a su posición inicial.
- Entonces puedes quedarte. – Se encogió de hombros. Regina pareció pensar en su propuesta. – Me gustaría que te quedaras, en realidad. – Confirmó sorprendida por su propia insistencia. No quería que hubiera dudas. Quería que se quedara.
Regina se mordió un poco el labio inferior. Pensativa. Era la primera vez que la veía hacer eso. Y no pudo evitar sonreír y mirar sus labios. Parecían muy suaves, aunque siempre los llevaba perfectamente pintados. Cada vez veía más. Y le gustaba lo que veía.
- De acuerdo. – Regina asintió después de un instante. - ¿Qué te gustaría cenar? – Preguntó pidiéndole permiso con la mirada para abrir su nevera.
- Ah no, no. Lo de que me prepararas la comida era broma. – Emma reaccionó. – La preparare yo. – Parecía decidida.
- No sé si me fío de sus dotes culinarias. – Emma esbozó una sonrisa. No respondió como afirmando aquella suposición que acababa de lanzar Regina. - ¿Juntas? – Soltó de repente la morena.
- Me parece bien. – En realidad, no se le daba muy bien cocinar.
A Regina no le gustaba cenar carbohidratos por la noche, pero Emma le insistió una y otra vez en que prepararan lasaña. Cuando se hartó de escuchar a Emma parlotear a su alrededor accedió. Así que se pusieron a cocinar lasaña. Fue dándole indicaciones a Emma de lo que tenía que hacer y ésta obedecía meticulosamente. Sus preguntas sobre cómo hacer las cosas le parecían impertinentes. Desde luego era como una niña pequeña. Pero tenía que reconocer que no la disgustaba en lo absoluto. La divertía.
Emma por su parte estaba encantada. Le había sorprendido gratamente la visita de Regina. No le gustaba estar sola y aquella noche parecía estar condenada a no salir y a quedarse en casa sola y aburrida. Hasta que Regina llegó. Decidió dejar de provocar a la morena y colaborar con ella para que no se quejara de que hacía las cosas mal. Le había quedado claro que le gustaba que las cosas se hicieran como ella decía. Y en aquellas cuestiones, a Emma no le importó cumplir con lo que le mandaba.
Cenaron en el salón. A pesar de que no hacía frío Regina encendió la chimenea mientras Emma terminaba de servir los platos. Le gustaban las chimeneas encendidas. La reconfortaban. Tenían hambre, así que no demoraron mucho en atacar sus respectivos platos. Literalmente, Emma atacó el suyo. LE había dicho que era la mejor lasaña que había probado en su vida. A Regina le pareció un tanto exagerado pero, no podía engañarse, le había gustado escuchar aquello. La morena le estuvo contando el día en el museo cuando Emma le había comentado que se había aburrido mucho. Después la rubia le contó cómo había caído por una pendiente por un descuido. Regina la reprendió por ser tan inconsciente, algo que a Emma le resultó gracioso. Se preocupaba por ella...Cuando terminaron de recoger se acomodaron en los sofás que había alrededor de la chimenea.
- ¿Por qué te sientas tan lejos? Aquí hay espacio suficiente para las dos. – Dijo Emma como si nada. Regina se había sentado en otro sofá al ver que Emma estaba sentada en el que había justo en frente de la chimenea.
Sin decir nada se levantó y se acomodó a su lado.
- ¿Contenta? – Preguntó alzando una ceja.
La verdad era que había elegido un sofá separado porque se estaba sintiendo magnéticamente cómoda con Emma, y eso no le gustaba. No sabía si prefería guardar las distancias con ella en realidad. Pero la nueva situación que había emprendido con ella no le molestaba, al contrario. Aunque sí que la inquietaba. Normalmente no se sentía tan pronto cómoda con la gente. Ni siquiera con Graham, con quien había congeniado desde el principio. Pero él la había ayudado mucho, y había sido amable con ella desde que llegó. Era un buen tipo. Sin embargo, Emma...Emma la desconcertaba. Había sido desagradable, maleducada, le había faltado al respeto...había sido odiosa e insoportable. No aguantaba su modo de comportarse...tan despreocupado...aunque contradictoriamente en aquellos momentos se encontraba bien, y no le importaba que fuera odiosa, desagradable, maleducada...ni siquiera que la tuteara...en realidad eso había dejado de molestarle el segundo día...
De repente se encontró repasando con la mirada la figura de Emma Swan. Le había pedido que la disculpara un segundo, tenía que escribir un correo urgente. Mientras que Emma estaba absorta en la pantalla de su móvil Regina la observaba. La verdad era que no se había dado cuenta pero Emma era una mujer increíblemente guapa. ¿O sí se había dado cuenta? Tragó saliva. Tenía una perfecta melena rubia, aunque alborotada, tenía un brillo natural muy bonito. Repaso el contorno de su cara, sus rasgos eran finos y estaban perfectamente enmarcados. Tenía una expresión calmada y suave. Siempre. Menos cuando se enfadaba y gritaba. En esos momentos sus ojos se entornaban y su mirada se volvía más intensa, aunque bajo su punto de vista, no oscura. Creía haber descubierto en otras ocasiones que tenía los ojos verdes, aunque no podía asegurarlo. Y en esos momentos tampoco podía verlos. Repasó su cuello y sus brazos, que eran musculosos, aunque bien torneados. Debía hacer mucho deporte, parecía muy fuerte. Su piel era blanca y parecía suave. No imaginaba a la señorita Swan echándose cremas, así que debía ser así de natural. Sus piernas eran largas y aunque estaba cubiertas por el ancho pantalón que llevaba, imaginó que también estarían igual de tonificadas. Los dedos de su pie derecho asomaban por la escayola. No le parecieron feos, y eso que los pies no eran precisamente bonitos estéticamente, según su pensamiento. De repente se encontró acalorada. No había sido consciente de lo que estaba haciendo hasta que levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Emma que la observaba con expresión divertida pero intensa.
- ¿Te gusta lo que ves? – Preguntó seria pero sin cambiar aquella expresión.
- Yo...lo siento no sé...- La morena tragó saliva ahora también avergonzada.
- No te preocupes, no me molesta. – Dijo retrepándose en el sofá jovialmente.
- Creo que es hora de que me vaya. – Le pareció ver un atisbo de decepción en la mirada de la rubia.
- ¿Por qué? Es temprano aún. – Y no lo disimuló.
- ¿Temprano, señorita Swan? Son casi las doce de la noche, y mañana algunos tenemos que trabajar. – Respondió recomponiendo de nuevo su rostro profesionalmente.
- Yo también iría a trabajar si pudiera. – Se miró la escayola con fastidio.
- Es mejor que reposes, no queremos que ese pie no cure bien. – A Emma le gustó en la manera en que lo dijo.
- Supongo que no pero...
- No hay peros señorita Swan. – Dijo inquisitorialmente, algo que a Emma le divirtió. Empezaban a gustarle sus conversaciones con Regina. – Si hubiera sido un poco más prudente...- torció el gesto mirando la escayola y levantando una ceja.
- No creo que soporte otro día más como el de hoy. Me aburro.
- Pues escriba, o lea. – Se terminó su copa y la dejo sobre la mesita.
- En realidad, lo que más me ha gustado del día ha sido tu visita. – Ahí estaba otra vez, la impertinente pero sincera Emma. La rubia se encogió de hombros expectante.
- ¿No ha tenido más visitas?
- Sí, pero la tuya ha sido la que más me ha gustado.
- ¿Por qué? – La pregunta sorprendió a ambas por igual.
- No lo sé.
Se quedaron mirándose durante un momento en silencio. La sinceridad en las palabras de Emma parecía haber despertado a Regina. Tenía que salir de allí. Podía percibirlo en el ambiente. Se estaba tensando. Su cuerpo se estremeció y se tensó. Y Emma no dejaba de mirarla de aquella manera que la incomodaba tanto. Se levantó de inmediato.
- Es tarde, me voy ya. – Emma hizo lo mismo no sin dificultad.
- Te acompaño.
- No. – Sonó más afectada de lo que parecía, pensó Emma. – No es necesario. – Habló pausadamente. – Es mejor que te quedes aquí. – Regina no fue consciente de sus palabras, pero Emma sí, porque esbozó una sonrisa de oreja a oreja. La había tuteado. La morena tragó con dificultad y cogió sus cosas que estaban sobre aquel mismo sofá. – No se preocupe. – Intentó corregirse. – Sé dónde está la salida. – Y comenzó a andar. Emma siguió su figura de espaldas.
- Y Emma.
- ¿Sí?
- No tenga prisa, quiero que se tome todo el tiempo que necesite para recuperarse. La necesito en forma. – Dijo sin girarse, y desapareció detrás de la puerta.
Instantes después se escuchó la puerta de la calle. Y poco después la verja de la salida. Emma se sentó de nuevo y pesadamente en el sitio que había ocupado. ¿Qué había sido aquello? ¿De verdad había sentido aquel tipo de tensión con Regina? ¿Tensión sexual? Pero si no le gustaba... ¿o sí? Dios tenía un cuerpo de infarto...y ella no era de piedra... ¿a quién no le gustaría? Se retrepó sobre el sofá y se terminó lo que quedaba en su copa de un sorbo.
