Disclaimer:
Severus, lamentablemente, no me pertenece, y los demás personajes de la saga HP, tampoco, ya que son de J. K. Rowling. Julia y el resto de personajes nuevos son mis criaturitas y las quiero mucho :)
Muchísimas gracias a Snape's Snake, DrakeMalfoy, Sayuri Hasekura, dulceySnape, Shev666, MoonyMarauderGirl, LilaSnape, Brenkis, GabrielleRickmanSnape, samantha20, AnHi, Bladre MKT, natuky95, Sely Kat, lisbeth snape y BlueMeanie76 por sus amables comentarios :)
Muchas gracias también a todos aquellos que me leéis sin comentar, porque sé que a veces las palabras simplemente no quieren salir.
Y quería por último darle las gracias a R. por hacerme de beta.
Capítulo 10 – La carta del museo
Sé que tendría que estar estudiando español ahora mismo, pero los idiomas son algo que nunca me ha interesado lo más mínimo, y de vez en cuando necesito distraerme para no agobiarme demasiado. Por eso me encuentro examinando las runas que me dio Evelyn, y después de mucho darle vueltas al asunto, estoy convencido casi al cien por cien de que no me equivoqué en mi primera apreciación: son auténticas runas celtas. Si estoy en lo cierto, estos objetos son lo más antiguo que ha caído jamás en mis manos, y no puedo negar que resulta muy emocionante. Dumbledore hubiera dado toda su reserva de caramelos de limón por poder tener estas piedras entre sus manos aunque fuera por unos instantes.
De pronto, escucho unos golpecitos en la ventana y veo una lechuza intentando pasar. Me levanto, la dejo entrar y recojo la carta que lleva atada a la pata. Es la respuesta a una de las solicitudes de empleo que he enviado.
-¿Es algo importante? – Dices a mi espalda, cogiéndome desprevenido.
-¿Cuándo has llegado de trabajar? – Pregunto.
-Justo acabo de aparecerme ahora.
-No te he oído.
-Estabas absorto mirando el pergamino, ¿qué es?
-Es una carta del museo.
-¡Oh, qué bien! Ábrela a ver qué te dicen.
Le doy una golosina a la lechuza, que la coge con el pico y se va por donde ha venido, cierro la ventana, y procedo a rasgar el sobre.
-Me dan cita para entrevistarme para el trabajo de asesor – comento en voz átona.
Das una palmada y te acercas a mí con las manos todavía unidas y una enorme sonrisa en tus labios.
-Es genial, seguro que te dan el puesto.
Me rodeas el cuello con tus brazos y me besas con ternura.
-¿No estás contento? – Dices al notar mi expresión.
-Bueno, no sé si será el trabajo de mi vida, pero enseñar en Hogwarts tampoco lo era…
-¿Qué es lo que tendrías que hacer para ellos exactamente?
-Si me admiten trabajaré en el departamento de nuevas adquisiciones: principalmente tendré que decidir qué objetos deben formar parte de la colección del museo y cuáles no, determinar la autenticidad de los artículos que nos ofrezcan, y verificar que sean seguros, es decir, que no recaiga sobre ellos alguna maldición o que su manipulación pueda ser peligrosa.
-Suena estupendo, no parece que tengas que relacionarte demasiado con la gente.
Te miro intentando determinar si estás siendo sarcástica conmigo, finalmente la pequeña curva de tus labios te traiciona.
-Sí, es cierto – digo entonces –, eso es lo mejor de este trabajo. Sólo tendré que tratar con la directora del museo, una joven bruja que, por lo que me han dicho, es muy atractiva.
-Ah... – frunces el ceño levemente y me echo a reír.
-Julia, no seas tonta. Te lo crees todo, por Merlín. ¿Cómo voy a saber yo si la directora es atractiva o tiene cara de troll, si es joven o vieja? Sólo sé que es una mujer por el nombre con que ha firmado la carta – aclaro, tendiéndote el pergamino para que lo leas –. ¿Ves? Mónica Klose. Si me aceptan, esta será mi jefa.
Sin embargo, a pesar de las explicaciones, tu ceño no se afloja.
-¿Y tendrías que trabajar mano a mano con ella?
Te estrecho fuertemente entre mis brazos, sonriente.
-Mi niña tonta, ¿cómo puedes ser tan celosa? – Susurro en tu oído, sintiendo las cosquillas que me hace tu pelo en la punta de la nariz – ¿Es que no me has visto bien? ¿Tengo pinta de Adonis? ¿Acaso piensas que hordas de mujeres hacen cola en la puerta para intentar llevarme a la cama?
-Sabes que para mí eres muy atractivo y... no puedo evitar… – murmuras débilmente.
Sujeto tu cara entre mis manos y te hablo rozando tus labios con los míos.
-Julia, nadie más me importa, sólo tú, ¿me oyes bien? – Aseguro con convicción.
Sonríes levemente y presiono mi boca contra la tuya, acariciando esos labios carnosos que me vuelven loco, chupándolos, lamiéndolos hasta arrancarte un jadeo. La ligera tensión que se había apoderado de tu cuerpo desaparece al fin, y cuando el beso termina, tu sonrisa es mucho más amplia y apacible.
-Si alguien te oyera hablar así… –dices, mientras paseo mis dedos entre tus cabellos– pensaría que has perdido la cabeza… o peor, que estás enamorado.
-¿No es lo mismo? – Digo, burlón.
Ríes alegremente y asientes sin dejar de mirarme.
-Sí, quizá sí – admites.
-En tu caso estoy seguro de que es así – confirmo con sarcasmo –, quizá en ese hospital en el que trabajas encontrarán la causa de tu enfermedad y podrán curarte. Un día llegarás a casa y dirás: "Severus, estoy curada, ya no te quiero"; y tendré que aprender a vivir sin ti, por difícil que sea eso… quizá envíe mi currículum al colegio mágico de la zona y pueda hacerles pagar mi frustración a los alumnos cabezas huecas del lugar. Al fin y al cabo, aunque ser profesor no es la vocación de mi vida, es una de las profesiones que mejor sirve para desfogarse.
Aunque mi tono es jocoso, en realidad creo en lo que digo, nunca he entendido qué es lo que ve alguien como tú en un tipo como yo: feo, amargado, desagradable, y -para hacerme más repulsivo todavía- lleno de cicatrices, aunque, por increíble que parezca, a ti parecen gustarte, parece gustarte todo de mí. Y aún se me hace más difícil comprenderlo teniendo en cuenta todo lo que has sufrido por mi culpa. Sigue pareciéndome imposible; sigo creyendo que no lo merezco, que te equivocas, que algún día te darás cuenta de tu espantoso error; sigo sin asimilar cómo he podido ser tan afortunado como para encontrar a alguien como tú, alguien que le da luz a mi vida, alguien que me ama incondicionalmente a mí, ¡a mí, por Dios, que no soy más que escoria! ¡A mí, que te he hecho sufrir tantas veces injustamente!
Me miras con ojos cargados de reproche pero, por mucho que sufriría si un día decidieras dejarme, no puedo evitar sentir que eso es justamente lo que merezco después de todo lo que te he hecho pasar.
-No digas esas cosas – me reprendes –, sabes que eso no va a ocurrir nunca. Te quiero de verdad, no a causa de ninguna enfermedad, ni mental ni de ningún otro tipo, ¿cómo tengo que explicártelo? Pareces uno de esos alumnos cabezas huecas de los que tanto te quejabas, incapaces de aprenderse ni la lección más sencilla.
Sonrío con algo de malicia y acaricio tu barbilla con un dedo.
-Sí –admito–, puede que yo también sea algo cabeza hueca, al fin y al cabo. Sólo eso explicaría que acabase enamorándome de ti sin darme cuenta siquiera.
Un gesto de sorpresa se apodera de tu rostro ante mi declaración.
-¿Qué quieres decir?
Te miro, sonriente, y confieso:
-Verás, tú tienes muy claro cuándo te enamoraste de mí porque un caluroso día de verano, cuando yo estaba removiendo el caldero con mi garbo habitual y mi atractivo cuerpo destilando irresistible sensualidad y litros de sudor por cada uno de sus poros –sueltas una carcajada que me hace reír mientras sigo hablando–, se te ocurrió desabrocharme la túnica casi hasta las rodillas para aliviar mi calor, y entonces, como es natural, te diste cuenta de mi increíble sex-appeal y caíste rendida a mis pies mientras yo seguía ocupado en la poción que estaba elaborando, felizmente inconsciente de que te quedabas embobada dirigiéndome miradas lascivas y pecaminosas, y sin notar tampoco que estabas más caliente que el líquido de mi caldero, y no sólo por el calor del mes de agosto. Pero yo, querida, no me quedé prendado de tus encantos en una situación tan memorable, por lo que soy incapaz de precisar en qué momento cambió la naturaleza de mis sentimientos hacia ti.
-Vaya –dices, chasqueando la lengua, cuando consigues parar de reír–, de modo que no te levantaste una mañana y descubriste que soy tan hermosa que el sol palidece cuando me ve.
-No, eso no lo descubrí una mañana –confieso–, eso lo he sabido siempre.
-Mentiroso –dices, pero te muerdes el labio y tus mejillas se encienden de golpe, haciéndome reír de nuevo: me fascina ver que no has perdido tu capacidad de sonrojarte con los años.
-Como te decía, no puedo saber cuándo me enamoré de ti –admito, recuperando la seriedad–, sólo sé que un sentimiento creciente y confuso fue instalándose en mi interior día tras día, discreta y paulatinamente. ¿En qué punto el cariño que siempre te había tenido se convirtió en algo más? –Me encojo de hombros– Imposible saberlo –haces una pequeña mueca decepcionada y acaricio suavemente la punta de tu nariz con la mía–, pero lo cierto es que tu eterno optimismo fue llenando mis días de luz, ahuyentando las sombras que me acechaban constantemente; tus absurdas ocurrencias trastocaban mi ordenado mundo y lo ponían patas arriba, volviéndome loco –sueltas una pequeña risita–; tu manera de mirarme... Julia, tu manera de mirarme me hacía sentir tan cerca de la felicidad que me daba miedo.
Pones tu mano derecha sobre mi mejilla con infinita delicadeza, abrasándome con tu calor.
-¿Yo te daba miedo? – Preguntas en un susurro.
Giro la cabeza hacia tu mano y beso la palma con veneración.
-No, tú no. Lo que me daba miedo era que me estaba permitiendo el lujo de creer que un día podría llegar a ser feliz, y temía ser castigado por mi atrevimiento, tarde o temprano. Pero tú… tú fuiste calando en mi alma lentamente, como esa fina lluvia en la que apenas reparas, y que acaba empapándote por completo.
-Eso es muy bonito –dices, sonriendo tanto con tus ojos como con tus labios.
Te devuelvo la sonrisa mientras recuerdo el momento, mucho tiempo después de haber iniciado nuestra relación, en que me di cuenta con sorpresa de que, de alguna manera, Lily había pasado a ser lo que debería haber sido desde hacía muchos años: un hermoso recuerdo, un sueño truncado de manera trágica del que ya había despertado. Cuando comprendí esto por fin, me di cuenta de que sólo tú eras mi presente y mi futuro, y una sensación de maravillado asombro me sobrecogió. Nunca hubiera creído que sería capaz de amar de nuevo de esta manera, que todavía le quedaba cuerda a mi desgastado corazón. Nunca hubiera creído que el amor pudiera ser algo más que sufrimiento y desdicha. Pero tú, Julia, me has dado mucho más de lo que jamás pensé que un hombre como yo pudiera poseer.
-¿Sabes cuándo me di cuenta de que me amabas de verdad? –Digo, sonriendo al recordar el instante en que comprendí con estupor que lo que sentías por mí era real, que no se trataba sólo de un capricho de juventud.
-¿Fue cuando te besé durante el baile de Halloween? –Preguntas, curiosa.
-Desde luego que no –aseguro–, aquello lo atribuí a tus hormonas revueltas, igual que el siguiente beso, que me robaste con descaro junto al lago. Al fin y al cabo estabas en plena adolescencia… no, no fue por un beso, sino cuando me llevaste por primera vez a la tienda de pociones que habías decidido abrir sólo para estar más cerca de mí –abres la boca con sorpresa y asiento lentamente, con una sonrisa–. Tu nerviosismo al notar la desaprobación en mi rostro, tu timidez al explicarme que habías acomodado una habitación para mí, tu obstinada determinación en seguir adelante con un trabajo que estaba muy por debajo de tus capacidades sólo para tenerme más cerca… entonces fue cuando lo supe. Y me negué a aceptarlo porque no quería eso para ti. No me quería a mí para ti, no te convenía. Me obligué a mantenerme firme, esperaba… deseaba que te olvidases de todas esas tonterías y te enamorases de alguien más digno de ti. Pero tú, mi niña tonta, no te rindes nunca. Nunca.
Tus ojos relucen con un brillo húmedo que haces desaparecer con unos rápidos parpadeos, y no puedo evitar pensar que la sorpresa y la incredulidad ante el hecho de que me sigas amando no han variado ni un ápice en todos estos años.
-¿Cómo iba a rendirme –susurras, envolviéndome en un fuerte abrazo que se siente tan bien que tengo que reprimir un pequeño suspiro–, si tú eres todo lo que siempre he querido?
Acaricio tu espalda durante unos instantes y beso tu cuello con ternura. Hueles tan bien que resulta embriagador. Mis manos descienden hasta tus nalgas, que acaricio a través de la tela mientras sigo cubriendo tu cuello y tu hombro de besos cortos y ligeros. Sueltas una pequeña risita.
-Severus… ¿qué haces?
-¿A ti qué te parece que hago? Creía que eras una chica lista –susurro en tu oído–: evidentemente, estoy preparando una poción…
Ahora se te escapa una pequeña carcajada.
-¿Una poción? No me digas.
-Mmmhhhsssíiii… –murmuro, mordisqueando el lóbulo de tu oreja– una poción muy delicada que requiere de toda mi atención.
-No me parece que estés preparando una poción, la verdad –dices, divertida–. No se parece en nada a lo que te vi hacer aquel caluroso día de verano que has mencionado antes… ¡ya hubiera querido yo en aquella época que preparases las pociones así! Por ejemplo, ¿dónde está tu caldero?
Pongo ambas manos en tus caderas y mirándote a los ojos muy serio, digo:
-Aquí, por supuesto.
-¿En serio? ¿Y los ingredientes?
Observo tus pechos con expresión ávida y los sostengo entre mis manos con cuidado unos instantes.
-Son estos –ríes de nuevo y, abrazándome a ti otra vez, presionando mi cuerpo contra el tuyo, añado–. El fuego lo pondré yo ahora, y no me preguntes dónde guardo el cucharón para remover, porque ya deberías tener una ligera idea.
-Sí, creo que ya lo noto –ríes–. ¿No te resulta incómodo guardarlo precisamente… ahí?
-Efectivamente, es muy incómodo, por eso tengo intención de sacarlo ahora mismo…
Echas la cabeza atrás en una carcajada y aprovecho para atacar tu cuello con hambre.
-Merlín… –dices en un jadeo, mientras recorro tu piel con mi lengua– te has vuelto loco, Severus… Eenie está a punto de volver de hacer los recados…
-Entonces será mejor que nos demos prisa –replico, rozando tu piel con mis labios al hablar–, y respecto a estar loco… creo que ya hemos acordado quién es la culpable de ello, así que ahora te toca compensarme por los daños y perjuicios –camino hacia atrás llevándote conmigo, mientras empiezo a desanudar el cordón que ata el escote de tu túnica–. ¿Sabes? Tienes razón en quejarte de mis túnicas tan llenas de botones, la verdad es que es mucho más fácil acceder al objeto de mi deseo simplemente estirando de estas preciosas cuerdecitas… –admito, sosteniendo uno de los extremos con los dientes para tirar de él lentamente.
-¿Quiere eso decir que me vas a hacer caso y vas a dejar de usar túnicas tan difíciles?
-No –contesto, rotundo, y vuelves a reír.
-Lo sabía.
-Mi trabajo no es ponerte las cosas fáciles, mi trabajo es complicarte la existencia.
-Ya veo... pues lo haces de manera excelente.
Cuando la parte superior de la prenda está lo bastante desbocada, retiro la tela a un lado, me inclino sobre ti y beso tu pecho, aún cubierto por el sostén, que sujeto con los dientes unos segundos.
-Me alegro, sobre todo, teniendo en cuenta que tú pones tus propios obstáculos en el camino.
-¿No querrás que vaya por ahí sin sujetador? Con todo bamboleando sin control.
-Mmmmhhhh… bamboleando sin control, qué bien suena eso…
Hemos llegado a la altura del viejo sofá, y por fin puedo bajarte la túnica por los hombros y hacerla caer hasta el suelo.
-Severus…
-Ssshhh… ¿no querías traerte este estúpido sofá? Pues me voy a asegurar de que lo amorticemos bien.
Te sujeto de la cintura y me dejo caer arrastrándote conmigo. Apoyas las manos en el respaldo, mientras tus rodillas se posicionan a ambos lados de mi cuerpo, y me lanzo a conquistar tu boca, que me acoge con entusiasmo. Con un brazo rodeo tu cintura y con la mano libre me dedico a amasar tu suave y terso seno derecho, que he dejado salir de su encierro de encaje apartando el sujetador a un lado.
-Esto no es justo –protestas, cuando te libero del beso– ¡tú todavía estás completamente vestido!
-Eso es porque no te aplicas lo suficiente –contesto, con una sonrisa mordaz.
-¿Que no me aplico? –Dices, en tono falsamente ofendido– Verás tú si me aplico o no…
Agarras la parte frontal de mi túnica y con un brutal estirón haces saltar todos los botones.
-Julia, ¿quién está loco ahora? –Digo, divertido– Ya es la segunda vez que me destrozas una túnica, espero que no te acostumbres a esto.
-Tenías razón antes: no tenemos tiempo que perder.
Y diciendo esto, te abalanzas contra mi cuello y empiezas a lamer mi nuez de Adán mientras tus manos recorren mi torso, dedicándome unas amorosas caricias que me hacen desear más. Desabrocho tu sujetador y lo deslizo por tus brazos para tirarlo a un lado. Tu boca busca cualquier parte de mi piel que pueda succionar o besar, sin dejar de intentar echar hacia abajo mi túnica para desnudarme del todo. Levanto un poco la cadera y te ayudo en la tarea, pero cuando la prenda se encuentra por fin a mis pies, me pides que vuelva a levantarme para que me quite los calzoncillos también. Sin embargo, ahora estoy demasiado ocupado chupando tu pezón derecho y oyéndote gemir de placer, y no tengo tiempo para esas banalidades.
Te aferras a mí con fiereza, echando tus caderas hacia delante, frotando tu sexo contra el mío desde el otro lado de la tela de tu ropa interior. Puedo sentir tu humedad... ¿o es la mía? Poco importa, porque estamos los dos encendidos de deseo y esto es como una locomotora que ya no puede detenerse a tiempo para evitar el descarrilamiento.
Llevo una mano a tus bragas, retirando a un lado la tela, y acaricio tus pliegues que sí, ya están húmedos y ardientes esperando por mí. Sueltas un gemido necesitado cuando mi dedo encuentra tu clítoris, y empiezas a susurrar mi nombre quedamente, contorsionándote de placer.
-Severus... Severus...
Ya no puedo esperar más, alzo un poco mis caderas de nuevo para apartar el calzoncillo justo lo necesario, bajo tus bragas hasta la mitad de tus muslos y te sujeto de la cintura para conducirte sobre mi erección pulsante y ansiosa. Te deslizas sobre mí lentamente, siento cada milímetro de mí que entra en tu carne de manera deliciosa, y cuando te lleno del todo sueltas un profundo y excitante gemido que electriza todo mi cuerpo.
Te agarras a mis hombros y empiezas a moverte sobre mí, cabalgándome como una hermosa amazona; tu cabello desparramándose por tus hombros y tu pecho; tus entreabiertos labios, hinchados y rojos por el deseo; tus pupilas, completamente dilatadas; tus mejillas coloradas y encendidas; y tus pechos, cremosos, deseables, exquisitos, bamboleando libremente junto a mi cara, sólo para mí. No puedo reprimir una sonrisa ante esta sublime visión, y llevo mis manos a tu espalda para tenerte más cerca y morder esos labios tan apetitosos, para ahogar tus gemidos en mi boca, tragarme el nombre que repites sin cesar entre jadeos.
-Te quiero –susurras contra mis labios, casi sin aliento, y te ayudo en tu dulce galopar proyectando mi cadera hacia arriba tanto como puedo.
Te mueves con urgencia, con necesidad apremiante, y cuando echas la cabeza hacia atrás y tus uñas se clavan en mi espalda sin piedad sé que estás a punto de llegar y embisto de nuevo contra ti, mientras mi boca se cierra sobre tu pecho izquierdo para morder delicadamente tu pezón. Gimes, gimes muy alto, sin pudor, sin recato, y me llevas contigo más allá del límite mientras tus músculos se contraen alrededor de mi pene, que estalla dentro de ti con toda la fuerza de mi orgasmo. Apoyo la frente entre tus senos mientras me derramo una y otra vez en tu interior, hasta que ya no queda nada de mí por entregar, hasta que me siento vacío y saciado, contigo sobre mí abrazándome, sudorosa e irresistible. Y completamente mía.
Apoyas tu cabeza sobre mi frente mientras intentamos recuperar el ritmo normal de nuestra respiración y, cuando parecemos haberlo conseguido, una tosecilla incómoda nos hace girar la cabeza hacia la izquierda, donde Eenie se encuentra de pie frente a nosotros, tapándose los ojos con una de sus pequeñas y arrugadas manos.
-Eenie no ha visto nada, amos. Eenie acaba de llegar.
Suelto una carcajada mientras tú me das una palmada reprobatoria en el pecho, y veo tus mejillas volver a encenderse vivamente justo antes de que escondas tu cara en mi hombro, avergonzada.
