Capítulo XV

El Salón de Té

La nevada había comenzado desde que amaneció, primero en copos ligeros que parecían de fantasía y después al salir de la misa, una fuerte ventisca acrecentó el rumbo de los copos, los árboles se sacudían y un silbido siniestro rodeaba el bosque. Era el viento que se colaba por lugares insólitos causando el perverso sonido. Terrence, no dejo de caminar, nada de esto lo detuvo. Era como si tuviera un lugar al que llegar, aunque en realidad no existiera ningún rumbo que seguir. Y es que así era toda su vida: andar con un impulso desmedido, hacerlo todo con una pasión inexplicable, sin ningún propósito. A veces se sorprendía a sí mismo dándose cuenta de que vivía esperando que la muerte lo escogiera a él. La muerte, no obstante, se empeñaba en llevarse a los que menos lo anhelaban o a los que menos lo merecían. Albert, su amigo, su hermano, era un buen ejemplo de ello.

Un cierto murmullo entre la nieve lo hizo despertar de sus pensamientos, siguió caminando, pero minutos después estuvo completamente seguro de que alguien lo perseguía. Se giró y todo lo que pudo ver a su alrededor fue nieve, nieve sobre los árboles, nieve amontonada alrededor del breve camino. Al girarse una vez más para reiniciar su marcha, lo sorprendió una figura encapotada que le miraba de frente.

-¿Usted?- Su despreció fue claro, no solo por el tono de la pregunta, sino por la forma en que miró a Elisa Legan. Terrence, no podía evitar recordarla como la niña caprichosa que con una artimaña lo había separado por primera vez de Candy. La horrible criatura que amargo la vida de su amada, esa era para él, Elisa Legan. -¿Me ha estado siguiendo?- … y luego tratando de entender- ¿Qué es lo que quiere?-

-¡Vaya! Creo que la educación y la amabilidad nunca fueron su fuerte, Señor Grandchester o debería decir Lord Grandchester… Creo que un poco de diplomacia no nos sentaría mal-

- Siempre he creído que tales cosas solo sirven para disfrazar las verdaderas intenciones de la gente. Y si en algo me recuerda Señora o debería decir Señorita Elisa?… a mi siempre me han gustado las cosas claras. Prefiero ser sincero y decirle que su presencia no me es grata. La verdad, nunca he tenido una opinión muy buena de usted… Así que por favor vaya al grano… ¿Por qué me ha seguido?-

- De acuerdo, como usted quiera Grandchester. Elisa mantuvo un instante de silencio en el que se percato de que Terry, no había cambiado, era el mismo chico de postura rebelde, de cabellos altaneros y ojos intensos que una vez, hace mucho tiempo, la había hecho soñar. Su cabello, en realidad estaba más corto, y aunque era innegable que 17 años habían pasado, no se le veía para nada viejo, sabiendo incluso que durante estos 17 años se había dado a la bebida, y a las largas noches de vicios perniciosos; podría decirse que Terrence Grandchester pasaba por su mejor momento. -¿Ha qué ha venido?- continuó- Es decir, sé que Albert dejó dispuesto que usted asistiera a su funeral… Pero… ¿Porqué? Tenía entendido que ustedes habían tenido una buena amistad… pero hace mucho tiempo, porque de repente Albert lo invita, y más aún… ¿Porqué usted acepta esta invitación?-

-No entiendo a que se refiere… o que esta tratando de insinuar. Pero puedo asegurarle que no es de su incumbencia.-

- Esta bien, sino quiere responder no lo haga. Solo quiero decirle que si esta visita tiene algún motivo diferente al de despedir a un viejo amigo… Puede contar conmigo para realizar ese motivo- Elisa terminó su frase con ese aire dulzón que siempre había usado cuando quería conseguir algo. Creyó con esa indirecta ser lo suficientemente explicita, pero Terrence la miraba desconcertado. Talvez no entendía de qué le estaba hablando. Pero, incluso sintiéndose aludido en sus sentimientos hacía la Señora Andley, le pareció definitivamente absurdo que Elisa quisiera hacer algo parecido a ayudarle. Recordándola, de ella solo se podía esperar ponzoña y unos cuantos malos ratos, así que definitivamente no tenía ningún sentido prestar atención a un ofrecimiento tan descabellado como el que Elisa insinuaba.

- Mire Elisa, no sé a que se refiere o que este planeando su maquiavélica cabeza. Pero nada de esto le interesa - Se detuvo para examinarla con toda desconfianza- … Veo que no ha cambiado nada: siempre entrometiéndose, siempre creando estrategias sucias para hacer daño…- Elisa no se sintió ofendida, la Elisa que Terry había conocido era exactamente así. Y ella sabía que este era el tipo de respuestas que iba a recibir, sabía que Terrence no iba a confiar en ella de un momento para otro. Sin embargo, todo lo que ella pretendía era extenderle un puente, dejarle una puerta abierta para que rescatara a Candice de sus propios tormentos. Ahora, después de todo faltaba verificar si efectivamente Terry sentía aún algo por White.

- No planeo nada, y para dejar las insinuaciones y ser tan sincera como usted quisiera que fuera, se lo digo de este modo: Simplemente quiero que sepa que si desea entrevistarse con la Señora Andley, por que quizá usted aún la ama … -palabra a palabra el rostro de Terrence palidecía más, sus ojos se desataron en un fulgor desesperado. Elisa había metido el dedo en la llaga, tal como quería.- … tanto como la última vez. Y quizá usted no sepa como acercarse, quizá no tiene tanta confianza con George… incluso con Parvati… o quizá no considere apropiado dirigirse a ellos… porque desde luego los dos sabemos que no sería discreto. Sin embargo, yo le aseguro, que con mi ayuda, podrán entrevistarse de manera tranquila. Creo que los dos lo necesitan.

Terry estaba completamente alarmado, no sabía ya que decir. La señorita Legan lo había desnudado de un tajo, y no solo eso, le ponía en bandeja de plata todos sus anhelos. Pero por muy demente y enamorado que estuviera, no cometería una estupidez tal. Confiar en Elisa era impensable.

- Pues bueno, Señora Legan. Gracias por su ofrecimiento, pero no tengo tiempo para sus impertinentes historias. No tengo idea de lo que habla. Le repito que su presencia me incomoda, y deseo seguir caminando…-

- Veo que usted tampoco ha cambiado, siempre desconfiado, siempre altanero.

Sin darse cuenta los dos se engañaban, porque lo cierto era que en algo habían cambiado. Si… Elisa seguía entrometiéndose, y seguía maquinando estratagemas, pero ya no precisamente para hacer daño. Y Terrence, seguía siendo desconfiado pero no por altanería, sino por una terrible pesadez en el corazón, de la que sería injusto culparlo, si se tenía en cuenta la vida que le había tocado vivir.

Se dieron una última mirada. Elisa le extendió la mano, como despedida.

- Si se decide Señor Grandchester… Vaya a la mansión y pregunte por mi. Le estaré esperando. Y es Señora, Señora Legan.-

Terry la dejo con la mano suspendida.

-No se resfríe más. Este tipo de nevadas no es para damas de su alcurnia. Y… no, aún no soy un Lord… sigue en discusión.-

Terrence se dio la vuelta para perderse en la espesa blancura. En tanto que Elisa trataba de regresar a la mansión a punta de tropezones. Terry tenía razón, caminar sobre una nieve tan densa no era una cuestión de damas y quizá su vestido se arruinaría, pero no le importaba, estaba feliz. Por primera vez en un buen tiempo sentía que esclarecía un misterio de tantos: Terruce G. Grandchester, seguía completamente enamorado de Candice. Él no se lo había dicho, pero ella había sido testigo de cómo su rostro se deformaba con solo escuchar el nombre de Candy. Y eso era suficiente para Elisa. Ahora entendía que la tristeza insertada en la mirada de su querida White, era la misma que Terrence llevaba en sus ojos.

Algunos días después de las exequias de Albert, la Señora Andley salió de su habitación para internarse en su querido salón de té. Allí estaban los buenos recuerdos de su vida de casada: cada una de las curiosidades que Albert le había traído de los exóticos países que visitaba, una radiola de las más recientes, rodeada de un sinfín de discos con música de todo el mundo, que para la época eran todo un lujo, pinturas magnificas algunas de artistas reconocidos de la época, y otros que solo tenían un valor sentimental para Candice; algunos cuantos libros en una pequeña biblioteca, eran las lecturas que Albert siempre le recomendaba. Candy nunca había sido muy buena para la lectura, pero bajo la supervisión de Albert conseguía leer tomos completos. En un apartado de esta pequeña biblioteca, casi imperceptibles, se encontraban los clásicos de William Shakespeare, que Candice había leído enteros, sin ninguna supervisión. Sin embargo, cuando los terminó, no quiso volver a saber más de ellos, porque algo muy parecido a la culpa se instaló en su corazón. En otra repisa, habían una gran serie de fotografías: una de la boda en la que Candice lucía distraída pero con una gran sonrisa en la boca y Albert la miraba embelesado; otra de Candy con la tía abuela Elroy, tomada poco antes de su muerte, la señora con su gesto rígido, muy apoltronada y ella tratando de abrazarle por la espalda y sonriéndole a la cámara. Candy y Annie con exóticos sombreros; Candy, Annie y Patty en un picnic durante uno de los cumpleaños de la Señorita Pony; Albert mientras trataba de construir una casa del árbol para los coatíes que decidieran visitarla… y así muchas más de Albert. Ya en un rincón estaban los dos baúles que Albert le había heredado a Candice, completamente intactos, la Señora Andley trataba de ignorar su presencia todo el tiempo, pero ya algo muy parecido a la curiosidad le empezaba a corroer la poca tranquilidad que por instantes conseguía.

El salón de té era amplio. Era el lugar que Candice se había inventado para vivir conforme y familiar en semejante mansión. A parte en momentos como estos le servía para recibir algunas visitas. Algunas, porque se rehúso tajantemente a recibir a todos los personajes ilustres que no pudieron verla durante la velación. Le pidió a George que la excusara diciendo que aún estaba enferma y solo recibía a sus amigos de siempre. Elisa no se le separaba ni un segundo y Parvati trataba de estar siempre con ella a la hora de dormir, la ungía con ciertos aceites especiales que había traído de su país y con ello le garantizaba una noche de sueño tranquilo.

No obstante, la mujer que visitaban, la mujer que acompañaban, la mujer que cuidaban, no era otra cosa que un fantasma. Vestía de negro invariablemente, con inmensos ropones que no delineaban para nada su ya esquelética figura, su cabello llegaba ahora a la base del cráneo, pero no dejaba de ser una luminaria dorada. Seguía siendo una melena, corta, pero una melena después de todo. El cabello parecía acomodarse espontáneamente de medio lado, de tal suerte que en ocasiones le tapaba una de las mitades del rostro y ella no trataba de remediarlo. La primera vez que Annie y Patty la vieron después del entierro, la encontraron cubierta de una belleza que se les hizo desconocida. No era su Candy, pero seguía siendo una mujer de sorprendente estampa. Se volvió la mujer del monosílabo, ese era todo su aporte para las charlas que a veces iniciaban en el salón de te, todos trataban de inventar temas amenos, pero Candy solo asentía regularmente, y si alguien le preguntaba directamente alguna cosa, ella solo respondía con cortas frases que pocas veces daban una buena explicación al interrogante. Patty por ejemplo le recordó que faltaban dos días para nochebuena, y aún no empacaban los presentes para los niños del jardín, y todo lo que consiguió fue que los ojos de Candice se llenaran de lágrimas. Era cierto la navidad se acercaba y todos se preguntaban como la iba a pasar la Señora Andley.

Una tarde fue una de las compañeras de canasta de Elisa. Elisa le había preguntado con anterioridad a White si había algún inconveniente en atenderla en el salón de té. Después de todo este era el único lugar dentro de toda la mansión que tenía un espacio adecuado para los asuntos de las mujeres, como jugar canasta y bordar. A parte Albert había recomendado durante sus últimos días que cuando llegara la hora, no sometieran la casa a duelo, por que el quería que su vida interna continuara intacta. Candice que finalmente, siempre estaba ausente, asintió con la cabeza y aclaró:

- Siempre y cuando no me hable, puedes traer a quien quieras-

Elisa por supuesto vio en este permiso la oportunidad que venía esperando desde hacía una semana. Terrence no la había contactado, pero sabía que antes del 25 de Diciembre lo haría. Elisa había conseguido averiguar que él no había dejado la pequeña población pero que tenía que regresar a Nueva York antes del 26 de Diciembre, porque emprendería una gira por algunos países de Europa. Así que si su intuición no le fallaba, Terry estaría en estos momentos devanándose el seso, tomando la decisión de su vida. Debatiéndose entre la desconfianza y sus ansias desesperadas. Elisa, sabía que el día veinticinco, al verse en el límite, terminaría por ceder a la presión de su corazón, y entonces ahí podría poner en juego sus cartas. Pediría que Terrence siguiera al salón del té, como cualquier otro amigo suyo que fuera a atender y Candice no tendría otra cosa que hacer que enfrentar sus sentimientos y su pasado.

Elisa no se equivocaba. Aunque desde el momento en que se separo de ella el día de la nevada, había tomado la decisión de ignorar su propuesta, no lo logró. Debería haber partido de Lakewood, hacía mucho, pero ya llevaba cinco días de más. Robert Stratford, director de la compañía y amigo suyo, le había enviado cada día, dos o tres telegramas recordándole que zarparían de Nueva York el día 26, así que se suponía que el debía viajar el 25 de diciembre par estar a tiempo. De otra forma la compañía partiría sin él, y eso representaba más inconvenientes porque por tiempos de festividades no era sencillo conseguir un tiquete de barco para llegar hasta Europa.

Sin importarle todo esto, Terrence pasaba todo el día encerrado en su habitación de hotel, cavilando una opción en la que pudiera ver a Candice, pero sin el intermedio de Elisa. Durante la casi semana que estuvo allí, invitó dos veces a George a tomarse un trago. Ambos se agradaban pero cuando se reunían, apenas si tenían algún tema de conversación. George era realmente un hombre de pocas palabras, y Terry solo conseguía ser elocuente sino tenía atorado un nudo en la garganta, como ocurría cada vez que se encontraban, porque desde luego el señor Grandchester no conseguía llegar al tema de Candy, ni mucho menos lograba insinuarle la posibilidad de concretar una breve entrevista con ella. Sus únicos temas eran Albert, su extraña enfermedad, los recuerdos que compartían de su amigo en común, la grata presencia de Parvati y la complicada situación nacional. Por más que el tema diera giros y giros jamás se acercaban a la situación de la Señora Andley.

El 24 de diciembre en la mañana, recibió un telegrama de Emma Peel, una de sus mejores amigas, también actriz de la compañía Stratford, y sin duda la mejor amante que había tenido en todos sus años de soltería. Emma a diferencia de las jovencitas y señoras enloquecidas que lo asediaban después de una noche de pasión, jamás le había exigido nada. Después de la primera vez que pasaron la noche juntos, Emma no dijo nada al día siguiente, actúo como siempre: una buena compañera de trabajo, y una excelente confidente. Así había sido durante diez años, en los que ella tampoco se había casado. Nunca nadie había hablado de amor o de compromiso. Simplemente sabían que necesitaban y Emma era lo más cercano a estabilidad que Terrence tenía en su vida. El telegrama era un llamado a la cordura, y un recordatorio de las prioridades en su vida. En la frase final Emma agregó:

Amanda enloquecida, fastidia mi vida.

Terrence entendió, que a Amanda Truman no le bastaba con asediarlo a él, sino que ahora también molestaba la vida de sus amigos. Solo habían pasado una noche y ella ya quería ser invitada al viaje a Europa. Incluso había estado dispuesta a todo con tal de acompañar a Terry al velorio de su querido amigo, él se resistió con vehemencia, aunque la mujer tenía unas artimañas que se pasaban de lo rudimentario para conseguir lo que quería, y finalmente consiguió que él le jurara que se verían en la estación del tren en cuanto llegara a Nueva York. Pero claro, Terry no regresó en la fecha acordada, porque estaba esperando tomar la decisión adecuada o un chispazo de la casualidad.

La nochebuena la paso con Parvati en una cena sencilla. Los Andley la extrañaron, les resulto muy extraño que no pudiera estar con ellos, después de todo… ¿Qué otra persona conocida podría tener en Lakewood? Cenaron en el hogar de Pony como año tras año lo habían hecho, y ese fue uno de los temas que tocaron ¿Con quién podría estar cenando Parvati? Quizá ninguno tenía una respuesta acertada, excepto Elisa quien por supuesto estaba segura de que ella estaba con Terrence, o incluso George que era el único que desde la muerte de Albert pasaba algún tiempo con ella. Se rumoraba entre la servidumbre que pronto regresaría a su país, porque, desde luego ya no había ningún paciente que cuidar.

Pero aún Candy no sabía nada al respecto, o eso dio a entender durante la cena. Tocaron otros temas, lo bien que le haría a Daniel tener una bicicleta nueva, los achaques de la Señorita Pony, las travesuras de Rosaline, que no se comparaban a las de Candy en su infancia, lo parecido que era el pequeño Stear a su fallecido tio… y una decena de asuntos más, que por muy triviales o por muy serios, no lograron que Candice se vinculara a la charla. La familia trataba de reponerse, de mirar con un optimismo nuevo lo que venía pero Candy aún no iba con ese ritmo. Pasada la una de la madrugada, siendo ya el día de Navidad, la Señora Andley le pidió a George que la llevara a la mansión de inmediato, Elisa también partió con ellos. Los eventos que debían adelantarse al día siguiente la llenaban de emoción, y era preciso dormir bien.