Capítulo 10
El pacto
En las montañas natales de Grauj no había tanta vegetación y el paisaje era abierto, podía ver muy lejos. Pero allí los árboles se cerraban sobre ella. Ahora estaba en terreno desconocido: el bosque Everfree. No tenía aliados allí y su manada quedaba muy lejos. Estaba sola y la perseguían.
Los que le estaban dando caza no se habían molestado en tratar de ser sigilosos. Tenían la confianza de los depredadores sin rival. Grauj ya no tenía manada a su alrededor, así que tenía que tratar de eludirles para sobrevivir.
Grauj corrió hasta encontrar el río. Se metió en él y caminó por su fondo. Eso borraría el rastro de su olor. Salió algo más lejos, subió sobre una roca y se agachó tras ella. Con un poco de suerte, sus perseguidores pasarían de largo y ella reharía sus pasos a la inversa, confundiendo así el rastro de su olor. Por fin los vio. Eran dos. Caminaban con arrogancia, sin tratar de ocultarse, con la seguridad de quien se sabe depredador. Estaban siguiendo directamente los pasos de Grauj y cuando vio lo que eran, supo que no tendría ninguna posibilidad de eludirlos, así que cambió de opinión. Iba a atacar.
–... se me ocurrió en la pastelería cuando vi que los olores eran capaces de adherirse a las superficies. Me dije "Foolhardy, si se adhieren también podrían cambiarles el color". Así que preparé un sistema para detectar olores –Foolhardy caminaba con un extraño aparato sobre su lomo del que salía un largo palo que apuntaba al suelo ante ella. Varias luces se encendían y apagaban en diversos colores–. Lo cual me lleva a pensar que podría mejorarlo con un... ¡AAAAHHH!
Algo golpeó a Foolhardy en el costado violentamente y las derribó a ella y su cacharrería. La criatura gruñó y la mordió el cuello. Ivy lanzó un chillidito ahogado de terror.
–¡Iiihh!
Foolhardy se quedó totalmente inmovil, con los ojos desorbitados por el miedo. El depredador soltó su cuello, pero no dejó de aprisionarla a ella y su máquina bajo sus patas.
–Estás muerta, Foolhardy –murmuró con crueldad Grauj.
La poni pelirroja empezó a sobreventilarse tratando de reponerse.
–Ah, ah... Por todos los engranajes del mundo... ¡Casi me matas del susto, Grauj!
Grauj frunció el cejo.
–¿Qué hacéis aquí?
Ivy se aercó a ellas y ayudó a Foolhardy a incorporarse.
–Vamos a acompañarte.
Grauj inclinó la cabeza.
–¿Por qué?
–Ayudaste a salvar Flowerville, es justo que te ayudemos –explicó Ivy.
–¡Y quiero ver lo que hay más allá de Equestria! –añadió Foolhardy.
–El sitio donde voy es peligroso –gruñó Grauj.
–Tranquila, he traído la catapulta –dijo Foolhardy.
–No. Debo hacer esta misión sola.
Ivy enfocó a la poni gris fijamente y dio dos pasos hacia ella. Y, sin saber por qué, Grauj retrocedió ante una...poni.
–Eso es mentira –susurró la pegaso–. Mi geranio dice que los lobos necesitáis a vuestra manada para funcionar. Tú has tenido que dejar la tuya atrás para poder emprender esta búsqueda, así que seremos tu manada hasta que vuelvas con los tuyos. Además, tienes muchísimo miedo. No te hagas la valiente.
Grauj se quedó sin gruñidos con los que responder y, sin saber por qué, sintió que las lágrimas subían a sus ojos. Agachó la cabeza tratando de ocultarlo.
–Lo siento, Foolhardy. No debí asustarte. He sido un poco...
–¿Prepotente? ¿Chulesca? ¿Sobreconfiada? ¿Despectiva?
Grauj se encogió y Ivy pasó el ala sobre su lomo mientras la loba invernal lloraba en silencio. Hasta ese momento no se había dado cuenta del miedo que tenía. Ivy la envolvió en sus alas y Foolhardy la abrazó.
–No pasa nada, Grauj.
Pero la poni lobo no podía parar de llorar.
–¿Y si no logro encontrar mis otros orígenes? ¿Y si mi madre loba no me deja volver? –susurró entrecortadamente.
–Los encontrarás. Volverás con tu manada –dijo Ivy.
–Pero, y si no puedo...
–Entonces nos tendrás a nosotras –añadió Foolhardy–. ¿O acaso una poni y una loba no pueden ser amigas?
Las tres ponis se abrazaron en la oscuridad del bosque Everfree sellando así su pacto
