10
"Cuando te vi, sabía que era cierto
Este temor de hallarme descubierto"
Pablo Milanés
Quedo estático en mi papel de observador, tanto Franziska como su hermana saben contener las emociones. Imaginé que sería hermosa, pero si bien no suelo inmutarme con facilidad ante la belleza femenina, reconozco que tiene un atractivo capaz de doblegar a cualquier hombre. Máxime si es inteligente, cosa que se adivina con tan solo mirarla. Un aura de seguridad y reflexión la viste, muy semejante a la diosa Friga de los libros germánicos, que su hermana y yo solíamos leer de niños. Sé que son dos personalidades muy disímiles, aún así, dentro de unos años ella se le parecerá bastante. Pero el hechizo que irradia solo mueve en mí el deseo por Franziska, de convertirla en mi mujer para envidia de los que se atreven a juzgarnos.
Una sola palabra, más bien un nombre, o la abreviatura de uno, rompe definitivamente el silencio.
—¿Franny? —al ver que no le contesta, varía el saludo— Disculpa… Franziska von Karma.
—N-no, Franny está bien —susurra ella, tímida, y baja la mirada—. El apellido no importa.
—Después de todo, siempre quise llamarte así, pero nunca me dejaron —confiesa entre irónica y triste—. Semejabas una muñequita francesa de biscuit.
—Casi llego a serlo —murmura Franziska, apenada. No sé que me impulsa a rodear su espalda con el brazo y la sostengo firme a mi costado—. Recién descubro la independencia.
—¿Miles Edgeworth? —me pregunta curiosa, para después sonreír— Debí suponerlo.
—Un placer —le respondo inclinándome, ahora es a mí a quien gana la curiosidad ¿Debió suponer… qué?
—Nada de reverencias, no soy una von Karma, ya estoy casada. Soy la hermana de Franny, eso es todo —luce ahora casi tan infantil como Franziska—. Por favor, no se queden en el umbral.
La seguimos al interior de la sala, bastante amplia y decorada con excelente gusto. Nos invita a sentarnos en un diván tan cómodo que los cojines se hunden bajo el peso del cuerpo, haciendo que termine pegada a mí. Su hermana sonríe con picardía y me ruborizo, al igual que ella. Ocupa un asiento frente a nosotros, sin dejar de observarnos.
—Yo… Desde que papa murió, —Franziska no sabe cómo empezar—.busqué la forma de encontrarte…
—Pues me alegro de que me hallaras. Te ruego, no toquemos nada referente al pasado, esa tecla ofrece una nota disonante. Lo que vale es que estás aquí y te veo tan hermosa… Pero de bebé ya lo eras, mucho —la joven sonríe nostálgica—. Me agrada que todavía te acuerdes de mí. Oh, vaya con la pésima anfitriona, siquiera les he brindado algo de beber ¿quisieran un poco de té?
—No desearía molestarla… —comienzo, pero Franziska me interrumpe nerviosa. Me percato de que desea simpatizar con su hermana y recuperar los años perdidos.
—Hablando de té… ¿Aceptarías un regalo? Mamá lo compró pensando en el día que te casaras. Decía que en todo hogar era necesario un hermoso juego de porcelana, que inspirara a compartir un momento de paz en medio de la vorágine diaria —le tiende la enorme caja—. Estuvo en casa todo el tiempo, lo siento, papa nunca te lo quiso entregar. Pasó por encima de la voluntad de ella, presumo que en su enojo siquiera contempló el deseo de nuestra madre.
—Pobre de ella que nunca supo a ciencia cierta lo que significaba un amor correspondido, a veces me pregunto cómo pudo creer que nuestro padre sería capaz de quererla más allá de su ilustre nombre y el dinero. Tomaré esa porcelana solo porque me la ofreces tú, Franny. Aunque, pensándolo bien —nos mira con malicia después de colocarla sobre una de las mesillas de té—… ¿No deberías guardarlo para ti? Se adquirió como regalo de boda, y ya incluso tengo una hija.
—¡N-no, es tuyo! —Franziska, tanto como yo, se sonroja de pura vergüenza— ¡S-siquiera pienso en eso todavía!
—Bien, pues si te soy franca —se pasa una mano por los cabellos y muerde sus labios, como si analizara lo que va a decir a continuación—... Creí que debías tenerlo ya en mente.
—¡¿…?! —ambos pasamos del rubor al blanco del mármol.
—No me malinterpreten, nadie los está juzgando —cruza los brazos y se arrellana en el asiento—. Sé lo que es verse envuelto en un escándalo, conozco la situación. Para la prensa resulta muy divertido descubrir a los demás que somos humanos, a través de lo que ellos llaman "deslices".
—¿A-a qué te refieres? —Franziska parece a punto de desmayarse. Trago en seco, esperaba el golpe, aunque no tan rápido.
—Míralo tú misma —levantándose va hacia una estantería llena de libros y recoge un diario, colocado sobre una hilera de estos. Lo trae, para dárselo en sus manos, y vuelve a sentarse—. ¿No tenías idea? Es el número de hoy, con su exclusiva en primera plana. La calidad de la foto deja qué desear, pero es evidente de quiénes se trata.
—¡Esa reportera maldita! —nunca he visto a Franziska tan fuera de sí, no admite siquiera que intente un gesto de consuelo— ¡Debí haberme percatado! ¡La gritona, métome en todo! ¿No es la misma que buscó implicarte en aquel incidente y le dio una foto como evidencia a mi padre?¿Qué tiene contra ti, Miles Edgeworth? ¡Esa obsesión por verte ahogado en el fondo del pozo responde a un interés particular!
—Nnnnghooooh, tus deducciones son completamente erráticas —sentirse ofendido y con vergüenza a la vez en una casa ajena, es una combinación que no le deseo ni a mi peor enemigo—. Te recuerdo que igual nos ayudó con el caso del asesinato en el P.I.C. Se trata de una sensacionalista… y no soy su blanco excepcional. Como todos los fotógrafos, persigue a cualquier figura pública que le sirva para un artículo.
—Franny, debes acostumbrarte a la idea ¿sabes? Mi primer consejo de hermana será que no te dejes ganar por los celos, no tiene caso —ella se levanta para ir en busca del té y lleva consigo la porcelana de regalo—. Te hará la vida un tártaro, si le das pie a la insistencia y los comentarios.
—Tsk, el látigo pide sangre —murmura Franziska una vez que estamos solos—. Voy a dejar mi marca en esa mujer de tal manera que no necesitará un traje de presidiario. ¡Miles Edgeworth, su crimen tiene que pagarlo con sentencia de cadena perpetua!
—Deja que te lo diga de nuevo… ¿No apoyamos la verdad? Muy bien, vamos a dársela tan clara y precisa, que no tengan la oportunidad de reclamarnos —su ofuscación va cediendo ante mi apoyo. La hermana regresa con el juego de té y hace un gesto aprobatorio con la cabeza, debió oír mis palabras—. Ya jugó nuestro oponente sus fichas blancas, ahora nos tocará a nosotros… A mí, en específico ¡Y les reservo un jaque mate en dos movimientos!
—Lástima que nuestra primera reunión sea con una noticia como ésta de por medio. Si les sirve de bálsamo, al menos tendrán la suerte de salir bien parados —noto que le trae recuerdos bastante dolorosos de su propia experiencia. Suspira, mientras sirve la infusión e identifico por el aroma que se trata de un magnífico Darjeeling—. Ustedes fueron manejados de tal modo por Manfred von Karma, que ni siquiera pueden aceptar gustarse como algo normal. Ténganlo por seguro, él estaba consciente de lo que pasaría. Incentivar la rivalidad y el odio entre dos almas tan compatibles, en plena adolescencia, haría que ese amor incauto aumentara en pasión. Y si esta última se ve sujeta, añorando lo que no acaba de suceder… Tienes un perfecto averno como existencia. Cursi tal cual suena, pero verídico.
G-gaaaah, la verdad siempre es dolorosa como quiera que la pongan.
—¿Cuántos años les tomó confiarse tan "espantoso" hecho? Apuesto a que todavía no logran mirarse de frente —sonríe, apurando su té—. Pongamos las cartas sobre la mesa —continúa muy seria—, ya han dado pasos al respecto, dicha o arrepentimiento, lo que logren de esto depende únicamente de cuan unidos estén para enfrentarlo… La confianza que tenga una en el otro y viceversa es esencial, les toca ser defensores de sí mismos, de su condición humana.
Me veo de abogado otra vez y no puedo evitar acordarme de Wright. ¿Qué será de él y de Maya en tanto tiempo? ¿No sería lógico que terminaran aceptando lo inevitable, justo como nosotros? Abandono el letargo, al escuchar que Franziska recibe la mejor disertación sobre cómo ser profesional y llevar su género a la vez, que he oído en mi vida. Me convendría instruirme, no conozco prácticamente nada en materia de convivencia y tampoco quisiera morir en el intento.
—Franziska, llegaste a la cumbre de tu carrera ¿no es tiempo ya de que le des un espacio a la vida personal? Eso no significa que te detengas, incluso yo, solo espero a que la niña se encamine para volver a mi arte.
—¿Retomarás la profesión? —Franziska abre los ojos muy sorprendida— ¿Aunque te hayas retirado?
—Un descanso momentáneo, eso es todo, nunca fue un retiro propiamente hablando. Mi esposo y yo nos las arreglaremos para que todo marche bien, sin descuidar la educación de nuestra hija —esa forma de vivir sin ambages debió hacer que mi mentor perdiera completamente los estribos, hasta desheredarla—. Me alegra haber escuchado su buena disposición para salvaguardar lo que sienten, señor Edgeworth. Aunque no haya tenido el placer ni la posibilidad de residir junto a mi hermana, igual quiero su ventura… Y ésta no existiría si usted no hubiese regresado a tiempo de poner las cosas en su lugar —vuelve a sonreír, divertida—. Solo espero que sepa lidiar con ella, no desconozco lo difícil de su carácter…
—En ambos, el temperamento viene dado por la influencia de Manfred von Karma —hago un gesto negativo con la cabeza y le devuelvo la sonrisa—. Puede que sea una potranca desbocada, pero no voy a recoger sus riendas a menos que sea necesario.
—¿Quién es la yegua desbocada? —Musita Franziska, cruzándose de brazos— Tsk, así dice un penco viejo y lento, que no se da cuenta de los hechos ni poniéndole la evidencia ante sus narices.
—¡Franziska, ya basta! ¿En serio vas a molestarme toda la vida con eso? —Jamás me sentí tan abochornado por causa de mi lentitud respecto a los sentimientos y hasta ahora tampoco se los confié a nadie.
—Ella necesita madurar, señor Edgeworth —interviene la hermana, conciliadora—. Ya se percatará de que esa ojeriza no tiene caso mantenerla. Hágale vivir el futuro tal como lo ha decidido, y verá que pronto se le olvida.
Recobro la compostura e interiormente agradezco su mediación.
—Debí alentar a mi tutor de casarla con el fiscal Payne, tal y como dijo que haría, si no sacaba el máximo en sus notas —recuerdo irónico y ella salta—. Lástima que se aplicó, hoy no tendría que oír sus recriminaciones.
—Grrrr. Miles Edgeworth, te la haré pagar en toda la extensión de la palabra —la amenaza velada, dicha en susurros, no me sugiere precisamente un repaso con el látigo.
—Señor Edgeworth, conociendo los métodos de Manfred von Karma para convertirnos a todos en "perfectos", es un milagro que tenga incluso humor para reírse. Pudiera escribir una novela de género fantástico acerca del tema, si se me diera borronear cuartillas —interesante manera de reconfortarnos, es gracioso comparar su irónica desenvoltura con la hosca mordacidad de su hermana—. Él nunca miró con buenos ojos el hecho de que me convirtiera en una persona. Cuando digo esto, me refiero a que tenemos derecho a vivir un libre albedrío. Pudo conmigo mientras era una niña, luego —noto el orgullo de haberse librado de la "perfección"—… No me interesaba convertirme en fiscal. Lo siento, pero me parece la cosa más aburrida del mundo. Quería dedicarme a una carrera que para nuestro padre significaba una ofensa total.
—A juzgar por ese magnífico Blüthner, deduzco que tiene que ver con la música —señalo el piano de cola en un extremo de la sala—. Imagino perfectamente lo que debió representar su elección para Manfred von Karma.
—No, su idea quedará a medias por mucha imaginación que tenga —sonríe abiertamente—. De cualquier modo, habla con una estrella fugaz del espectáculo. Años atrás subí a los grandes escenarios bajo otro nombre, encarnando a Isolde, la Kundry de Parsifal, Elsa del Lohengrin, tantas…
¡Ack! No puedo creerlo y debí darme cuenta mucho antes. El rostro tan parecido al de Franziska… Su fama llegó a América, luego de ganarse un merecido lugar en Europa. Zhen Fa la hizo embajadora especial… Recuerdo que allí fui invitado a la ópera y su voz de soprano dramática me hizo pasar gratos momentos, sobre todo cuando entonó el Geliebter, komm! de Tannhäuser. Aquella Venus ha trasmutado en una mortal, hermana de Franziska.Sí que el mundo es pequeño.
—Hice una pauta cuando mi notoriedad empezó a crecer, debido a la niña. Me hubiese gustado presentársela, pero no se encuentra aquí, su padre la llevó de paseo… ¿Sabe tocar el piano, señor Edgeworth? —me pregunta y añade—. No me equivoco en reconocer a un amante de la buena música.
—Creo que soy mejor apreciándola.
—Es demasiado tímido o modesto tu compañero, Franny —sonríe divertida, va ligera hacia el instrumento y levantando la tapa hace correr los dedos por las teclas, en una escala de Sol—. Por cierto, alguien me contó que mi querida hermana posee una bellísima voz de mezzosoprano ¿Qué tal si me regalas una canción? ¿Algo de ópera? Es un conocimiento prácticamente obligatorio en los hijos de la alta sociedad.
—Hmph, nghn —Franziska luce cohibida, pero no se atreve a contrariar a su pariente.
Solo espero que no insista en hacerme tocar el dichoso piano, por salvarse del embarazo—. Me he olvidado de las letras, no recuerdo sino los casos que preparo.
—Haz un esfuerzo, nada de trabajo ahora ¿te parece Carmen en su Habanera? ¡Aquí está la partitura! —de pronto se ve igual de niña que Franziska cuando se entusiasma. Empiezo a percatarme de cuan atractiva se vuelve una mujer al aflorar en ella ese rasgo tan delicioso—. Por hoy escapará, señor Edgeworth —torna hacia mí, ya sentada al piano—, la próxima vez no lo dejaré ir sin que nos deleite con una pieza.
Inconcebible, Franziska se deja arrastrar sin quejas de por medio. Es una tranquilidad saber que ella ganó una hermana de la que puede fiarse y yo, cierta especie de amiga familiar. Me congratulo por decidir traerla, este lugar es un oasis previo al desagradable asunto que me espera.
/
Siquiera tengo idea desde hace cuánto tiempo no entono una canción. Esta llamada habanera, solo una vez, once años atrás… No me imaginaba entonces en la piel de esa gitana, que literalmente acabó con la vida de un hombre y la suya propia. Pensaba que al no tener ese poder de seducción, o quizás sí, pero no estaba en mí explotarlo con solo doce años, tanto Miles como yo seríamos inmunes a toda la exaltación que provocaba la música. Gravísimo error. Me pregunto ahora cuánto habrán cambiado las cosas.
Mi voz brota del abdomen rotunda y grave, con toques irónicos e impositivos. Quizás sea la primera Carmen tentadora dominante, con la idea de conquistar un solo hombre, pero igual de dispuesta a morir por lograr mi voluntad.
El amor es un niño gitano
Que nunca ha conocido ley
Si no me quieres, yo te amo,
Si yo te amo, ponte en guardia.
Callo, el tono se pierde en el silencio y Miles me observa, demasiado serio para un momento tan emotivo. Esta copla al amor rebelde que Carmen expone, revive nuestra adolescencia. Once años atrás la música era su único sosiego en los tiempos de estudio… Canté por insistencia suya, nunca me había escuchado y se burlaba del tono con que solía gritar mis órdenes u objeciones. Inocente de mí, no supe darme cuenta de su verdadera intención, mi voz le agradaba en demasía, picándole la curiosidad de oírme cantar. De modo que acepté más por demostrarle mi talento que para mi gusto y respondió con los arpegios de una flauta que guardaba en el estudio. No lo intentamos de nuevo, fuimos tan elocuentes en aquel armonioso idioma que precisamos bajar los ojos y volver a los libros, con el deseo a flor de piel. Carmen había triunfado en su seducción una vez más, aún oculta bajo la apariencia de alguien tan ajeno a su mundo, como solo puede serlo una fiscal.
Intuyo de inmediato que vuelve a sentir lo mismo y el hecho de conocer un punto sensible en su carácter inmutable hace que me estremezca de placer. No obstante, ambos estamos incómodos por revivir esas emociones en presencia de una tercera persona, aunque sea de mi sangre.
—Hmm, demasiado tiempo para una primera visita —digo con timidez, mi hermana me mira con expresión de quien no soporta oír formalidades—. Creo que debemos marcharnos…
—Creo que debes quedarte un rato más —me interrumpe y luego se vuelve hacia Miles—. ¿Tendría a mal que comparta unas horas conmigo? Quiero que conozca a su sobrina.
—Heh, no es mi decisión —él sonríe con malicia. No sé por qué, pero tal parece que sin hablar se pusieron de acuerdo sobre algo—, pero si Franziska lo desea, vendré por ella dentro de unas horas —acepto y se incorpora, dispuesto a ir hacia el centro de detención—. Con su permiso, debo marchar. Ha sido una reunión en extremo agradable, pero tengo compromisos que cumplir.
—Hasta pronto, señor Edgeworth. Franziska, ¿pudieras acompañarlo a la puerta? —ese tono insinuante me da escalofríos—. Si te fijas, no tengo mayordomos ni nada que se le parezca. Voy a preparar un buen almuerzo, espero que usted no demore tanto como para perdérselo.
—No se moleste por mí —él se inclina agradecido—. Me sentaría mal si los hago esperar por causa de mi trabajo.
—Oh, estoy segura de que nos dará el tiempo suficiente para que llegue mi esposo con la niña y a prepararlo todo —siempre oí de mis padres que ella era muy tenaz—. Complázcame, ¿sabe lo tanto que ansié un milagro como éste? ¡Franny y yo juntas de nuevo!
—Ya que insiste, no puedo negarme —Miles se encoje de hombros, conforme. Noto su agrado al ser bien recibido en el seno familiar.
Ella se retira hacia el interior de la vivienda, imagino que a la cocina. De mala gana, porque sé que mi hermana lo ha hecho a ex profeso, lo sigo hasta la entrada.
—Confía en mí —dice con seguridad y añade serio—, nadie mejor que tú sabe lo que soy capaz de hacer por los que quiero. Puedo entregar mi emblema, cargo y trabajo, pero no renunciaré nunca a dos cosas: el camino hacia la verdad, por muy doloroso que sea, y… a ti, Franziska —una de sus manos me alza suave el mentón—. No importa lo que digan.
—Entonces, ponte en guardia, Miles —asevero, mirándolo directamente a los ojos—. Porque no tendremos paz.
—He cambiado mucho, por causa de Wright, por Kay y por ti, aunque esto último no lo creas. Me siento incapaz de contener mis palabras. Tomemos a Carmen por ejemplo, en su lucha solitaria contra el mundo, convertido en un ruedo. No quiero negarlo por más tiempo, no después de escucharte cantar.
—Entonces, lleva esto contigo —lo inclino hacia mí, atrayéndolo por las solapas de su chaqueta y el beso es apenas un roce tierno—. Acéptalo como evidencia.
—Una muy alentadora, en verdad —sonríe con cierta picardía—. Heh, estás muy cooperativa con el caso.
—Dale su merecido a esa periodista chismosa, que no le queden ganas de meterse en la vida de los demás ¡Hmph, deseo rebanarla en veinticinco pedazos!
Lo veo marcharse y apenas me doy cuenta de que mi hermana está en pie tras de mi.
—Bien hecho, una caricia tan oportuna bien puede transformar al fiscal en San Jorge —sonríe divertida, poniendo su mano en mi hombro—. No lo juzgues tan duro como a veces lo haces, Franny. Cualquier hombre que hubiese pasado lo que él, ni siquiera pensaría que tiene derecho a enamorarse, menos con ese carácter. A Dios gracias, él es juicioso.
—¿Sabes cuánto esperé por su buen juicio? —digo enojada, recordando las veces que Miles parecía amar a Kay o a Maya más que a mí. Los celos eran peor que aguijonazos y no dudaba en expresarlos, confiando que notara la profundidad de la herida— ¡Creí que moriríamos solos!
—Por lo mismo, ahora que reaccionó hazle la vida más llevadera, mujer. Y asegúrate de que le gustes más que ninguna otra cosa —de repente, asocio el tono malicioso de mi hermana con el de aquella fiscal tan descarada que nos topamos en la fiscalía—. Lo siento, ya sé que es muy rápido para hablar de esos temas cuando recién nos conocemos, aunque seamos parientes —chasquea la lengua—. No soy de andarme con tapujos, él parece muy fiel a sus decisiones y dudo que ceda a los encantos de cualquiera, pero igual puede aburrirse si no cambias el menú de cuando en cuando.
—¿A-a qué te refieres? —me encojo y la miro, asustada.
—Si nunca antes lo has alabado, hazlo. No pases todo el día riñéndole. Que te vea reír más a menudo, haz todo lo que antes no harías. Sorpréndelo. Te garantizo que su disposición para contigo crecerá más.
—Agh, eso es difícil. No puedo cambiar mi personalidad.
—No tienes por qué, es solo que te muestres más femenina y agradable con él. Incluye, por supuesto, que —parece que se da cuenta de mi aprieto cuando suaviza el tono—… Él y tú se comen prácticamente con los ojos ¿Cuántos años llevan aguantándose? Franny, disculpa si hurgo en tu vida personal, pero supongo que no has tenido quien te aconseje al respecto. Y después de todo, soy tu hermana mayor. Si se te hace muy complejo responderme, puedes callar…
La pregunta me saca de paso. A mi edad no conozco más que lo leído en varios tratados de sexualidad, y por cuestiones de trabajo. Una von Karma instruida con los principios de la familia, jamás hubiese tenido ni idea de lo que significa una relación, no ya sexual, sino de cualquier tipo. Me avergüenza que a mi edad ignore lo que saben la mayoría de las chicas con solo quince años.
—Ya veo. No tienes que ruborizarte —ella sonríe divertida—, puedes ir tan despacio como lo desees. Apresurarse en estos casos es contraproducente, por eso te ofrezco una fórmula para que vivas a plenitud cada segundo, hasta que ganes el final.
Me hace un gesto para que la siga, pidiéndome que la ayude con la cocina. Voy tras ella sin atreverme a levantar la cabeza, Miles al igual que yo, fue educado bajo la moral de los von Karma ¿sería bien acogida por él esa forma sensitiva que me sugiere mi hermana?
