Los personajes de CCS son propiedad intelectual del grupo CLAMP. La historia es de mi autoría.
"Los registros secretos del corazón de una chica"
Flores tempestuosas III
El callejón lucía especialmente lúgubre esa noche. Comenzaba a arrepentirme de pretender ser una buena persona, ofreciéndole ayuda a Maemi para arrojar todos nuestros desperdicios en el contenedor de basura. La cocina parecía un campo de batalla desde que ella fue transferida a esa estancia. Yuto estaba de mal humor la mayor parte del tiempo, inclusive olvidó clasificar sus desechos para marcharse temprano y estar lejos de la mujer que tanto lo fastidiaba.
En mi opinión, estaban enamorados. Pero eran demasiado testarudos para admitirlo.
Me sobresalté al descubrir que una familia de ratas se había establecido en nuestro viejo contenedor, dejando las bolsas de basura a un lado. Intentaba discernir la mejor manera de deshacerme de ellas sin tener que tocarlas, hasta que alguien me abordó por las espaldas cubriéndome la boca.
Había pensado en atraer a Bubble con un poco de atún y dejarle el trabajo sucio a un gato experto en la caza de alimañas, pero en ese instante, con mi cuello siendo sofocado por el antebrazo de un hombre oculto en la oscuridad, lo único que deseaba era convertirme en vapor y escaparme con el frío de la noche.
Otra vez mi vida se remontaba a una situación ficticia de televisión, como el día que conocí a Landon, con la diferencia de que en esa oportunidad no correría con la suerte de conocer a otro millonario. No podía gritar. Estaba tan asustada que ni siquiera tenía que concentrarme para escuchar los latidos despavoridos de mi corazón.
Conservaba la esperanza que dentro poco mamá saldría a buscarme para regresar juntas a casa; se llevaría un buen susto, pero como era habitual, me sacaría de apuros.
La mano que me asfixiaba estaba empapada con una sustancia que no provenía de mis ojos afligidos, porque se filtraba entre sus dedos obligando a mi paladar a percibir su sabor metálico cada vez que intentaba aspirar aire. Era difícil decir quién estaba más agitado y preocupado por su supervivencia, ya que ambos respirábamos conmocionados, desesperados por encontrar el remedio de nuestros problemas.
—Tranquila, escucha muy bien lo que voy a pedirte —ordenó mi captor, acercándonos a la puerta de empleados del restaurante, la única fuente de luz en el callejón. Asentí sin protestar, sin necesidad de hacer algo estúpido para manipular la situación a mi conveniencia—: ayúdame.
Creí que mi imaginación estaba gastándome una broma al vislumbrar el rostro de un sujeto que me intrigaba, pero que ni en la peor de mis pesadillas deseaba encontrarme a solas por lo que se rumoraba de él en Tomoeda. ¿Qué podría hacer una pobre mesera adolescente por el supuesto líder de una peligrosa pandilla?
—Recuerda que me debes algo, pequeña Kinomoto. —Un penetrante escalofrío me recorrió la cabeza con la misma latencia de una caries dental devastándote los nervios. Mi mala suerte me había llevado a relacionarme con tipos que no debía, pero en esos instantes prefería los malos tratos de Syaoran, que la navaja de Joji localizando el punto más accesible de mi garganta—. Si me ayudas, te prometo que todo estará bien.
Asentí con la cabeza cuando él me otorgó cierta confianza descubriéndome la boca. No dudaba que al notar cualquier indicio sospechoso de mi parte, Joji trazaría su firma con mi sangre en el callejón.
—¿Qué quieres que haga? —tartamudeé, sosteniendo la mirada fija en la puerta. Hubiese preferido tener a Joji molestando a los alrededores durante la semana para reclamar sus cenas gratis, que en el justo lugar donde mamá se negaba a colocar una cámara de seguridad.
—Sólo llévame a la dirección que voy a indicarte.
Fue como si las cadenas que tiraban dolorosamente de mi cuerpo haciéndome presa del pánico, se rompieran a medida que mentalizaba el sitio al que Joji quería llegar. ¿Tan grave se encontraba?
—¿Por qué no llamas tus seguidores? —pregunté intentando normalizar mi respiración—. Todo te resultaría más fácil.
—Vaya que eres tonta —dijo acompañando su gruñido de una risilla maléfica—. En mi mundo no se puede tener una confianza ciega en nadie, sobre todo si vas a involucrar a tu familia.
La comprensión de sus palabras me pegó más fuerte que un vahído consecuencia de montarte tres veces consecutivas en la montaña rusa más salvaje del Japón. Siendo la madre de Joji propietaria de Magic and Spells, me había figurado que su padre sería un peligroso asesino en serie que disfrutaba de sus vacaciones en prisión. No un pastor de iglesia al que todos respetábamos en la comunidad.
No estaba sacando conclusiones apresuradas, esa noche había servicio especial en la iglesia para alcohólicos en rehabilitación y ahora que estaba lo suficientemente impresionada para dejar a un lado el miedo, podía figurarme rostros y hacer comparaciones.
—Creo que lo has comprendido —susurró Joji, arrastrando su navaja por la extensión de mi cuerpo hasta que dejó de tocarme—. Sé que tú guardarás el secreto tan bien como él.
—No sé cómo ayudarte —dije sinceramente—. La iglesia no está muy lejos y no tengo forma de ocultarte en un coche porque ni siquiera sé conducir. —Y tampoco pensaba involucrar a mis amigos que sí sabían hacerlo.
—Sólo necesito que me acompañes —jadeó Joji, apoyando su peso en mi espalda—. No puedo andar solo.
Era un criminal, pero también un ser humano al que se le escapaba la vitalidad de sus días con el líquido carmesí brotando de su herida. Me pregunté si hacía mal auxiliando a alguien, que según decían, había lastimado a más personas de las que podía contar con los dedos. El problema de las pandillas en la ciudad no era un secreto para nadie, pero en los últimos tiempos todo se mantenía tan tranquilo que casi lo habíamos olvidado.
Coloqué el brazo de Joji sobre mis hombros, buscando una postura que contribuyera a nuestra atrofiada marcha.
—Si quieres, puedo vendar tu herida —ofrecí, dudando en abandonar el secreto protector del callejón.
Joji negó en un gruñido quejumbroso, cubriendo la parte lesionada de su abdomen con un pañuelo ensangrentado. Me preocupaba que el arma injuriante hubiese perforado un órgano vital y él pareció comprender mi preocupación, apretando conciliadoramente mi hombro. Aunque lo llevara con su padre, no tendría la atención médica adecuada porque por ningún motivo Joji permitiría ser trasladado a un hospital. Eso implicaría delatar a la persona que lo lastimó y explicar las razones que tuvo para hacerlo. Algo me decía que no se trataba de nada bueno.
—Concéntrate en el camino —me advirtió una vez dejamos atrás el callejón.
Asomé la cabeza por ambos lados de la calle, sin tener avistamientos de nadie que pudiese significar un problema. El taller de los Li había cerrado horas antes porque Ryuri tuvo algunos inconvenientes con un compañero de clases y el señor Hien se encontró en la obligación de recogerlo sin el apoyo de Nasdeshiko, que se mantenía al margen de todos mientras asimilaba su amor no correspondido. Incluso Touya comenzaba a notar su ausencia.
Opté por acortar nuestro recorrido conduciéndonos al parque, jurándome que habría hecho lo mismo por cualquier persona que hubiese solicitado mi socorro. No se me ocurría ninguna razón coherente por la que Joji buscaría la ayuda de una chica que cedía a la desesperación ante el peligro. Tampoco me atreví a preguntar.
—¿Acostumbras cruzar el parque a estas horas? —inquirió él, constriñendo su rostro de dolor.
—Me acorta el camino a casa.
—No lo hagas, es peligroso. —Decidí hacer oídos sordos de su advertencia ahora que ya me encontraba infiltrada en el sitio prohibido por el líder de una pandilla. Joji debió ingresar al grupo siendo casi un niño o haber cometido una acción muy mala para merecer ese título.
—Cuando estemos cerca, déjame caminar solo. No quiero que él te vea.
—¿Te refieres a tu padre?
—Mi padre, tu guía espiritual, lo que sea —respondió agachando la cabeza. Quizá sintiéndose avergonzado de él o de su propia familia—. No importa que seas un buen hombre para el mundo si continúas decepcionando a los tuyos.
—Eso no justifica que hayas perdido el camino.
—Nunca estuve en el camino, Kinomoto —suspiró, reflejando el sufrimiento de su alma en el azul tormentoso de su mirada. Supuse que hablar de sus orígenes era incluso más doloroso que una puñalada—. Me gusta lo que hago desde que era un niño. Tenía una pandilla de mocosos a mi cargo para estar el mayor tiempo posible fuera de casa. Supongo que la recuerdas.
Una pelea, mis pichones y Syaoran, se agolparon en mi mente confirmando el recuerdo del que había considerado el susto más grande de mi vida hasta esa noche.
Miré a Joji cuando pasábamos bajo la sombra de un árbol que disipó la tensión de mis nervios. No lo creía capaz de hacerme daño aún si gozara de buena salud. Me pareció extraño porque en nuestros encuentros anteriores, me había tratado con la repulsión de un rival enemigo, pero en ese momento, tan débil como se mostraba, olvidó tal vez erguir la barrera que ocultaba a la persona que realmente era.
Yo creía que todas las personas a pesar de la oscuridad que consumía sus corazones, tenían sentimientos y que de alguna manera, los malos siempre eran los más vulnerables. Las situaciones extremas de sus vidas les orillaban a encerrar en una coraza protectora la parte humana que todavía sufría y se atormentaba con arrepentimientos. Absteniéndose de amar por temor a ser decepcionados, pero una vez decidían entregar su corazón por segunda vez, lo hacían por siempre.
Joji necesitaba de un amor que le enseñara con paciencia a recuperar su estabilidad, si no era el de una persona, bien podía ser el de Dios, a quien no le importa tu pasado cuando te acoge entre sus manos para hacer de ti una piedra preciosa como su hijo amado. Reconciliarte con Dios no significa que ya no habrán pruebas ni que se terminarán tus problemas, sino que siempre estará él a tu lado para brindarte consuelo y pelear tus peleas cuando ya no tengas fuerzas para hacerlo.
Supuse que su padre se lo habría explicado más de una vez, por lo que preferí no abordar el tema.
—Mis padres se separaron por razones obvias, cuando yo era pequeño —comentó Joji, vislumbrando de cerca las luces de la iglesia—. No fue difícil asimilarlo y por lo tanto, no era una cosa que me molestara porque muy dentro de mí, conservaba la esperanza de que ellos fueran a reconciliarse algún día. Pero todo se vino abajo el día que papá se casó por segunda vez, estaba devastado. El hombre que yo admiraba profundamente iba a sustituirme por otros hijos que no estuvieran defectuosos y reemplazó a mamá por un tipo de bruja que no hechiza con instrumentos sino con palabras.
Tragué saliva mentalizando la imagen perfecta de la familia Hamilton. Ni si quiera en la tarde más aburrida del verano, me habría dedicado a incluir a Joji en ese retrato. Lamentablemente no podía decir que comprendía su dolor porque nunca tuve que enfrentarme a una situación parecida y aunque así fuese, mamá decía que cada persona sobrellevaba sus cargas de la peor o mejor manera posible.
—Lloré como una nena en este parque después de la ceremonia, quería que su matrimonio fracasara y sus hijos sufrieran tanto como yo lo hacía en ese momento. Los odiaba a todos y quería destruir muchas cosas hasta que llegó un ángel a mitigar mi pena con su canto. Era una simple niña que jugaba bajo la lluvia sin reparar a quién deleitaba con su voz. Al principio me dio vergüenza que fuera a burlarse de mi desgracia, los niños son crueles a esa edad, pero ella fue la excepción de todo. No lo hizo.
Sonreí satisfecha de que Joji no estuviera solo ese día. Nos aproximamos al estacionamiento y esperamos entre los arbustos a que el servicio terminara. Recargué a Joji en el grueso tronco de un árbol, quejándome de lo exhausta que me había dejado el viaje. Él sin embargo se limitaba a respirar a niveles preocupantes de tranquilidad.
—Pero el alivio fue momentáneo, como la bestia que sólo se apacigua mientras dura la melodía. Volví a buscarla y hasta el día de hoy, casi siempre la encuentro en este lugar. —Habíamos tantas chicas en el coro, que aún no averiguaba a quién se refería cuando asió mi muñeca con la suficiente fuerza para provocarme daño—. No te estoy contando esto porque confíe en ti, sino porque así sabré a quién cortarle la lengua si alguien más llega a saberlo.
—No necesitas amenazarme para que no diga nada —respondí frunciendo el entrecejo, con la esperanza de que notara en mi rostro la molestia que su ofensa me causó.
—Sé dónde vives, con quiénes te relacionas y lo más importante, conozco al imbécil del que estás enamorada. No dudes que comenzaré por él si llegas a delatarme y creo, que será suficiente para hacerte daño.
Olvidé con quién estaba tratando hasta que Joji se encargó de recordármelo de la peor manera. No volví a abrir la boca e intenté no preocuparme por él, consciente del peligro al que había expuesto a mi familia, sobre todo al chico que amaba. Joji tenía razón, si cualquier cosa llegaba sucederle a Syaoran por mi culpa, sería como quitarme la vida. Quería que esa pesadilla terminara de una buena vez para correr a casa a asegurarme que todos estuviesen bien.
El pastor Hamilton por fin salió de la iglesia cuando todas las luces se apagaron, dejándonos inmersos en la oscuridad que necesitábamos para salir de nuestro escondite. Joji se incorporó con dificultad, abriéndose paso entre los arbustos con pisadas vacilantes.
A pesar de todo, me quedé a corroborar que su padre le brindase la ayuda que necesitaba y tal como lo esperaba, sucedió. No hubo nada diferente en la escena de un padre afligido por su hijo, ellos retornaban a la iglesia al tiempo que yo retomaba mi camino a casa. El restaurante ya estaría cerrado y supe que nadie notó mi ausencia cuando encontré a Syaoran sentado en los escalones del porche con una manzana recién pelada entre las manos.
Fue como haber saltado de una dimensión a otra en pocos segundos. Me sentí desconcertada y feliz de verlo después de lo que me pareció una eternidad. Él me recibió con su sonrisa de chico inocente, ajeno de cualquier atisbo de malicia.
Tuve que parpadear innumerables veces para creer que llevaba puesta la gorra roja que yo le había obsequiado el día que cumplió trece años. La usó desde entonces hasta que entró a la preparatoria y lo perdí completamente. Ahora que estaba en proceso de recuperarlo, me pareció una señal de que él esperaba que así lo hiciera.
Me metí entre sus brazos para sosegar mi necesidad de sentirme cerca de alguien a quien creía conocer. Su calor era la sutura que unía los pedacitos de mis ánimos cuando estaban destrozados, pero también podía ser la tijera que los cortaba de maneras irreparables. Comprendí entonces que amarlo era un dilema complejo, una cuestión que no estaba dispuesta a resolver mientras las nubes pudiesen cubrir el sol.
—Te quiero demasiado —susurré contra su pecho, expuesta a que él descubriera el imperceptible rastro de sangre en la manga de mi uniforme.
—Y tú estás más bonita cada día —respondió acariciándome la cabeza.
Sus palabras me emocionaron al punto de unas lágrimas que me obligué a conservar para los momentos tristes. Lo quería tanto que estando a su lado, olvidaba quién era yo. Ponía incluso sus necesidades encima de las mías; una manía insana que desarrollé con los años.
—Promete que cuidarás de ti. No importa si un día decides alejarte, yo estaré bien siempre que tú lo estés.
Syaoran me separó de su regazo, deslizando sus dedos extendidos por mi garganta. Uno cayó en la marca que la navaja de Joji había dejado en consecuencia de nuestra complicidad, pero Syaoran decidió ignorarla recomponiendo su sonrisa.
—¿Recuerdas el día juntos que prometí darte? —Asentí—. Lo quiero ahora, quiero ayudarte a comprender mis sentimientos por ti.
Había tenido demasiadas aventuras ese día como para arriesgarme a salir con Syaoran.
—Nuestros padres tardarán en regresar y tu hermano está con Nakuru, no tienes excusa.
Si Hien y Nadeshiko se encontraban en realidad resolviendo sus diferencias, llegarían cuando menos a medianoche. Y de Touya ni hablar, mi hermano ni siquiera se tomaría la molestia de dormir en casa. Me incorporé solicitando el permiso de Syaoran para cambiarme de ropa aunque deseara intensamente un baño antes de largarme a dormir.
Había reunido muchas expectativas sobre nuestra primera cita y lamentablemente ese evento llegó en el momento menos oportuno de mi vida. Cotton Candy reposaba de forma descarada en el sofá de la sala, esperando que su dueña llegase con su comida especial según la nota en la mesilla del vestíbulo, especificando la ubicación de Tomoyo en el supermercado.
No tardé demasiado en escoger un vestido blanco de tirantes con un suéter rojo a juego, pero fui bastante generosa con la máscara de maquillaje que ocultaría mi estado de ánimo. Era lo mínimo que Syaoran merecía por comportarse tan adorable conmigo en los últimos tiempos.
Localicé mi bolso perdido entre los cojines de mi cama y estuve lista para salir. Me ajusté los zapatos dándole indicaciones de seguridad CC, confiando en que Tomoyo leería la nota que dejé el tocador del baño. Una vez la puerta se cerró atrás de mí, Syaoran me tendió su mano para guiarme a su automóvil.
—Tu madre parece una buena persona —comentó aminorando la velocidad de sus pasos—. No me importaría tenerla de madrastra. ¿Te imaginas lo que sería vivir juntos?
Por supuesto que lo hacía, pero nunca en plan de hermanastros. —Sería extraño.
—Bastante retorcido —concordó él, aturdiéndome con su cercanía al abrirme la puerta del coche como buen caballero pecaminoso—, y me gusta. Podrías dormir conmigo en las noches de tormenta.
Se rió de mi sonrojo desplazándose a ocupar su lugar correspondiente de conductor. Lo miré arrojar la gorra al asiento trasero antes de ponernos en marcha y que el viento se encargara de acomodar su cabello.
Apreté las manos en mi regazo sintiéndome como una niña de primaria intentado seducir a un joven apuesto de preparatoria. Aunque la diferencia de edades no fuera significativa, se notaba en mis gestos tímidos la escases de mi experiencia.
—¿Qué sucede? —me preguntó Syaoran, al primer cambio de semáforo—. No me digas que ya te arrepentiste de venir conmigo.
Posó una mano en la porción descubierta de mi muslo, acariciando el interior con su pulgar. Un chillido se perdió en mis labios cuando apreté las rodillas sintiéndome patética. Syaoran se apartó con cuidado, haciéndome saber que no estaba molesto por mi comportamiento infantil.
—No sé qué hacer —confesé, plegando los brazos a mi pecho para cubrirme más allá de lo que mi abrigo me permitía hacerlo.
—No tienes que hacer nada para mantenerme contento. Me basta con escucharte decir que me quieres y saber que me perteneces a pesar de todo.
Tenía miedo de mirarlo a los ojos y descubrir que estaba mintiendo. Pero me encontré atrapada en el encanto de su voz, que implicaba una invitación ineludible a sumergirme en la fosa ambarina que me llenaba la vida de color. Cuando Syaoran me hacía sentir especial, casi podía ver mis sueños reflejados en los suyos, porque lucharíamos en conjunto para tener un destino en común.
Yo le daría hijos y todo el amor de mi corazón disfrutando de los éxitos que cosecharíamos. Sin embargo era consciente de que no era eso lo que él buscaba. En Rinkan College se rumoraba que Syaoran planeaba largarse de Tomoeda una vez terminara la preparatoria para buscar mejores oportunidades en otro sitio. Y no faltaba mucho para que eso sucediera. Él olvidaría pronto a una chiquilla torpe como yo si no hacía nada para retenerlo.
—Me duele no poder darte lo que quieres.
Syaoran suspiró cansinamente, orillando el automóvil para conseguir un mejor acceso a mi cuerpo, apretándolo en un abrazo testarudo que me encogió el corazón.
—No voy a mentirte, me gusta el sexo. Pero quiero que contigo las cosas sean diferentes, estoy dispuesto a esperar el tiempo que sea necesario.
Sonreí aunque Syaoran no hubiese comprendido mi punto. No deseaba complicar más las cosas, así que guardé silencio durante el resto del camino imaginando diferentes escenarios para nuestra cita, menos la torre telefónica en el centro de la ciudad donde se llevaría a cabo. Al principio pensé que Syaoran me estaba gastando una broma, confirmándome que no era así cuando desabrochó su cinturón de seguridad, saliendo a toda prisa del automóvil.
Era un edificio enorme y supuse que él llevaba tiempo embelesado con su imponencia porque me dejó atrás para apreciar de cerca el esplendor de su estructura.
—Ven, sirenita —me llamó echándose a correr—. Ya casi llegamos.
Bordeamos el edificio hasta toparnos con la puerta de emergencia que Syaoran consiguió abrir de alguna manera. Entré medio esperando que las alarmas de seguridad se dispararan con nuestra irrupción, apresurándome a seguir a Syaoran en el ascenso por las escaleras.
Él estaba tan emocionado que no se detuvo a reparar en la urgencia de oxigeno que yo necesitaba cuando vislumbrábamos el décimo piso. La única ayuda que obtuve de su parte fue su mano impulsándome a no perderme de su trote apresurado. Creí que iba a desvanecerme frente a la puerta que marcó el final de mi suplicio, dejando que los ruidos atenuados de la ciudad tranquilizaran mi corazón con la brisa fresca que los traía llenándome los pulmones.
Hasta entonces comprendí la premura de Syaoran por refugiarse en ese lugar que no tenía nada más extraordinario que su calma relativa. Era casi un templo que otorgaba la oportunidad de escuchar los pensamientos con voz propia. Alcé la mirada a las estrellas convenciéndome de que nunca había estado tan cerca del cielo.
—Es maravilloso —le dije a Syaoran, aproximándome a abrazarlo por la espalda. Era mucho más emocionante que mirar una película en el cine con toda la tecnología actual disponible y mil veces más satisfactorio que una comida en cualquier restaurante elegante.
Syaoran echó su cabeza hacia atrás con una reluciente sonrisa adornando sus labios.
—Esto es todo lo que representas para mí, Sakura. Un mundo hermoso lleno de oportunidades que me he privado de explorar por miedo a profanarlo.
Extendió sus brazos invitándome a mirar el panorama desde su perspectiva. Tomoeda lucía hermosa engalanándose con centenares de luces opacando la tristeza y corrupción de sus calles. Parecía un lugar justo y habitable para todo el que buscara ser feliz. Y yo creí fervientemente que nosotros podíamos serlo.
—Antes de entrar, quiero decirte que te amo, que eres lo único que sueño cuando estoy solo. No sabes el infierno que es desearte como te deseo, porque cada vez que te imagino a mi lado reclamando tu inocencia de la manera más satisfactoria que he vivido nunca, me siento sucio por corromperte en mi pensamiento.
Mis brazos cayeron inertes a mis costados como creía que colapsaría mi corazón por una sobrecarga de sentimientos.
Me quería.
Syaoran me quería de la misma forma en que yo lo amaba.
No encontré manera de decirle que él significaba todo para mí; que me había enamorado de él creciendo a su lado, con la inocencia férrea de un corazón esperanzado a ser correspondido, que aún siendo una niña, no cabía en mis fantasías otra persona que no fuese él. Porque cada vez que cerraba los ojos, se formaba en mis parpados un caleidoscopio de recuerdos suyos que me encantaría seguir coleccionando.
—Tu recuerdo asalta mi cabeza con una constancia que supera mis límites de cordura, porque el susurrar del viento siempre lleva consigo tu voz, sirenita. —Syaoran me arrulló en sus brazos levantándome del piso y si alguien me hubiese advertido que esa sería la transición del cielo al más tortuoso de los infiernos, habría preferido morir envuelta en la intensidad de su cariño antes de ver fulminadas mis ilusiones con el fuego calcinante de su mirada—. Y es así como llegamos a la peor parte de la historia.
Cada instante de lo que prosiguió, se gravó en mi memoria como si hubiese solicitado perpetuarlo en una ráfaga de fotografías cuyo único rasgo en común, era la repulsión que Syaoran sentía por mí.
Momentos antes me había hecho sentir la persona más dichosa sobre la tierra; si quedaba un pequeño vestigio del amor que juró tenerme en su corazón, no tenía derecho a arrancarme de mi ensoñación de una manera tan grotesca. Si nunca lo creí capaz de lastimarme, había llegado el momento de hacerlo. Sería demasiado estúpida si continuaba confiando ciegamente en él después de esa noche.
—Porque también eres lo que más odio en este mundo. Amarte Sakura Kinomoto, es incubar al mismo tiempo al monstruo que va a destruirme tarde o temprano. Las mujeres como tú, se deleitan con el sufrimiento de las almas que se desgastan adorándolas toda su vida, hasta que encuentran a alguien que les ofrece oportunidades que van más allá del cariño.
No sabía si el dolor en mi pecho era consecuencia del impacto o era mi corazón desmoronándose, deslizándose de mi cuerpo como la zapatilla que pendía del último dedo de mi pie. No había ninguna superficie que me brindara estabilidad y a pesar del viento alborotado mi falda, me negaba a abrir los ojos sólo para descubrir que Syaoran de verdad estaba a punto de arrojarme del edificio si soltaba mi mano.
No.
Antes de hacerlo, quería que sus palabras funcionaran como un par de rocas atadas a mis tobillos, para asegurarse de que nunca pudiese emerger de las profundidades del abismo al que me estaba empujando.
—Pero no te preocupes, amor mío —susurró. Su voz flaqueaba a medida que mi llanto se hacía más profuso, no recordaba haber sentido tanto temor de nadie como de Syaoran. Ni siquiera la navaja de Joji rozando mi cuello me provocó tal terror. Ni un dolor comparable al de un corazón roto—. A pesar de saber que vas a lastimarme, yo no lo haré. Nunca.
Tenía el estómago revuelto cuando tiró con fuerza de mí para atraparme de nuevo en sus brazos, que ya no me otorgaban ningún consuelo. Syaoran sabía que me había asustado e intentó reponer su error ocultando su rostro en mi pecho. Si sus acciones no me hubiesen dejado traumatizada, me habría concedido permiso de consolarlo porque podía asegurar que de los dos, era él quién estaba más asustado.
—Sé que mi amor por ti, está mal —sollozó devastando la voluntad de mi alma con sus lágrimas preciosas formando un collar de diamantes alrededor de mi cuello—. Es obsesivo, enfermizo y nos hace daño. Pero no me obligues a dejarte sin saber antes lo que se siente besarte, hacerte mía las veces que se me antojen en una noche. Sólo una vez, Sakura. Por favor.
¿Cómo le decía que ahora que conocía sus sentimientos por mí, yo ya no lo quería a mi lado?
Consentir su petición, sería aceptar un viaje sin retorno arriba de un automóvil sin frenos, que sólo se detendría hasta impactarse contra un muro, devastando la vida de ambos. No dejaría de amarlo de la noche a la mañana, pero en nombre del cariño genuino que yo le tenía, me apartaría de su camino.
Notas de autora:
Sí, Syaoran es un desquiciado en potencia. Y si se consternaron, lo siento mucho. La historia va tomando el rumbo retorcido que deseaba :D. Cada vez que termino de editar un capítulo me da pesar el final que le tengo preparado a la pobre Sakura, pero eso ustedes lo sabrán a su tiempo.
En otras novedades no tengo conexión a internet y visitar un ciber afecta mi economía xD. Así que dudo actualizar la próxima semana, lo digo para quienes siguen el fic de "Algunas noches."
Espero las impresiones de su parte ._.
