Disclaimer: Ni los personajes ni la historia es mía, esta es una adaptación y los personajes son de Meyer.


Una dependiente de la tienda vino hasta nuestras mesas − ¿Quieres algo más? –preguntó Edward.

No, estoy lista para salir de aquí.

Él dudó−. Así que, ¿A mi casa?


Capítulo 10.

Muchos pensamientos se agolparon en mi mente: él me dio todo lo que me podía dar, podría marcharme sin mirar atrás, sin tener que hacer frente a esta persona muerta que no quería tener nada que ver conmigo. Tan rápido como habían llegado, estos pensamientos se alejaron.

Edward había dado su granito de arena, y yo estaría tan llena de mierda como el resto de ellos si me salía al cabo con la mía.

− ¿Por qué no? – dije. El alivio se apoderó de su rostro tan rápido que casi creía que comenzaría a llorar –. Haré lo que pueda, − añadí rápidamente−. Ella estaba un poco… tímida la última vez. No puedo prometer que esto va a funcionar.

− Supongo. –Confiaba en él, basta con preferir correr el riesgo de cinco minutos en el auto que caminar otra media hora de conversación incomoda.

Naturalmente, Edward consiguió trabajar en la incomodidad entre nosotros de todos modos. –Si no te importa que te pregunte, −dijo empujando hacia atrás la silla para levantarse−. Sobre los espíritus y esas cosas. ¿Cómo es eso? ¿Los ves desde siempre?

Mi garganta se cerró, y me di la vuelta de donde yo estaba para que no pudiera ver mi cara. Hice puré con mis dedos las migajas de panqué que quedaban –Sí, los veo, pero no siempre. –Fue una mañana después del baile de graduación de Alice.

Yo había retrocedido los recuerdos tantas veces que corría como una película en mi cabeza. Esa noche, me había quedado hasta la madrugada escuchando el chasquido de la puerta y el roce de los zapatos de Alice en el pasillo, y luego despertando tarde y aturdida en la mañana, dándome cuenta de que me había quedado dormida sin querer. Cuando había pasado pesadamente la puerta entreabierta de Alice a la escalera, ella estaba allí. Solo tengo una idea de ella, acurrucada en su cama, llorando tan fuerte que pensé que deberían de ser capaz de escucharla por la calle. Nada nuevo. Algunas tragedias en la fiesta de graduación, me di cuenta –Jasper había terminado con ella, o alguien había derramado algo en su hermoso vestido. Es curioso que Reneé no estuviera allí para consolarla, pero tal vez Alice había estado inconsolable. Ya había ocurrida antes.

Entonces llegué a la cima de la escalera y oí lloriquear a Reneé en el comedor. Mi piel empezó a arder. Mamá nunca lloraba, no donde alguien podía verla. ¿Dónde estaba Charlie? El pánico me golpeó y yo buscaba en el comedor. Charlie estaba ahí, de pie detrás de Reneé, apretándole los hombros. Mamá se secó las lágrimas con un pañuelo.

−Oh, Bella, −dijo

Charlie se hizo cargo. –Bella… −su voz chirrió−. Tu hermana…

Se aclaró la garganta. –Tu hermana… Murió anoche. –Me miró fijamente. Las palabras me golpearon. Alice no estaba muerta. Ella estaba arriba. Acababa de ver que… ¿no la había visto?

−Bella –murmuró mamá.

Huí, por las escaleras hacia la puerta de Alice, y miré en su interior. Allí estaba ella. Sollozando, ahora en voz baja, en la almohada. Abrí la puerta totalmente, preparándome para decirle que bajara las escaleras y arreglara las cosas, y fue entonces cuando me di cuenta. El borde de la almohada, las hojas rosas de impresión, se transparentaba a través de ella. Se sentó en la cabecera golpeándose contra la pares, y pude ver la cabecera de arce a través de su rostro.

− ¿Bella? − dijo−. Bella, ¡Todo el mundo está loco! No quieren hablar conmigo, ni siquiera me miran. ¿Puedes preguntarle a mamá que está mal? No puedo conseguir que me lo digan.

Estaba oscuro y sólido, y nada parecía que fuera real. Lo era, me quedé pensando, yo quería que se fuera, y ahora se ha ido.

− ¿Bella? ¿Bella, me escuchas? – decía Edward, sacudí la cabeza hacia arriba. Estábamos en la esquina de mi calle, de alguna manera habíamos llegado allí.

−Estaba pensando, −le dije.

−Sí, me di cuenta. –Él agachó la cabeza− quiero decir, siento lo que te pregunté, yo no tenía la intención de…

−Está bien. Tú querías saber cuando sucedió. Hace cuatro años. Inmediatamente después de que mi hermana murió. La parte de cómo, no sé. No vienen con un manual.

Empujé mi cabello detrás de las orejas y él comenzó a caminar hacia mi casa, asó que rápidamente me fui detrás de Edward. Después de un segundo, le alcancé-

−Wow, −dijo−. Debe haber sido duro. Siento lo de tu hermana. ¿Tus padres saben?

Escupí una carcajada. − ¿Qué te parece? Yo estaba asustada al principio, por lo que he tratado de decirles, y acabé consiguiendo que me enviaran a un psiquiatra. Todo lo que ellos saben, fue un breve episodio desconsolado que nunca se repetirá- −Había algunas cosas que no fueron hechas para que los padres las manejaran. Tener una hija de doce años balbuceando que puede ver el fantasma de su hermana de ser una de ellas.

En el auto, Edward abrió la puerta del pasajero primero. Yo quería hundirme en el asiento y apoyar mi cabeza contra la ventana, pero no con Edward viéndome. Ya estaba mirándome divertido. Tuve que unírmele.

− ¿Por qué pasa contigo, todas esas cosas? –Me preguntó−. Es interesante. –Hizo girar la llave en el contacto, el motor ronroneó.

−No conozco a muchas personas que hablan con los muertos sabes, tú… hay otras cosas también, además de "Puedo buscar a tu mama". Eso es todo lo que es importante para ti ¿No? Yo no soy un monstruo que camina.

−No creo que eres un monstruo.

−Bien.

−Bueno, yo no. –Hizo una pausa por un segundo para comprobar su punto ciego en la entrada− interesante y extraña no son la misma cosa. Mi madre solía decir: cada persona que conoces es como una historia fascinante que nunca has leído antes.

−Eso es realmente sabio, − dije.

−No sé si era sabio, −dijo Edward−. Pero ella era… buena. Si la necesitaba, ella dejaba todo. Ella siempre estuvo ahí. Eso es más de lo que puedo decir de cualquiera otra persona que conozco.

−Debe haber sido buena. ¿Y sin hermanos o hermanas?

Él asintió con la cabeza. –Ella decía que en cada familia que conocía con más de un niño, los padres siempre terminaban teniendo favoritos, aunque no fuera su intención. No quería que eso sucediera.

Bueno, yo no podía refutar eso. –Así que ¿era buena y generosa y todo? ¿No hacía nada para ella misma?

−Fue todo para ella. Realmente le gustaba ayudar, estar ahí para las personas. Trabajó en el asilo, se ofreció en el refugio de personas sin hogar durante las fiestas, ¿Es tan difícil creer que alguien quiere hacer todo eso?

Me encogí de hombros. –Es difícil creer que no tenía nada que era solo para ella.

−Bueno… − sus ojos fueron distantes mientras examinaba el camino−. Le gustaba la música. Yo solía venir a casa y ella estaría cantando algunos álbumes viejos. Y tomó clases de piano por un tiempo. Creo que el teclado sigue en el sótano…

Su voz se detuvo, y me acordé de lo que más bien habíamos encontrado en el sótano ayer.

−Ya que estamos hablando de historias fascinantes, −dije− ¿Qué hay de esto contigo y tu papá?

Se le pusieron los dedos bancos por apretar el volante.

− ¿Qué quieres decir? –dijo, su voz endurecida.

−No estoy ciega. Ayer parecía como si prefirieras ser apuñalado que decir hola. Y tú mismo me dijiste que no podía hablar con él.

−Sí, bueno, no quiero hablar de él tampoco, ¿De acuerdo?

− ¿Crees que vivo para compartir historias acerca de cómo veo a la gente muerta?

−Sólo déjalo en paz−espetó.

Incliné la cabeza hacia atrás mirando el techo gris del coche. –lo que tú digas.

El coche siguió adelante, Edward mirando tristemente al frente. Pensando. Era como ese día en el parque, una vez más. Él era entusiasta de escuchar acerca de las partes extrañas de mi vida, pero no responde una pequeña pregunta sobre su familia.

−Se fue, −dijo Edward, de repente. Se detuvo, y esperé−. Cuando mamá se enfermó, y sabíamos que no iba a mejorar, no podía soportarlo. Dijo que era demasiado difícil para él verla más débil. Por lo que se fue. El hospital la trajo de vuelta a casa en la etapa final, y se mudó. Estuvo en algún hotel en alguna parte. Yo no lo veía desde hacía meses. Solo regresó cuando estaba ella en el hospital nuevamente para los últimos días.

−Él… ¿Tú pasaste por todo eso por tu cuenta? – Me las arreglé a decir.

−Bueno, había una enfermera diez horas al día, y mi tía, la hermana de mi mamá, pasaron muchas noches. Nos ayudó a tenerla allí.

− ¡Qué idiota! Tienes que odiarlo.

Edward no dijo nada, sus ojos estaban fijos en el parabrisas. Un rayo de nube se deslizaba, blanco con el vientre gris. Dio la vuelta en su calle sin problemas y se estacionó frente a su casa en silencio.

Tomé una respiración profunda. Después de que toda conversación se había convertido en confesionario, me sentía estrujada como un trapo de cocina. Tiempo para apartarme de eso, de enfocarme. La madre de Edward no pudo escapar del sótano desde ese tiempo, pero nada le impide hundirse en las paredes o flotar a través del techo, tal vez yo hubiera hecho algo para asustarla ayer, pero quizás no se acuerda de mi hoy, de todos modos. Tal vez tenía miedo de la gente en general. Tenía que asumir que no importa lo que hiciera, no podía quedarme aquí mucho tiempo una vez que entre. Tendría que empezar a lanzarme dentro del caso al segundo que atravesara por la puerta.

Edward frunció el ceño. − ¿No se lo puedes explicar conmigo aquí?

−Si ella está nerviosa, entre más personas hay, será más difícil poder escucharla. Tan pronto como esté lista te llamaré.

−Está bien. –Salimos del coche, Edward miró hacia la casa, con la boca apretada− pero tan pronto como sea posible.

−Por supuesto, −dije−. ¿Qué tengo que hablar con ella?

Esperé en el auto mientras él cortaba por el camino de entrada para comprobar la cochera, −Definitivamente se ha ido, −gritó de nuevo a mi−. Está bien ir.

Caminamos hasta el pórtico y me entregó las llaves. –Ve delante. Es la más grande de plata. Voy a esperar aquí.

Busqué entre las llaves hasta que encontré la que necesitaba. El seguro se interpuso por un segundo, a continuación, hizo clic. La puerta estaba abierta.

− ¿Señora Cullen? –Llamé, saltando sobre la puerta hacia la oscuridad de la sala. Un poco de azúcar se quedó bajo el polvo. Se me cayó el llavero en el estante del zapatero, empujé la puerta para cerrarla con el pie, y bajé la voz−. Señora Cullen, necesito que venga afuera por un minuto, por Edward. Sé que me oye, y si va a hablar conmigo yo también la puedo escuchar. Es solo por Edward, se lo prometo. Creo que quiere saber que usted esta… bien, o algo. Ahora él piensa que está aquí, no creo que se vaya a dar por vencido, así que vamos a acabar de una vez, ¿de acuerdo?

El sabor del azúcar hormigueó en mi lengua, y la sala se iluminó débilmente. Entré por la puerta.

− ¿Señora Cullen?

El comedor se llenó de un brillo aireado, y dentro del resplandor flotaba una mujer. Su vestido blanco de verano ondulaba alrededor de su cuerpo esbelto. Ella se deslizó hacia mí, deteniéndose en el umbral con las manos cruzadas frente a ella. Debajo de los rizos color miel, su rostro era delgado y pálido. Me miró con los ojos del mismo color verde esmeralda de Edward.

Ella era la persona muerta más bonita que había visto nunca. Si yo no lo hubiera sabido, podría haber pensado que era un ángel.

− ¿Quién eres tú? – dijo, su voz suave, pero incomoda.

Respiré lentamente. –Yo soy… una especie de amiga de Edward. Los dos vamos al instituto. Él me pidió que viniera.

− ¿Por qué? ¿Qué quieres?

−No quiero nada –le dije−. Es Edward, fue su idea. Lo único que quiere… bueno, no sé exactamente lo que quiere, pero creo que le gustaría hablar con usted, sabe que estamos aquí. Está esperando afuera. ¿Te quedarías aquí si voy por él?

Arrugó la frente. –Esto no es buena idea. No deberías haber dejado que él…

−Escuche, espere un segundo –La interrumpí levantando mis manos−. Dígamelo todo. Sólo estoy aquí porque él me hizo venir. Su hijo es un chico terco, usted sabe.

Ella atenuó las sombras que se filtraban a través de ella. –Ya lo sé – dijo −. Lo siento. No puedes entenderlo. Lo veo mirando hacia mí, allí sentado en mi habitación o aquí abajo, perdiendo todo ese tiempo cuando debería estar con sus amigos o preparándose para la universidad, se hace daño y es culpa mía. Si yo pudiera irme, si yo no estuviera aquí en absoluto…

Ella no tenía más control sobre esto que Alice o los otros, por supuesto. A pesar de que no podía dejar de preguntarme si podría tener algo que ver con ella después de todo, algo que ni siquiera se daba cuenta. Si sus preocupaciones por Edward fueron su propiedad aquí, él no la dejaría ir. Por supuesto, ¿los muertos no tenían preocupaciones? Pero si ella hubiera sabido en que mal estado quedaría, entre su padre yéndose y sus amigos abandonándolo…

Tal vez el dolor en su rostro había sido suficiente para que nadie quisiera quedarse e intentar algo más.

Negué esos pensamientos distantes. Yo no tenía manera de saber, y no cambiaría nada de todos modos.

−Podría ser que tal vez, con una vez que hable con usted se sentirá mejor al respecto, −sugerí−. Puedo decirle que solo tiene cinco minutos. Puedo escucharla durante un tiempo, y luego terminamos, todo el mundo regresa a sus… vidas.

−Pero… si sabe que estoy aquí, podría ser aún más difícil para él…

¿Difícil para él? Quería decirle que no había manera, ahora que Edward se concentra en esto, n la dejaría ir, hasta que la encontrara, pero la falta de esperanza en su rostro me hizo dudar. Solo había una cosa que se podría decir y que ayudaría. –Si quieres, puedo decirle que estaba equivocada y que tú no estás aquí.

Sus manos se entrelazaron. −No− dijo ella−. Yo nunca le miento, y no quiero comenzar. ¿No podrías simplemente decirle que estoy aquí? ¿Qué quiero que empiece a pensar en sí mismo, en vez de mí?

−No creo que lo vaya a hacer−le dije−. En serio, si yo pudiera, yo prefiero hacerlo de esa manera. Pero si usted no lo escucha a él, creo que va a seguir intentándolo, y tal vez eso resulte peor.

Nos vimos una a otra durante un largo rato, y luego bajó la mirada. –Está bien –dijo, en voz baja−. Vamos a tratar. Cinco minutos.

La puerta principal crujió, y Edward asomó la cabeza adentro. − ¿Bella? ¿Qué está pasando?

−Dije que esperaras, −le dije, mirando a su mamá. Miró más allá de mí a la puerta. Después de un segundo, ella asintió con la cabeza.

−He estado aquí siempre, −dijo Edward−. ¿Tú ni siquiera…?

−Está bien, está bien. –Me hundí en el sofá−. Entra ella está aquí.

Edward acechaba en el centro de la habitación, la puerta se cerró detrás de él con un fuerte golpe. Giró sobre sus pies, mirando hacia las sombras. Su mamá se cernía a su lado. La luz en su interior parpadeaba.

−No vas a ser capaz de verla, −le recordé.

−Bien. –Su boca se abría y se cerraba y abría de nuevo.

−Por ahí. –Incliné la cabeza en su dirección−. Debes poner en marcha lo que querías decirle a ella. Tenemos cinco minutos.

− ¿Cinco minutos? ¿Por qué?

−Ella así lo quiso en absoluto. Dijo que tú estabas pensando mucho en ella. Eso la está molestando.

− ¿Pensando en ella? –Arrugó la frente−. ¿Mamá? −dijo−. Por supuesto que estoy pensando en ti. Si eres ti, ¿verdad? Quiero decir, ya no te duele ¿o sí?

−No hay dolor, −murmuró ella, sonriendo.

−Ella dice que el dolor se ha ido, −le expliqué a Edward.

−Bien− Él me miró− Lo siento, no es que no te crea, es colo… tengo que estar seguro de que es ella.

Me encogí de hombros y levanté las cejas hacia su mamá- ella se deslizó hacia delante, lo suficientemente cerca para tocar su hombro con los dedos. Su mirada nunca dejó su cara. –Antes de ir al hospital la última vez, le di mi anillo de boda para mantenernos cerca, así sabría que estaría a salvo.

−Ella dice que tú tienes su anillo de bodas.

Sus ojos se agrandaron. –Ella… ella está realmente aquí. –Se dio la vuelta como si pudiera echar un vistazo de ella si se movía con suficiente rapidez−. Está bien, el anillo… ¿Querías que se lo diera a papá? Él no ha preguntado al respecto, pero creo que él sabe que lo tengo.

−Es tuyo ahora. Haz lo que creas que es mejor.

−Te puedes quedar con él, o lo que creas mejor. –Miré el reloj. Iba la mitad del tiempo arriba, pero tal vez para su madre era más fácil darle un poco más.

− ¿Te vas a quedar aquí? –preguntó Edward a la sombra.

Su sonrisa se rompió, cayendo a un lado. –No lo sé. Yo no creo que sea mi decisión.

−Ella no lo sabe. No depende de ella−Añadí−. Por lo que puede decir.

−Oh. Yo… ¿Hay…? –Su voz se quebró, y él se quedó mirando el suelo. Se me ocurrió que podría tener algo que él no quería que yo escuchada, algo solo entre su madre y él. Bueno, yo no podía ayudar.

−Debería irme, −dijo su mamá.

−Hey, solo tenemos un minutos más−le dije a ella. Y entonces a Edward – Si hay algo más, debes decirlo rápido.

− ¿Cómo puedo…? ¿Qué debo hacer? – le espetó, con voz tan cruda que levanté la mirada de mi reloj. De su rostro se habían ido las manchas color rosa−. Todos… ahora es diferente. La gente habla a mi alrededor en vez de a mí, actúan como si nada, como si hubiera sido solo una excusa para decir que lo sientes y sentirse bien por pretender darme atención, como si no siquiera notaran como me siento. Y papá. No puedo confiar en él, y tía Esme se fue a casa, por supuesto… No hay nadie. No sé qué hacer.

Su madre se acercó, tocando su mejilla. –Dile que… dile que perdonado a su padre, y él debe tratar de hacerlo. Dile que debe vivir la vida de la manera que él quiere y estar cerca de personas que se preocupan por él. Hay personas que se preocupan. Y, por favor, dile que necesita cuidar de sí mismo. Le es difícil dormir. Creo que es –negó con la cabeza− no me gusta.

Ella le besó los dedos y rozó su frente sobre ellos. –Yo estoy aquí. Estoy bien. Cuídate de ti mismo ahora. –Ella se alejó en la pared.

Repetí sus palabras a Edward. Él no levantó la mirada. Después de un minuto de silencio, dije, −Ella se fue. De la habitación, quiero decir.

Él se hundió en el sillón de la esquina, con los hombros caídos. Yo me ocupé tirando de un hilo en la tapicería del sofá. Edward se aclaró la garganta, pero no salió nada.

Nos sentamos en la oscuridad, con las cosas que había dicho, las cosas que ella había dicho, las cosas estoy segura de que deseas no haber escuchado hablar, hasta que pensé que todo iba a ahogarme.

−Me iré, −le dije, levantándome. –Llegaré tarde a clases.

Edward miró mi cara. El color se había instalado en su rostro y sus ojos eran claros, pero sin lagrimas. Empujó sus pies sin mucho esfuerzo. Pero cuando sonreía, parecía que su cara se iba a romper por la mitad y desmoronarse.

−Gracias, −dijo−. Quiero decir, gracias no dice ni la mitad, pero no sé qué más decir.

−No te preocupes− le dije− es algo que puedo hacer, eso es todo –me abracé a mí misma, mis brazos cruzando el pecho. No podía culparlo si iba a sentirse un poco mal, pero yo no creo que ninguno de los dos quisiera que yo estuviera aquí para verlo. No había nada que yo pudiera decir que lo hiciera sentirse bien. No podía siquiera confortar a Alice sobre nuestra madre, yo lo sabía mejor que nadie.

−Algo que nadie más puede hacer, −dijo, y se echó a reír con una voz melodiosa pero dolida −. ¿Así que supongo que te voy a recoger mañana a las nueve?

Bien. La fiesta. Abrí la boca para protestar, pero algo en la forma en que me miró, me sacó una sonrisa, dejé de esas palabras salir –De acuerdo−dije−. A las nueve.


LOOO SEEE.. no tengo perdón de Dios ): pero es que fue un rollo, me cai de un caballo y estuve hospitalizada y bueno.. resulto que me retrase con el colegio mas de lo que pensé.. pero bueno ya estoy bien y aquí estoy, con un nuevo cap.. este fin subo el próximo.

Kath: jaja pero si di muchas pistas en el cap pasado! Bueno pero este ya se deben resolver casi todas tus dudas no? Jajaja gracias y un besote! AnaisDifi: yo me termino hunger games y no te cuento nada jajaja.. pero creeme que me lo agradeceras (: te gusto? Jaja te quiero amiga Melanie Stryder: jajaja te di una pista? Hmmm, bueno pero en este cap ya se conoce mucho de la mama de Edward, verdad? Un besote! Cullenliver: gracias! Espero que te guste este capitulo! Un besote Cely Peralta: Hola! Si disculpa, no me había dado cuenta que tenia los anónimos bloqueados, apenas me di cuenta lo active, gracias por comentar! Espero que te guste este (: