Buenas noches, gente linda!
Aquí les caigo con el noveno capítulo, en donde presento a un par de OC's de mi creación que aparece justamente en mi fic "Assassin's Creed: Ángeles Exterminadores" y "AC: Evolución" XD.
Ojalá lo disfruten!
Vicka.
IX.
Las hermanas Corso.
Butters deslizaba sus dedos en medio de las cuerdas de la guitarra a la vez que veía cómo Keith Richards ejecutaba un ejercicio con una de las tantas técnicas para ejecutar alguna melodía.
- …Una vez dominado el trémolo, entonces ya podrás combinarlo con varias técnicas para ejecutar tu propia música – decía el legendario roquero.
Llevaba prácticamente cinco días en aquél pequeño cursillo de "hágalo usted mismo"; ha estado practicando durante casi todo el día cada vez que podía, aunque por las noches abandonaba la práctica y depositaba su tesoro en la base que había adquirido junto con los amplificadores para entregarse por completo a las dulces caricias de Marcus o a su trabajo como gigoló.
Había pasado prácticamente un mes y medio desde que había llegado a Nueva York; los días pasaban, pero el joven rubio lo aprovechaba al máximo para así morir tranquilamente sin preocuparse de nada, ni siquiera de quedarse sin techo.
Era toda una vida la que había construido en poco tiempo; era alguien más, era alguien que tenía amigos, un amante temporal, un hogar temporal y una guitarra que se había convertido en su terapia para distraerse del mero hecho que iba a morir. No era el Butters Stotch sin amigos, sin familia, sin un techo a dónde acogerse, sino que era el Leopold LaVolpe rico en esperanzas, tal vez con todo y sus defectos y virtudes, pero ante todo, una persona que valora cada instante de su vida como si fuera el último.
Sentía que había cambiado.
Que había evolucionado a nivel emocional y espiritual; incluso a nivel físico parecía haber mejorado, ya que no había caído enfermo aún cuando cometiere alguna imprudencia; incluso parecía ser que su sistema inmunológico se fortalecía cada vez más.
Ah, ilusiones vanas...
Eso era lo que el chico pensaba siempre; tenía los pies sobre la tierra, siempre dispuesto a esperar con una sonrisa a que el Ángel de la Muerte le sorprendiera. Decían que uno mejoraba su salud cuando estaba próximo a morir, y de eso el muchacho no lo dudaba.
Suspirando hondamente, el rubio esperaba pacientemente a que llegara un segundo cliente de la noche en solitario.
Lucy y Connor ya no estaban con él debido a que la primera había terminado su trabajo de campo y estaba en el proceso de clasificar la información obtenida durante la investigación, y a que el segundo había logrado colocarse en un puesto como profesor asistente en su facultad.
Los veía en la cafetería los fines de semana, que eran los días en que más se relajaba; los ayudaba con la redacción o incluso con la calificación de algunas pruebas sorpresa. Aprendía a conocer cada autor, su teoría representativa, la discusión de dicha teoría y hasta su aplicación en la actualidad, e incluso empezaba a interesarse un poco más en el campo de las Ciencias Sociales y Humanidades.
Si pudiera vivir más, estudiaría duro cualquiera de las carreras que captaron su interés… ¿Pero para qué pedir más tiempo si era lo que menos tenía en su vida?
De repente escuchó un ruido en el callejón; Butters, con cierta curiosidad, decidió adentrarse un poco en él para asegurarse de que fuera un vagabundo y no un peligroso ladrón el que estuviera revisando el enorme bote de basura.
- ¿Hola? – inquirió - ¿Hay alguien aquí? ¿Hola?
No hubo respuesta.
- ¿Hola?
- Hola – le respondió la voz de una niña.
Butters, sobresaltado, fue hacia el fondo del angostillo mientras decía:
- ¿Quién anda ahí? Sea quien sea, no le voy a hacer daño. Lo prometo.
- ¿De verdad lo promete? – le replicó nuevamente la voz.
- ¡Fiamma! – exclamó otra voz femenina.
Repentinamente salió detrás del bote de basura una niña de unos cinco años; de cabellos castaños oscuros, ojos azules celestes y ataviada con un abrigo color rojo oscuro todo destintado y sucio, la niña sostenía entre sus brazos un oso de peluche todo derruido.
Butters, con ternura, se inclinó un poco y le preguntó:
- ¡Hey! ¿Qué haces aquí? ¿Y tus padres?
La niña se acercó con confianza y le respondió:
- Mi mami falleció cuando era una bebé… Mi papi era malo.
- ¿Malo? ¿Por qué tu papi era malo, pequeña?
- Porque era alcohólico hasta la muerte – le respondió una voz femenina.
Butters levantó su vista… Y enseguida se quedó prendado de la joven adolescente pelirroja que estaba de pie detrás de la niña.
De cabellos rizados rojos como el fuego, sus orbes negros lo miraban fijamente, como si fuera incapaz de creer que aún había bondad en este mundo; sus labios carnosos, sus pecas discretas y sus ropas rotas solamente ayudaban a que resaltara más su belleza.
- ¿Es tu hermana? – inquirió Butters.
- Sí - le respondió la chica pelirroja mientras apartaba a la niña de Butters -. Es mi única familia…
- Entiendo… Disculpa si interrumpí algo… Pensé… Pensé que era un gato o un ladrón. Con su permiso…
- ¡Espera! – exclamó la niña, quien se soltó de su hermana y corrió hacia el rubio para tomarle de la mano y preguntarle: -¿Tienes comida?
- ¿Comida? Pues… No tengo aquí por el momento… Uhmmm… Espera.
De su bolsillo sacó un billete de 100 dólares y, entregándoselo a la niña, le dijo:
- Con esto pueden comprar hasta dos pizzas pequeñas o algo de pan…
- ¡Wow, gracias! – exclamó la niña con un brillo en los ojos - ¡Mira, Cristina! ¡Tenemos cien dólares! ¡Somos ricas!
- Devuélvele eso, Fiamma – le dijo Cristina con tranquilidad.
- ¿Pero por qué? ¡Tengo hambre! ¡Además, él me lo dio!
- Lo siento, pero debes aprender a ganártelo.
- ¡Pero…!
Cristina tomó el billete de las manos de su hermana pequeña y, entregándole a Butters el billete, le dijo:
- Lo siento, amigo, pero no aceptamos tu limosna.
- Pero tu hermana tiene hambre- replicó Butters muy preocupado por la delgadez de la niña.
- Lo sé, pero… Mucha gente pensaría que se lo hemos robado a alguien cuando no es así.
- Pero…
- Te agradezco que quieras ayudarnos, amigo, pero… Ya tenemos que irnos.
- ¿A dónde?
- A donde sea con tal de pasar bien la noche… Gracias por tu generosidad.
Dicho eso, tomó a una protestante Fiamma de la mano y estuvo a punto de marcharse, pero Butters la tomó del hombro y les dijo:
- Pueden pasar la noche en mi casa si quieren.
- ¡¿Qué?! – exclamó Cristina – No, gracias…
- Leopold.
- Ok… Leopold. No queremos ir a tu casa. Gracias.
- Tengo comida.
- No.
Cristina se dispuso a continuar su marcha, pero de nueva cuenta Butters la detuvo diciéndole:
- Al menos deja que tu hermana coma algo. La veo muy delgada y ella está en una etapa en que debe alimentarse bien para crecer sana y fuerte.
- ¡He dicho que n-!
- ¡Cristina, por favor! – exclamó Fiamma - ¡Tengo hambre!
- Ya conseguiremos algo de comer en algún otro lado, cariño.
- ¡No quiero ir a otro lado! ¡Quiero comer con Leopold!
- ¡Fiamma, no me hagas escenitas! – le regañó Cristina.
La niña se soltó del agarre de su hermana y abrazó con fuerza los brazos de Butters, quien en ese momento se sintió un poco incómodo. Cristina, sabiendo que Fiamma no era de rendirse fácilmente, tiró la toalla al decir:
- ¡Argh, está bien! ¡Está bien! ¡iremos a comer con Leopold!
- ¡Eh! – exclamó Fiamma muy feliz.
- Pero cuando terminemos de comer, nos vamos, ¿ok?
- ¡Está bien!
Butters sonrió.
&%&%&
- ¿Así que huiste de tu casa cuando tu padre se puso más agresivo de la cuenta? – inquirió Leopold con tristeza mientras que Cristina y él charlaban junto a la ventana.
Cristina Corso, de 15 años, bebió un poco del café que le había servido Butters mientras que Fiamma dormía plácidamente en la cama.
- Sí… Lo peor del todo es que el estúpido infeliz casi nos mata cuando tomó un revólver y comenzó a disparar.
- ¿Por qué no llamaron a la policía? O al menos uno de sus vecinos…
- Nadie quería meterse con mi padre, Leo. Ya van varias veces que amenazaba a todo el mundo con matarle si se metía en nuestros asuntos. En cuanto a la policía… Lo he hecho varias veces y en esas veces siempre salimos Fiamma y yo perdiendo con eso de ir separadas a hogares sustitutos en lo que él aprobaba sus exámenes de Alcohólicos Anónimos.
- Je… Es comprensible.
- ¿Y qué hay de ti? Digo, tienes este lugar ta acogedor con todo lo que uno desearía tener: sofás de cuero, una linda mesa comedor de cristal con sillas de cedro color caoba… Una cama Vera Wang… Y esa genial guitarra Fender con sus amplificadores Marshall… Y tú que andas diciendo que no eres rico.
- No lo soy. En serio no lo soy. Todo esto… Todo esto lo adquirí con… Con la tarjeta de crédito del banco con el que ando endeudado hasta la madre. Con eso y con el dinero que… Que robé de las tarjetas de crédito de mi padre y del padre de mi ex novio.
Cristina le miró sorprendida mientras que Butters, suspirando, continuó narrándole:
- Vengo de South Park, Colorado. Es un pueblito montañés… Ahí a nadie le importa si vives o si mueres; a nadie le importa tu existencia por más que intentes dejar una buena impresión en todos… Mis padres… Mis padres eran peores que tu padre, Cristina. Ellos hicieron de mi infancia una verdadera mierda; no me bajaban de marica cada vez que les trataba de contar que un bully me agredió por razones estúpidas, me castigaban por cualquier pendejada, incluso por "poner una cara de estúpido" o por revolver la despensa… Y fueron ellos los que me sacaron de la casa hace un mes y medio por mis calificaciones bajas en la escuela…
- Cielos…
- Sin importarles que yo esté próximo a morirme.
La joven se sobresaltó.
- ¿P-próximo a morirte?
- Sí… Me diagnosticaron cáncer en la tráquea en su fase terminal… Y solamente me dieron como máximo 2 meses de vida, de los cuales he vivido intensa y calmadamente justamente un mes y medio…
- Oh, Dios mío… Oh, Dios… ¿Y qué hay de tus amigos, Leo?
- ¿Amigos? ¡Je! ¡Yo no tenía amigos, Cristina! No los tenía en ese pueblito lleno de hipócritas… Los que pensé… Los que pensé que podían ayudarme, aunque sea con un poco de apoyo emocional, no quisieron abrirme las puertas de sus casas. Me mandaron al carajo cuando toqué sus puertas, negaron conocerme… Incluso se burlaron de mí por no haberme defendido.
- Dios mío… Lamento escuchar eso, Leopold.
- No lo lamentes, Cristina… Porque yo no lo lamento. Más bien, estoy agradecido por estar aquí, rodeado de gente a la que realmente le importo… Aún cuando ellos me dicen que debería ir al hospital a que me hagan chequeos periódicos, no lo hago porque… Creo que prefiero que la muerte me sorprenda en acción que en la cama de un hospital.
Cristina no podía estar más que de acuerdo.
Tomando la mano del rubio, esbozó una sonrisa triste y le dijo:
- Es una actitud muy valiente, Leo. Aunque algo necia, pero es una actitud valiente el enfrentar la mortalidad de nuestro cuerpo de manera distinta a la habitual. Creo… Creo que es la mejor forma de decir un adiós: Con una sonrisa…
Butters apartó su mano de la de Cristina y, con seriedad, le dijo:
- Pueden quedarse el tiempo que sea necesario.
- No queremos ser una molestia.
- Para nada… Para mí las dos no son una molestia. Simplemente… Me agradaría pasar al menos mis últimos días en compañía de alguien de mi edad.
- ¿Y tu amante?
- ¿Marcus? No te preocupes por él. Es muy comprensivo, ¿sabes?
- Cielos… Gracias.
- De nada… Buenas noches.
- Buenas noches, Leo.
El rubio sonrió y, tomando su guitarra, salió del loft para dejar dormir a las hermanas Corso, sus nuevas amigas y compañeras de soledades, y tocar una vez más.
