Notas de la autora:
¡Hola a todos de nuevo! Perdón por la larga pausa (he andado hasta arriba con los estudios y demás), pero, por fin, aquí tenéis el décimo capítulo de ECDLS. Como compensación, supongo, lo que acabo de publicar es casi un monstruo de 15.000 palabras, así que es como si fueran dos capítulos en uno xD
Como siempre, Inazuma Eleven Go es propiedad de Level-5. Yyyy... nos leemos abajo.
¡Un saludo a todos y feliz Día de Reyes!
Capítulo 10: El Color de los Secretos.
El sonido de un trueno llenó la habitación, sordo y grave sobre el murmullo de las gotas de lluvia que golpeaban contra la ventana. Al escucharlo, Kirino abrió los ojos y ladeó la cabeza, con la espalda todavía apoyada sobre la pared contra la que estaba pegada su cama y las manos apoyadas sobre las sábanas. Recordaba haber escuchado en las noticias, tal vez un par de días atrás, que iba estar lloviendo durante toda aquella noche y el día siguiente, y al parecer el pronóstico meteorológico se había cumplido. A decir verdad, y si hacía caso al hombre del tiempo, la tormenta debería haber comenzado a primera hora de la tarde, pero, según parecía, se había retrasado lo suficiente como para que, cuando él había salido huyendo del edificio del club horas atrás solamente hiciera viento y frío.
Cuando se había detenido a recuperar el aliento, oculto tras la pared trasera del gimnasio, confuso, molesto y cansado, si le hubiesen preguntado habría deseado con todas sus fuerzas que empezara a llover, para que el agua lo obligara a irse a casa y Shindou no pudiese llegar a encontrarlo, como después de todo había acabado haciendo. Ahora, si pudiera dar marcha atrás y escoger si quería que hubiera lluvia o no, no habría sabido qué decir.
Porque, en realidad, ni siquiera sabía qué demonios se suponía que iba a hacer cuando la noche pasara, saliera el sol y tuviera que salir de su habitación oscura y volver al instituto. Las cosas habían cambiado tanto de repente, y el recuerdo seguía tan nítido en su cabeza...
-¿Qué...? ¿Qué vamos a hacer?
-No sé. Yo...
-Ya.
Kirino tomó aire y mantuvo la espalda apoyada contra la pared de cemento, sintiendo el contacto frío de aquel material tan duro contra la piel, tratando de calmarse y pensar. Sus piernas estaban demasiado débiles como para sostenerlo y su cuerpo parecía reacio a moverse, como si el simple recuerdo de lo que acababa de pasar fuera suficiente como para mantenerlo clavado en el sitio. Shindou seguía muy cerca, inclinado hacia delante y con la mano derecha apoyada contra el muro, muy cerca de su cabeza. Kirino podía oírlo respirar, sentir su aliento contra la piel del cuello, y en aquel momento agradeció el no poder volver a mirarlo a la cara como cuando se habían separado hacía segundos escasos. Era demasiado confuso; demasiado... extraño.
-Creo que... ¿No deberíamos volver? – preguntó en voz baja después de un silencio que pareció interminable. Shindou, a su lado, reaccionó por fin y se retiró un par de pasos, dejándole la vía libre para apartarse de la pared y tomando la palabra con su tono serio habitual.
-Es cierto. Nos hemos marchado de repente, así que es muy posible que nos estén buscando.
-Sí. No deberíamos hacerles esperar. Tendríamos que volver al club antes de que nos encuentren aquí.
-Claro.
Kirino se apartó de la pared, todavía desubicado. Si se paraba a pensarlo, lo más posible era que no hubiesen estado ausentes más de un cuarto de hora, pero no quería arriesgarse a que un equipo de búsqueda formado por Hamano, Sangoku, Hikaru y, peor aún, Kariya, apareciera de repente y los descubriera... bueno, así. No habría sabido qué decir, qué hacer, ni siquiera cómo explicarlo. Por no hablar de que Shindou había ido a buscarlo porque estaba molesto con él, y no para...
-Kirino.
-¿Eh? – el chico subió los ojos hasta clavarlos en su mejor amigo, mitad ansioso, mitad asustado. Shindou, ahora a una distancia prudencial, lo miró con las mejillas levemente encendidas y aire de estar terriblemente incómodo.
-Tu pelo y tu ropa – dijo en voz baja, haciendo un gesto hacia él con la mano abierta. Ante el sonido de sus palabras, Kirino se llevó una mano a la cabeza y sintió cómo los mechones de cabello rosa le rozaban los dedos, completamente sueltos y suaves al tacto – Antes de volver, creo que deberías...
-Sí – el chico lo cortó, sintiéndose ruborizarse de nuevo. Tenía la camisa hecha un desastre, descolocada y por fuera de los pantalones, y dudaba que su pelo fuera a recuperar el mismo aspecto de antes sin la ayuda de un peine – ¿Has visto mis gomas de pelo? Es decir, me parece que has sido tú quien...
Shindou parpadeó. Hasta entonces había estado muy ocupado siguiendo su propio consejo y colocándose bien el uniforme, pero no tardó en llevarse una mano a la muñeca izquierda y tenderle las dos gomas de pelo negras que habían aparecido allí sin casi atreverse a mirarlo a la cara.
-Perdón – murmuró, y a Kirino le habría parecido adorable de no haber querido morirse de vergüenza en aquel mismo instante.
-No, está bien, yo... Gracias.
Apenas unos segundos después, los dos se encontraban volviendo al edificio del club, el uno al lado del otro, sin decir ni una sola palabra. Kirino observó a su amigo por el rabillo del ojo, y luego clavó la vista en el suelo, preguntándose qué ocurriría cuando por fin regresaran a la habitación en la que todos estaban ensayando. ¿Se darían cuenta los demás de lo que había ocurrido? ¿Los mirarían al entrar y se percatarían de que, en lugar de hablar las cosas como un par de amigos normales lo que habían hecho ellos era acabar besándose como un par de desesperados? Los dos volvían a tener la ropa perfectamente colocada y el pelo en orden – salvo por un nudo rebelde que Kirino había conseguido disimular al recogérselo – pero el chico estaba seguro de que, de un modo u otro, él tenía todas las pruebas de lo que había pasado grabadas en la cara y de que cualquiera con un mínimo de inteligencia no tardaría ni un minuto en saberlo absolutamente todo.
Shindou, que parecía estar pensando lo mismo que él, pareció dudar antes de acercarse a las puertas correderas del vestuario, pero cuando finalmente las atravesaron, la realidad no podía ser más distinta. Todos seguían allí, aparentemente discutiendo algo, pero cuando los vieron entrar guardaron silencio, como si tampoco supieran muy bien qué decirles. Hayami, en una esquina, parecía incluso hundido, y hasta Hamano daba la impresión de estar menos alegre de lo habitual.
-¡Ah, Shindou-kun, Kirino-kun! – los llamó Haruna, reuniéndose con ellos en el centro de la habitación - ¡Habéis vuelto! Nos teníais preocupados; os marchasteis tan de repente... Ya iba a mandar a Sangoku-kun a buscaros.
-No hay problema, estamos perfectamente – replicó Shindou, y Kirino volvió a observarlo con disimulo, levemente sorprendido al percatarse de que volvía a actuar con normalidad. – Sentimos mucho haber causado todo este escándalo, Otonashi-sensei, sobre todo porque ya nos queda muy poco tiempo hasta el estreno. No volverá a pasar.
-Shindou tiene razón, no debería haberme marchado. Ya podemos volver a los ensayos.
La profesora los miró de hito en hito, primero al uno y después al otro, y después negó con la cabeza y suspiró. Todavía parecía tan preocupada por ellos que una parte de Kirino se sintió inmensamente conmovida.
-No te preocupes, Kirino-kun. Creo que, después de todo, os hemos estado exigiendo demasiado. La obra es en dos días; deberías descansar. Será mejor que Shindou-kun y tú os vayáis a casa por hoy.
-¿No debería quedarme, sensei? – intervino Shindou en tono suave, quizás demasiado – Es decir, tal vez debería ensayar más si tengo que hacer de sustituto pasado mañana.
-¿Lo harás? ¿De verdad? – Haruna pareció levemente sorprendida – ¿Y a ti eso te parece bien, Kirino-kun?
El chico dudó, pero finalmente no encontró razón ninguna para negarse. Antes, había estado tratando de evitar con todas sus fuerzas que ocurriera algo como lo que había pasado minutos atrás, detrás del gimnasio. Ahora que ya habían cruzado la línea, sin embargo, no creía que el hecho de que Shindou fuera el príncipe o no fuera a suponer ninguna diferencia. Estaba enamorado de él, después de todo, y eso no iba a cambiar.
-Si él quiere hacerlo, yo no tengo ningún problema.
-Entonces, de acuerdo. Shindou-kun, ¿podrías venir mañana a las ocho? No tenemos mucho tiempo, es cierto, pero prefiero que descanses esta noche. A ti, Kirino-kun, te veo a las diez con los demás, ¿de acuerdo?
-Sí.
-Pues ahora marchaos a casa. Quiero teneros mañana aquí dispuestos a darlo todo.
Shindou asintió, y Kirino esbozó una sonrisa que de puertas afuera quedó casi completamente natural. No tardaron mucho en recoger sus cosas – Kirino agradeció enormemente volver a ponerse la chaqueta del uniforme, porque la temperatura en el exterior parecía haber caído en picado – y en apenas cinco minutos ya se encontraban de camino a casa.
Los dos conocían la ruta a la perfección y, como había ocurrido antes, caminaron casi completamente en silencio. El halo de incomodidad que los rodeaba, que parecía haber desaparecido en el vestuario, volvió a rodearlos como si los aplastara,, y de repente Kirino sintió la necesidad acuciante de hablar, de hacer algo, de decirle a Shindou muchas cosas y de preguntarle todo aquello sobre lo que estaba empezando a tener dudas. Le habría gustado saber qué pasaba, qué iba a ocurrir, preguntarle por qué lo había besado y qué iban a ser ahora si se suponía que los mejores amigos normales no se besaban así, pero no se atrevió. En realidad, tenía tantas cosas en la cabeza que ni siquiera sabía por dónde empezar a ponerles voz. Estaba confuso, como un niño pequeño, y odiaba sentirse así con todas sus fuerzas.
-Kirino, espera.
La voz de Shindou hizo que el chico se detuviera y mirara a su alrededor. Por primera vez, se percató de que habían llegado al punto del camino en el que siempre se separaban y en aquel instante fue consciente de que no podían retrasar más aquella conversación. En parte era casi un alivio. Por otro lado, se veía absurdamente incapaz de decir nada y le temblaban las manos dentro de los bolsillos del uniforme, como si tuviera los dedos entumecidos a causa del frío que hacía en la calle.
-Escucha – fue Shindou quien comenzó a hablar, y Kirino lo observó sin moverse, con cautela y el corazón en un puño, acelerándosele por momentos en el pecho – Lo que ha pasado... Supongo que ha sido... Repentino.
El chico dio un respingo. No supo qué contestar, qué decir.
-Yo... No me lo esperaba. No así, es cierto. Ha pasado de repente.
-Pero ha pasado.
-Sí. Ha pasado.
Los dos hicieron una pausa. Cuando comenzaron a hablar, ambos lo hicieron al mismo tiempo.
-Kirino, yo...
-Shindou.
Instantes después, un relámpago partía el cielo de parte a parte, y las primeras gotas de lo que a todas luces era una tormenta de primavera caían sobre ellos, empapándoles el pelo, la ropa y la piel sin previo aviso.
-Llueve – murmuró Kirino, y no tardó mucho en sentirse idiota a causa de aquel comentario tan obvio. Lo que había comenzado con sólo unas pocas gotas, sin embargo, pronto se convirtió en un auténtico aguacero, tan fuerte y tan frío que no tardó mucho en hacerlo temblar. - ¡No tengo paraguas! – protestó por encima del sonido del agua, enormemente aliviado por verse obligado a cambiar de tema de conversación, por tener la oportunidad de posponer lo inevitable, aunque sólo fuera un poco más – ¡Debería irme a casa o voy a acabar cogiendo una pulmonía!
Shindou, que había abierto su bolsa tan pronto como le habían caído encima las primeras gotas, no tardó mucho en sacar de su interior un paraguas plegable oscuro. Era típico de él traer uno, por si acaso, como también era típico de Kirino el no haber sido lo suficientemente previsor como para hacer algo así.
-Haces siempre lo mismo – lo regañó su amigo en tono cansado, y a pesar de todo el chico no pudo menos que sonreír. Había cosas que nunca cambiaban – Toma.
Kirino retrocedió un paso.
-No. Tu vives más lejos que yo. Si corro, estaré en casa en cinco minutos. No hace falta que me lo prestes.
-Kirino, por favor...
El chico abrió la boca para protestar otra vez, pero finalmente volvió a adelantarse y cogió el paraguas con suavidad. Shindou lo estaba mirando de un modo demasiado intenso, como si considerase extraordinariamente importante que él lo escuchara y le hiciera caso, y Kirino sabía de sobra que no podía negarle nada cuando le pedía algo de aquella forma. Tal vez porque Shindou prácticamente nunca le pedía favores.
-Está bien, pero tú corre, ¿vale?
-De acuerdo.
-¿Te veo mañana?
-Sí.
La tormenta arreció de nuevo, así que no tardaron mucho en separarse. Para cuando llegó a su casa, y a pesar del paraguas, la lluvia parecía haber empapado a Kirino hasta los huesos, hasta tal punto que sus pies mojados dejaron un reguero de agua en el recibidor incluso después de haberse quitado los zapatos.
-¡Ranmaru! – lo llamó su madre, saliendo del salón tan pronto como oyó cerrarse la puerta de la calle – Te has vuelto a olvidar el paraguas en casa. ¡Vienes calado!
El chico negó con la cabeza, haciendo una mueca al notar que un mechón de pelo mojado le rozaba el cuello, helado contra su piel.
-No te preocupes. Shindou – aclaró, señalando el paraguas plegable que todavía tenía en la mano – Aunque tampoco es que haya servido de mucho: hacía demasiado viento.
-No te mereces los amigos que tienes – gruñó su madre, quitándole el paraguas de las manos y observándolo de arriba abajo. Durante un instante, Kirino temió que descubriera mágicamente todo lo que había pasado aquella tarde, pero la mujer sólo parecía contrariada por verlo completamente empapado – Vete a ducharte y a cambiarte de ropa, anda. Necesitas entrar en calor, así que te prepararé un té.
Kirino sonrió y murmuró un vale, satisfecho por tener una madre gruñona a la que obedecer y unas cuantas actividades mecánicas que realizar. Su hermana y su padre no estaban, por lo que tenía la casa y el baño para él solo, y consiguió ducharse y vestirse con su camiseta favorita antes de tirarse sobre la cama y empezar a pensar irremediablemente otra vez en lo que había ocurrido. Había tratado de no hacerlo, pero en cuanto comenzó el mundo se le vino encima de nuevo.
No sabía qué iba a hacer; no sabía que iba a pasar y, cuando lo llamaron para cenar, hacía horas que se había metido bajo las sábanas y no tenía ganas de ir a ninguna parte. Y así dieron las nueve, y las diez, y las once, y la medianoche lo sorprendió absurdamente despierto, con la espalda apoyada en la pared contra la que estaba colocada su cama y escuchando los truenos que sonaban al otro lado de su ventana entreabierta.
Y ahora estaba allí. Completamente quieto y pensando solamente en una cosa.
Porque Shindou lo había besado. Shindou. Y no es que él pudiera decir que tenía mucha experiencia en aquellos temas, pero jamás en la vida se le hubiera ocurrido pensar que nadie podría llegar a besarlo así, ni que ese alguien fuera a ser su mejor amigo. Recordaba lo furioso que había estado, lo increíblemente asustado y cómo, a pesar de todo, su cuerpo había reaccionado como si una parte de él se estuviera ahogando y Shindou estuviera hecho de aire. Él había querido todo, había querido aquello, había querido más. Había mandado sus reticencias al infierno, se había dejado llevar y, ahora que estaba solo y todo había pasado era perfectamente consciente de que su mejor amigo y él tendrían que hablar, poner las cartas sobre la mesa, y que, cuanto antes lo hicieran, mejor sería para los dos. Habían llegado demasiado lejos, de eso no cabía duda; después de algo así no podrían llegar a fingir que no había pasado nada.
"¿Quizás debería llamarlo de una vez?" dijo para sí, ladeando la cabeza para observar el teléfono móvil del que no se había separado en toda la tarde y que ahora descansaba sobre las sábanas, a apenas un palmo de su mano "Es tarde, pero probablemente siga despierto. Seguro que tampoco puede dormir, conociéndolo"
Sus opciones parecían claras, pero aún así el chico tardó unos minutos en decidirse a coger su teléfono y abrir la agenda, pasando de un nombre a otro con lentitud hasta detenerse en el de Shindou y pulsar el botón de llamar. Un zumbido lo recibió tan pronto como se llevó el móvil a la oreja, seguido de la rápida sucesión de pitidos suaves que indicaban que se estaba estableciendo la conexión. En breve comenzarían a sonar los primeros tonos, y Shindou cogería el móvil de donde quiera que lo tuviese y contestaría. Y Kirino quería oír el sonido de su voz, quería escucharle llamándolo por su nombre y preguntándole si estaba bien con un ansia casi desesperada, pero lo que no sabía era qué demonios decirle cuando ya lo hubiera hecho.
Llevándose la mano libre a los labios, el chico se apartó el móvil de la oreja y pulsó el botón de colgar. Con suerte, lo habría hecho a tiempo para que no sonase ningún tono al otro lado de la línea, pero aún así se sintió increíblemente estúpido. En teoría, tenía que ser más fácil hablar las cosas así que hacerlo a la cara y, sin embargo, allí estaba él, acurrucado contra una pared en un cuarto a oscuras, con las mejillas encendidas como si fuera una colegiala asustada y el móvil tan fuertemente sujeto en una mano que los nudillos se le habían vuelto blancos.
-De todas formas él tampoco me ha llamado a mí, ¿no? – murmuró, dejándose caer sobre la cama con un suspiro y observando el techo de la habitación con el ceño fruncido. Tras unos minutos de silencio volvió a arrojar el móvil sobre las sábanas y se giró, pasando a quedar tumbado de lado, con el pelo enmarcándole desordenadamente el rostro y la vista clavada en la silueta de los trastos viejos con los que su madre había invadido su habitación.
Y entonces, con una punzada de nostalgia, recordó algo que debería estar allí, en alguna parte. Algo que creía haber olvidado y que probablemente estaría en algún lugar de su armario, enterrado bajo un montón de camisetas viejas.
Mordiéndose el labio, se puso en pie y comenzó a caminar hacia su armario con lentitud, sintiendo el frío del suelo contra sus pies descalzos. No tardó mucho en abrir las puertas, ponerse de puntillas y comenzar a tantear la balda de arriba, ahogando una sonrisa al encontrar lo que había estado buscando.
La caja de madera era más pequeña de lo que recordaba, pero, aún así, estaba llena de recuerdos de épocas que habían sido mucho más sencillas. Un balón de fútbol pinchado, los cordones de un zapato, una camiseta que había sido de su talla a los tres años, varias felicitaciones de año nuevo y la invitación a la boda de su hermana Ayame. Todas aquellas cosas formaban parte de su vida, lo habían hecho ser lo que era de un modo u otro y, sin embargo, en aquella ocasión las apartó con suavidad. Lo que buscaba era el objeto cuadrado encuadernado en tela azul que descansaba en el fondo de aquella caja; un álbum de fotos medio vacío que había comenzado a rellenar al empezar las clases en la escuela primaria y que había acabado olvidando al crecer. Un álbum lleno de recuerdos preciosos.
En absoluto silencio, Kirino se sentó sobre el suelo y lo abrió despacio. El lomo soltó un leve crujido, como si al propio libro le molestara que alguien pasara las páginas después de más de un año de desuso, y el chico ahogó una sonrisa que se ensanchó con lentitud cuando sus ojos se clavaron en la primera fotografía.
La idea de comenzar con aquel álbum de fotos había sido de su madre, que había llenado las primeras páginas con toda una sucesión de imágenes en las que aparecía él de bebé, con un único mechón de cabello rosa sobre la frente y vestido con un pijama de tela gruesa y azul. Según se iban pasando las páginas, el bebé se convertía en un niño delgado y con las rodillas siempre llenas de rasguños, que saludaba al perro del vecino, abría sus regalos de cumpleaños y acudía a la guardería primero, a la escuela primaria después. En la primera foto de aquella época estaba solo ante la puerta del colegio, con el ceño cómicamente fundido y un balón de fútbol viejo bajo el brazo. Después, en casi todas ya aparecía él.
Shindou, con un jersey de pico, pantalones cortos y cara de susto, detenido frente a la puerta de su casa el primer día que lo habían invitado a venir. Shindou con un traje en miniatura, sonriendo a su lado tras uno de sus conciertos de piano. Shindou con un pincel en la mano y tinta en la nariz, enseñándole a escribir los kanji de su nombre con expresión muy seria. Y allí estaban los dos, siempre juntos mientras los años pasaban, estudiando, volviendo a casa agotados tras horas de práctica de fútbol, tomando chocolate caliente, creciendo y graduándose de la escuela primaria. La última foto, sola en una de las páginas centrales, había sido tomada por su madre un mes escaso antes de que los dos hubieran comenzado sus clases en el Raimon y ambos aparecían probándose el uniforme del instituto, tan contentos que sus sonrisas eran contagiosas incluso ahora, dos años después.
El chico volvió atrás a través de las páginas una y otra vez, entornando los ojos para observar los detalles aun en la penumbra. En parte, parecía difícil de creer que Shindou hubiese empezado a estar tan presente en su vida desde tan pronto, tanto como se le hacía imposible pensar que las cosas fuesen a cambiar de un modo drástico a partir de entonces, para bien o para mal. Casi desde que había tenido consciencia siempre habían estado Shindou y él, como en aquellas fotos, avanzando a lo largo de los años. Pero, después, ¿qué? Ya no eran los mismos. No podían seguir igual. Y él estaba tan confuso que no sabía qué hacer exactamente.
Porque, más allá de la última fotografía, sólo había páginas en blanco, dispuestas a ser llenadas con recuerdos nuevos. Pero Kirino ya no estaba seguro de si en las nuevas imágenes ellos seguirían sonriendo o si todo aquel cúmulo de sentimientos extraños haría saltar todo lo que habían sido por los aires.
-¡Shindou-sama! La señora me ha encargado traerle la cena. ¿Puedo pasar?
Shindou abrió los ojos y observó el reloj de la pantalla de su teléfono móvil con expresión cansada. Eran ya más de las doce de la noche – una hora bastante poco apropiada para cenar, especialmente si no se tenía hambre – pero su madre había insistido varias veces durante las últimas horas en que tenía que comer algo, y él estaba empezando a darse cuenta de lo poco que servía llevarle la contraria en lo que respectaba a mantener una vida sana y respetar los horarios.
-Está bien; adelante.
La puerta se abrió con suavidad y una de las doncellas uniformadas de la casa entró en su habitación, con una humeante bandeja en las manos y un leve gesto de preocupación reflejado en el rostro.
-Espero que se encuentre bien, señorito. A sus padres les preocupa que pudiera estar sintiéndose usted enfermo.
Él esbozó su mejor sonrisa, e inmediatamente notó cómo la mujer parecía tranquilizarse un tanto al tiempo que le dejaba la cena con cuidado sobre el escritorio.
-Me encuentro perfectamente. Lo único que ocurre es que estoy un poco cansado, nada más. El día ha sido largo.
-Ya veo. Entonces supongo que lo mejor será que lo deje descansar y ya mañana será otro día. Buenas noches, señorito, y recupérese.
-Buenas noches.
La mujer abandonó la habitación tras dedicarle una leve reverencia, y Shindou suspiró ante la visión de la bandeja con comida que no pensaba probar, humeando sobre la mesa. Sería una lástima tener que tirar todo aquello, pero lo cierto era que no tenía ni la más mínima pizca de hambre, y comer sólo le habría producido náuseas.
De hecho, de lo único que tenía ganas en aquel momento era de parar de pensar, dormir y dejar que su cerebro descansase hasta el día siguiente. Teniendo en cuenta la cantidad de sueño acumulado con la que cargaba desde hacía días, conseguir algo así no debería haber sido demasiado difícil. Y, sin embargo, después de lo que había pasado, se veía incapaz de hacerlo.
Shindou suspiró y se dejó caer sobre la colcha de nuevo. Lo único que se escuchaba era el constante repiquetear de las gotas de lluvia contra el cristal de su ventana y el suave sonido del ventilador de su portátil, que estaba a su lado, en la cama; y aquel silencio casi absoluto estaba comenzando a hacerlo sentir agobiado en lugar de tranquilizarlo. Sus dedos, una vez más, se cerraron en torno a su teléfono móvil, casi como si lo buscaran inconscientemente, y en apenas unos segundos lo había desbloqueado y tenía ante sí un mensaje de texto en blanco; el mismo, de hecho, con el que llevaba peleándose en vano desde que había llegado a casa.
Tras pensarlo, sus dedos se deslizaron sobre el teclado y escribieron una sola frase: "Kirino, tenemos que hablar", clara y concisa. Apenas un segundo después, la estaba borrando. Estaba claro que necesitaba hablar con su mejor amigo, sí, pero era estúpido mandarle un mensaje únicamente para decirle que tenía que hacerlo. Soltando un nuevo suspiro, el chico giró sobre sí mismo hasta tener de cara a la pared y comenzó a escribir algo más, lo único que pensaba que podía decir a aquellas alturas: "Lo siento". Era lo propio, suponía. Lo que cualquiera habría esperado oír tras una situación así, y tal vez lo único que pudiera hacer que las cosas volvieran a la normalidad después de lo que había pasado aquel día.
Porque por muy extraño que hubiese sido su comportamiento, por mucho que hubiese cometido lo que a todas luces debía de ser alguna especie de error, Kirino lo perdonaría y fingiría que todo era normal si él se lo pedía. De lo que no estaba tan seguro, sin embargo, era de querer hacerlo.
Aun en aquel momento, Shindou era capaz de ver la expresión en el rostro de su mejor amigo cuando se habían despedido con tanta claridad como si tuviese al chico delante. Lo recordaba evadiendo su mirada en el camino de vuelta a casa, sorprendiéndose ante las primeras gotas de agua de la tormenta, dedicándole una sonrisa de disculpa cuando él lo había regañado por no llevarse un paraguas, mirándolo con un aire que era casi suplicante cuando le había preguntado en voz baja si lo vería al día siguiente. Era capaz de repetir todos y cada uno de aquellos gestos en su memoria como si alguien se los hubiera grabado a fuego en el cerebro, y era perfectamente consciente de que, sobre cualquier otra cosa en el mundo, lamentaría intensamente haber molestado a Kirino de alguna forma; haberle hecho daño de un modo u otro con lo que había pasado o haber llegado a cruzar una línea que acabara por echar a perder la amistad entre los dos.
Porque él no quería – y no podía – perder a Kirino, pero tampoco podía permitirse mentirle. No a él; a Kirino, nunca. Y mandarle un mensaje diciéndole que sentía mucho haberlo besado habría sido estar faltando a la verdad, porque aquello ni con mucho era cierto.
También recordaba aquel momento; lo veía de un modo que era, al mismo tiempo, más claro y más difuso que cualquiera de las otras cosas que habían pasado durante el día. No sabía cómo habían acabado llegando a ese punto, pero Kirino había estado allí, mirándolo con aquellos ojos suyos echando chispas, y en lo único en lo que había podido pensar él era en que todo lo que deseaba era acercarse más, sentir el calor de su piel contra los dedos; hacer que se callara de una vez por todas, que dejara de tratar de huir de él, de hacerlo sentir tan terriblemente miserable por llevar todo el día queriendo aquello tanto. Ni siquiera sabía muy bien qué era lo que había estado diciendo, o qué le había contestado su amigo, pero la conversación había acabado con Kirino observándolo como si fuese a cruzarle la cara de un golpe de un momento a otro y él atrayéndolo hacia sí y besándolo a la desesperada.
Después de aquello sólo recordaba la suavidad de los labios del otro chico contra los suyos, la calidez de su cuerpo cuando se había pegado contra él, y silencio, silencio absoluto, nada más. Y, entonces, el espacio entre los dos había parecido explotar y él había sentido la necesidad casi física de hundirle las manos en aquel pelo que llevaba semanas queriendo volver a tocar, de sentirle decir su nombre entre susurros, de hacerlo quedarse sin voz y sin aire. Había querido bajar más y besarle el cuello, sentir su respiración contra los labios, separarse de él apenas un instante y decirle que...
¿Decirle qué, maldita sea? Había hecho todo aquello sin pensarlo; había perdido la cabeza por completo. Una cosa era tener aquella especie de... pensamientos incontrolados sobre su mejor amigo, y otra muy distinta era pasarse de la raya así, acabar perdiendo los papeles y besándolo como si fuera a comérselo cuando todo lo que Kirino había dicho era que quería que lo dejase marcharse a casa.
Los dos llevaban más de la mitad de su vida yendo juntos a todas partes; siendo los mejores amigos perfectos y, en teoría, los mejores amigos perfectos no se sentían así. No se pasaban de aquel modo de la raya, ni se besaban. Ni mucho menos de aquella manera.
Y, a pesar de todo, Kirino no se había apartado. Cosa que era buena porque si a él le hubiesen dejado dar marcha atrás, probablemente habría vuelto a besarlo. Lo cual, en parte, no hacía más que acrecentar el problema, porque seguía sin saber qué oscura parte de su interior lo estaba haciendo sentirse así, ni qué era lo que sentía exactamente. Y a Kirino, por encima de todo, tenía que decirle algo.
Entrecerrando los ojos, Shindou pulsó el botón de cancelar de su teléfono móvil hasta que la frase que había escrito desapareció por completo de la pantalla. Después, y casi sin querer, alzó los ojos hacia el portátil que seguía junto a él, aún encendido, sobre la cama. En la pantalla aparecía pausado uno de los vídeos que a veces grababan durante los entrenamientos con el fin de mejorar las jugadas y que se había filmado durante el año anterior, pocos días después de que Kirino y él hubieran entrado de modo definitivo en el primer equipo del Raimon. Alguien le había entregado todos aquellos vídeos después de convertirse en capitán, y él los había visto en su momento, descartándolos después uno a uno porque, después de todo, tampoco es que le aportaran nada nuevo. Y, sin embargo, sí que había conservado aquel. La estructura de la cinta era igual a todas: planos generales del equipo jugando, realizando pases, chutando a gol. Normalmente, el cámara no se detenía más de lo necesario en los jugadores, enfocándolos apenas el tiempo suficiente como para seguir la acción. Y, sin embargo, había un momento en el que esta regla se rompía y, tras una jugada especialmente peliaguda de la que el chico había salido muy bien parado, el objetivo se quedaba fijo en Kirino, que sonreía, antes de volver a la acción. Shindou recordaba aquella sonrisa, lo absurdamente feliz que había parecido su amigo allí, sólo por estar en aquel campo, llevando aquel uniforme; simplemente pudiendo jugar. Tal vez por eso, en primer lugar, había sido incapaz de borrar el vídeo en su momento. Quizá por eso, al llegar a casa aquella tarde, lo había recordado y había visto aquella escena en bucle, una vez, y otra, y otra más, hasta dejar el rostro de su amigo congelado en la pantalla, sonriéndole desde el otro lado del monitor.
Tal vez porque, simplemente, quería verlo mirándolo así.
-Yo sólo... – Shindou abrió la boca y luego la cerró. El sonido de su propia voz parecía un ruido extraño, absurdamente fuera de lugar, quizás porque tampoco había nada que decir en alto. Él había besado a aquel chico, y no sabía qué iba a hacer, ni qué iba a ocurrir, ni qué podía llegar a pasar a partir de ahora. Si tan sólo pudiera... Si tan sólo...
Con un nuevo suspiro, el chico dejó caer el móvil sobre las sábanas antes de alargar la mano hacia el ordenador, y los ojos turquesa de Kirino, congelados al otro lado de la pantalla, lo miraron sin verlo. Durante un segundo que fue casi eterno, sus dedos se apoyaron con suavidad sobre el rostro de su amigo el cristal, casi como si pudieran atravesarlo y llegar a tocarlo. Después, su mano se deslizó hacia arriba, aferrándose al borde de la pantalla y cerrándola con suavidad, hasta que las luces se apagaron por completo y el pequeño ordenador entro en standby.
Cuando Kirino, agotado y sin resuello, cruzó las puertas del vestuario del club de fútbol, los demás ya estaban allí. Sangoku, Shinsuke, Ichino, Aoyama, Tenma, Tsurugi, Hayami, Amagi y Nishiki - ninguno de los cuales parecía haber tenido problemas para ser puntual - alzaron los ojos todos a una cuando él entró, como si por algún extraño motivo se hubieran puesto de acuerdo para quedárselo mirando cuando entrara.
-Ah, Kirino – saludó Sangoku – Te estábamos esperando.
-Lo siento; me he quedado dormido.
El portero negó con la cabeza y sacudió la mano en ademán permisivo, como si en lugar de reprocharle haber llegado al ensayo diez minutos después de la hora, como habría sido lógico, estuviera preocupado por él.
-¿Estás bien? – le preguntó – Pareces cansado.
Kirino esbozó su mejor sonrisa de disculpa y se encogió de hombros. Finalmente había conseguido dormirse tras una noche entera de dar vueltas en la cama, cuando ya había pensado que tendría que bajar a desayunar sin haber pegado ojo. Su intención en un principio, de hecho, había sido la de aparecer en el instituto a la hora a la que habían citado a Shindou para poder hablar con él antes de que llegaran los otros, pero había acabado estando tan cansado que no se había despertado hasta que su madre había entrado gritando en su habitación para avisarle de que llegaba tarde.
-He dormido un poco mal, eso es todo – admitió con voz tranquila, esperando que sus compañeros directamente dieran por sentado que aquello se debía a los nervios previos a la obra que representaban al día siguiente – Sangoku, por cierto, ¿ha llegado Shindou ya?
El portero cruzó una mirada con Hayami antes de responder.
-Lleva aquí un par de horas, sí. Ichino, Aoyama y yo lo saludamos al llegar. Por lo que parece, Otonashi-sensei los ha secuestrado a él, Kariya y Kageyama para tratar de tener su vestuario listo a tiempo.
Kirino parpadeó. Ni siquiera se le había ocurrido pensar que Shindou necesitaría un traje de escena en el hipotético caso de salir a actuar, pero visto así, era bastante lógico.
-¿Seguro que dará tiempo a acabarlo? – murmuró - ¿En un día?
-Por supuesto que no tendríamos tiempo suficiente si hubiera que fabricarle un traje de cero, pero Otonashi-sensei está tratando de adaptar uno de los que descartamos para Sangoku – intervino Hayami – Según ella, yo soy demasiado delgado, así que los míos no sirven.
-Yo soy el Rey así que el estilo, más o menos, es el mismo. – añadió el portero con una sonrisa – Kariya va a tener mucho trabajo, pero estoy seguro de que todo estará acabado para mañana. Además de eso, Otonashi-sensei les ha encargado a Hamano y Kurama un programa nuevo en el que aparezca el nombre de Shindou como suplente. Probablemente se pasen todo el día en reprografía tratando de imprimirlo, pero también estará listo a tiempo. Nosotros no deberíamos preocuparnos; todos los demás están dando lo mejor de sí.
-Ya veo.
La sonrisa de Sangoku tembló en sus labios, pasando a convertirse en un gesto preocupado.
-¿Para qué querías ver a Shindou, Kirino? ¿Está todo bien?
-Claro – el defensa sonrió y llevó una mano a su bolsa, pasando a extraer el paraguas plegable de su amigo del interior. Todos los presentes lo observaron en silencio cuando lo alzó para enseñárselo a Sangoku – Ayer por la tarde empezó a llover de pronto, así que Shindou me dejó esto para que no me mojara de camino a casa. El tiempo sigue siendo horrible, así que quería devolvérselo.
-Creo que esta mañana llevaba otro – intervino Aoyama en voz baja. – No lo necesitará.
-Aún así, Shindou probablemente siga con las pruebas del traje en el despacho de Otonashi-sensei, así que podrías ir allí a dárselo, si quieres. Nosotros podemos esperar.
Kirino bajó los ojos, sintiendo el peso del paraguas plegado de aluminio en la mano. Era cierto que podía ir, pero no tendría sentido si no podía hablar con Shindou a solas, y dudaba poder conseguirlo con Haruna, Hikaru y Kariya dando vueltas en la misma habitación. Si se encontraba con Shindou y no podía sacar el tema que le interesaba sacar, lo más probable es que el momento entre los dos se hiciera tan incómodo que hasta un idiota se daría cuenta de que, al menos él, estaba tratando de ocultar algo.
-No, no os preocupéis. Ya me encargaré de ir luego. Ahora tenemos que ensayar.
Todos los demás asintieron, y en apenas unos minutos Kirino se encontró sumido en el caos que se siempre se formaba antes de un ensayo general. Muy pronto, Shinsuke comenzó a decir algo, los demás se rieron y Amagi empezó a decir algo en voz muy alta mientras se dirigía a ocupar su lugar. Solamente Sangoku lo observó durante unos segundos más de lo necesario, llevándose una mano al mentón como si estuviera pensando en algo.
A las tres de la tarde les cedieron el gimnasio para el último ensayo general.
Todo estaba listo ya: los decorados, los focos y el atrezzo. Los únicos que parecían fuera de lugar eran ellos, vestidos con los uniformes azul oscuro del instituto, repitiendo sus papeles una y otra vez sobre un escenario que parecía sacado de un cuento de hadas.
Kirino se detuvo en el centro del escenario junto a Hayami y los dos se inclinaron levemente en una reverencia al estilo europeo. Lo habían ensayado todo ya, incluso cómo iba a ser el saludo final. A aquellas alturas, se sabía su papel tan bien que estaba seguro de que, pasara lo que pasase, no podría decir ni una sola frase de manera equivocada. Y, a pesar de todo, aún les quedaba ensayar prácticamente hasta que se pusiera el sol.
-¿Sabéis? Tal vez el próximo ensayo debería hacerlo el capitán – comentó Hayami una vez todos hubieron acabado el saludo final – No estaría del todo bien que tuviera que salir él en mi lugar y ni siquiera supiera dónde ponerse. No ha ensayado con nosotros ni una sola vez, y no quiero ni imaginarme lo que ocurriría si algo saliese mal.
-Probablemente Otonashi-sensei nos mataría – comentó Amagi con una risotada.
Tenma, que estaba en un rincón del escenario junto a Tsurugi, pareció tomarse aquellas palabras en serio, porque se estremeció.
-¿Dónde está el capitán, de todas formas? – quiso saber.
-Sigue donde estaba – replicó Ichino. El chico había ido a informarse por orden de Sangoku en uno de los momentos en los que su personaje no estaba en escena y cuando había vuelto no había parecido muy optimista sobre el hecho de que Shindou pudiera estar con ellos antes de que el derecho de utilización del gimnasio pasara al siguiente club – Estaban teniendo problemas para terminar de ajustarle el disfraz. No sólo es que Kageyama también haya tenido que ayudar, sino que han llamado también a alguien de la familia de Kariya o algo así para poder darse más prisa.
-¿De la familia de Kariya?
-Creo que eso es lo que han dicho.
-En fin – Sangoku suspiró. A falta de un profesor encargado, y con el Entrenador Endou desaparecido en combate, Haruna había puesto al portero al cargo y él se estaba tomando su labor muy en serio – Tendremos que confiar en que Shindou tendrá la química suficiente con Kirino y con el resto de nosotros si finalmente tiene que salir a actuar. Supongo que no habrá ningún problema con eso.
De haber podido, Kirino se habría reído. Resultaba irónico decirlo así pero, a aquellas alturas, parecía muy claro que la química entre Shindou y él era más que evidente. Al menos, para todo lo que no tenía que ver con hablar para dejar las cosas claras el uno con el otro. Ni siquiera se habían visto en todo el día, ya fuera por el tema de los disfraces o porque una parte de él mismo no quería tener que hacer frente a toda aquella situación.
Pero, fuera como fuese, aquello no podía durar para siempre.
-¿Empezamos otra vez, Sangoku? – preguntó en voz alta, dejando el escenario a su espalda y decidiendo que lo mejor que podía hacer era concentrarse en ensayar.
El portero comenzó a pronunciar una frase de asentimiento pero, en aquel instante, el sonido de una de las puertas laterales al abrirse lo interrumpió. Cuando se giró para tratar de ver quién había entrado, Kirino descubrió a las tres gerentes del club saludándolos desde debajo del escenario. Aoi llevaba un cuaderno enorme y un bolígrafo en la mano, Akane un pequeño bloc de notas y Midori, que parecía increíblemente animada, había llegado con las manos vacías.
-¡Hola, chicos! – saludó - ¿Qué tal van los ensayos?
-¿Aoi? – Tenma se acercó al escenario, observando a su amiga de la infancia como si hubiera visto a un alienígena - ¿Qué estáis haciendo aquí?
La chica adoptó un aire cómicamente serio y señaló el cuaderno que llevaba sujeto en las manos.
-Órdenes de dirección – explicó – Tenemos que comprobar que los padres de todos los alumnos tienen los asientos bien asignados. Nadie puede quedarse fuera, ¡mañana es el gran día!
-Gracias por recordárnoslo.
-¿Qué pasa? ¿Estáis nerviosos? – Aoi sonrió, cerró el cuaderno y subió al escenario corriendo sobre los escalones. Todos los actores, contentos de poder parar de ensayar durante un instante, abandonaron lo que estaban haciendo y la rodearon. Todos menos Kirino, de hecho, que a pesar de haberse acercado a ellos tenía los ojos clavados en otra parte – Seguro que vuestros esfuerzos merecen la pena y al final todo sale genial. Estaré animándoos desde primera fila, ¡me muero de ganas de veros mañana!
La siguiente en subir al escenario fue Midori, que observó al grupo con una sonrisa divertida en la cara.
-Lo que yo quiero ver son los disfraces. – comentó - Hay algunos que todavía no se han visto por ninguna parte, ¿no?
Nishiki soltó una carcajada.
-Oh, ya verás. Mi disfraz es impresionante.
-¡No te he preguntado a ti, Nishiki!
-¿Qué?
-Ya he visto tu disfraz y llevas cuernos. ¿Por qué se supone que es eso?
-Porque soy el brujo, claro.
-¿No era una bruja en la versión original? Porque más que un brujo pareces una especie de...
-Eh, calma, chicos, no hay por qué discutir – intervino entonces Sangoku, haciendo que tanto Midori como Nishiki se quedaran callados con la expresión de dos niños a los que han echado la bronca por haber robado caramelos – Otonashi-sensei está guardando algunos disfraces para que no los vea nadie como si fueran secreto de estado.
-Creo que sólo el de Kirino-senpai – intervino Tenma – No deja que nadie lo vea.
-¿Y por qué el disfraz de Kirino es tan secreto? – Midori puso los brazos en jarras – Amagi es la Reina, y Shinsuke, Ichino y Aoyama son las hadas madrinas. Ni que él fuera el único que va a salir a actuar vestido de mujer.
-Es el protagonista, supongo.
-Y tiene fans.
-¿Kirino?
En condiciones normales, el chico los habría mirado con el ceño fruncido o habría tratado de desmentir aquello, pero no se encontraba con ganas de decir nada. En lugar de eso, permaneció quieto en su esquina del escenario, con la cabeza ladeada y los ojos fijos en la figura menuda de Akane, que era la única de las gerentes que no había acudido a charlar con ellos y seguía contando sillas con expresión muy concentrada. A decir verdad, la chica normalmente era tan callada que nunca había hablado con ella. Sólo le había prestado atención durante los momentos en los que se había acercado más de la cuenta para fotografiar a Shindou, y, aún así, lo único que había llegado a preguntarse era cómo podía apañárselas una chica tan pequeña para sacar una cámara tan grande tan deprisa.
Casi como si hubiera podido escuchar sus pensamientos, Akane paró de contar sillas, tensó el cuerpo y alzó los ojos. Kirino casi llegó a creer que lo había sorprendido mirándola cuando ella dio un respingo, se giró en redondo y sacó su cámara digital rosa de algún punto en el interior de su camisa. El chico parpadeó y la observó, estupefacto, hasta que se percató de lo que significaba que Akane anduviera por ahí haciendo fotos.
"Oh, no"
Él había estado demasiado sumido en sus pensamientos como para darse cuenta, pero la puerta principal del gimnasio se había abierto y por ella estaba entrando Haruna, enterrada bajo un mar de hilos y muestras de tela y con cara de tener muchísima prisa. Tras ella iba Kariya, que esbozó una sonrisa burlona y clavó sus ojos dorados directamente en los de Kirino y por último, a paso algo más lento, iba Shindou. En un principio, Kirino trató de mantener la vista baja y comportarse con normalidad, pero no pudo evitar mirarlo, aunque sólo fuera un momento, y al instante siguiente los ojos de los dos se habían encontrado a través del gimnasio y él se había quedado clavado en el sitio, como si una fuerza invisible le estuviera impidiendo moverse y una especie de vacío en el estómago no lo dejara respirar con normalidad.
"Shindou, tú..." logró pensar, y luego la mente se le quedó en blanco. Sólo estaban sus ojos, los ojos de él y nada más. Y, luego, la voz de Haruna hablando, como un soniquete molesto.
-Sangoku-kun, ¿está por ahí el trozo de tela roja que pensábamos usar como capa del traje que estamos arreglando para Shindou-kun? En un principio íbamos a descartarlo, pero lo necesitamos.
Kirino finalmente bajó los ojos, desubicado, aún consciente de que tenía que hacer algo y sin saber muy bien el qué. Cuando volvió a intentar mirarlo, su amigo tenía la vista clavada en el suelo.
-También necesitaríamos una copia extra del guión para Shindou-kun. Estamos ensayando mientras le arreglamos la ropa, pero sólo tenemos una, así que...
Una copia del guión. La suya estaba poco más allá, manoseada y rota sobre la silla de uno de los caballos de cartón. Aquella era la misma copia que Shindou y él habían utilizado cuando su amigo lo estaba ayudando a ensayar semanas atrás; era la mejor que Shindou habría podido tener. Por no decir una excusa muy tonta para acercarse.
-Yo le dejo la mía; esperad un momento.
Nadie pareció objetar nada cuando él cogió el cuadernillo y bajó corriendo del escenario, antes de poder arrepentirse. El corazón se le aceleró mientras cruzaba el enorme gimnasio y le tendía el guión a su amigo, y pareció detenérsele en el pecho cuando él se adelantó y lo cogió con suavidad.
-Gracias, Kirino – le dijo en voz baja.
Y entonces él ya no supo qué contestar.
-Shindou... – comenzó.
-Creo que tenemos que... – empezó él a su vez. Después, se miraron y se quedaron callados, un segundo, otro y otro más.
Finalmente, y cuando Kirino estaba a punto de meter una excusa y dar media vuelta, Shindou volvió a tomar la palabra.
-Hablar; tenemos que hablar. Necesito hablar contigo.
-Claro – resultaba muy sencillo decirlo, y lo peor de todo es que era verdad. Kirino necesitaba hablar con Shindou, pero ahora que lo tenía delante ni siquiera sabía qué decirle, ni cómo – Quería haberlo hecho antes, pero llevas todo el día ocupado, así que...
-Ya lo sé, y lo siento.
-No es culpa tuya. Yo... – el chico se detuvo. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué iba a decir? ¿Qué? – ¿Qué... Qué tal llevas el examen de mañana? No habrás tenido tiempo para practicar mucho con todo esto.
-Ah – Shindou lo miró parpadeando, pero en seguida negó con la cabeza – No hay ningún problema. Estuviste en la audición el otro día. Lo que tengo que tocar es lo mismo; lo haré perfectamente.
-Tú siempre lo haces todo perfectamente – muy a su pesar, Kirino se rió, y a Shindou, frente, se le escapó una sonrisa culpable – Eso sí, al acabar vendrás a verme, ¿verdad? Incluso si al final el pie de Hayami está bien y no tienes que salir a actuar estarás ahí, ¿no?
Shindou lo observó en silencio, como si estuviera muy cansado, pero finalmente asintió.
-Claro que estaré. ¿Cómo no iba a estar?
-Me alegro.
-Escucha, Kirino. Yo...
El chico alzó los ojos y lo observó, expectante. Sabía que había más gente, al otro lado del gimnasio, junto al escenario, pero lo que estuvieran haciendo en aquel momento le daba absolutamente igual. Sólo había algo que quería saber, algo que necesitaba oír, y la idea de que Shindou pudiera estar a punto de aclararle aquello, para bien o para mal, lo dejó sin palabras.
-¿Shindou-kun? ¿Me estás escuchando?
Los dos dieron un respingo ante la voz de Haruna, que, de repente, estaba sorprendentemente cerca de ellos, con la tela roja que había ido a buscar sujeta en una mano y la otra apoyada contra la cintura.
-Tenemos que volver ya a mi despacho. Aún hay mucho trabajo que hacer.
-Ah, claro – Shindou tardó poco en recobrar un aire más o menos normal, pero cuando se volvió de nuevo hacia Kirino su voz perdió la firmeza de nuevo – Creo que tengo que...
-Ya lo sé. Supongo que nos veremos más adelante – el chico sonrió, tragándose la mezcla de decepción y alivio que sentía por dentro y tratando de bromear – Y ni se te ocurra dejarme tirado mañana. Quiero verte aquí, sea como sea.
-Por supuesto que sí, ya te lo he dicho. Te lo prometo.
Y después, Haruna volvía a llamarlo y Shindou le dedicaba una sonrisa y se marchaba. Con un suspiro, Kirino decidió dejarlo estar por el momento y se giró hacia el escenario. Midori, Nishiki y los demás ya habían parado de discutir, y el ambiente parecía extrañamente silencioso.
-¿Vamos a seguir? – preguntó, dirigiéndose a Sangoku.
-Estábamos hablando de tomarnos diez minutos de descanso.
-Bueno...
Kirino no tenía demasiadas ganas de pararse a descansar, pero era cierto que algunos de sus compañeros parecían agotados de tanto practicar. Tenma y Shinsuke, en concreto, salieron disparados por la puerta tan pronto les dieron permiso, seguidos por Aoyama, que le estaba comentando a Ichino todo lo que quería merendar. Los otros también fueron cruzando el umbral poco a poco, unos con más ganas y otros con menos, hasta que allí, finalmente, sólo quedaron Akane y él.
La chica seguía contando sillas y tomando notas en su cuaderno con un aire eminentemente concentrado, y Kirino creyó haberla visto observarlo por el rabillo del ojo y sonreír durante apenas un instante. En aquel momento, cayó en la cuenta de que, de un modo u otro, todo había empezado una tarde, meses atrás, en la que él se había saltado parte del entrenamiento para espiar a Shindou y a aquella chica en la azotea, y no pudo menos que simpatizar con ella. A los dos les había pasado lo mismo, después de todo. Muy posiblemente, para ella tampoco habría sido fácil, y aún así había sido más valiente que él.
-Yamana, ¿puedo hablar un momento contigo?
Akane levantó los ojos de su cuaderno y lo miró. Parecía sorprendida, y Kirino no podía culparla. Ella nunca hablaba con él, pero él tampoco hablaba con ella, no por nada en especial, sino porque nunca había tenido qué decirle. En un primer momento, el chico llegó a pensar que la muchacha le preguntaría a qué venía aquello, pero, tras observarlo en silencio un rato, todo lo que hizo fue cerrar la libreta y asentir.
-¿Vamos fuera? – le preguntó, y él se encontró siguiéndola, contemplándola con cuidado mientras lo guaba al exterior. Era más baja que él, de aspecto delicado, con la piel clara y los ojos bonitos; probablemente, a la mayoría de chicos del curso les gustaría. A todos menos al que ella quería de verdad, y Kirino se preguntó por qué. En determinadas ocasiones, suponía, la vida simplemente no era justa para todos.
-Perdóname, Yamana – dijo entonces con voz firme, inclinándose en una reverencia. Estaban solos, fuera; todos los demás se habían marchado a alguna otra parte, y aún así ella miró a su alrededor, como si se sintiera confundida porque alguien estuviera allí pidiéndole perdón – Tú no lo sabes pero hace tiempo, cuando quedaste con Shindou y todo salió tan mal, la culpa de que todo se arruinara fue mía. Los libros, el lago y todo lo demás... Fui yo. Os seguí y, aunque no fue a propósito, creo que me metí en medio. Lo siento mucho.
Akane simplemente lo miró, con los ojos violeta entornados y los labios entreabiertos, tal vez preguntándose a santo de qué le estaba contando Kirino todo aquello ahora. Y en realidad, él no lo sabía; no exactamente. Tal vez se debiera a que todo había empezado con ella, y con ella tenía que acabar. Tal vez se tratara de un modo de quedar en paz consigo mismo, de empezar a afrontar las consecuencias de todo lo que había estado haciendo. De lo único que estaba seguro era de que, al verla allí, había tenido que hablar, y que no importaba si ella se enfadaba, porque, después de todo, él se lo tenía más que merecido.
-Así que fuiste tú quien nos tiró encima todos aquellos libros... – fue todo lo que dijo la chica, en voz queda, suave, neutra.
-De verdad que lo siento – Kirino tragó saliva y se volvió a inclinar – No tenía ningún derecho. No sé qué me pasó; no debería haber...
El chico podría haber seguido hablando, pero el roce leve de una mano sobre su hombro lo hizo detenerse en seco. Cuando alzó los ojos, sorprendido, se encontró a Akane inclinada hacia él, observándolo con un brillo de comprensión en las pupilas y una sonrisa en los labios. Ella quería que él dejara de inclinarse y él obedeció sin pensar, porque Akane normalmente jamás tocaba a nadie, por muy breve o suave que fuese el contacto.
-Yo también tendría que disculparme – dijo entonces la chica, y Kirino quiso replicar, pero no pudo – Fui yo quien le pidió a Shin-sama expresamente que no te dijera que íbamos a vernos aquel día, y eso estuvo mal. Pensé que tal vez así todo saldría mejor, pero que tú estés a su lado es precisamente lo que él necesita para estar contento, ¿no? Y eso es lo que tú y yo tenemos en común, ¿verdad? Querer que Shin-sama sea feliz.
-Yamana...
La chica sonrió, y en aquel momento Kirino se sintió extrañamente cercano a ella. Tal vez, en otro momento, en otro mundo, ella habría podido ser él, y él habría sido como ella.
-¿No tuviste miedo? – preguntó de pronto; genuinamente, porque quería saberlo – Cuando hablaste con Shindou, ¿no te asustaste por lo que él pudiera decirte?
Akane ni siquiera pareció sorprendida porque Kirino ya supiera el final de su historia.
-Yo no tenía nada que perder, ¿no? Quería intentarlo, pero sabía lo que iba a contestar desde el principio. Se lo dije porque él merecía saberlo, eso es todo, aunque supongo que en esos casos es mucho más difícil arriesgarse si piensas que hay esperanzas para que te digan que sí. Porque ahí sí que puedes perder algo, o eso creo.
Kirino no respondió. A lo lejos, se oían las voces de Sangoku y los demás, acercándose a donde estaban ellos, quejándose del viento y el aire húmedo, que de nuevo amenazaban con traer lluvia.
-Perder algo... – repitió finalmente.
-¿Kirino-san también está asustado?
La voz de Akane hizo que el chico saliera de sus pensamientos y la observara, de nuevo sin saber muy bien qué decir. Hikaru le había dicho que estaba asustado, semanas atrás, y había estado en lo cierto. De hecho, si se había sentido tan frustrado, irritable y enfadado, había sido precisamente porque tenía miedo. Un miedo horrible. Pero no tanto a que Shindou pudiera rechazarlo como a perderlo aún si no lo hacía. A que las cosas se les escaparan de las manos si las dejaban cambiar tanto de pronto.
Salvo que, y ahora lo veía claro, él no se había enamorado de Shindou de pronto. Se había dado cuenta de repente, sí, pero aquello no era en absoluto lo mismo. Lo demás había ocurrido poco a poco, día a día, momento a momento.
Quizá para cuando se había percatado todo aquello todo ya había pasado a ser algo inevitable. Y quizá, por eso mismo, el intentar convencerse a sí mismo para tratar de pasar página no tuviera ningún sentido.
-¿Asustado? – repitió, y fue claramente consciente de que sí, de que no sólo tenía miedo, sino pánico. De que había estado huyendo porque nunca se le había dado bien ser tan valiente – Supongo que sí. – murmuró – Supongo que siempre he estado muerto de miedo.
-¡Vaya, vaya, capitán, pero si pareces un príncipe de verdad! Ese traje era demasiado emperifollado para mí, pero veo que a ti te sirve.
Shindou arqueó levemente las cejas, pero no dijo absolutamente nada. Acababa de salir del probador improvisado que habían montado al fondo del despacho de Haruna vestido de azul, blanco, negro y rojo, y, tras un día de esfuerzo, el disfraz le sentaba como un guante. Sangoku no pudo evitar sonreír casi como si se sintiera orgulloso de su amigo; ni siquiera sabía muy bien qué iba a pasar finalmente con aquella obra, pero le hubiera gustado verlo salir al escenario vestido así.
-No ha quedado mal para tener tan poco tiempo, supongo.
-¡Por supuesto que no! Llevo trabajando en él todo el día. – intervino la voz de Kariya, que los estaba observando con los brazos cruzados y una cinta métrica en torno al cuello desde unos cuantos metros más allá. – Kageyama y yo llevamos aquí desde las ocho de la mañana, y yo debería estar ya en mi casa. Deberíais felicitarme por haber conseguido hacer algo tan decente en tan poco tiempo.
Hikaru, que se hallaba etiquetando los disfraces ordenados en una de las esquinas de la habitación, se giró hacia él con expresión de reproche infantil.
-Te han ayudado, Kariya-kun.
-Y, gracias a dios, van a volver a ayudarme a vestiros a todos mañana. Os aseguro que no me veríais por aquí si tuviera que hacerlo yo solo. – el chico hizo una pausa y se giró hacia Shindou, que seguía observándose una de las mangas de brocado azul con aire de no tenerlas todas consigo – Hemos acabado, capitán. ¿Podrías quitarte el traje? Ya ni siquiera Otonashi-sensei está aquí, y yo quiero irme a casa.
-Claro.
Shindou se giró en redondo y volvió a introducirse en el probador y Sangoku lo observó mientras se marchaba. Hasta hace pocos días, el capitán parecía haber tenido algo personal contra Kariya, pero, procediera de donde procediese aquello – y él tenía una teoría al respecto, que ya se había encargado de enunciar en alto cuando el resto de miembros del club le habían preguntado en su día -, aquella súbita hostilidad se había evaporado tan pronto como había aparecido. Ahora, Shindou parecía más derrotado que otra cosa, y aquello era preocupante, especialmente si se tenía en cuenta que Kirino había estado tan nervioso que había dado un brinco cada vez que habían pronunciado su nombre durante los ensayos aquella tarde.
-Aquí lo tienes – tan pronto como Shindou volvió a salir de detrás de la cortina, vestido con el uniforme del instituto y tendiéndole a Kariya el disfraz, el defensa se lo quitó de las manos y procedió a etiquetarlo y colgarlo junto a los otros. Todos estaban allí; el traje de brujo de Nishiki, los de hadas de Shinsuke, Ichino y Aoyama y el vestido blanco de Kirino, que aún nadie había visto puesto - ¿A qué hora tenemos que estar aquí mañana?
-Otonashi-sensei ha citado al equipo técnico por la mañana y a los actores justo después de comer. – intervino Hikaru – Ya es el gran día.
-Y yo soy de los que tienen que estar aquí desde por la mañana. Estupendo. – Kariya suspiró – Menos mal que teníamos un disfraz desechado de Sangoku-senpai. Si no, probablemente ni me habrían dejado dormir.
-Estás exagerando.
-Claro que no. Otonashi-sensei quería que el traje pareciera hecho a medida.
Shindou suspiró.
-Gracias por el esfuerzo, pero no creo que tenga que salir a actuar.
-¿No? – Hikaru parpadeó – Pues Hayami-kun ha... Quiero decir, su pie...
-Su pie está bien; probablemente no me necesiten.
-Pues creo que va a haber alguien muy decepcionado si al final no actúas – murmuró Kariya esbozando una media sonrisa burlona, como si se estuviera riendo de un chiste que solamente él pudiera entender. Sangoku, por su parte, simplemente lo observó con el ceño fruncido. La mitad de los miembros del club, especialmente los más mayores, se estaban tomando todo aquel asunto como si fuera una especie de chiste, pero él estaba verdaderamente preocupado.
-Deberíamos volver a casa ya – dijo en voz alta, y los demás asintieron.
No tardaron mucho en recoger la habitación y cerrar el edificio del club con la llave que Haruna había dejado para ellos, y en apenas diez minutos se hallaban fuera de los terrenos del instituto. Era ya noche cerrada, pero, al menos, se apreciaba la luna entre los nubarrones y el viento helado parecía haber remitido un tanto. Llovería durante las próximas horas, pero la primavera regresaría a la ciudad la mañana siguiente, justo a tiempo para verlos actuar en aquella obra de una vez por todas.
-Bueno, que durmáis bien. Yo me marcho – se despidió Hikaru entonces, inclinándose en una reverencia cortés y echando a andar.
-A mí me esperan para cenar – intervino Kariya tras consultar su reloj. En unos pocos instantes, los dos estudiantes de primer año desaparecieron, y allí sólo quedaron Shindou y él.
-¿No vas a casa? – preguntó amablemente el portero al ver que su compañero no se movía.
Shindou pareció pensarlo, pero finalmente suspiró.
-Mi padre está trabajando y mi madre no llegará hasta dentro de un par de horas, así que no me esperan hasta la hora de cenar. ¿Tú te marchas ya?
Si Sangoku sabía hacer algo, era reconocer peticiones de ayuda cuando las veía. Era cierto que Shindou llevaba desde por la mañana ocupado y absolutamente concentrado en sus tareas pero, a la hora de la verdad, estaba claro que no quería quedarse solo.
-Mi madre sale de trabajar dentro de un par de horas. Va a sacarme a cenar para celebrar el estreno de la obra mañana, pero hasta entonces voy a tener que esperarla solo. Si no tienes nada que hacer, agradecería la compañía de alguien hasta que llegue.
-¿Está bien que vaya? – Shindou parpadeó.
-Mejor esperar contigo que hacerlo solo, ¿no crees?
El capitán pareció dudar. Tenía los dedos apoyados sobre la correa de la bolsa de la escuela que llevaba colgada al hombro, y Sangoku observó cómo la aferraba con fuerza antes de asentir. El chico estaba muy serio, y ni siquiera hizo amago de hablar durante todo el trayecto hasta la pequeña cafetería cercana al barrio de tiendas donde el portero solía esperar a su madre. Para cuando llegaron, las nubes habían cubierto la luna y había vuelto a empezar a llover pero, a pesar de todo, y tal vez en parte a la hora, en el pequeño local solamente había una pareja de ancianas tomando lo que parecía chocolate caliente.
-¿Puede ponerme un café, por favor? – le pidió Sangoku al camarero tan pronto como se hubo sentado en su mesa favorita y éste se hubo acercado a tomarles nota. Shindou, que se había sentado frente a él, pidió un Earl Grey sin ni siquiera mirar la carta.
-Así que sueles venir aquí – comentó mirando a su alrededor tan pronto como volvieron a quedarse solos. – No conocía este sitio.
-Mi madre trabaja cerca, así que a veces vengo a esperarla. No es la cafetería más elegante de la zona, pero me gusta.
-No, está bien. Es muy europeo; me gusta.
El chico guardó silencio mientras el camarero volvía con sus bebidas y se dedicó a observar con aire abstraído los cuadros de paisajes en la pared y la lámpara de cristal del techo. Sangoku lo recordó en otro momento, hacía poco más de un par de meses, en su casa, cuando lo había invitado a comer y había tratado de decirle que Kirino estaba actuando de forma extraña porque estaba enamorado de él. Entonces, Shindou había resultado ser tan obtuso que intentar explicarle aquello había sido como tratar de hablar con una pared; Sangoku se preguntaba si las cosas serían diferentes ahora.
-¿Qué tal te han ido hoy los ensayos? – preguntó finalmente en alto - Otonashi-sensei tenía intención de que practicáramos todos juntos, pero no ha habido tiempo.
-He practicado con ella. Me ha ido bien, aunque no creo que haga mucha falta. Solamente soy el suplente.
-Ya lo sé – Sangoku sonrió – Pero tal vez te necesitemos. La encargada de reprografía se puso como loca cuando llevamos a imprimir los programas con los cambios hechos. Al parecer, le gustas bastante.
Shindou hizo una mueca y bebió un sorbo de té. A decir verdad, y por lo que le habían contado, un grupo bastante grande de chicas de segundo y primer año habían formado un revuelo considerable al enterarse quién iba a ser el príncipe suplente. Tal vez Hayami debería andarse con ojo por si alguien decidía que era mejor para todos que se torciera el tobillo, esta vez de verdad, sólo para que Shindou saliera al escenario en su lugar.
-¿Y el examen qué tal? Supongo que bien.
-Sin problemas, o eso creo. No lo hice del todo bien en la audición, pero en ese momento estaba distraído, supongo. Mañana me irá bien.
Sangoku asintió y revolvió su café con la cucharilla. Las ancianas que habían estado tomando chocolate en una de las mesas contiguas se levantaron a pagar, y no tardaron en salir por la puerta principal, dejándolos completamente solos. La lluvia seguía cayendo con fuerza al otro lado de los cristales, y los dos la observaron en silencio durante unos instantes antes de que Shindou volviera a hablar, esta vez en voz más baja.
-¿Puedo preguntarte una cosa? – murmuró – Tú has estado con Kirino hoy.
-Sí.
-¿Cómo está?
El portero lo pensó durante unos instantes antes de responder. Ahí estaba el tema del que Shindou quería hablar, aunque había estado claro desde el principio.
-Si tuviera que decir algo, te diría que ha estado distraído, Shindou; igual que tú en la audición. O, más bien, igual que tú últimamente. – el chico apartó la mirada de la ventana y la clavó en él con los ojos oscuros muy abiertos, y Sangoku se tragó un suspiro - ¿Qué es lo que os ha pasado esta vez? ¿Os habéis vuelto a pelear?
Shindou dio un respingo.
-No. No es eso. No exactamente.
-¿Entonces?
Shindou tomó aire, pero se quedó callado, y Sangoku dio un nuevo sorbo a su café. Por la cara con la que los dos habían aparecido en el vestuario el día anterior, lo que había pasado entre Kirino y él parecía bastante claro, pero aún así, sería imposible hacer nada si Shindou no lo confirmaba.
-Escucha, está claro que ha pasado algo, pero no podré ayudarte si no me cuentas qué es. Si te preocupa tanto, tal vez deberías decirlo en alto. La mayoría de veces es mejor que callárselo hasta estallar, y aquí no hay nadie más.
Shindou llevó las manos a su copa de té y contempló el líquido oscuro en silencio, como si estuviera debatiéndose entre hablar o no. Cuando finalmente lo hizo, su voz fue baja pero firme.
-¿Te acuerdas de cuando ayer Kirino se marchó corriendo durante el ensayo y yo lo seguí? – preguntó. Cuando Sangoku asintió, el chico tragó saliva y continuó hablando – Estaba muy enfadado, y yo quería que me escuchara, así que no sé muy bien cómo acabó pasando, pero...
La voz de Shindou se apagó, súbitamente insegura, y Sangoku dejó su taza sobre la mesa, preocupado.
-¿Pero...?
-Supongo que... Lo besé. Es decir...
Durante unos instantes, el chico pareció debatirse con algo más que decir, pero no tardó en sacudir la cabeza y bajar los ojos. A su alrededor sólo se oía el sonido de la lluvia, cayendo con parsimonia sobre los cristales.
-¿Kirino se lo tomó a mal? – preguntó Sangoku – ¿Te rechazó?
Por primera vez, Shindou alzó los ojos.
-No – respondió – Claro que no.
-¿Y entonces? ¿Qué es lo que os pasa?
-¿Es que no lo ves? – la voz de Shindou comenzó a recuperar firmeza conforme hablaba, y en apenas un segundo el chico lo estaba mirando como si aquello fuera algo terriblemente importante y en lo que llevaba pensando mucho tiempo – Kirino es mi mejor amigo; ha sido mi mejor amigo siempre, y en ese momento estaba furioso, y confuso, y enfadado conmigo, ya te lo he dicho. Por mucho que yo quisiera no tenía que haber hecho algo así, y mucho menos en un momento como ése. Me he dedicado a saltarme todas las líneas como si no estuvieran, y ahora ni siquiera puedo hablar con él porque no sé qué demonios decirle.
Sangoku no pudo evitar reírse entre dientes.
-¿Y no se te ha pasado por la cabeza que quizás él quisiera besarte a ti también? Estas cosas pasan, tanto él como tú sois mayores y, aunque a decir la verdad no es mucho mi tipo, hay que admitir que Kirino es un chico muy guapo, así que...
-No. No. No es eso. En el fondo da igual si Kirino es guapo o no, por mucho que... – Shindou sacudió la cabeza y lo miró fijamente con los ojos oscuros brillándole – Hemos sido amigos desde pequeños, ya te lo he dicho; ha estado ahí para mí desde la escuela primaria. Siempre. No importa hacia donde mirara, porque siempre lo veía allí, y él siempre sabía qué hacer y qué decir, ¿entiendes? Y si soy lo que soy ahora, si he podido llegar a ser más fuerte, es precisamente gracias a él, mucho más que a mí mismo. Por eso no puedo ser egoísta y echarlo todo a perder así, ni siquiera aunque... No puedo, Sangoku. No puedo.
-¿Y por qué estás dando por sentado que vas a echar algo a perder?
Shindou se detuvo en seco y Sangoku lo observó sin poder esconder una sonrisa. Tenía que ser maravilloso que alguien hablara así de ti; que alguien te mirara con la cara que, aun sin saberlo, estaba poniendo Shindou en aquel mismo instante, como si tuviera que esforzarse para creer que alguien externo pudiera entender lo que le pasaba; como si le costase creer que alguien pudiese siquiera pensar que Kirino no era perfecto.
Porque ellos dos siempre habían sido así, y Sangoku los recordaba presentándose a las pruebas de acceso al club de fútbol algo más de un año atrás, seguros de que las pasarían juntos. Recordaba a Shindou volcándose de lleno en el equipo y a Kirino, siempre a su lado, anteponiéndolo a todo lo demás sin pedirle nada a cambio. Los recordaba siempre juntos, en clase, durante los entrenamientos y en su tiempo libre, casi como si no se dieran cuenta de la cantidad de horas que pasaban el uno con el otro. En su mundo, primero estaban ellos dos, y luego el resto de la gente y, a veces, Sangoku no podía menos que sentirse un poco celoso de ellos.
-Oye, Shindou. ¿Te has parado a pensar en una cosa? – el chico lo miró, todavía con esa cara, todavía con esos ojos, y Sangoku volvió a sonreír - ¿Sabes ya por qué has besado a Kirino?
El capitán tartamudeó, tan claramente confuso que casi hacía gracia.
-Bueno, yo... Eso es...
Y Sangoku se rió, porque entonces lo supo.
-Tranquilízate, ¿de acuerdo? – le dijo, su voz resonando sobre el sonido de la lluvia - Habla con Kirino y cuéntale lo que te pasa, estés seguro de lo que es o no. Tenma lo dice siempre, ¿no? Seguro que todo sale bien de un modo u otro.
Los pasos histéricos de su madre se oían retumbar por el pasillo a pesar de que la puerta de su habitación estuviese cerrada, y Kirino se cubrió la cabeza con la almohada, tratando de silenciarlos. La buena mujer llevaba exaltadísima desde que la habían llamado del instituto para informarle de que toda su familia tendría reservado un lugar de honor en primera fila durante la representación de su hijo, y ni siquiera toda la buena voluntad de su marido había logrado refrenar sus ansias de revolver toda la casa en su empeño por encontrar lo que ella llamaba "sus trajes buenos". Cuando él había llegado, lo había llamado "mi príncipe" y le había dicho que se calentara la cena mientras ella se dedicaba a poner patas arriba el cuarto de Saki; horas después, y ya comido y tumbado sobre la cama, a él todavía le extrañaba que no hubiese entrado a revolver al suyo.
-¡Eh, Ran-chan!
"Ya me parecía a mí..."
Con un suspiro, el chico sacó la cabeza de debajo de la almohada justo al mismo tiempo en el que la puerta del dormitorio se abría y unos pantalones de franela terriblemente feos y con un dibujo de corazones blancos y azules entraban en su campo de visión. Kirino parpadeó, sorprendido, y alzó los ojos. Había esperado ver aparecer a su madre dispuesta a encontrar el mejor traje de su padre fuera como fuese, pero quien había entrado en su cuarto en realidad era Saki, con el pelo recogido en un moño medio deshecho y un sobre verde en una mano.
-¿Qué haces aquí? – preguntó, y su hermana frunció el ceño cómicamente mientras se dejaba caer sobre la cama.
-¿Vengo a traerte un regalo y me preguntas qué hago aquí? Ran-chan, eso no se hace.
Kirino ignoró el comentario y se apoyó sobre los codos para incorporarse. Cuando al fin se hubo sentado con las piernas cruzadas sobre el colchón, miró el sobre que había traído Saki con gesto de duda.
-¿Un regalo? – repitió.
-Sí, de parte de nuestra querida hermana Ayame. Al parecer, la vida matrimonial no ha hecho que pierda el amor por las manualidades. – Saki le tendió el sobre con una sonrisa y Kirino lo abrió con cuidado – Ha llegado esta mañana en el correo, pero mamá está como está y se ha olvidado de dártelo.
-¿Qué se supone que es...?
-No lo sé; pregúntaselo a Ayame cuando la veas.
Kirino volvió a parpadear mientras observaba el contenido del sobre, que había pasado a sujetar con dos dedos. Ayame, la mayor de sus hermanas, era una mujer recién casada pero, a pesar de ello, le había enviado lo que a todas luces era una postal hecha por ella misma que parecía más el trabajo de un niño de cinco años que de una mujer adulta. La mitad de la portada era un corazón semitransparente de color verde, recortado de modo irregular sobre el cartón, y en las páginas internas había un dibujo horrible de lo que muy posiblemente era un ser humano con una corona y un vestido rosa entre lo que parecía un bosque deforme y ardiente.
-¿Por qué se están quemando los árboles?
-Creo que son pájaros, no llamas. Mira, tienen alas. O al menos creo que lo son.
-Al parecer, el talento artístico es algo hereditario en esta familia. Ayame dibuja igual de bien que yo.
-Y que yo. Creo que todos tenemos la misma carencia genética – Saki se echó a reír, pero no tardó en cubrirse la boca para ahogar un bostezo – Sea como sea, creo que voy a irme retirando antes de que mamá decida que necesita ayuda para prepararlo todo para mañana. ¿Tú no te vas a dormir?
Kirino ahogó un suspiro. No es que fuera precisamente pronto, pero dudaba que pudiese conciliar el sueño todavía, especialmente porque su idea había sido la de hablar con cierto alguien a lo largo de aquel día y no había podido lograrlo.
-Ahora iré, supongo.
Saki lo observó con un brillo extraño tras los ojos azules.
-Ran-chan, ¿estás bien?
-Perfectamente. ¿Lo dices por algo?
-Llevas dos días pasando las horas metido en tu cuarto – la chica se estiró como un gato y se levantó, girando sobre sí misma y encogiéndose de hombros. Un mechón de cabello rosa se le soltó del moño, yendo a caerle sobre el hombro derecho – Pero supongo que serán los nervios y no te pasa nada.
-Supongo.
Saki permaneció en silencio durante un segundo más, pero finalmente sacudió la cabeza e hizo amago de girarse como si fuera a marcharse. Justo en aquel instante, sin embargo, algo parecido a un timbrazo estridente rompió el silencio de la habitación. Kirino se quedó muy quieto, sabiendo perfectamente lo que era aquello: el tono para mensajes de su teléfono móvil.
Aunque lo peor de todo es que, a juzgar por la cara que puso, Saki también sabía de dónde procedía y no estaba planeando nada bueno al respecto.
-No, Saki. No.
-¡Déjame mirar, Ran-chan! ¡Déjame!
Todos a una, los dos hermanos se lanzaron sobre el teléfono que descansaba sobre la cama. Instantes después, Kirino gruñía una maldición mientras Saki, sonriente y con el peinado completamente deshecho, abría la tapa del móvil con expresión triunfante y pulsaba el botón de leer mensaje.
-Vaya – susurró, y su sonrisa se ensanchó, asemejándose a la de un gato enorme y muy contento.
Kirino sintió que se le aceleraba el corazón en el pecho.
-¿Qué?
Los labios de Saki parecieron moverse a cámara lenta cuando respondió.
-Takkun. Es él.
-¿Cómo? – muy a su pesar, Kirino se encontró a sí mismo levantándose de la cama y deteniéndose frente a ella con expresión consternada – Por favor, Saki, devuélvemelo. Tengo que saber qué dice.
Su hermana cerró la tapa del teléfono y se lo devolvió con una sonrisa divertida.
-Así que sí que te pasa algo, ¿eh? Y con Takkun, además. Soy un genio.
-¿Eh?
-El mensaje no era de él – la chica se encogió de hombros – Sólo publicidad.
Tragándose una exclamación – no sabía muy bien si de enfado, de decepción o de qué exactamente – Kirino accedió al menú de mensajes de su móvil y abrió el más reciente. El texto, enviado por un operador de la competencia, le ofrecía la posibilidad de ganar un maravilloso viaje a Nueva York si decidía contratar sus servicios – cosa que, al ser menor de edad, ni siquiera podía hacer. Y él acababa de salir disparado de la cama sólo por aquello. Sencillamente estupendo.
-Saki...
-Ran-chan.
-¿Qué has hecho?
-No, qué he hecho yo, no. Qué has hecho tú.
Kirino volvió a retroceder hasta que se sintió toparse contra el borde de la cama.
-¿Yo? ¿Qué iba a hacer yo?
-No lo sé – Saki avanzó y el chico tropezó y cayó sentado sobre el colchón, al que no tardó mucho en volver a subirse – Pero primero Takkun viene a dormir aquí, intenta besarte, tú te enfadas con él, os vais a clase y a la vuelta te dedicas a ir por casa como un alma en pena y a encerrarte en tu habitación. ¿Tanto crees que me cuesta atar cabos? Tengo más años que tú; ya me las sé todas.
-No estaba tan enfadado con él. Yo sólo...
-Le pusiste tan mala cara que el pobre chico salió corriendo. Así que no mientas. ¿Qué es lo que ha pasado ahora? Ayer pensaba que por fin te habría besado como dios manda, pero teniendo en cuenta lo deprimido que pareces estar, creo que no he acertado – Kirino la miró con los ojos como platos, sintiendo que las mejillas empezaban a arderle, y Saki se calló de golpe – Espera, espera. ¿He acertado? ¿He acertado de verdad?
Kirino tartamudeó.
-Y-yo no he dicho que...
-Oh, dios mío, que tengo razón. Ya verás cuando Sayuri y Ayame se enteren de que nuestro hermanito...
-¿Se enteren de qué? Saki, para ya. Y ni se te ocurra decirles nada.
-¿Pero habéis hecho algo o no habéis hecho algo?
Kirino volvió a dudar. En aquel momento no tenía ganas de hablar de todo aquel asunto pero estaba seguro de que, si decidían informarse, sus tres hermanas eran capaces de acorralar a Shindou durante la obra del día siguiente para preguntárselo personalmente, y aquello sería mucho, mucho peor.
-¿Y bien?
-Es... Vale, sí – murmuró, sintiendo que su cara, ahora sí, estaba tan caliente que alguien podría haber frito un huevo en ella. - ¿Contenta?
-No del todo ¿Así que sí... qué? ¿Te besó?
-...Sí.
-¿Y cómo fue?
-Saki, yo... – Kirino comenzó a protestar, pero enseguida se mordió el labio – Fue de pronto. Yo no me lo esperaba.
-Pues debías de ser el único.
-¿Qué?
-¿Y fue un beso en serio? ¿En serio, serio?
Kirino volvió a abrir la boca, pero la cerró antes de decir nada. No es que tuviera precisamente una amplia experiencia en todos aquellos temas, pero creía tener una idea bastante aproximada de lo que quería decir su hermana, y no podía dejar de pensar en que Shindou había...
-¡Saki, por favor! ¡Deja de intentar meterte en mi vida de esa manera! Hay cosas que son privadas.
Su hermana soltó una carcajada cristalina e inclinó la cabeza en señal de derrota.
-Está bien, está bien, no entres en detalle si no quieres, pero hay algo que no entiendo – replicó – Tú estás enamorado de Takkun y él te ha besado, ¿no? Entonces, ¿por qué estás deprimido?
Deprimido... Era complicado. Los rostros de Akane, Hikaru y los demás aparecieron un momento en sus recuerdos, repitiéndole una y otra vez que estaba asustado de perder a su mejor amigo, de equivocarse, no sólo si las cosas salían mal, sino si cambiaban y acababan separándolos.
-¿Qué pasa si a pesar de todo me ha besado por impulso y no le gusto tanto? – murmuró.
-Eso tiene todo el sentido, Ranmaru. Tu mejor amigo desde que erais un par de críos no ha parado hasta que ha conseguido besarte, así que lo más probable es que no le gustes ni un poquito. Lo que es más, te odia.
-Ya, pero... ¿Y si a pesar de todo no saliese bien? Shindou es... No puedo perderlo por esto, ¿entiendes?
En un comienzo, Saki pareció sorprendida, pero su expresión no tardó en suavizarse.
-¿Quieres oír mi opinión? – preguntó. Cuando Kirino asintió, se sentó a su lado en la cama – Precisamente por ese "esto", deberías plantearte el continuar hacia delante. Es cierto que el mundo no es perfecto pero, ¿a santo de qué iba a iros a vosotros peor que al resto? Lleváis toda la vida juntos; seguro que Takkun ya sabe que a veces tienes un humor horrible, que te lo guardas todo para ti mismo y que no hay manera de que ordenes tu habitación. Si no ha salido corriendo ya, dudo que vaya a hacerlo.
-¡Saki!
-¿Lo ves? Humor horrible. Totalmente intolerable.
El chico suspiró.
-Puede que tengas razón – admitió – Pero no sé que hacer, y voy a tener que hacer algo. Es... He llegado a un punto en el que no puedo dar marcha atrás, ¿entiendes? No después de la que armamos ayer; ahí está el problema. Haga lo que haga, tengo que avanzar.
-¿Y para qué quieres dar marcha atrás a estas alturas? – Saki arqueó una ceja - ¿Qué harías si pudieras borrar lo que sea que hayáis hecho ayer? ¿Hacerlo desaparecer y callarte todos tus problemas hasta que vuelvan a poder contigo? Guardar esa clase de secretos a las personas a las que conoces es como... No sé, mirar el mundo a través del papel transparente verde de la postal de Ayame, ¿ves? – la chica hizo un gesto y le colocó la portada de la postal delante de la cara, y los alrededores de su habitación comenzaron a verse deformados y verdes, como si alguien lo hubiera obligado a sumergirse en un agua color esmeralda viva – Todo se distorsiona, empieza a parecer lo que no es, y una mentira lleva a la otra hasta que todo es falso. Y entonces, llega un punto en el que no puedes aguantar más, todo se rompe y tienes que irte. La verdad a veces duele, Ranmaru, pero al menos es cierta. Son las mentiras y los secretos, aunque a veces parezcan mejores, los que acaban haciendo que las cosas se rompan sin remedio. Y en ese momento ya sí que no hay vuelta atrás, por mucho que quieras arreglarlo.
Kirino no respondió. Tenía la sensación de acabar de descubrir claramente por qué Saki había cruzado medio mundo y vuelto a casa de repente después de haber desaparecido durante tanto tiempo pero, aún así, no se atrevió a preguntar. En ese sentido, Saki y él eran iguales: podían meterse en las vidas de los demás, pero no les gustaba que se metieran en las suyas. No sin haber dado un permiso expreso; un permiso que nunca daban.
-¿Qué voy a hacer ahora? – quiso saber, volviendo a hablar en voz baja. – No puedo dar marcha atrás, así que, ¿qué hago?
-Eso sí que ya no es cosa mía; haz lo que quieras hacer. ¿Qué es lo que quieres tú, Ran-chan?
Lo que quería él. Durante los últimos meses, se había autoconvencido de que aquellos sentimientos no lo llevarían a ningún sitio, de que no tenían futuro, de que era mejor guardárselos, pero jamás se había preguntado qué era lo que quería hacer con ellos en el caso de que no fuera así.
-No sé lo que quiero hacer, no del todo – murmuró – Pero sí lo que no quiero que pase a partir de ahora.
-¿Y es...?
-No quiero vivir en un mundo donde tenga que mentir a mi mejor amigo.
La única respuesta que le dio Saki fue una media sonrisa tranquila y un gesto de asentimiento. Después, se levantó con agilidad, colocándose bien sus pantalones de franela azul y metiéndose las manos en los bolsillos.
-Pues bien, creo que ahora sí que voy a retirarme – declaró – Tú deberías hacer lo mismo e irte a dormir antes de que mamá aparezca aquí y te obligue a vaciar el armario para buscar los trajes que ha perdido. Después de todo, mañana es tu gran día.
-Supongo que lo es – Kirino asintió. Por primera vez en meses, la carga que había llevado sobre los hombros se había aflojado un tanto – Buenas noches, Saki.
-Que descanses, hermanito. – dijo ella. Después, abrió la puerta y se marchó.
Por primera vez desde el día anterior, Kirino no se sintió terriblemente agobiado al quedarse solo. Seguía sin saber qué hacer, pero al menos estaba seguro de que no quería seguir ocultando cosas, guardando secretos. Desde hacía meses, era todo lo que había hecho, constantemente, y aquello no lo había hecho sentir mejor.
Y en cuanto a lo que quería de verdad... De Shindou... A pesar de que tal vez todo saliera mal... Si lo pensaba con sinceridad, quizás tuviera una posibilidad después de todo. Y si no...
Tras un último segundo de duda, el chico volvió a coger su móvil. Entrando en el registro de mensajes, abrió la agenda y bajó manualmente hasta encontrar el que buscaba. Luego, comenzó a escribir.
"¿Podré verte mañana antes de la obra? Tenemos que hablar de lo de ayer."
La respuesta de Shindou no tardó en llegar, en un leve parpadeo de pantalla. Su mejor amigo había estado despierto, y aquello podía ser bueno, o no, pero a aquellas alturas ya no era lo más importante.
"Claro que sí. Iré en cuanto acabe el examen; yo también tengo que decirte algo."
Así que ya estaba hecho. Todo acabaría al día siguiente. Para bien o para mal, aquella historia se acababa.
Con un suspiro, Kirino cerró la tapa del móvil y, tumbándose sobre la cama, lo apretó con fuerza antes de soltarlo bajo la colcha. Apenas un minuto después, finalmente se había quedado dormido.
Notas de la autora:
Y aquí está, finalmente, el monstruo de las 15.000 palabras *risas*
En esta ocasión no tengo mucho que comentar y voy con prisa, que mis exámenes finales empiezan en dos días, así que ahí os lo dejo. Como siempre, esperaré con ansias a que me deis vuestra opinión sobre lo que va pasando. ¡Me leo todos vuestros reviews y siempre me hacen muchísima ilusión, así que gracias a todos!
La verdad es que ya queda muy poco para el final (un capítulo y el epílogo, pero el epílogo no deja de ser un extra), así que espero que os quedéis conmigo hasta el final. La verdad es que me da un poco de pena que a ECDLS le falte tan poquito para acabar, pero todas las historias tienen su final.
En esta ocasión, y debido a los exámenes, no tengo tiempo para contestar a los reviews sin cuenta en este apartado, pero a los demás os iré respondiendo poquito a poco. También sé que hay un asunto que tengo que comentar (no me he estado conectando a debido a los estudios, pero, de verdad, prometo que me pondré a ello en cuanto tenga un poco de tiempo), así que mis disculpas por llegar tarde, pero lo haré en cuanto pueda, de verdad.
También sé que os debo el comienzo de otro fic, pero estad atentos, porque puede que a lo largo de este mes pase algo :3
Y dicho esto, un saludo a todos y nos leemos en el próximo capítulo.
¡R&R!
