Capitulo IX

Después de tomar un baño Sesshoumaru se mantuvo observando la silueta de Rin en la cama, estaba profundamente dormida y una fina sabana cubría su cuerpo. Para no despertarla sólo dejaba pasar la luz que se filtraba desde el baño.

Con mucho esfuerzo había logrado sacar a Ah-Un y lo había dejado en su lugar en la sala, el perro no había estado muy contento con que lo alejaran de la muchacha.

Su vista seguía en el cuerpo en reposo. Él tendría espacio suficiente para acostarse a un lado.

Dejando su costumbre a un lado escogió unos viejos monos de deporte y se los puso, seguido de eso fue a tomar su lugar en la cama.

Rin se movió ligeramente pero no despertó. Agradeció que su hermano le haya dado una pastilla para dormir. Aunque Rin se hubiese mostrado muy tranquila durante el interrogatorio de la policía, él sabía que no tuvo que haber sido fácil pasar por lo que ella había sufrido.

Se quedó tendido en la cama, dobló un brazo y apoyó la cabeza en él. Se mantuvo escuchando la respiración regular de la muchacha, hasta que el sueño finalmente se apodero de su ser.


Rin estaba teniendo una pesadilla, no dejaba de moverse de un lado a otro mientras soltaba pequeños quejidos.

—¡Rin! Despierta —reconoció la voz de Sesshoumaru entre la niebla espesa del sueño—. Estoy aquí. Tranquila.

Comenzó a abrir sus ojos y al enfocar la vista se encontró con el rostro preocupado de Sesshoumaru. Intentó incorporarse en la cama y él la ayudo.

—¿Estas bien? ¿Quieres un vaso con agua?

Ella sólo logró asentir. Lo vio quitarse la sabana de encima y bajar de la cama para luego salir de la habitación. ¿Había estado durmiendo a su lado?

Sesshoumaru regresó casi al instante. Gracias a la luz que entraba desde el cuarto de baño logró ver que llevaba el pecho descubierto. ¡Oh, por Dios! Ellos no podían haber estado durmiendo en la misma cama. No, no, no, no, aquello no estaba permitido.

Rin recibió el vaso que él le ofrecía.

—¿Estas bien? —volvió a preguntar al sentarse en la cama.

—Sí. Sólo fue un mal sueño.

Cuando termino de beber el agua dejo el vaso sobre la mesita de noche. Y volvió su vista al lugar desocupado de la cama, vio las sabanas alborotadas he hizo una pregunta muy tonta, pero debía estar segura.

—¿Dormías aquí?

—Eso hacía, sí.

—Yo… creo que me iré al sofá —comenzó a decir nerviosa.

—No seas tonta. Ambos podemos dormir aquí.

—No. Eso no…

—Ya nos hemos acostado, muchas veces —recalcó con énfasis—. Dormir juntos no causara gran diferencia.

Cuan equivocado estaba. Quizás para él no significaba diferencia alguna, pero para ella sí que lo hacía. No debía, ni quería involucrarse sentimentalmente. Pasar una noche con él, dormir juntos, compartir aquella clase de intimidad, sería ir demasiado lejos. Pero por otra parte, en algún lugar remoto de su yo interno, lo deseaba, deseaba poder dejarse rodear por sus brazos. Olvidar lo que había vivido aquella tarde.

Sintió un movimiento en el colchón y vio a Sesshoumaru tendido a su lado.

—Vamos, duerme un poco más —le indicó. Ella negó con la cabeza. Quería que él la hiciera olvidar.

Se volvió por completo hacia él y como pudo se sentó a horcajas sobre Sesshoumaru.

—Rin —advirtió.

—No hables. Por favor —se inclinó a besarlo. Fue un beso suave—. Por favor —susurró con sus manos en el rostro de él.

—No, puedo lastimarte y…

—No —refutó ella con rapidez—. No lo harás. Sesshoumaru, yo… —su voz era casi un susurro suplicante—lo necesito.

Aquella suplica por parte de ella, fue la perdición de él. Se le escuchaba tan vulnerable. Otro beso suave llegó hasta sus labios y lo único que pudo hacer fue rodear el cuerpo de ella con sus brazos.

Con sumo cuidado rodó con ella en brazos y la dejó de espaldas a la cama. Con delicadeza le quito la ropa. Se tomó todo el tiempo. Le recorrió el cuerpo con extrema devoción, quería borrar el daño que había recibido, con cada caricia, con cada beso.

Quería prometerle que jamás volvería a pasar peligro, que él la protegería, pero aquello sería prometer demasiado, y era algo con lo que no podía comprometerse. Pero ofrecerle aquello, eso sí podía hacerlo, podía darle ese placer.


Una semana después del incidente, Sesshoumaru y Rin estaban ya de camino a los juzgados. Desde el pasado miércoles se había estado llevando a cabo el juicio, y aquel día finalmente se daría el veredicto.

Quizás no lograsen acusar a Yuka por haber envenenado a su padre, para eso debían exhumar el cuerpo, realizar una autopsia, y todo aquel procedimiento podría llevarse varias semanas, y Rin prefería ahorrarse pasar por eso, no querían que tuviesen que remover la sepultura de su padre, sería como revivir su perdida. Con lo que presentaban ahora debía ser suficiente para encerrar a Yuka.

El día miércoles se había abierto el caso, Jaken había comenzado hablando del testamento falso, y mostrando las pruebas. Posteriormente había llevado el caso de otra manera, pasando al argumento de intento de homicidio. El abogado de Yuka había objetado de inmediato, y no era de sorprender, Yuka había negado todo el tiempo que ella estuviese implicada en el asunto.

El juez pidió las pruebas y luego de ofrecer un receso había dicho que se retomaría el caso después de la comida. Ese mismo día habían pasado al estrado Sesshoumaru y Rin. Jaken había pasado una carpeta a cada miembro del jurado y al juez con las fotografías de la escena, y las lesiones ocasionadas a la demandante.

El día jueves fue el turno de pasar al estrado a Yuka, a quien su abogado logró mantenerla en buena estima, ella había alegado que el responsable del incidente de Rin podía tratarse de Kamui Fat, quien tras haberse sentido humillado por su rechazo habría actuado de esa manera.

En horas de la tarde paso a testificar Tengu Tanaki, el agresor de Rin, quien tras haber aceptado el acuerdo, confesó haber sido contratado por Yuka Matsuya. Luego de la riña entre ambos lados defensores, el juez solicito que los abogados dieran sus alegatos finales, y terminar la sesión.

Jaken había cerrado el alegato diciendo que Yuka al ver que no podría obtener la herencia en su totalidad, había recurrido a atentar contra la vida de Rin Matsuya. Entonces, siendo así no sólo se trataba de una delincuente que cometía fraudes legales, sino también de una potencial asesina, porque el sólo hecho de contratar a alguien para que matase a una persona, la convertía en un peligro viable para la sociedad.

Ahora finalmente estaban esperando que diese comienzo el juicio. Rin estaba sentada junto a Jaken al lado izquierda de la sala, Sesshoumaru estaba sentado justo detrás de ella, hubiese preferido estar a su lado, pero Jaken le había recomendado que se mantuviera alejado, más cuando la parte demandada había comenzado a decir que entre Rin y él existía una relación, y aquello no resultaba nada profesional.

Inuyasha y Kagome les habían acompañado en todo el litigio, y en aquel momento estaban sentados detrás de él. En realidad toda la sala estaba llena, en los días anteriores, el juicio había sido seguido muy de cerca por la prensa, y ahora había una gran cantidad de espectadores esperando el dictamen que se daría. Hasta aquel momento Sesshoumaru no había comprendido el impacto que había tenido Taichi Matsuya en la comunidad, todos le guardaban gran respeto y veneración, y al parecer todo eso se extendía hacia su hija.

El jurado comenzó a entrar en la sala, y cuando todos hubiesen estado en sus lugares el alguacil pidió que todos se pusieran de pie para recibir al Juez.

La primera hora fue para repetir los alegatos de ambas partes. Posteriormente el Juez se dirigió al jurado y le indicó que tenía treinta minutos para deliberar y entregar su veredicto.

Rin fue un manojo de nervios durante esa media hora. Todo acabaría pronto. Sesshoumaru se mantuvo hablando con Jaken, había notado que trabajaban bien juntos, pero que era Sesshoumaru quien llevaba la última palabra, a pesar de ser más joven.

Inuyasha y Kagome se acercaron a ella y le dieron palabras de apoyo.

Agradecía enormemente haber encontrado a alguien como Kagome, era como la hermana mayor que siempre había deseado.

Realmente estaba agradecida con los tres, y principalmente con Sesshoumaru, de no haber sido por él, posiblemente, estaría muerta, le debía su vida, y también todo lo que había hecho para ayudarla con el testamento.

El jurado volvió a entrar en la sala, con sus rostros inescrutables. Se repitió el proceso y todos se pusieron de pie mientras el alguacil anunciaba la entrada del Juez.

—¿Han decidido el veredicto? —preguntó el Juez al jurado.

El presidente del jurado se puso de pie, sostenía un sobre en sus manos.

—Sí, su señoría.

El Juez señaló el sobre. El alguacil lo tomó de las manos del presidente y luego lo entregó al solicitante. El Juez abrió el sobre y desdobló la hoja, leyó en silencio. Su rostro no mostró ninguna reacción. Al terminar de leerlo, devolvió la hoja al alguacil y este la entregó nuevamente al jurado.

—Léase el fallo del jurado —anunció el Juez.

—Departamento Judicial de Kinutakoen, Provincia de Tokyo. Bajo la causa numero: 84743. Llevado por el Juez: Keitaro Nadecko. Tribunal criminal numero: 4565. —Hizo una pausa marcada. —Nosotros, el jurado encontramos a la acusada, Yuka Matsuya, ante el cargo de falsificación de documentos legales:—otra pausa— culpable. —Se comenzó a escuchar el murmulló de los presentes en la sala. El presidente del jurado siguió leyendo—. Conforme al requerimiento de acusación por atentar contra la vida de Rin Matsuya, mediante un asesino a sueldo, encontramos a la acusada: —pausa—culpable. —La sala se llenó de murmuraciones y exclamación apoyando la moción. — Así lo declaramos en la ciudad de Kinutakoen, a los cuatro días del mes de septiembre del año dos mil quince.

El alboroto en la sala había aumentado. El Juez tomó el mando y golpeó la mesa del estrado con el mazo.

—Silencio en la sala —el juez esperó a que el alboroto cesara para fijar su vista en los documentos en el estrado, sólo un par de segundos después, habló: —Bajo el cargo de falsificación del testamento de Taichi Matsuya, se le otorgan a la acusada, Yuka Matsuya, doce años de cárcel. Bajo el cargo de atentar contra la vida de Rin Matsuya, mediante un asesino a suelo, se le otorgan a la acusada, Yuka Matsuya, veintitrés años de cárcel. —Un gemido ahogado se escuchó desde el lado derecho de la sala— Sin derecho a fianza. La acusada podría solicitar una apelación por buen comportamiento, al cumplir diez años de condena. Se levanta la sesión.

El alguacil pidió que todos se pusieran de pie mientras el Juez salía de la sala.

Toda la sala de llenó de aplausos y exclamaciones mientras dos guardias se encargaban de llevarse detenida a Yuka Matsuya. La prensa no perdió de vista el imponente momento.

Rin se acercó a Jaken y lo abrazó. Le agradeció por su trabajo, y se volteó a buscar a Sesshoumaru, este la esperaba a unos centímetros, avanzó lo pocos pasos que los separaban y le rodeó el cuello con sus brazos.

—Gracias. Nada de esto lo habría hecho sin tu ayuda.

—Sólo hice mi trabajo.

—Hiciste más que eso —lo miró fijamente a los ojos.

Montones de flashes comenzaron a rodearlos, seguidos por las voces de los periodistas que querían la primicia de una breve entrevista con Rin Matsuya.

—Será mejor que se vayan —les dijo Jaken, quien comenzó a abrirles paso entre los azorados periodistas. —La señorita Matsuya realizara una rueda de prensa la próxima semana —informó Jaken a los reporteros. Eso era lo que habían acordado. Ella daría una rueda de prensa en la que resumiría todo lo acontecido, y los planes que tenía para llevar las fundaciones, pero eso no sería aquel día.


El sábado y siguiendo el consejo de Kagome, habían decidido hacer una pequeña celebración por haber terminado con el juicio y haberlo ganado. Se había reunido realmente un grupo muy pequeño, Inuyasha y Kagome con sus hijos, Jaken, y los padres Taisho. Según le había dicho Kagome la madre de Inuyasha y Sesshoumaru, Izayoi, había querido conocerla desde hacía tiempo, y aquella había resultado ser la ocasión. Izayoi había admirado las obras de beneficencia de su padre y las había apoyado, incluso participado en algunas. Le guardaba un profundo aprecio a Taichi Matsuya.

La tarde transcurrió de una forma amena. Hablaron y rieron. Rin disfrutó de aquel ambiente familiar. Le hubiese gustado permanecer a una familia como esa. Pero aquel era un sueño que no podía permitirse.

Rin había tomado una decisión y estaba convencida de llevarla a cabo. No tenía razones para cambiar de idea, y las vagas esperanzas no eran motivo suficiente. Sabía cuál era el siguiente paso a dar.

La noche llegó sin prisa, y el alboroto de risas cesó en casa de Sesshoumaru. Él la ayudó a recoger y cuando hubiesen terminado fue él quien se llevó a Ah-Un a dar su paseo nocturno, mientras ella tomaba un baño.

Al terminar se vistió y se quedó en la habitación de Sesshoumaru, aun cuando su habitación ya había sido organizada después de la inspección de la policía, ella siguió compartiendo la cama de Sesshoumaru, él mismo había insistido diciendo que pasar un par de noches juntos no resultaría un cambio significativo, no después de haber compartido tantos momentos de intimidad.

Ella no había estado precisamente de acuerdo, tener sexo era una cosa, compartir los momentos después, sentir la respiración del otro al dormirse, despertar con el aroma del otro impregnado en su cuerpo, todo eso era otra cosa, muy diferente. Una intimidad mucho más compleja, más profunda.

Una intimidad que ella había aceptado compartir, como un simple capricho, lo último que recibiría de él.


El lunes por la mañana Sesshoumaru había ido hasta el bufete para terminar con unos trámites. Volver al trabajo había resultado atípicamente agradable. Ya no sentía aquella sensación de pesadez que lo embargada antes. El tiempo que se había tomado había resultado justo lo que necesitaba. Ahora volvía a tener todo bajo control.

Lo único que le molestaba era que aun cuando se había mantenido toda la mañana ocupado, sus pensamientos volvían hacia la muchacha que lo esperaba en su casa. La había notado un poco diferente aquella mañana. Ella había parecido querer decirle algo pero finalmente había optado por no decir nada. Se comportó de una forma extraña.

Ahora ya estaba cerca de llegar a casa y esperaba que ella hubiese cambiado esa extraña forma de comportarse.

Pasó el camino de entrada y cuando logró ver su casa le sorprendió ver un pequeño camión de mudanza. Aparcó en el lugar de siempre y bajó del coche. Vio a un hombre fornido cargar con las pinturas de Rin y algo se removió dentro de él.

Caminó y antes de llegar a la puerta vio a Rin salir. La vio allí con uno de sus vestidos, los cardenales en su rostro prácticamente habían desaparecido por completo. Ella pareció inquieta al verlo, y le sonrió nerviosa.

—Hola —saludó y luego se volvió. —Eso es lo último —le dijo a otro hombre que llevaba los lienzos que ella había pintado—. Los estarán esperando para organizar todo. ¿Alguna pregunta?

—No señorita.

Al terminar de subir los lienzos al camión cerraron la puerta.

—Bien. Gracias —ella les dedicó una sonrisa.

—Que tenga un buen día, señorita —dijo el hombre fornido a modo de despedida.

Los hombres se marcharon en el camión y todo quedó en silencio.

—¿Quieres comer? —preguntó ella para terminar con el silencio incómodo.

Sesshoumaru asintió sin mucha convicción. Se dirigieron a la cocina y él se sentó en el desayunador mientras observaba a Rin buscar los platos.

—¿Te vas? —la pregunta escapó de sus labios antes de poder evitarlo. La vio tensar la espalda.

—Si —aquella respuesta era obvia, el camión llevándose sus cosas era prueba suficiente.

Ella le sirvió la comida y al servirse la suya se sentó en la silla libre a su lado.

—Te dije que me iría cuando acabase la demanda —comenzó a decir ella al cabo de un rato—. No puedo seguir aprovechándome de tu hospitalidad.

—No estabas aprovechándote, exactamente. Yo te lo ofrecí —gruñó.

—Recuerdo que no estabas precisamente encantado con la idea.

Quería negarlo, pero se lo pensó y recordó que era cierto. Él no la había querido en su vida.

Ninguno de los dos dijo nada más. Ambos removían la comida en sus platos.

—Le pedí a Jaken que fuese mi abogado —soltó ella de repente. Aquello le molestó un poco—, supongo que ahora necesitare uno para poder manejar correctamente las fundaciones de mi padre y…

—Yo podría haberlo hecho —rezongó. Algo dentro de él rugía, molesto por el hecho de que ella ni se molestase en preguntarle.

—Yo creí que… —ella calló.

—¿Qué?

—No lo creí conveniente. —La vio ponerse de pie y tirar la comida que le quedaba en el triturador.

—¿Conveniente?

—Realmente no pensé que te interesara manejar mis asuntos legales —ella comenzó a hablar con rapidez—. No después de haber estado tan ansioso por querer librarte de mí.

Las palabras de ella llegaron como un latigazo.

—Yo no…

—No te molestes en negarlo. Ambos sabemos que me ayudaste con la única intención de que pudiese marcharme y dejarte. Tú mismo lo dijiste.

Sesshoumaru no dijo nada, no podía hacerlo, ni siquiera lo intentaría.

—Te agradezco muchísimo tu ayuda —continuó diciendo ella—. Sin ti no hubiese logrado recuperar todo lo que mi padre me dejo, y muy probablemente estaría muerta. Y lamento sinceramente todas las molestias que te cause.

—¿Quieres que te lleve a tu casa? —soltó la pregunta en un rugido. No quería que ella siguiese hablando.

—No será necesario. He llamado a un taxi antes de que llegaras —vio el reloj en la mesita de la sala—, ya debe estar por llegar.

—Perfecto —dijo y se levantó a tirar los restos de la comida casi intacta.

Vio a Rin dirigirse al pasillo que llevaba a las habitaciones y cuando regreso, llevaba un pequeño bolso que dejó en el sofá.

—Deje un par de bocetos en la habitación de invitados. Kagome me dijo que pasaría a verlos para llevárselos. Espero no te moleste.

—Me da igual.

Otro incomodo silencio se hizo presente. Este se quebró cuando Ah-Un se acercó a Rin para que lo acariciara.

—Oh, pequeño, te extrañare muchísimo. Eres un perro encantador —le hablaba al animal mientras le rascaba detrás de las orejas.

—Puedes llevártelo. Por mí no hay problema.

—Oh, no. No podría hacerlo. Es tuyo.

Cuando Sesshoumaru le iba a decir que el perro realmente no le importaba tanto, se escuchó la bocina de un auto.

—Mi taxi —ella dejó de acariciar a Ah-Un y tomó su bolso del sofá.

La vio caminar a la puerta y la siguió, al abrir ella le hizo una señal al conductor que la esperaba.

—Rin… —dijo su nombre sin saber muy bien que decir. Ella volteó en su dirección y le dedicó una sonrisa extraña mientras lo miraba.

—Pensaba que estarías contento con esto. Era lo que querías, ¿no?

Él no respondió, en aquel momento no sabía lo que quería. Solo sabía que su interior estaba inquieto, casi abrumado.

Rin se había acercado hasta él, se puso de puntillas y le dio un suave beso en la mejilla, se separó y lo vio a los ojos. Él se vio reflejado en el par de ojos cafés y quiso decir algo. Fue ella quien que habló.

—Adiós, Sesshoumaru.

Después, ella se alejó, le dio la espalda y caminó al coche que la esperaba. Él se quedó allí, de pie, viendo como ella se subía al auto. Sin decir una palabra. El coche arrancó y lo vio alejarse por el camino. Ningún musculo de su cuerpo se movía.

El eco de los ladridos de Ah-Un fue lo que lo sacó de su aturdimiento. Miró al perro.

—Ah-Un, entra —le ordenó. El perro aulló, y caminó lastimosamente hasta él. Vio al akita ver en la dirección que había tomado el coche y lo tomó del collar para hacerlo entrar a la casa—. Vamos. Ella no va a regresar.


Cuando el coche cruzó el sendero para tomar la autopista fue cuando Rin rompió en llanto.

Las lágrimas comenzaron a correr, descontroladas, por sus mejillas, y con sus manos cubrió su boca intentando acallar los intensos sollozos.

Cuanto le había costado no derrumbarse, no ceder ante el dolor punzante en su pecho. ¿Así era como se sentía al tener un corazón roto?

Ella se había preparado para ese momento, lo había planeado una y otra vez en su cabeza. Creía que podría soportarlo.

Intentó pensar en que aquello era lo mejor, lo único que podía hacer. Ella había aceptado acostarse con Sesshoumaru sabiendo que su relación no duraría, era por eso que había puesto una fecha límite, y aquella fecha había llegado. No tenía más razones para permanecer cerca de él.

Y sabía que había hecho lo correcto. Lo supo cuando Sesshoumaru no hizo ningún intento por detenerla. Él nunca había querido que ella permaneciera a su lado, además de para calentar su cama, aquello había quedado claro.

Ella estaría bien. Le tomaría un tiempo reponerse, pero era mejor superar el dolor de esa separación que tener que permanecer al lado de alguien que no sentía nada por ella, eso sería morir cada día un poco.

Pero en aquel momento dejaría que las lágrimas siguieran corriendo libremente. Dejaría que su corazón se desahogara. Porque luego, luego comenzaría a vivir con nuevos sueños y nuevas esperanzas.

Los sollozos quedaban ahogados en su garganta, amenazando con cortarle la respiración si no los liberaba. El dolor en su pecho parecía crecer. ¡Dios! ¿Por qué tenía que doler tanto?

Luego sería fuerte, lo prometía. Pero en ese instante no podía serlo, porque dolía demasiado.

Continuara…


Hello, baby girls! Lo sé, lo sé. Seguramente no quieren saber nada de mí.

Ya ven, no es el ultimo capitulo. Todavía le quedan un par a esta historia. Sufrí mucho con este capítulo, no pensé que terminaría siendo así. Y me debatí muchísimo si colocar o no la última escena.

Espero no haberlas aburrido con lo del tribunal, trate de hacerlo de forma entendible, pero salió mi fangirl de Grisham, y de "Drop dead diva". En realidad el proceso judicial debería llevar mucho mas tiempo, pero por cuestiones de la historia tuve que acelerar todo, ojala no haya quedado mal.

Y mejor me voy, para que desahoguen sus emociones. Sólo recuerden: si me matan no podrán tener continuación (?)

Muchísimas gracias por sus reviews y favoritos.

Nos leemos! Pronto les dejaré una compensación en one-short.