MASHED POTATOES.

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Disclaimer: Los personajes pertenecen a Meyer. Solamente me adjudico la historia y algunos personajes.

Beteado por Lucero Silvero (Betas FFTH)

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Capítulo X

Esperar en la jefatura de policías con mi vestido rosado era una sensación particularmente surrealista.

Bajo ningún contexto alguien creería que la hija del Jefe de policía, Isabella Swan, estaría acusada por ingesta de bebidas alcohólicas y conducta inapropiada en la vía pública. Juraría que el coche no formaba parte de una vía pública, pero el oficial Sterman – el que nos descubrió– decía lo contrario.

Nos obligaron a esperar sentados en asientos separados. A un par de metros, Edward esperaba con desgano a que lo buscaran. Desearía poder ser como él y al menos sentirme resignada. El pánico por el que mi cuerpo estaba sometido era suficiente para enloquecerme al imaginar la reacción de mi padre cuando le informaron del asunto.

Únicamente podía pensar en cuán grave sería esto para mi historial en mi solicitud de la Universidad, y cuán terrible sería el castigo de parte de mi padre.

Papá llegó apresurado hasta donde se suponía era su lugar de trabajo. Él frecuentaba este lugar todas las mañanas y aquellos tipos eran sus compañeros de trabajo. Me sentí muy mal por la vergüenza que debía estar sintiendo ahora al descubrir que su adorable e inocente hija… ya no era tan adorable e inocente.

— A la casa —fue lo único que dijo en cuanto me vio. Me levanté, sintiendo que todavía mis piernas temblaban. Lo peor estaba por venir.

En cuanto cruzamos a Edward, mi padre se detuvo.

— Tú y yo vamos a tener una seria conversación luego, ¿entendido? —le advirtió, apuntándole con el dedo índice.

— Sí, señor —Edward se limitó a asentir, tensando su mandíbula.

Me despedí ladeando mi mano hasta que mi padre tomó mi muñeca y la sujetó con fuerza, para arrastrarme hasta el coche.

El viaje transcurrió en completo silencio, no me dio un sermón ni me pidió explicaciones. Eso solamente me hizo sentir más avergonzada de lo que había hecho.

Cuando estacionó el auto en nuestro patio, sentí la necesidad de romper el silencio.

— Papá…

— No quiero oír ni una sola palabra. Ve a dormir a tu habitación ahora mismo —me cortó de forma inmediata, sin contemplaciones.

Me tragué los argumentos que mi cabeza deseaba plantear y sentí un nudo en la garganta que amenazaba quebrarme en llantos.

Asentí una sola vez y entre pasos pesados fui hasta mi alcoba. Revisé desde mi ventana la casa de los Cullen… no había luces encendidas. Edward no había llegado a casa todavía, o al menos no habían hecho un gran escándalo como mi papá planeaba.

Después de cambiarme, me fui a dormir pensando en lo trágica que había resultado la noche que se suponía iba a ser increíble.

Esa noche soñé más de lo esperado y me desperté sintiéndome ligeramente optimista al sentir que los recuerdos de la noche anterior eran lejanos.

Antes de poder levantarme de la cama, papá ingresó al dormitorio abriendo la puerta con lentitud. Mi cuerpo entero se tensó al ver que su expresión no era del todo buena.

— Permanecerás en tu dormitorio todo el fin de semana—comenzó a explicar lo que supe sería mi castigo. Me dolió por el hecho de no poder ver a Edward en dos días enteros—. El señor Vanderson se ha encargado de castigar a Edward, así que por más que lo intentes, no lo verás hasta el lunes.

Lo único que me preocupaba en esa oración era "castigar a Edward". Oh, no. ¿El señor Vanderson le castigaría? ¿Cómo…?

—Solamente saldrás para almorzar y cenar —suspiró él con desmotivación. Podía sentir cómo le asombraba tener que decir esas palabras a alguien como yo.

Luego, me miró a los ojos y me sentí doblemente avergonzada por sus palabras:

— Estoy muy decepcionado de ti, Bella.

Se marchó cerrando la puerta con lentitud y me sentí peor que nunca. Jamás había decepcionado a mi padre de esta forma, él me estimaba lo suficiente para poner toda su confianza en mí y yo la había hecho pedazos en cuestión de una noche.

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El fin de semana transcurrió de forma cadente, monótona y ligeramente depresiva. Mallory trabajaba una jornada completa de lunes a sábado, papá la obligó a trabajar también los domingos solamente para corroborar que yo no hiciese nada extraño.

Hasta cierto punto eso me hizo sentir más culpable aún por estropear el domingo familiar de Mallory, el único momento en la semanaque teníapara visitar a sus dos hijos durante todo el día.

El domingo en la mañana desperté sintiendo emoción al faltar únicamente un día para volver a ver a Edward y a mis amigos el lunes en la escuela.

Mallory golpeó la puerta de mi dormitorio, pidiendo pasar.

— Señorita Bella, el almuerzo ya está en la mesa —me avisó.

— Okay—asentí una sola vez, y antes de que ella se marchara, sentí la necesidad de disculparme con ella—. Ah, Mallory….

— ¿Sí, señorita? —me preguntó dándose la vuelta de nuevo.

Retorcí mis dedos debajo de la sábana de mi cama, frunciendo mis labios con pena.

— Lamento que tengas que trabajar hoy también —solté las palabras con lentitud, quería que supiese cuánto lo lamentaba.

Ella, en vez de responder que no había problema, me regaló una dulce sonrisa maternal e ingresó al dormitorio cerrando la puerta en el proceso.

Se sentó a mi lado de la cama.

— Usted no me tiene que pedirme disculpas a mí, señorita Bella —me aseguró mirándome a los ojos con amabilidad—. Usted tiene que pedirle disculpas al señor Swan.

Suspiré con desgano.

— Supongo que es cierto. Traicioné su confianza —miré fijamente el techo, avergonzada de recordar todo lo que había hecho—. Es que… fue todo tan emocionante —le conté sonriendo con esperanza—. Todo era tan nuevo… finalmente soy aceptada y querida en este pueblo. Creí que estaría bien disfrutar de mi juventud, de mi adolescencia, de…

— Oh, señorita Bella, usted debe disfrutar de su adolescencia —ella frunció el ceño, sonriendo—. Pero no de la forma en que usted lo ha hecho. Jamás he oído tal cosa. ¿Sabe usted que el cigarrillo y el licor terminarán por enfermarla?

Me señaló con el dedo índice mi hombro. Torcí una mueca.

— Pueden resultar interesantes y divertidos, pero déjeme decirle que es solamente una desgracia que el Señor ha puesto en nuestras manos —negó.

Mallory tenía razón. Yo sabía que beber y fumar no era algo común, era algo que la gente popular hacía y yo quería vivir aquella sensación. Pero si iba a traerme problemas como estos, no valían la pena.

— Y con respecto a usted-ya-sabe-qué-asunto, ¿sabe que existen riesgos? —Me miró con regaño—. ¿Qué diría la gente si se enterara que usted está esperando una criatura del señor?

Me sonrojé violentamente.

— Dios sabe que usted será una increíble mujer y una asombrosa madre, pero usted no está lista para afrontar esas consecuencias. Usted es mucho más que eso —replicó—. Estudiará en una buena Universidad, se casará con un buen hombre, hará grandes cosas en su vida. Cosas que se verán truncadas si sigue teniendo comportamientos como el del viernes.

Había algo en las palabras de Mallory que me hicieron sentir insegura.

— Casarme con un buen hombre… ¿no crees que Edward lo sea? —le pregunté jugando torpemente con la solapa de las sábanas.

Ella suspiró, pero me sonrió sin problemas, pensando en aquella posibilidad.

— Únicamente usted sabe quién es el hombre correcto para usted —se limitó a contestar.

Pues eso era cierto. Nadie podía decirme si era correcto o no estar con Edward, únicamente yo lo sabía. Y yo le amaba, le amaba profundamente. Él era un chico con una pésima conducta, pero en el fondo una buena persona.

Me di cuenta entonces que durante nuestros comienzos, Edward había cambiado al verse influenciado por mi buena conducta. Pero cuando el amor se hizo más fuerte en nuestra relación, deseé serlo todo para él y me integré a su pandilla, corrompiendo mi forma de ser. Edward jamás terminaría por volver a ser un muchacho de conducta impecable si yo me veía mal influenciada por ciertas actitudes que habíamos tomado la pandilla y yo en estos últimos días.

Fumar y beber no estaba bien y quizás la promiscuidad entre nosotros era cuestionable, pero era la única forma en la que podía demostrar completamente el amor que yo sentía por él. Debía tomar precauciones y no ser tan descuidada o terminaría siendo una completa vergüenza para el pueblo quedando embarazada con solamente diecisiete años. Mi padre me obligaría a casarme con Edward y aunque sonaba como un buen futuro, no era el que yo deseaba en estos momentos.

Agradecí a Mallory por sus consejos y decidí aprovechar el resto del día para ponerme al corriente con las tareas de la escuela. No me di cuenta hasta entonces que había estado descuidando mis notas en las últimas semanas.

Más tarde, en la noche, decidí que le tenía que pedir disculpas a mi padre. Bajé hasta el primer piso, encontrándolo viendo televisión en el sillón, algo desconcentrado. Juraría que le había traído muchos problemas en los que pensar.

Me senté en el sillón que estaba a su lado derecho. Me ignoró.

—Sé que no deseas hablar conmigo y lo entiendo—jugué con mis dedos torpemente—. Sé que piensas que he cambiado, pero eso no es del todo cierto. Quiero pedirte disculpas por… avergonzarte. Prometo volver a ser la misma de siempre.

No esperé a que dijera algo, mi padre era de pocas palabras, siempre se limitaba a decir lo justo y necesario cuando se trataba de regaños, reprendas o cosas por el estilo. Ese era el motivo por el que me caía mejor que mi madre.

Permanecí sentada con los brazos cruzados y mordiendo mi labio con nerviosismo e incomodidad, esperando que procesara las palabras antes de excusarme y marcharme a dormir.

Él emitió un fuerte suspiro; las arrugas en sus ojos se alzaron y con los labios fruncidos, me hizo un gesto con el brazo.

— Ven aquí —dijo y con el corazón latiendo emocionado, me senté a su lado del sillón para que me acunara en sus brazos.

Cerré los ojos cuando depositó un suave beso en mi frente.

— No me vuelvas a preocupar así —dijo por último, con los ojos fijos en el televisor. Yo también lo hice y asentí una sola vez.

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Ese 2 de Julio fue un día histórico para los Estados Unidos.

El presidente Lyndon B. Johnson firmó el Acta de Derechos Civiles propuesta anteriormente por John F. Kennedy; una legislación que se volvería histórica en los Estados Unidos al prohibir la discriminación racial en lugares públicos y de empleo. Disponía la integración étnica en las escuelas e instalaciones públicas y acababa con la segregación racial finalmente. El propio Martin Luther King Jr.*participó de aquella reunión.

Todo el país sintonizó su discurso aquella noche; papá, Sue y yo observábamos pegados en el televisor cuando él citó aquellas palabras que marcarían una trascendencia en la historia:

—… "La segregación racial no puede continuar. Nuestra constitución y el fundamento de nuestra República lo prohíbe. La moral lo prohíbe. Y la ley que promulgo esta noche, lo prohíbe"

Ideales tan controversiales que se gestaron durante estos últimos años finalmente eran avocados. Todos sabíamos que la promulgación de una ley tan impactante como esta no sería algo sencillo de sobrellevar.

Por lo menos, el clima en mi casafue distinto al de muchos hogares en los Estados Unidos. Mi madre era algo ingenua, pero mi padre ocultaba fuertes convicciones políticas y me había criado de una forma en la que yo era capaz de aceptar los cambios de reintegración. Ellos eran personas como nosotros, ¿por qué sus derechos deberían verse limitados por su color de piel?

— Bueno, esto sí que será un gran cambio —Papá rompió el silencio levantándose del sillón y suspirando con tranquilidad.

Yo me encontraba allí, sentada en el suelo, abrazando mis piernas con el pijama puesto, de forma pensativa.

Casi como cuando el mundo de los Beatles había aparecido frente a mis ojos sin previo aviso, el mundo de la política me abrió los ojos en tantos aspectos que sentí que algo correcto estaba sucediendo. Que, así como papá lo decía, un gran cambio nos esperaba y yo quería ser parte de él.

A la mañana siguiente, Mallory llegó un rato antes del horario normal, ahora que mi padre le había aumentado el salario, para que se encargara de prepararnos el desayuno.

No pude explicar la felicidad que sentí al ver el optimismo que ella portaba esa mañana. Nunca me había puesto a contemplar de manera minuciosa lo que esa ley significaba para ella, para sus hijos y para sus nietos. Ni mucho menos la discriminación a la que ella era sometida diariamente. No tenía idea cómo era su vida fuera de nuestra casa, cómo lograba ir de compras, cómo pasaba el rato en sus tiempos libres, cómo era su viaje en el autobús cuando regresaba a tardes horas en la noche después de una jornada de trabajo.

Yo no tenía idea cómo era la vida de Mallory y me sentí mal cuando recordé que aquella mujer era como mi segunda madre. Sin sus consejos, nunca me habría impuesto ante Edward y sus bromas o habría tenido conciencia de lo mal que había actuado el viernes en el baile.

Pero todavía sentía una preocupación en el pecho… y ese era Edward.

No lo vi en todo el fin de semana debido a nuestro castigo. El lunes no asistió a clases porque "estaba enfermo" y hoy tampoco había ido. No sabía si era una buena idea visitarlo después del tremendo castigo que nos impusieron.

En la hora del almuerzo, la pandilla y yo nos reunimos debajo de las gradas del campo de fútbol de la escuela, donde acostumbrábamos a fumar a escondidas.

— ¿Tienes idea qué es lo que tiene Edward? —me preguntó Charlotte, apoyada en uno de los pedestales.

— No, creo que su familia no le permite visitas por ahora —planteé una de mis suposiciones, pero yo no sabía nada.

— Alice tampoco ha venido a clases; dice que también ha pescado una gripe, o algo así —comentó Jessica.

— Qué raro, Jasper no está enfermo —Ben frunció el ceño.

Charlotte sacó unos cigarrillos y le entregó uno a cada uno. Cuando quiso entregármelo a mí, las palabras de Mallory volvieron a mi cabeza y me sentí culpable.

— No, gracias —contesté.

Me miraron de forma rara.

— ¿Por qué? —preguntó Peter con asombro.

Quería inventar una excusa rápidamente.

— Estoy mal de la garganta —respondí tosiendo falsamente.

Le restaron importancia y siguieron fumando. Yo no quería saber nada acerca de fumar y beber por un buen rato.

— Oigan, ¿vieron anoche el discurso de Johnson? —pregunté intentando cambiar el tema de conversación por uno mucho más importante. Me interesaba saber sus puntos de vista.

— ¿Quién? —preguntó Garrett, exhalando humo con despreocupación.

— El presidente, idiota —le recordó Ben con un pequeño golpe en las costillas.

— Ah, no —respondió Garrett.

— Mis padres lo vieron —Jessica se unió a la conversación—. ¡Eso de traer negros a la escuela es lo más ridículo que he oído en mi vida!

¿Oh?

— ¿Te imaginas? —Se rió Charlotte apartando el cigarrillo de su boca—. Sería todo un caos.

Sentí la necesidad de explicarme.

— Es una buena oportunidad para que la población entera se una, ¿no lo creen? —solté con una pequeña sonrisa tímida. Todos permanecieron en silencio, desviando miradas. No estaban de acuerdo conmigo.

—Lo que sé es que yo no quiero compartir un baño con un negro —espetó Charlotte con cierto asco.

Los muchachos soltaron pequeñas risitas y Jessica se terminó por asquear junto con Charlotte.

Los baños, las bibliotecas, los estacionamientos, las filas para esperar cualquier cosa, permanecían divididos de forma tajante. Uno para la gente de color y otro para la gente de piel blanca. Las personas no estaban acostumbradas a compartir espacios y no lo harían.

Ni siquiera yo estaba acostumbrada. Siempre que íbamos a una confitería visitaba el baño de mujeres blancas de forma automática. Nos habían criado de una forma en la que nos separaban completamente de la gente de color y el cambio en verdad sería radical.

Pero yo estaba dispuesta a superar ese tabú impuesto por la sociedad. Si esto significaba una vida mejor para las personas como Mallory, podía aceptar el cambio e intentar adaptarme a él.

Entonces me di cuenta que a los muchachos poco y nada les interesaba la política, ni mucho menos buscaban adaptarse a los grandes cambios que se avecinaban.

Poco a poco, recordaba lo distintos que podíamos ser.

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— No es algo de lo que se hable mucho, pero creo que es importante reconocerlo, ¿no? —le explicaba a Edward con optimismo mientras terminaba de pelar nuestras manzanas.

Él escuchaba enmudecido.

— ¿Recuerdas a Bernard?—Le pregunté, recordando al hombre afroamericano que siempre me saludaba en las mañanas—. ¿El tipo que sirve malteadas en Sugar Rush?Ayer hablé con él y se lo notaba de excelente humor.

Tiré las cáscaras a la basura y le entregué la manzana pelada.

— Quizás para nosotros es un cambio drástico y dramático, pero para ellos es algo muy especial. Creo que deberíamos reconocerlo como tal en vez de discriminarlos —me encogí de hombros.

Edward mantenía una cara de póker intacta, mirando un punto fijo y murando un "uhm", pero nada más.

— Oh… y Mallory —sonreí negando lentamente—. Tendrías que verla, Edward. Me contó que una vez no hubo espacio en el autobús y tuvieron que echar a todos los negros para que los blancos entraran. ¡Echarlos a las nueve de la noche en la calle! ¿Te imaginas?—me sorprendí de lo que yo misma reconocía—. Ahora que la policía no puede hacerlo, significa un alivio para ella que regresa tarde a su casa.

— Eh… sí, pues, verás… —Edward se rascaba la nariz rápidamente, no sabía cómo explicar aquello sin sonar grosero—…No me interesan lo que hagan esos negros.

Confesó aquellas palabras mirándome a los ojos y hablando con seriedad.

Suspiré con tranquilidad. Él no era el único que pensaba de esa forma, no debía sorprenderme.

— Pero míralo como si ella fuese una persona como yo. ¿No te preocuparía que me echaran del autobús solamente porque no haya espacio para más personas? Es decir, ¿qué derechos tienen ellos que yo no tenga si somos dos personas creadas por el Señor? —Se lo planteé con dulzura, para que lo pensara.

— Nosotros nacimos aquí, ellos no —él respondió como si fuese obvio.

— Mallory es segunda generación, Edward. Nació en Greenville —le informé con paciencia.

— Sí, pero no me refiero a ella, me refiero a los de su tipo—explicó con seriedad.

Me quedé muda. ¿Los de su tipo?

Edward suspiró para explicarme mejor.

— Bella, esos negros no son de aquí, no de Estados Unidos —me corrigió como si me enseñara matemática—. Ellos vinieron aquí como prisioneros esclavos, ese es su cometido.

Me separé ligeramente de él, mirándole aturdida.

— ¿Me estás diciendo que deberían volver a ser esclavos? —ahora yo le miraba con sorpresa.

Él chasqueó la lengua, restándole importancia.

— Únicamente digo que deberían quedarse como vinieron. Separados de nosotros —no negó ni afirmó lo que yo había preguntado. No quería discutir conmigo.

— Pero, Edward… —fruncí el ceño, murmurando en voz baja. Él no podía pensar de esa forma.

— Además, ¿te imaginas compartiendo… no lo sé, un baño con ellos? —Ahora me explicaba esto como si le diera impresión.

— Son personas, Edward —susurré aquellas palabras con seriedad, asombrada por lo que oía—. Personas como tú y yo que merecen los mismos derechos que…

— Okay, ya entendí tu punto —me cortó molesto—. Derechos, igualdades, lo que sea, pero para mí no está bien ni lo estará. No conviviré con esos negros porque no quiero, ¿bien? —Le había puesto de malhumor—. Y no quiero discutir más sobre esto.

Él no comprendía mi punto de vista, al igual que muchas personas. Sentí una fuerte decepción. Yo lo amaba tanto, pero no pensaba de la misma forma que yo y no parecía contento con la idea que de habláramos de esto.

En medio de su planteo enfurruñado, volvió a llamarme la atención la herida que comenzaba a cicatrizarse en su ceja derecha que por más que intentara ignorarla, me ponía angustiosa.

— Eso se ve feo —murmuré, buscando un pequeño trapo en la cocina. Lo remojé con agua de la canilla y me acerqué a él.

Suspiró y se sentó en la silla de la cocina. Me senté a su lado y acerqué con cuidado el trapo a la herida, él siseó de dolor cuando la punta lo tocó.

— Deberías dejar de meterte en peleas, Edward…—suspiré tocando la herida poco a poco con el trapo—. No sirve de nada, simplemente…

Él no contestó nada, únicamente frunció los labios una sola vez y me miró a los ojos.

Supe que intentaba decirme algo pero que no se atrevía. Examiné sus ojos con determinación y pude ver la sinceridad, la frustración y el dolor que ocultaba bajo su expresión.

Un sudor frío recorrió mi espalda cuando interpreté correctamente su mirada.

— No fue en una pelea —di por sentado, frunciendo el ceño.

Esperaba a que él contestara, pero se limitó a pensar brevemente las palabras que utilizaría para contármelo.

— Vanderson me dijo que era mi última oportunidad cuando intentaron expulsarme, antes de lo que ocurrió en el baile —murmuró en una voz tan baja y quebrada que me hizo temblar de pies a cabeza. Luego, negó un par de veces—. Ayer no estaba enfermo.

Separé el trapo de su rostro cuando mi cuerpo entero se paralizó del horror.

— ¡¿Él te hizo esto?! —pregunté en un susurro bajo, indignada—. ¡Edward! Oh, por Dios…

Él no reaccionó de ninguna manera en especial; estaba allí, sentado, con desgano, mirando el suelo como si le avergonzara contarme aquello. Yo no podía creer que eso fuese cierto, pero dentro de mí sospechaba que algo como eso ocurría en su casa.

— Edward —lo volví a llamar, con decisión—. Tienes que decirle a alguien esto.

— No —negó él rápidamente, con seguridad—. No es necesario, Bella.

— ¿Cómo que no? —Pregunté, shockeada—. ¡Mira lo que te ha hecho! ¡Casi te parte la cara! —acaricié su rostro con suavidad utilizando mis manos.

Él me alejó con discreción.

— Bella, no —volvió a repetir, esta vez tajante, mirándome a los ojos—. Créeme, eso solamente traerá más problemas de los que ya hay. Él no se encuentra bien de la cabeza y mi madre no hace otra cosa que creerse sus patrañas de que mis heridas son producto de riñas en la escuela.

Oh, Dios…

— P-Pero entonces, tienes que hacer algo… tienes que defenderte, Edward —tartamudeé indecisa. Él no podía dejarse golpear así como así.

— No, no —negó él después de pensarlo, angustiado por la alternativa—. Él es capaz de matarme, Bella.

El dolor y la aflicción en sus ojos me quebraron el corazón. No exageraba al respecto.

—Además, siempre que lo ha hecho, lo he merecido de cierta forma—miró hacia el techo, lo suficientemente avergonzado como para mirarme a los ojos—. Mi padre me castigaba… s-supongo que esta es una forma de castigo también. Alguien tiene que hacer algo con mi conducta. No puedo controlarlo, Bella.

Edward creía que si el señor Vanderson le golpeaba por cada conducta indebida que realizaba, de alguna forma se curaría. Pero eso solamente le reprimiría aún más la ira que deseaba liberar de su cuerpo cuando se metía en problemas. Esto no era una solución, esto solamente lo empeoraba.

— Edward…

— Bella, por favor, no hablemos de esto —me pidió con pena, tomando mis manos. Me quedé muda—. No quiero recordarlo. Tú me haces bien, me haces sentir que nada malo sucede.

Él me abrazó y yo me entregué a su pecho, sintiendo como sus brazos me aferraban a su cuerpo.

Muy en el fondo, pensé que el amor de Edward residía en lo mucho que yo le calmaba las penas que vivía diariamente y no sabía exactamente si eso era amor o contención.

La idea me asustó tanto que decidí descartarla inmediatamente.

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Mientras nos enterábamos que el ejército de los Estados Unidos anunciaba que las bajas en Vietnam ascendían a 1.387, incluyendo 399 muertos y 17 desaparecidos en combate**, el país entero se veía shockeado por el decreto del presidente Johnson.

Los cambios no se darían de forma inmediata, pero no era ilegal que las personas de color convivieran en un mismo establecimiento que las personas de piel blanca.

Un día, mientras me encontraba charlando con Edward y la pandilla en la confitería Sugar Rush, sentí la tensión cuando el local había quitado los carteles separando a las distintas clases. Tres muchachos de color se sentaban a pocos metros de nosotros; eso no me importaba, pero al resto sí. De hecho, les incomodaba.

Debido al divorcio de mis padres, debía volver a Alabama una vez al mes para ver a mi madre. Ella había cedido únicamente este mes que no vaya a visitarla; porque comprendía que era importante que pasara tiempo aquí, adaptándome al nuevo cambio. Sin embargo, sabía que esta no me saldría fácil para el próximo mes.

Tampoco dejaba de pensar en lo que Edward me había confesado hace unas semanas. Era como si la idea de un hombre lastimándolo me lastimara a mí también. Él no hacía nada, no reconocía nada, decía que todo estaba bien porque no quería ocasionar problemas… pero los había. Y entonces, pensé si él era el único afectado en la familia. ¿Alice pasaría por esa situación también? No le encontré marcas en el rostro, pero quién podía asegurar que no las había debajo de su vestido color canela.

— ¿Te ocurre algo, Bella? —me preguntó ella cuando me vio observarle con demasiada atención.

— Oh, nada —sacudí mi cabeza, con una sonrisa—. Estaba pensando lo bonito que se ve tu vestido y que quiero uno parecido.

Ella desplegó una hermosa sonrisa y empezó a explicarnos cuándo lo había comprado. Si los observabas, tanto a Edward como a Alice, no creerías que pasaban por una situación difícil en su hogar, pero si mirabas a través de sus ojos en un determinado momento de descuido, reconocerías la tristeza que parecía agobiarles secretamente.

Cuando decidí alejar esos pensamientos y pasar el rato con ellos, ignorando discretamente sus invitaciones a fiestas para beber o fumar, me levanté del asiento para ir a preguntarle al buen Bernard si podía venderme una malteada de chocolate con crema batida.

— ¡Ah! ¿Cómo ha estado, señorita Swan? —me preguntó el viejo anciano con una enorme sonrisa que contagiaba, mientras me preparaba la malteada.

— Bien, ¿y usted? ¿Cómo van las cosas con Rory? —le pregunté por su hijo. Tenía una entrevista de trabajo hace un par de días atrás.

— Las cosas marcharán mejor —se limitó a contestar con una sonrisa llena de esperanza y optimismo, contándome que no le había idobien con discreción.

— Es muy pronto todavía, pero mi papá dice que se vienen buenos tiempos —encogí mis hombros refiriéndome a los de su raza. No sorprendía que su hijo no consiguiese trabajo todavía por el color de su piel.

— Ojalá, señorita Swan —terminó por decir mientras me entregaba la malteada y yo lo saludaba rápidamente.

Tomé la malteada, me di la vuelta y sin esperarlo, me choqué con una persona y ella volteó mi malteada encima de mi vestido. ¡Vaya que estaba helado!

— ¡Ah! ¡Lo siento! ¡No la había visto! —se disculpó una y otra vez el muchacho. Alcé mis ojos y mi sorpresa apareció cuando vi que era un muchacho de color.

— Oh, no hay problema —murmuré intentando secarme con mis propias manos.

El muchacho seguía disculpándose, sintiéndose verdaderamente apenado por haber manchado mi vestido color crema. Él tomó servilletas y me las ofreció para limpiarme, porque sabía que si me ayudaba a limpiar mi vestido se vería muy grosero.

— ¡Hey! —Edward apareció rápidamente, como un animal lleno de ira por lo que acababa de suceder. Separó al muchacho de color de un empujón—. ¡No la toques!

— Edward, tranquilo —le aseguré que no había problema. Él ni siquiera me había tocado.

— L-Lo siento, n-no fue mi inten… —el muchacho intentaba disculparse con Edward. No quería causar problemas, pero Edward era todo un caso.

— ¿Qué te piensas estando aquí? —Edward le desafió gruñendo—. ¿Ah? ¿Crees que queremos gente de tu color por aquí? ¿Ensuciando el vestido de mi novia, además?

— Edward, compórtate —gruñí por lo bajo, molesta de que tratara de forma tan ruda al muchacho. No había sido su culpa.

El silencio reinó en el lugar, todos parecían presenciar la discusión.

—¡Tengo derecho a estar aquí tanto como tú! —el muchacho le contestó frunciendo el ceño.

Ahora lo tenía.

— ¿Qué dijiste? —Edward, como el bravucón que era, se molestó aún más por el desafío que le imponía el muchacho.

Tuve que meterme en medio para que Edward no golpeara al joven.

— ¡Basta! Es suficiente, no tienes nada que hacer —le remarqué a Edward y él me miró con la mandíbula tensa.

Oh, Diablos, realmente deseaba golpear al muchacho.

— Está bien, está bien —Bernard apareció para separar a los muchachos—. Tyler, mejor vete a casa.

Bernard se puso del lado de Edward para no provocar molestias. El muchacho, llamado Tyler aparentemente, contuvo un gruñido y de mala gana se retiró del establecimiento, dejando completamente picado a Edward que mantenía sus manos en puños.

Yo debía estar agradecida por haber evitado una posible pelea, pero no sentía que se hubiese hecho justicia aquí. Él no había hecho nada. Edward había reaccionado de forma incorrecta debido a sus problemas de conducta. Bernard y Tyler eran personas más maduras que todos los que aquí estaban y creían que se había hecho lo correcto.

Cuando volví a casa para terminar de estudiar para mi examen de la semana siguiente, pensé en que debía calmar un poco el malestar de Edward y distraerlo. Podía venir a mi casa, pero no a mi dormitorio, y eso estaba bien. No quería más problemas ahora. ¿Si queríamos jugar un rato, dónde lo haríamos? ¿Podríamos escabullirnos e ir a un hotel?

— ¡Bella! ¡Baja un segundo! —mi padre me llamó mientras terminaba mis ejercicios de trigonometría.

Bajé con rapidez porque su voz se oía molesta. ¿Y qué había hecho yo ahora?

— ¿Qué ocurre? — pregunté cuando vi que estaba colocándose su chaqueta de oficial por sobre su camisa.

— Tengo que ir a la ciudad a atender un caso. Tal vez quieras acompañarme —me advirtió con severidad.

Fruncí el ceño. ¿Por qué querría acompañarle?

Vio la pregunta que no había hecho en voz alta en mi expresión y me informó:

— Edward golpeó a un muchacho de color en Sugar Rush—dijo.


* Martin Luther King Jr.: Pastor estadounidense de la Iglesia bautista,desarrolló una labor crucial en Estados Unidos al frente del Movimiento por los Derechos civiles para los afroamericanos y que, además, participó como activista en numerosas protestas contra la Guerra de Vietnam y la pobreza en general.

**Bajas en Vietnam: Información difundida el 8 de Julo de 1964.

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N/A: El discurso de Lyndon Johnson efectivamente fue un 2 de Julio de 1964, más precisamente un día Jueves. Soy consciente de haberlo trasladado a otro día (lunes) para que se amoldara a la historia.

N/A2: No lo he aclarado, pero en esta historia, Sue no tiene piel morena. Es blanca.

N/A3: Las opiniones expresadas en esta historia no tienen vínculos ni relaciones con las opiniones de esta autora. No promuevo el racismo bajo ningún aspecto. Debidamente notificado.