Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son de autoría de la fabulosa Stephenie Meyer quien nos regalo un excelente mundo de fantasía. Yo solo me acredito esta historia. Se prohíbe toda reproducción parcial o total de la misma.


Capitulo 9: Un flash de luz

Canción recomendada para el capítulo: Realize – Colbie Caillat

"Las fotografías más bellas son aquellas que te generan recuerdos. Incluso si aún no lo has vivido."

Hersson Piratoba

.–.–.–.–.–.–.–.

Invierno era la estación preferida del joven Edward Cullen. Le encantaba la nieve y adoraba armar con ella enormes muñecos o hacerla pequeñas bolas y lanzarlas a Alice cuando estaba desprevenida. De pequeño siempre le pedía a su madre que guardara en secreto y solo para él, mucha nieve que bien podía usar para los meses de verano. Ella solo sonreía y revolvía su cobrizo cabello, una vez incluso le susurró despacito al oído:

"Es imposible guardar la nieve Edward"

Era cierto… ¿Cómo se podía guardar tanta nieve en un lugar sin que la misma fuese visible? ¡Imposible! Pues bien, aquella era la misma premisa que se aplicaba para el inmenso amor que el tortugo sentía por la mariposa. ¿Cómo era posible guardar tanto amor en el corazón sin que fuese visible para los demás? ¡Imposible!...

Entonces, si ambas eran unas inverosímiles afirmaciones, ¿Cómo es que Edward intentaba mantener ocultos sus sentimientos hacia Bella? Sí, aquel también era un "Imposible".

Después de haber regresado de casa de Bella aquella noche, luego que el jefe Swan haya escuchado semejante confesión, Edward volvió a su hogar y se encerró en su habitación. En vano fueron las peticiones de Esme y Alice rogándoles que las dejara pasar. Él solo negaba y con un gruñido bajo pedía que lo dejaran en paz. Dio vueltas en la cama más veces de las que pudo recordar, sus puños apretados todo el tiempo al igual que su mandíbula eran solo una pequeña muestra de la rabia e impotencia que Edward sentía en ese momento.

– Siempre dijiste ser su superhéroe… ¡Vaya ídolo que resultaste! ¡Eres un súper cobarde…! ¡Eso eres! – masculló con rabia mientras golpeaba su almohada como si ella fuese la culpable de su mutismo frente a Bella.

Por las siguientes horas pensó y practicó toda clase de discurso posible para enfrentar a Bella el día siguiente. Ella debía escuchar al menos su explicación, su versión de las cosas. Ella debía saber que lo que vio no significó nada para él… ¡Nada! ¿Cómo podían significar algo cuando ella era su todo?

Se mantuvo despierto varias horas, perdido en sus sueños donde se veía claramente declarando su amor eterno a su mariposa del alma en una mañana de sol en el prado. Fue así que a Edward se le pasó la noche. No se dio cuenta siquiera en qué momento la nieve había dejado de caer dándole paso a una muy extraña calurosa mañana de invierno. Los primeros rayos del astro rey asomaron por su ventana golpeando su rostro provocando que él ocultara su rostro entre las sábanas, como cuando era niño y entre las mismas se escondía para no ir a la escuela.

El sol, con un poco más de intensidad a medida que pasaban los minutos, no le permitieron volver a soñar despierto. Algo molesto por la inesperada interrupción, salió de la cama para cerrar las cortinas de su habitación pero al llegar a la ventana algo allí llamó su atención.

– ¿Cómo…? ¡No puede ser! – susurró para sí mismo llenó de asombro. Restregó sus ojos con un poco más de fuerza de la debida y volvió a enfocar sus hermosas piscinas color jade en lo que afuera de la ventana se mostraba. Estaba sorprendido sin duda… ¿Cómo era posible? Se acercó con un poco más de cautela y abrió la ventana. Estirando su mano, tocó la razón de su asombro y sonrió. Estaba fría y húmeda pero aún así no dejaba de ser hermosa, bueno dentro de lo que cabía para ser una sencilla rama de un árbol.

– ¿Cómo creciste tan rápido? – preguntó al árbol que doce años atrás sembrara en el patio de su casa junto a su madre. El árbol del almendro que había escogido esa mañana en el invernadero había crecido tanto que ahora ya alcanzaba el segundo piso y tocaba la ventana de su habitación –. Es imposible – dijo sacudiendo su cabeza en señal de negación. Estiró su mano un poco más para esta vez tocar las pequeñas hojas de la rama pero casi enseguida cambió de opinión. Cerró de inmediato su ventana y equipándose para un día de frío, bajó rápidamente las escaleras y salió al patio.

– Es imposible – volvió a susurrar mientras se acercaba a él –. Eras… tú no eras así – Con algo de aprensión tocó el grueso tronco que ahora tenía el almendro y suspiró ante los recuerdos que en ese momento vinieron a su memoria. Testigo de tantas travesuras junto a su mejor amiga, proveedor de sombra en los días de sol, refugio en los días de lluvia. Causante de varias caídas debido al columpio que años atrás colgaba de una de sus ramas y que ahora ya no estaba. Alguien lo había retirado de allí, de seguro había sido quizás idea de su hermana Rosalie quien siempre detestó el columpio diciendo que aquel era un ridículo juego de niños.

Niños

Bien se podría decir que el joven Edward Cullen y la preciosa Isabella Swan hace mucho habían dejado de ser tan solo unos niños también. No sólo sus estaturas, cambios en su fisonomía, y edad lo revelaba. Ellos habían entrado a la liada etapa de la adolescencia y al parecer estaban luchando con sus complicaciones. Había llegado para ellos el duro momento de crecer, todo en la vida se trataba de eso ¿no? Si el árbol había crecido… ¿Por qué ellos no habrían de hacerlo? Todo se trataba del tiempo transcurrido. Pero… ¿Tanto tiempo se les había ido ya? ¿En qué momento se les estaba yendo la vida? ¿En qué momento creció aquel arbolito de hojitas lilas que tanto le recordaba a Bella y que ahora tenía una altura incluso mayor que él? ¿En qué momento crecieron ellos? ¿Crecieron al igual que almendro? Sí, la respuesta era sí. El árbol había crecido y ellos con él. Ya no eran niños, y lo que estaba ocurriendo era una muestra de ellos. Crecer dolía, era cierto, y Edward sin duda estaba siendo herido en el proceso.

Abrumado por tanta información, Edward se sentó en el frío césped y suspiró nuevamente. Recostó su espalda en la base del árbol, cerró sus ojos por un momento y se dejó rodar por el tronco hasta llegar a quedar acostado sobre la fina hierba. Puso su mente en blanco por unos minutos tan solo tratando de asimilar toda aquella epifanía sobre el crecimiento. Abrió los ojos nuevamente, un segundo después, y dejó su mirada vagar por el horizonte.

– La extraño tanto – susurró para sí al recordar cómo, con su Bella, trataban de buscar forma a las nubes cuando estaban acostados en el prado. Era de esperarse que el joven tortugo la extrañara, desde que eran niños y después de ese horrible verano que estuvieron separados cuando tenían 4 años, jamás se habían distanciado de esa manera. Isabella le hacía falta de una manera que empezaba a dolerle. Extrañaba su sonrisa, sus manos que contaban historias mágicas, sus ojos… su refugio de paz.

La luz del sol que se colaba entre las jóvenes ramas del almendro a esas horas de la mañana hacía brillar el verde césped que aún tenía sobre él vestigios de la nieve de la noche anterior. Cerró los ojos nuevamente, llenó sus pulmones de aire y una suave brisa rozó su rostro regalándole una caricia consoladora para un día como aquel. Era invierno, debía hacer frío, más él no sentía nada. No existía el hambre, ni el sueño, ni el frío… solo existía un gran vacío, uno que llenaba de soledad su corazón, el que antes estaba lleno del batir de las alas de una mariposa que había robado su alma.

Una nueva brisa provocó que unas cuantas hojas del almendro cayeran sobre su rostro. Abrió los ojos y mientras retiraba las pequeñas hojas, un suspiro profundo se escuchó a su lado. No necesitó voltearse para saber quien estaba junto a él.

– Si Rose y tú estaban excusados de faltar yo no iba a ser la única que fuese a estudiar hoy – empezó a hablar Alice mientras se acostaba junto a Edward y fijaba su mirada en una de esas nubes divertidas que en el inverno se hacían más frecuentes. Él solo negó levemente con la cabeza –. Supongo que mamá deberá alegar que todos tuvimos alguna clase de virus extraterrestre o algo así – Esta vez la ocurrencia de Alice le sacó una sonrisa que duró escasos segundos.

– Creo que el "virus" me durará al menos varios días – susurró para sí.

– Yo creo que deberías hablar con ella. ¿Sabes? Decirle que la amas – Edward se incorporó de inmediato y miró a Alice extrañado –. No me mires así. Ayer llegué a casa cuando Troya estaba en llamas y escuché tu fuerte declaración. No es que sea algo que no supiera, eso lo sabía hace rato…– Ella soltó el rollo rápidamente. Edward solo abrió su boca en señal de asombro como si fuese un pececillo al que le falta la respiración –. ¡Hey…! ¡No me mires así! Tú solito te has delatado estos últimos meses Edward, así que deja la cara de asombro.

– ¡Genial! – bufó frustrado mientras tapaba su rostro y se dejaba caer nuevamente sobre el césped –. ¡Todo el mundo sabe lo que siento por ella! ¡Todo el mundo! – masculló con rabia.

– Tsk, tsk – le corrigió su hermana –. Error… todos, menos ella saben lo que sientes. No quiero ser metida Edward, pero…– él se incorporó nuevamente y la miró con sus esmeraldas inquietas. Ella se sentó y tomó las manos de su hermano –. Bueno, está bien, voy a ser metida…pero yo creo que ella debe saberlo.

– Alice – dijo Edward con tono de voz cansado –, no puedo decírselo, no quiero arriesgar tantos años de amistad por esto.

– Esto – replicó Alice –. Esto se llama amor, y del bueno. Lo he visto, y sé que puedes creer que soy muy pequeña para entender las cosas, pero tienes la misma mirada que papá le da a mamá cuando llega a casa y la ve. ¿Si eso no es amor… qué es?

– No lo sé – negó Edward con su cabeza agachada –. No puedo arriesgarme a perderla por algo así Alice. ¿Qué pasa si ella no siente nada? ¿Qué pasa si lo arruino todo?

– ¿Y qué pasa si no es así? – Edward alzó la mirada y se encontró con la sonrisa esperanzadora de su hermana –. Yo creo… yo que al menos deberías intentarlo Edward… – Ella apretó su mano, él solo sonrió en respuesta.

– No soportaría mi vida sin ella si es que, por mis estúpidos sentimientos, Bella decide alejarse de mí, Alice. Ella es fuerte, una verdadera luchadora desde que nació, ha soportado toda clase de desprecios y rechazos y ¡Mírala! ¡Aun sonríe cada mañana! Yo no estoy acostumbrado al rechazo… ¿Qué pasa si me toca vivir por primera vez algo así? No estoy preparado para ello, Alice, simplemente no lo estoy.

– Eres tan cabezota, Edward. A veces pienso que tus ojos son un simple adorno para tu cara. ¡Ábrelos! ¡Fíjate lo que está pasando con ella! ¡Fíjate lo que está pasando contigo! – bufó molesta Alice –. Acércate a ella, háblale y ábrele tu corazón.

– Ella no quiere verme – dijo unos pocos segundos después –. No sé como acercarme a Bella.

– Que poco conoces a una mujer, Edward – le dijo su hermana fingiendo gran sabiduría –. Vives con tres y aún no las entiendes…

– No… no te entiendo, Alice – Edward ladeó su cabeza y vio a su hermana sonreírle divertida.

– Las chicas podemos ser muy complicadas, pero cuando se trata de detalles siempre vamos a ceder.

– Aún no entiendo, Alice. ¿Podrías explicarte mejor? – frunció el ceño el tortugo confundido.

– Tontito. Lo que quiero decir es fácil. Llévale una ofrenda de paz, un regalo que signifique mucho para ella.

– Sabes que Bella no es de la chicas que le gusten los regalos exuberantes, Alice – le recordó su hermano –. Ella es más bien de las chicas que no se complican. Que aprecian los pequeños detalles de la vida, que le gustan las cosas que uno hace y que…– Edward se detuvo por un segundo y vio en el rostro de su hermana un asentimiento divertido.

"Soy algo negado con esas cosas, Bella, no consigo hacer ni un barquito de papel"

"Está bien Edward, no debes preocuparte o agobiarte por ello. Ya harás algo…"

– Por tu silencio, entiendo que al fin comprendiste mi punto. Prepara algo bonito para ella. De seguro lo va a apreciar – dijo Alice revolviendo el cabello de su hermano al tiempo que se ponía de pie –. Si quieres ayuda estaré en mi habitación.

A Edward le tomó varios segundos reaccionar. ¿Cómo no se le ocurrió antes? Se levantó rápidamente y subió a su habitación. Comenzó a buscar entre sus cajones con desesperación y encontró en el último lo que estaba buscando. Cuando aquel desafortunado evento de la feria de Port Angels ocurriera el mes anterior, Edward no tuvo el tiempo de entregarle a su Bella lo que había comprado en la tienda de pinturas y esta era la oportunidad perfecta para hacerlo.

Sacó de la bolsa de papel un sencillo cuadernillo de dibujo. Su pasta era blanca y para ser sincero era bastante aburrida. Situación que cambiaría dentro de poco.

– Necesito de tu ayuda – dijo cuando entró a la habitación de Alice quien escuchaba música con su ipod a todo volumen. Ella sonrió y apagó el pequeño aparato rosa y lo invitó a sentarse en la cama junto a ella.

Dos horas fue lo que les tomó cambiar la apariencia de aquel aburrido cuaderno a uno lleno de vida y color. Gracias al talento para la decoración y buen gusto que su hermana poseía, Edward pudo crear una preciosa pasta para el cuadernillo de dibujo. Usando tan solo lápices de colores, unos cuantos marcadores, algo de imaginación y demasiado amor, Edward empezó dibujando en los extremos de la pasta dos pentagramas que tenían en sus líneas las notas de la canción que él había compuesto para su amiga. En el centro, las palabras "Bella's Art" resaltaban junto a una manito hecha con acuarelas, muy parecida a la que Bella tenía en su mandil de trabajo de la época del jardín. El color que usaron era el lila ya que ese era el color de las hojas del almendro cuando en otoño dejaba sus hojas caer.

– Me encantó lo que hiciste con la B, no eres tan malo para esto después de todo – le dijo su hermana al ver como aquella letra estaba dibujada de tal manera que parecía una mariposa vista de perfil –. A ella le va a encantar.

– Siento que le falta algo – susurró Edward al ver que el centro se veía aún un poco solitario.

– Ella adora la poesía. ¿Qué tal si le escribes algo allí? – preguntó Alice mientras le extendía un marcador de color morado. Él asintió y se quedó en silencio tratando de recordar que poesía podría ser perfecta para aquel pequeño espacio. Pensó y pensó, descartó miles de autores, pero nada le parecía correcto. Justo cuando estaba a punto de rendirse, recordó su última clase de literatura: Escritores Latinoamericanos. Sonrió al recordar perfectamente cuál había sido el poema que más le llamó la atención aquella clase.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.

Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:

déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.

Eres como la noche, callada y constelada.

Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

– Eres un genio – susurró su hermana al ver como Edward plasmaba sobre aquella dura pasta una de las líneas del Poema 15 de Pablo Neruda –. Estás listo para proponerle matrimonio.

– Alice…– negó divertido Edward mientras ponía punto final a su perfecta caligrafía –. ¿En serio crees que le guste?

– Pues si no le gusta a ella… ¡Me lo quedó yo! ¡Está precioso hermanito! – Él le sonrió en respuesta y dejó el cuadernillo sobre la cama para que se secase. Un sonido extraño escapó del estomago de los dos hermanos Cullen ese momento. Ellos se miraron y rieron al mismo tiempo.

– Hora de comer – gritó Esme desde la cocina. Alice caminó hasta la puerta y Edward la siguió. Al parecer el hambre había regresado… al igual que la esperanza.

Sin darse cuenta la mañana se les había transcurrido entre colores, ideas y poemas y cuando bajaron eran casi las dos de la tarde. Se sentaron a la mesa pero en cuanto lo hicieron, un golpe fuerte los sobresaltó. Sus pasos fuertes en la escalera y un sollozo preocupante los alertaron de la presencia de Rosalie en la casa.

– Estuvo fuera toda la mañana. Mejor voy a ver que le ocurrió – dijo Esme levantándose rápidamente de la mesa para averiguar qué había ocurrido con su pequeña que esa mañana salió muy temprano en su auto con rumbo desconocido.

– Sé que está arrepentida por lo que hizo Edward, deberías darle una oportunidad – dijo Alice mientras servía un poco de ensalada para los dos –. Ella es algo soberbia y lo sabes.

– Esta vez no seré yo quien deponga las armas Alice. Rosalie llegó demasiado lejos esta ocasión… Y será mejor que no toquemos ese tema, o el hambre se me irá otra vez.

Su hermana asintió y en silencio comieron solos ya que su madre no bajó a acompañarlos. De hecho, no saldría de esa habitación por lo que quedaba de la tarde. Entre arrullos y caricias trataba de consolar a su Rose de unas lágrimas que ni ella mismo podía explicar porqué las estaba derramando.

Cuando el reloj marcó las cinco de la tarde y el cuadernillo estaba lo suficientemente secó para no estropearse, Edward lo guardó en una bolsita y metiéndolo al auto, lo llevó hasta la casa de Bella. Al llegar vio la patrulla de Charlie estacionada a la entrada de la casa, sinónimo que él estaba allí. Su corazón palpitó con fuerza al recordar que estaba a pocos metros de su preciosa mariposa. Le había hecho tanta falta que ahora que estaba tan cerca ni siquiera podía pensar con coherencia.

Se bajó rápidamente y olvidando el cuadernillo en el auto, caminó hasta la puerta para tocar el timbre. Lo tocó dos veces y vio por la ventana como la luz roja se encendía. Sonrió cuando sintió un cosquilleo divertido en su panza a causa de la emoción.

– Muchacho…– fue el saludo que escuchó cuando Charlie abrió la puerta. Edward suspiró con desdén, cosa que fue notada por el jefe Swan –. Lo sé, lo sé… no vienes a verme a mí. Pasa, ella está en el baño – Edward asintió de manera tímida y entró a la casa. En cuanto se sentó en el sofá, recordó que el cuadernillo se quedó en el auto, pero en cuanto se puso de pie para salir a buscarlo, una hermosa joven salía del baño.

Bella se quedó sin reacción cuando vio a aquel perfecto ángel parado en la sala de su casa. Ella retrocedió unos cuantos pasos y negó levemente. Ese gesto hizo que el corazón de Edward se comprimiera de manera dolorosa.

– Los voy a dejar solos un momento. Estaré arriba – dijo Charlie a su hija con señas. Ella volvió a negar, pero su padre no le prestó atención.

– Bella…– empezó llamándola por su nombre el joven tortugo –. Bells, mariposa… yo…– Bella alzó la mano en señal que quería que Edward se detuviese.

– Edward, por favor… no. No quiero…– esta vez fue Edward quién alzó la mano.

– ¿No quieres que Bella? ¿No quieres que te explique lo que pasó? – preguntó acercándose un poco más a ella, haciendo que Bella retroceda a su vez.

– No quiero mentiras, eso es lo que no quiero. No quiero más engaños – dijo Bella con señas algo rudas debido a la rabia que estaba experimentando.

– ¿Mentiras? ¿Engaños? No entiendo Bella… no sé de que hablas – le respondió visiblemente confundido Edward.

– ¿Por qué no me dijiste que salías con Lauren? Edward yo… yo soy… tu mejor amiga ¿Por qué me ocultaste algo así? ¿Por qué no confiaste en mí? ¿Por qué esperaste a San Valentín para decírmelo frente a todo el mundo? ¿Por qué no me dijiste que amabas a Lauren? – sus manos temblaban a causa del nervioso e ira mezcladas además con la impotencia de hacerle una última pregunta ¿Por qué no te das cuenta que la que te ama soy yo?

Edward, impávido ante aquella ráfaga de preguntas sin sentido, no se fijó que Bella había empezado a botar un par de lágrimas que rápidamente se limpió.

– Bella… eso… yo…– balbuceó al tiempo que hacía unas cuantas señas torpes. Ella negó con rabia y se volteó para subir a su habitación. Edward reaccionó rápidamente y tomándola del brazo la detuvo. Más lágrimas ahora inundaban sus ojos provocando un sentimiento de miseria en Edward. Un sollozo fuerte escapó del pecho de Bella, Edward no soportó más aquella escena y tomando su rostro entre sus manos se acercó a ella.

– No te lo dije porque no es cierto. Mi único amor eres tú… Te amo Bella – le susurró al oído aquella inútil confesión e hizo lo único que necesitaba hacer en ese momento. La besó.

Sus labios se juntaron en una leve caricia. La temerosa mariposa, quien no se esperaba aquella súbita reacción, abrió los ojos para encontrarse que Edward los tenía cerrados con mucha fuerza. Ella los volvió a cerrar y dejándose vencer por lo que su corazón pedía a gritos, movió muy despacio sus labios para acariciar los suaves labios de Edward en un beso tierno, nuevo y especial… su segundo beso con el amor de su vida entera.

Un pensamiento ridículo asomó a su cabeza casi de inmediato: Si Edward ama a Lauren ¿Por qué me está besando? Ella abrió sus ojos nuevamente y juntando el poco valor que le quedaba, empujó a Edward lejos de ella.

– ¿Por qué….? ¿Por qué me besaste? – preguntó nerviosa Bella para después tocar sus labios en los que quedaron impregnados el delicioso sabor de su amor.

– Bella… yo… no lo sé – confesó apenado Edward. Incapaz, una vez más, de confesarle sus sentimientos.

– Pues, te voy a pedir algo Edward. Nunca más en tu vida me vuelvas a besar a menos que tengas una razón para aquello. Nos veremos en la escuela el lunes…– dijo con señas antes de voltearse y subir las escaleras.

– ¡Maldita sea! – gritó lleno de rabia Edward al escuchar la puerta de la habitación de Bella cerrarse con fuerza –. Una maldita cosa no eres capaz de hacer bien – Con grandes zancadas salió de la casa de Bella rumbo al auto.

Abrió los seguros y tomó la bolsita con el cuadernillo. Sabía que tocar su puerta era inútil ya que ella no la escucharía así que decidió irse por el camino radical: subir la ventana de su habitación. Armado de valor y un buen equilibrio, trepó por las ramas del roble que Bella había plantado en el patio. No había crecido tanto como su almendro pero al menos le serviría para alcanzar la cornisa del segundo piso y sostenerse de ella para llegar hasta la ventana.

Sostuvo la bolsa con su boca, y recreando las mejores aventuras de Indiana Jones, subió hasta sostenerse de la cornisa y caminar por el fino borde. Encontró la ventana de la habitación de Bella, y ubicándose con cuidado se sentó sobre el alfeizar. Vio a Bella sentada en la cama llorando mientras observaba una imagen, no pudo distinguir bien quien estaba en la foto, pero de seguro era de la de sus padres, la que ella conservaba en su mesita de noche.

Con cuidado abrió la ventana y se coló por ella hasta la habitación. Cuando una sombra extraña se dibujó cerca de su campo visual, Bella soltó la fotografía a quien en silencio, le estaba confesando sus más amargas penas de amor y llevó sus manos al pecho a causa de la impresión ¿Edward? ¿Cómo rayos subió hasta acá?

– No hay seña o gesto posible que pueda reflejar cuan arrepentido estoy Bella… Créeme que lo siento demasiado. Yo… yo solo soy un reverendo imbécil. Tengo algo para ti. Espero te guste – dijo mientras le extendía la bolsita con el cuadernillo. Ella ladeó su cabeza mientras secaba sus últimas lágrimas.

– No llores, por favor, Bella, no lo hagas por mí. No lo merezco… Solo toma el regalo y prometo que me iré – ella caminó hasta donde estaba Edward y tomando la bolsita lo miró con sus ojos llenos de interrogantes –. Te prometo que no me he gastado nada en él. Nos veremos el lunes en la escuela – le dijo Edward antes de voltearse e irse.

Rápidamente Bella abrió la bolsa y vio su contenido aunque no con detenimiento. Antes que Edward volviera a su arriesgada tarea de bajar por la ventana, ella corrió y lo detuvo.

– No te vayas – le pidió con señas rápidas. Él la miró confundido y asintió. ¿Cómo podía negarse a algo que su amor le pedía con sus manos, a algo que su amor le gritaba con su mirada?

– ¿Qué es? – preguntó cuando miró nuevamente al interior de la bolsa.

– La razón de nuestra discusión de Port Angels. Jamás te lo di… Está un poco modificado de su versión original – le respondió Edward con un sonrojo adorable en sus mejillas. Ella le sonrió y sacó de la bolsita el cuadernillo.

"Déjame que te hable también con tu silencio"

Era la frase que Edward había escogido para Bella en su cuadernillo y que logró que su corazón se saltara dos latidos.

– Lo… ¿Lo hiciste tú? – preguntó ella con duda. Él asintió –. Está, está precioso.

– ¿En serio te gusta? – ella asintió con fuerza –. Mira, tiene muchas hojas para que dibujes. Para que dejes a tu mariposa mental ser libre.

– No es el contenido lo que me gusta Edward… Esta portada la hiciste tú… Tú, que no sabes hacer un barquito de papel –. le dijo con señas mientras trataba de reprimir una sonrisa.

– Alice me ayudó, pero sí… la hice yo – le dijo con una sonrisa ladeada, de esas que hacían que el corazón de Bella se derritiera como mantecado en pleno verano.

– ¿Ves?, no eres tan negado después de todo. Está precioso, Edward, gracias le agradeció antes de abalanzarse a sus brazos. Él respondió a su gesto y con fuerza la aferró a su pecho dejando un beso en su cabeza y un nuevo susurro confesando el gran amor que sentía por ella.

– ¿Significa que estoy perdonado? – preguntó unos minutos después, cuando ambos rompieron el abrazo.

– ¿Me prometes que me contaras como te va con Lauren? – le respondió ella con otra pregunta. Él negó, ella lo miró extrañada.

– No te puedo contar algo que no existe, Bella… Ella no es nada para mí. Todo fue parte de un estúpido plan para separarme de ti. Pero no lo lograrán… ¿Verdad? ¿Verdad que tú vas a estar a mi lado siempre Bells? – Ella asintió despacito ante aquella pregunta… ante aquella petición encubierta de compartir sus vidas hasta que la vejez los lleve a caminar juntos por una tranquila playa.

– Me asusté por un momento, pensé que me estabas ocultando cosas, Edward – le confesó ella unos minutos después. Él trago en seco y negó, aun sabiendo que le estaba mintiendo. Le estaba ocultando algo, algo grande… su inmenso amor por ella.

– Te voy a prometer algo – le dijo antes de acariciar levemente su mejilla –. Cuando esté profundamente enamorado y le diga aquella ladrona de corazones que esté conmigo para toda la vida, tú serás la primera en saberlo ¿Sí? – Bella, perdida en las sensaciones de la caricia que Edward le había proporcionado, no captó el mensaje en su totalidad, aun cuando estaba tan claro que Edward se refería a ella misma. Se perdió entre las señas de aquella nueva confesión por lo que solo asintió provocando que él nuevamente la estrechara en sus brazos y en un leve susurro le recitará una parte más del poema del silencio.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Fue así, como con un abrazo, un beso sin explicaciones y un cuadernillo de dibujo los grandes amigos volvieron a ser lo que eran. Ni Lauren con su maldad, ni Rosalie con su egoísmo, ni el mismo silencio que con su mutismo volvía confusas las cosas, pudieron apartar a este par de jóvenes enamorados. El destino estaba para ser cumplido, y tarde o temprano el mismo con sus extrañas maneras de obrar se encargaría de juntarlos, y esta vez para toda la vida.

.–.–.–.–.–.–.–.–.–.–.–.

De pie, frente a un espejo, Isabella luchaba contra su más grande enemigo: La fonofobia, o miedo a hablar que la había limitado por años. "Tu problema es el oído cariño, no la voz" era la frase que Kate le repetía siempre que ella estaba por rendirse. Pero cada vez que se ponía frente al espejo y veía en él a aquel monstruo que vivía dentro de ella y que la alejaba de sus sueños, se impulsaba a salir adelante.

Recordando cada detalle que Kate le hacía practicar durante una hora, cada tarde, todas las tardes por las últimas 14 semanas, Bella se esforzaba a dar lo mejor de sí cada vez. Su maestra la felicitaba todos los días por los enormes avances en su objetivo de hablar pero como ella no se escuchaba, no podía comprobar la veracidad de las afirmaciones. Usando pequeños papelitos, bajalenguas, e incluso sus dedos y manos, practicaba la vocalización de letras, silabas, y palabras completas.

Cada tanto verificaba su postura, hacía ejercicios de relajación y respiración, controlaba su coordinación fono respiratoria y su articulación y extensión tonal. Dejaba siempre al final la impostación de vocales y consonantes ya que era la parte que mas esfuerzo y tiempo requería.

Nadie sabía de los progresos de Bella. Solo Kate quien estuvo de acuerdo en mantenerlo en secreto por un tiempo. Cada tarde, al regresar del instituto fingía estar cansada y pretendía ir a dormir una siesta. Edward, consiente del enorme esfuerzo que un día de clases representaba para Bella, la dejaba descansar por un par de horas y volvía después de las 6 para empezar con sus tareas. Charlie, quien volvía de la estación todas las noches a las 8 de la noche, tampoco notó que su pequeña estaba recibiendo, en su propia casa, clases de vocalización por parte de Kate.

En varias ocasiones Bella y Kate se llevaron grandes sustos, como cuando Charlie volvió a casa a las 4 de la tarde porque los Mariners jugaban un partido fundamental y el televisor de la estación se averió. Kate corrió a esconderse con Bella en su habitación y entre risas ahogadas tuvieron que mantenerse ocultas hasta que el partido terminara.

Es por eso que, frente al espejo, Isabella sonrió al ver que sus labios pronunciaban de manera clara y correcta las seis letras más importantes de su abecedario: Edward. Tanto tiempo, tanta práctica, tanto esfuerzo estaba valiendo la pena. Kate le recordaba que la w era una letra muy complicada de pronunciar, más no imposible, y ahora al verse pronunciarla casi de manera natural, ella se sintió orgullosa, orgullosa de si misma… por primera vez en su vida.

En el lapso de aquellas ultimas semanas la tranquilidad regreso a la vida de los tortugos y del escuadrón. Volvieron a sus salidas al cine, a los bolos, picnics en el parque, compras en Port Angels. Eran realmente un grupo de amigos muy unidos, y aunque la separación al terminar la secundaria era inminente ninguno quería pensar en ella, no todavía. Así que disfrutarían al máximo del tiempo que la escuela les regalaba para estar juntos, ya sea almuerzos en la cafetería o simples conversaciones en el corredor.

Hablando de corredores, una realidad muy distinta se vivía del otro lado del pasaje de segundo año, los pasillos de los estudiantes del último año estaban llenos de gente. Estudiantes que buscaban que sus compañeros les firmen sus anuarios, los chicos del club de ajedrez que con nostalgia se preparaban para sus últimas partidas representando a la secundaria de Forks, jóvenes indecisos que buscaban la mejor manera de invitar a las avezadas chicas al baile de graduación. Venta de entradas para el baile que aún no tenía un tema especifico, charlas sobre vestidos, modas y algunas cuantas escapadas a La Push haciendo novillos… En fin, todo un festival de nervios, alegría y melancolía por dejar una etapa de sus vidas atrás.

Pero, a pesar de estar inmersa en todo aquel pequeño mundillo, Rosalie Cullen no se sentía parte de él. Desde aquel febrero donde la mentira que era su vida cayó rompiéndose en mil pedazos frente a todo el mundo, dejándola desnuda e indefensa ante una realidad desconocida, Rose era otra. Su hermano apenas si la saludaba por cortesía. A pesar de que sus padres habían hablado miles de veces con ellos, Edward se mantenía firme en la posición que Rosalie le debía una disculpa a Bella, solo con eso él podría perdonarla por lo que hizo. Pero aquello representaba para Rosalie doblegar su orgullo, algo que jamás había hecho ni haría por nadie. Solo por una persona: Emmett

Desde aquel día que Rosalie vio a Emmett en ese parque de Port Angels supo que su vida cambiaría radicalmente. Y vaya que lo hizo…

Después de haber llorado por horas en el regazo de su madre, tratando de cuestionarle a la vida porqué la castigaba de esa manera poniendo frente a ella al más bello espécimen de hombre que sus ojos hayan visto jamás pero era discapacitado. ¿Por qué a mí? Era su pregunta.

Esa misma noche, cuando las lagrimas pararon, se sentó frente a su computador portátil y averiguó todo lo que podía sobre la enfermedad del gran oso gris. Ella había escuchado que algunos niños padecen de tartamudez de pequeños pero que la superan con el tiempo. Quizás Emmett esté tratando de superarla aún…. Quizás haya una esperanza para él… quizás…

Aferrada a aquella esperanza Rosalie convirtió a Emmett en algo así como su obsesión. Al salir de clases, cada tarde, corría a su auto y manejaba una hora hasta Port Angels. Se sentaba en la misma banca y esperaba hasta que el gran oso gris diera alguna señal de vida. Cerca de las 5, y ya sin esperanzas, volvía a casa derrotada y cansada, solo esperando cerrar sus ojos y dormir, dormir para soñar que el día de mañana correrá con mayor suerte.

Aquella fue la tónica que marcó los últimos días de clase de Rosalie en la secundaria. No le importaba ser marginada, que nadie le hablara, ni almorzara con ella, ni que nadie se sentara junto a ella en el laboratorio de química. Poco le importó también que se haya quedado sin novio de la noche a la mañana, quizás nunca lo amó tampoco para sufrir por su ausencia.

Sus escapadas eran completamente clandestinas, nadie en la escuela o en casa lo sabían. Bueno, hasta que una tarde fue pillada por la persona que menos imagino: Alice.

– O me dices a dónde vas o le digo a mamá que todas las tardes te escapas y no haces tus tareas como dices – le dijo Alice con sus manos en las caderas, mientras se mantenía firme en frente del BMW.

– Alice, quítate o te voy a pasar el auto encima – masculló Rosalie con rabia –. Y estoy hablando en serio.

– Yo también hablo en serio Rosalie Lillian Cullen – la desafió la pequeña duende de cabellos negros alborotados.

– Sube al auto – le gritó con rabia. Alice, dando brinquitos, subió al auto. Sus ojos cafés se abrieron de par en par cuando su hermana aceleró a fondo el auto y se dirigió a la autopista que llevaba a Port Angels.

– Rose… ¿Qué? ¿Qué vinimos a hacer a Port Angels? – le preguntó nerviosa Alice mientras se aferraba al salpicadero del auto.

– Tú quisiste venir, ahora te la aguantas – dijo con una sonrisa mientras aceleraba más el auto. Iba retrasada y quizás por culpa de su hermana hoy se le escaparía la oportunidad de volver a ver a Emmett.

Hicieron el resto del viaje en silencio. Alice miraba como su hermana conducía como una posesa y negaba asustada. ¿Qué rayos le pasaba a Rosalie? ¿Qué le había ocurrido después de aquel 14 de febrero que hizo que ella diera un cambio radical?

Llegaron al parque en menos tiempo del estimado y tomando sus libros, Rosalie bajó del auto. Fingiendo total naturalidad abrazó a su hermana y le susurró al oído.

– Nos vamos a quedar aquí por un par de horas. Yo voy a hacer mis tareas, tú si quieres puedes mirar.

– No entiendo, Rose, quiero volver a casa – le respondió Alice frunciendo el ceño.

– Ya te dije que no iremos a casa. Ahora, ve… si quieres puedes dar una vuelta por allí. Solo no me interrumpas si ves que alguien se acerca a mí – Alice asintió extrañada por el comportamiento de su hermana.

Rosalie, acomodando su perfecto cabello rubio, se sentó en la misma banquita y pretendiendo que leía, aun cuando tenía el libro al revés, fijo su mirada en el final del parque, en el mismo punto donde conoció al dueño de los hoyuelos más hermosos que jamás había visto.

– Está loca… No le voy a dar más vueltas al asunto – susurró para sí Alice mientras compraba una coca cola en la caseta de golosinas.

– Es mejor así, una joven tan preciosa no debe preocuparse por la salud mental del resto – fue el susurro de un muchacho, que junto a ella compraba también unas bebidas. Ella se volteó rápidamente y vio a un joven muy apuesto que le sonreía. Era de tez blanca, su cabello era rubio casi dorado y sus ojos era cafés, un café tan intenso que logró rápidamente calentar su pequeño corazón. Ella le sonrió y él estiró su mano.

– Jasper Whitlock, mucho gusto – su acento algo sureño provocó que Alice soltará una risita graciosa. Casi de inmediato recuperó la compostura.

– Mary Alice Cullen, mucho gusto – le respondió ella con una gran sonrisa.

– Cullen… Ese apellido se me hace algo conocido. Hace meses conocí a una joven con ese apellido.

– ¿Rosalie era su nombre? – preguntó Alice tratando de adelantarse al muchacho.

– ¿Cómo lo sabe? – Jasper sacudió la cabeza en señal de confusión.

– Es mi hermana – respondió una muy sonriente Alice.

– Entiendo…– le dijo Jasper al tiempo que daba dos pasos hacia atrás –. ¿Está Rosalie aquí?

– Sí, ella está sentada allí… ¿La puedes ver? – señaló Alice a su hermana. Jasper asintió y dio dos pasos más atrás, Alice se extrañó por la reacción de aquel muchacho. ¿Por qué reaccionaba así ante la presencia de Rosalie? Si se conocían… ¿Por qué Jasper parecía huirle?

– Fue un placer conocer a tan agradable jovencita pero están esperando por mí. Espero verla en una próxima ocasión – Antes que Jasper se retirara del todo, una decidida Alice lo tomó del brazo y lo detuvo.

– Necesito respuestas – fue su petición. Alice tenía casi trece años, y aunque verticalmente hablando era menos favorecida que sus hermanos a esa edad, no por eso la hacía menos que nadie. Ella veía las cosas que sucedían alrededor y no tener explicaciones sobre las mismas la estaban volviendo loca –. ¿Cómo conoces a mi hermana? ¿Por qué le huyes?

– ¿Tiene tiempo señorita Marie Alice? – le preguntó Jasper. Ella asintió. Fue así, que aquella tarde y a escondidas de Rosalie, Alice supo la verdad de las escapadas de su hermana.

– Mi primo quedó muy impactado con ella. Lo vi en sus ojos, lo conozco muy bien y sé que su hermana lo flechó de inmediato. Pero así como se enamoró de aquella perfección, se desilusionó de su comportamiento al saber que él padecía de disfemia. Los días posteriores a aquel día Emmett sufrió muchísimo, incluso dejó de hablar… al igual que cuando sus padres murieron.

– ¿Murieron? ¿Cómo? ¡Dios! ¡Pobrecillo! – susurró Alice con lágrimas en los ojos –. Emmett ha pasado por tanto.

– Sí, su problema de tartamudez no era tan grave cuando era pequeño. Pero cuando mis tíos fueron asesinados en su propia casa, allí frente a su hijo. Eso sin duda lo marcó y lo empeoró todo…

– ¿Y es una enfermedad que no se puede curar? – Jasper asintió –. Entonces entiendo la reacción de Rosalie.

– ¿Y a qué se debió aquella reacción que tanto mal le hizo a mi primo señorita Marie Alice? – preguntó Jasper intrigado.

– Alice… solo Alice – le sonrió ella – Esta vez es mi turno de contar el otro lado de la historia.

Tres cocas colas más y varios sollozos por parte de Alice cuando recordó las duras palabras que sus hermanos se dijeron aquel día, fue todo lo que le tomó a la pequeña duende relatar lo ocurrido en su lado del puente.

– Pero si viven una realidad tan cercana como esa… ¿Por qué su hermana tiene un corazón tan cruel?

– No lo sé… pero creo que ella no lo está pasando muy bien tampoco. Ha venido aquí todos los días desde que conoció a Emmett y aunque no se lo dice a nadie, creo que está sufriendo en silencio por todo esto.

– Ambos están pasándola mal entonces – llegó a la conclusión Jasper –. Pero a pesar que Rosalie lo encantó a Emmett, él no quiere volver a ver a su hermana. Pocas semanas después de que la conociera volvimos al parque, él la vio a lo lejos y de inmediato salió corriendo. Creo que él no soportaría otro desprecio de su parte. Verá, Emmett es como un niño grande, tiene un corazón inmenso y jamás nadie lo había rechazado por su condición, nadie hasta que llegó su hermana.

– Lamento tanto lo sucedido – se disculpó Alice –. Ella está realmente perdida, y lo peor es que no es capaz de pedir ayuda.

– Ojala pueda pedir ayuda pronto, o se ahogara en su propia desdicha – le dijo Jasper poniéndose de pie –. Es hora de volver a casa, Srta. Alice Cullen, fue todo un placer hablar con usted.

– Muchas gracias por las bebidas – le sonrió Alice mientras agitaba su coca cola vacía. Él le sonrió y tomando su mano la besó delicadamente.

– Espero volverla a ver algún día – le dijo mientras le guiñaba un ojo.

– Algún día – susurró ella emocionada al tiempo que lo veía alejarse.

– ¡Allí estabas! – Escuchó la voz de Rosalie unos minutos atrás trayéndola así a la realidad –. Vamos a casa – rápidamente Alice asintió y dejando la vacía botella de coca cola en el asiento, sonrió.

Algún día…

El camino de regreso fue en absoluto silencio. Rosalie, aferrada al volante del auto como si de ello dependiese su vida, conducía veloz por la carretera de regreso a Forks. Alice, quien no apartó la mirada de su hermana en ningún momento, fue quien rompió el silencio unos kilómetros antes de llegar a casa.

– Lo sé todo – dijo Alice tomando desprevenida a Rosalie –. Sé lo que pasó con Emmett, y sé que has venido a Port Angeles todas las tardes desde ese día. Lo sé todo, Rose – los grandes ojos de Rosalie se abrieron y se fijaron en Alice. Por temor a ocasionar algún accidente, redujo la velocidad y estacionó el auto a un lado de la autopista.

– ¿Cómo? ¿Cómo supiste de Emmett? ¿Lo viste? – Alice negó con la cabeza –. Háblame, Alice… ¿Cómo supiste todo?

– ¿Cómo pudiste ser tan cruel Rosalie? – le gritó Alice con algo de rabia –. Primero Bella y ahora Emmett… ¿Cómo puedes ser así? – dos enormes lágrimas rodaron de los azules y tristes ojos de Rosalie.

– No lo sé… Yo no quise hacerle eso a Emmett, yo no…– dijo con voz quebrada mientras se soltaba a llorar. Alice aflojó un poco su postura de inquisidora y la miró preocupada –. Yo la estoy pasando realmente mal, Alice, no me abandones ahora… al menos tú, no te vayas de mi lado…

– Rose – le dijo Alice mientras estiraba su mano para tocar su mejilla.

– Hermanita – le suplicó Rosalie –. Abrázame… abrázame, por favor – de inmediato Rosalie se abalanzó a los brazos de su hermana quien la abrazó con toda la fuerza que su pequeño cuerpo le permitió. Allí en los brazos de su hermanita, Rosalie dejó salir todo el llanto y la rabia que por semanas le oprimía el pecho. Alice acariciaba su cabello y la animaba a seguir desahogándose. Era lo que ella necesitaba después de todo.

– Rosalie… ¿Recuerdas tu serie favorita cuando eras niña? – le preguntó Alice unos minutos después cuando sintió que los sollozos de su hermana le dieron tregua. Rosalie asintió alejándose de ella unos cuantos centímetros –. Pues si bien es cierto que tú eres la pitufina de la aldea, no significa que el mundo de los 99 pitufos restantes va a girar en torno a ti. Eres linda hermanita, pero tengo la certeza que por dentro eres hermosa, pero aún no lo sabes.

– Oh Alice… Eres tan buena conmigo. Lamento haberte gritado esta tarde – dijo Rosalie volviendo a romper en sollozos.

– Shhh, ya está, ya pasó. Eso si… no lo vuelvas a hacer porque, sin darte cuenta, estás matando a esa hermosa Rosalie que vive dentro de ti – Rosalie volvió a asentir y recuperó la compostura para conducir los kilómetros que faltaban para llegar a casa. Antes de que pusiera el auto en marcha, Alice la tomó de la mano y le sonrió –. Sé que va a tomar tiempo, que será duro pero si quieres te puedo ayudar. Primero debes empezar con el perdón, primero a ti misma, luego a Bella, a Edward y a Emmett.

– No sé si sea capaz de hacerlo – susurró algo nerviosa Rosalie.

– Sí, lo serás. Y yo estaré contigo viéndote vencerte a ti misma… Existe un gran premio al final del arcoíris. ¿No? El tuyo es un gran oso – le dijo Alice de manera juguetona mientras le guiñaba un ojo.

Los pocos minutos que les quedaron en el auto fueron aprovechados por Alice para contarle sobre su encuentro con el muchacho sureño de la gran sonrisa y sobre la historia de Emmett y sus padres. Rosalie, conmovida por la historia, nuevamente lloró pero esta vez de manera moderada ya que no podía permitirse otra parada debido a que había empezado a oscurecer.

Al llegar a casa esa noche Alice durmió en la habitación de Rosalie, acompañándola y prometiéndole que estaría siempre para ayudarla y que nunca la dejaría sola.

Para Alice, trabajar en derrumbar las murallas de Rosalie, fue casi tan difícil como para Bella terminar el año con buenas notas. La maestra Mallory había sido un verdadero dolor en el trasero y después de amenazarla varias veces con suspenderla al final no logró su cometido. Bella era una alumna brillante y no había razón suficiente como para ejecutar semejante castigo.

La finalización del segundo año coincidió con el día del cumpleaños número 17 del tortugo. Ese día, uno antes del inicio oficial del verano, la joven mariposa y su adorable amigo fueron a celebrarlo al mejor y más exclusivo lugar de Forks: su prado.

En la mochila de Bella la cámara de fotos que su padre le había regalado para su cumpleaños anterior reposaba tranquila. La había llevado a la escuela para tomarse fotos con el escuadrón en la celebración de aquel logro de final de año y como no había pasado por casa, permanecía allí esperando que un dedo inquieto aplaste su redondo botón y capté de esa manera un momento, convirtiéndolo en eterno.

La cámara no tuvo que esperar mucho para poder empezar a hacer su trabajo. Mientras Bella estaba descansando tranquila sobre el césped del prado, Edward la tomó de su mochila y disparó una foto. Ella abrió los ojos enseguida y le sonrió a Edward, al dueño de su corazón, al joven amor de su alma.

– Deberíamos usarla más seguido, podríamos crear incluso un álbum de momentos especiales – le dijo Edward mientras veía en la pantalla la foto que había tomado. Su mariposa de alas de colores, la niña preciosa y valiente que amaba con su vida entera, su Bella. Porque era suya, sí… ¡Pobre de aquel que ose siquiera refutar aquella afirmación! ¡Bella era suya! ¡Suya para siempre!

– No es mala idea, Edward – le dijo con señas antes de quitarla de sus manos. Empujándolo para que quedara recostando sobre la verde grama y acostándose junto a él disparó un nuevo flash de luz, captando a dos jóvenes sonrientes y enamorados que en un prado disfrutaban de las cosas simples de la vida –. Vamos a tomar miles de fotos de ahora en adelante.

– Entonces ¿Qué esperamos? – le dijo a Bella antes de quitarle nuevamente la cámara y disparar una nueva foto. Un reto se había impuesto entre los dos, retratar con una fotografía cada momento que vivieran juntos por los siguientes meses. Nada difícil ya que ellos siempre hacían algo divertido y diferente cada día que pasaban juntos.

Como ese mismo mes cuando visitaron el invernadero donde les regalaron sus arbolitos cuando eran niños y alguien les tomó una foto. O como cuando en julio, Bella tomó de sorpresa a su tortugo cuando practicaba en su piano alguna melodía sin duda hermosa. En agosto alguien los captó sentados en el árbol de almendro una tarde, en septiembre una foto los delató mirándose en clase de literatura, y en octubre lo tomaron de sorpresa sonriéndose en la hora de almuerzo.

En noviembre una escapada a Port Angels, en diciembre fue Charlie quien los atrapó leyendo una carta a Santa Claus y una semana después el mismo Charlie descubrió que el ratoncito que subía por la cornisa de su casa por las noches se llamaba Edward Cullen. En enero más miradas traviesas y en febrero más sonrisas acompañadas de una tierna cena en "Bella Italia" celebrando de esta manera San Valentín.

Marzo fue el mes del béisbol con los Cullen. Abril una nueva visita al prado y un gracioso resbalón que, aunque no fue captado por la cámara, será recordado por la foto que retrata el momento que Edward ayudaba a Bella a ponerse de pie. Una cascada fue lo que descubrieron en mayo y junto a ella se tomaron fotos. Junio, el mes donde todo empezaría estaba retratado con una foto de ellos en el prado, del lugar donde todo dio inicio.

Junio 20 había llegado, y por supuesto el cumpleaños de su tortugo había venido con la fecha. Unas noches antes, sentada junto a la cajita donde guardaba todas las instantáneas de su último año junto a Edward, se le ocurrió una idea. Juntarlas todas en un gracioso scrapbook que ella misma haría para él.

No perdió mas el tiempo. Escogió las 24 mejores fotos y las juntó de dos en dos en las láminas del álbum que prepararía para él. Sonrió todo el tiempo mientras lo hacía, recordando los exactos momentos en que esas imágenes fueron captadas. Cada lámina llevaba, además de las fotos, el nombre del mes, diminutos dibujitos alusivos a lo vivido, pequeñas actividades que realizaron juntos, y una frase escogida por ella que captaba con palabras lo que las imágenes mostraban. Finalizó su scrapbook con una portada donde dibujó a su sonriente tortugo y copió un pedazo de canción de Green Day, una de las bandas que le gustaban a Edward. Cuando finalizó su trabajo lo vio y sonrió contenta. Un año más había pasado junto a su Edward y ella estaba más que emocionada que su amistad con él era ahora más fuerte que nunca.

– Es… es simplemente…wow– susurró sorprendido Edward cuando recibió su regalo de parte de Bella en el prado aquella tarde –. ¿Son todas nuestras fotos? – le preguntó Edward en señas. Ella asintió –. Bella… eres fabulosa – le agradeció dejándole un beso en su mejilla ocasionando así en ella un fuerte rubor.

– ¡Feliz cumpleaños, tortugo! – le dijo mientras sonreía en aquella última seña, una alegre tortuga saliendo de su caparazón.

Ambos lo sabían pero no lo querían admitir, cerca estaba ya el día que ellos se dejarían de ver como el tortugo y la mariposa, y se verían como el hombre y la mujer que eran. Un par de jóvenes que en silencio se habían amado por años y que estaban listos para dejar a su corazón tomar el mando del asunto.

En esta historia de amor tan compleja y complicada como estos adolescentes, hay pequeñas pautas que nos dan a entender que ellos se amaron desde un inicio, quizás desde que fueron niños y de la mano caminaron juntos al salón de clases. Se adoraban más allá de lo visible, se amaban más allá de lo creíble. Bastaba ver solamente las frases que consciente o inconscientemente Bella había escogido para la última lámina del scrapbook de Edward.

"El amor vuelve extraordinaria a la gente común"

– Tierra llamando a Edward – su madre chasqueó sus dedos frente a él atrayendo así su atención para que soplara las velas. Bella, quien estaba a su lado, le sonrió y lo animó a pedir un deseo. Edward cerró los ojos y con fuerza sopló las velas. Su último deseo de cumpleaños había sido cumplido un par de años atrás, esperaba que éste corriera con la misma suerte.

A pesar de compartir esa noche la misma mesa, Rosalie no estaba muy cómoda con la presencia de Bella en su casa. Ya no la detestaba, ahora estaba intentando tolerarla gracias a la ayuda de Alice pero aun así era difícil. Debido a los esfuerzos de Rosalie por aguantar a Bella, Edward bajó también un poco la guardia. Ya no la evitaba tanto y de vez en cuando compartían conversaciones cortas en la mesa. La condición seguía en pie y como Rosalie no la había cumplido, él tampoco cumpliría su parte.

Después de llevar a Bella a casa, de permanecer con ella un rato en la cama y arrullarla con suaves movimientos hasta verla dormida, Edward le confesó nuevamente su amor.

– Eres preciosa mi pequeña Bella… Tú me haces feliz de tantas maneras que no puedes imaginar. Te amo – le dijo antes de dejar un beso en su cabeza y salir de su habitación. Antes de salir le regaló una última mirada y la frase final de su scrapbook vino a su cabeza.

"El amor vuelve extraordinaria a la gente común"

Edward sacudió su cabeza y salió de allí. Permaneció sentado varios minutos en el auto tratando de asimilar aquella frase. Amor, ella había usado la palabra amor, no cariño, no aprecio, amor… Ella amaba… ¡Sí! ¡Ella amaba!

Como si alguien le hubiese tomado una foto, un flash de luz apareció en su cabeza. Llámenlo epifanía, súbito descubrimiento o iluminación divina. La cosa es que Edward encendió su auto y prácticamente voló a su casa. En el trayecto hizo una llamada importante.

– Contesta, contesta…– masculló al notar que al tercer timbre Mike no había descolgado el teléfono.

– Newton aquí, Cullen allá – se escuchó su adormilada voz – ¿Qué necesita el cumpleañero del día?

– Mike, el baile… el del graduación de los de último año ¿Es la semana que viene? – gritó Edward al teléfono que estaba conectado con el dispositivo de manos libres.

– Sí Edward… ¿Por qué? ¿Vamos a colarnos? – preguntó esperanzado.

– Avisa a Ben, vamos a ir a ese baile con las chicas. Te llamo cuando llegue a casa – le dijo rápidamente.

– Espero tu llamada. ¡Eres mi ídolo Cullen! – Edward sonrió y cerró la llamada.

Esa noche, con papel y lápiz a la mano, Edward pasó horas planeando la estrategia perfecta para poder invitar a Bella al baile. Diseñó un plan, construyó un mapa, imaginó la escena ideal.

Una divertida propuesta para llevar a Bella al evento donde al fin le declararía su amor…


¡Hola, hola!

Cariños mios, domingo de Silent Love y una vez mas aquí estamos. Debo confesar que he amado este capitulo, pixie conoce a su caballero sureño, Rose se derrumba y un tortugo enamorado al fin decide hablar. ¿Quizas un tercer beso cambie el rumbo de las cosas? Ya veremos que sucede mas adelante.

Como siempre, un caluroso saludo a todas las lectoras que esta semana se han sumado a esta historia. Muchas gracias por estar aquí y agregarme a sus alertas y favoritos. Para mis chiquillas de siempre un abrazo a quienes me dejaron su huellita esta semana: Mary2413, chusrobissocute, cintia black, NuRySh, injoa, MCPH76, Nikki . CB, Ssil, Mentxu Masen Cullen, VictoriamarieHale, CaroBereCullen, TereCullen, Lia, Alcestis Cullen, lizzycullenswan, o . O Yury O . o, VivianCullen94, Karlitha, L'Amelie, anita Cullen, Almaa Cullen, Sully YM, romycrazy, mgcb, Carmen Cullen - . i love fic, Lux . com, karla-cullen-hale, isabela91, LUZ . C . C, rarosy, Susana, tayloves, Milita . Cullen, Anabella Valencia, Nohemi, Sky Lestrange, saloh, fany cullenpattz, Adriu, Mary de cullen, DianElizz, vampireprincess20, Valeriax100pre, pgg, VaNeSaErK, magusl92, kellys, vivi S R, Luchii, Gegargas, Tere Mooz, hilarycullen17, Bite Me Sr . Cullen, maddycullen, Sony Bells, Marianixcr, martinita, V, anamart05, terra2012, Deysi Maria, bellaliz, Nay, Estteffani Cullen-Swan, ALI-LU CULLEN, cremita, Jhiradln, Ness Masen, gpattz, Patchmila Cullen Mellark, CindyLis, Verota, isaag29, Erendira, magymc, litzy, EdithCullen71283, Ely Cullen M, Diana, AnithaPattzCullenPacker, marihel, Cullen Vigo, Saraitk Hale Cullen, Bethzabe, Tata XOXO, ludgardita, Laura Katherine, siscullengranger, Chuvi1487, Esme Mary Cullen, Lakentsb, Marchu, RED REAPER LoMy adictalfanfic, Tanya Pattz Cullen, Angie Masen, Alibell Cullen, patymdn, Blind Wish, MaxiPau, Deathxrevenge, LOQUIBELL, JELI, JolieCullen, joli cullen, Linferma, Marian Tosh, Katiuska Cullen Swan, Isita Maria, Chayley Costa, keimasen86, Poemusician, Juliana, AlejandraZJofre, PattyQ, cari, LikiSeconds, MarrMejia, LIZZY CULLEN, Meri Cullen, Naobi Chan, Ara, para las lectoras silenciosas, a las niñas del facebook, a las de twitter, a las del blog, mi corazón de condominio las adora a todas.

Isita, esta semana te luciste. Eres la mejor amiga y beta que se puede pedir. Captas todas mis ideas y las plasmas en cosas hermosas. Te adoro, gracias por aguantarme. Gaby, mujer ingrata, espero verte la semana siguiente por acá… Necesitamos una buena dosis de alcohol. Marti, la manager más loca del mundo, gracias por reírte de mis osos semanales en la oficina, un cumpleaños se acerca ¿no?

Esta semana la betita y yo tuvimos trabajo preparándoles un video con las imágenes del scrapbook que se describe en el capítulo, espero que les guste porque lo hicimos con mucho cariño. Les dejo aquí el link, recuerden quitar los espacios:

www . youtube . com / watch ?v=GWogMu66vaw

No aburro más, ¿Qué tal les pareció el capitulo? Triste la historia del oso ¿No? Pronto sabremos mas sobre su pasado, apuesto que lo van a adorar tanto como yo. Hasta eso, les deseo una excelente semana y como siempre nos veremos el miércoles en el blog. ¡Las leo en los reviews!