"Yo no sé desde dónde, hacia dónde, ni cuándo regresarás...
Sé sólo que te estaré esperando."
José Ángel Buesa
Capítulo 10
Adiós
Una ráfaga de aire helado se coló hasta el último rincón de la cabaña. El viento silbaba. Amalia miraba la escena con ojos desorbitados, abrazando fuertemente a Aioria.
–¡Conteste! ¿Quién es usted? –exigió una respuesta el anciano.
Lentamente aquel individuo se llevó una mano a la cabeza, haciendo que el nerviosismo del viejo incrementara colocándose instintivamente en guardia.
–Soy yo… –aquella voz le sonó sumamente familiar a Amalia. –…Aquiles. –dijo al tiempo que el hombre descubría su cabeza.
–¡Aquiles! ¡Eres tú! –seguía igual como lo recordaba, su cabello ensortijado como el de Aioros, sólo que el de Aquiles era de un negro tan intenso, casi azulado, y su ligera barba de candado seguía ahí; aunque había perdido un ojo y su rostro estaba marcado para siempre con aquella cicatriz su único ojo castaño seguía teniendo esa mirada dulce que lo caracterizaba.
–¿Lo conoces hija? –preguntó desconfiado sin despegar la mirada del caballero.
–Sí papá, él nos salvó la vida a mi y a los niños, nos ayudó a escapar del castillo. Es hermano de Crono, tío de Aioria y Aioros. –Amalia lo miró con agradecimiento.
–Lamento haberlos asustado. –estaba sumamente apenado.
–¡Pasa hombre! No te quedes ahí parado que vas a hacer que la cabaña se congele. –el anciano refunfuñó haciéndolo pasar y cerrando con un portazo.
–Siéntate Aquiles. Te traeré un café caliente. –le dijo amablemente colocando al niño de nuevo en el suelo.
–Gracias. –Amalia volvió a encender el candelabro de tres velas y le acercó una taza humeante. Aquiles miraba la cabaña en todas direcciones, gesto que no pasó desapercibido por la mujer.
Aioria se acercó a él, extrañado de ver a alguien; su única compañía siempre habían sido los niños, Amalia y el viejo. Aquiles inmediatamente le sonrió, y sin pensarlo dos veces tomó al niño entre sus brazos y lo estrechó.
–Aioria… cuanto tiempo tuve que esperar para verte de nuevo. –Suspiró aspirando el aroma del pequeño que ya había dejado de ser un bebé.
El niño se dejó abrazar sin dejar de mirar a Amalia extrañado. Ella simplemente sonrió viendo como a Aquiles se le escapaban un par de lágrimas.
–Aioria. Él es tu tío, su nombre es Aquiles. –le explicó al pequeño. Aioria solo atinó a sonreír cálidamente y seguir jugando con el caballito de madera que se negaba rotundamente a soltar desde que se fuera su hermano.
–Me imagino que todo este tiempo los has estado buscando como loco, sinceramente nunca creí que escaparías con vida del castillo aquella noche.
–Yo tampoco; y sí, los he estado buscando por todos lados… ¿Dónde está Aioros? ¿Él se encuentra bien?
Amalia suspiró, lo cuál sólo hizo que Aquiles se pusiera nervioso.
–Ayer por la noche, –los interrumpió el viejo quien se había mantenido al margen de toda conversación. –Helena, mi nieta, salió a recoger leña cuando inició una fuerte tormenta. Al ver que no regresaba Aioros salió a buscarla. Le dije que si el tiempo seguía mal, buscaran algún refugio y no regresaran hasta el día siguiente cuando la tormenta amainara. Cuando llegaste creímos que se trataba de ellos.
–Pensamos que se han demorado porque están esperando a que la nieve endurezca un poco. –dijo Amalia con preocupación. Le sorprendía la falta de expresividad en el rostro de Aquiles.
–Iré a buscarlos, pudo haberles pasado algo. –dijo poniéndose de pié y entregándole al pequeño sin haber tocado su taza de café.
–Pero Aquiles… ¿No será mejor esperar un poco más? –Amalia intentó inútilmente de disuadirlo.
–Déjalo hija, ahora es su turno de cuidar de los suyos. –dijo el anciano colocando una mano sobre su hombro.
xXx
La nieve había dejado muy resbaladizas las rocas, con mucho cuidado fueron escalando la encrespada ladera, no fue sino hasta que les faltaron pocos metros para llegar a la cascada congelada, que Aioros se dio cuenta de lo complicado de la situación en la que se encontraban.
–Rayos, creo que si está muy empinada. –dijo mirando con recelo la cúspide que se alzaba unos quince metros por arriba de donde ellos se encontraban.
–Pero ya casi llegamos, no podemos regresarnos… ¿Qué hacemos Aioros? –preguntó la niña con preocupación.
–Subiré yo primero, ve detrás de mi, sujétate de donde yo me sujete y apóyate lo más firme que puedas.
–Sí. –le contestó anudándose la falda a la cintura para que no le estorbara en su andar.
A pesar del gélido clima, ambos niños sudaban debido al esfuerzo físico que realizaba. Cuidadosamente, Aioros colocaba un pie ó una mano a la vez, hasta sentir la seguridad de poder avanzar. Por fin, después de angustiantes minutos Aioros llegó jadeante a la cima ayudándose de la rama de un pequeño árbol seco, inmediatamente arrojó el arco y el carcaj, y se deshizo del morral, para ayudar a Helena a subir.
–¡Vamos Helena, ya casi llegas! –gritó extendiéndole la mano para ayudarla a subir el último tramo.
–¡Sí! –afirmó la niña con una sonrisa triunfal.
Y sujetándose de la misma rama que a Aioros le sirvió de apoyo, intentó subir un poco más para tomar su mano.
Y la rama se rompió.
En un intento desesperado, Aioros se estiró y logró apresar la mano de ella. El grito desesperado de Helena hizo eco en el lugar.
–¡Sujétate fuerte! ¡Por nada del mundo me sueltes!
–¡Aioros! –las lágrimas de desesperación se agolparon en los ojos de ambos. Sus manos enfundadas en guantes y entumecidas por el hielo sudaban.
Aioros hizo un intento sobrehumano de halarla pero no pudo, la pendiente era pronunciada y la nieve estaba suelta en ese sitio, sentía que si se movía un poco más terminarían cayendo ambos al precipicio.
–¡Aioros! Tendrás que soltarme, si no, los dos vamos a caer…
–¡No! ¡No te soltaré! –contestó molesto, y en un último intento por subirla sintió como la resbaladiza nieve y la gravedad hacían su trabajo. Pero Aioros jamás la soltó.
Los niños gritaron al sentir la inminente caída, y de repente alguien los detuvo. Un par de brazos fuertes sostuvieron a Aioros del abrigo, sujetándolo firmemente de los hombros para subirlos a los dos.
Al encontrarse a salvo, jadeantes, sudorosos y llenos de lágrimas, se dejaron caer sobre la nieve.
–¡Gracias! –susurró como pudo el niño, tratando con una mano de taparse los encandilantes rayos del sol que le impedían ver el rostro de quien los había auxiliado.
–De nada, su majestad. –contestó con una risita.
–¿Su majestad? –preguntó Helena contrariada.
–Esa voz… –Aioros se puso de pié, logrando distinguir por fin aquel rostro. –¡A… Aquiles! ¡Tío Aquiles! ¡Eres tú! –gritó el pequeño derramando lágrimas de dicha y arrojándose a los brazos del caballero.
–¡Creí que tu también habías muerto!
–Créeme yo también creí más de una vez que había muerto. –le dijo contento.
–¡Te extrañé tanto!
–Te juro que nunca dejé de buscarlos. Pero ya estoy aquí. –le dió un beso entre los risos despeinados.
Helena se conmovió con la escena, estaba contenta de ver a Aioros tan feliz. Nunca lo había visto tan animado.
–Tío, ella es Helena. Es hija de Amalia. –la pequeña hizo una reverencia.
–Es un placer Helena… Tiene mejores modales que tú. –le dijo dándole al chico un codazo. –Y veo que también le va mejor esa cinta de color rojo que a ti. –Helena rió de buena gana y Aioros sólo levantó la nariz en un falso gesto de indignación.
–Muchas gracias señor Aquiles, nos ha salvado la vida. –sentenció la niña con una sonrisa amable.
–No fue nada, ambos son unos suertudos… Bueno, vamos a la cabaña de tu abuelo, Helena, acabo de estar ahí con ellos, ambos están muy preocupados por ustedes dos.
Y juntos emprendieron el camino de regreso a casa.
xXx
Comenzaba a atardecer cuando abrió los ojos, recordaba vagamente haber despertado en varias ocasiones con mucho dolor para inmediatamente volver a quedarse dormido boca abajo sobre su cama. Entre sueños, sintió como un par de manos curaban sus heridas. A pesar de haber dormido tantas horas se sentía cansado. No lograba recordar claramente qué era lo que había sucedido. En algún momento, debido al intenso dolor quedó inconsciente. Intentó ponerse de pie, pero el dolor regresó y una presencia lo hizo que volviera a recostarse.
–No es buena idea que te levantes.
–¿Eh…? ¿Quién eres? –no respondió. Únicamente se acercó unos pasos a la cama para estar dentro de su campo de visión.
–¡¿Tú?! Estabas ayer por la noche cuando Ares ordenó que me azotaran… Tú eres… –la viejecilla simplemente asintió con la cabeza con los ojos inundados en llanto.
–Shhh… No hables tan fuerte Saga, –habló casi en un susurro– hay una guardia montada afuera de tu recámara, en cuanto sepan que estas consciente me llevarán de nuevo al calabozo.
–¡No! ¡¿Por qué?! –dijo en tono de impotencia.
–No te preocupes por mi, yo estaré bien. –le dijo acariciándole la larga cabellera azul.
–¡Lo odio! –dijo entre dientes. –¿Quién se cree para hacer todo esto? ¡No tiene ningún derecho! Abuela… algún día me vengaré de todo lo que te ha hecho, a ti y a Kanon… –la anciana le sonrió con ternura.
–No debes de alimentar con rencor tu corazón Saga, eso es precisamente lo que él quiere. Es lo que ha buscado durante todos estos años atormentándote de esa forma.
–¿Y qué se supone que debo de hacer? –dijo con frustración.
–Esperar. Llegará el momento en el que tu temple y tu voluntad serán puestas a prueba. Y ese día decidirás tu destino y el de muchas otras personas más a tu alrededor. Y en ese momento podrás deshacerte para siempre de él. Te lo prometo hijo mío. –le dijo al oído tomando fuertemente una de sus manos en señal de apoyo.
–Abuela… ¿tú me curaste?
–Sí. Por alguna razón Ares no quiere que te queden citarices en tu cuerpo. Sólo una hechicera como yo puede lograr eso después de los azotes que te dieron. –suspiró pesadamente mientras reacomodaba el suave lienzo impregnado de hiervas colocado sobre su espalda.
–Entonces, estoy feliz de que Kanon se haya escapado, y de que Ares me castigara por ello, si no fuera así no te hubiera podido conocer. –dijo el chico con una sonrisa de lado.
–Saga… –la anciana se conmovió con sus palabras y derramó un par de lágrimas. –Yo también tenía muchas ganas de verte. Desde que nacieron tú y tu hermano fui encerrada en esa celda y no había visto la luz del sol hasta el día de hoy. –dijo dirigiendo su mirada empañada hacia la única ventana de la enorme habitación.
–¿Pero por qué te encerró?... –su pregunta no pudo ser contestada. Los guardias lograron escucharlos y entraron intempestivamente con la firme intención de llevarse a Leda.
La anciana abrió los ojos como platos. Se le había acabado el tiempo.
–¡No! ¡Déjenme estar con él sólo unos minutos más! ¡Por favor! –imploró retorciéndose en los brazos de ambos guardias.
–¡Abuela! ¡No se la lleven! ¡No la lastimen! –gritó Saga desde la cama. Como pudo, la anciana se zafó del agarre acercándose de nuevo a Saga.
–¡Escúchame bien hijo! –se le acercó para susurrarle al oído. –¡Cuida a tu hermana!
–¡¿Qué?! –la sorpresa se dibujó en los ojos del peliazul.
Los guardias tomaron a Leda de ambos brazos llevándosela a rastras, quien en el umbral de la puerta solo alcanzó a gritarle al niño.
–¡No te preocupes por mi Saga, yo estaré bien! ¡Haz lo que te dije!
Los guardias cerraron de un portazo, dejando a un Saga envuelto en las dudas y la confusión.
–¿Mi hermana…? Tengo una hermana…
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–Partiremos mañana al amanecer. –dijo llevándose un trozo de pan y queso a la boca.
–¡¿Qué?! ¡No! Yo no me quiero ir… –depositó fuertemente el tarro con leche sobre la mesa derramándola un poco.
–Necesitas entrenar Aioros, además este lugar no es seguro, pronto vendrán a buscarte. Ares no se quedará de brazos cruzados sabiendo que sigues con vida. Tarde o temprano vendrán a buscarlos a ti y a tu hermano. –dijo tratando se sonar conciliador.
–Pero, nadie nunca ha llegado hasta acá… ¡Yo… yo me quiero quedar, yo no quiero ir a entrenar, yo soy feliz aquí! –las lágrimas se agolparon en sus ojos azules.
–Entiende Aioros, si yo llegué hasta aquí, Ares también puede hacerlo.
–¡No! ¡¿Y quién te dijo que yo quiero reclamar el trono?! –Aioros se levantó de la mesa muy enojado.
–¡Aioros, hijo! –Amalia intentó detenerlo colocando una mano sobre su hombro.
–¡Suéltame! ¡Tu no eres mi madre! –sus filosas palabras hirieron a la pelinegra. Aioros salió corriendo de la cabaña sin rumbo fijo.
–¡Muchacho! ¡Vuelve acá enseguida y discúlpate con Amalia! –le gritó Demetrius asomándose por la puerta.
–Déjalo papá, él no es así. Esta molesto… yo también los voy a extrañar. –dijo soltando un par de lágrimas.
–¡Mamá! –Helena se le acercó aferrándose a su falda– Mamá… no quiero que se vayan. –dijo con voz desmadejada y ojos cristalinos.
–Yo tampoco quiero que se vayan hija… Pero es su destino. No podemos huir de nuestro destino.
Los minutos pasaban y Aioros no regresaba; para matar el tiempo Aquiles jugaba con Aioria, pero la paciencia de Aquiles se estaba agotando, y decidió salir a buscarlo.
–Saldré a buscarlo, antes de que oscurezca, no debe de haber ido muy lejos. –dijo colocándose el abrigo. –Aioria le siguió hasta la puerta, no quería separarse de él. Amalia lo notó.
–Si quieres puedes llevártelo, está contento de jugar contigo. De cualquier forma tiene que acostumbrarse a vivir contigo. –le dedicó una sonrisa triste. Él le sonrió.
–De acuerdo, lo llevaré conmigo. –Amalia le colocó al pequeño el abrigo, los guantes y el gorro.
–Listo. No tarden mucho. Prepararé galletas para cuando vuelvan.
–Gracias Amalia, no sé como te pagaré todo lo que has hecho por ellos. Te lo agradezco mucho.
–No tienes nada que agradecerme. Vamos, ve antes de que baje aún más la temperatura. –Aquiles le sonrió en respuesta y se colocó a un divertido Aioria sobre sus hombros.
Al salir todo estaba sumamente silencioso, la balbuceante plática del niño y el sonido de sus pisadas sobre la nieve era lo único que se escuchaba.
–¿Dónde crees que pueda estar tu hermano? –el niño le contestaba con gorgoreos y palabras mochas a las que rápidamente el caballero se acostumbró y supo interpretar fácilmente.
–¿La colina? Puede ser… hay una muy bonita vista desde ahí. ¡Vamos!
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–Realmente los voy a extrañar papá, no sé que voy a hacer sin ellos dos. –dijo la pelinegra mientras limpiaba la mesa.
–Será mejor así hija, ya escuchaste a Aquiles. Ya está en edad de entrenarse para reclamar el trono y enfrentar a Ares. Además Aioros es un chico fuerte y de buen corazón. Creo que no hay nadie mejor que él para gobernar Quirón. El berrinche que hizo esta tarde se le pasará, ya verás. –dijo mientras ayudaba a Helena a secar los platos de la merienda que la niña iba lavando.
–Tienes razón papá. Es mejor así…
Un fuerte golpe seco sobre la puerta de madera los interrumpió. Las voces afuera los alertaron. Amalia instintivamente tomó a Helena del brazo y la metió en la alacena de debajo del fregador. La niña no objetó, simplemente asustada obedeció. Otro golpe y la puerta fue derribada. En un par de segundos una decena de soldados de negra e inconfundible armadura entraron seguidos de Gigas. Estaban rodeados.
A sus adentros Amalia agradeció que Aquiles estuviera con Aioria.
–¡Amalia! Hace mucho que no te veía… –habló burlón el del ojo carmesí acercándose peligrosamente.
–¡Largo de mi propiedad! –gritó el anciano. Gigas sólo rió para sí mismo.
–Señor, le recuerdo que aunque su casa esté en las montañas, usted sigue viviendo dentro de los límites de Quirón, ahora gobernados por su Majestad el señor Ares… Y si le molesta nuestra presencia ordenaré que le corten la garganta. –hizo un gesto con la mirada a uno de los soldados quien con un golpe en el estómago obligó a Demetrius a arrodillarse. El soldado tomó al anciano de los cabellos y colocó el filo de su espada sobre su cuello.
–¡No, papá! ¡No lo lastimen! –imploró Amalia angustiada– ¡¿A qué has venido Gigas?!
El regordete hombre rió sonoramente. –Vaya, pero que mala memoria tienes mujer. Parece ser que últimamente te has adentrado en una práctica de la que muy pocos sospecharían de ti.
–¿De que estas hablando?
–¿Crees que soy idiota? ¿Crees que puedes engañar a todo mundo con tu facha de buena y abnegada mujer? –Amalia vio cómo se paseaba despreocupadamente por inspeccionando la cocina.
–No… Yo ya lo sospechaba, pero no fue sino hasta que el oráculo nos lo confirmó, incluso nos dijo dónde encontrarte. ¿Puedes creerlo Amalia? –se burló.– La misma Leda quien te entregó a la niña para que la ocultaras y la protegieras nos ayudó a dar con tu paradero. ¡Qué ironías tiene la vida! ¿no lo crees?...
Amalia no se movió de su lugar e intentó que ningún gesto de su rostro o de su mirada la delatara. Lo que Ares ignoraba por completo es que ella tenía también a los hijos de Crono.
–Te equivocas Gigas, yo no tengo a la niña. –dijo en un tono de voz apenas audible. –Ella murió, poco después de que me fue entregada.
–¡Mientes! –gritó acercándose a ella peligrosamente halándola de los largos cabellos– ¡¿Crees que voy a creerte y darme la media vuelta para salir por esa puerta?! –Amalia podía sentir el incómodo y fétido aliento que emanaba de aquel hombre, a pesar de su estatura tenía una personalidad imponente, y más que nada temía por la vida de su padre y la suya propia; pero sobre todo temía por la que consideraba ahora su amada hija.
–¡Dime! ¡¿Dónde la ocultas?! –exigió. Esperó unos segundos aguardando por una respuesta. Amalia no emitió sonido alguno ni siquiera se quejó de su agarre.
–Bien, mi paciencia se acabó. Degüéllalo.
–¡No! –gritó Amalia por la vida de su padre. Y sin dar tiempo de nada la afilada espada cortó de tajo y sin hacer ruido alguno la garganta del anciano. Demetrius cayó de frente, apenas y alcanzó a colocar sus palmas para sostenerse, un charco color carmín crecía rápidamente frente a él, mientras sentía como su cuerpo se debilitaba cada vez más; intentó hablar, despedirse, decirle a su hija cuanto la amaba. Pero no pudo, por más que lo intentó ninguna palabra salía de su boca. La sangre y el dolor ahogaba su garganta. Sólo le lanzó una última mirada paternal a modo de despedida. –No te preocupes por mi hija, yo ya viví mi vida y la viví como quise, solo importas tú y Helena. Te amo.
–¡Papá! –Amalia lloró inconsolablemente mientras Gigas la sujetaba bruscamente impidiéndole acercarse–. Conmigo no se juega Amalia. –le susurró cerca de su oído– Ahora verás morir a tu padre frente a tus ojos.
Helena sintió que no podía más, con toda claridad escuchaba cada palabra que habían dicho. Se sentía culpable. Su pequeño cuerpo temblaba. Comenzó a derramar lágrimas silenciosamente, cubriendo con ambas manos su boca infantil para intentar no hacerse escuchar. Pudo ver cómo mataban a su abuelo por el orificio de la unión de ambas puertas de la alacena. –¡Debo de salir o matarán a mamá!
–¡Calla ya! Todo esto es por tu culpa. –le gritó arrogándola sobre una silla.–¡Átala! –ordenó a otro soldado.
–Sabes… nunca fuiste indiferente a mis ojos… pero nunca me dejaste acercarme. –Gigas la miraba lascivamente, tomó su espada y la acercó a su pecho, con el filo de la punta cortó lentamente el cordón que mantenía atada su blusa de la parte de arriba, dejando su pecho semidescubierto. Acarició uno de sus pechos con el filo de la espada.
–Dime, ¿qué se siente amamantar y traer a tantos niños al mundo y que ninguno sea tuyo?... –se le acercó tomándola del rostro sin despegar la espada de su pecho. Ella esquivó su mirada, Gigas la tomó de los cabellos para obligarla a verlo, al parecer él intentaba besarla. Amalia no soportó más y le escupió en el rostro.
Limpiándose el rostro con la manga de su túnica sonrió de lado, se acarició los nudillos de la mano contemplando los anillos que portaba en cada dedo.
–Bien, así lo has querido Amalia. Eres una mujer muy testaruda, pero yo te enseñaré quien manda. –y sin pensarlo dos veces estrelló su puño contra su cara.
Amalia escupió la sangre que se escurría de su boca, jamás había sentido tanto dolor físico y del alma al mismo tiempo en su vida.
–Eres un cobarde Gigas. –alcanzó a balbucear con el rostro hinchado y un hilo de sangre corriéndole por la comisura de la boca.
–Nada de eso mujer, sólo cumplo con mi deber.
Helena no soportó más aquella situación y salió de la alacena–¡Aquí estoy señor, pero no le haga daño a mi mamá! ¡Por favor! –dijo sorbiendo los mocos con el rostro bañado en llanto.
–¡Hija, no! ¡Debiste de haberte quedado dentro! –Amalia lloró.
–¡No permitiré que te lastimen mamá!
–Vaya, pero que pequeña tan valiente… –sonrió Gigas. –¿Sabes que ella no es tu verdadera madre? –la rubia sólo asintió con la cabeza, su corazón latía desbocado mientras las lágrimas no dejaban de correr de ver a su abuelo tirado en el suelo sin vida bajo ese charco de sangre y a su madre atada con el pelo enmarañado y el rostro enrojecido por el golpe.
–Te diré una cosa princesa, tú no perteneces aquí. Ella te robó, tu no deberías estar en este lugar. –le aseguró con un tono de falsa paternidad hincándose para verla a los ojos. –Pero no te preocupes, yo he venido por ti, he venido a rescatarte. –la niña lo miraba incrédula.
–¡No te la lleves Gigas! –imploró inútilmente Amalia, forcejeando con los amarres.
–Lo siento preciosa, pero lo nuestro tendrá que esperar. –le guiñó un ojo.
–¡Gigas!
–Mamá… –Helena intentó acercarse a su madre, pero Gigas la detuvo de las hombros. Quedó completamente ciega cuando otro soldado le colocó una funda de tela negra en la cabeza y la ató a su cuello. –¡Suéltenme! –todo pasó muy rápido. Intentó quitarse la funda de la cabeza, pero sus manos ya habían sido atadas fuertemente. Alguien la cargaba sobre su espalda, cual si fuera un costal.
–¡No! ¡Mamá! ¡Mamá! –Helena pataleo y gritó inútilmente. Ambas, madre e hija lloraban, era la despedida.
–¡Helena, hija! ¡No te la lleves Gigas!
En segundos Amalia se quedó llorando amargamente, completamente sola con el cadáver de su padre a unos cuantos metros.
Afuera Helena era atada a la silla de montar de un caballo, tenía frío comenzó a temblar frenéticamente. No veía absolutamente nada, solo una vaga iluminación del brillo de las antorchas que portaban algunos soldados.
–Prendan fuego a la cabaña –ordenó el regordete hombre.
–Veamos que tan valiente eres ahora Amalia. –murmuró para sí mismo Gigas.
Continuará…
Hola hola gente bonita, pues de aquí en adelante es puuuro drama total. Además de que se pone un poco mas emocionante la trama, más peleas y cosas por el estilo. Espero que les esté agradando. Besos!
Chiby.
