¡Buenas!

Voy a darle un empujón a este fic porque no recordaba tener este capítulo y se me va a borrar del doc manager XD

Para que os situéis, es un flashback y así nos refrescamos la memoria un poco. Es la versión extendida de la conversación que mantienen Radamanthys y Aldebarán sobre sus respectivas unicejas en el bar Atlantis, en el octavo capítulo.

Al principio iba a llamarse "Monólogos con entrecejo", dejando que el juez se explayara en sus aventuras, pero al final le he dado la palabra también a Aldebarán, con lo que Victoria Nike me sugirió cambiarle el título a "Diálogos con entrecejo". ¡Muchísimas gracias por la sugerencia!

A petición popular y para que nadie decida asesinarme por el retraso en actualizar este fic.

¡Espero que os guste!


Extra. Diálogos con entrecejo

Sentados sobre un taburete del bar Atlantis, dos figuras fornidas debaten profundamente sobre aquello que les une.

Estos dos hombres, guerreros de dos órdenes opuestas y enemigas acérrimas, no son ni más ni menos que el juez del Inframundo Radamanthys de Wyvern y el caballero de oro de Tauro, Aldebarán.

¿Cómo el destino ha hecho una pirueta para que ambos estén así, codo con codo, parloteando animadamente?

Gracias a Kanon, unido por el extremo de la cadena que lo ata a la muñeca del juez, quien insulta al inglés llamándole "Unicejo". Éste hecho, al ser escuchado por el caballero de Tauro, desata el enfado del noble brasileño, quien enseguida reprende la actitud del gemelo menor.

Radamanthys, quien no había tenido la oportunidad de ver el rostro de Aldebarán sin el casco, se maravilla al ver que aquel gigante tiene también una sola ceja.

Bajo el influjo, quizás del alcohol, junto con el cansancio acumulado por las largas jornadas atendiendo el desastre del Santuario se sumergen en una interesante charla sobre ese pequeño trozo de piel que existe entre ambas cejas y que en ellos está poblado por una frondosa capa de pelo. Rubia en el inglés, castaña en el brasileño.

Y como dicen por ahí, la desgracia compartida se hace más llevadera.

—¿Desde cuándo sufres las burlas de tus compañeros, Aldebarán?— preguntó el juez, interesado por conocer el pasado de aquel hombre.

—Desde que era pequeño, sin duda— rememoró el brasileño, dándole un trago largo a la cerveza—. Existen algunas fotos mías donde aún se ve esa pelusilla oscura en mi entrecejo. Fue realmente doloroso, puesto que mis compañeros, aprendices también para obtener la armadura de Tauro, se mofaban de mí por ello. Algunos eran lo bastante crueles como para decirme que un caballero dorado no podía ser tan feo.

Al relatar esto último, Aldebarán emitió un suspiro que encogió aquello que tuviera Radamanthys en las entrañas. Bien conocía él esas burlas, a pesar de que acontecieran en tiempos antiguos, cuando él era un niño cretense que un día llegó a ser rey…y más adelante, juez del Inframundo.

—Por favor, prosigue— indicó el inglés, agitando los cubos de hielo de su whiskey.

Aldebarán asintió y vació la jarra antes de continuar.

—Resulta que mi maestro, que se llamaba Espartaco, tenía la manía de hacerme coletas muy tirantes, ya que él no estaba dispuesto a cortarme el cabello. Con lo cual, mi rostro quedaba demasiado expuesto. Y con ello, mi entrecejo. Como ya te comenté antes— relató mientras observaba la jarra vacía— mis compañeros se metían mucho conmigo por eso. Harto de esta situación, decidí hacer algo al respecto. Lo primero que traté fue quitármelo. De hecho le pedí pinzas a una amazona para poder hacerlo. Pero quitarme un solo pelo suponía un dolor insoportable, por lo que decidí dejarlo tal cual. Tenía que haber alguna manera de ocultar mi entrecejo.

Radamanthys apuró su vaso y llamó a Anfítrite para que pusiera otra birra y otro whiskey.

—Gracias Radamanthys, pero ya me pagaste la primera ronda y es justo que te invite yo a ti— dijo el brasileño, quien levantó la mano avisando a la diosa—. Cóbramelo a mí, por favor. ¿Por dónde iba?

—Decías que buscabas una manera de ocultar tu entrecejo— informó el juez.

—Cierto— prosiguió Aldebarán— pues deseché la idea de depilármelo. Entonces opté por otra solución, que fue cortarme un flequillo que tapara aquello que tanto me avergonzaba y por el cual sufría las mofas de mis compañeros. Ni qué decir que fue una auténtica chapuza.

La fuerte risotada del caballero de Tauro inundó el bar. El juez se removió en su asiento, imaginándose lo que de niño pudo haber hecho aquel hombre.

—Sí Radamanthys, yo mismo me corté el flequillo. Obviamente quedó horroroso, porque al principio se me quedó un lado más largo que otro. Seguí recortando para igualarlo, pero entonces se me quedó desigualado del otro lado. Y cortando y cortando…me quedé con un flequillo muy corto, parecía un paje medieval o un monaguillo, con eso te lo digo todo.

El Wyvern, quien se hallaba en ese momento tomando un trago de su whiskey, tuvo que tapar su boca con la mano para evitar que el alcohol saliera disparado gracias a la risa que le dio al escuchar esto último.
—Como Willy Wonka, vamos— replicó cuando pudo al fin tragar la bebida y pode reírse sin temor a ahogarse.
—Exactamente. Estaba ridículo. Con lo cual, en ese momento tenía un problema añadido a mi uniceja y era ese ridículo flequillo.
—¿Y qué hiciste?— preguntó Radamanthys—. Porque seguro que tus compañeros te hicieron la vida imposible…
Aldebarán recogió la cerveza recién servida y pagó a Anfítrite.
—Pues verás…solamente una persona me vio de esa guisa.
—¿Quién?
El brasileño sonrió con nostalgia.
—Mi maestro. Te cuento— dijo el caballero de Tauro—, resulta que al día siguiente teníamos las pruebas para poder obtener la ansiada armadura de oro. Como me tocaría enfrentarme a mis compañeros, era obligatorio el uso de protecciones básicas. Sé que estuvo mal por mi parte, pero lo primero que busqué fue el casco de uno de los soldados rasos que vigilan el Santuario. Ni pechera, rodillera o muñequeras. Nada más levantarme de la cama aquel día, fui corriendo antes de que nadie pudiera verme en busca de tan ansiado objeto, que taparía tanto mi entrecejo como mi flequillo.
—¿Nadie se percató?— preguntó Radamanthys. Aldebarán negó con la cabeza.
—Afortunadamente. El caso es que regresé corriendo junto a mis compañeros y mi maestro que nos guió hacia el sitio donde tendrían lugar los combates. Mi maestro me regañó por tardar en llegar y me dijo que me quitara aquel casco, entregándome las protecciones de pecho, hombros y rodillas, que eran las adecuadas para nosotros. Me negué y dije que yo saldría tal cual, sólo con mi casco. Espartaco trató de quitármelo, pero yo lo sujeté fuertemente entre mis manos, aplastándolo contra mi cabeza.
—Preferías antes morir por un golpe certero en el pecho por no llevarlo cubierto a sufrir las burlas de tus compañeros— prorrumpió el juez.

El brasileño paseó el dedo índice de su mano derecha por el borde de la jarra.
—Qué estúpido fui…pero bueno, el caso es que así lo hice. Mi maestro me dio por perdido y pensó que gracias a esta desprotección caería en el primer combate. Pero mi fuerza de voluntad y sabiendo lo que tenía que hacer, conseguí derrotar a todos mis adversarios. Lo que más quería era poder vestir la armadura de oro de Tauro, puesto que así lo habían querido las estrellas. Y yo creía firmemente en ello, en que algún día todos mis compañeros se doblegarían ante mí al verme llevar aquella armadura. Ya no se reirían de mí.

—Así que querías obtener la armadura solo para que todo el mundo te respetara.

—Una opción egoísta, la armadura elige a su portador, que sólo sirven a aquel quien ellas decidan. Hasta los espectros sabemos eso— murmuró el juez, acodándose en la barra, rememorando por unos segundos cuando obtuvo la suya.
—Totalmente— afirmó Aldebarán— por lo que me quedé de piedra cuando aquella caja dorada no se abría para mi, a pesar de haber vencido a mis compañeros. Entonces mi maestro se dirigió a mí y me preguntó que por qué yo me consideraba digno de portar aquella armadura. Le dije que para servir a la diosa Atenea. La caja brilló un poco, pero no lo suficiente. Espartaco frunció el ceño y fue más incisivo acusándome de ocultar la verdadera razón. Al final confesé entre lágrimas el por qué quería la armadura. Le relaté a mi maestro todo el calvario de insultos que me habían proferido mis compañeros y que quería que ellos me respetaran de una vez. Entonces me dijo algo que se me quedó grabado para siempre en mi conciencia "El respeto no se consigue clamando venganza contra aquellos que te han ofendido, sino de hacerles ver que estaban equivocados respecto a ti y que tú sepas perdonar su error. Que lleves una armadura de oro no va a cambiar tu aspecto físico, porque Atenea nos ama a todos independientemente de cómo seamos por fuera. Lo que le importa de verdad es cómo seas tú por dentro".

El brasileño soltó un par de lágrimas rememorando aquella escena tan importante en su vida.
—Cuando comprendí aquello, fui capaz de admitir mi error de juicio y perdonar todas las afrentas que habían dirigido hacia mí mis compañeros. Entonces la caja comenzó a brillar como el sol y de ella salió la armadura de oro, ensamblándose en mi cuerpo rápidamente. Mi maestro sujetó el casco de oro y lo sostuvo entre sus manos. Había llegado el momento. Me retiró el casco de soldado.
—¿Y qué pasó?— preguntó intrigado el juez.
Una pequeña risa escapó entre los labios de Aldebarán.
—Pues que me preguntó que qué demonios le había hecho a mi pelo. Se lo expliqué brevemente y tras decirme que estaba tonto por hacer eso, me colocó el casco dorado de Tauro. No me lo quité hasta que el flequillo creció lo suficiente como para que no resultara ridículo. Tiempo después me lo quité para ir a Rodorio. Y me resultó agradable ver que la gente quedaba maravillada ante mí y no rehuían por mi entrecejo. Nunca jamás volví a recibir insultos respecto a mi uniceja. Y por supuesto que me juré que no volvería a ocultarla.

—Qué historia más emotiva— recalcó Radamanthys, quien se había bebido el otro whiskey y ya pedía un tercero.
—Una historia cursi, Aldebarán. Tú fuiste, eres y serás para siempre el Caballero de Oro de la Uniceja.

La voz de Kanon avivó al caballero de Tauro, quien se arremangó para golpear al gemelo menor.
El griego trató de desaparecer a otra dimensión, pero Radamanthys, quien lo tenía sujeto por el extremo de la cadena, tiró de ésta hasta situar al gemelo menor frente al brasileño.
— Y a ti apartir de ahora te van a llamar Carapartida, de la castaña que te voy a meter ahora mismo— gruñó el caballero de Tauro enzarzándose en una pelea con Kanon.

Radamanthys observó la pelea entre ambos, mientras apuraba su tercer whiskey y animaba a Aldebarán a darle fuerte a Kanon.

Una vez debidamente apaleado, Aldebarán depositó al maltrecho gemelo en el taburete junto a Radamanthys.
—Nadie entiende que tener una sola ceja aporta clase, fiereza y distinción a un rostro— dijo el juez—. A mí me dan la brasa continuamente para que me depile. No es la primera vez ni será la última que pille a Valentine y a Silphid con bandas de cera en las manos, acechándome mientras duermo. La última vez salieron ellos depilados— relató esta vez el Wyvern, esbozando una sonrisa maliciosa.

Aldebarán cruzó los brazos sobre la mesa y se sorprendió al ver una nueva jarra de cerveza rebosante. Sin pensarlo dos veces, le dio un trago, mientras se acomodaba para escuchar el relato del Wyvern.

—Siempre andan tras de mi, preparados en cualquier momento y lugar para sacar esas bandas que sólo un ser más malvado que mi dios ha creado. Y no te creas que se cortan a la hora de asaltarme. No sólo cuando estoy durmiendo, también cuando estoy cenando, o en el descanso, o entrenando. Incluso una vez se metieron en mi cuarto de baño mientras me duchaba, alegando que gracias al agua caliente los poros se abren y es más fácil depilar. Me cabreé tanto que el cuarto de baño quedó hecho un escombro al ejecutar uno de mis ataques. Pero bueno, luego lo reconstruyeron ellos, por tocarme los cojones.

Aldebarán sonrió. El juez del Inframundo era implacable en todos lados.

—Pero aquella noche sí que me enfadé. Supongo que el hecho de haber tenido un día duro en el Inframundo hizo que lo pagara con ellos, pero ese día yo no estaba para persecuciones depilatorias. Estaba agotado del día y quería dormir. Fíjate que ni siquiera quería ir a ver a Pandora, con eso te digo todo—el brasileño emitió una risa suave, al conocer este hecho—…así que cuando me metí en mi cama, apagué la luz y me di la vuelta. De repente sentí como alguien me sujetaba de los brazos y dejaba caer su cuerpo sobre el mío, mientras mis pies eran sujetados firmemente.
Y cuando Valentine pidió a Sylphid que me sujetara con fuerza para evitar que me moviera, simplemente estallé. Me los quité de encima rápidamente. Al encender la luz, vi a esos dos idiotas tirados en el suelo, frotándose las zonas con las que se habían golpeado. Y vi los paquetes de cera en mi cama. Les eché una bronca monumental. Y tan harto estaba de esta situación que decidí tomar cartas en el asunto por las malas.

—Querrás decir, por las peores…porque por las malas ya recibieron golpes. Nunca lo solucionaste por las buenas— remarcó Aldebarán.
—Sí, bueno…la diplomacia en el Inframundo no es un método de negociación que se estile demasiado, por eso tengo que actuar con contundencia— replicó Radamanthys, llevándose dos dedos al puente de la nariz. Iba por el cuarto whiskey y ya empezaba a notarse ligeramente abotargado. Aún así, pidió otro más.
—Pues pensé que si recibían de su misma medicina, me dejarían tranquilo. Así que en ese mismo instante, aprovechando su confusión pos los golpes, agarré aquellas bandas de cera y frotando unas entre mis manos las separé en dos. Me lancé sobre ellos y a ambos les coloqué esas bandas sobre la piel.
—¿En los brazos o en las piernas?— preguntó el brasileño, relamiéndose la espuma de la birra.
Radamanthys amplió su sonrisa maliciosa.
—En los huevos.

—¡No! ¿En serio que se lo pusiste ahí?— exclamó Aldebarán, componiendo una cara de dolor.
El juez observó el nuevo vaso de whiskey que Anfítrite le servía.
—Sí. Fui rápido. Les bajé la ropa interior y ahí les planté sendas bandas. Y me aseguré que quedaran bien pegadas…aunque he de reconocer que fue un momento un poco incómodo tener que sobarles la entrepierna a mis subordinados.

—Acabas de reconocer que le has hecho tocamientos a Valentine y a Sylphid— masculló Kanon, dejando escapar una risa. Por respuesta, Radamanthys tiró de la cadena.
—¿Acaso tienes celos, Repetido menor? Créeme que si te toco la entrepierna te la arranco de cuajo y se lo doy de comer a los perros.
Soltada la pertinente advertencia, el juez se giró hacia el caballero de Tauro.
—Fue divertido verles espabilar rápidamente y tratar de quitárselas. Pero cada vez que lo hacían, se arrancaban pelos, con lo cual chillaban como gorrinos por el dolor. Sylphid dijo que si lo hacían despacio no dolía tanto, pero eran incapaces. No imaginas lo que pude reírme. Idiotas— masculló el Wyvern—…lo mejor fue que estaban a mi merced, con lo cual pude recrearme tirando yo de las bandas y ver sus caras de dolor al arrancárselas. Se pasaron casi una semana caminando como vaqueros por todo el Inframundo, escocidos por la depilación. Sobra decir que a partir de entonces dejaron de incordiarme con ello.

—Hasta que mi hermano te depiló el entrecejo y al fin hubo justicia en el Inframundo— replicó Kanon, con una sonrisa malévola en la cara.
Aldebarán frunció el ceño.
—Eso fue cruel, mucho peor que lo que Radamanthys hizo a sus subordinados. No puedes comparar una cosa con la otra.

El gemelo menor se cruzó de brazos ofendido.
—Pues me dirás tú qué es peor, que te quiten una ceja asquerosa o los pelos de los cojones.

—¡Que te quiten la ceja, por supuesto!— exclamaron al unísono los dos aludidos.

Ahora Kanon alzó una ceja y musitó un reproche.
—Tú no lo entiendes porque tienes dos cejas. Pero tener una ceja es un don de la naturaleza, una maravilla que solo los elegidos podemos tener— relató Aldebarán.

—Gracias a tu hermano tengo esta cara de veinteañero. No provoco pánico ni temor a mi paso. Hasta las mujeres me miran más que antes— recriminó ofendido el juez.
Kanon abrió los ojos sorprendido.
—¿Te molesta que tu rostro se vea así? ¿Qué hasta hay amazonas que te consideran muy guapo? Por todos los dioses qué pedrada tienes en la cabeza…¡deberías estar agradecido de que mi hermano te depilara!

—¡Soy el juez del Inframundo debo mostrar seriedad en mi trabajo! Además, sólo debo agradarle a una sola persona y ésta persona me quiere tal y como soy. Con mi hermosa ceja. Pero a ti escuece que ella no se fijara en ti— replicó Radamanthys, terminándose el cuarto whiskey de la recién estrenada noche.

—Creo que voy a pasar de seguir hablando con vosotros dos. Estáis mal de la cabeza— finalizó Kanon, acomodándose en la mesa y hundiendo su rostro entre los brazos.

—Nunca sabrán valorar el poder de la ceja— dijo Aldebarán.
—Nunca— apostilló el juez, levantando su vaso para brindar con el brasileño.