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Parcialmente Vivo

Maye Malfter

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Capítulo X

Dos semanas habían pasado desde el cierre del caso Burke y las cosas entre Sherlock y John iban viento en popa. Era como si estar juntos hubiera sido su destino desde que se conocieron, pasando de amigos a amantes tan fácilmente como untar mermelada en una tostada. Por supuesto, todavía tenían sus desavenencias y la relación no estaba ni de lejos consolidada, pero negar que la adaptación al cambio de estatus se había dado sin grandes traumas hubiera sido mentir.

Sin embargo, y a pesar de que todo parecía ser maravilloso e ideal, había una preocupación creciendo exponencialmente dentro de la cabeza del detective; inoportuna, por decir lo menos, y relacionada a los temblores intermitentes que de vez en cuando le impedían llevar tareas de su día a día, cómo graduar el objetivo de un simple microscopio.

Según sus cálculos, llevaba más de cinco minutos intentando girar el tornillo micrométrico apenas lo justo para observar la muestra de moho que deseaba analizar, pero el temblor en su mano hacía estragos con su motricidad fina y todo lo que lograba era emborronar la imagen. Cerró los ojos y se separó del aparato, empuñando y desempuñando la mano en un intento por deshacerse del temblor, pero la mejoría apenas duraba unos segundos.

Lanzó la vista hacia la sala, notando con algo de alivio que el otro apenas y reparaba en él, demasiado concentrado leyendo quién sabría qué libro de los muchos títulos nuevos que ahora poblaban su estantería. Sherlock había estado por comentarle a John sobre sus temblores, siendo que el doctor se había especializado en el Síndrome de Fallecimiento Parcial durante su ausencia, pero siempre que lo intentaba algo parecido a la duda aparecía en su mente, haciéndole desistir.

Era como si la felicidad al fin hubiera tocado a su puerta y él temiera espantarla con algo tan nimio como un temblor que posiblemente no tenía nada de especial. John de seguro se preocuparía sin razón y terminarían perdiendo valioso tiempo que podía ser invertido en otras cosas, cómo encontrar nuevas y creativas maneras de hacer que John se corriera sin necesidad de llegar al sexo penetrativo.

Justo una semana antes, Sherlock aprovechó que John salió a comer con Molly Hooper para dirigirse al centro de tratamiento de SFP más cercano. Habló con el especialista de turno y le enseñó el temblor en su mano, recibiendo como diagnóstico que el temblor podía ser producto de la neurogénesis ocurriendo en su sistema y que seguramente pasaría con el tiempo.

El fulano le proporcionó un nuevo frasco de neurotriptilina para reemplazar el que estaba utilizando, supuestamente para descartar que tuviese algo que ver con fechas de vencimiento y químicos mal diluidos, y lo mandó de vuelta a su casa. Pero a pesar de haber cambiado de frasco y de haberse asegurado de cumplir con las aplicaciones cada día a la misma hora, en vez de remitir, los temblores habían aumentado, privándole de hacer cosas sencillas y frustrándole a más no poder.

Agitó la grisácea mano por varios segundos y volvió a mirarla, notándola tan quieta como si no pasara nada. Parecía que el temblor había pasado, por lo que Sherlock se acomodó en su silla y se concentró de nuevo en el microscopio, volviendo a su tarea de clasificar moho.

No habían pasado ni cinco minutos cuando un sonido extraño captó su atención, como una gota de líquido espeso chocando contra una superficie. Su sentido del oído se había agudizado gracias a su nueva condición, lo que a veces hacía que escuchar el grifo gotear o el fuego crepitar dispararan en su cerebro reacciones extrañas que ni siquiera él mismo sabía explicar. Así que decidió ignorarlo, en pro de terminar la tarea entre manos para ir a reclamar la atención de su pareja.

De nuevo el mismo sonido le puso en tensión, e incapaz de concentrarse de nuevo, cedió al impulso que le instaba a dejar lo que estaba haciendo y a buscar la fuente. Se separó otra vez del microscopio, mirando en todas direcciones, y poco tardó en darse cuenta del pequeño charco de sangre oscura y densa justo debajo de donde segundos antes estuviera su rostro.

Sherlock lanzó un grito ahogado, llevándose una mano rápidamente a la boca y poniéndola frente a sus ojos, vislumbrando un vestigio igual sobre sus dedos. Volvió a mirar a John, quién seguía como si nada, y de la manera más normal que pudo se dirigió al cuarto de baño para evaluar la situación. Una vez dentro y con la puerta asegurada, el detective observo en el espejo el pequeño hilo de sangre negruzca que le recorría desde la fosa nasal hasta el borde de los labios. Por alguna razón estaba sangrando por la nariz luego de un episodio especialmente largo de temblor en la mano; eso definitivamente no era normal.

Se apresuró a lavarse la cara para eliminar la evidencia de lo ocurrido, rogando porque a John no le diera por ir a revisar la mesa de la cocina justo en ese instante. Se miró de nuevo en el espejo y sus grandes irises amarillos le devolvieron la mirada, con una expresión asustada que el detective se apresuró en controlar. «No pasa nada. No es nada», se dijo, mientras se secaba el rostro con una toalla.

Aun así, Sherlock decidió que al siguiente día y tan pronto John se fuera a encontrar con Lestrade en el pub que ambos frecuentaban, él iría a ver a Mycroft y le comentaría de sus síntomas, pues si bien estaba intentando no alterarse, tener la opinión del gobierno británico y su equipo de científicos nunca estaba de más.

...

Era una hermosa mañana, el sol brillaba en la ventana y John observaba desde su lugar, entre los brazos de un muy dormido Sherlock, la manera en la que los rayos de luz se reflejaban en distintas superficies. Tal como cada mañana desde que él y Sherlock estaban juntos.

La noche anterior había sido realmente especial, la primera vez en mucho tiempo en la que John se permitía tener sexo con otro hombre cumpliendo el papel de pasivo. Sherlock había sido muy gentil y dedicado, y a pesar de las limitaciones de su condición, la velada había resultado ser de las mejores que John recordaba. Ahora, muchas horas después y con una ligera molestia en la base de la espalda como único vestigio de sus actividades, John no podía pensar en nada más que no fuera la felicidad de estar en brazos de la persona más importante para él, con un futuro por delante y muchas aventuras que vivir.

El leve gruñido de su estómago le hizo volver a pisar tierra, recordándole que hacía más de doce horas que no probaba bocado. Había quedado con Lestrade para almorzar y tomarse unos tragos, pero aún faltaba mucho para eso y por muy cómodo que se sintiera en ese momento, lo mejor era espabilar e ir a prepararse algo para desayunar.

El brazo de Sherlock le rodeaba la cintura, pero sólo bastó un movimiento —dominado tras un par de días de esperar sin éxito a que su compañero le dejara en libertad— para zafarse del agarre e incorporarse en la cama. Se levantó y buscó su ropa de dormir, esparcida de cualquier manera por el suelo, se vistió y se metió al baño sin hacer demasiado ruido. Se lavó los dientes y la cara, se tomó dos tylenol para el tenue dolor en el coxis y salió por la puerta del pasillo con rumbo a la cocina.

Tenía antojo de tostadas y café, por lo que puso la cafetera y la tostadora y esperó pacientemente a que ambos elementos de su desayuno estuvieran listos. Siguió pensando en lo maravillosa que era su vida hasta que el pan saltó y la cafetera sonó, y acto seguido colocó todo con presteza sobre la encimera, sirviéndose una taza grande de café y untando las tostadas con bastante mermelada.

Tomó el plato en una mano y la taza con la otra, girándose para colocarlo todo sobre la mesa y sentarse a comer. Un muy sonriente Sherlock le recibió al darse la vuelta, olisqueando el aire con gesto complacido. John sonrió de vuelta, apenas reaccionando cuando el detective se acercó a él y le besó muy rápido en los labios, robándole una tostada del plato en el proceso y llevándosela a la boca con expresión de haber hecho alguna travesura.

Todo sucedió mucho más rápido de lo que su mente podía procesar, pues en un segundo John tenía los ojos como platos al observar a Sherlock masticar la tostada y al siguiente notaba la confusión en el rostro de su compañero y la inminente zancada hacia el fregadero para escupir todo lo que había estado a punto de tragar.

—¿Qué fue eso? —aventuró John, luego de dejar el plato y la taza sobre la mesa y de ir a pararse junto al otro hombre, que seguía escupiendo y ahora se enjuagaba.

—No... No lo sé —dijo Sherlock sin levantar el rostro, parecía estar jadeando—. De pronto olvidé que no podía. Yo...

Sherlock alzó el rostro para mirarle y se le notaba bastante afectado, pero no fue eso lo que más llamó la atención del doctor sino el fino hilo de sangre negruzca que ahora bajaba de la nariz del detective. Algo en la expresión de John debió haber cambiado al ver eso, pues de inmediato Sherlock se tocó en ese lugar y comprobó la sangre en sus dedos, volviendo a mirarle con ojos asustados.

—Sherlock, ¿qué...? —comenzó John, pero el súbito desvanecimiento del otro interrumpió su pregunta, haciéndole a John tirar lo que acababa de colocar en la mesa en un intento por evitar que Sherlock fuera a parar al piso.

Tan pronto John le atrapó, el cuerpo del detective comenzó a contraerse en espasmos convulsivos que se hicieron cada vez más fuertes hasta que de repente simplemente cesaron. Nunca supo cuánto tiempo duraron los espasmos, pero cuando por fin cesaron John tuvo que hacer uso de toda su fuerza para poder llevar a Sherlock en vilo desde la cocina hasta acostarlo en el sofá de tres plazas.

«Tengo que llamar a Mycroft», se dijo. «¡Tengo que llamar a Mycroft ahora!».

...

Todo estaba oscuro. La luna alta en el cielo apenas alcanzaba a iluminar el vasto campo que se extendía más allá de lo que su visión le permitía distinguir. El viento silbaba en sus oídos, constante e imperturbable, y algo se retorcía debajo de él, cada vez con menos insistencia. Sus pensamientos eran densos y poco claros, pues de alguna manera sabía que estaba haciendo lo correcto pero aun así sus acciones llegaban a repugnarle.

Intentó recordar la última vez que se había alimentado y no pudo, signo claro de que ya era el momento de volver a hacerlo. No alimentarse significaba perder poco a poco la capacidad de razonar, y no podía permitirse semejante cosa. De todas maneras, el hombre debajo de él no era precisamente un inocente, y si igual ya estaba muriendo gracias al golpe que él le había propinado en la cabeza, qué más daba que terminara el trabajo.

Miró a su derecha y vio la piedra angulosa con la que había hecho su primer ataque, la tomó con ambas manos y la alzó sobre su cabeza, lanzándola hacia abajo con tal fuerza que no tuvo que ver el resultado para saber que había logrado partir el cráneo del criminal aprisionado entre sus piernas.

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Sherlock abrió los ojos, sobresaltado, los fragmentos de su sueño todavía frescos en su retina, recuerdos de su vida como rábido que no había sido capaz de borrar. Trató de calmarse y miró a su alrededor, reconociendo su habitación y a las dos personas que le miraban desde un lado de su cama. El gesto de John era de preocupación extrema, el de Mycroft en cambio era de controlada neutralidad.

—Sherlock, ¿me escuchas? —preguntó John, mirándole como si fuera una bomba a punto de estallar—. ¿Sabes quién soy? ¿Sabes dónde estás?

—Eres John Watson, esta es nuestra habitación y estoy muerto, no sordo —respondió Sherlock, mosqueado, intentando incorporarse sin mucho éxito. John le ayudó hasta que pudo sentarse, apoyándose en la cabecera de la cama—. ¿Qué me pasó?

—Tuviste un ataque —respondió Mycroft, mientras John terminaba de acomodar algunas almohadas en su espalda—. Sangrado nasal, desvanecimiento y convulsiones. Llevas inconsciente más de dos horas. —Sherlock frunció el ceño, sin entender realmente lo que le decían.

—¿Qué es lo último que recuerdas? —instó John, sentándose a su lado.

—Recuerdo despertarme y notar que ya no estabas en la cama —dijo, haciendo un gran esfuerzo. Sus pensamientos eran confusos y difíciles de discernir, tal como si tuviera un gran dolor de cabeza que no era capaz de sentir—. Olí el café y las tostadas y me levanté, dispuesto a acompañarte. Luego vi las tostadas y yo...

Sherlock calló en ese momento, recordando perfectamente lo que había hecho luego. Había mordisqueado una tostada con intención de comerla, olvidando su condición de SFP de manera inexplicable. Luego había sangrado por la nariz y todo se había puesto negro a su alrededor.

—Mycroft me dijo que fuiste a ver al doctor hace días, ¿es eso cierto?

El tono de John era más de preocupación que de regaño, pero Sherlock no podía evitar sentirse algo culpable por no haberlo comentado, sobre todo luego de lo ocurrido. Evidentemente algo estaba pasando con él, los temblores sólo habían sido el comienzo.

—Tengo... temblores intermitentes en mi mano derecha —confesó—. No pensé que fuera nada grave y el doctor dijo que no era nada.

—¿Desde cuándo? —Ahora era Mycroft el que preguntaba.

—Poco más de dos semanas —dijo Sherlock, enfocándose en su hermano e incapaz de ver a John a la cara—. Ayer sangré por la nariz y hoy pensaba ir a verte para pedir tu opinión.

—¿Y en todo ese tiempo fuiste incapaz de decírmelo? —inquirió John, mirándole con algo de reproche—. Sabes que soy especialista, pudimos haber evitado que llegara tan lejos.

—Lo sé —aceptó el detective, un poco incómodo por tener que hacer esto frente a su hermano, pero haciéndolo de todos modos. Era su precio a pagar por haberle mentido a John—. No quería preocuparte sin razón.

—Pero sí que hay una razón —intervino Mycroft—, y les aseguro que haré todo lo que esté a mi alcance para encontrarla —dijo, colocando una mano sobre el hombro de John en un gesto que Sherlock jamás le había visto hacer con nadie. Definitivamente, la presencia de Lestrade estaba surtiendo efectos raros en la manera de ser de su hermano mayor. Decidió no decir nada—. Ahora, si me disculpan, tengo cosas que hacer. Espero volver pronto con buenas noticias y un plan de acción. Nos vemos. —Y sin decir más, salió de la habitación, cerrando la puerta.

Se quedaron en silencio por bastante rato, algo que Sherlock no sabía realmente como manejar. ¿Acaso estaba John enojado con él? ¿Debía disculparse? Dado su historial de no ser honesto con el doctor y de las consecuencias de lo que su última gran mentira había ocasionado, el camino de pedir disculpas parecía el más adecuado.

—John —llamó, obteniendo la atención del mencionado—, siento no habértelo dicho antes. Yo... en verdad soy un idiota y no quise preocuparte sin estar seguro de que fuera algo grave. Creo que debí... —Pero no pudo terminar, porque John se inclinó sobre él para besarle. El detective correspondió el beso.

—No es necesario que te disculpes —dijo John luego de separarse—. Entiendo por qué lo hiciste y eso es suficiente para mí. Lo importante ahora es encontrar la salida de todo esto, ¿está bien? —El doctor le sonrió y Sherlock asintió en respuesta—. Bien —continuó, levantándose de la cama—, ahora intenta descansar mientras voy a prepararme una taza de té. Vuelvo enseguida —aseguró, saliendo de la habitación y dejando a Sherlock a solas con sus pensamientos.

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