Las dos caras del destino
10º
En la horma de su zapato
Omi
Al fin llegó el momento de entrar en acción: Se dignó en aparecer la sucia sanguijuela. Con la moto reintegrada en mi posesión, vine más pronto de lo ordinario al parque de los skates. Paralelamente que se sobrevino una intensa llovizna de la cual me resbaló en importancia. El clima no sería impedimento para detenerme. No había señales del maldito por lo que me quedé a esperarlo el período que fuera preciso. Estuve en cola casi por dos horas. El agua se escurría gradualmente de las solapas de mi chaqueta y rodaba por ambos lados de mi rostro goteando mis zapatos. Allí estaba, fuera de buscar refugio, de brazos cruzados y encallado en medio de la tempestad cuando Meg se presentó y caminó hacia mí, su semblante era una máscara imperturbable y grave —por favor, ¿a quién engaña?—, debajo del brazo apretaba la patineta contra el costado. Sin duda no viene a patinar o lo que sea que hacen. Ya se lo participaron. Mejor así, simplifica las cosas. Así que yo también avancé.
—Me dijeron que querías un arreglo de cuentas conmigo —profirió a un metro de distancia. Frenamos en consonancia y continuó, moviendo los brazos—: pues bueno, aquí me tienes.
—Si sabías ¿a esto le llamas "horas de llegar"?
—¿Qué, vives aislado en una cueva acaso? Está lloviendo y no iba a salir para mojarme. No seas vanidoso, tú no eres tan especial —sentenció dirigiéndome una sonrisa despiadada.
—Te das el derecho de hablar de los demás cuando deberías meterte en tus propios asuntos, digo ¿qué puedes pensar de un ser que abandona la pelea sin más? —fustigué con dureza.
—No, sólo hablo de ti —corrigió él inclinando la cabeza, aun sonriente—. Dime de una vez qué es lo que quieres.
—A lo largo de mi experiencia he visto a peleadores de todos los estilos, sea lo que eres lo tuyo no es similar a nada de eso y ni siquiera estoy seguro que seas uno. Por eso vine aquí, a demostrar que eres un farsante y acabar con esto.
—Te equivocas, Omi; esto ya acabó, cuando te humillé en tu territorio y la verdad es muy decepcionante que me acuses de farsa y formar pataletas en vez de admitir tu derrota, creí que tenías algo de decencia, pero si quieres más ayuda para tu complejo masoquista no te lo obstaculizo —enjuició encogiéndose de hombros—. Adelante, vamos con la revancha hoy. Probemos quien es el supremo, te reto a un duelo de copas. Gana aquel que resista.
—¡No, esto inició con una pelea y se resolverá con otra pelea! —mi queja sonó más como un ladrido de perro que cualquier cosa.
—Nadie dijo que debía resolverse con otra pelea, ¿o ustedes, chicos, oyeron que dijeron en algún instante que para las revanchas había que resolverlas con otra pelea? —inquirió Meg volviéndose a los skates, todos se arremolinaron alrededor nuestro con los ojos brillantes de expectación. Estaban demasiado alerta a lo que pasará (o previendo para sus adentros quien de los dos arremetería el primer golpe) para asentir a la preguntar— ¡no! ¡Obvio que no! Es esto o quédate con la huella de mi zapato en el culo.
—Muy bien, tendrás tu estúpido duelo —barbullé a duras penas moviendo la boca.
Los skates, el cabrón y yo nos orientamos a la sala de billar del que hace un mes me tropecé con Jack en un largo plazo. Ingresamos. La mitad de los que jugaban concurrían a la arena a divisar las luchas y apostar, era posible que hubieran estado ayer por el cómo se voltearon con nuestro advenimiento. Escogimos una mesa al azar poniéndonos frente a frente. Jalé mi silla y me desmoroné sobre el asiento. El hijo de perra giró la suya colocándola a la inversa y se sentó. Invocó al cantinero y le ordenó traernos tequila. Apoyó los codos en el respaldo y fijó su mirada penetrante en mí y yo en la de él. Y así perduramos. Ninguno desbandó la vista. La sombra de la visera curva no permitía que detallara bien el color de sus ojos, mas creía que eran de un matiz claro. El hombre surgió de la barra con dos botellas desatascadas en cada mano, iba a servirnos en vasos cuando lo frenó; atrajo la botella hacia él, la encerró con los dedos y bebió un amplio trago. También estaba acostumbrado a beber directamente del envase original y me apresuré a imitarlo. El líquido se abrió paso abajo por mi garganta, no sentí nada en un rudimento; no obstante, los efectos surten a lo poco y el licor reverberó mis entrañas abrasándolas. Era como tragar fuego. En los contornos de mis ojos había unos puntos negros y me estremecí. Malditos genes, reproché para mí en seguida de recuperar la compostura [1]. Aunque tuviera ira, si no medía con más mesura mis movimientos saldría derrotado, por consecuencia mis posteriores tragos fueron discontinuos y parcos. Los skates y algunos del bar se reunieron para contemplar el progreso del duelo.
—¿Te rindes? —indagó Meg en una fuerte exhalación dejando la botella en la mesa con un golpe—. Por favor di que sí, no forzosamente tiene que terminar contigo en el suelo.
—Si tú sigues, yo sigo. Podría hacer esto todo el día —contesté repitiendo sus palabras de ayer. Una sonrisa pequeña jugueteó en la comisura de sus labios, no era cruel ni mordaz ni sabía qué sentimiento significaba. Y se arrojó a beber los dos últimos tragos.
—¡Cantinero, la novena ronda! —exhortó.
—Y a mí la octava.
El barman trajo dos botellas y balbuceó algo parecido a par de locos estos. Ni Meg ni yo lo confrontamos, lo total es que hicimos caso omiso; yo estaba a bocajarro con la pared en que colgaron el reloj y podía ver el correr del tiempo. Las botellas se acopiaban una tras otra en la mesa y qué decir de Meg, no mostraba un indicio de bambolearse o pestañear como si no hubiese bebido ni pizca. Parece tan escuálido, era una caja de sorpresas este chico. Por mi parte, de tanto consumir licor mi laringe era un incendio indisoluble por lo que un sorbo no me producía alguna alteración, semejante a que se hubiera adormilado respecto a cualquier estímulo. Mis órganos interiores aullaban.
—Es increíble, tu rostro se ha puesto colorado desde media hora, debes estar muriéndote y no has querido renunciar. Lo reconozco, tu tenacidad es admirable, tal vez me caerías bien si no fueras un matón.
—No soy un matón —aclaré con brusquedad, sopesando sus palabras—. Yo no puedo decir lo mismo, odio a todos los farsantes.
—Bueno, si no eres un matón ¿qué eres entonces? ¿Qué es manifestarse de noche a golpear a decenas de chicos que son como tú y ufanarte de ello?
—Tú careces de idea de lo que hablas porque si supieras no te atreverías a compararme con ellos... soy un justiciero, peleo por los que no pueden —rugí echándome adelante. Aquello fue tocar muy lejos, lo observé con una aversión abierta y sanguinaria—. Lo que hago en la noche no te interesa. Conservo mis propias razones. —Acto seguido conduje la botella a mi boca y cerré con fuerza los párpados el trago que me faltaba. Uno larguísimo, por cierto.
Un hipo huyó de mis labios, los retraje sobre los dientes con sutileza por si hipaba de nuevo. Mi adversario se abstuvo de replicar, restringiéndose a ingerir. La aguja del reloj marcó las diez en punto y había perdido la cuenta de cuántas copas tomé. Sólo solicitaba al cantinero que me llevara más. El lóbulo frontal de la cabeza me latía dolorosamente, el estómago me ardía y tenía la boca seca. Mi cuerpo imploraba que parara. Lo ignoré y proseguí bebiendo, abrazado a la mesa porque me costaba mantener mi postura. La mayoría de los testigos se habían ido, aburridos. Ninguno ostentaba querer ceder, y además que no era tan entusiasta dos ebrios que dos brutos moliéndose a golpes.
—Me parece que eres el tú que careces de idea —repuso Meg enlazando los dedos, tras una prolongada pausa—. Para eso están las leyes genio, ¿no te das cuenta que estás traspasando líneas infranqueables? Podrías estar metido en un lío...
—¡¿A ti en qué te afecta que pelee, imbécil?! ¡Esto no es por la ley ni las peleas, es mi vida! ¡Y mi vida no la resuelve la ley! —espeté con un gesto despectivo, ¿qué se creía fingiendo preocupación y al otro segundo escarnecerse? ¿Cuál es su estrategia?— ¡no finjas, cállate y bebe! ¡Barman, mi botella! ¡¿Qué diablos espera?! ¡Quiero poner punto final a esta vaina!
Restregué mi frente con las yemas de los dedos de la mano derecha entre tanto que el brazo izquierdo ceñía el envés de la silla sosteniéndome, las sienes me palpitaban y la habitación temblaba de diestra a siniestra, excepto que era un temblor provocado por la ilusión de mi mente. El barman compareció con las dos botellas, le arranqué la mía sin hacer antesala y la sorbí con la barbilla en alto, mi muñeca vacilaba a tal manera que el licor se disgregaba por un lado de la boca y confluía por mi chaqueta y pantalones, me atraganté y tosí. Me limpié con el dorso de la mano.
—Estás borracho justiciero, es evidente que ya no puedes con más...
—¡¿Quién ha dicho que no?! —Mi voz se alzó en una nota de exasperación—. ¡Te dije que si tú seguías, yo igual! ¡¿O es que no te quedó claro?!
—¡Ya basta! Vete a tu casa, dúchate y tómate una píldora para la resaca. Este duelo acabó, vencí.
—¡CÁLLATE Y DEJA MIS ASUNTOS EN PAZ!
Me erguí al vuelo y empujé la mesa en el arrebato, el cristal se despedazó contra el suelo y los pedazos rotos se desperdigaron en todas partes, en esto mis rodillas cedieron hincándose en el entablado como si una fuerza magnética las jalara y me doblé al frente, un ácido subió quemando mi cavidad bucal y a chorros vomité una hedionda espuma blanca entremezclada con mis jugos gástricos en medio de nosotros. El sabor era doble de malo que el alcohol en sí, y se me había pegado a la lengua. Me sentía desfallecido, vacío de fuerzas para insistir el duelo u otra cosa.
—¡No! ¡Esto no puede ser el final!
—¿Insinúas qué quieres desafiarme en otro duelo? ¡Pues adelante, estoy listo para todos tus duelos!
—¡Mañana, misma hora, mismo lugar, una carrera! —lo reté.
—Ten por seguro que ahí me verás, pero antes... —pasó la pierna por encima del vómito y me susurró cerquita, rechinando los dientes— tú pagas la cuenta.
Me golpeó hombro con hombro y se fue junto a los pocos skates que quedaron guardando por su amigo, dándose de bruces. Confundió la pared con la puerta y chocó, lo debieron agarrar para retirarse del local.
—¡TÚ TAMBIÉN ESTÁS BORRACHO! —clamé. Me volví, el barman estaba atrás de mí, inmóvil y embelesado— ¿qué le pasa? —indagué, saqué entonces la billetera de mi bolsillo trasero y contabilicé el dinero, la abofeteé contra su pecho— tenga, el cambio es suyo.
Y sin otra cosa, me marché. No me quedaría a trapear. El dinero no suponía un apuro, pues que de mis anteriores peleas gané bastante. Aunque me costaría trabajo recobrar lo gastado para ayudar a Tiny con comprar su apartamento. Fui a la moto, pateé el pedal de arranque sobre la acera, el motor roncó y las ruedas chirriaron al dar la vuelta cerrada y monté en la autopista. ¿Quién era este chico? ¿De dónde salió? Cuatro años en las peleas clandestinas, apilando pandilleros, ladrones y balandrones para que viniera un novato y me ridiculizara, yo no lo entendía: ¿Cómo pude perder dos veces y de una forma tan insulsa? ¿Qué tenía de especial? ¡¿A quién se le ocurre patear en la entrepierna para conquistar un duelo?! Aquello no era pelear, era degradante. Uno que pelea al estilo libre, ¡por favor! El bastardo es astuto. Sabía de antemano que no correría con suerte para un segundo combate y lo reajustó a uno en que pudiese triunfar. Algo en el subconsciente me soplaba que entrambos éramos igual de competitivos. Estos duelos rebasaban más allá del simple objetivo de perder o ganar. Es el espíritu. La adrenalina que nos inyecta en las venas. O por lo menos lo sentía asimismo.
Quizá este era el día —no, corrijo, ayer— en que encontré la horma de mi zapato. Confieso que entré y salí de allí con ganas de partirle la cara a Meg, fue en el camino a casa que fui vislumbrándolo y atemperando la rabia. Lo vi divertido incluso. Él tranquilo de la vida y yo amargándome. Este no era yo, el que se deja someter por los sentimientos. Procedía como aquellos a los que aventajé, a la fuerza bruta y ciego de la ofuscación. Mi abuelo decía que nada más el sabio sabe esperar por los buenos resultados. Lo vencería en su juego arreglado por conveniencia. Ustedes podrían juzgarme de un mal perdedor o envidioso y es probable que sea un poco de las dos. Omi Young siempre gana. Con que lo consienta para mí y yo lo perciba, ¿no basta? Fue la peor conducción que he hecho en la historia, todavía después que expulsé la gran parte licor de mi sistema no estaba en las mejores condiciones para manejar, empero no podía irme de diferente manera. Descartado llamar a mi padre o al abuelo. Tiny y Jermaine han intervenido más que de sobra. Debía desplazarme por mi cuenta. Los autos, los camiones blindados y demás motocicletas se descarriaban para no atropellarme pese que se estrellaban con el de al lado o el del principio de todos modos.
Llegué a casa, la luz de mi dormitorio seguía encendida tal como cuando la dejé. Mi padre estaba adentro, en completo desconocimiento que yo me fugué. No podía pasar por ninguna de las puertas, ni la de entrada ni la de emergencia. Sólo había una opción. Trepé a la copa del árbol Omi; así una rama y me colgué, mi peso torció el tronco hacia la ventana, alargué el pie eslabonándolo al alféizar, adquirí propulsión e irrumpí de una zancada. Me despojé la chaqueta y la ropa que estuviera calada (y apestara) en tequila, lo introduciría en la lavadora más tarde. Reaparecieron las ansias en unión que baldeaba mi rostro en el lavabo y vomité, menos que en la sala de billar, sólo hiel que fue zampada de inmediato por el sumidero y en cuanto giré el grifo y liberar el agua para acelerar el curso. Vi una sombra desplazarse en la hendedura de la puerta y en breve escuché la voz de mi padre, preguntando por mí.
—¿Omi? Omi, hijo, ¿estás en el baño? Bueno, cuando termines, ven aquí. Hay algo que me gustaría enseñarte.
¡Despierta Omi, vamos! ¡No te estanques! ¡Aguarda que le respondas con algo!
—¡Sí! ¡Eh sí! Voy papá —ceceé.
Entorné el botiquín de primeros auxilios, examiné a galope las etiquetas de los frasquitos y cajas de pastillas y embuché un puñado de aspirinas para la jaqueca y mentas, la ilación que pudiera causarme no sería peor a la resaca. Estilaba beber un vaso de agua antes de dormir, esa noche me adelanté. Arrugué la nariz. Tequila. Sequé mis manos y bajé las escaleras.
—¿Qué sucede papá?
—¡Mira hijo! Estaba ordenando unas cosas aquí y me topé con esto, ¿te recuerdas? Te daré una pista: Tú te sentabas a verla todo el tiempo, ¿lo adivinas? ¡Es la cinta de tu cumpleaños número seis! —sonrió embargado de la alegría— la que Kimiko arregló con mucho cariño para ti hace años... ¿la vemos juntos?
Por supuesto que me recordaba. Son las única imágenes en movimiento en que papá, mamá y yo salimos, de lo que no destruí del dolor a raíz de su muerte, posterior de regresar de la sepultura y hallar las fotografías de nosotros me deshice de ellas, cavilaba que la sensación se esfumaría si hacía de cuenta que jamás existió. Pero no alivió en nada. Estaba extenuado, el estómago revuelto, temblando, sudando, la migraña en ascenso, sediento y con deseos de tumbarme a apagar el zumbido de mi cerebro, y yo sólo dije con la que especulé que era mi mejor sonrisa:
—Hagámoslo.
Díganme "blando" o lo que sea que les satisfaga, carezco de las agallas para destrozarle el corazón. Fuimos al televisor, él colocó la cinta y nos acomodamos en los cojines para mirar. El vídeo inició conmigo sentado en el regazo de mamá dibujando afanadamente en la mesa, trataba ponerme en la cabeza un cono de fiesta, tanto ella y yo usábamos ropa ceremonial de nuestra tierra. La imagen no era cien por ciento nítida, era en demasía brillante y a veces se difuminaba, una delgadísima raya diagonal cortaba el medio. El consuelo era que el audio era perfecto. En la antigua China no existía la tradición de reunirse a celebrar los cumpleaños con una fiesta, un decorado, un pastel y los obsequios; solamente se festejaba cuando cumplía la primera luna de su nacimiento al cabo de un año que se organizaba una recepción y se regalaban huevos de color rojo; con la globalización fue que adoptaron de grado en grado los hábitos occidentales, pero sin olvidar los orígenes. Mis padres anhelaban que me regocijara de mi infancia con todos los beneficios a plenitud y montaban pequeñas fiestas en la tarde y en la noche una cena íntima en familia de fideos chinos o noodles, es nuestra cultura la cual dicta que el cumpleañero debe comer uno muy largo de una sola vez ya que garantiza la buena suerte y una vida más longeva.
—Hoy es 25 de diciembre —surgió la voz de Dashi atrás de la cámara— ¡es el cumpleaños de Omi! ¡Saluda a la cámara hijo!
—Estate quieto un momento, Omi, déjame ponerte el gorro —pidió mi madre.
—Ya va, mami, estoy dibujando una cosa. Casi termino —dije. Esbocé unas rayas extras y alcé la hoja mostrándosela— ¡mira! ¿Qué te parece? ¡Es nuestra familia!
—¡Tu dibujo está muy lindo, mi amorcito! ¡Me encanta! —ilustró ensanchando una sonrisa de oreja a oreja, tomándolo por una esquina—. Eres un artista, ¿por qué no lo enseñas a la cámara y se los explicas?
—¡Está bien, mami! —lo viré para que estuviera de frente, mi madre lo movió un poco para que estuviera más alto—. Hice un dibujo de nosotros, aquí está mamá, aquí está papá, aquí estoy yo, aquí está nuestra casa, aquí está la grama, aquí está el sol ¡y está feliz!, aquí está el árbol ¡y aquí están las nubes!
Era un carajo de seis años, ¿qué se esperaban?
—Si quieres le podemos poner un bonito marco alrededor para ubicarlo en mi tocador y de esta manera pueda verlas todos los días y las veces que quiera, ¿sí?
—¡Eso me gustaría mucho! Yo te ayudaré —declaré.
Ella me arrimó más hacia ella, apretujándome mejilla contra mejilla, besó mi coronilla con ternura. Yo protesté que me estaba asfixiando, al punto me eché a reír, los dos nos reímos e intercambiamos un fuertísimo abrazo. Se interrumpió, saltando a la fiesta con los amigos y parentelas (o sólo el abuelo), papá recorrió la casa para captar percibir el entorno adornado, era tiempo de recibir los regalos. Ahí estaban Jermaine y Tiny de niños. Recordé porque no reanudé a verlo: Chase. Él y el abuelo Fung supervisaban que no los abrieran, en oriente es de mala educación hacerlo lo cual cada presente que entregaban, ellos se lo llevaban aparte. El último fue de la familia, mi madre y Chase hicieron el honor, un paquete rojo grande que contenía adentro mi uniforme de Shaolin. En suma mi mamá trajo el pastel de cumpleaños, a contramano de los gustos americanos sobre los dulces (chocolate, vainilla, fresa, etcétera) las nuestras son de frutas, bizcocho y merengue. Son amenas. Chase se ofreció a sostener la cámara para que papá saliera y todos cantamos feliz cumpleaños, ya coronado mi mamá me levantó en sus brazos a fuerza de que no llegaba hasta la mesa, soplé las velas y me ayudó a cortar el primer pedazo. El labio inferior me tembló. Apreté el puño, enterrando las uñas en la palma, tronando los nudillos. Madre te juro que hallaré al que hizo esto a ti y desgració nuestra familia, así me cueste la vida y deba inspeccionar piedra por piedra, el monstruo se arrepentirá. No durará impugne. Chase, no podrás esconderte de mí para siempre, tarde o temprano toda la verdad saldrá a la luz. Eso lo juro. El rompecabezas armado, un final, se habrá de terminar. El expediente se cerrará, ¡justicia! ¡Paz! Un nuevo principio. Dashi tocó mi mano.
—Creo que nunca llegaré a amar ninguna otra mujer como a ella, era una maravillosísima persona como esposa y madre. Tú eres todo el amor, todo lo que tengo de ella —musitó con la voz estrangulada—. Y sé bien que te amaba a ti con su corazón y que si estuviera viva se sentiría orgullosa de ti como yo. Sé que lo sabes, pero quisiera repetírtelo. Cosas de viejos. El día de su muerte le hice una promesa final y que no pienso que he cumplido si no hasta ahora reciente, ¿te imaginas cuál fue? —Disentí con una seña— le prometí que te escoltaría en nombre de los dos en el sendero que habrías de transitar así como algún día tú deberás de acompañarme cuando termine el mío, irónico ¿verdad? Desde entonces todos los años voy allá a reafirmarla —abrí más de la cuenta los ojos. No tuve qué decir después de eso—. Has estado distraído últimamente, el abuelo mencionó algo acerca de una chica ¿seguro qué es esa la causa? ¿No hay nada más que quieras contarme?
Silencio. Intercambiamos miradas. Una punzada de dolor me desgarró el pecho.
—Sí hay una más —respondí con aplomo—: la escuela, esta semana entrante nos toca dos exámenes, el de historia no me inquieta si no el de lengua; la profesora es una mujer estricta —preferí decirle eso a que me odiaba, papá se indignaría y no me extrañaría verlo armando un escándalo al director— y estoy un poco nervioso. Es todo —mentí.
—¿Eso es todo? ¡Tonterías, mi hijo, o sea tú, es inteligentísimo! Has enfrentado a esa mujer antes y podrás hacerlo nuevamente ¿o no?
—Claro.
—¡Ese es mi renacuajo! —dijo Dashi, echándome un brazo a los hombros—, si puedes con una prueba simple, los finales serán una repasada y en unos meses ¡mi hijo graduándose por fin! ¡Mandaré a imprimir carteles y los pondré muro a muro en esta calle para que el vecindario sepa que soy un padre orgulloso!
—¡Ay papá! —reí.
Y pueden creer que papá cumplió su palabra. A pocas semanas de la graduación la calle, los pósters estaban inundados de carteles míos, milímetro a milímetro, con una pancarta grande de felicitaciones colgando desde la línea telefónica al árbol Omi y ¿saben qué? No fue tan espeluznante. Sin pretenderlo, me dormí finalizando el vídeo. Mi padre lo notó y, amoldó mi cabeza en su almohadilla, acostándome en un ovillo, y me cubrió con una manta verde. Soy tan alto que abarcó el torso solamente. Fue un sueño tranquilo porque no se me vino a la mente nada en concreto. No se me da excelente acordarme de mis sueños. Cuando desperté el próximo día faltaba una hora para asistir puntual a clases. Dashi me escribió una nota y la colocó encima de mí, al estirar los brazos la vi caerse y la recogí.
Tu comida está en el refrigerador, caliéntala. Me fui a trabajar — Te quiere, tu papá J
Sí, no me cabía la menor de las dudas, sólo a mi padre se le ocurre firmar con caritas felices. Es un niño grande. Sonreí y me reincorporé. No me había curado la cabeza y el estómago a fondo, mas me sentía mejor. En contraste con el día anterior sí podía cocinar (lo único que quería era beber agua, no poseía espacio para más), bañarme y cambiar mi ropa. Qué fresco. El inconveniente eran los ojos, inyectados en sangre y vidriosos. Cualquiera advertiría que me trasnoché, lloré mucho o me achispé. Iban a castigarme por ello pese como yo no estaba dispuesto a ser el centro de interés, empleé unas gafas de sol oscuras que pertenecían a papá. Enganché mi mochila en el hombro y anduve camino a la escuela sobre la moto. Jermaine esperaba sentado en el escalón que conducía al vestíbulo del instituto. Se desvaneció todo rastro de Tiny, conjeturé que cuidaría a su madre otra mañana. Según entendí la localizó al lado de un depósito de basura mendigando dinero y se la llevó a disgusto. Si no nos llamó es pues que mantenía la situación bajo control y que perpetuaba en rigor la partida de caída libre que cuadramos. Compadezco a Tiny. Me tendí en compañía de Jermaine.
—¡Oye, ¿qué novedades cuentas amigo amarillo?! —preguntó jovial chocando su puño con el mío.
—Ninguna en especial, amigo negro. ¿Tiny se quedará otra mañana en su casa?
—¡Oh sí! —Confirmó Jer entrecerrando los ojos y uniendo las rodillas al pecho—. Estuvo refiriéndome hace un ratito por mensaje que anoche intentó fugarse, enloqueció, por poco la amarraba a las patas de la cama cuando lo mordió.
—¡¿Lo mordió?!
—Sí, pero que la sedó y hoy amaneció tranquila. Tiny dijo que se quedaría por si acaso. Yo aproveché también la noche y mandé a perforar las orejas —dilucidó, tiró del lóbulo de una oreja exhibiéndolo, al instante lo soltó y dio un alarido— ¡auch, auch! ¡Cómo duele esto!
—No te lo toques —amonesté propinándole un codazo. Volteé.
—¡Ah por cierto! ¿Cómo te fue en tu duelo?
—¡Chissss! Mira —señalé.
El BMW negro de Megan estaba a punto de estacionarse en el parquímetro del plantel en el momento que fue invadido por el Toyota rojo de Laura y sus amigas, nos situamos bastante lejos como para auscultar el colmo de excusa le dio Laura, lo que sí se percibía con claridad eran las risitas tontas de sus amiguitas. Oh lo lamento Spicer, no te vi. Al parecer las cosas volvían a su curso natural entre ellas y como debió de ser: Enemigas. Megan no se caló dos pedidas y pisó el acelerador, embistiendo contra su automóvil, la luz roja trasera se quebró: Añico por añico se despintaron y desmoronaron al suelo. Jermaine y yo nos destornillamos de la risa, divertidos. Ora era Megan quien no se fijó en el acelerador entonces. No cabía un precio para la expresión de Laura, echaba humo por las orejas y literalmente su cara y oídos se pusieron rojos como el tomate, como si no fuera suficiente con su corto pelo rizado. Jer y yo paramos de reír de manera automática cuando surge la Srta. K.
—Ah... hola profesora blanca —saludó Jermaine tragando saliva, ella le dedicó una mirada ponzoñosa.
—Sr. Marsden, usted está muy grande como para recordarle que la camisa va por dentro, ¡y acomódese la corbata! Esto es un colegio de-cen-te —Jermaine no emitió réplicas, me dejó su morral y se levantó para arreglarse—. Y usted, Sr. Young, sabe que no está autorizado el uso de gafas o accesorios mientras esté aquí.
—Lo sé, Srta. K, mil perdones. Es que hoy amanecí con los ojos hinchados y me abochorna que todos me miren con esto, le ruego que me lo deje pasar por hoy. Prometo que el lunes no las traeré, ¿puedo? —¿ustedes han oído la frase: salvado por la campana? Si la respuesta es afirmativa entenderá lo que aludo, pues el timbre sonó apenas terminé y la contestación de la Srta. K se quedó pegada a sus labios— ¡oh vaya! Es hora de ir clases, no debemos de llegar tarde. Con su permiso, Srta. K., vamos a nuestras aulas. ¡Camina Jer!
Rodeé a amigo de los hombros y lo arrastré conmigo fuera de la zona de peligro.
—¿Alguien te ha dicho alguna vez que eres un maldito con suerte? —inquirió Jermaine con los ojos dilatados por la sorpresa, a lo lejos de que la Srta. K pudiera interceptarnos.
Lo bueno fue que no fuimos los últimos en entrar a clases, nos mezclamos con una enorme masa de alumnos de nuestra sección y penetramos juntos. La profesora andaba a la zaga de nosotros. A mi derecha Jermaine susurraba una sarta de quejas en torno al uniforme escolar. Unos cuantos alumnos ya se habían emplazado en sus pupitres, entre ellos Megan. Mis ojos se encontraron de súbito con los suyos. Sintiéndome cohibido, la aparté. Todos se sientan en el lugar de siempre y la clase da apertura. Mis pensamientos vertieron en ella y decir que esto fue por un tiro al azar de una moneda. Me remangué la manga del suéter hasta el codo y avisté mi antebrazo. Aun podía apreciar la presión de la punta de bolígrafo acuchillando mi piel garabato por garabato, el agua diluyó la tinta y esparció unas manchas vagas, como si fuera hace unos momentos. Megan estaba loca.
—¿Es el número de una chica? —inquirió Jermaine asomándose. Oculté el número.
—¿Qué te hace creer eso? —rebuzné.
—Por la forma en que sonríes...
—¿Sonreír? ¿Yo? Debiste imaginarlo, sabes que yo me alejo de las chicas.
—No sería la primera vez, hermano —repuso desafecto.
Fruncí la boca y le puse cara de pocos amigos, concentrándome en el cuaderno, atender las explicaciones y tomar apuntes. Qué raro resultaba aquello sin Tiny, las clases acontecieron más lento de lo que solía ser. Ni Jermaine ni yo éramos lengüilargos durante la materia. Al minuto que llegó el receso, una estampida se precipitó hacia la puerta. Los primeros puestos son una mafia, se apropian de esos sitios para irse pirados velozmente y puesto que, mientras los profesores prodigan su tiempo vigilando los pupitres finales, los descuidan y se copian con cabal sosiego. Jermaine y yo nos mantuvimos marginados a que disminuyera el volumen y pudiéramos salir sin arrollarnos. Al pasar con mi amigo, cerca de un grupo de chicas capté el trozo de un diálogo ya iniciada:
—Esa maldita zorra no sabe en qué verga se ha metido, pero va a cobrármelas ¡eh!
—¿Qué vas hacer Laura?
—¡No lo sé! Aun no he podido pensar en nada...
Laura y sus amigas, y estaban discutiendo sobre Megan muy a mansalva y de forma abierta del episodio de esta mañana con el choque entre autos. Adonde vayan esas tres harpías sólo causa problemas. Me despedí de Jermaine indicándole que se adelantara a la cafetería y que luego lo alcanzaría aquel lugar. Ellas iban apremiantes, se me dificultó no perderlas de vista en medio de la multitud. Las perseguí a paso ligero y con sigilo hasta la puerta del baño de chicas, no podía entrar por lo que con sordina la entorné empujándola con el pie despacio para no hacer ruido y me puse a escucharlas. En la brecha adosada las entreveía a través del reflejo de los espejos, una se encaramó al lavabo a chupar una paleta y las otras a retocarse el maquillaje.
—Quizás coja su termo de agua cuando no esté mirando y cambiarla por un laxante o si no le puedo pedir que baje las escaleras para que me busque una cosa, empero antes habremos lubricado los escalones con aceite, en ese instante cuando baje resbalará y todo el mundo o al menos la escuela entera verá sus pantaletas —Laura soltó su horrible carcajada de puerco coreada por convulsiones, se quitó los anteojos para pintarse las pestañas. Megan estaba en lo correcto, era una tramoya, como no obtuvieron lo que quisieron se muestran como son en realidad. Qué bromas más infantiles y absurdas, se exceden de la envidia. Puse los ojos en blanco— ¡aj ojalá hasta se le parta la nariz!
—Pero Laura, ¿no era que primero ella te iba a guiar con Boris?
—Así era, sin embargo, eso quedó atrás en el pasado. Me harté de su horripilante apariencia y sus cosas de niña friki...
Me incliné procurando oír más cuando una mano se cerró alrededor de mi brazo de pronto, siguiendo un instinto giré una vuelta, lo atrapé desde las raíces de un manojo de su cabello y la apaleé de un empujón en el pecho con el antebrazo, aplastando su cuerpo contra el mío fijándola a la pared para que no se defendiera ni escapara. Megan me observaba de hito en hito con los ojos desorbitados, pestañeó dos veces y sus facciones se atenuaron, una sonrisa entrañable suficiente se deslizó por sus labios, mi respiración se aceleró y todo mi cuerpo se congeló; no podía mover ningún músculo; estábamos tan cerca que sentía su nariz rozarme y su aliento mezclarse con el mío, de pensarlo mi corazón se estremeció, ¿qué diablos hacía? Más importante, ¿cómo podía experimentar millones de sensaciones en un segundo? ¿Qué era con exactitud?
—Oye... Omi... ¿ya quieres comenzar a seducirme? Si recientemente estudiamos juntos ¿no podrías esperar a que me invites a una cita? Digo, este no es un ambiente romántico ¿o sí?
—¿Qué has dicho? —Volví a pisar tierra, la liberé y reculé. Mis movimientos me parecían extraños, como mecánicos— ¡no, no, disculpa! Me confundí de persona —doblé la rodilla y realicé una genuflexión. Me enderecé y pasé la mano por la cabeza.
—¿Y? ¿vas a lavarte? Bueno, si piensas limpiarte el relleno del semen te recomiendo que lo hagas en privado, enclaustrado en tu letrina, para no sofocar a las señoritas —la contemplé unos minutos sin comprender. Cruzó los brazos— ¡es el baño de chicas! —por el rabillo del ojo oteé la puerta con la insignia de una silueta femenina con vestido.
—Sí, claro que lo sabía. Yo estaba de paso —aclaré dando una palmada— ¡bien, ya me voy!
Repetí la reverencia, ¿era necesario volverlo hacer? Y me marché.
—¡Alto! Una cosa más —llamó, me volví—. También quería decirte que hoy no podré ir a tu casa estudiar, me surgió una obligación urgente —afirmó rascándose detrás de la oreja.
—Seguro, no hay problemas, temo que tampoco yo podría hoy.
—El examen de literatura es el martes, ¿te gustaría que repasáramos dos horitas la tarde del lunes? De esta forma estaría también estudiando y podré indemnizarme cuando me entrenes para la prueba de química.
—Me parece que es lo justo, ¿dónde encontrarías un excelentísimo tutor disponible mejor que yo? Aunque como fuiste la vez pasada a mí casa, es mi turno de ir a la tuya... —aseveré. Ella escrutó mi reacción, perspicaz, humedeció sus labios con la lengua.
—¿Puedo serte sincera?
—Puedes.
—No eres como quien creí que te convertirías al crecer —escupió.
—¿Y cómo sería yo al crecer según tú? —Pregunté antes de desbordarme en curiosidad— ¿acaso es que soy más guapo o más ingenioso o más asombroso?
—Y más humilde en especial. Uf no sé, quizá un sangrón, un patán, el bufón de la escuela, el inconfundible buscapleitos que se la pasa en la oficina del director más que cualquier sitio, eso sí no te imaginé un Don Juan porque de niño eras todo un sexista e intuía que no habrías de cambiar esa actitud; que te harías perforaciones y tatuajes, visibles me refiero, primero que yo.
—¿Y tú si tienes?
—Sí, un tatuaje pequeño en el tobillo, varias perforaciones en la oreja izquierda y una en el ombligo... ¿te gustaría checar por ti? —inquirió en tono comprometedor. No se me anticipó qué contestar, aun sentía el fantasma de su cuerpo en contacto con el mío y nuestros rostros muy aledaños entre sí. Ella agarró la orilla de su camiseta y la subió descubriendo una tira de piel, hizo una pausa y me dio un golpecito en la nariz— ¡caíste inocentón! ¡Ja, ja, ja!
—¡Maldición mujer! —farfullé hosco recubriéndome la nariz. La sangre se acumuló en mis pómulos, ora las sentía calientes. Ojalá no se me notara el sonrojo.
—Da igual, por una vez me alegro haberme equivocado porque he comprobado que no eras aquello, más bien eres...
El timbre de un celular atajó a Megan, ambos palpamos los bolsillos de los pantalones (y falda) para averiguar de quién era ¡grandioso! El mío, en la pantalla el teléfono lo identificó como la sabandija de Spicer. Justo en el clímax de la conversación, por revelarme su juicio, por su bien le valía que fuera importante interferir, sobre Cumo, o ahí no tendría piedad.
—Dispénsame, debo coger esta llamada.
—Sí, hazlo.
Le di la espalda y recibí la llamada.
—¡Spicer, ¿por qué me llamas a la escuela?! —hablé entre dientes— ¡podría estar en clases y meterme en líos, ¿no piensas?! ¡Te conviene que valga la pena!
—¿Cursas en la escuela? ¿Qué no vas a la universidad? ¡Ah, yo creí que la habías dejado! Bueno, dejando eso a un lado, claro que vale la pena. Esto te encantará. Recordé o, dicho mejor, encontré la dirección de domicilio de Cumo.
—Tengo cosas que hacer, hablaremos después —participó Megan. Yo no pude propiamente despedirme por estar pegado el celular al oído reflexionando cada término de su primo loco.
—Si tú quieres podríamos ir esta tarde a hacerle una visita, ¿te interesa? —indagó al final.
—De acuerdo, Spicer tú ganas, en tu apartamento será —cejé cerrando los ojos—. Allí nos vemos, debo colgar.
Y corté la comunicación, nunca jamás estuve dividido entre una cosa y otra; en la soberana razón de que encontrar el paradero de Cumo era mi máxima prioridad y lo demás era trivial, empero a raíz de que Megan se involucró en mi vida, estalló un cambio radical. En un extremo, me sentía lleno de esperanza y certeza porque era un paso más a las respuestas a mis preguntas estos años. El asesinato de mi mamá. En el opuesto extremo me generaba gran expectación descubrir la segunda parte de lo que estaba por decirme Megan. Metí la pata, quería ambas cosas cuando realmente al acercarme a una alejaba a la otra; tal vez de no haberme sumido en esta búsqueda, no pudriéndome en esta cárcel si no de novio con Megan y mi mayor preocupación eran controlar los nervios a flor de piel preparándome para afrontar mi primer año en la universidad. A veces mi vida parece interesante a simple vista, sale de lo común y en otras veces es una miseria; no puedo luchar contra eso, es lo que yo decidí que fuera y de igual modo tendré (o si no aprender) que sobrellevarla y solucionar este embrollo. Mientras discurría andando en círculos, olvidé qué se estaba pasando la hora de comer, eso hasta que mi estómago rugió y bajé deprisa; por fortuna Jermaine había recogido el almuerzo de los dos y no formé cola para la cafetería.
Durante las próximas clases, sin querer, mi mente se entretenía con Cumo, Spicer y Megan. La escuela no podía ofrecer nada excepcional que superara aquella noticia —a no ser que compendiemos la tediosa charla entre pelota de Ping Pong y yo en la salida, de concordar reunirnos en su casa el sábado para elaborar el informe de la práctica de biología. La idea no me mataba de la exaltación —. Fui a verme con la rata de Spicer, ya que era viernes, dos días adicionales y libres para hacer la tarea desvelándome, y además que Dojo tenía comida en abundancia por si se sentía hambriento, ese dragón tragón se sabe de memoria en donde guardamos los alimentos. La calle en que se vino a vivir la sanguijuela era deplorable para su palacio cuando era presidente de centros comerciales y al día embolsaba un sueldo de un millón. El alumbrado parroquial no servía, no me hubiera gustado caminar de noche por ahí, y las bombillas desplegaban una lucecita mortecina que inspiraban un ambiente tenebroso; el vestíbulo olía mal debido a bastantes bolsas de basuras persistentes, las paredes mohosas y la humedad tangible en el aire; el ascensor estaba descompuesto, por consiguiente subí las escaleras al segundo piso. Si era un engaño de Spicer que fuera ya, corría con el riesgo. El hombre abrió la puerta de par en par a los segundos.
—¡Omi, bienvenido! —saludó con gesto teatral— ¡por favor pasa!
—Basta de interludios... —bramé entrando, su apartamento no era mejor que el exterior. En serio requería a su servidumbre con él, sacudí la cabeza retomando lo que estaba diciendo. Lo miré a la cara, al enemigo no hay que darle la espalda para nada—. Spicer suelta la sopa. Di lo que tienes que decir y listo.
—¿Te recuerdas que yo decía que no creía escuchar el nombre, mas que si lo había leído en alguna parte? Yo busca que busca y la respuesta la tenía en la nariz ¡qué vergüenza! Resulta que unos días previos a que me visitaras yo trapeaba el sótano de las salas de billar tropecé con un archivo vertical, por accidente desde luego, un semejante bruto debió pasar por alto olímpicamente que tenía que cerrarla. Unos expedientes se cayeron y los tuve que recoger, ahí fue cuando vi...
—¡SPICER AL GRANO! —vociferé. De existir algo peor que ver a Spicer, era aguantarse una plática con él. Hablaba muy rápido, ¡una tortura auditiva!
—Ya, ya, Cumo trabajó de mantenimiento en las mismas salas de billar que yo. ¡Vaya, qué coincidencia! Dije, creí que te pondrías recio y negarías a confiar en mí, por lo que te traje el expediente.
De los estantes de su biblioteca extrajo una carpeta de manila, se la arrebaté de las manos sin darle tiempo que me la entregara. De un brazado aparté lo que estorbaba en la mesa del comedor y coloqué el expediente, pasé las páginas y con el dedo señalé línea por línea hasta que mis ojos se ubicaron en la dirección de domicilio.
—¡Es cerca de aquí! —exclamé, abofeteando la página—. ¡¿Qué coño estamos esperando?! ¡ANDANDO! —agarré el brazo de Spicer y lo jalé conmigo con una fuerza de mil hombres. Y para mis adentros, decía yo—: Te tengo Cumo.
N/A: ¡ACABO DE PASAR UN SUSTO HORRIBLE! Yo escribo esta historia en Word para tener un respaldo y después cargo el archivo en la página, pero hoy apareció que tenía un error en el proceso de carga: Según decía tenía la historia en formato docx, sin embargo, no correspondía al msword y por tanto no podía subirse así que debía verificar que fuera correcto. Es lo que puedo recordar, recuerden que esta página es en inglés. Mis conocimientos en informática son meramente básicos. Traté subirlo varias veces, pero aparecía el mismo mensaje. Pude subirlo gracias al copia y pega, es decir, haciendo que lo escribí directamente en la propia página. No sé si les ha pasado, de ser así me gustaría que me aconsejaran qué hacer porque temo que esto vuelva a ocurrir. No fue fácil copiar y pegar porque me aparecían letras y links extraños, fue tras varios intentos que lo logré.
¡Ya llegamos a miércoles! ¿Cielos, cómo pasa el tiempo tan rápido? Apenas estoy terminando el capítulo doce. ¿Por qué no demora más?... ¡Hemos llegado al capítulo número diez, malvaviscos asados, lo que quiere decir que hace diez semana se publicó la historia! Y pronto serán veinte y más tarde treinta, luego quién sabe. Nunca sé con exactitud cuántos capítulos puede durar una historia, me gustaría controlar esa parte, pero a menudo se suman más ideas mientras se forma el puente hacia el clímax y se alarga. A mí en lo personal, por los estudios y proyectos propios, me gustaría que a los treinta y tantos acabáramos. Los que me conocen saben que me gusta explicar todo a su tiempo, sin dejar cabo sueltos. Me excuso si les parece que he repetido palabras (quizá sólo a mí me pareció), poniendo de lado la cultura, en los diálogos es espontáneo.
El título está más que claro, además que es un proverbio popular, Omi se encontró a su igual por fin (iba a llamarlo El primer contacto, pero ya hay un título con "primer") y lo gracioso que no sabe que es la chica que llama su atención —y que está empezando a sentir una atracción oculta. Luego de la confesión que nos dio, no hay más para donde agarrar—. Qué cuchi Omi cuando se pone nerviosillo, repararán que Megan irá muy de frente. En el asunto del amor, a menudo tiendo a pensar que eso lo de los polos opuestos se atraen no es cierto, deben tener en común (incluso Kim y Rai lo tenían pese de los puntos de vista encontrados) para que sean compatibles o si no es un fiasco porque no comparten. Un chico aventurero no puede convivir con una chica casera, por lo que si Omi es de los que le gusta lanzarse a un precipicio, la chica que esté a su lado también debe gustarle. ¡No tan drástico! No obstante, esa es la idea. No se me despeluquen de la emoción, recuérdense que en las películas de princesas Disney, los anhelados besos son al final y una vez (excepto la sirenita porque ella se la da de brava) y aun así nos encantan verlas una y otra vez.
¿Captaron cuál fue el plan de Megan? Dicen que los que dicen la verdad son los niños y los borrachos, aunque Omi no nada relevante y esto se convierte en otro duelo, ¡ay! ¿Quién se alzará ganador esta vez? Enternecedora escena la de su padre y él viendo el vídeo, no se crean que me he olvidado que Omi tiene familia ¡a veces hay historias en los que se olvidan! Por eso es que la mayoría de los protas son huérfanos, los convierte independientes de una manera traumática y todos sienten debilidad por los huérfanos que no tienen la culpa. El chiste racial no se lo vayan a tomar a mal, señores, es una broma entre Jermaine y Omi que puede surgir la amistad entre diversas razas étnicas. ¿La malvada de Laura se saldrá con la suya? ¿Hará algo Omi al respecto para salvar a Megan? ¡Salvador Cumo! ¿Ustedes creen que en el próximo capítulo por fin descubramos al misterioso Salvador y dar con Chase o pasará algo que lo impida? No me es de extrañar, ¡siempre pasa algo! Aunque no recuerdo en este instante quién lo dijo. Creo que fue Sokka de Avatar: El último maestro aire.
Bien, eso ha sido todo por hoy. Cuéntame qué les parece, tiempo de formar hipótesis, cuál ha sido sus partes favoritas, dudas y sugerencias serán apreciadas y contestadas. Cuídense, se les quiere y se les respeta. Estén pendientes de la próxima actualización porque se van a divertir. ¡Nos leemos en el capítulo 11 de Las dos caras del destino: La suerte no es cosa de prestarse! ¡Qué emoción!
Mensaje para Isabel: ¡Hola! Bueno, por orden de prioridad, primero contesto a la historia. No creo que la palabra rebajar sea la adecuada, sino admitir que él necesita ayuda. Pues, se supone que los protagonistas son de buenos sentimientos aunque no es mi intención describir a Megan como una chica tierna y dulce con coletas. Sí, Megan todavía trama su plan contra los skates, lo que pasa es que Omi se le atravesó en el medio y ha retrasado lo otro mientras monta sus averiguaciones. Con lo otro, no te gustó Descendientes por las actrices, yo como no veo Disney apenas las conozco para formar una opinión a pesar que sé que son las del momento, estoy segura que si no fueran ellas te habría gustado. La película en sí no es mala, es "linda". O sea es Disney, todo bello y risueño. No he escuchado la canción, pero el título dice todo que sea ofensiva. No me explico por qué, a mí me cae de patada Selena Gómez. En todas las películas que hace parece que tiene la misma conducta de niñata insoportable, haciéndote creer que realmente es así, y en la vida real tampoco me ha hecho opinar lo contrario. ¿High School Musica la canción?
Ah sí, yo dije la vez pasada que era genial, aunque difiero contigo. No quisiera pasar de nuevo por secundaria, por ningún año en especial, mis compañeros eran una porquería de envidiosos y prejuiciosos, mis amigos cursaban otros años y en cuanto a los profesores que tuve aprecio, bueno, el salón de clases no es el único sitio en que puedo verlos. ¡No sabes cuánto pensé en ti! ¿Viste que Christina Grimmie fue asesinada? Apenas unas semanas me recomendaste una genial canción de ella y ¡zas! ¡Pobrecita! Me recordó mucho a lo que le pasó a la actriz venezolana Mónica Spear, en la cumbre del éxito y es asesinada a plomazos. ¡La vida es tan incierta! ¡Y hay tantos locos sueltos! Da miedito, hay que erradicar el fanatismo. ¡Guau! Me dejaste AU con la pregunta, la vi minutos antes de subir el capítulo de hoy. Pues está difícil, a Ashley la imagino como una chica rubia alta de ojos cafés con un cuerpazo y no hay muchas chicas altas menos con esas especificaciones, ¡qué injusticia! Estuve oscilando y casi todas las que conozco o son muy mayores o son unas enanas —Dios mío, 1.55—. Creo que me quedaré con Spencer Locke. Es alta y guapa, aunque si se me ocurre una mejor candidata, te diré, ¿tú quién crees que actriz sea la indicada?
Yo no diría cambiar de opinión, cada quien puede pensar lo que quiere, pero debe ser tolerante y abierto a los demás. Y yo en el fondo soy muy terca. Eso ha sido todo, ¡igualmente cuídate! ¡ten una semana llena de éxito y prosperidad! ¡Ojalá te haya gustado el capítulo tanto como a mí o más, nos vemos!
