Disclaimer: La trama le pertenece a K. Dreams y los personajes, como todos sabemos, son exclusivamente de Meyer.

Muy bien pequeñas, aquí estoy con una interesante actualización pues considero que este capítulo responderá varias dudas que rondaban por allí, de todos modos, el próximo capítulo es mucho más completo y entenderán mucho más el punto de vista de Edward. Chicas, ya estamos llegando al final de esta historia y quiero que sepan que ha sido una inolvidable experiencia, les agradezco el apoyo de todo corazón.


CAPÍTULO NUEVE

Angela echó un vistazo por encima de su hombro hacia su amiga, Bella se había duchado y puesto unos pantalones vaqueros y una camiseta como siempre hacía para andar por casa, el pelo ligeramente húmedo caía sobre sus hombros de manera descuidada mientras sus gafas se habían deslizado hasta la punta de su nariz. Había cruzado los brazos sobre la mesa, recostando su cabeza entre ellos dejando escapar un pequeño suspiro cada pocos minutos. Esa era una faceta que Angela nunca le había visto, la chica se había pasado las dos últimas horas entre suspiros, maldiciones, más suspiros, recriminaciones, más suspiros y finalmente ese estado de rendición melancólica.

El cripeo de la sartén devolvió la atención de Angela a la cocina, esta había sido adaptada a su condición, como la mayoría del mobiliario del piso, un apaño que le había costado bastante dinero y tiempo reunir, pero finalmente podía valerse por sí misma, sin tener que depender de nadie, algo que para ella seguía siendo el motivo principal de su vida. Adoraba a Isabella y su compañía era importante para ella, pero también veía como afectaba su invalidez a su amiga, Bella se había acomodado a sus necesidades, adaptando sus horarios y costumbres a los de Angela y aquello era algo que la hacía sentirse culpable.

Como lo hacía el hecho de haber sugerido que devolvieran aquella maldita estatuilla. La forma en que Bella había hablando del hombre la había sorprendido, no era común en ella entrar despotricando por un hombre, en realidad, muy pocas veces se había fijado con tal intensidad y obsesión en uno, y aunque Bella había intentado disimularlo bajo una capa de irritación, estaba claro que se había interesado en él.

Ella había pensado que la estatuilla era tan buena escusa como otra para que volvieran a encontrarse, quizás debiera haber insistido en que fuese a una hora más temprana, aunque si era sincera consigo misma, había esperado que no la recibiese a aquellas horas. Bien, se había equivocado... Y su amiga se había dejado seducir y había pasado la

noche en la cama de un extraño... Un extraño que la excitaba como ninguna otra cosa según la propia Bella.

El verla ahora en ese estado la hacía sentir culpable.

Con cuidado le dio la vuelta a la tortita en la sartén, Bella adoraba las tortitas recubiertas de chocolate o caramelo, esperaba que al menos esto le levantase el ánimo.

—Unos minutos más y podrás comerte las tortitas especiales de Angela —declaró con efusividad, tratando de distraer a su amiga—. No encontrarás a nadie que las haga igual que yo. ¿Por qué no vas cogiendo los platos y los cubiertos? Hay zumo natural en la nevera, y café en ese feo cacharro en forma de robot que te has comprado.

Bella deslizó la mirada hacia la cafetera con forma futurista que había adquirido en una tienda de artículos al coste.

—No es feo, es... Es... Una cafetera.

—Una cafetera muy rara —le aseguró su amiga recordando el tiempo que les había llevado a las dos buscar donde se ponía el filtro del café—. ¿No tenían nada más... Normal... En esa tienda? Me hubiese conformado hasta con algo que se pareciese a un pingüino.

Bella sonrió lentamente y se incorporó para hacer lo que su amiga le había pedido, sabía que Angela estaba haciendo todo lo posible para distraerla, pero por más que lo intentaba todo en lo que podía pensar era en Edward , en su voz, en sus ojos, en la manera en que sus manos habían recorrido su piel, y en la malditamente agradable sesión de sexo intenso que habían compartido. Debía de estar muerta de vergüenza, deseando ocultarse bajo la mesa, pero el recuerdo solo la hacía consciente de la pasión que había encontrado en sus brazos, la liberación que había experimentado dejándose llevar, dejando suelta una parte de sí misma en la que ni siquiera sabía que había estado pensando. Un nuevo suspiro escapó de sus labios mientras se movía hacia el mueble de la cocina y abría uno de los cajones superiores para sacar los cubiertos.

—El chocolate está en el microondas —le dijo Angela sacando la tortita de la sartén al plato, para volver a remover el líquido de la mezcla y extenderla en la sartén—. Ya se ha derretido. Es esa marca que tanto te gusta.

Bella llevó los cubiertos a la mesa y colocó los dos manteles individuales antes de volver a buscar los platos.

—Oh, para mí no pongas, yo ya he desayunado —le dijo ella volviéndose sobre el hombro.

Bella iba a contestar cuando sonó el timbre de la puerta, un repentino escalofrío la recorrió de pies a cabeza, seguido de una ráfaga de inesperada excitación que la fulminó como un rayo. ¿Pero qué demonios?

Angela se volvió desde la cocina.

—¿Puedes abrir tú?

Bella miró a su amiga y luego hacia la puerta con cierto nerviosismo.

—Creo que sería mejor no abrir —murmuró ella empezando a sentirse paranoica.

De algún modo sabía quién era el que estaba tras aquella puerta.

—No digas tonterías —se rió Angela sin percatarse del tono en la voz de su amiga—. Seguramente será la Señora Cope con ganas de charlar... ¿Qué crees que se le habrá olvidado ahora?

La Señora Cope era su vecina, su piso estaba justo en frente del de ellas y la mayoría de las veces acudía a las chicas en busca de algún producto, la pobre mujer tenía una memoria fantástica para su edad, lo único que se les ocurría es que pudiera sentirse sola, y aprovechaba esos momentos para pedirles algo y charlar con ellas.

El timbre volvió a sonar nuevamente y Bella dio un respingo. No, no era la señora Cope, que el diablo se la llevase si entendía el por qué de aquella seguridad, pero todo su cuerpo estaba respondiendo de una manera única y ella sabía que esa respuesta solo se daba con un hombre.

—¿Vas a abrir o tengo que ir yo?

Dejando escapar una baja maldición entre los apretados dientes, Bella arrastró los pies hacia la puerta y echó la mano hacia el pomo, no quería echar un vistazo por la mirilla, si era él y lo veía, sería incapaz de abrir la puerta. Si tenía que enfrentarse a esto ahora, mejor hacerlo de frente. Tomando una profunda bocanada de aire, quitó el pestillo y abrió la puerta encontrándose con el hombre por el que había apostado.

Edward alzó la mirada cuando oyó el cierre de la puerta, antes de que esta se abriera, sabía que era su compañera, su vínculo era todavía muy reciente, pero su olor estaba gravado ya a fuego en su mente y lo reconocería en cualquier lugar. Su sorpresa fue encontrarse con la misma tigresa que había domado en su cama y no la anodina mujer que se había ocultado entre severas ropas, vestida con unos simples jeans y una camiseta que se ajustaba perfectamente a sus suculentos y llenos pechos con un eslogan que decía "¿Ángel o Demonio?", con el pelo suelto y ligeramente húmedo cayéndole en ondas sobre los hombros, estaba preciosa... Y sonrojada, como pudo apreciar por el suave tono rosa que empezaban a cubrir sus mejillas oscureciendo las diminutas pecas que salpicaban sus pómulos y nariz. Ella estaba avergonzada, podía olerlo, avergonzada y nerviosa por su presencia allí, era como una pequeña gatita alerta por que el macho dominante había invadido su espacio.

Edward levantó su bolso utilizándolo como apoyo a su presencia.

—Te lo dejaste... —le dijo con voz suave, un sensual ronroneo que hizo que ella se derritiera por dentro—. Entre otras cosas.

Edward vio como se mordía el labio inferior y no pudo evitar estirar su mano al rostro femenino y acariciárselo con el pulgar.

—No hagas eso, te harás daño —le sugirió con tal ternura y calidez que ella estaba segura de que terminaría en un charco en el suelo.

Su contacto ya había lanzado una descarga eléctrica por todo su cuerpo.

—Gracias —musitó ella, aferrándose todavía a la puerta.

La voz de Angela se oyó por encima de ellos.

—¿Bella? ¿Quién es?

Edward vio como su compañera se volvía al escuchar la voz de otra mujer, su cuerpo estaba tenso, el nerviosismo y la excitación perfumaban su piel haciendo ronronear a su propio tigre.

—Es... —ella dudó un momento, entonces se volvió de nuevo hacia él y respiró profundamente antes de abrir la puerta por completo y susurrar solo para ella—. El tío con el que me acosté anoche. Pasa, Edward.

Él sonrió y se inclinó ligeramente a su lado, susurrándole al oído.

—Soy mucho más que eso, caramelo —le aseguró en un ronroneo. Ella abrió los ojos desmesuradamente y dio un paso atrás, solo para mascullar enfadada al instante por haberlo hecho.

—¿Bella?

Angela se había girado ahora sobre su silla, y contemplaba a la pareja. Su mirada había ido del bolso que tenía Bella en las manos al hombre elegantemente vestido con pantalón de traje, camisa y americana, el cual le sacaba unos buenos centímetros a su amiga, lo cual, teniendo en cuenta que Bella medía casi un metro setenta y tres con sus tacones, lo situaba a él en el metro noventa... Como poco.

El hombre era un verdadero espécimen masculino y emanaba un magnetismo animal como jamás había sentido en nadie, sus ojos de un verde helado miraron con calidez a su amiga antes de volverse hacia ella con curiosidad.

—Angela... Te presento a Edward Cullen —respondió Bella enderezándose al tiempo que dejaba escapar un suspiro de resignación—. Edward , es el propietario de la estatuilla.

—Eso es algo que todavía está por discutir, caramelo —le aseguró él volviéndose hacia Bella, quien le dedicó una mirada realmente hostil que lo hizo sonreír. Atendiendo a sus buenas maneras, se volvió hacia la mujer que permanecía en una silla de ruedas junto a la cocina—. Espero no haber interrumpido nada importante.

—¿Si te digo que sí te irás? —respondió Bella con fastidio.

—¡Bella! —La amonestó Angela, que por fin conseguía salir de su estupor—. Es un placer conocerlo, Señor Cullen. Soy Angela Webber, la compañera de piso de Bella.

—El placer es mío, Angela. Pero por favor, con Edward es suficiente.

—Angela, por favor —aceptó la mujer con una sincera sonrisa.

Edward podía sentir el recelo en la muchacha, pero se debía más a un sentimiento protector hacia Isabella que a la propia desconfianza. Su compañera tenía una buena amiga.

—Estaba terminando con el desayuno, ¿Tortitas con chocolate? —Le ofreció para luego mirar a su amiga con una inquisitiva sonrisa—. También hay miel, y caramelo.

Al decir esto último, la mirada de Edward se desvió a Bella quien parecía estar hirviendo en su propia piel, sus ojos lanzaban chispas hacia su amiga.

—Solo venía a traerle algo a Isabella y a robarle un poco de su tiempo —respondió volviéndose hacia su compañera, quien ahora había vuelto la mirada hacia él y lo fulminaba de manera mortal, aunque su sonrojo seguía ahí—. Pero puede esperar hasta que desayunes.

Angela vio el intercambio de miradas entre los dos y empezó a sentir que sobraba. Sonriendo para sí, apagó el fuego de la placa vitro cerámica, dejó la sartén a un lado y tomó el plato con las tortitas para dejarlas en la mesa donde Isabella había puesto dos servicios.

—Recuerda que el chocolate está en el microondas, Bella —le dijo Angela con una amplia sonrisa—. Os dejaré para que podáis hablar, tengo algunas cosas que arreglar para la galería, estaré con mi ordenador... En mi habitación.

—No te atrevas... —musitó Bella con voz incrédula al ver como su amiga hacía mutis por el foro—. Angela...

—Por favor, no quiero interrumpir vuestro desayuno —aseguró Edward al ver que la muchacha estaba recogiendo las cosas con intención de dejarles espacio.

—No te preocupes, apenas acababa de decirle a Bella que ya había desayunado —le aseguró con amabilidad—. Puedes acompañarla si gustas, así no comerá sola... Ha sido un placer conocerte, Edward. Espero verte más seguido por aquí.

—¡Angela! —clamó Bella con obvio fastidio, haciendo que Edward se riera.

—Ya me voy, ya me voy —se rió su amiga.

—No... —Bella se quedó con la palabra en la boca cuando la muchacha deslizó su silla hacia una de las habitaciones y cerró la puerta tras ella—. Maldita sea...

—¿Tienes miedo de quedarte a solas conmigo, Isabella? —la voz de Edward la sorprendió desde atrás, muy cerca de ella.

Ella volvió la mirada y encontró la suya inquisitiva.

—Por supuesto que no.

Él le sonrió.

—Me alegra saberlo, caramelo.

—No me llames así.

—Es a lo que hueles.

Ella arqueó una ceja ante esto, y él le indicó la mesa.

—Siéntate a desayunar, después hablaremos.

—No hay nada de lo que hablar —murmuró ella dejándolo para ir a sacar el chocolate del interior del microondas—. Fue genial, y todo eso. Y ya está.

Edward sonrió para sí al oír el tono de voz de su compañera, su lenguaje corporal hablaba de algo totalmente distinto.

—Sí, lo fue —aceptó él con suave convicción—. Pero será mucho mejor la próxima vez, más suave.

Al ver que ella no se volvía y no contestaba, Edward echó un rápido vistazo a la habitación, que se dividía en una pequeña cocina y un salón, más allá del cual había dos puertas, una de las cuales había traspasado Angela, y una puerta al otro lado, ligeramente entreabierta, con el letrero de "Baño" pegado en la puerta. El lugar era pequeño pero acogedor. Volviendo la mirada hacia su compañera, se acercó a ella.

—¿Te sientes bien esta mañana? —le preguntó.

Sabía que la unión de ambos había sido fuerte, intensa, y para ella había sido la primera vez. No quería que se arrepintiera, lo que había dicho era verdad, la próxima vez sería mucho mejor para ella, no habría necesidad de tal frenesí provocado por la vinculación y podría amarla lentamente, degustarla suavemente, mostrarle las muchas ventajas de su unión... La sola idea lo hacía endurecerse.

—¿Quieres tortitas? —respondió ella volviéndose con el chocolate delante de sus narices.

El aroma dulce del chocolate se mezcló con el de ella y la combinación resultó ser algo sublime y embriagador. Ya podía imaginársela desnuda en su cama, sus pechos cubiertos de chocolate, y él lamiéndoselos. Sus ojos verdes pasaron del chocolate a Isabella, no sabía que de los dos le apetecía más, sin duda una combinación de ambos. Tomando la tarrina de chocolate derretido de manos de su compañera sumergió el dedo y manchó los labios de ella, entonces dejó la tarrina sobre la mesa y atrajo a Isabella bajando la boca sobre la suya, lamiendo el chocolate de sus labios antes de sumergirse en la dulzura de su boca y paladear la mezcla de ambos.

Ella gimió y le pasó los brazos alrededor del cuello, atrayéndolo hacia ella, presionando su cuerpo contra el masculino, dioses, no se había dado cuenta hasta ese momento de lo mucho que lo había necesitado, de lo que lo había extrañado, algo que no tenía sentido, pues no hacía sino unas horas que se habían separado.

Edward fue el que rompió el beso, tenía que centrarse, había venido a buscarla para hablar con ella, Isabella necesitaba conocer la verdad sobre todo ahora que estaban emparejados, no podía dejarla y tampoco era justo que le ocultase lo que él era realmente. Pensó en Leah, la compañera de su hermano, como ella se había revelado a Jacob porque él no le había contado la verdad durante algún tiempo por miedo al rechazo de ella, y como aquello los había hecho sufrir a ambos innecesariamente. Leah había querido tener la oportunidad de decidir por sí misma, una oportunidad que Edward sabía también iba querer tener Isabella, ella no era una mujer a la que pudiera engañar, no soportaría ver el dolor provocado por una mentira en sus ojos, aunque eso significase que se alejase de él.

Apoyando la frente en la suya la mantuvo cerca.

—Tenemos que hablar, caramelo, es importante —le aseguró con dulzura—. Hay cosas que no sabes, Isabella, cosas... Que quizás te cueste entender.

Bella se separó unos milímetros de él, sus ojos empezando a teñirse de recelo.

—¿Cómo el que primero me desprecies y luego me arrastres a tu cama? Sí, eso estaba empezando a joderme de veras —aseguró ella con ironía.

Edward le acarició el pelo.

—No quería alejarte, pequeña, en realidad, todo en lo que podía pensar era en ti, pero no era justo... Te lo dije, Isabella, te lo pedí... Creí que podía protegerte.

—¿Protegerme de qué?

—De mí —le aseguró apartándose e indicándole la mesa para que tomase asiento—. No has desayunado, debes hacerlo.

Ella no se movió.

—¿Protegerme de qué, Edward?

Él la miró directamente a los ojos.

—De mí, caramelo —le aseguró e insistió apartándose la silla en espera de que se sentara—. Lo que dije anoche, que si te quedabas no habría vuelta atrás...

Ella tomó asiento, pero no se volvió a mirarlo, no se atrevía.

—Lo de anoche fue fantástico, Edward, pero no te voy a pedir que te cases conmigo por ello —trató de bromear.

—Demasiado tarde, mi niña —le aseguró susurrándole al oído—. Para mi clan, ya lo estamos. Nos hemos emparejado, tú eres la única para mí.

Ella volvió la cabeza y lo miró con suspicacia.

—¿De qué estás hablando?

Edward se acuclilló a su lado, buscando la manera de explicárselo.

—De que eres mi tygrain, caramelo. Mi tigresa —respondió volcando toda la sinceridad de su alma en sus ojos, en su voz—. Yo no soy lo que piensas, gatita.

Ella lo miró con más recelo, echándose hacia atrás.

—Me estás asustando —aseguró y en su voz podía reflejarse la verdad de ello—. Si me dices que eres un narcotraficante, o algo así, llamo a la policía.

—Creo que eso sería más fácil de aceptar para ti que lo que soy realmente —respondió él con un mohín.

Bella empezaba a pensar que había dejado entrar en su casa a un loco psicótico escapado de algún sanatorio mental. Sacudiendo la cabeza, hizo a un lado la descabellada idea.

—¿Y eso sería?

Edward dudó... ¿Cómo decirle que en realidad era un tigre? ¿Qué su Clan era uno de los más antiguos cambiantes que existían en el mundo? Los humanos solo veían esas cosas en películas, en libros donde todo era fantasía y no realidad.

—Soy un metavallomenes, un cambiante —le explicó poniendo sus manos a ambos lados de la silla, como si quisiera que no se marchase—. Del clan Tygrain...

Bella se le quedó mirando durante un instante, entonces sacudió la cabeza.

—Lo siento, pero no entiendo.

Edward suspiró profundamente y le tomó las manos en las suyas.

—No te asustes, ¿De acuerdo?

Ella se echó hacia atrás, pero sus manos estaban aferradas por las de él.

—El decirme que no me asuste, ya me está dando mala espina.

—Vosotros los humanos decís que una imagen vale más que mil palabras, espero que tengáis razón.

Antes de que Bella pudiera considerar lo que había querido decir con aquello, Edward la miró a los ojos, atrapando su mirada al tiempo que musitaba una única frase en voz baja. En un instante Isabella se sintió como arrancada de su propio cuerpo y lanzada con fuerza hacia delante, entonces el mundo se rompió en pedazos y en su mente asistió anonadada a visiones de un hombre caminando por una amplia extensión de tundra nevada, y a continuación el cambió a un tigre blanco, la enorme cabeza del tigre se volvió hacia ella y los ojos de aquel hermoso animal eran verdes, de un verde tan humano que la hizo estremecerse porque ella conocía aquellos ojos.

Las imágenes se sucedieron, y el hombre empezó a acercarse a ella, poco a poco sus rasgos fueron tomando forma hasta completarse en los del hombre que conocía íntimamente, era Edward... Y al instante siguiente su cuerpo empezó a disolverse, y en un remolino de niebla, apareció nuevamente el tigre blanco. Bella jadeó y empezó a toser con fuerza, mientras trataba de que la cabeza no le diese vueltas, su mirada ascendió febril y aterrada al hombre que estaba frente a ella, el cual la miraba con aquellos mismos ojos del felino.

—Tú... Tú... Tigre... Tus ojos... Qué... ¿Qué truco es este, Edward?

Él sacudió la cabeza.

—No es ningún truco, caramelo —le susurró en voz suave, calmante—. Soy lo que has visto, un cambiante. Soy tanto animal como hombre... Y tú eres mi compañera, pequeña tigresa. Mi compañera humana, pero mía. La única.

—Tienes que estar de broma... Eso... Eso no es real... Ningún hombre... Nadie puede transformarse en un animal —aseguró ella con rotundidad, a pesar de que aquellas imágenes seguían invadiendo su mente.

—Hay cosas que parecen imposibles y no por ello lo son, caramelo.

Ella se alejó de golpe sacudiendo la cabeza, chocando con una de las sillas de la mesa haciéndola caer al suelo con un fuerte estruendo.

—¿De qué sanatorio mental has salido? —clamó ella negando con la cabeza—. Esto no tiene gracia, Edward ... Ni la más mínima gracia.

—Isabella.

—No... Vete... Solo vete —insistió ella señalándole la puerta con el brazo extendido—. Y no vengas a buscarme, está claro que esto ha sido un enorme error...

—Las cosas no son así, Isabella —negó él enderezándose en toda su altura—. Tienes que entender, sé que es difícil para ti, que todo esto pueda parecerte una fantasía, pero no lo es... Es real, soy real... Y tú eres mi compañera, pequeña niña. Mi tigresa.

—¡Yo no soy ningún maldito gato! —clamó ella alejándose de su contacto—. Márchate de mi casa antes de que llame a la policía.

Edward masculló algo en voz baja y finalmente negó con la cabeza.

—Tú me has obligado a esto, recuérdalo cuando nada tenga sentido y tu mente busque una respuesta a lo que no puede explicar —le respondió antes de agarrarla de la muñeca y murmurar una nueva frase.

En un instante, Bella y Edward estaban forcejeando, al siguiente, la habitación había quedado vacía.

Zafrina era consciente de que las visiones iban y venían cuando les daba la gana, no podía controlarlas, como tampoco podía controlar los sueños, pero aquella era la primera vez que recibía tal impacto estando despierta. Apartándose un mechón de su pelo violeta sobre el hombro irrumpió en el despacho del jefe de su Clan, sabía lo mucho que odiaba Jake que cualquiera entrase en aquella pequeña habitación sin llamar, sobre todo si estaba con su compañera como en aquel momento, pero fue precisamente por la presencia de Leah que Zafrina atravesó las puertas de golpe haciendo sobresaltarse a la pareja. La compañera de su jefe permanecía sentada sobre el escritorio riendo por algo que le había dicho su compañero cuando el sonido de la puerta irrumpió en la sala.

—Zafrina, maldita sea, te he dicho mil veces qué...

—No hay tiempo para eso —respondió ella dirigiéndose directamente hacia el escritorio—. Tienes que ir a California, ambos debéis de ir.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Jake.

Leah, en cambio volvió la mirada hacia la mujer y abrió los ojos desmesuradamente.

—Es Edward, ¿verdad?

—¿Qué ocurre con mi hermano?

Zafrina miró a Jake de nuevo.

—Edward va a perder a su compañera —respondió antes de volverse de nuevo hacia Leah—. Tienes que evitarlo, ella solo te escuchará a ti, tú la entenderás.

—¿Qué ha pasado? —insistió Jake empezando a ponerse nervioso.

—Pasa que tu hermano es un auténtico gilipollas —aseguró ella—. Le ha hablado a su compañera de quien es... Y ahora, va a mostrárselo.

—¿Y qué hay con eso? —respondió Jake sin entender. Él mismo había compartido ese don con su compañera.

Zafrina puso los ojos en blanco.

—Por lo visto, la idiotez es hereditaria.

Leah se volvió a su compañero.

—Ella es humana, Jake, como yo —le respondió Leah—. Y puede resultar un poquito... Difícil... Mantenerse cuerda después de presenciar algo tan... Extraordinario... Como el cambio.

—Oh, mierda —masculló el hombre recordando lo que él había vivido con su mujer.

—Vaya, tu marido no es tan tonto.

—Nos vamos a California.