Capítulo X
Octava Noche II
La madrugada se aproxima rápidamente, pero este día particularmente no me importa. Me encuentro recostado en mi cama, la luz tenue de una lámpara es lo único que ilumina mi habitación. Observó detenidamente el rostro aún demacrado, pero sereno, de Francesca que permanece dormida.
Ahora que lo recordaba, sumergido en el absoluto silencio, pensaba en lo extraño que me había resultado, a pesar de la humedad y el encierro del lugar en que la había encontrado, que sui piel aún oliera a flores. Lo había podido comprobar, cuando me acerqué a ella en aquel subterráneo. Francesca me miró, pero sus ojos no parecían capaces de verme. Extendí entonces mi mano hacia ella, intentando tocarla como ahora que dormía, pero en ese momento ella no lo aceptó, pareció querer hundirse todo lo posible dentro del cubículo de piedra que ocupaba, e incluso, por un instante, tuve la sensación de que entreabrió la boca para mostrarme los dientes, como habría hecho un animal salvaje.
- Bill – escuché la voz de Gerard, alarmado tras de mí.
Le hice un gesto de calma con la mano, sin dejar de mirar a Francesca, que pareció contenerlo.
- Francesca - susurré su nombre, con toda la suavidad que me era posible.
Ella continuó mirándome con aquella expresión salvaje, pero me pareció que comenzaba a comprender. Aunque a mí me resultaba incomprensible como una persona podía llegar a tal estado de defensión. Solo un daño muy grande podría ocasionar algo así.
- Soy yo… Bill… - continué.
Mi mano se iba acercando suavemente hasta ella, al menos ya no retrocedía.
La expresión de su rostro fue cediendo poco a poco, ablandándose. Sus ojos comenzaban a enfocarse en mí, y su mano se alzó tímidamente hasta alcanzar la mía, pude percibir su tacto, tan frío como la roca de aquel lugar. Su voz brotó como un murmullo oscurecido por una profunda tristeza y añoranza, tanto, que de pronto tuve la sensación de que Francesca veía a través de mí, a otra persona.
- Bill… mi hermoso Bill…
Sus ojos comenzaron a entristecerse y quiso retirar su mano de la mía, yo la retuve.
- No lo entiendes… - me dijo – no soy buena para ti…
Me dolían sus palabras, no por lo que ella intentaba decir, si no por la posibilidad de no tenerla en mi vida.
Le acaricié la mano con suavidad con mi pulgar, ella se estremeció. Le extendí mi otra mano y le hablé con el susurro más dulce del que fui capaz.
- Ven conmigo…
Ella no dejó de mirarme, y ahí estaba una vez más el animalito herido, me sentí profundamente protector cuando Francesca se decidió a venir hasta mí. Noté como se mordía el labio y tragaba con dificultad, como si se estuviese conteniendo por algo.
- Tranquila…. – intenté calmarla – yo cuidaré de ti.
Sus ojos se humedecieron ante mis palabras, pude notar el brillo en ellos.
Sus piernas se deslizaron fuera de la pequeña gruta, hasta extenderse para tocar el suelo. Cuando lo hizo, noté la presión de su mano, en un intento por sostenerse, parecía tan débil, tan enferma. Mi inmediata reacción fue la de tomarla en mis brazos, creo que la sorprendí, ya que un suspiró se le escapó contra mi cuello cuando la alcé. Pero entonces el que me estremecí fui yo, cuando sus labios se rozaron contra la herida de mi cuello. Y su voz me susurró.
- No es una buena idea…
Por un momento pensé en bajarla, pero enseguida desistí de ello.
- Tendrás que contenerte…
Le dije, como si supiera precisamente de qué me hablaba, aunque bien sabía yo que estaba ironizando la situación, o al menos eso esperaba. Su voz sonó con un pequeño matiz de alegría.
- No podré por demasiado tiempo…
Me di la vuelta con ella para salir de ahí, Gerard me miró y me hizo un gesto para que se la entregara, pero yo negué suavemente, en realidad era tan ligera como una pluma, parecía que apenas se había alimentado en los últimos días.
Comenzamos a subir la escalera, con Roger por delante y Gerard a mi espalda. Francesca permanecía con su brazo en torno a mi cuello, su rostro apoyado en mi hombro, soltando su aliento contra mi piel, tranquila, entregada como la presa cuando ha sido cazada y ya no hay vida posible, se relaja en las manos de su cazador.
Cuando finalmente nos encontramos en casa, Tom salió a nuestro encuentro, y creo, sin temor a exagerar, que casi se le salen los ojos de las cuencas cuando me vio con Francesca. Para entonces ella se había empeñado en caminar, aunque estaba notoriamente débil.
Cuando entramos, y pasé junto a Tom, él intentó susurrarme la pregunta, pero no lo logró.
- ¿Qué estás haciendo?- mi hermano parecía morder cada una de las palabras al liberarlas entre dientes.
- Volver a casa - le respondí.
- ¿Con ella? – continuó preguntando.
Francesca sólo iba unos pasos por delante de mí.
- Ya te lo explicaré Tom – dije, mirándolo a los ojos.
Mi hermano no parecía querer esperar, el gesto aprensivo de su rostro y su mirada me lo decían, pero accedió a darme unos minutos.
- Hablaremos luego – sentenció. Yo asentí – pero luego Bill…
- Sí… - le concedí.
Francesca se había apoyado en una pared y se giró para mirarme.
- Puedo irme… - dijo entonces.
Apenas podía mantenerse en pie, y bajo sus ojos dos profundas sombras de cansancio se marcaban.
- No te irás… - le dije.
Y escuché bufar a Tom tras de mí, pero no quise darle importancia. Lo que sí llamó poderosamente mi atención, fue ver que mis perros mantenían una extraña distancia de Francesca, quizás se debía a que no la conocían, pero aún así me resultó una conducta extraña.
Comenzamos a caminar por el pasillo hasta llegar al baño.
- Te vendrá bien un baño tibio – le ofrecí.
Ella me miró y comprendí que no tendría fuerzas para hacerlo sola. Me mordí el labio, ayudarla era algo que no podía pedirle a nadie más en casa en este momento, pasaban de las tres de la madrugada y no había ninguna mujer que pudiera hacerlo. En casa sólo estaban mis guardaespaldas, que prácticamente habían pasado a trabajar en turnos de noche, y Tom. Y desde luego mi hermano no era una opción.
- Te ayudaré… - le hablé con convicción.
Ella sostuvo mi mano.
- ¿Por qué eres tan bueno conmigo? – me preguntó.
"Te amo", pensé. Pero lo cierto es que no supe que responderle. No existía una única razón para estar con ella, era simplemente el hecho se sentirme vivo en su compañía.
Escuché a su estómago sonar con la fuerza de un rugido. Bajó la mirada, como si se sintiera descubierta en algo que no deseaba.
- Será mejor que comas primero – dije, ella no respondió.
Comenzamos a caminar a mi habitación. Le llevaría algo de comer ahí, al menos era un lugar seguro hasta que Tom se calmara.
- ¿Qué te traigo? – le pregunté, quizás por cortesía.
La mirada que me dio entonces, sentada en el borde de mi cama, me hizo contener el aliento. De alguna manera sabía lo que estaba pensando. La comida que yo pudiera ofrecerle, no iba a saciar su hambre, porque esa hambre tenía un origen diferente, mucho más primitivo.
Entonces habló con suavidad.
- Si tuvieras algo de… carne… - me preguntó.
- Aquí no comemos carne… - respondí algo confuso, aunque su petición, a simple vista, no tenía nada de extraño.
Francesca bajo la mirada y la vi hacer un gesto de desfallecimiento, podía notar su avidez, y como su cuerpo le exigía ser saciado.
- Tranquila, lo solucionaré – le dije girándome para salir de la habitación.
- Bill… - habló ella reteniéndome – si la consigues, no la cocines…
Abría los ojos sorprendido ante su petición.
- ¿Qué? – me vi obligado a preguntar.
Ella se mordió el labio y pareció reconsiderar sus propias palabras.
- No la cocines… mucho… - agregó.
Yo la observé un poco más y finalmente asentí con un solo gesto. A veces había preguntas que era mejor no hacer.
Dos horas más tarde, estaba aquí en mi habitación con Francesca. Ella descansaba y su semblante parecía calmo, nada comparado con el rostro casi de sufrimiento que mostraba cuando se obligaba a comer la carne que Gerard había conseguido para mí en un supermercado de turno. Tenía que pensar en un bono extra al momento de pagar a mi guardaespaldas sus molestias de estos días.
Recordaba el modo en que Francesca cortaba la carne, que de tan poco hecha como lo había dejado, sangraba ligeramente cuando ella la cortaba. Luego se llevaba los trozos a la boca, y su estómago se quejaba ruidosamente mientras ella masticaba, luego se llevaba una servilleta de papel a la boca y dejaba en él la carne que finalmente no tragaba. Yo contenía el aliento cada vez que ella hacía eso y me miraba de reojo, como si temiera lo que yo estuviera pensando. Pero ninguno de los dos ponía el tema sobre el tapete.
Cuando finalmente terminó de extraer los jugos a la carne, me habló.
- Ya me siento algo mejor… - sonrió, pero su sonrisa distaba mucho de ser la que le conocía.
De todas maneras me sentí aliviado de verla sonreír.
- Vuelvo enseguida – le dije, llevándome conmigo la bandeja con la vajilla y los restos de carne.
Cuando llegué a la cocina, Tom me esperaba ahí con una taza de café en la mano. Intenté ignorarlo, pero como siempre me fue imposible.
- ¿Vas a dejar que se quede aquí? – me preguntó, con tono cansino.
- Sí… - respondí abriendo el cubo de la basura y dejando caer los trozos de carne exprimida que Francesca había envuelto en papel.
- ¿Hasta cuándo? – continuó preguntando Tom, con el mismo tono cansino.
- No lo sé… hasta que ella quiera… - respondí con absoluta sinceridad.
No la iba a retener por la fuerza, pero tampoco permitiría que volviera a la soledad de aquel subterráneo en el que la había encontrado. Así que quise explicárselo a Tom.
- No te imaginas el lugar en el que la encontramos… - comencé, pero mi hermano me interrumpió con un gesto de su mano.
- Ahórrate los detalles – me dijo, abatido – esa mujer no es de mi gusto Bill, no es buena para ti…
- No la conoces Tom – quise defenderla.
Él lo aceptó haciendo un gesto negativo con la cabeza.
- Tú tampoco – agregó.
- La conozco más que tú – le dije con decisión.
Tom me miró fijamente, el tono de su voz seguía siendo calmado, algo muy poco habitual en él.
- El que te hayas acostado con ella no te hace conocerla – habló. Yo me quedé sorprendido, ¿cómo sabía eso Tom? – te lo digo por experiencia.
- ¿Quién dijo que me acosté con ella? – pregunté, quizás para saciar una curiosidad irrelevante.
Tom bebió un sorbo de su café, tomándose su tiempo antes de responder.
- Sólo basta ver como la miras Bill – se encogió de hombros.
Me sentí descubierto, desnudo ante mi hermano.
- De todas maneras una cosa así no tiene porque nublar mi juicio – me defendí, sin aceptar del todo lo que aseguraba Tom.
- Pero lo hace… ¿o me dirás que en otras circunstancias te comportarías tan extraño? – preguntó.
Su tono se iba haciendo cada vez más exigente, podía notar que Tom llevaba días guardándose sus opiniones y era muy probable que considerara que este era el momento para dejarlas salir.
- No quiero discutir – dije, intentando mantener la calma – intenta confiar un poco más en mí.
En su boca se marcó una ligera sonrisa sarcástica.
- Lo intento, pero no lo haces fácil – respondió.
- Seré cauteloso – le prometí.
Todo su rostro se mofó en un gesto, de mis palabras.
- Ya, trayendo el peligro a casa – habló.
- ¡¿Te parece peligrosa? – me exalté, olvidando la calma que intentaba mantener.
- ¡Por Dios Bill, te mordió el cuello! – me reclamó.
Ya estaba hecho, la calma se había roto.
- ¡En un arrebato de pasión! – la defendí.
- ¡O de hambre! – respondió gesticulando con la mano, mientras se ponía de pie.
- ¡Que ridículo eres! – dije dándome la vuelta, sabiendo que lo que Tom decía, no era más que mi propio pensamiento expresado en palabras.
- Ya… seré ridículo – respondió – pero mañana mismo lleno esta casa de ajos.
- Lo que tú digas – comencé a buscar un vaso para beber agua.
- Y agua bendita… - agregó.
Yo le hice un gesto con la mano, mientras bebía el agua, que me pareció que sabía a barro.
- Y de paso trae alguna estaca de madera – lo alenté con tono de burla.
- Mira, no es mala idea – aceptó.
Lo miré nuevamente e hice un gesto negativo con la cabeza.
- Si es que eres ridículo – agregué, mientras me dirigía a la puerta.
- No Bill, soy precavido – habló, como si aquello que acababa de decir fuese una sentencia.
- Nos vemos Van Helsing – le dije saliendo de la cocina.
Escuché la voz de Tom, que parecía no resignarse jamás a ceder la última palabra.
- Nos vemos Mina Harker – dijo tras de mí.
Yo simplemente alcé mi dedo para que viera el insulto, pero ya no dije nada más.
Cuando llegué hasta la habitación, me encontré con que Francesca no estaba. Comencé a buscarla y llegué hasta el baño, entonces la vi, sentada en el borde de la bañera y con la mano puesta bajó el chorro de agua que la iba llenando. Por el vapor que se estaba generando, pensé que el agua debía de estar muy caliente, me acerqué y la piel de mi mano se resintió cuando lo comprobé.
- ¡Esta ardiendo! – le dije retirando su mano de debajo del agua.
- Me gusta el agua caliente – me contestó con una sonrisa un poco más animada. Su rostro seguía estando demacrado, pero parecía que había recuperado ligeramente el color.
- Bien… pero será mejor que bajemos un poco la temperatura – hablé, regulando el agua.
Entonces sentí sus dedos tocando la piel de mi costado, a través del espacio que se había abierto entre mi pantalón y mi camisa al extender la mano. No me moví, pero me quedé mirándola, parecía como si estuviese analizando la parte de mi tatuaje, que no era demasiada, y que quedaba a la vista.
- ¿Qué te has escrito? – me preguntó.
Entonces me incorporé.
- Nunca dejaremos de gritar. Volveremos a los orígenes – le respondí.
No iba a darle la razón de habérmelo hecho, iba a esperar a la conclusión que ella pudiera tener.
- Es una convicción… - dijo sumergida en una especie de reflexión, mientras sus dedos comenzaban a buscar bajo mi camisa, para ver más de mi tatuaje.
Yo sostuve su mano cuando sentí que mi corazón comenzaba a dispararse a causa de aquella pequeña caricia. Francesca me miró directamente.
- ¿Necesitas que te ayude? – le pregunté.
Un momento atrás no creía que fuese capaz de sostenerse por si misma. Ahora parecía algo más recuperada.
Hizo un gesto negativo.
- Bien – respondí con alegría, verla mejor me animaba mucho - te traeré algo de ropa, te quedará grade, pero te servirá.
Le hablé antes de salir del baño en busca de lo que ahora Francesca llevaba puesto. Un jeans que caía sosteniéndose en su cadera, y una blusa camiseta cuyos pliegues acentuaban la forma de su cintura y sus senos.
No pude evitar el deseo fluyendo por mis venas, recorriéndome por completo, recordándome la forma salvaje en que nos habíamos amado dos noches atrás. Algo que parecía tan lejano considerando que ahora dormía despreocupadamente sobre mi casa, como si se tratara de una prima, o una hermana.
Mi dedo ensortijó un mechón de su cabello, con cuidado de no tirar de él, pero con la idea fija de deleitarme con su textura suave. No sé si Francesca llevaría tiempo despierta, o simplemente no había dormido, pero sus ojos se abrieron, sin que ella se moviera ni un milímetro.
- Lo siento… - dije retirando mi mano, temiendo, en un principio, haberla despertado.
- Estaba despierta… - me respondió, con esa voz melodiosa y sensual que iba de pronto recuperando su poderío ante mí.
Entonces se movió, para quedar sentada frente a mí en la cama. Yo únicamente la miraba, como si se tratara de aquella visión por la que había suplicado en sueños. Pero entonces vinieron a mí las preguntas, todas aquellas interrogantes que me habían invadido sobre ella, sobre el club, sobre el lugar y las circunstancias en que la había encontrado.
Francesca miró sus manos que estaban sobre su regazo, para luego mirarme a mí y hablar con suavidad.
- No puedo responder a tus preguntas…
Continuará…
Aquí estamos con el siguiente capítulo… sólo les voy a decir, un escritor crea su propio universo fantástico o no, lo importante de la historia es que sea creíble y que ese universo no comience a hacer aguas como el Titanic, así que espero que mi versión paranormal de esta historia les vaya convenciendo a ustedes.
He perdido la cuenta de la cantidad de veces que he estado a punto de escribir "Juliette" en lugar de Francesca, así que si alguna vez se me cuela, mil disculpas.
Besitos y muchas gracias por leer.
Siempre en amor.
Anyara
