Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.


Venganza (Parte 2)

—Emmett, Rose, ¿qué van a…? —preguntó Alice aterrada, y sus peores pesadillas se hicieron realidad cuando se vio en la pantalla, vestida con aquel diminuto disfraz de vaquera que había comprado en el sex-shop menos de un mes atrás, y sentada peligrosamente cerca de la entrepierna de un Jasper desnudo desparramado sobre la cama matrimonial.

—Dígame, Señor Whitlock, ¿a qué hora empieza el rodeo por estos lados? —preguntaba la duendecillo, deslizando su pequeño dedo índice por el abdomen de su marido y provocando su risa espontánea desde la pantalla.

—Yo diría que cuanto antes, señorita —contestaba él con su media sonrisa, estirando los largos brazos para calzar las manos sobre sus nalgas, por debajo de la minúscula pollera de jean.

A Jasper casi se le salen los ojos de las órbitas viéndose a sí mismo en esa situación.

—¡¿Qué demonios?! ¡Emmett, quita eso ya mismo! —le dijo poniéndose de pié para arrojarse sobre él y quitarle el control remoto.

—Nah-ah-ah, hermano, tú hiciste una promesa y sólo los cobardes rompen una promesa. ¿Usted es un cobarde, Mayor? —le preguntó Emmett, congelándolo en su lugar con la simple apelación a su costado de valiente soldado confederado—. Diste tu palabra de honor, así que siéntate.

—¡Pero qué montura más grande tiene este caballo! —decía ahora la pequeña vampira desde la pantalla, y Alice se llevó las manos a las mejillas mientras veía cómo sus hermanos e incluso sus padres se mordían los labios para no reír.

—¡Emmett, que lo quites ya! —insistía Jasper, cuyo caballero interno se debatía entre cumplir con su promesa o partirle una lámpara en la cabeza a su hermano y terminar con todo eso. De cualquiera de las dos maneras, su honor ya estaba totalmente pisoteado.

Edward intentaba taparle los ojos a su mujer, pero Bella espiaba disimuladamente por arriba y por debajo de la palma del vampiro de los cabellos cobrizos. Por suerte para ella, cuando la pantalla dejó ver a Jasper agarrando a su pequeña hermana de las caderas y sentándosela encima, justo donde la quería, el gemido que se escuchó dejó a Edward en tal estado de shock que ni siquiera pudo mantener su mano en alto.

—Emmett, ¿tú estás suicida y estás tratando de darme motivos para que te mate? —le gruñó Jasper, cuyas piernas aún no le respondían ni hacia adelante, hacia Emmett, ni hacia atrás, hacia el sillón. Malditas sus costumbres del 1800 de que la palabra vale por escrito y todas esas reglas que en ese preciso momento no le servían para nada.

—Hermano, si eres tan caballero como dices, cumple tu promesa como un hombre y siéntate en tu lugar —respondió el morocho, totalmente relajado, mientras Rosalie sonreía triunfal viendo a Alice a los saltitos sobre su marido en la pantalla del televisor.

—¿Caballero adónde? —se quejó Edward, tapándose los oídos para no tener que escuchar los gemidos de su querida hermanita—. ¿Estamos viendo dos películas distintas o qué?

Todavía con los ojos desorbitados, Jasper se dio vuelta para mirarlo con su afamada expresión de asesino serial.

—¡Perdóname la vida por hacer lo mismo que haces tú con Bella! —protestó el rubio.

—¡Pero esto parece una porno!

—Es una porno, Edward. Una porno casera —explicó sonriente Emmett desde el costado de la sala.

Jasper decidió ignorar al mayor de sus hermanos para concentrarse en el menor, mientras Alice evitaba taparse el rostro con un almohadón solamente para verificar cómo le quedaba el traje de vaquera desde ese ángulo. O mejor dicho, los restos del traje de vaquera, porque las botas y el sombrero ya habían perecido en el camino, el top había quedado hecho trizas de la vez anterior, y la pollera estaba a medio desgarrar.

—Escúchame bien, Edward. Que Alice y yo hagamos estas cosas no quiere decir ni que ella no sea la dama que es...

—Ay, amor, pero qué salvaje está este potro —lo interrumpió la voz agitada de Alice desde el televisor.

—… ni que yo no sea el caballero que soy.

—Montando así estás para ganar cualquier rodeo, querida.

—Sí, claro —Edward rodó los ojos, y Jasper disparó sus olas de vergüenza por toda la sala una vez más antes de volver a acuchillar a Emmett con la mirada.

—¡Por todos los santos, Emmett! ¡¿Qué diablos tengo que hacer para que frenes esto?!

—Bueno, hermanito, de hecho, hay algo que sí puedes hacer como para que adelantemos un poco y sigamos con el resto.

—Ay, no —murmuró Esme, preocupada de ser la próxima.

—¡Lo que sea! —gritaron Alice y Jasper al unísono, mientras sus dobles televisivos no dejaban de jadear.

—Bueno… —Emmett sacó del bolsillo de su pantalón un papel que procedió a desdoblar y a leer—. Jasper, debes repetir lo que te voy a decir.

—¡Sólo dilo! —lo apuró el sureño, desesperado.

—"Yo, Jasper Hale Cullen o como quiera que te llames…"

—Yo, Jasper Hale Cullen o como quiera que me llame —repitió él sin pensar, y desde la pantalla un grito de Alice le recordó su verdadero apellido.

—¡Aaay, Señor Whitlock!

—"… prometo que, ocurra lo que ocurra, en cualquier circunstancia, de aquí hasta el fin de nuestra eternidad…" —continuó Emmett, inmutable.

—…prometo que ocurra lo que ocurra en cualquier circunstancia de aquí hasta el fin de nuestra eternidad… —dijo Jasper todo de golpe.

—Cómo me gusta jugar al rodeo contigo, Jazz.

—"…nunca jamás volveré a burlarme ni tampoco emitiré ningún tipo de opinión o comentario descalificativo, resentido y/o llorón…"

—…nunca jamás volveré a burlarme ni nada… —repitió el rubio.

—¿Sí, te gusta, preciosa? —jadeó desde el televisor—. ¿Sabes a qué otra cosa podríamos jugar, cielo?

—Quiero el texto completo, Jasper, palabra por palabra.

—¡Es muy largo, no lo recuerdo!

—Yo te lo refresco —sonrió Emmett, releyendo el párrafo—. "Nunca jamás volveré a burlarme ni tampoco emitiré ningún tipo de opinión o comentario descalificativo, resentido y/o llorón."

—Nunca jamás volveré a burlarme ni tampoco emitiré ningún tipo de opinión o comentario descalificativo resentido y llorón.

—"Y/o llorón" —corrigió el morocho.

—¿A qué, Jazz? ¿Ah, ah, ah, a qué podemos jugar?

—Y/o llorón —repitió Jasper, y se quejó una vez más, sintiendo su reputación de caballero muerta y enterrada—. ¡Diablos, Emmett, apúrate!

—Calma, que esto es importante y no quiero que te olvides ni una palabra —replicó el hombre-mono, repasando el texto—. "Yo…" bla bla bla… "prometo…" bla bla bla… "burlarme…" ¡Ah, sí! "Sobre las actividades sexuales de Emmett McCarty Cullen y Rosalie Hale McCarty Cullen."

—Podemos jugar a la herradura.

—¿A la herradura?

—Sí.

—Sobre las actividades sexuales de Emmett McCarty Cullen y Rosalie Hale McCarty Cullen. ¿Listo?

—Listo.

—¡Entonces quita esto ya! —bramó Jasper, sabiendo cómo seguía la escena con Alice. Medio minuto más y ahí sí que el tejano iba a quedar en la memoria familiar como el actor porno de los Cullen por excelencia.

—Falta que jure Alice —intervino Rosalie.

—¿Y cómo se juega?

—Fácil. Tú tienes una herradura… y yo tengo un palo…

—¡Ayyy, los voy a matar! —el pobre vampiro se tiró sobre el sillón agarrándose los mechones de pelo rubio mientras su esposa se ponía de pie con una mano en el corazón.

—Yo Alice y todos mis apellidos prometo que ocurra lo que ocurra en cualquier circunstancia de aquí hasta el fin de nuestra eternidad nunca jamás volveré a burlarme ni tampoco… ni tampoco… ¡ay! ¡¿cómo seguía?!

—¿Y qué tengo que hacer, Señor Whitlock?

—"Ni tampoco emitiré ningún tipo de opinión o comentario descalificativo, resentido y/o llorón sobre las actividades sexuales de Emmett McCarty Cullen y Rosalie Hale McCarty Cullen" —releyó Emmett, con una enorme sonrisa de revancha en el rostro.

—Lo que tienes que hacer, Ali…

—Ni tampoco emitiré ningún tipo de opinión o comentario descalificativo resentido y/o llorón sobre las actividades sexuales de Emmett McCarty Cullen y Rosalie Hale McCarty Cullen —finalizó Alice a la velocidad de la luz—. Listo, ahora sí, detenlo.

—…es tratar de que tu herradurase… —balbuceó Jasper desde la tele con su voz agravada por la lujuria, y reforzando el agarre sobre las caderas de Alice la obligó a bajar del todo para enterrarse en ella por completo—, …inserte

—¡Ay, Jasper! —gimió la duendecillo.

—…en mi palo —concluyó él con un gruñido.

—Ahora sí me da —anunció Edward, horrorizado por las imágenes y los sonidos que salían del electrodoméstico.

—A mí creo que ya me dio —murmuró Carlisle.

A esas alturas, Alice se había vuelto a sentar y estaba intentando reconfortar a su marido, acariciándole la espalda mientras él se hundía boca abajo en el sillón y bañaba a todos con su vergüenza.

—Pues yo ya estoy muerto, pero muerto en serio, así que a ver si la tierra se digna a abrirse y tragarme de una vez por todas —se lo escuchó decir, su voz ahogada entre los almohadones.

—¿Y qué me llevo si gano? —preguntó una Alice jadeante desde la TV.

—Te llevas un pasaje de ida al paraíso, cariño.

—¿Qué no me robaste esa frase cursi a mí? —se quejó Emmett, mientras apuntaba al televisor con el control remoto y apretaba la tecla de adelantado.

La psíquica pensó que con eso se resolvería todo, pero resulta que ver sus aventuras sexuales con Jasper en cámara rápida y en sucesivas posiciones no era exactamente una gran satisfacción.

Jasper levantó la vista, creyendo que la falta de sonido indicaba que ya se había terminado su martirio, pero se encontró con que la cámara también lo había captado tomando a su mujer por atrás.

—Oye, Jazz, no soportarás al perro de Jacob, pero parece que con el perrito te llevas bastante bien —rió Emmett, y su hermano lo fulminó con la mirada antes de volver a enterrar la cabeza en un almohadón y soltar un gruñido de bronca.

—¿No puedes pasar de escena y ya, Emmett? —se quejó Alice.

—Nop. Guardamos todo el video en una sola escena, así que no hay otra manera de adelantar.

La morocha se hundió en el sofá, su mano aún palmeando la espalda de un Jasper completamente derrotado por la vergüenza, y suspiró con alivio cuando vio reaparecer las caras de los presentadores de tan agradable obra cinematográfica.

Emmett pausó el adelantado y le dio play al video.

—¡Yeehaw, arre caballo! —festejó el morocho desde la pantalla con una risotada—. Antes de continuar, les informamos que el fragmento que acaban de ver está auspiciado por… —el vampiro carraspeó e impostó su mejor voz de locutor radial—. Riendas "La Confederación", avalado por más de 170 años de experiencia. Satisfacción garantizada: tire un poquito y enseguida se para. Si usted es un Mayor, entonces usa Riendas "La Confederación".

—Podría ser publicista —le susurró Esme a su marido, y Jasper, que no estaba de humor para más bromas, le clavó una mirada asesina—. Ay, hijo, no te lo tomes así, no tienes de qué avergonzarte —la amable mujer le dedicó una sonrisa comprensiva.

—Claro, Jazz —lo alentó Emmett—. No te preocupes, hermano, lo que viene es peor y ahí tu no participas.

—¿Eh? ¿Cómo que peor? —preguntó Bella, un poco asustada.

—Y ahora, continuamos con más videos ilustrativos para limpiar nuestro honor —prosiguió Rosalie.

—¿Qué honor? —se mofó Edward, y su hermana le respondió con una mueca.

—El nuestro, que es más del que te quedará a ti.

El cobrizo frunció el ceño y leyó su mente, pero lo único que encontró fue un sarcástico «Todo a su tiempo, Edward» y una risa maliciosa.

—Vamos a darles una oportunidad más de redimirse. Lo mismo que antes, si alguno puede contestar la siguiente pregunta con un 'NO', entonces están salvados. Pero como seguro no van a poder, no se entusiasmen demasiado. ¿Cuál es la pregunta, monito?

—La pregunta eeeeeeesssssss… ¿Han tenido que comprar una cama nueva en el último año por haberse desenfrenado en sus aventurillas sexosas, llámese romper la cabecera y/o saltar al punto que las patas cedan?

—Sí —se limitaron a responder Alice y Jasper con los ánimos por el suelo, incluso antes de que Emmett le diera al botón de pausa.

La familia los miró alzando las cejas por lo espontáneo y hasta indiferente de la confesión, y Alice se encogió de hombros.

—¿Qué? Acaban de verme haciendo "la tarántula" vestida de vaquera, mi dignidad ya no puede caer más bajo que eso —suspiró.

—Muy bien, la honestidad ante todo —aplaudió Emmett—. ¿Dr. Carlisle, alguna defensa a favor suyo y de su esposa?

El jefe del clan intentó recurrió al mismo método de antes, por si acaso esta vez funcionaba.

—Cuando dices que las patas cedan… ¿son todas las patas, o dos rotas y una astillada también cuentan?

—Todo cuenta.

—Pero no cambiamos la cama —se defendió Esme.

—¿La llevaron al carpintero a que le cambie las patas? —adivinó Rosalie.

—Sí.

—Pues si no tiene las patas originales, cuenta como cama nueva —sentenció la rubia.

Esme puso cara de descontento y su marido le palmeó la rodilla.

—Bueno, estuvimos más cerca que la otra vez —comentó el doctor, viéndole el lado positivo a la situación.

—¿Qué dicen Eddie y Bells, eh? —el grandote les guiñó un ojo.

Bella se pasó una mano nerviosa por los cabellos y se cruzó de brazos, parpadeando furiosamente.

—Pero, Emmett, yo soy neófita.

—Bella, Bella, querida hermanita de mi corazón. Primero, hace ya dos años que te convertiste. Y segundo… ¿qué diablos tiene que ver eso con romper camas?

—Que yo rompo más cosas porque tengo más fuerza.

—¿Me estás llamando debilucho? —se quejó el morocho, quien nunca había digerido la idea de no ser el más fortachón de la familia, aunque sólo fuera por un corto tiempo dentro de su interminable existencia. Y lo peor de todo, le había ganado una mujer. ¡Una mujer!

—No, no te estoy llamando debilucho, pero...

—¡Suficiente, es un sí, así que continuamos! —decretó Emmett, y le dio otra vez a la tecla play.

—¿Otra vez perdieron? ¿Pero cómo, no era que éramos nosotros los de los destrozos, Rose?

—Parece que no somos nosotros solos, Em —contestó la rubia presentadora con una sonrisa maliciosa—. Vamos a tener que mostrarles más videos, entonces.

—Así es, vampiros y vampiras. Y en este segmento les traemos un clip fresquito de nuestros más novatos calenturientos. Familia, aquí están el señor y la señora poderes mentales con este coito… perdón, corto —rió—, titulado 'Echando a perder se aprende, así que qué más da'.

—¿Nosotros? —preguntó Edward con el rostro desencajado—. Emmett, yo no soy como Jasper, me importa tres cuernos lo que te prometí así que más te vale que… ¿¡Qué diablos?!

Esta vez le tocó al cobrizo verse como Dios lo trajo al mundo examinando junto a su igualmente desnuda esposa el libro de Kama Sutra, ese recientemente comprado en el mismo sex shop en el que Emmett adquirió el Tantra y Alice su disfraz de vaquera.

—Qué lindos, seguro están leyendo o estudiando algo de Sócrates o Platón, ¿no? Porque ya sabemos lo culto que es Edward —dijo Rosalie con ironía.

—Sí, lo lleva en la piel, por eso no trae ropa —se rió Emmett, y a Edward le hirvió la sangre que no tenía.

—¿Qué tal este? El amante tierno —decía él en la filmación, señalando una página.

—No, amor, ese fue el primero que probamos cuando compraste el libro.

—¿Y no te gustó? —susurraba pícaramente al oído de Bella, mordiéndole suavemente el lóbulo y haciendo que ella se riera.

—Claro que me gustó, pero quiero intentar algo nuevo.

—Me lleve la parca —susurró la castaña de los ex ojos chocolate, llevándose las manos a las mejillas.

—No, Bella, al que se va a llevar la parca es a Emmett, porque ya mismo lo mato —anunció su marido.

El pianista amenazó con ponerse de pie y abalanzarse sobre el bromista de su hermano, pero todo quedó en un intento inútil. No entendía qué le pasaba, pero de pronto se sentía tan agotado y apático que no podía ni levantarse del sillón.

—Pero… ¿qué… qué me sucede? —preguntó en voz alta, y descubrió una pequeña risa en la mente de su otro hermano—. ¡Jasper! ¡Deja de manipular mis emociones que quiero matar a Emmett! —le gritó a duras penas, porque ni de eso tenía ganas.

El rubio se encogió de hombros y, por primera vez en un largo, larguísimo rato, esbozó una sonrisa.

—Pues yo también quiero amordazar a Emmett y dejarlo abandonado en la cima del monte Everest por los próximos 200 años, pero si todos en esta sala ya nos vieron a Alice y a mí haciendo… lo nuestro…, entonces yo quiero verlos a Bella y a ti jugando a lo que sea que están jugando en ese video.

Edward abrió los ojos como búho.

—¡Si serás traidor, Jasper!

—No es traición, el que avisa no traiciona —se defendió el sureño.

—¿¡Y cuándo avisaste?!

—Lo estoy haciendo ahora.

Edward quiso contestarle, pero nuevamente lo interrumpió el televisor.

—Éste, Edward, probemos éste —festejaba Bella con una sonrisa, al tiempo que su marido alzaba una ceja.

—¿El puente?

—Sí.

—Está en la sección de posturas acrobáticas.

—¿Dos semanas y ya quieres pasar a las acrobáticas? Qué bueno que ahora eres vampira y no puedes romperte la cabeza tan fácil, Bella —rió Alice.

—Lo sé, Señor Cullen. ¿No se ve muy, muy interesante? —continuaba la chica desde la pantalla, acariciando con su pie la pantorrilla de su esposo mientras él analizaba el dibujo.

—Bueno, sí, pero… Mi amor, que se te haya ido la torpeza que tenías de humana no quiere decir que puedas hacer estas cosas.

—Qué romántico eres, Eddie —Emmett rodó los ojos.

—¿Por qué mejor no dejas de hablar pavadas y me dices qué es lo que tengo que decir para que saques esto? —replicó Edward, frustrado a más no poder por su repentina incapacidad de juntar fuerzas para moler a palos a más de uno en su familia.

—¿Tan pronto? Claro que no, primero veamos cómo va la prueba esa del puente.

—¡Ay, Emmett, no seas tan desgraciado, ya entendí el punto!

—Por supuesto que no, Edward, no entendiste nada y no vas a entender hasta que te dejemos bien humillado, así que no pierdas el tiempo rogando piedad porque no te vas a salvar de esto —intervino Rosalie, decidida a no dejar ir su oportunidad de venganza.

—Pero, pero… ¡Jasper, ya déjame en paz!

—No, yo también quiero ver eso del puente, a ver si tú eres más caballero que yo.

—Pero, pero… ¡Carlisle! ¿Qué no vas a detener esta locura?

—Lo siento, hijo, pero Jasper tiene razón. Si ya los vimos a ellos lo justo es que también los veamos a ustedes.

—Después vienen ustedes —les recordó Bella, y a Esme le entró el pánico y se le reflejó en la cara.

—Ya veremos después cómo lidiamos con eso —la tranquilizó el doctor, palmeando una vez más la rodilla de su esposa—. Hay que reconocer que Emmett y Rose tienen un buen punto, y están en su derecho a defenderse.

—Gracias, Carlisle —sonrió Rosalie.

—Sí, Rose y yo tenemos un buen punto. Y Edward y Bella tienen un buen puente —rió Emmett y señaló a la pantalla.

La imagen de la TV mostraba a Edward arrastrando dos sillas y ubicándolas juntas en el medio de la habitación, y a Bella parándose sobre ellas, haciendo un pequeño bailecito sexy.

—¿Así de tonta me veo bailando? —se avergonzó—. ¡Parece que tuviera la cadera enyesada!

—Claro que no, es muy sexy —la contradijo el cobrizo.

Emmett dejó escapar la risa antes de aguantarse más y terminar explotando en una carcajada.

—No, no lo es. Rose tuvo un chihuahua allá por el '54 que bailaba mejor que Bella.

—Gracias, Emmett. Como si exhibirme sin ropa ante toda la familia no te alcanzara —rodó los ojos.

—¡Es cierto! ¿Recuerdan a Reina? Era tan bonita… Lástima que duró poco —Rosalie le clavó un par de ojos encolerizados a Jasper y el rubio le apartó la mirada, un poco avergonzado.

—Bueno, ¿qué esperabas? No llevaba ni cinco años de vegetariano, necesitaba sangre a cada rato. Sólo a ti se te ocurre dejar al pulgoso ese dando vueltas cerca de mí.

—¡No era pulgoso, era una perra muy bonita!

—Sería muy bonita, pero aquí más de uno me agradeció en privado que hubiera acabado con los ladriditos histéricos de ese animal —retrucó el sureño, y Rose volvió a su clásica postura de cruzarse de brazos y cometer asesinatos con la mirada.

—Bueno, ya, mejor sigamos viendo, que Bella ya paró de bailar —rió Alice.

—¿Tú también? —se quejó la castaña, y su pequeña cuñada no pudo controlar la risa.

—Perdón, es que acabo de ver lo que viene ahora y no creo que nadie se lo quiera perder.

En la pantalla, Bella, aún parada sobre las sillas con un pie en cada una, le había dado la espalda a su marido y se había situado de cara a los respaldos, agarrándose de cada uno de ellos con una mano, para sostenerse. Ahora Edward separaba despacio, muy despacio, las dos sillas, de manera que los pies de Bella, sin moverse de su apoyo, también se separaban, y sus piernas quedaban cada vez más abiertas ante él, formando el puente del que tanto se hablaba.

—No sabes la vista que tengo desde acá —sonreía él, y Bella hacía lo propio.

—Mejor que la mía seguro, estos respaldos no tienen nada de sexy.

—Si quieres les pegamos unas fotos mías para que te inspires —bromeó.

—¿Y quién se inspira con eso? —carcajeó Rosalie en la sala—. A mí más bien me darían arcadas.

—Pues porque tú tienes un ejemplar de hombre muy mejorado, bebé —alardeó Emmett, y todo el resto rodó los ojos.

—¿Y hasta dónde hay que abrir estas sillas?

—Pues… hasta que te quede… accesible, supongo.

—¿Puedo abrir un poco más, Señora Cullen? —pedía con picardía.

—Abra todo lo que quiera, Señor Cullen.

—Emmett, ya es suficiente, dime qué tengo que decir y quita esto —Edward no podía ni enojarse siquiera, de lo apático que se sentía.

—Sí, Emmett, mi ginecólogo de cuando era humana ha visto menos que ustedes en este video —se quejó por fin Bella, afectada también por las olas de pereza de Jasper.

—¡Pero si viene la mejor parte!

—Pero qué flexible resultó ser mi esposa.

—¡Emmett, ya! —Edward juntó sus fuerzas para pegarle un grito.

—Espérame que busco el papel…

—Lo tienes en tu bolsillo —le recordó.

—Sí, pero… ¿en cuál? ¿En el derecho… o en el izquierdo?

Emmett se demoraba a propósito, y su hermanito ya estaba fuera de sus casillas. Entretanto, en el televisor, la pareja ya había conseguido la apertura deseada y él la provocaba rozando su entrada con su miembro.

—¡El izquierdo, Emmett!

—Qué cosa, no lo encuentro. Déjame que revuelvo bien.

—Ay, Edward, ya no aguanto —gemía ella en la pantalla.

—¿Te estás cayendo?

—No, digo que no aguanto más, que te quiero ahora.

Menos mal que Bella ya no era humana, porque si antes se sonrojaba por cualquier cosa, con esto las mejillas directamente le hubieran explotado.

—¡Jasper, déjame que mate a Emmett en paz! —le exigió Edward a su hermano desde el sillón de la sala, pero a lo máximo que llegó fue a pegarle un débil manotazo que el tejano esquivó con facilidad.

—No. Primero quiero ver lo de ustedes.

Se oyó un hondo gemido y todos voltearon a mirar la pantalla.

—¡Y comienza la acción! —festejó Emmett.

—Emmett, no tortures a tus hermanos, diles lo que tienen que prometer y ya detén el video —interfirió Carlisle—. Creo que ya tuvieron suficiente.

—¿Ya tuvieron suficiente? ¡A nosotros nos vieron jugando al rodeo largo y tendido! —se quejó Alice.

—Pues sí que fue largo y tendido. Jazz estaba más tendido que una sábana secándose al sol —rió Emmett, y Jasper le disparó una ola de terror—. De acuerdo, de acuerdo, aquí encontré el papel.

—Qué casualidad.

—Edward, repite conmigo: "Yo, Edward Anthony Masen Cullen…"

—Yo, Edward Anthony Masen Cullen…

—Ay, sííííí, Edwaaaard —exclamó Bella desde la tele.

—Tienes fanáticos —rió Emmett, y continuó—: "Prometo que ocurra lo que ocurra, en cualquier circunstancia, de aquí hasta el fin de nuestra eternidad…"

—…prometo que ocurra lo que ocurra en cualquier circunstancia de aquí hasta el fin de nuestra eternidad… —repitió a toda velocidad el más rápido de la familia.

—¿Así está bien? —preguntaba un Edward jadeante.

—Está perfecto, amor.

—¿Voy muy rápido?

—No, vas excelente.

—¿Sigo así, entonces?

—Cielo, está perfecto, no preguntes más.

—¿No quieres un manual de instrucciones, Edward? —se rió Jasper, pero la risa se le fue en cuanto su hermano le respondió.

—¿Un manual para salir a cabalgar por el Lejano Oeste, Alguacil Whitlock? No, gracias —le dijo irónicamente—. Sigue, Emmett.

—¿En qué parte nos quedamos? Ah, sí, aquí —apuntó el papel con el dedo índice—. "Nunca jamás volveré a burlarme ni tampoco emitiré ningún tipo de opinión o comentario descalificativo, resentido y/o llorón…"

—Nunca jamás volveré a burlarme ni tampoco emitiré ningún tipo de opinión o comentario descalificativo resentido y/o llorón… —repitió Edward.

—¡Ay, ay, ay, ay, ay!

—"…sobre las actividades sexuales de Emmett McCarty Cullen y Rosalie Hale McCarty Cullen."

—Sobre las actividades sexuales de Emmett McCarty Cullen y Rosalie Hale McCarty Cullen —finalizó.

—Ahora yo —se apresuró Bella, conociendo el mecanismo—. Yo, Isabella Marie Swan Cullen…

—Bella, Bellaa, Bellaaa —jadeaba Edward, las sillas temblando.

—Qué vergüenza —murmuró la chica antes de continuar—. Prometo que ocurra lo que ocurra en cualquier circunstancia de aquí hasta el fin de nuestra eternidad no volveré...

—"Nunca jamás volveré" —corrigió Rosalie al instante.

Se oyó un crujido proveniente de la filmación, y Bella hizo uso de toda su velocidad para terminar su juramento, rogando que no llegaran a mostrar la peor parte de aquella noche. Claro que, conociendo a Emmett y a Rose, era poco probable que lo hubieran editado.

—Nunca jamás volveré a burlarme ni tampoco emitiré ningún tipo de opinión o comentario descalificativo resentido y/o llorón sobre las actividades sexuales de Emmett McCarty Cullen y Rosalie Hale McCarty Cullen.

—Qué bueno que tienes buena memoria —agradeció Edward al cielo—. Emmett, ahora sí, quita est...

El cobrizo no pudo ni terminar la frase.

En la pantalla, sin previo aviso y en un derroche de mala suerte y torpeza, se podía ver el momento exacto en el que los respaldos de las sillas se quebraban y Bella se iba de cabeza al piso.

—¡Y se derrumbó el puente nomás! —Emmett estalló en una carcajada.

—Bella, Bella, ¿estás bien? —se oía la voz del cobrizo desde la pantalla, ayudando a su despatarrada mujer a levantarse.

—Ya veo por qué decía el libro que esta postura no es muy fácil de ejecutar —comentaba ella, poniéndose de pié, y con los cabellos todos alborotados.

—Pero es que cómo se van a poner a hacer las acrobáticas con sólo dos semanas de práctica —insistió Alice, sacudiendo la cabeza y conteniendo la risa.

—Principiantes —se mofó Rosalie, mientras Emmett tomaba el control remoto y apretaba sonriente un botón.

Edward vio la escena volver para atrás y frunció el ceño.

—Emmett, pulsaste retroceso en lugar de avance.

—Ya sé, lo hice a propósito. Quiero verlo de nuevo cuadro por cuadro —contestó el grandulón, empezando a apretar alternadamente los botones play y pausa.

—¡¿Qué?! ¡Emmett, por favor, basta!

—¡Pero es que mira ese rostro mientras te estás cayendo, Bella! ¡Mira ese terror! ¡Faltaba nomás que gritaras: Jerónimoooooooooo! Este material es impagable.

—No sé si impagable, pero que vale más que tu vida, eso seguro, porque por este material yo te voy a matar, Emmett —le advirtió Edward—. Eso si el Señor Rodeos me deja de tirar sus lazos de apatía.

—No me provoques, Edward, puedo hacer que te pongas a llorar como una niña si quiero —le advirtió el sureño con el dedo índice.

Esme se puso de pié y pidió orden.

—Niños, niños, cálmense un poco —les dijo, aunque le sonó a que, después de las cosas que había visto, el mote de niño ya no le cabía a ninguno de sus hijos—. Emmett, ya fue suficiente, deja de hacerle burla a tus hermanos y quita esta escena de una vez. Jasper, basta de jugar con las emociones de Edward. Y Edward, espero que tengas una buena explicación, porque si mal no recuerdo esta mañana me dijiste que las sillas las habían roto Emmett y Rose.

—¿Ya ven, ya ven? —se quejó Rosalie—. Todo nosotros, siempre nosotros.

—Tranquila, bebé, esta vez tenemos pruebas —intervino su marido, aunque haciendo caso a su madre y avanzando rápidamente lo que quedaba del video de Edward y Bella.

—Perdón, me dio vergüenza decir la verdad —dijo el menor de los hermanos, arrepentido.

La rubia lo miró alzando una ceja y le contestó con pura ironía.

—¿Y por eso nos culpaste a nosotros? Pero qué lindo detalle de tu parte, Don Puente.

—¡No me llames Don Puente, tú… Barbie Hormonas! —retrucó Edward, y Alice estalló en una carcajada.

—¿Y tú de qué te ríes, vaquera?

—¡Oy! Conmigo no, ¿eh? No querrán que empiece a contar las barbaridades que los he visto hacer en mis visiones —amenazó Alice a su rubia hermana, quien no se acobardó.

—Tú hiciste un juramento, así que cúmplelo si no quieres que suba tu apasionado rodeo a YouTube.

—Tú que lo subes y yo que subo tu video de Tarzán, Jane y la anaconda loca —contestó la menuda vampira.

—Después de que yo les parta un palo por la cabeza, por supuesto —agregó su marido sureño.

—¿Qué palo? ¿El que usas para jugar a la herradura? —bromeó Emmett.

Esme miró a su esposo, derrotada, y Carlisle tuvo que imponer el orden una vez más.

—Chicos, ¿quieren tranquilizarse de una vez? Emmett, pon lo que resta del video y terminemos con esto de una vez.

Aunque el doctor veía como una posibilidad el dejar que sus hijos adoptivos se agarraran de los pelos mientras él aprovechaba su distracción para robarse el DVD y salir corriendo a arrojarlo por un acantilado, reconsideró la situación y decidió enfrentarla. Después de haberle dicho a Edward que lo justo era que todos pasaran por la misma vergüenza, no podía faltar a su palabra. Eso le pasaba por ser el jefe del clan y tener que estar dando el ejemplo todo el tiempo.

—A eso íbamos, Carlisle, no te preocupes que ya llega tu turno —rió Emmett, y continuó adelantando lo que restaba de la escena de Edward y Bella, mientras Esme se llevaba una mano al rostro.

—Hasta un puente colgante hecho de palitos de helado resiste más que ese —comentó Emmett entre risas desde el televisor—. Pero, ¿saben por qué pasó esto, familia? Esto pasó porque no usaron… —el morocho hizo una pausa, y nuevamente impostó su voz de locutor radial—, Sillas "Los Novatos", el primer mueble que todo recién casado debería tener. Si usted es un pobre inexperto intentando acrobacias sexuales que siempre terminan mal, usted necesita sillas "Los Novatos", reforzadas y a prueba de torpes sin destreza alguna. Sillas "Los Novatos": respaldando sus estupideces desde hace más de un siglo.

Alice contuvo una risita y Edward y Bella le echaron una mirada asesina.

—Hay que reconocerle que tiene inventiva —se oyó la simpática voz de Carlisle, quien a pesar de lo que le esperaba no podía dejar de tomarse las bromas de Emmett con humor.

—Muy bien, ya hemos puesto en su lugar a dos de tres, monito.

—¡Y ahora viene el premio mayor, bebé!

—Sospecho que esto se ha convertido en abuso de confianza —murmuró Esme con una mueca.

—Sí, pero antes vamos a darles una última oportunidad de redimirse —habló Rosalie—. Esta vez, la respuesta tiene que ser 'SÍ', sino seguimos con lo que queda del video. Siempre se están quejando de que Em y yo no podemos estar sin sexo, así que vamos a ver qué tanto autocontrol tienen. La pregunta es: ¿alguno de ustedes podría aguantar más de dos semanas sin sexo de ningún tipo?

Siguiendo el procedimiento, Emmett pausó el DVD y observó a todos con una sonrisa expectante.

—A ver, los más afectados. ¿Mamá? ¿Papá?

—Sss…Sí, podríamos —dijo Esme, aunque no muy convencida.

Edward, después del poco apoyo que había recibido de parte de sus padres adoptivos, decidió cortar momentáneamente los vínculos de lealtad y darles a probar un poco de su propia medicina.

—Está mintiendo, Emmett, puedo leer su mente, no soportaría más de tres o cuatro días.

—¡Edward! —se quejó la mujer, sorprendida por la actitud del chico del cabello cobrizo.

—Qué fea tu actitud, mamita querida. A los hijos no hay que mentirles —le recordó Rosalie con una sonrisa maliciosa.

Carlisle se rascó la barbilla.

—¿Cuándo dices dos semanas, te refieres a 14 días completos, o…? —comenzó con su repetitiva estrategia, pero sabiéndose derrotado la abandonó antes de hundirse más—. Olvídalo, es cierto, no aguantaríamos —confesó de una vez—. Pero estoy seguro de que Edward y Bella sí aguantarían, ¿no es así, hijo?

—No, no aguantaríamos —contestó rápidamente el joven vampiro, en un tono con el que parecía estar sacándole la lengua a su padre en señal de venganza.

—Pero si soportaron todo ese tiempo estando de novios… —el doctor intentó sonar relajado, aunque le preocupaba que sus hijos se le hubieran dado vuelta como una tortilla.

—Ahora ya no aguantamos —retrucó el cobrizo.

—Pero si...

—No, no aguantamos —coincidió Bella, que después de todo el episodio había descubierto que en esa familia el que se quedaba callado salía perdiendo.

—Pero...

—Ya, Carlisle, no aguantan y no aguantan —dictó Emmett—. Supongo que su última oportunidad de que no veamos su videíllo hot depende de Alice y Jasper. ¿Qué dicen ustedes, hermanitos?

El ex soldado y la duendecillo se miraron, analizando las posibilidades.

—Bueno, no sé, habría que hacer la prueba —dudó ella.

—Ali, yo no quiero hacer la prueba —se apuró Jasper. No fuera a ser que terminara no sólo humillado públicamente sino también sentenciado a dos semanas de abstinencia.

Alice se rió y sacudió la cabeza.

—Que sería una tortura, eso seguro, pero tal vez aguantaríamos.

—No aguantarían nada, Alice —contradijo Rosalie—. Gracias si soportaron esa semana que te fuiste con Bella a Volterra, y eso porque no estaban en el mismo continente.

—Y cuando volviste dejaron la casa como si la hubiera agarrado un tornado, ahora que recuerdo —acotó Emmett, y se volteó a ver a sus padres—. Carlisle, Esme, es una lástima, pero vamos a tener que ver su video —el grandote sonrió triunfal, y volvió a apretar play mientras Esme se llevaba las manos a las mejillas.

—Qué desastre con esta familia, no paran de perder —el vampiro sacudió la cabeza desde la pantalla—. Muy bien, no nos queda más remedio que presentar nuestra última escena, la cual dedicamos a nuestros amigos de la Central de Policía de Forks. Esperemos que Charlie Swan nunca vea esto, o querrá encerrar a sus consuegros… ¡por pervertidos sexosos!

—Qué ganas de extirparte esa frase del cerebro con mis propias manos —murmuró Jasper, entrecerrando los ojos.

—¿Otra vez, Emmett? —bufó Rose desde el televisor, al parecer coincidiendo con su mellizo.

—Perdón, bebé, es que la palabra es muy pegajosa. En fin, aquí este fragmento de la última película del doctor Cullen y su enfermera favorita, esta vez representando todo el rigor de la ley en este cortometraje llamado '¡Socorro, mi esposa me esposa!'. ¡A disfrutar se ha dicho, familia!

—Emmett, dime por lo que más quieras que no grabaste la noche que… —empezó Esme, y la imagen que se le presentó confirmó sus peores hipótesis.

Lo que la pantalla mostraba ahora era un Carlisle felizmente esposado a los barrotes de la cama por una Esme que, sin necesidad de un disfraz, sabía cómo ponerle creatividad a sus actividades conyugales.

—A mí me da un ataque, ahora sí me da un ataque —dijo Edward, tapándole los ojos a su esposa una vez más.

—Otra vez San Puente el Puritano —se quejó Rosalie, rodando los ojos—. Deja que Bella vea un poco y aprenda.

—Pero, pero, es que, son mis… suegros —tartamudeó la castaña, haciendo su mejor esfuerzo por no poner cara de asco, y la rubia le contestó con más sarcasmo.

—¿Y con eso qué? No me digas que pensabas que pasaban las noches jugando al ajedrez.

En el video, Esme comenzaba a arrancarle la ropa a su marido tan lentamente como sus ganas se lo permitían.

—¿Por qué me arresta, hermosa Oficial? —preguntó el doctor, en la filmación, con su voz más sensual, y ellase limitó a responder con una pícara sonrisa.

—Por llegar tarde del trabajo y hacer esperar a su esposa… que tiene muchas… muchas ganas… de pasar la noche con usted.

—Tiene razón, Oficial, ese es un delito imperdonable. Tendré que pagar.

—Sí, Señor Cullen, tendrá que pagar.

—Qué sexy —murmuró Carlisle, ahora que veía su encuentro amoroso desde una nueva perspectiva.

A Edward casi se le cae la mandíbula, no sólo por el comentario sino por los pensamientos no dichos de su padre.

—¿Sexy? ¡Esto es… esto es un… es un asco!... Oh, no, no, nonono, Esme, no le saques los boxers, Esme, ni se te ocurra, no, no lo hagas, no lo hagas… —rogó Edward a la pantalla del televisor, mientras su madre no sabía si preocuparse más por su propia dignidad, o por la salud mental de su hijo menor.

—Edward, contrólate, hombre, son sólo… tus padres… haciéndolo —Jasper observó los sucesos en la pantalla mientras tragaba saliva y fruncía el ceño, fallando monumentalmente en su esfuerzo por mostrarse liberal.

La Esme de la TV no hizo el menor caso a las súplicas de Edward ni a la incomodidad de Jasper, y pocos segundos después la ropa interior de Carlisle voló por el aire.

—¡Y allá van los boxers! ¡Vuelen, mis fieles calzones, vuelen! —festejó Emmett a carcajadas.

Edward se llevó una mano a la cara y gritó a viva voz.

—¡Aaaaay, mis ojos! Me voy a quedar ciego, sí, me quedé ciego, estoy ciego. Ciego, ciego, ciego.

—¡Pero qué escandaloso, Edward! —explotó Rose, harta de la escena de su hermano menor—. ¿Tanto alboroto por esto?

—¡¿Y lo dices así?! En menos de una hora mis sexópatas hermanos mayores me han mostrado a un par de vaqueros jugando desnudos al rodeo, y a mis padres, ¡mis padres!, esposándose a la cama, además de exponerme a mí y a mi esposa haciendo el amor en nuestra habitación.

—Yo no le llamaría hacer el amor a ese pobre intento de puente mal construido —replicó Rosalie.

Edward estuvo por contestar, pero tuvo la mala fortuna de voltear la cabeza y ver el momento exacto en que su madre, muy al estilo "Alice vaquera", se sentaba en la entrepierna de Carlisle y dejaba escapar un hondo suspiro, empezando a moverse al compás.

—¡Ahhh, el horror! —Edward se hundió en el sillón, tapándose la cara con un almohadón.

—Amor, no es para tanto —quiso consolarlo Bella, aunque no sabía muy bien cómo.

—Sí es para tanto —intervino por fin Esme, que hasta entonces había estado demasiado anonadada como para hablar—. Esto es una humillación, Emmett, quiten esto ya mismo.

El robusto vampiro se cruzó de brazos y sacudió la cabeza.

—No, Esme, no saco nada. No es ninguna humillación.

—Señor Cullen, qué hombre tan malo es usted, ni estando esposado se sabe comportar —jadeó la vampira desde la pantalla.

—Es que usted me vuelve loco, Señora Oficial Cullen.

—No, claro, no es ninguna humillación —rió Jasper.

—¿Y a usted quién le dio vela en este entierro, Sheriff Whitlock? —lo increpó Emmett, y al rubio se le escapó una ola de vergüenza una vez más—. Esme, mamá querida, esto es por su bien.

—¿Por nuestro bien?

—Claro, para que se relajen y se den cuenta de que lo de mi Rose y yo es muy natural.

—Entonces es por el bien de ustedes, no por el nuestro —se quejó Esme.

—Es por el bien de todos.

—Bueno, basta, Emmett, ya nos han expuesto a todos y hemos entendido el punto, así que haremos nuestros juramentos y sacarás esto de una buena vez, ¿estamos de acuerdo? —habló Carlisle, que había llegado al límite de su paciencia.

—¿Y si no estamos de acuerdo qué? —desafió Rose.

—Se quedan sin autos y sin tarjeta de crédito por el próximo mes.

—Estamos de acuerdo —acordó la rubia. Cuando se trataba de perder sus beneficios económicos, no había mucho que pensar—. Em, monito, repíteles los juramentos.

—No hace falta, lo anoté cuando se los leías a Jasper —sonrió el doctor, revisando una pequeña agenda que sacó del bolsillo de su camisa.

—Ey, eso es trampa —se quejó Emmett.

—No es trampa, hijo, es previsión. Si fueras médico lo sabrías.

Edward se sacó el almohadón de la cara y le frunció el ceño.

—Yo tengo dos licenciaturas en medicina y no anoté nada.

—Y eso te pasa por no usar la libreta que te regalé cuando te recibiste la última vez —Carlisle guiñó un ojo, y procedió a leer—. Bien. "Yo, Carlisle Cullen, prometo que, ocurra lo que ocurra, en cualquier circunstancia, de aquí hasta el fin de nuestra eternidad, nunca jamás volveré a burlarme, ni tampoco emitiré ningún tipo de opinión o comentario descalificativo, resentido y/o llorón sobre las actividades sexuales de Emmett McCarty Cullen y Rosalie Hale McCarty Cullen."

—¿Sabe una cosa, Señora Oficial? Si me libera, podré pagarle mucho mejor' se oyó la misma voz desde la pantalla, pero distorsionada por el placer.

—¿No me engaña, Señor Cullen?

—Para nada.

—¿No se escapará?

—Ni soñando me escaparía de usted, ni tampoco voy a dejar que usted se me escape a mí —respondió con una sonrisa traviesa, que Esme le devolvió antes de levantarse.

—Entonces lo liberaré.

—Ay, no, no esta parte —Esme sacudió la cabeza, y tomó la libreta de Carlisle a la velocidad de la luz—. "Yo, Esme Anne Platt Cullen…"

Carlisle, cielo, ¿dónde está la llave?

—"…prometo que, ocurra lo que ocurra, en cualquier circunstancia…"

—¿No está en el cajón de siempre, querida? —preguntaba el doctor, esposado a la cama.

—No.

—"…de aquí hasta el fin de nuestra eternidad, nunca jamás volveré a burlarme…"

—Búscala bien, querida, tiene que estar ahí.

—Ya busqué, pero no está.

—"…ni tampoco emitiré ningún tipo de opinión o comentario descalificativo, resentido y/o llorón…"

—¿Cómo que no está? Esme, siempre la guardamos en el mismo cajón —insistía Carlisle en la filmación, y en la sala los hermanos Cullen ya estaban empezando a reírse de la situación, apenas prestando atención al juramento de su madre.

—Ya sé, pero aquí no está, y en los otros cajones tampoco. ¿Tú no la cambiaste de lugar?

—No, cielo. ¿Segura que buscaste bien?

—Segurísima.

—"…sobre las actividades sexuales de Emmett McCarty Cullen y Rosalie Hale McCarty Cullen" —finalizó Esme, completamente resignada—. ¿Podrían quitar esto de una vez y dejar de hacer sufrir a su querida madre?

—¿Y ahora qué hacemos?

—No sé. ¿Quieres que busque ayuda?

—Querida, estoy desnudo y esposado a la cama, si alguien me ve así moriré de vergüenza.

—Concedido —rió Emmett, que había logrado que la familia entera viera al buen doctor en semejante situación. Adelantó el video, y los hermanos pudieron apreciar en cámara rápida cómo una Esme en bata desaparecía y reaparecía en la habitación con distintos implementos, hasta que al final pudo liberar a su marido abriendo la cerradura con un alfiler de gancho.

—De todas las veces que probamos esas esposas, se nos tuvo que perder la llave justo esta semana —murmuró Carlisle, rascándose la sien mientras sacudía la cabeza levemente.

—Casualidades de la vida —dijo Emmett, y así como así, como quien no quiere la cosa, sacó una llavecita del bolsillo de su pantalón y puso cara de sorprendido—. Oh, ¿pero qué es esto?

Esme y Carlisle alzaron la mirada y se quedaron perplejos.

—Parece una llave de unas esposas. Me pregunto por qué las tengo yo —terminó su mala actuación con una risotada, y Esme casi se cae del sillón al darse cuenta que todo había estado premeditado por su hijo mayor.

—¿Tú te llevaste las llaves?

—Me las debo haber confundido con las llaves de mi Jeep, ¿no? —dijo distraídamente, mientras Esme hundía su cara avergonzada en el brazo de su esposo.

—Puede ser. Como también puede ser que yo haga un testamento por si acaso algún día me matan, y los termine desheredando a ti y a Rose por equivocación —retrucó el jefe del clan.

—No te preocupes, Carlisle, no dejaremos que eso te pase —intervino Rosalie.

—Claro, no vaya a ser que después no le alcance el dinero para comprar la media góndola que aún no se llevó del sex shop —comentó Edward, indignado por toda la situación.

—Bien que te compraste el Kama Sutra, hermanito, aunque no lo puedas ni manejar —le recordó Emmett.

Alice volvió a acordarse de Bella cayendo de cabeza y se empezó a reír otra vez.

—¿Y tú de qué te ríes, domadora de potros?

—Ey, tranquilo, Edward, no le hables así a Alice.

—Disculpa, Jasper, tienes razón, se merece más respeto. ¿Y tú de qué te ríes, campeona internacional en competiciones de rodeo olímpico y herradura?

—Edward, te estás pasando de la raya —Jasper le clavó la mirada, haciendo su mejor esfuerzo por no proyectar el enojo que le estaba empezando a surgir.

—Sí, Edward, cuidado o Jasper te tira un herraderazo.

—Tú mejor cierra la boca, Emmett, que tus videítos no quitan que Rose y tú se recalientan más rápido que el motor del cacharro que tenía Bella por camioneta.

—Bueno, Jasper, tampoco para que te la tomes con mi Chevy —se quejó Bella.

—Era una porquería, Bella, estaba más destartalada que tú haciendo el puente —opinó Rosalie.

—¿Hasta cuando con el puente, eh?

—Hasta que… ¡Jerónimoooooo! —gritó Emmett, y fingió caerse en cámara lenta.

—Ahora sí me cansaste —Edward se puso de pié y se tiró encima de un Emmett ya despatarrado por su actuación. Jasper vio la escena y no se quiso quedar afuera, así que aprovechó para sumarse a la batalla campal y darle unos buenos golpes a sus dos hermanos.

—¡Sexosos!

—¡Sexópata!

—¡Edward novato! ¡Duras más corriendo una cuadra como vampiro que teniendo sexo!

—¡Lo mismo que tardas tú en ponerte ese calzón de leopardo asqueroso, Tarzán!

—¡Disculpa que no te excite tanto como la pollerita de tu enana vaquera, Sheriff de pacotilla!

—¡Mi enana no es ninguna vaquera! Digo, ¡mi vaquera no es ninguna enana! Digo, ¡mi mujer no es ninguna enana vaquera, Emmett!

—"¡Para hacer bien el amor hay que venir al Sur, lo importante es que lo hagas con quien quieras tu...!"

—¡Deja de cantar, mona Chita!

—"¡Puente, habría que hacer un puente, pa' unir a tanta gente…!"

Esme intentó poner orden, pero después de lo que sus hijos habían visto, su autoridad estaba un poco deslucida.

—Niños, cálmense.

—Sí, cálmense o mamá nos lleva presos como al Señor Cullen.

—¡Emmett!

Y mientras el descontrol se propagaba por la sala, los presentadores, desde la pantalla, finalizaban su show de cortos.

—… esperamos que lo hayan disfrutado y que hayan aprendido la lección. Nosotros nos despedimos, y esperamos verlos alguna otra vez en una nueva edición de… ¡Sexosos pervertidos!

—Ay, monito.

—De verdad que se me pegó, bebé.


Perdón por la demora, chicas, espero que haya valido la pena, y que se rían tanto ustedes leyéndolo como yo escribiéndolo :D

¡Gracias por todos los comentarios! Los leo y atesoro a toditos, todos.

Nos leemos pronto,

Lulu :)