Capitulo X

Una brecha en la barrera espiritual le permitió el paso. Sus pies se movieron con cautela entre la hierba que pisaba. Había venido a buscar respuestas.

Sus recuerdos eran borrosos y en algún punto de los mismos se perdían sumiéndolo en la nada absoluta, como si hubiera perdido la consciencia en algún momento. Entre las sombras de sus recuerdos había intentado completar esa pared negra que se alzaba en su mente cuando quería ir más allá de un cierto punto.

No le sorprendió ver el rostro pasivo de nívea piel, ni tampoco la postura despreocupada de la mujer. Ella ya no lograba sorprenderlo, había conocido a ambas mujeres que compartían una misma figura; porque no podía llamar cuerpo humano al recipiente de rasgos femeninos. Era como un espejismo, un espejismo demasiado palpable y real que lo odiaba y lo amaba con la misma intensidad según el parecer de ella, y más fuerte el primero según el parecer de él.

Tal vez hoy no encontraría todas las respuestas que deseaba poseer, tal vez hoy se marcharía con más interrogantes, pero no se iría hasta poder saber aunque sea solo una pequeña cosa mas, sólo quería saber un poco más de aquello que su mente no había podido registrar.

—Te estaba esperando, Inuyasha.

Su tono de voz monocorde lo hizo sonreír de soslayo. No, ya nada podía sorprenderle.

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Fuego uno, Kagome cero.

Sus labios cubrieron rápidamente el dedo recién quemado tratando de apaciguar inútilmente el ardor. Lo retiró con una mueca de dolor cuando sintió el ardor intensificarse por el calor de su boca. Ella, que luchaba contra demonios de todos los tamaños y tipos, que vivía expuesta a cualquier situación de peligro y que había recibido heridas más peligrosas que aquella se estaba comportando como una niña.

Lo peor de todo es que al youkai parecía caerle en gracia.

—¿Qué? —le exigió saber moviendo su mano repetidas veces imitando cuando quería abanicarse.

Kouga inclinó la cabeza hacia un lado, lo suficiente para que su mano pudiera sostenerla, y quitó la sonrisa, aunque conservando la gracia en sus ojos.

—Nada.

Kagome se mordió el labio inferior y lo observó con recelo, a ella no le hacia la más minima gracia. Se sentó en el suelo de forma brusca conteniendo la exclamación que quiso escaparse de sus labios ante el crujido de su cuerpo prácticamente estrellándose contra el suelo. Kouga soltó un siseo bajo. Si los demonios no fueran tan resistentes ahora mismo se estaría vengando.

—¿Puedo?

Los ojos de la miko se entrecerraron y frunció el ceño. La voz de Kouga tenía un tinte cómico y burlón. ¡Claro, la gran sacerdotisa protectora de la perla no sabia encender el fuego!, la única llama que había podido crear solo sirvió para quemarle el dedo antes de volver a apagarse. Era todo un gran acontecimiento.

El youkai lobo se inclinó, tomo dos ramas de la pequeña montaña y las colocó dentro del círculo creado con piedras. Giró una sobre otra y antes de que Kagome pudiera seguir observando el proceso el fuego ya estaba ardiendo.

—Suertudo —murmuró para sí misma y Kouga le respondió con una nueva y amplia sonrisa.

A Kagome le pareció escuchar mascullar por parte del youkai algo como «Par de idiotas» mientras se levantar rápidamente. Mentalmente se rió siguiendo con el pequeño labor de acomodar todo para la cena. No tenía que utilizar mucho la lógica para saber porqué de repente el jocoso demonio ahora mantenía el ceño fruncido y miraba furioso un punto fijo. Ella no podía escucharlos pero si podía imaginarse porque ambos estaban retrasándose.

Le pareció ver a lo lejos como la copa de uno de los árboles se movía seguida de un estruendo, y una bandada de pájaros levantaba vuelo alarmados al ver su refugio atacado.

Kouga bufó y ella emitió una risa casi silenciosa.

La miko contempló con una sonrisa los ojos que ahora se posaban sobre los suyos con algo de enojo pero que poco a poco se contagiaron del estado de ánimo tan alegre y relajado que ella misma poseía. La frente masculina dejó de estar poblada de arrugas y los labios se curvaron en una sonrisa cómplice. Era algo tan simple pero a su vez algo tan fuerte para Kagome, la calidez que Kouga podía brindarle con una mirada o mueca en sus labios era todo lo que necesitaba. Ellos habían aprendido a conectarse más haya de todo.

Ella había aprendido a conocerlo y dejarse disfrutar, por primera vez, de su compañía, de la convivencia, de la forma tan sencilla pero única con la que Kouga la trataba. Al lado de él las penas parecían irrelevantes, los miedos no existían y si bien aún no comprendía del todo los dictámenes de su corazón, no se estaba cerrando y mucho menos se estaba negando a la posibilidad de un nuevo amor. Lo único claro era sus sentimientos hacia Inuyasha, todo lo que le profesaba a pesar del dolor que podía causarle, a pesar de su esperanza por olvidarlo; aún así ella no iba a cerrase al amor.

—¡Señora Kagome!

El youkai lobo de ojos celestes volvió a bufar mientras volteaba el rostro para observar a sus recién llegados compañeros. Ambos llevaban la mano derecha levantaba meciéndola de un lado al otro en forma de saludo. Desde que Kagome había decidido estar con ellos siempre era lo mismo, casi rutinario. Hakkaku y Ginta reparaban primero en la presencia femenina que los recibía con candidez.

La cena paso lentamente, disfrutando de cada momento. Kouga de vez en cuando parecía abstraído de la conversación que todos mantenían, observando el fuego con verdadero interés y masticando más de la cuenta la comida. Kagome sólo lo observaba por el rabillo del ojo mientras respondía las preguntas de los otros dos youkai con fingido interés. Le preocupaba un poco la actitud de Kouga, no se atrevía a preguntarle qué era lo que pasaba por su mente en ese momento. Tal vez se conocían demasiado, pero aún sentía que no debía preguntarle abiertamente qué era lo que lo tenía tan pensativo.

—Será mejor que descanses, Kagome. Mañana tienes un largo día por delante.

Ginta y Hakkaku se despidieron formalmente de la miko mientras se encaminaban cada uno a su improvisada cama que previamente Kagome había preparado. La joven mujer observó por un momento el rostro del youkai esperando en vano que volviera a dirigirle la palabra. Frunció los labios y empezó a acomodar el desorden que la cena recién terminaba había dejado, no podía irse a dormir dejando todo desordenado.

—Ve a descansar —musitó mientras tomaba ambas manos de la mujer entre las suyas impidiendo que continuara con lo que estaba haciendo—. Yo me encargo.

La sacerdotisa no se atrevió a mirarlo, pero el bichito de la duda crecía en ella amenazando con hacerle hablar de más y preguntarle lo que tenía en la punta de la lengua. Gimió por el asombro cuando sintió los labios masculinos sobre su frente. El irrefrenable impulso de ser ella quien estuviera sujetando las manos de él la invadió mientras comenzaba a sentir el calor en sus mejillas. Su corazón latía varias pulsaciones arriba de lo normal y pensar que él con sus sentidos desarrollados pudiera sentirlo la hacia enrojecer de vergüenza.

—Descansa, Kagome —susurró contra su frente e inconscientemente inspiró el perfume de sus cabellos. Estaba dejándose llevar por lo que sentía por ella ahora que se encontraba a su lado. Siempre se había dejado llevar por ese impulso, pero ahora se le hacia imposible resistirse teniéndola conviviendo con él las veinticuatro horas del día.

—Tú también.

Él volvió a depositar otro suave beso en su frente antes de soltar sus manos para luego volver a introducirse en sus pensamientos ordenando lo poco que había que ordenar. Kagome se levantó y dudó un momento antes de darle la espalda al youkai lobo y encaminarse al interior de la cueva donde un improvisado lecho de diferentes pieles le servirían para descansar esa noche. Kouga siempre se preocupaba para que las pieles estuvieran limpias y se sintiera cómoda.

Extrañaba la compañía de sus amigos y sobre todo la de Inuyasha, aunque últimamente lo único que hacían era lastimarse mutuamente pero, a pesar de ese sentimiento, le encantaba estar junto a la pequeña manada de Kouga. Para que negarlo, una parte de ella quería estar con él. Se le había vuelto imprescindible como el mismo aire.

Se acurrucó como un bebé sobre las pieles y decidió que por hoy era mejor abandonarse el sueño. Mañana tenía un largo día por delante, tal y como Kouga se lo había dicho hace solo unos momentos.

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—Excelente, Kagome. Eso fue increíble.

La sonrisa se extendió por el pequeño grupo de presentes que se encontraba en el claro. La anciana miko volvió a felicitar a su joven aprendiz mientras que la exterminadora aferraba con la mano derecha su preciado Hiraikotsu.

—Llevas un mes y medio de entrenamiento y has avanzado mejor de lo que esperaba. Es increíble ver todo lo que has aprendido.

Kaede tenía razón, había aprendido tanto en tan poco tiempo que a ella misma le sorprendía. Su mayor temor y reto había sido aprender a controlar sus emociones, y aunque aún se encontraba en pleno proceso de perfección ya sabía como manipularlas a su antojo. El Hiraikotsu de Sango no le causaba ningún daño, ya no más. Como la misma Kaede le había dicho la tarde anterior al terminar su entrenamiento por ese día, aunque le faltaba aún por aprender ahora era lo bastante fuerte para enfrentarse contra todos sus demonios.

No necesitaba intermediarios para comprender la frase. Kaede la estaba autorizando a enfrentarse a Inuyasha, a su mayor y más grande temor.

Abrió los brazos de par en par para recibir al pequeño zorro que había bajado del hombro de Kaede para refugiarse en su pecho. La miko de avanzada edad sólo le dejaba concurrir al pequeño algunas veces al entrenamiento, sino él se quedaba en el campamento junto con Miroku e Inuyasha a la esperada de que ambas mujeres y un Mononoke se hicieran otra vez presentes.

Se aferró a Shipou como su único contacto con su antiguo grupo mientras mantenía de forma relajada una platica con Kaede sobre su próxima clase dentro de dos días. Sango las observaba tranquila, acariciando la cabeza de Kirara con una mano y balanceándose sobre una pierna y luego otra.

El entrenamiento le consumía siempre la mayoría de la tarde, y cuando el sol comenzaba a caer se despedía de ellos para regresar al lado del youkai, que como siempre, la estaba esperando con la espalda apoyada en el mismo árbol sin quitarle los ojos de encima. Kouga se había negado rotundamente a volver junto a Hakkaku y Ginta en las horas que duraba su entrenamiento, lo había tratado de convencer de todas las formar posibles pero él no despegaba un solo pie fuera del claro. Volvía con ella o…volvía con ella.

La hacia sentir un poco incomoda que él no apartara la mirada de ella en todo lo que duraba el día de entrenamiento, pero ya algo se había acostumbrado.

—Tendríamos que decirle —interrumpió Shipou, aún desde los brazos de Kagome recibiendo la mirada de las tres mujeres sobre él. Interpretó las de Kaede y Sango dando por entendido de que ellas sabían muy bien lo que él había estado pensando pero se le había escapado.

Kagome contempló ambos rostros femeninos sin gustarle lo que vio. Algo le ocultaban.

—¿Qué tendrían que decirme?

La exterminadora le dio una larga mirada a la anciana miko desde su alejada poción, ¿Era lo correcto decirle a Kagome sobre lo que estaba pasando? Tarde o temprano su amiga volvería junto a ellos, y era mejor que este preparada desde antes que llevarse la sorpresa.

—Sucede algo con Inuyasha —respondió Shipou ladeando su rostro y levantó un poco la cabeza para poder observar mejor a quien lo tenía en brazos—. Hay algo…algo que nosotros…nosotros…

—Hay algo sobre él que nosotros no te hemos dicho, Kagome —concluyó Kaede por el pequeño y con firmeza en la voz. Los ojos de Kagome eran de duda—. Pensamos que era lo mejor, debías seguir con el entrenamiento y para lograrlo era mejor que estuvieras ajena a todo.

La joven sintió un escozor en su cuerpo, una sensación para nada agradable. La anciana Kaede parecía dar muchos vueltas al asunto y eso solo servía para desesperarla. ¿Qué demonios le había pasado en su ausencia a Inuyasha?

—Inuyasha ¿se encuentra bien? —no puedo evitar preguntar, y su voz sonó con un tinte levemente estrangulado. Vio a Kaede asentir en silencio y suspiró aliviada cuando sus mayores temores se disiparon—. ¿Qué sucede entonces?

—Ese perro trajo al grupo a esa sacerdotisa llamada Kikyo.

Todas las miradas se concentraron en Kouga, sólo un par de ojos lo miraba sin dar crédito a sus palabras; el resto lo observaba con asombro. Su olfato otra vez no le había fallado.

Kagome buscó respuesta en los rostros de Sango y Kaede, vagamente buscó encontrar respuestas negativas. Ambas no volvieron a abrirla la boca, sólo habían bajado la mirada y no se atrevían a observarla.

Lo que Kouga había dicho era verdad.

Algo dentro de ella se rompió y se sintió indefensa, a la deriva de sus propios sentimientos. Frente a ella, la misma escena que había causado el principio del resto de los acontecimientos que se desencadenaron. Volvió a fijar su vista en Kouga, que estaba vez no se encontraba observándola. Sentía que él también la había traicionado, y eso…eso era mucho peor.

—Inuyasha está comportándose de forma errática, y la presencia de mi hermana no me convence.

Kaede notó de inmediato como sus palabras no eran escuchadas por la joven miko, como estaba más haya de este lugar. Sus ojos estaban centrados en el youkai lobo, con tanta determinación que parecía ante su cancina mirada el próximo blanco de la sacerdotisa.

—Kagome…

—¡No te atrevas! —gritó furiosa provocando que Shipou se bajara de sus brazos al instante—. Tú también me defraudaste.

—No es lo que piensas.

—¡¿Cómo que no es lo que pienso? —avanzó hasta él olvidándose por completo que estaban siendo observados por otros pares de ojos sin perder detalle—. ¡Eres igual o peor que Inuyasha!

Kouga la miró con aspereza y contrajó la mandíbula. No le importo ser observado por esa anciana, la exterminadora, el pequeño youkai o incluso el Mononoke; sujetó con ambas manos fuertemente a Kagome de la cintura y la cargó sobre su hombro como aquella primera vez que la había secuestrado hace tantos años. La miko pataleó y gritó su nombre varias veces, seguido de una docena de barbaridades que nunca pensó escuchar de ella, y ante la mirada asombrada del resto de los presentes salió corriendo escabulléndose entre los árboles lindantes.

Podía ser extremadamente benévolo con ella, pero todo tenía un punto.

En la carrera los pequeños puños de Kagome golpearon su espalda, y hasta una vez se atrevió a clavarle las uñas provocando que exclamara un quejido.

—¡Ya bájame de una buenas vez!

Antes de darle tiempo a volver a repetirlo ya se encontraba otra vez con los pies en la tierra y frente a quien había actuado nuevamente como su secuestrador. Dio una rápida mirada alrededor descubriendo que no reconocía los terrenos a donde Kouga la había llevado.

—Kagome, por favor, déjame explicarte —le imploró volviendo a captar rápidamente la atención de aquellos castaños ojos que lo contemplaban con furia y dolor. Una de sus manos se cerró sobre una de las muñecas femeninas impidiendo cualquier intento de escape y ofensiva. Ella pensaba que le había fallado y eso era lo que le dolía.

Se sintió débil ante la mirada de Kouga, como si algo dentro de ella le impidiera estar enfadada con él. Cayó en cuanta que lo que verdaderamente la entristecía más que nada era el sentirse defraudada por él, sentirse traicionada. Lo de Inuyasha le dolía, pero lo de Kouga…lo de Kouga no tenía nombre.

La mano que aún le quedaba libre se la llevo al pecho e inútilmente intento sofocar un gemido de dolor. Sus ojos se llenaron de lágrimas y se sintió tan pequeña y vulnerable como nunca antes. Los brazos del youkai la rodearon con fuerza y sin proponérselo demostró la vulnerabilidad que había crecido en ella. Vulnerabilidad que sólo le pertenecía a Kouga.

—No era mi deber decírtelo, era el de él —susurró en el oído femenino y se contuvo estoicamente para no salir a darle su merecido a ese maldito hanyou que sólo le desgraciaba la vida a Kagome—. Lo único que quiero que sepas es que jamás…

Kouga se quedo estático en el lugar, con la musculatura dura y la respiración cortada; sintiendo por primera vez la tibieza y ambrosía de los labios femeninos que tanto había anhelado internamente desde que la había conocido.

Cuando volvió a reaccionar Kagome ya no estaba en sus brazos. Kagome ya no estaba con él.

¿Qué demonios había sucedido?

Continuara...


Hola a todos! Quiero empezar agradeciéndoles como siempre por todos y cada uno de sus reviews, fueron mi principal fuente de inspiración cuando necesitaba tomar animo nuevamente para sacar este capitulo adelante. Se que hay dudas en saber bien si Kagome termina quedándose con Kouga (Ya muchos están a favor) o con Inuyasha. Déjenme decirles que ni hasta yo que lo escribo tengo por el momento definido al final con quien se queda. En realidad tengo desde tiempo pensado el final del fic, pero como todo puede estar sujeto a modificaciones. Pareciera que Kag finalmente va a terminar con Kouga, pero no puedo asegurarles nada. A pesar de que mi inspiración viene y se va, el fic tiene vida propia y se escribe solo. Prometo que se los voy a definir bien...cuando también aclare uno que otro hecho XD.

Lamento la demora, y espero que sepan disculparme. Gracias nuevamente por sus reviews, alertas, etc; y también a aquellos que se dan una vuelta aunque sea.

Como ya saben siéntanse libres de comentar o criticar (Mientras sea con respeto y constuctivamente). Un beso enorme y nos estamos viendo en la próxima actualización.

Lis