PARTE 3 (PONER EN MULTIMEDIA "OCTOBER AND APRIL")
Si había algo que le había enseñado Amélie, era, además de la compañía y los ojillos brillantes de Clarke disfrutando de la película como una niña pequeña, era disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Sólo que ella no iba por ahí metiendo las manos en sacos de lentejas, sino que se conformaba con las cosas bellas que le rodeaban.
Le gustaba oír las historias estúpidas de Bellamy y burlarse de él cuando algo no salía como él quería. Le gustaba escuchar música antigua y bailar hasta las tantas de la noche junto a Clarke. Le gustaba perderse en medio del bosque con los hermanos Blake y Clarke, contar historias de terror y que Clarke se acurrucara a su lado porque se cagaba de miedo. Le gustaba perderse en sí misma pasear por Arkadia hasta que el portero le gritaba que tenía que cerrar y no quería dejarla olvidada allí. Le gustaba dormir con Clarke entre sus brazos, delinear su barbilla en mitad de la noche y hacerle trastadas para que dejase de roncar. Le gustaba su existencia, ahora que había dejado de ser un ángel caído y no le debía nada a Lucifer.
O en momentos como ése, sentada en una esquina en medio de la cafetería, con una taza de café caliente en las manos, vigilando que nadie se acercase a Clarke y le molestase en su último repaso antes de su temido examen de Fisiología médica que tenía en apenas un par de horas.
-Se te va a quedar frío, Clarke –dijo por quinta vez, y volviendo a tener por respuesta un resoplido angustioso.
-¡Cómo se nota que no eres tú la que se examina hoy! –cerró el enorme libro que tenía delante de sí, echándolo a un lado y dejándose caer sobre el respaldo de la silla-. ¿Qué hiciste tú cuando estabas en segundo? Porque creo que va a acabar conmigo.
-No agobiarme –respondió alzando los hombros-. Algo tan sencillo como eso.
Clarke era incapaz de quedarse quieta. Cuando no eran las manos, eran los pies; morderse las uñas, o el impulso de querer volver a coger el libro y darle un repaso que no le serviría de nada. Así que Lexa cogió su silla y la colocó a su lado, agarró sus manos y las encerró entre las propias, obligando a Clarke a mirarla.
De inmediato, una serena paz invadió su interior, y el salvaje traqueteo que era su sistema nervioso se quedó completamente tranquilo, completamente hierático: nada se atrevía a moverse, ni tan siquiera el impulso nervioso que en ese instante estaba transmitiendo.
Se sentía en medio de esa famosa escena de Big Fish, en la que Edward ve por primera vez a Sandra, en medio de aquel gentío. Si giraba la cabeza, todo a su alrededor estaría completamente parado, inmóvil en el tiempo: gente charlando en silencio, riendo, llorando, jugando, besándose, discutiendo. Gente despidiéndose, saludándose. Gente huyendo de gente.
Y luego, si fijaba la mirada en Lexa, estaba allí, tan preciosa como siempre, tan serena, tan impoluta, tan perfecta. Con esas trenzas tan únicas en ella, sus labios en un gesto burlón y sus ojos verdes, ese verde tan precioso que se había convertido en el color favorito de Clarke sin ni tan siquiera darse cuenta. Y su ropa negra, esa que tanto se negaba a abandonar a pesar de las quejas de la rubia.
-¿Mejor? –inquirió, y en ese instante, todo volvió a cobrar vida de nuevo.
Parecía preocupada, cuando intentó liberar sus manos de su particular prisión, Lexa se lo impidió.
-Cuando te miro, me es imposible no perderme en tus ojos. Me tranquilizan de una manera que da miedo.
Sólo entonces Lexa accedió a soltar sus manos, no sin antes llevarse una de ellas a los labios y besar sus nudillos con adoración, como si hubieran vuelto cien años atrás y ese gesto fuese el más íntimo que pudieran tener en público.
-Prefiero que temas a éstos –dijo señalándose los ojos- antes que a ese estúpido examen. Al que no deberías llegar tarde.
-¡Mierda!
Recogió a toda prisa sus cosas, olvidándose por completo del café pero no de despedirse de Lexa, abriéndose paso entre las decenas de estudiantes que había a esa hora entre aquellas cuatro paredes.
Lexa se quedó un rato más, a solas, sumida en su propio mundo. Miraba el ir y venir de los estudiantes y algunos de los profesores, y era una buena distracción. Las últimas semanas había sido un viaje a su pasado, había recogido tantos trozos de su vida olvidada que había recuerdos prácticamente completos; se sentía perdida dentro de su propio palacio de la memoria, recordando una vida que decía ser suya, pero que parecía tan ajena y lejana que era reticente a creerlo. Una vida donde era feliz y no tenía que luchar por sobrevivir, donde era querida por ser Lexa y no odiada por tener el favor de alguien poderoso. Estaba vacía, y no se había dado cuenta de ello hasta que fue demasiado tarde. Pero no tuvo otra salida más que aliarse con su propio odio y desesperación.
En aquellos se veía sí misma feliz, formando parte de una familia que la quería. Tenía a su padre, a su madre y un hermano pequeño que era incapaz de quedarse quieto. Y al instante, ya no tenía nada; sólo las manos llenas de sangre inocente y un insoportable dolor en el centro de su pecho.
¿Qué le obligó a cometer tal atrocidad? Porque aquella era su espada, y su hoja estaba manchada con la sangre de aquella familia que tanto la había querido.
Ahora entendía por lo que pasaban sus presas, el inmenso dolor en las que las sumía. Les obligaba a cometer crímenes de tal crueldad que la única manera que tenían de redimirse era entregar su alma al diablo. Lo único que les diferenciaba era que por sus venas corría sangre celestial y podía formar parte de la élite del Inframundo, pero los simples mortales se convertían en la nada, en simple alimento para Lucifer, diversión momentánea.
Había intentado hacer lo mismo con Clarke. Había intentado seducirla para luego convertirla en un ser cargado de remordimientos hacia el resto del mundo, una simple sirvienta para el otrora ángel favorito de Dios.
Hacía mucho tiempo que no lloraba, y no fue hasta que la lágrima golpeó el dorso de su mano, que se dio cuenta de que había comenzado tal llorera que varias cabezas se habían girado hacia ella, curiosas; incluso un par de chicos se había acercado a su mesa y trataban de tranquilizarla sin demasiado éxito.
Salió corriendo de la cafetería, dejando al resto de alumnos completamente anonadados. Muy pocos eran los que no la conocían (y le temían, por ende), y ahora que Murphy no estaba a su lado guardándole las espaldas, muchos se habían atrevido a acercarse, sabedores de que se había vuelto mucho más accesible desde que el muchacho de ojos casi como el hielo ya no estaba a su lado como una sombra. Además, se había mostrado mucho más amigable, más abierta, ¡incluso bromeaba y reía! ¿Por qué no aprovechar la oportunidad?
Lexa se refugió en la azotea, el único lugar donde se sentía realmente cómoda cuando estaba en la facultad. Allí donde nadie se atrevía a subir, porque estaba prohibido. Pero que ella y unos cuantos profesores con los pulmones encharcados de nicotina, se pasaban la prohibición por el pito del sereno. Y todo gracias a un pacto de silencio.
Nunca se había preguntado qué era lo que sentían las naranjas cuando, de pequeña, las cortaba por la mitad y las exprimía a base de fuerza bruta cada fin de semana mientras se divertía con su padre haciendo el desayuno para los tres. Nunca, hasta ese momento.
Se sentía a punto de ser lanzada contra el fregadero, porque ya no tenía más jugo que sacar. Así le había dejado aquel examen de Fisiología médica, sin fuerzas, con la mente destrozada, la mano completamente teñida de azul y un precioso surco en el dedo corazón izquierdo.
Bajó a la cafetería a buscar a Lexa, sin ningún resultado. Buscó por los pasillos por los que tanto le gustaba esconderse para huir de las multitudes, sin éxito. La biblioteca parecía un buen lugar donde esconderse, mas tampoco estaba allí.
-La azotea –murmuró para sí, maldiciéndose internamente por haber estado tan lenta-. ¿Cómo he podido ser tan tonta?
Prácticamente corrió hasta llegar a las escaleras, pero alguien se colocó en medio y la hizo caer, provocando un enorme estruendo en el pasillo.
Clarke se levantó con parsimonia, confundida por aquel choque tan inesperado. ¿Quién podría ser? Claro, ir corriendo a todas partes y sin estar atenta a su alrededor no podía ser bueno. Tenía ya una disculpa en los labios por su torpeza, pero cuando alzó la vista y vio a aquel chico vestido completamente de negro, parado y sin intención de ayudarla, no hizo falta más. No había sido casualidad que Murphy fuera el chico con el que tropezó en medio de aquella nada.
Sus ojos siempre habían sido fríos, calculadores; a veces incluso sentía miedo si los miraba más del tiempo necesario, pero en ese instante John Murphy no tenía nada que ver con el muchacho que siempre había conocido.
Tenía el cuerpo lleno de cortes y moratones, estaba más pálido que la última vez que lo vio (¿acaso era eso posible?) y en sus ojos no había emoción alguna. Era como un autómata, hierático, esperando la orden de su señor.
-Mírate –dijo, sin apenas mover los labios-. Ni tan siquiera tienes gracia para caerte. ¿Qué ha visto Lexa en ti?
Se puso en cuclillas a su lado, y Clarke pudo sentir el frío que emanaba su piel. Las venas se le marcaban por los brazos y el cuello, incluso en las sienes y las mejillas; pero al contrario que esos famosos culturistas, sus venas parecían estar pintadas sobre su piel, teñidas de un oscuro azul. ¿Es que su sangre se había convertido en hielo? Porque no encontraba otra explicación para eso.
-Al menos tienes ojos bonitos.
Hasta ahí duró su amabilidad. Lo siguiente que recibió de él fue su puño contra su pecho, enviándola lejos por el pasillo, el cual se iba transformando en las ruinas ya tan conocidas por Clarke últimamente, hasta que un asolado muro la frenó. Su ropa fue desapareciendo siendo sustituida por la armadura romana que solía llevar cuando entrenaba con Lincoln, y su espada Colada apareció en su cinto lista para ser utilizada.
Frente a ella, ataviado con su armadura negra y una bisarma, una especie de lanza de dos puntas, una recta y otra con forma de hoz. Caminaba hacia Clarke con paso firme, decidido y lanza en mano. Estando a unos cinco metros de la chica, lanzó su arma; Clarke reaccionó a tiempo, pues la bisarma se había clavado justo donde ella había estado apenas dos segundos antes.
-Y eres rápida.
Oh, bonito halago.
Clarke desenfundó su espada y apuntó con ella a Murphy, el cual golpeó la punta del metal con el pico de su lanza. Estaba jugando con ella, y Clarke lo sabía. Murphy era un cazador, era el que protegía a Lexa cuando cazaba almas para Lucifer, ¿por qué no mostraba todo su potencial? Le había visto luchar, y perder, pero sabía que Lexa era mucho más poderosa que ella. ¿Acaso quería disfrutar de su triunfo? ¿Jugar con ella como si fuera un animalillo asustado? Porque así era como se sentía en ese momento, un cachorro abandonado en un mundo cruel, obligado a enfrentarse a un animal cazador que quería divertirse antes de zampárselo.
-Las leyes dicen que no puedes matarme, Murphy –trató de frenarlo la rubia.
-Las leyes me importan una mierda, Clarke-. Volvió a golpear su espada, esta vez con más fuerza-. Si las leyes se aplicaran con rigor, mi nuevo amiguito no me daría palizas cada vez que abriera la boca. A nadie le importará que te mate. Y yo quedaré como un héroe para mi señora.
-A Lexa sí.
Murphy empezó a reírse cual chalado, clavando la lanza en la tierra y corriendo hacia ella. Tenía un brillo en los ojos que daba auténtico miedo, pero esta vez Clarke no tuvo tiempo de reaccionar. El chico esquivó su espada y volvió a golpearla en el pecho, pero la agarró del brazo y la hizo caer, estampándola con violencia contra el suelo.
Se volvió y agarró su lanza, moviéndola con habilidad entre los dedos. Hasta ese momento, no había sido rival para él. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué estaba tan lenta, tan torpe? ¿Dónde estaban las enseñanzas de Lincoln?
-Esto no es como te lo imaginabas, ¿verdad? Pequeña ilusa.
Clarke se levantó y corrió hacia él, golpeándole en pleno estómago con su hombro izquierdo. No tenía a Colada en ese momento consigo, así que sólo podía usar la fuerza bruta. Y tras aquella chulería propia de patio de colegio, no estaba dispuesta a quedarse quieta. Si creía que por tener aún diecinueve años y, por ende, no haber alcanzado todo su potencial celestial no era alguien digno de luchar contra él, estaba muy equivocado. Murphy había acabado en el suelo, en medio de una polvareda que lejos de molestarle, le hacía sentirse orgullosa. Golpeaba su pecho una y otra vez, sus hombros, su estúpida sonrisa creyéndose superior… y él empezó a toser, escupiendo sangre negra y confiriéndole un aspecto aún más terrorífico.
Estaba demacrado. Y ni siquiera así podía con él.
¿Por qué tenía que ser tan débil?
Pero lo tenía sometido, tal como había hecho Lexa unas semanas atrás al inicio del curso.
-Oh, la princesita está llorando – ni siquiera se había dado cuenta. Murphy le acarició la mejilla, casi con ternura pudo decir, para luego quedarse tumbado con los brazos en cruz. Derrotado. Igual que Lexa cuando le confesó que le quería-. Maté a mi padre, ¿sabes? En un toque de queda, durante la Segunda Guerra Mundial.
Clarke tenía su puño en alto, pero su curiosidad le obligó a bajarlo y a escuchar. Murphy era relativamente joven, al igual que Bellamy, y había caído al infierno a una edad ciertamente temprana.
-Cometí el error de enfermar. Mi padre, sintiéndose culpable por mi alta fiebre, los sudores y los continuos temblores, salió en medio de la noche, cuando estaba completamente prohibido pisar la calle, y un soldado inglés le atravesó el cráneo con una bala. Mi madre me odió tanto que dejó de cuidarme –continuó, con lágrimas en los ojos. Al parecer, los demonios también sabían llorar-. Una noche, en sueños, me visitó una mujer vestida de rojo. Era preciosa, y me juró que me traería a mi padre de vuelta si hacía lo que ella quería.
-¿Qué quería?
-Muchacha ilusa… Maté a mi madre. Cogí un cuchillo de la cocina y se lo clavé en la frente, igual que aquel soldado hizo con mi padre. Pero entonces empezó a reírse, y mi casa ardió pasto de las llamas. Tenía siete años. Yo también soy mestizo. La bala que mató a mi padre fue una ilusión. Seguro que tú sabrás de qué estoy hablando.
La pelea estuvo parada varios minutos más, era como si ninguno tuviera el valor suficiente como para volver a golpear.
Clarke no quería luchar más, lo consideraba algo inútil, una pérdida de tiempo; pero Murphy, ahora libre del peso de la chica y orgulloso por haberle dado donde más le duele a los ángeles, en los estúpidos sentimientos, volvió a por su bisarma y con ella en alto, rasgó el hombro y la espalda de Clarke. Ésta se dejó caer en el suelo, clavando a Colada para sostenerse, pero el dolor era demasiado grande. Si apenas podía respirar, ¿cómo iba a moverse?
Sin embargo, lo hizo.
No tenía ni idea de dónde sacó las fuerzas suficientes para coger a Colada y clavársela a Murphy en la axila, haciéndole gritar y ganarse un nuevo puñetazo en la barbilla.
-Quizá no seas tan inútil después de todo. Quizá sirvas como ángel guardián al igual que tu madre –dijo con sarcasmo, llevándose la mano derecha a la axila contraria, tratando de parar la hemorragia en balde.
Pero Clarke tampoco podía moverse, Colada cayó de sus manos con estrépito y ella se dejó caer en el suelo, luchando por sobrevivir. El charco de sangre a su alrededor era cada vez más grande, más espeso, y no parecía tener fin. El olor a azufre, a putrefacción proveniente de la sangre negra de Murphy hacía que su pensamiento se volviera más y más errático, momento que aprovechó el muchacho para alzarse con sumo esfuerzo, sosteniéndose gracias a su lanza. Caminaba con una torpeza propia de alguien que sabía que sólo le quedaba un movimiento más, un paso suicida, una última jugada en aquel tablero de ajedrez que era la vida. Y el rey de Clarke estaba prácticamente desprotegido, esperando su jaque mate.
Pero no llegó.
Clarke vio como Murphy caía primero de rodillas, y luego golpeó el suelo con un golpe seco, ya muerto. No era capaz de asimilar lo que había pasado, hacía apenas un segundo estaba asimilando su prematura muerte y ahora todo estaba en silencio, con su enemigo yaciendo en un charco de sangre negra y ella a salvo.
Todo sucedió demasiado rápido, su raciocinio no era capaz de asimilar todo lo que ocurría a su alrededor. Lexa, vestida con ropa de calle y un precioso arco de madera tallado, el cual dejó olvidado rápidamente en el suelo y sin que le importase lo más mínimo que se tiñera de sangre. Estaba entre sus brazos, podía sentir su calor a través de la fina ropa que llevaba, a través de la armadura; podía oír su voz preocupada, pero era incapaz de articular palabra alguna; podía oírla llorar, quería limpiar esas lágrimas que caían sin límite por las mejillas de la chica, pero sus brazos no le respondían, las fuerzas le abandonaban y sólo quería dormir.
Sólo fue capaz de susurrar su nombre. Un tímido y casi inaudible "Lexa" que fue callado por sus labios, mientras su conciencia caía en un vacío oscuro, infinito y desolador.
