Lamento la demora. Sin tiempo para más comunicados (voy de culo).

CAPÍTULO 10: IRA

En el mismo momento en el que Ed puso un pie fuera del autobús, supo que algo no iba bien. O al menos, que las cosas no iban igual que cuando se había ido. Se paró en seco y movió la cabeza a ambos lados, como buscando algo. Definitivamente, algo no estaba igual que antes. Podía olerlo. Maldijo mentalmente Rizembul. Era un pueblo demasiado apartado. Incluso en la era de la comunicación, apenas llegaban noticias del mundo exterior. Winry le dio una ligera palmada en el hombro.

-Ed, estás en las nubes. ¿Se puede saber qué te pasa? –preguntó.

Ed soltó un gruñido. Estúpida cría y su estúpida confianza. Y el más estúpido de todos era él mismo. ¿Se puede saber qué demonios le pasaba? ¿Cómo permitía que alguien como ella le cogiera tanta confianza? Ignorando las palabras de Winry, Ed revisó las caras de la muchedumbre. Todo el mundo tenía cara de preocupación (mejor dicho, los adultos tenían cara de preocupación). Además, no se veían niños solos por la calle, y la gente parecía ir en grupillos. Ed frunció el ceño. Padre no había sido capaz, ¿no? Haciendo caso omiso de Winry, Ed se dirigió al quiosco más cercano y compró el primer periódico que encontró. En la primera página, encontró lo que buscaba. Con una foto muy profesional y dramática, había un enorme titular: "LA OLEADA DE CRÍMENES EN CENTRAL CONTINÚA". La noticia seguía así: "La oleada de crímenes que asola la ciudad de Central sigue imparable. Ayer fueron encontradas muertas dos personas más, por herida de bala. Con estas, ya son diez las víctimas en los últimos quince días. Las fuerzas de seguridad niegan la participación de bla, bla, bla…". Ed dejó escapar una sonrisa extraña. Padre lo había hecho. Y todo para matar a Roy Mustang. Había convertido la ciudad de Central en un campo de batalla. Se mordió el labio. Si eso era así, no era prudente que se quedara demasiado tiempo en la calle. Volvió con Winry, quién comenzó a echarle la bronca sobre salir corriendo y abandonar a una damisela, o algo así.

--------------------------------------

Roy Mustang, por su parte, alucinaba en colores. Todavía. Veinte días antes, exactamente, Padre había ordenado eliminarle. A él, y todo el que tuviera relación con él. No tenía sentido. Sólo tenía que decir que Mustang no sería su sucesor, y no habría problemas. Toda la organización sabía que la palabra de Padre era absoluta. Si hubiera muerto sin nombrar un sucesor, una guerra por el poder tendría sentido. Pero, ¿una guerra por el poder cuando aún podía elegir un sucesor? Eso era estúpido. Padre tenía que tener un buen motivo para organizar todo este follón y le usaba a él como excusa para montarlo.

Su situación actual era, básicamente, una mierda. Hacía una semana que no salía de su casa, durmiendo con una pistola bajo la almohada. El hecho de que todos aquellos a los que consideraba amigos estuvieran igual no le consolaba un carajo. Maldiciendo entre dientes, se dirigió a la nevera, sólo para descubrir que sólo contenía un cartón de leche casi vacío y restos de comido de hacía una semana. "De puta madre" pensó Mustang. Definitivamente, estaba en una mala racha. Con un suspiro, fue al armario y se puso la chaqueta. Hawkeye le había dicho que no era prudente salir a la calle, pero si no compraba comida, se moriría de hambre. Además, estaba harto de estar encerrado en casa. Un poco de aire le sentaría bien. Nada más abrió la puerta, pero, supo que había cometido un error. Ante él, un hombre de unos cincuenta años le apuntaba con un arma. Era un hombre corpulento, con bigote. Lo que más llamaba la atención, pero, era un parche que cubría su ojo izquierdo. Por la mente de Roy Mustang pasaron dos palabras: una fue "¡Ira!" y la otra no puedo ponerla porqué según las leyes americanas, tendría que censurarla. Saltó hacia atrás, entrando en la casa de nuevo, mientras giraba sobre si mismo en el proceso. El ruido de una detonación, amortizada por el silenciador, se oyó en el recibidor.

----------------------------------------

Winry suspiró. Ed hacia cerca de media hora que se había encerrado en su cuarto. Winry se preguntó qué estaba haciendo. Desde que había legado a la ciudad estaba muy extraño. No paraba de mirar a lado y lado de la calle, como esperando algo, y no separaba la mano del interior de su chaqueta (dónde Winry sabía positivamente que tenía una pistola). La puerta de la habitación de Ed se abrió de golpe, mostrando al rubio cargado con la misma bolsa con la que había aparecido varios meses antes.

-¿Ed? –murmuró la chica. El joven asesino la miró.

-Me marcho.

Winry le miró, sin comprender. Ed levantó una ceja.

-Ha sido divertido. Pero estas cosas acaban. Me marcho.

-¿De qué hablas? ¿Dónde vas?

-Ya te lo he dicho –respondió Edward- Me marcho. Ya está. Podrás volver a tu vida normal, si quieres. Olvida todo lo relacionado conmigo y todo lo que ha pasado estos meses.

-Pero…

-Nada de peros… -la cortó Ed con expresión inescrutable. El estampido resonó por toda la casa. Ed tenía la cabeza ladeada, y su mejilla empezaba a enrojecerse. Se llevo la mano a la mejilla, perplejo.

-¿Me has dado una…? –su pregunta retórica fue cortada por un nuevo golpe.

-¡¡Eres un imbécil!! –le gritó Winry. Tenía la cara enrojecida, y miraba al rubio con los ojos brillantes.

-¿Perdón?

-¡¡Digo que eres un imbécil!! –siguió chillando la chica- ¡¡Deja de poner esa actitud arrogante!!

-------------------------------------------------

Roy Mustang se arrastro hacia atrás como pudo, intentando detener la hemorragia que le manaba de un costado. Gracias a su rápida reacción, logró evitar que el disparo le alcanzara un punto vital, pero la herida seguía allí, al igual que el hombre que se la había causado. Ira le miró un momento, interesado.

-Tienes buenos reflejos. Muy buenos –dijo- Pero te falta inteligencia. No deberías haber salido de casa, y lo sabes.

Mustang se mordió el labio. Ese viejo tenía razón, aunque Llama nunca lo admitiría. Hawkeye le pegaría una buena bronca. Si salía vivo de esta, claro. Apoyándose en el mueble que tenía más cerca, Roy Mustang se puso de pie con dificultad. Respirando pesadamente y ahogando gemidos de dolor, mientras su herida seguía sangrando, encaró al ojo frío de Ira con los ojos nublados de sufrimiento. Ira le dirigió una mueca amable y simpática.

-Bastante impresionante –dijo. Roy Mustang le mostró una sonrisita de superioridad.

-No pienso morir tirado en el suelo como un maldito perro.

Ira asintió, admirado, y se acercó lentamente a Roy, poniéndole la pistola en la frente.

-¿Últimas palabras? –preguntó.

-Sí –dijo Mustang, con la misma sonrisa de superioridad- No soy el único idiota aquí. Deberías vigilar un poco más a tus presas, Ira. Creo que estás viejo para este trabajo.

Dicho esto, en el tiempo de un parpadeo, Roy hizo un movimiento, clavando en el brazo de Ira el abrecartas que había cogido de encima del mueble en el que se había apoyado para ponerse de pie, y que había mantenido oculto bajo la manga. Ira soltó un grito de dolor y sorpresa, soltando la pistola. Roy, ignorando el dolor atroz que le sacudió el costado, desclavó el abrecartas y, en un movimiento veloz que le envió una nueva descarga eléctrica de dolor, lo clavó en el cuello del otro hombre con fuerza. Ira abrió mucho la boca. Roy sacó el abrecartas, de modo que la sangre de Ira salió a chorro de la herida del cuello. El asesino se desplomó en el suelo, convulsionándose. Mientras, Roy se tambaleó como pudo hasta el teléfono, y marcó el número de emergencias. No logró articular palabra, pero esperaba que enviaran una ambulancia a tiempo. A tiempo para él, claro. Ira ya estaba muerto. Apretando con fuerza la herida, Roy se deslizó por la pared hasta el suelo. Mientras su vista se nublaba, le pareció oír sonidos de sirenas. Claro que quizás era una alucinación al borde de la muerte. Roy soltó una risita. De modo que era mentira. No veía ningún maldito túnel con una luz al final.