El rugido se oyó por toda la ciudad.
El suelo tembló, las alarmas de los autos se encendieron, y cuando se apagaron, algunos gritos se hicieron oír. Gritos que se hicieron más fuertes cuando los bramidos continuaron, seguidos de más temblores de tierra. Era casi medianoche, y hasta las estrellas parecieron temblar cuando algunas grietas aparecieron en el suelo.
Luego de los rugidos, vino una risa maligna.
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El Hechicero, observando la escena a un costado, sonreía.
La alargada forma de un dragón asiático, de color negro, rojo y violeta, daba vueltas en el reducido espacio, con furia y dolor. Se golpeaba contra las cañerías, dejando caer algunas escamas en el proceso, rugía, arañaba las paredes, intentaba hacer respirar el cuerpo sobre la columna echándole su aliento, y entonces volvía a empezar.
El olor de su desesperación era delicioso.
Le recordaba a la vez en la que había logrado poseer a casi toda la secundaria a la vez, al ser aplastados en el torneo de ajedrez. Sin embargo, aquélla había sido una variedad de pequeños sabores, en vez de la deliciosa sensación que percibía en el ambiente. Las esferas de su cintura volaban a su alrededor, y de no ser por su hechizo de imperceptibilidad, el gigantesco dragón lo hubiese localizado.
Saboreando el momento, reunió todo el poder que la posesión del Ninja le había dado, y lo dirigió hacia uno de sus grilletes. Tenía en sus esferas un poder enorme, superior a todo lo que había logrado obtener en ochocientos años de encierro, y ansiaba sentir sus muñecas libres. Sabiendo que el apresurarse podría echar todo su trabajo a perder, dejó que el flujo de energía comenzase a debilitar el grillete.
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-¡Viceroy!- chillaba McFist -¿Qué demonios sucede?
-Creo que es el Hechicero, señor- respondió el científico, más calmado de lo que pensó que estaría –Al parecer, ha logrado obtener el poder necesario para sacudir sus cadenas.
-¿Qué?- el empresario observó a su interlocutor, y el otro le devolvió la mirada.
-El Ninja-fantasma ha llevado a la guarida del Hechicero un par de piezas elementales.
-¿¡De qué estás hablando!?- el temblor se detuvo -¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁ SUCEDIENDO?!
-Sucede que descubrió el motivo principal por el cual sus planes no han tenido éxito hasta el momento- el Ninja-fantasma apareció de la nada, corriendo, y se lanzó hacia una de las sillas con rueditas que había en los alrededores. Al aterrizar sobre el almohadón, se sentó con el pecho apoyado contra el respaldo, y dio varias vueltas a la oficina, impulsándose con los pies. McFist lo miró, nervioso –Usted, señor, no tenía nada en verdad personal contra el Ninja.
-¿Y eso qué tiene que ver?
-Que yo sí tengo bien en claro lo que quiero- respondió Viceroy, sonriendo como el genio malvado que era.
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Aún devastado por el dolor, e incluso estando poseído, él Ninja seguía teniendo sus habilidades.
Fue por eso que escuchó antes que vio lo que se dirigía hacia él.
Giró el cuello hacia arriba, esquivando el destello dorado que pasó por el sitio en el que su cabeza había estado medio segundo antes. El mismo destello lo persiguió, siempre apuntando hacia su cuello, tintineando como una cadena. Y era una cadena. Randy comprendió, de forma vaga, que el Hechicero estaba aún allí, que esa era su prisión, y que no lo había visto en ningún sitio. Él había estado encadenado por siglos, y ahora una cadena quería atraparlo.
Siguiendo el patrón de destellos, descubrió en dónde estaba el Hechicero. Se lanzó, sin pensar, hacia un sitio cercano a la base de la columna. De haberlo pensado, se habría dado cuenta que el acercarse era un error gigantesco. Y el grillete cerrándose sobre su cuello se lo confirmó.
-Eres mío, Ninja.
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Los rugidos variaron.
Toda la ciudad de Norrisville pudo escuchar el momento en que uno de los horribles bramidos se convirtió en un sonido ahogado. La furia continuó, pero en un tono distinto, y los golpes precedieron a los temblores de tierra. Como una bestia enfurecida golpeando contra su prisión, rugiendo de rabia y desesperación.
Se preguntaron si era uno de los robots que, de tanto en tanto, asediaban la secundaria. O si había algún estudiante poseído. Buscaban al Ninja en todas partes, sabiendo que él siempre aparecía para salvar el día.
Cuando los temblores y los rugidos cesaron, los ciudadanos pensaron que todo había terminado.
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-¿Ya has terminado tu berrinche?
El dragón, enroscado a la fuerza en la columna, reposaba su cabeza sobre la parte superior de la misma. A un lado tenía los restos de Tengu, y con cada respiración volaban plumas. Su cuerpo, similar a una serpiente, estaba encadenado a la columna, y los eslabones se hundían en sus escamas. Respirar era doloroso. Y el dolor interno era aún peor.
El Hechicero se acercó, sosteniendo la cadena que aferraba al dragón.
-Se siente tan bien el poder moverse sin escuchar ese molesto tintineo- levantó la mano izquierda, con la muñeca libre de ataduras, y cerró el puño –Hay tantas cosas pendientes, pequeño ninja- tiró de la cadena con su mano derecha, y los eslabones se apretaron. Randy lanzó un quejido –y tanto por lo que debes de pagar… - dejó de tirar, y el tintineo sonó con un eco en la caverna.
Randy no podía moverse, ni hablar. Quería decirle tantas cosas a Tengu y a Howard, cambiar su vida por la de ellos, caer en un abismo y nunca más volver a ver la luz del Sol. Y quizás lo último sucediese. El Hechicero, sonriendo como nunca antes lo había visto, acercó su mano izquierda al rostro del dragón cautivo.
-Podría sacarte los ojos- el dragón pestañeó, sin cambiar de expresión –Pero, entonces, no verías todo lo que tu incompetencia ha causado. Tus escamas, en cambio, son mucho más útiles. Es una pena que no se hayan desarrollado como debían, pero eso es cuestión de tiempo… Y nunca antes me había parecido tan dulce.
Aun sosteniendo la cadena que inmovilizaba al Ninja, se dirigió hacia el borde de la parte superior de su columna, pisando el pecho de Tengu en su camino. Sonrió ante el gemido del dragón, pero no se dio vuelta. Al llegar al borde, observó el fondo, que había visto tantas veces en sus ochocientos años de encierro, y saltó.
-Es hora de expandir mis horizontes- dijo, y se dirigió hacia la salida.
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-¿De qué hablas, Viceroy? ¡El Hechicero no mencionó nada de esto!
-Por supuesto que no, Hannibal- respondió el científico, sonriendo –No eres más que un simple bufón. No sabes lo que es en realidad la maldad… o la locura.
El Ninja-fantasma paró de hamacarse en la silla con rueditas, colocó su cabeza sobre el respaldo, con sus manos sobre el asiento, y miró directo a los ojos de McFist.
-Eres más que innecesario ahora- Viceroy dio un paso hacia el otro hombre. McFist retrocedió un paso –Las molestias que causas no se justifican- avanzó otro paso. Hannibal retrocedió otro.
El Ninja-fantasma saltó, quedándose en cuatro patas sobre el respaldo de la silla.
-Viceroy, te ordeno que…
-No- lo cortó el científico.
McFist se quedó mudo, observando a quien había sido su científico más prolífico y leal durante años. Notó, también, que había algo en los ojos de Viceroy que no había estado allí antes: era verde y brillante, como la bufanda del Ninja-fantasma, y al parecer, igual de venenoso. Era una ambición desmedida, y un hambre que no podía ser saciada de forma física.
-¿Sabes, Hannibal? Nunca fui poseído- dijo el científico, con calma –Cuando iba a la secundaria Norrisville, jamás me transformé en un monstruo. Y eso me llevó a investigar más el tema. ¿Sabes que la posesión puede ser controlada?
-Eh… no.
-Así es. Y sus características pueden aislarse unas de otras. Por ejemplo- dijo, tomando sus lentes y comenzando a limpiarlos con un trozo de tela suave –Si se trata de alguien con un gran coeficiente intelectual, se puede saltar todo lo relacionado con transformarse físicamente.
McFist lo miró, atónito y cada vez más temeroso, mientras volvía a colocarse sus anteojos.
-Por ejemplo, puede canalizarse toda la energía resultante en un solo objetivo, por más que se requieran muchos pasos para llegar a él- lo miró fijo, y Hannibal sintió un escalofrío –En este momento, soy el único humano que el Hechicero necesita a su servicio.
McFist no alcanzó a ver el borrón negro y verde que se lanzó hacia él, y luego perdió el conocimiento.
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"¿Randy?"
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Debo confesar que el fanfic no iba a seguir por estos rumbos. Iba a ir por otro lado, quizás finalizando hace cuatro o cinco capítulos. Pero luego surgió una idea, y luego otra, y después otra más, y por aquí hemos llegado. Y el final puede que no sea feliz.
Nos leemos
Nakokun
