La pareja fue diminuyendo su carrera hasta pasar a un trote suave. Para cuando alcanzaron el caminito de grava que conectaba la acera con una de las bellas mansiones de la cuadra, sus movimientos eran lentos y pausados, sin embargo, una mirada superficial revelaría que su lentitud era debida a un método deportivo y no al cansancio. Aunque ambos transpiraban profusamente, sus respiraciones no eran entrecortadas, su andar era suave, ningún signo exterior revelaba dolores musculares o calambres. Casi ante la puerta, torcieron a la derecha y siguieron otro sendero marcado por lajas de piedra que bordeaba la casa. Dieron a un amplio jardín con diversos arbustos y en su centro, una ancha y profunda piscina.
El mayor –cabellos y ojos color miel, piel pálida y rasgos afilados– se dejó caer en uno de los asientos esparcidos alrededor de la alberca, en cambio, el más joven se despojó de la sudadera, el pantalón y la ropa interior con gran agilidad, y se lanzó al agua. Nadó unos metros y emergió cerca de la silla que ocupaba su compañero. El agua había pegado al cráneo sus rebeldes mechones de pelo negro, sus ojos verdes brillaban de excitación. Hizo un gesto de convite.
–Ven Remus, el agua está riquísima.
Pero el de ojos miel movió la cabeza de un lado a otro.
–Ni loco. No se cómo puedes nadar en pleno febrero en esta piscina
descubierta. ¿Qué temperatura tiene esa agua? ¿Diez o quince
grados?
–Supongo... –el nadador se movió un poco, para que la sombra
de la casa le protegiera de los rayos directos del sol– ¿Qué
importa eso? Tengo el cuerpo caliente de la carrera. Y tú también.
–Ya no, mi niño, ya no –se recostó en la silla con
expresión morosa–. Te hice compañía en ese trote
matutino tuyo, ahora, déjame descansar.
El ojiverde hizo un mohín despectivo y se alejó hacia el centro del estanque. Estuvo nadando algunos minutos más, hasta que otro hombre salió de la casa empujando un carrito cargado de platos, cubiertos, vasos y jarras. Se detuvo ante Remus y acercó dos sillas más. El joven salió entonces del agua con un hábil movimiento, se acercó chorreando y completamente desnudo. Su cuerpo era delgado y fibroso, las gotas de agua reflejaban el débil sol invernal, contrastando con su piel ligeramente cremosa.
–Buenos días, Sirius.
El aludido volteó y besó en las mejillas al chico, por un instante
sus ojos azul oscuro valoraron críticamente sus mejillas arreboladas.
–¿No tienes frío? –el chico se encogió de hombros–
Bueno.
Hablaron de temas triviales como el último escándalo de Cristina Aguilera y la reciente exposición retrospectiva de los Beatles. Cuando ya el más joven terminaba con el quinto pastel, notó una mirada de Sirius hacia su reloj. Frunció ligeramente el ceño, era la quinta mirada en tres minutos. Abrió la boca, pero el timbre de la puerta no le dejó oportunidad.
–Voy yo. –dijo Sirius.
–¡Tíralo a la calle! –exclamó– ¡Estamos
de vacaciones!
El hombre no dio señales de haberlo oído. El de cabello castaño,
por su parte, puso una mano en el muslo aún mojado del menor para atraer
su atención. El chico le miró y no pudo evitar un sobresalto:
había una expresión tremendamente seria en esos orbes color miel.
–Ponte algo por encima y ve al despacho.
Asintió, intrigado. En su camino hacia la casa, tomó un albornoz que esperaba junto al montón de ropa deportiva recién usada, en la puerta del jardín había un par de pantuflas. Frotando su cuerpo con el suave batín, dirigió sus pasos a la habitación indicada por Remus, estaba seguro de que el intempestivo visitante que estropeaba su primer día de vacaciones estaría allí.
En la estancia encontró a Sirius, sentado en la mesa de las reuniones familiares con el desconocido que, supuso, tocara el timbre minutos antes. El de ojos azules volteó hacia él.
–Ya estás aquí. Harry, te presento al coronel Kingsley Shaklebolt, del MI6. Coronel, este es Harry Potter.
Harry se sintió turbado por la intensa mirada que le dedicara el militar. Era un hombre alto y delgado, de piel negra y brillante, ojos verdes y rostro redondo. Pudo reconocer un traje armani cortado a la medida, y uñas muy bien cuidadas. Shaklebolt no inspiraba fragilidad, al contrario, esos detalles sofisticados agregaban fuerza a su imagen. Harry no pudo evitar pensar en un hilo de araña, falsamente ligero, o en una lámina de acero bruñido, aparentemente maleable. Extendió una mano mientras cerraba el cuello de su bata con la otra.
–Es un placer conocerte, Harry.
El solo asintió y fue a sentarse junto a Sirius, su mirada claramente interrogante. El militar regresó a su silla. Permanecieron en silencio hasta la llegada de Remus. Este último se acomodó al lado del muchacho. Sirius se aclaró la garganta.
–Harry, el coronel Shakleblot desea conversar contigo. Es acerca del accidente de noviembre pasado. –el rostro del joven se contrajo en un rictus de dolor– No viene a interrogarte, Kingsley es una de las personas mejor informadas respecto a ese día, sino a informarte de algunos elementos vitales respecto a ese "accidente" –al chico no se le escapó el especial énfasis del hombre en la última palabra–. Elementos que serán vitales en tu vida desde ahora. Por favor, deja que el coronel se explique y pregunta al final. ¿De acuerdo?
Asintió despacio, pero ya no pudo recuperar su falsa despreocupación. Para Harry todavía era muy difícil hablar de Cedric y su trágica muerte. Había renunciado a leer diarios o ver ciertos programas de TV, tan solo para no descubrir su rostro asociado a los más descabellados comentarios. A menudo se preguntaba qué encontraban los medios para seguir sacando jugo a la historia.
La Orden de Restricción que obtuviera su familia para mantener a los gacetilleros a distancia, solo les incentivaba y complicaba a grados imposibles su vida. En Hogwarts o su barrio estaba a salvo de ellos, sin embargo, ir de compras o a bailar era virtualmente imposible: el resto de las personas le miraba fijamente, buscaban enseguida la cicatriz de su frente. Entonces retrocedían asqueados, o se acercaban sonrientes a demostrar una solidaridad que Harry no creía, ni deseaba. Luego aparecían las cámaras y micrófonos. ¿Era tan difícil entender que solo quería ser uno más?
–¿Harry? –la voz preocupada de Remus le sacó de sus cavilaciones.
Miró a los tres hombres con vergüenza. De nuevo se había perdido en sus pensamientos. Sacudió la cabeza para reanimarse y algunas gotas de agua salpicaron unas fotografías esparcidas sobre la mesa.
–Disculpe coronel, estaba perdido en mi mismo.
El hombre hizo un gesto para restarle importancia al asunto y trató de
secar las imágenes con un pañuelo.
–No te preocupes, Harry, Sirius me había advertido de que sueles
irte muy lejos. Por suerte la primera parte depende de tu participación
–ordenó las fotos ante el muchacho–. ¿Reconoces alguna
de estas personas?
Harry estudió las bruñidas superficies con cuidado. Estaban en blanco y negro y parecían tomadas en la calle, mientras los sujetos permanecían ajenos. Ni uno de los retratados miraba a la cámara, incluso le pareció reconocer en alguno de ellos cierto sigilo en sus pequeños ojos. Eran diez fotografías, nueve hombres y una mujer, todos vestían togas oscuras. Tras algunos minutos atrajo la imagen de la mujer y un tipo narizón de cabello castaño. Dudó un poco antes de hablar.
–Este hombre estuvo en el hotel, en Bolonia. Fue la tarde de la llegada, cuando nos acomodábamos en las habitaciones: abofeteó a una sirvienta. Parecía turca o algo así, y había dejado caer algo al suelo de la galería. Nosotros doblamos una esquina y vimos a la chica en el suelo, él trataba de deshacerse de ella. Levantó la mirada ante nuestras voces y la cara se le congestionó. Entonces le soltó el golpe y huyó. Yo fui donde la muchacha, ella no parecía molesta ni ofendida. Supongo que estaba acostumbrada.
Los adultos intercambiaron miradas preocupadas.
–¿Y ella? –le alentó Kingsley.
–Ámsterdam, una tienda de productos de cuero para... –enrojeció
de repente–, para...
–¿Para juegos sexuales? –le ayudó Remus con voz neutra.
–Si, eso mismo. Estábamos curioseando y alguien del equipo señaló
a una mujer despampanante. Estaba de espaldas, su cuerpo estaba forrado de cuero
negro, tan ajustado que alguien dijo que sería necesario un cuchillo
para llevarla a la cama. Entonces, ella se movió un poco, su rostro apareció
en un espejo y me quedé sin aire. Su cara era una máscara de expresión
depredadora y sus ojos, ojos de loca. Varios del equipo se mordieron los labios,
a mi me dio miedo.
Kingsley asintió despacio y pareció consultar con la mirada a Remus y Sirius. Habló mirando fijamente a Harry, atento a sus reacciones.
–El es Alistair McNair, y ella es Bellatrix Lestrange, ambos son británicos.
McNair tiene un empleo en la oficina de protección de flora y fauna.
Bella estuvo ingresada en un hospital siquiátrico durante los últimos
diez años, ahora tiene un burdel de sadomasoquismo. Creemos que su aparición
en distintos puntos de tu viaje no fue fortuita, Harry, estaban chequeando tus
movimientos para matarte.
El chico miró lleno de sorpresa a su interlocutor.
–¿Matarme? Es una broma ¿verdad? –volteó a
sus padres– ¿Quién querría matarme?
–El mismo hombre que mató a tus padres, hizo asesinar a diez personas
más e incriminó a Sirius –explicó con voz fría
el coronel.
–¿Habla de Riddle? Pero esta muerto. Sirius ¡dijiste que
estaba muerto!
–Y eso creí Harry, pero el incidente de noviembre despertó
nuestras sospechas y buscamos de nuevo. No está muerto, nunca lo estuvo.
El chico se frotó la frente desesperado, cada vez que su carácter se desbordaba la cicatriz empezaba a doler. Eso ocurría muy a menudo desde la muerte de Cedric. Su voz regresó fría y dura por el dolor, sus pupilas estaban oscuras y dilatadas.
–¿Y por qué quiere matarme? ¿No le basta con habernos
arruinado la vida durante diez años? ¿Es que le hicimos algo?
–Riddle es un hombre obstinado, Harry –explicó Remus–.
No se detendrá hasta obtener venganza. Fuimos responsables de su caída,
ahora ha regresado y no se detendrá hasta sacarnos del camino.
–O hasta que lo saquemos a él –apostilló Sirius.
–¡Un momento, un momento! ¿Venganza? ¿Fuimos responsables?
YO no soy responsable de nada con ese asesino, tenía un año cuando
entró en mi vida. En todo caso EL es responsable ante mi.
–Creo que mejor empezamos por el principio –propuso Shakleblot–,
o Harry nunca entenderá las razones de todo esto.
Los otros dos hombres asintieron y el militar extrajo de su maletín un abultado cartapacio con el emblema "OPERACION FENIX. Resúmenes y resultados" escrito en rojo, y un manojo de fotos.
–Esto es un registro confidencial del MI6, es el índice de los
archivos de la Operación Fénix. Se editó porque los archivos
y cajas de evidencias de esa operación llenan varias habitaciones en
los sótanos de nuestra sede. La Fénix se puso en marcha en octubre
de 1983 y fue abruptamente cancelada en agosto de 1989, a lo largo de esos siete
años cumplió con creces su objetivo: infiltrarse en el sofisticado
ambiente de los traficantes de arte y rodear a uno de los zares de ese mundo:
Tom Marvolo Riddle.
Riddle estaba robando piezas de antigüedad escalofriante desde los setenta,
pero su red era muy buena y nunca podíamos probarle nada. La Fénix
fue concebida sin prisas, con un presupuesto reservado, amplios márgenes
de autogestión, y libre toma de decisiones. El MI6 deseaba resultados,
y los obtuvo. De hecho, la mitología del MI6 define a la Fénix
como una de nuestras operaciones más bellas y terribles, pues acabó
con doce de sus veintidós agentes asesinados.
Harry contempla con ojos abiertos al hombre, la similitud de fechas no se le
escapa.
–¿Usted quiere decir que mis padres...?
–Eran unos excelentes agentes secretos Harry, de lo mejor.
–Pero... Entonces ustedes dos –mira a sus padres adoptivos con sorpresa.
–Si –admite Remus suavemente–, nosotros también.
Shaklebolt apartó hacia un lado las fotos que mostrara al inicio de la
charla y extendió unas nuevas ante la atónita mirada del chico.
–Estos son los integrantes de la Operación Fénix –fue
señalando las diversas fotos en colores, algunas reflejaban a una persona,
otras eran de conjunto–: este –su dedo se apoyó en un primer
plano de un hombre con solo media nariz– es Alastor Moody, arqueólogo,
Spilberg se inspiró en él para Indiana Jones; aquí están
los hermanos Dumbledore –dos hombres de rostros muy similares sonreían
a Harry, uno con la cabellera y barba muy largas, el otro completamente rapado–
Albus y Aberforth; aquí están Dedalus Diggle, y Benji Fenwick
–el primero era rubio, el segundo castaño–, creo que estaban
enredados; estos son los Longbottom, Fran y Alice –un par de rubios de
rostros regordetes sostenían un bebé–; por acá –una
mujer de cabellera roja, un hombre de rizos rubios, un gigante de tupida barba
negra y un hombrecillo de nariz respingona estaban alrededor de una mesa llena
de bebidas– te presento a Marlene McKinnon, Edgar Bones, Rabeus Hagrid
y Peter Pettigrew; el trío mortal: Caradoc Dearborn, Elphias Doge y Sturgis
Podmore –los hombres llevaban sobretodos blancos y guantes, el sitio tras
ellos parecía una mezcla entre biblioteca, carpintería y taller
de electrónica–; otro par de hermanos: Gideon y Fabian Prewett
–era una foto tomada en alguna terminal aérea, los hermanos vestían
trajes oscuros y apretaban unos elegantes maletines–; ella era Dorcas
Meadowes –una mujer de melena lacia y negra conversaba con un militar
de brillantes ojos negros y nariz ganchuda–, a su lado el capitán
Severus Snape; y por último –cuatro amigos imitaban la famosa foto
de Abbey Road– los Merodeadores: Remus Lupin, Sirius Black, James y Lily
Potter. –hace una pequeña pausa– ¿Me sigues?
Harry inspiro y expiró profundamente, tratando de mantener la calma. Si, seguía a Shaklebolt muy bien, demasiado bien. Pero dolía. Le dolía haber estado ajeno. Dolía que Cedric hubiera sido asesinado. Ya no era mera casualidad, sino certeza el hecho de que las personas morían a su alrededor por él. Deseo estar frente a Tom Riddle y matarlo, deseo haber muerto en noviembre, deseo haberse desangrado aquella vez que Vernon le golpeó muy duro por manchar un vestido de Petunia, deseó que el disparo a su frente hubiera sido mortal.
La voz le salió estrangulada por tan encontradas emociones.
–¿Por qué nunca me dijeron nada de esto?
–¿Habría marcado alguna diferencia? –preguntó
Sirius– ¿Hay alguna diferencia entre un hombre asesinado por alguna
venganza personal y un hombre asesinado por ser agente secreto? Ambos son hombres
muertos, y la ley debe mirarlos de igual manera. Tus padres murieron por defenderte,
eso es lo importante. El asunto Fénix no es agradable para mí,
ni para Remus, deseábamos olvidar, tener una vida tranquila, pero otros
se oponen a ello.
–Ustedes dijeron que Riddle era un psicópata, pero no es cierto.
El tipo era un cerdo mafioso y mató a mis padres cuando lo acorralaron.
¡¿No marca una diferencia!
–No me grites, maldita sea. Eras muy joven y llevabas demasiado tiempo
sufriendo, Remus y yo queríamos que fueras feliz y libre. Estuviste sometido
a toda violencia de los Dursley, tenías pesadillas y tics nerviosos.
¿Te parece correcto traerte a esta nueva vida y decir: "Por cierto
Harry, hay un grupo de mafiosos comandados por un asesino en serie, que desea
ver nuestras cabezas en una estaca. Si vez algo raro no dudes en llamar al MI6
para que los condenen por crímenes contra el patrimonio cultural de la
humanidad"?
–ME MINTIERON.
–Si –la voz de Remus, baja y calmada, avergonzó terriblemente
a Harry–, te mentimos porque deseábamos protegerte. No tienes idea
de cuanto sufrimos al saber lo de Francia. Sabemos cuánto significaba
Cedric para ti, y su muerte es nuestra responsabilidad, no la tuya. Los agentes
del MI6, y los sobrevivientes de la Fénix, confiamos en que Voldemort
estaba muerto y fallamos. Por eso está Kingsley aquí esta mañana,
a partir de ahora tu nos vas a ayudar.
–¿Ayudarles?
–Ayudarnos a protegerte –intervino Kingsley–. Pero de eso
hablaremos después. Ahora –señaló las diez fotos
aún regadas en la mesa–, esos que ves ahí eran la plana
mayor de los Mortifagos, como se hacía llamar la banda de Riddle. Solían
reunirse en un exclusivo club de Pequeño Angleton llamado "Voldemort
Manor", de ahí uno de sus sobrenombres: Lord Voldemort. Tras la
desarticulación de la Fénix encarcelamos a todos los que pudimos,
pero sin testigos fue imposible probarles algo a los cabecillas. Rodolfo y Bellatrix
Lestrange fueron declarados dementes, y el joven Bartemius Crouch se suicidó
en la cárcel. El resto siguió con sus apacibles y falsas vidas.
Mantuvimos cierta vigilancia sobre ellos, y todo indicaba que Tom Sorvolo Riddle,
alias Kaiser Sose, alias el Verdadero Padrino, y alias Lord Voldemort, entre
otras cosas, estaba en el más profundo infierno. Hasta hace dos meses.
En cuanto llamaste a Sirius para advertirle del "accidente" él
se puso en contacto conmigo. La inteligencia francesa no estuvo ociosa y revisamos
cuidadosamente la evidencia del autobús. Descubrimos que el chofer era
un agente suicida y que tu asiento había sido ajustado para salir despedido
al primer giro. Fue un intento de asesinato en toda la regla. Eso no es obra
de algún mortifago resentido, sino de Lord Voldemort.
Es por eso, y porque ya eres mayorcito, que deseamos incluirte en el estrecho
círculo de personas que saben de la operación Fénix. Eres
uno de los blancos más importantes, pero no creemos que para protegerte
debas ser tratado como un muñeco. Al final te vas a sentir muy mal con
ello. Por supuesto, tampoco sabrás todo lo que ocurre mientras cazamos
al maldito, pues la información es estrictamente compartimentada. ¿Comprendes
lo que digo?
El muchacho asintió.
–Se lo que estás pensando, Harry –intervino Sirius–
y no tienes que preocuparte, Ron y Hermione pueden saberlo –no pudo evitar
sonreír ante su estupefacta mirada–. Los Weasley son antiguos trabajadores
del MI6, saben de la Operación Fénix. El plan que hemos diseñado
para protegerte, les incluye.
Remus le revolvió el cabello.
–Sabemos que no podrías vivir con un secreto semejante, tontico.
Aquel comentario aligeró notablemente el ambiente de la reunión. Entonces pasaron a detallarle su nuevo plan de estudios, que incluía elementos de defensa personal y reconocimiento de anomalías en su entorno. Fue un día largo, de repente Kingsley recogió sus documentos, se despidió con un fuerte apretón de manos, se marchó y Harry se dio cuenta que aún llevaba la bata de baño: eran las cinco de la tarde.
TBC...
