Unos días después la euforia del accidente era el tema principal de todo el instituto. Peggy incluso había hecho una colecta de testimonios que había incluido en su artículo, en el cual los alumnos del salón donde se había iniciado el fuego eran protagonistas.
Al parecer el asunto comenzaba a ser recordado como una anécdota. Para Sucrette en cambio había sido una fuente de más preguntas sobre todo lo que rodeaba a Lissette, esta sin embargo continuó como siempre y no había hablado sobre aquel día.
Al menos hasta ahora.
-Cuando escuche que alguien gritaba fuego en el pasillo creí que íbamos a arder todos – dijo de repente. Sucrette soltó sus libros de la impresión, no esperaba que sacara ese tema tan súbitamente, de un golpe los levanto y le sonrió nerviosa.
-Pero ahora definitivamente vamos a hacerlo… y en el mismísimo infierno– concluyó, la mirada de la chica estaba en un punto a lo lejos, estando de espaldas no podía verlo, por lo que se dio vuelta para poder entender de lo que ella hablaba.
Al hacerlo notó que todos estaban volteados también, todos en conjunto mirando en una misma dirección. Desde la puerta principal una chica caminaba con soltura, lo más llamativo era su largo cabello marrón, un tatuaje de mariposas adornaba parte de su brazo y hombro, además su ropa ajustada dejaba poco a la imaginación. La miró confundida, puesto que no era una estudiante de Sweet Amoris.
-¿Una estudiante nueva? – preguntó insegura. De ser así lo hubiesen sabido incluso semanas antes de que llegara. Lissette observaba a la desconocida con molestia.
La desconocida en un rápido vistazo a su alrededor visualizo a la pelirroja, por un momento se mostró sorprendida, pero rápidamente sonrió de manera astuta.
-¿Debrah? –
Una voz resaltó en ese pasillo lleno de voces y ruidos, las tres voltearon a mirarlo. Allí de pie con evidente sorpresa plasmada en la cara, Castiel no podía despegar su mirada de ella.
La chica sonrió y sin dudarlo dos segundos salió corriendo en su dirección, lo abrazó apoyando todo su cuerpo sobre él.
-Gatito- dijo con un tono moloso.
Castiel estaba mudo de la impresión, el calor familiar produjo sensaciones que creía olvidadas y sus brazos la rodearon correspondiendo el abrazo.
No muy lejos Sucrette contemplaba la escena con un nudo en la garganta.
No sabía quién era esa chica, ni que estaba haciendo en el instituto. Pero una cosa estaba clara, ella era especial para Castiel, saberlo hacía que le entraran ganas de llorar desesperadamente.
Lissette observó la cara descompuesta de Sucrette. Apretó los puños con impotencia, no se esperaba para nada volver a ver a Debrah y deseaba que jamás hubiera vuelto.
Pero ahí estaba y estaba segura que era para volverlos a todos locos, sobre todo a su hermano.
Con pasos firmes se acercó a la castaña con mala cara.
-No esperaba verte otra vez Debrah – Dijo cuándo se paró frente a ellos, casi escupiendo su nombre.
Ella soltó suavemente a Castiel y se dio vuelta para enfrentarla, una sonrisa amistosa adornaba su rostro y de repente la abrazó.
-Lissette, hace cuanto que no te veo.
La menor se sacudió violentamente para zafarse del abrazo.
-No puedo decir lo mismo – respondió cruzándose de brazos.
-Lissette- dijo su hermano en tono de advertencia.
-¿Quieres que mienta por educación o que diga la verdad? – preguntó altaneramente.
-Gatito – dijo haciendo un puchero Debrah abrazándose a Castiel
Sucrette se acercó lentamente con cautela, intentando ignorar el sabor amargo que le provocaba verla abrazándola.
Sus ojos grises se posaron en la chica recién reparando en su presencia, un instinto le hizo querer separarse rápidamente de Debrah, pero se quedó quieto y volvió su mirada a su hermana.
-Ella es una vieja amiga, no hay excusa para tratarla así.
-Quizás tu no quieras ver o recordar lo que ella hizo, pero yo sí y yo no perdono las traiciones - concluyó y se fue caminando rápidamente.
Sucrette no abrió la boca, su mirada se encontró con la de Castiel angustiada.
Castiel aún no reaccionaba al hecho de tener a Debrah frente a él, hacía dos años que no la veía. Ella se había marchado para su gran debute, el cual fue más pequeño de lo que ese esperaba y solo había alcanzado un éxito local modesto.
Él esperaba al menos mantener un mínimo contacto, pero no sabía nada de ella. Su vista volvió hacia la castaña, hacía tanto que se había ido y ahora regresaba de un día para el otro, la chica le sonreía y la picardía brillaba en sus ojos azules. La culpa lo invadió, hacía tiempo que había dejado de pensar en ella, sus pensamientos eran ocupados en su mayoría por Sucrette.
-Yo sé qué hace tiempo no dije que volvería, pero tú me prometiste que esperarías y aquí estoy gatito- ella tomo su mano dulcemente.
-Vine a buscarte, cambie de productor y quiero que seas el guitarrista de la banda. Esta vez si podremos cumplir nuestros sueños juntos.
Antes de lograr procesar lo que acababa de decirle la chica se abrazó nuevamente a él y lo besó.
El poco a poco comenzó a corresponder y cerró los ojos, sin notar el rostro de Sucrette que se llenó de lágrimas antes de irse en silencio lo más rápido que pudo.
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Lissette se sentó en los escalones de la glorieta, refugiándose en el jardín no le importo perderse el almuerzo. Suspiró con frustración mientras una de sus manos inconscientemente tomaba su medallón y lo apretó fuertemente, un recuerdo viejo se reproducía en su mente.
La castaña la miraba con satisfacción, caminaba alrededor de la pelirroja mirándola de arriba abajo, la cual tenía el rostro bajo.
-Debe ser muy vergonzoso… - murmuró la chica con diversión.
La pequeña Lissette no hacía más que secarse las lágrimas que no se detenían.
-No voy a permitir que vuelva a lastimar a mi hermano – se dijo a si misma – ni a mí, no lo voy a permitir.
