Capítulo 10. Reviviendo vidas ajenas.

Edward se encontraba en una barca con varias personas que le resultaban completamente desconocidas, navegaban a través de las brumas del tiempo no podía ver más allá de sus propias narices, a su lado había un chico que tendría la edad de Harry, parecía nervioso por razones que no alcanzaba a comprender, tenía el pelo castaño con reflejos dorados, su ropa era suntuosa y refinada pero ese joven no desprendía la confianza ni el egoísmo que cualquier otra persona mostraría rodeada de tanto lujo, en su cabeza una ligera tiara muy similar a una corona de oro, el joven lo miró y le dedicó una sonrisa tensa.

-No te preocupes, pronto estaremos allí, todos nos estarán esperando -trató de tranquilizarlo rozando su mano con cariño.

-Arturo... eres tú el que está angustiado -se sorprendió a sí mismo diciendo esto, su voz extrañamente aguda, se asomó a la barca y pudo contemplar su reflejo, ahora era una chica.

Su cabello estaba suelto y adornado con una tiara de flores enjoyadas, con pequeñas tiras de hilos de plata enlazados en alguna de esas finas hebras. Sus ojos tenían la misma profundidad que los suyos en la realidad pero los rasgos se habían vuelto más afeminados y con largas pestañas, su cara era fina y podía notarse a pesar de la expresión del rostro que era imperante, se sorprendió al ver el atuendo que llevaba al mirarse el cuerpo, pudo vislumbrar un fino vestido blanco de gasa con una capa del mismo color bordada con hilos de plata.

-Edwing, ¿se siente bien...? -escuchó a una de esas personas, que se le antojaba parecida al profesor de pociones-. Parecéis algo mareada.

-No soporto demasiado los viajes en barco... -respondió Ed oyendo, otra vez, esa aguda voz-. ¿Por qué Merlín solicitó mi presencia en Avalon? Yo debería estar controlando a Morgana... Shambala no estará protegida si...

-No te preocupes... -susurró una hermosa mujer de cabellos castaños y ojos azules que la miraba, su voz reflejaba la sensatez de una mente madura pese a su juventud-. Shambala estará protegida, su gente es muy fuerte...

-Supongo que sí, en cierto modo, Rowena sabes que está prohibido que usen la alquimia para matar, el resto de ciudadanos no tienen tanto poder como los miembros del consejo y ese tipo ha logrado disolverlos con cuatro palabras encantadoras -gruñó apretando los puños con fuerza, las uñas largas y afiladas rasgaron la piel y comenzaron a sangrar, de inmediato aquel hombre tan parecido a Snape le cogió la mano y recitó un suave conjuro cerrando la herida.

-Su sangre es demasiado valiosa para desperdiciarla así princesa Edwing -susurró manteniendo su mano sujeta por más tiempo del que sería decoroso.

-Salazar... No diga cosas así por favor -le reprochó avergonzada queriendo apartarse de aquel hombre que le ponía nerviosa, en ese momento la barca llegó a su destino y ella chocó contra él, perdiendo el equilibrio, ambos se quedaron mirándose a los ojos, notando sus mejillas cargadas de calor, la princesa se alejó bruscamente tapándose el rostro turbada.

-Salazar... -susurró aquel altivo hombre de porte valerosa, el hombre moreno lo miró de mala gana-. ¿Por qué no le pides que adelante vuestra boda con la princesa Edwing al Rey Arturo aquí presente...?

-¡Qué atrevido, Godric! -exclamó Helga sentada a su lado.

-¡Yo decidiré con quien casarme! -gritó imperante la muchacha, notando la tierra firme y húmeda, bajó del barco rechazando cualquier ayuda de aquellos hombres mojándose los pies lo estrictamente necesario y esperando en la costa de aquella isla a que los demás la alcanzaran.

-Qué mona se ha enfadado... -exclamó la otra elegante mujer Rowena Ravenclaw asomándose a la orilla-. Oh, no me apetece mojar mi vestido nuevo... ¿Godric me ayudaría su señoría...?

Avalon era una fortificación natural, sus enormes murallas de piedra caliza harían desistir de cualquier plan de invasión a quienquiera que lograra atravesar las brumas del tiempo, en lo alto de la isla cubierta de vegetación había un gran palacio, desde el embarcadero en el que estaban había un estrecho camino que bordeaba el desfiladero que llevaba a los jardines del castillo, en ellos se hallaba el templo de piedra. Las sacerdotisas los recibieron con los brazos abiertos aunque Edwing se mostraba recelosa, estaba en territorio enemigo y además Merlín no le había gustado en lo más mínimo desde que se reveló como el consejero de su inexperto primo.

-Bienvenidos a Avalon -los saludó cordialmente con una amplia sonrisa el gran mago Merlín.

Vestía una túnica negra de gala con engarces de oro puro, a pesar de su evidente juventud, en aquel entonces tendría unos veinticinco años, sus gestos y sus movimientos profundamente meditados no servían para nada más que remarcar que era un mago muy poderoso y que merecía todo el respeto. Fue saludándolos uno por uno en apariencia tranquilo y contento, pero su cuerpo se tensó por completo cuando se plantó frente a la hermosa prima del rey, Merlín sentía un más que claro desprecio por las personas como ella, los alquimistas.

-Merlín -susurró Edwing reconociendo la presencia del hombre con una expresión en la cara que demostraba su desconfianza mutua, Edward se estremeció al notar que el mago trataba de leer su mente, ese intento de invasión fue totalmente inútil pero el asco que sentía hacía ese hombre se incrementó por el intento de invasión de la privacidad de sus pensamientos, por su parte, Merlín pareció aún más reticente a la presencia de la princesa, al no poder verificar sus intenciones.

-Entremos -intervino Arturo con una sonrisa que pretendía ser conciliadora.

Merlín asintió de inmediato al notar la mano de su rey en su hombro y lo acompañó adelantándose a todos los invitados, uno por uno los que más tarde serían los fundadores de Hogwarts entraron en el hogar del rey de Inglaterra, Arturo, sólo su prima y Salazar Slytherin se quedaron algo rezagados, el hombre le ofreció su brazo para que se apoyara respetuosamente pero la mujer no reaccionaba, tocó su hombro preocupado y ella dirigió su mirada hacia él angustiada.

-¿Qué ocurre, Edwing? -se refirió a ella por su nombre al comprobar que estaban solos, la chica se aferró a sus brazos como si tratara de recuperar el equilibrio.

-Tengo un presentimiento terrible, no sé lo que quiera tratar ese tipo horrible con los alquimistas ni lo que pretende, pero te lo pido por favor Salazar, no te expongas por mi -musitó mirándole fijamente a los ojos

-No puedes pedirme que no trate de protegerte -se quejó viendo que la mujer que amaba desde siempre recuperaba la compostura y lo miraba decidida.

-No te lo pido, te lo ordeno, júrame que no te pondrás en peligro. No quiero tener que preocuparme por tu bienestar cuando yo no esté -confesó cogiéndose de su brazo para comenzar a avanzar.

-¿Qué quieres decir con eso? -susurró mirándola fijamente, Edwing nunca hablaba sólo por hablar.

-Sólo te diré que los magos no sois los únicos con espiás capacitados para el cargo

Ambos entraron en el palacio, Edwing sintió como si acabara de firmar su sentencia de muerte, sentía la angustia en su pecho pero mantuvo una cara de póquer que pocos habrían logrado en su situación. Salazar pasó al salón-comedor unos segundos más tarde que la joven concediéndose a sí mismo el placer de observar los pasos seguros de su amada prometida.

La cena estaba lista, Gryffindor no se había tomado la molestia de esperar a que todos los comensales estuvieran en la mesa y ya casi había terminado con los entrantes, sus mejillas estaban rojas por el vino que ya había bebido, su impetuosidad se disculpaba porque Godric tan sólo tenía 17 años por aquel entonces, pero era valiente como pocos.

Sentada al lado del guerrero de piel curtida por el sol estaba Rowena Ravenclaw que esperaba al resto con su habitual belleza y dignidad, el refinamiento y la inteligencia de aquella mujer la podrían haber convertido en reina sin problemas pero también era una mujer pasional que no podría casarse sin estar enamorada.

Presidiendo la mesa estaba el rey con Merlín, su consejero, a su derecha, a la joven prima del rey no le pasó este hecho desapercibido y acudió a sentarse al otro extremo de la mesa, junto al joven mago de renombre estaba Helga Hufflepuff, su belleza y su juventud se podían equiparar perfectamente con su gran belleza, a sus quince años emanaba pureza e inocencia a partes iguales.

Cuando entró Salazar podía haber elegido sentarse a la izquierda o a la derecha pero viendo la disposición de la gente y pese a la tensión que había siempre entre Godric y él decidió sentarse a la derecha de Edwing y, por ende, junto al cabecilla de los leones que sonrió de manera excesivamente evidente.

Por supuesto, el rey no se había dado cuenta de nada, a sus dieciocho años era todavía joven, ingenuo y, sobretodo, manipulable. Su prima sabía de buena tinta que Merlín temía el prodigioso poder de los alquimistas, estaba segura de que había tratado de convencer al rey en múltiples ocasiones de que ella, como miembro de la corte, debía de ser una espía, afortunadamente Arturo siempre había hecho oídos sordos a sus comentarios.

Ahora las cosas podían ser diferentes, las tropas de Camelot sufrían un periodo de escasez de grano mientras que ellos, gracias a su poder, habían logrado más de la que les era necesaria para pasar el invierno. El rey se preocupaba por su gente más que de la política y eso era algo que sin duda su consejero aprovecharía.

Trajeron la comida en tres grandes fuentes, una de ellas la dejaron justo delante de ella que frunció el ceño con asco y habría comenzado a despotricar de no estar en un momento tan tenso, debía mantener la calma. Salazar la miró y apretó su mano con fuerza por debajo de la mesa, Edwing no alzó la vista, sus ojos clavados en el cadáver que tenía frente a sí.

-¿No coméis princesa? –preguntó Merlín con cierta malicia, la joven rubia lo miró, estaba pálida, todos la miraron, hasta Godric dejó de masticar y alzó la cabeza para tener mejor vista.

-Yo no como carne, nadie en Shambala come carne –respondió con una calma tan impropia de ella que tanto Arturo como Slytherin, que eran los que más la conocían, se estremecieron, el gesto de desdén que apareció en el rostro del mago pasó desapercibido para todos menos para Salazar que apretó la mano con fuerza, Edwing abrió los ojos y lo miró sorprendida.

-Pero, mi querida niña, ahora no estás en tu país, tienes que adaptarte a lo que hay –musitó con un tono de falsa indulgencia, comentando algo para acabar al oído del rey que negó con la cabeza, pálido, una vena comenzó a palpitar en la sien de la princesa ante el término "niña".

-Eso es una tontería –dijo levantándose de golpe, tirando la silla en el proceso con gran estrépito.

Salazar y Merlín se miraron el uno al otro fijamente durante un buen rato, de pronto Godric se levantó y colocó una mano en el hombro de Slytherin, su intención, sin duda, era la de calmarlo, pero en vez de eso, el hombre se tensó aún más y parecía a punto de golpearlo cuando alguien impulsó al más corpulento a sentarse.

-Ahora no trates de arreglarlo - le gruñó por lo bajo Rowena Ravenclaw con sensatez.

Entonces Helga realizó un conjuro por debajo de la mesa, sorprendiendo a Edwing que alcanzó a oírla y relajó un poco los ánimos, Merlín dejó de apretar los puños y se dejó envolver por la magia un poco más calmado, la princesa suspiró aliviada pero pronto sería la reunión, y lo que pasara allí, no habría magia que lo impidiera.

Después del postre se dirigieron al mismísimo centro del castillo, la sala de reuniones, por supuesto Merlín tuvo que hacer un comentario sobre que, tradicionalmente, se acudía a las reuniones sin varita para prevenir los posibles ataques derivados de la discusión pero, en ese caso, usarían las varitas por una razón muy simple, los alquimistas no tenían porqué usar varitas para realizar sus prodigios. Y, en ese momento, el pésimo humor de Salazar empeoró notablemente y le habría lanzado un conjuro de no ser porque Edwing lo miraba fijamente.

-La razón de esta reunión es la creación de una alianza entre el reino de Camelot y el de Shambala y, claro, necesidad que tienen nuestros soldados cerca de Gales de víveres y agua –comenzó Arturo con aire nervioso-. Edwing, prima mía, ¿los habitantes de Shambala estarían dispuestos a ceder parte de su cosecha a mis tropas?

-Si es por ti, mi rey, lo que sea necesario –dijo con una reverencia y una sonrisa clara, visiblemente aliviada.

-Para demostrar vuestras buenas intenciones y entrar bajo la protección del reinado de Arturo deberéis hacer ciertos sacrificios –declaró Merlín con un aire solemne, la princesa se tensó visiblemente, esperando lo que vendría.

-¿Qué sugerís que podemos hacer los alquimistas por el pueblo de Camelot? -preguntó con un amplio ademán Merlín sonrió y ella miró un segundo a su prometido, la oscuridad en sus ojos se acrecentaba poco a poco, sus puños apretados conteniendo la furia.

-Debéis quemar todos los libros que contengan el conocimiento de la alquimia, así como la promesa de que vuestro conocimiento morirá con la actual generación –concluyó frotándose las manos con ilusión.

-No puedo hacer eso –susurró agachando la cabeza, por dentro sentía una inmensa rabia e impotencia.

-¿Lo veis ahora mi rey? –preguntó dejando a la princesa a un lado y comenzando a hablar como si no estuviera-. Os dije que los alquimistas no son gente de fiar, vuestra propia hermana aprendió sus hechicerías de mano de la madre de vuestra prima, la traición está en la sangre, no debéis confiar en ella.

Merlín siguió con su cháchara pero los ojos de los magos más poderosos se centraron en ella, Rowena admiraba el temple que mantenía pese a que el tema que trataban era de vital importancia para la supervivencia de los suyos, Helga sabía que necesitarían de su capacidad para dominar a Salazar en el futuro y creía que era la única mujer que podría compartir su vida con una persona como él, Godric era, en el fondo un romántico, y esos dos formaban la más hermosa pareja que podría haber, nunca se cansaría de meterse con Slytherin por ello.

-… es por eso mismo que considero que eliminar el país de los alquimistas sería lo mejor –concluyó su alegato con un gracioso gesto, Arturo lo miró completamente impactado, había pensado en el castigo más apropiado en el caso de que no pudiera impedir el cauce de las cosas pero la muerte no era una de ellas, desde luego.

-Pero ¿cómo puedes pensar siquiera en un castigo tan cruel? Sabes perfectamente que pedirle a un alquimista que queme sus libros es como pedirle a un mago que se deshaga de sus conjuros –le gritó rogando interiormente por que la respuesta lograra apaciguar sus ánimos.

-Precisamente, soy muy consciente de ello –dijo mirándolo fijamente a los ojos, tan concentrado estaba que no se dio cuenta de que Slytherin estaba empuñando ya la varita, y no lo fue hasta que la princesa Edwing colocó sus manos rodeando el puño cerrado para impedírselo.

-Salazar, te dije que no te metieras –susurró en su oído, su expresión era indescifrable, no podía permitirse llorar en un momento como aquél, alzó la mirada con expresión decidida y encaró directamente a Merlín-. Haced lo que queráis, pero Merlín, antes que nada tengo una petición, dejadme volver con los míos, una vez allí encararé la muerte con honor de ser necesario.

El mago tragó saliva intimidado por el valor de aquella muchachita a la que llevaba diez años, jamás nadie lo había mirado a los ojos de aquella manera, sin odio, sin juzgarle, sin nada... sólo una resolución inquebrantable, la de estar con su pueblo en sus últimos momentos. No pudo evitar pensar que habría sido la mejor de la reinas, protegiendo a los demás con su propia vida.

-Así sea –sentenció con la boca seca, la princesa salió de la sala de reuniones a paso rápido y sin mirar atrás, Slytherin lo miró con profundo odio un instante más y fue detrás de ella, el rey también siguió a su prima tenía algo importante que decirle.

-Merlín, tienes que recapacitar ¿no ves que lo que pretendes es una matanza? –exclamó Gryffindor a su lado, Rowena permaneció un instante pensativa, lo último que había dicho Edwing la había dejado intrigada.

Aunque el hombre no quisiera admitirlo esa chica había sembrado la sombra de la duda en su mente, no sabía si estaba bien lo que acababa de hacer pero ya estaba hecho, la sentencia había sido pronunciada y no podía hacer nada para retractarse. Helga pareció darse cuenta de que la falta de certeza le reconcomía y decidió callarse, Merlín siempre había querido ser una persona justa.

-Godric déjalo... –intervino por fin Ravenclaw mirándolo fijamente, por fin había comprendido el doble sentido de las palabras de la princesa de Shamballa-. Ya es suficiente.

Por unos segundos el corpulento hombre la miró perplejo durante un largo rato pero pronto comprendió que la mujer más inteligente que jamás había conocido tenía que tener un plan. Se había dado cuenta de que su mente privilegiada no dejaba de discurrir una solución, sólo entonces asintió y se apartó un poco del joven Merlín.

-Merlín, déjalo en nuestras manos –pidió Helga cogiendo las manos del mago para darle confianza.

-Pero… debería hacerlo yo –susurró pensativo, la razón de traerlos a ellos era para pedirles que unieran su poder al suyo, pero si realizaba cualquier conjuro con tantas dudas dentro el resultado podría ser catastrófico.

-Tu deber es proteger al rey Merlín, nunca olvides eso –reprochó Rowena a su lado.

-¿Y Salazar aceptará? –preguntó aún dudoso.

-De eso me encargo yo –exclamó Godric con una sonrisa señalándose a sí mismo, pensar que tenían un plan lo ponía de mejor humor-. Yo haré que esa serpiente obedezca.

Rowena tiró del brazo de Gryffindor y lo fulminó con la mirada, el valiente hombre tragó saliva, tener o no tener coraje era una cosa, pero enfrentarse a aquella muchacha era algo que sólo harían los estúpidos y, definitivamente, él era muchas cosas, pero esa no se contaba entre ellas.

Salazar alcanzó a Edwing en el jardín de palacio, se había sentado en un banco de piedra frente a la fuente principal y miraba a la nada con aire ausente, se sentó junto a ella y no dijo nada, sólo apoyó una mano en el hombro de la chica y esperó a que pasara lo que tenía que pasar. Una lágrima corrió por las mejillas de la joven y pronto la siguieron muchas más, lloró en silencio frente a él hasta que el nudo en su garganta pareció aflojarse.

-Salazar… Sólo abrázame, ¿quieres? –susurró secándose las lágrimas borrando cualquier rastro de ellas en su cara.

-Edwing… -murmuró abrazándola con fuerza, como si quisiera fundirse con ella-. Sabes que te quiero, no te pediré que huyas pero déjame estar contigo hasta el final.

-No puedo permitir eso y lo sabes, además, los demás necesitarán de tu fuerza, estoy segura de que Rowena comprendió lo que quise decir.

-Ed… por favor… los demás no me importan, sólo tú –suplicó forzándola a mirarle a los ojos, ella se estremeció, se sentía tan tentada, pero aquello, simplemente, no podía ser.

-Bésame –le pidió cerrando sus manos en la ropa de él, apoyándose en él, para ponerse de puntillas.

No fue un beso apasionado como aquellos que habían compartido a escondidas en cualquier momento y lugar, era un beso lento, triste, lleno del amor que sentían el uno por el otro, un beso de despedida. Arturo los encontró en ese momento y decidió que las excusas sobraban, no podría decirle nada que la consolara, aún sabiendo que le pondría la mejor de sus caras antes sus pobres palabras, se retiró con el corazón acongojado deseando sentir también él un amor tan profundo como el de esos dos, sin pensar que un amor tan grande sin ser correspondido será en balde y no producirá más que dolor a ambos.

Partieron en barca aquella misma noche, Arturo decidió quedarse un par de días en Avalon para mentalizarse. Ninguno se atrevió a decir nada por miedo a romper el silencio de la noche, la luna comenzaría a crecer aquel día, en un tiempo la luna llena brillaría con todo su esplendor.

-Hoy era viernes 13, me pregunto si tendrá algún significado maléfico –comentó Ravenclaw con aire pensativo-. Tal vez haya un patrón específico.

-Rowena, déjate de cálculos, me duele la cabeza –se quejó Gryffindor dejándose caer un poco, consiguiendo que toda la barca temblara, Edwing sonrió por los ánimos pero volvió a mirar al cielo con un gran suspiro.

-Tenemos que llegar antes de que sea la Litha –comentó Rowena mirando la luna creciente con aire pensativo.

Todos alzaron las miradas hacia el cielo, Edwing sonrió recordando los tiempos en que la obligaban a estudiar las fases lunares y, sobretodo, de cómo lograba deshacerse siempre de su profesor, un anciano muy versado en astronomía fallecido hacía ya tres años.

-Mañana por la mañana entraremos en vuestro territorio, princesa, y esa misma noche tendremos que hacer el conjuro –les informó Helga Hufflepuff mirando el mapa extendido.

-Cierto. Pero Helga, querida, pon el mapa del derecho –la corrigió Godric para, un segundo después, estallar a carcajadas por el brutal sonrojo de su compañera.

Salazar permanecía en absoluto silencio, pendiente del fuego y con aspecto ausente, parecía ajeno a toda la conversación, incapaz de mostrar alguna emoción, siempre había sido un hombre serio y huraño pero aquello rozaba el exceso. Aún así, no tener que convivir con sus cáusticos comentarios era de agradecer por parte de los que solían acompañarle.

-Chicos, quiero deciros una cosa –musitó Edwing con su fina voz, captando con facilidad la atención de todos-. No podréis entrar en palacio.

-¿Por qué? –preguntó Gryffindor impulsivamente, Rowena lo miró severamente como si la respuesta a su pregunta fuera tan obvia.

-Entrar todos juntos sembraría las sospechas además, antes de irme promulgué una ley sobre la aparición de magos en nuestro territorio. Dadas las circunstancias me pareció lo más seguro en mi ausencia.

Salazar iba a comentar que una princesa no podía promulgar una ley, para ello tenía que ser la regente por enfermedad o fallecimiento del actual líder del país, y entonces comprendió el halo de tristeza que la había envuelto aquellos días, incluso antes de aquella fatídica reunión.

-Entonces yo te acompañaré –soltó de pronto rompiendo el ambiente con el sonido de su voz.

Sus tres compañeros y la princesa parpadearon confundidos, era obvio que a ninguno de ellos se les había pasado por la cabeza tal cosa, y además, el hecho de que hablara les tomaba por sorpresa. Se levantó y se acercó al grupo, sentándose más cerca de la princesa, tanto que podría tocarla si se lo propusiera.

-Quiero decir que si nos dejaras paso a todos, o a cualquiera de éstos, a los que apenas conocéis ni los tuyos ni tú misma, la gente sospecharía que va a pasar algo. Pero yo soy tu legítimo prometido, sería tu consorte por un día –se explicó cogiendo la mano de Edwing y jugueteando con sus finos dedos.

Ella lo miró emocionada y aterrada a partes iguales, siempre quiso que le dijera aquellas palabras, que le pidiera matrimonio de verdad, no por una imposición familiar ni por deber, y ahora que lo oyó sentía miedo. Temía que cuanto más se apoyara en él, más difícil le resultaría dejarlo marchar, lo amaba muchísimo pero no podrían estar juntos.

Empezaba a pensar "¿y si nos fuéramos juntos? ¿sería tan malo dejar a la humanidad sin Salazar Slytherin?" había estado totalmente segura de su decisión hasta que él, con muy pocas palabras, tambaleó los cimientos de su resolución.

-Está bien. Además necesitaré que alguien le lleve el grano al rey Arturo.

-¿Después de todo lo que te han hecho, vas a darles el maldito grano? –gritó Salazar sumamente cabreado, ella se tapó los oídos e hizo una mueca de disgusto.

-El pueblo de mi querido primo pasa hambre, nosotros tenemos más que suficiente para sobrevivir, podremos plantar y germinarán en seguida donde vayamos, es mi deber ayudarle –dijo mirándole fijamente a los ojos, a esos ojos miel nunca sabría negarse.

Al despuntar el alba alcanzaron el comienzo de los territorios de Shamballa, Gryffindor se dirigió a su posición en el norte, Rowena se colocó al oeste, y Helga se despidió de ellos y se marchó corriendo hacia el este. Slytherin se tendría que ir hacia el sur cuando alcanzara el atardecer.

-¡Edwing! ¡Edwing! –la llamó una de la sirvientas en cuanto cruzaron el umbral.

-Salazar, discúlpame un instante, comienza a organizar la carga de grano si no te importa –se despidió de él y soltó su mano, marchándose a toda prisa tras la sirvienta.

Se pasó gran parte de la mañana organizando el encargo a desgana, seguía pensando que todos merecían morirse de hambre por haber tratado de aquella manera a una joven tan dulce y valiente pero debía cumplir la voluntad de la joven. A partir del mediodía tuvo el carro listo para partir, Edwing se reunió con él durante la comida y ya no se separaron. Pasearon durante horas cogidos de la mano, ella quería que su amado viera todo aquello por última vez antes de que dejarán de estar así, juntos.

-Edwing, ¿cómo se encuentra tu madre? –preguntó por la reina con mucho respeto, la princesa tragó saliva y desvió la mirada.

-La reina Aurora murió anoche envenenada –dijo con frialdad, su rostro congelado y muy tenso como si se tratara de un asunto oficial.

-¿Por qué no le dijiste nada a Arturo? –preguntó agarrándola por los hombros, a esas alturas ya había deducido que la reina había sido envenenada antes de la partida de la princesa de palacio y sólo había una persona capaz de intentar matar a una persona tan buena, Morgana.

-No quería preocuparlo. Cuando mencionó a Morgana y la relacionó con los nuestros me entraron ganas de saltarle encima y darle de bofetadas –gruñó con esa expresión ansiosa y llena de vida que era tan reconocible desde que la conocía, aunque tuviera todavía quince años había madurado mucho, ya era capaz de enmascarar sus sentimientos muy bien y de actuar según el protocolo.

-Edwing… -la llamó colocando una mano en el mentón de la chica, sus ojos estaban brillantes, quería llorar pero no podía permitírselo. Salazar se inclinó sobre ella a punto de darle un tierno beso, pero la princesa se apartó en el último momento dejándolo frustrado y confuso.

-Si me besas ahora no seré capaz de decirte adiós luego –se excusó, miró hacia el cielo, apenas les quedaban un par de horas, lo miró de soslayo y echó a andar hacia sus aposentos-. Necesito algo más de ti, ven conmigo.

Los aposentos de la princesa eran lujosos y hermosos pero todo lo que tenía allí debía ser absolutamente indispensable, se dirigió a la cajonera donde guardaba los documentos oficiales y su diario. Sacó un grueso sobre sellado con lacre y se lo tendió.

-Quiero que le entregues esto a Merlín –le pidió apoyando la cabeza en su pecho, impregnándose de su olor-. Y que te lleves esto

-¿Para que necesito tu pañuelo? –preguntó mirando como ataba la suave tela en su muñeca.

-Como prueba de que yo existí. Y de que te amé con toda mi alma –se abrazó a él unos segundos más, y le robó, sin que él se percatara, la daga que siempre llevaba en el cinto con el sello familiar de los Slytherin-. Tienes que marcharte…

Salazar asintió, había tratado de convencerla de todas las maneras, si hubiera decidido entrar en guerra para no someterse él la habría apoyado, pero viendo el pañuelo en su mano cuando arrancó el carro se dio cuenta de que todo aquello habría sido inevitable, ellos dos no podrían estar juntos jamás.

-Tal vez en otra vida… -musitaron los dos al mismo tiempo.

Aquella noche, cuando la luna alcanzó su cenit, un país entero desapareció de la tierra, por el miedo y la incomprensión de algunos poderosos. A los pocos días de recibir la carta Merlín se arrepintió de todo lo que había hecho en contra de los alquimistas, y se dio cuenta de que también había arruinado la vida de un hombre maravilloso. Desde aquel mismo momento el mago se convirtió en un hombre reflexivo y pensaba cuidadosamente en las consecuencias de sus actos no queriendo volver a dejarse llevar por lo que no era capaz de comprender.

Su grito de dolor resonó en toda la estancia y él mismo se sorprendió al verse llorando, con la mano extendida en la cama. Aún no podía reaccionar con acierto, ni mucho menos reflexionar sobre todas esas imágenes, comprendía perfectamente el motivo que tuvieron los fundadores para efectuar ese conjuro, la ansiedad de perder a la persona amada le comenzó a invadir haciendo que llorara como jamás lo había hecho, él, que siempre se mostraba orgulloso ante los demás, sentía que la desesperación lo iba matar y fue así como Edward acabó despertando, con un mal sabor de boca sintiendo la necesidad de pedir auxilio a alguna persona.

Miró a su alrededor confundido, le costó un rato más reconocer en donde estaba, la habitación de Snape. Estaba totalmente solo, estaba claro que habían buscado un lugar en el que pudiera tener privacidad, pero en ese momento no estaba preparado para encarar a aquel hombre, se parecía demasiado al Salazar Slytherin de su visión. Se levantó de la cama y se secó las lágrimas a duras penas dispuesto a salir de aquella habitación. Pero la puerta se abrió, haciendo que se conmocionara presa del pánico al observar al adusto profesor que parpadeó sorprendido al verlo despierto y caminó hasta quedar frente a él para obligarlo a acostarse de nuevo.

-¿Adónde se cree que va? -preguntó con los brazos cruzados, notando la incomodidad del rubio-. Has estado llorando...

-No... -negó con un lamento gutural girándose para darle la espalda, intentando evitar aquella mirada, encogiéndose en la cama bastante preocupado-. No he llorado... maldito orgullo de nuevo, ¿por qué no admitía que se estaba muriendo por que le abrazara en ese momento?, sencillo, era como ver a Edwing sin la persona amada y él no era ella-. Por favor, déjame solo...

-Has estado tres días inconsciente... -gruñó Snape cruzándose de brazos-. No puedo dejarte solo aunque quiera... estás demasiado débil...

-Salazar... -murmuró cansado, de pronto le dolía la cabeza.

-¿Salazar? ¿El fundador de Hogwarts? -preguntó sumamente extrañado, tocó el hombro de Edward que trató de apartarse de él confundido y con el corazón a mil por hora.

-¿Ha pasado algo nuevo en mi ausencia? -preguntó mirando fijamente hacia el techo.

-El señor Malfoy parece haberse hecho muy amigo de esos irritantes leones, pero supongo que eso ya lo sabía

-Draco es una buena persona. Si no fuera tan orgulloso... -murmuró dándole la espalda, no sabía si estaba hablando de él o de sí mismo.

Entonces Snape le cogió por los hombros y tiró de él para forzarle a que lo mirara, Edward tenía los ojos rojos pero no lloraba. Extendió una mano y acarició la mejilla del hombre que amaba como si no pudiera ser real, un espejismo de su propia mente, bajó la mano hasta el borde de la camisa y tiró de él con tanta fuerza que su profesor cayó en la cama con él. Buscó su boca y lo besó con desesperación, nunca se había sentido tan vulnerable, nunca había necesitado tanto el contacto de otra persona, la sensación de pertenecerse el uno al otro.

-Edward... -susurró entre beso y beso, tenía que apartarse de él, los demás no tardarían en llegar.

Pero una tos procedente de la puerta llamó la atención de ambos, el rubio se cubrió hasta la cabeza al percatarse que ahí plantado estaba el director del colegio, junto con un adulto que le resultaba desconocido por lo que el pequeño debajo de las mantas se sentía mucho más abochornado, mientras Severus se levantó observando al invasor en sus aposentos.

-¿Qué hace él aquí? -preguntó Snape con un suave tono de voz ciertamente peligroso.

-Oh, bueno Remus confesó sobre lo de Peter y dejaron a Sirius libre de cargos, creí mencionarte que él sería el nuevo profesor de defensa contra las artes oscuras... -sonrió el anciano director con picardía, mirando a los ojos de su protegido-. ¿Por qué no mencionaste que ya estaba despierto...?

-Acaba de despertar... -admitió con total sinceridad, mirando al director directamente a los ojos-. Pero no sé que le pasa...

-¿Y eso te da derecho a abusar de uno de tus estudiantes?, Snivellus no te creía capaz de ello... -movió la mano Sirius Black, saliendo de su estupor al tiempo que de su mutismo-. Pero ya veo que te van los más jóvenes... ¿qué está en tercero o segundo...?

-¿¡A quién llamas tan enano que parece un niño de primaria!? -gritó Edward moviendo las manos, dando un salto en la cama poniéndose de pie de golpe.

-Te recomiendo que no comentes nada de su estatura... -susurró Albus, bastante alertado-. Es muy explosivo con ese temita en concreto...

-Ed... -lo regañó el profesor Severus Snape, haciendo que se arrodillara encima de las sábanas-. Eso está mejor...

-¿Sirius podrías dejar tus filosos comentarios para enfrentarte a alguien de tu edad...? -murmuró caminando altivo haciendo que ambos adultos salieran de la habitación-. Túmbate, después vendré con una poción para que duermas, me da que no has estado descansando a pesar de tu inconsciencia...

Cerró la puerta tras de sí y bajó las escaleras hasta el salón de sus aposentos, donde hacía la vida cotidiana, Sirius estaría en el colegio y eso a Severus Snape no iba agradarle demasiado. Pero claro que tenía un arma para rebatir cualquiera de sus insultos, un arma llamada Roy Mustang. Algo que haría que callara en el momento que pronunciara la palabra Edward y acosos a menores en la misma frase.

-Jamás creería que Snivellus le diera a la marcha... -señaló al hombre ahora sin ningún signo de castigo en su rostro y con el típico atractivo que trajo de cabeza al sector femenino del colegio Hogwarts en sus años de colegio, algo que a Snape irritaba en demasía-. Y más con un adolescente...

-Ese chico no es un adolescente cualquiera y yo no me preocuparía de mis gustos, Padfoot -siseó peligrosamente, tenía la impresión de que Albus Dumbledore se lo estaba pasando bomba con la situación actual entre ellos dos.

-¿Qué quieres decir? -preguntó bastante serio-. ¿Eso es una amenaza?

-No, más bien un consejo, deberías visitar a Potter, creo que te sorprenderá con quien está... -no pudo más que sonreír de manera lobuna, algo que borró definitivamente la sonrisa de Sirius de sus labios, un gesto demasiado familiar para él y su mejor amigo James.

-¿¡Qué le has hecho!? -gritó furioso sujetando la túnica del adulto.

-Señores... -intervino Albus entre los dos-. No hemos venido aquí para atacarnos... estamos en el mismo bando...

-Estupendo, no debí salir de las filas de Voldemort... -bromeó Snape cruzándose de brazos-. ¿Y bien? ¿Por qué habéis invadido mis aposentos...? ¿Qué os ha obligado a subir?

-Edward... -escuchó a Albus con su tono conciliador, éste masajeó su barba pensativo-. Verás, no sé si has controlado a tus Slytherin últimamente, pero tu prefecto Draco junto con sus nuevos amiguitos, Zabini y Alphonse Elric, han encontrado en estos días documentos verdaderamente asombrosos y que podrían despejar las dudas del por qué el mundo mágico y el mundo alquímico no están en la misma dimensión...

-¿Y crees que Edward tiene la clave? -preguntó Severus preocupado-. Eso explicaría el estrés al que ha estado sometido...

-He escuchado a mi sobrino Draco, y me parece una historia irreal... -dijo cruzado de brazos Sirius-. Pero él siempre ha sido alguien retorcido, al principio pensé que todo era falso pero es una historia demasiado inverosímil como para que se la inventara, Albus me recomendó que la escuchara del mismo protagonista...

-O sea piensas presionar a Edward... actualmente no es rec...

-Puedo hacerlo... -los sorprendió aquella juvenil voz, Edward Elric acababa de abrir la puerta y bajaba las escaleras hasta el salón de los aposentos del profesor que cerró los ojos fastidiado por recibir tantas visitas repentinas-. Supongo que mi hermano ha estado preocupado... -caminó hasta sentarse en el sillón y observó a todos, estaba verdaderamente convencido que toda esa historia conllevaba algunas consecuencias-. Los alquimistas buscamos la verdad a través de la ciencia, pero, jamás pensé que en un principio nuestra ciencia en sí misma estuviera concentrada en la magia...

-Te informaré de lo que tu hermano ha descubierto... -susurró Albus apoyando una mano en su hombro para que se sentara en el sillón, encargó que le trajeran comida suficiente para alimentar el cuerpo tantos días inconsciente.

Continura...