Disclaimer: Twilight pertenece a Stephenie Meyer y HP pertenece a JK Rowling. Ya sabéis que sólo hago la mezcla y os muestro los resultados ;)

¡Disfruten de la lectura!


Capítulo IX

Antes de que nadie pudiera evitarlo...

...se desató el pandemónium.

A Lupin empezaron a temblarle las manos, las piernas, el cuerpo entero. La cara se alargó, las orejas se volvieron peludas y sus manos se llenaron de vello, creciéndole a la vez largas uñas.

Los Cullen lo miraban asombrado: ¡un verdadero hombre-lobo! ¿Cómo iban a saber ellos que reaccionaría así? Edward y Bella rodearon a Nessie con ambos brazos, tratando de ocultarla lo más posible. Jasper y Emmett se agazaparon en el suelo, emitiendo gruñidos bajos y siseos. Tonks empezó a retroceder con precaución, mirando preocupada a su marido. Los señores Weasley se abrazaron el uno al otro, sacando las varitas. McGonagall sacó la varita, y empujó a Harry contra los Weasley, a pesar de que el muchacho bufó a modo protesta, con la varita en la mano.

El lobo, ya transformado, alzó la cabeza y aulló con fuerza, saltando hacia los Cullen.

Jacob reaccionó velozmente. Segundos antes de que Lupin saltara, él saltó a la vez, con las manos temblando. Entró en fase en el aire, ante la mirada incrédula de los magos, que vieron como una imagen superponiéndose sobre otra, la imagen de un lobo distorsionándose sobre la de Jacob.

Un lobo de pelaje rojo se encontró en el aire con otro de color castaño. Ambas criaturas empezaron a luchar, dándose ocasionales mordiscos y zarpazos. Jacob llevaba clara ventaja con su tamaño, similar al de un caballo, sobre la figura escuálida y debilucha de Lupin. Finalmente, Jacob soltó un fuerte gruñido y se apoyó con ambas patas sobre los hombros del otro lobo, que estaba tumbado en el suelo, revolviéndose con fuerza. El lobo ganador miró penetrantemente al perdedor, haciendo que este escondiera la cola entre las patas y echara las orejas hacia atrás, gimiendo con suavidad.

''Un simple Omega... ¡Ja! Como si algo tan debilucho como esto pudiera contra mí'' el lobo rojo echó los labios hacia atrás, en algo parecido a una sonrisa. ''Me gustaría ver cómo es su Alfa, si tienen a uno como este en su manada.''

–¡Ya basta! –gritó Tonks–. ¡Déjalo en paz!

Kingsley Shacklebolt, acompañado de Ron y Hermione entraron en ese momento. La muchacha soltó un grito ahogado cuando reconoció a Lupin y sacó la varita con manos temblorosas.

Jacob notó las miradas hostiles de los magos y se retiró de encima del hombre-lobo. Cuando éste hizo ademán de volver a levantarse, Jacob le dedicó otro gruñido que lo volvió a tumbar en el suelo. Las varitas de los tres magos que acababan de entrar se dirigieron hacia él, y Shacklebolt se acercó con cuidado a Lupin.

–Hay que hacer que vuelva a su forma humana.

–¿Cómo? –preguntó Ron, muy pálido, al notar que las pupilas de Lupin lo observaban con hambre.

Hermione, sin contestar ni mirar al chico, se arremangó e hizo una complicada floritura con la mano.

¡Homorphus!

El lobo empezó a encoger, despareciendo el pelo y los colmillos. Antes de que terminara la transformación, Tonks se acercó y lo cubrió con su abrigo, de modo que cuando Lupin volvió totalmente a su forma humana, se hallaba confundido y cubierto con su viejo abrigo marrón.

Jacob se sentó en el suelo, mirando con curiosidad a los magos. Nessie, por su parte, había tenido que mirar todo el rato desde los brazos de sus padres, y no soportaba más estar en la retaguardia. Se zafó de los brazos de sus padres, corrió hacia su lobo y se abrazó a su cuello.

Los ojos de Kingsley se salieron de sus órbitas y Ron se quedó mirándoles con la boca abierta, pero Hermione frunció el ceño pensativamente.

''¿Cómo se ha transformado si no es luna llena? Fue hace hace cinco días. ¿Por qué se ha transformado si no el momento? Tal vez tenga algo que ver con ellos...'' pensó mirando a los Cullen con suspicacia y recelo. ''Los humanos no provocan algo así en los licántropos. Pero, si no son humanos, ¿qué son?'' Hermione se fijó en Edward. ''¡Oh, Dios mío! ¡Cedric Diggory! ¿Cómo es posible? No, no puede ser él.'' La joven agitó la cabeza como tratando de sacar fuera el pensamiento. Edward estaba sorprendido al comprobar que su mente funcionaba casi tan deprisa como la boca de Alice cuando hablaba. Sus pensamientos eran muy claros y estaban... organizados. No había otra manera de describirlo.

McGonagall dio un paso hacia adelante.

–Creo que sería mejor que esperaran en la salita de al lado hasta que los llamemos –dijo dirigiéndose a Carlisle.

El vampiro asintió conforme, y le hizo un gesto con la mano a la familia para que salieran. Bella se detuvo y recogió los restos del pantalón vaquero de Jacob, tratando de tocarlos lo menos posible.

–¿Cree que es posible arreglar esto? –le preguntó a la directora.

McGonagall asintió y agitó la varita, dejando el pantalón como nuevo. Edward, que había estado esperando a su esposa, la rodeó con un brazo al salir, dejando que Hermione y Ron entraran en la cocina antes de salir ellos.

La joven Gryffindor se quedó mirando la puerta hasta que cerró completamente.

–Bueno, chucho, allí tienes tu pantalón y ahí está el sofá. Tápate como puedas mientras nosotros nos damos la vuelta –explicó Rosalie, con muchos mejores modales que de costumbre.

Tal vez aún seguía impactada por lo que había visto. Un verdadero hombre-lobo... Nunca pensaron que iban a encontrarse algo así. Entonces, seguían existiendo Hijos de la Luna... Esperaban que Cayo nunca se enterara de algo así, les echaría la culpa por no haber matado inmediatamente a ese hombre.

Edward había leído su mente, sabía que no pretendía hacer lo que había hecho. No entendía lo que había ocurrido, ni por qué de repente estaba tirado en el suelo, desnudo, con la mirada preocupada de su mujer sobre él. En su estado lupino estaba descontrolado, no sabía lo que hacía, y nunca había pretendido herir conscientemente a los Cullen.

Jacob salió de detrás del sofá decentemente vestido, si se le puede llamar decente a llevar unos vaqueros cortos, sin camiseta, en un país donde hacía frío hasta en verano. Nessie se abrazó a su novio, reconfortada en la cálida temperatura de su piel.

Bella se sentó en el sofá, aunque realmente no lo necesitara, y éste soltó un chirrido quejumbroso. Edward se sentó a su lado y la rodeó con un brazo, sabiendo que aunque su esposa estaba acostumbrada a tratar con criaturas que no deberían existir, estaba impresionada por lo que había presenciado. El vampiro presionó suavemente los labios contra la frente de Bella, como un sinónimo de apoyo.

Esme y Carlisle estaban examinando el tapiz que cubría la pared, el árbol genealógico de los Black. Se dieron cuenta de que el árbol era muy antiguo, sobre todo si las primeras fechas se remontaban al siglo X. Rosalie abrió una pequeña caja de rapé, finamente decorada con filigranas y el emblema de los Black, pero al percibir un extraño olor del interior de la cajita, la soltó inmediatamente. Emmett miró con curiosidad una daga expuesta en un viejo expositor, mientras que Alice y Jasper miraban por la ventana, comentando en voz muy baja lo que habían visto.

–Resulta extraño que todo aquí lleve el apellido Black y que no sea mi familia –reflexionó Jacob.

–Pues resulta también que tu apellido no es tan especial y que, de hecho, es bastante común –gruñó Rosalie.

–¿Y tú sabes qué hace una rubia para matar a un pez? Intenta ahogarlo –replicó Jacob con malicia.

–Vete a pasear, chucho asqueroso –murmuró Rosalie entre dientes.

Edward vio un viejo piano de cola, muy sucio y desafinado seguramente, pero le dio curiosidad y se levantó para ir a mirarlo de cerca. Bella le siguió detrás suya, en silencio.

La puerta del salón se abrió, chirriando con estridencia. La profesora McGonagall se presentó delante de los Cullen y les explicó lo que había pasado.

–Siguen algo alterados por lo que ha pasado con el señor Lupin, pero no quieren empezar la reunión sin ustedes. Os presentaremos con algo de orden, son muchos y sería mejor que todo el mundo recordara sus nombres –dijo con severidad–. Primero irán el señor Carlisle y su esposa, y después irán pasando uno a uno según os vayan llamando.

Los Cullen asintieron de acuerdo con lo dicho, y los aludidos siguieron a la directora hacia la cocina, muy tranquilos bajo el influjo de Jasper.

Mientras, en la cocina, ya habían puesto al corriente a los recién llegados lo que había pasado. Lupin estaba muy avergonzado, pero Tonks estaba tranquilizándolo, susurrando que estaba segura de que lo perdonarían. El trío de oro estaban sentados muy juntos, en unas de las esquinas de la larga mesa, lejos de la mirada escrutadora de la madre de Ron, que los miraba chasqueando la lengua desde el otro extremo de la mesa.

–¿Quiénes son esos? –preguntó Ron con la voz entrecortada.

–Llegaron ayer al castillo. McGonagall dice que nos van a ayudar con la protección del castillo.

Hermione bufó.

–¡Pero si no son mucho más mayores que nosotros! Bueno, a lo mejor un par de años, el rubio unos cinco... pero no serán mucho más mayores, estoy segura de que ninguno llega a los treinta.

–El rubio se llama Carlisle –dijo Harry.

Hermione asintió con impaciencia, considerando el tema de los nombres el de menor importancia.

–Yo sólo espero que ninguna de esas tenga novio –murmuró Ron en voz baja, dirigiéndose a Harry.

Pero Hermione lo había oído perfectamente.

–¡Venga, Ron! No seas estúpido. Te apuesto lo que quieras a que la rubia era medio veela o algo así.

–Pero si no brilla como las veelas –señaló Harry.

Hermione se puso a la defensiva.

–¡Pues podría haber tenido una abuela veela, como Fleur!

Harry decidió contarles lo que sabía.

–Mirad, no son humanos. La directora me lo dijo ayer.

–Ya, es que a ti te lo cuentan todo, tío...

La chica del trío estaba ya más que impaciente.

–¡Bueno, Harry, dínoslo ya!

–Son vampiros. Dicen que no beben sangre humana, y que por eso Dumbledore le dijo a McGonagall que fuera a buscarlos si él moría.

Hermione se mordió el labio.

–Harry, todo el mundo sabe que los vampiros son muy salvajes e inestables. No sé si Dumbledore sabía lo que hacía...

–Hermione, escuchar a Dumbledore suele ser lo que está bien. Ya sabes que dicen que estaba chalado, pero, ya sabes... A pesar de estar chalado, era un genio.

–He pasado el día con ellos, enseñándoles el castillo, y no me han parecido tan peligrosos –repuso Harry con serenidad, restándole importancia encogiéndose de hombros.

Pero su amiga se escandalizó, tapándose la boca con ambas manos.

–¡Pudieron haberte matado, Harry! Erais diez contra uno. ¡Eso fue muy imprudente de tu parte!

–Me lo pidió McGonagall, y, Jacob no es un vampiro, y Nessie tampoco.

–¡Tendrías que haber pedido que alguien te acompañara, para variar! –exclamó Hermione–. No sé, a Ernie Macmillan, o a Hanna Abbot, por ejemplo.

Ron gruñó.

–¿Y qué hace ése en Hogwarts? ¿No se supone que Macmillan era un sangre limpia?

–Dicen que ha ido a Hogwarts a protegerse. Su familia se ha aliado con la Orden abiertamente y están en peligro también –explicó Hermione con paciencia.

McGonagall, que había salido a buscar a los Cullen, regresó trayendo detrás a Carlisle y a Esme. Ambos vampiros se daban la mano y sonreían con confianza. La directora de Hogwarts se quedó de pie, al igual que ambos vampiros, pese que había una larga hilera sillas puestas para ellos. McGonagall esperó a que todos guardaran silencio y señaló con una mano a Carlisle.

–Este es Carlisle Cullen. Él y su familia nos ayudarán este año con la protección de Hogwarts, por petición de... –La directora suspiró– Dumbledore. Fue el antiguo director quien me pidió que recurriera a ellos si algo le ocurría a él.

Los de la Orden miraron inexpresivamente a los recién llegados. Los examinaban de arriba a abajo, sin emitir ninguna opinión, confiando ciegamente en el criterio de Dumbledore. Algunas mujeres suspiraron con disimulo al ver al doctor, y los hombres trataron de controlar la impresión que les producía Esme.

–Hay algo más. Pueden parecer muy humanos, pasarse perfectamente por uno de nosotros... pero no lo son –la Orden se tensó cuando la directora dijo aquello–. Han vivido como muggles durante siglos, pensando que ellos y los hombres-lobo eran las únicas criaturas sobrenaturales que existían. Son vampiros.

La bomba estalló con rapidez entre los presentes. La señora Weasley se sentía horrorizada, y los que estaban cerca de ellos se alejaron sin disimulo.

Esme suspiró, pensando que era realmente demasiado pedir que los aceptaran sin reservas.

–No te preocupes, mamá. En cuanto te conozcan, te aceptarán –dijo Edward desde el pasillo, sabiendo que su madre le escuchaba a la perfección.

–¿Cómo nos van a ayudar alguien que nos puede cenar en cuanto nos despistemos? –preguntó Mundungus desde un rincón, lo más alejado posible del resto. Aunque a la mayoría le desagradaba el hombre, tuvieron que admitir que había hecho una pregunta con sentido.

–Eso iba a explicar ahora, señor Fletcher –explicó la directora con ojos fríos–. Dumbledore se aseguró de buscar a una familia que no pudiese dañar a los alumnos. Los Cullen son una familia de vampiros vegetarianos, como se llaman a sí mismos, que consumen sangre animal. Han entrenado su auto-control durante décadas, mucho más tiempo del que nosotros disponemos. Poseen la inmortalidad, no les afecta ni el tiempo ni las enfermedades. Tiene a su vez, dones poderosos, que son distintas ramas de la magia que nosotros conocemos, así como hechizos y maldiciones.

Carlisle llamó la atención a la directora, pidiendo un turno para hablar. McGonagall se echó a un lado, bajo las miradas incrédulas de los miembros de la Orden.

–Gracias, directora –sonrió el doctor–. Quisiera decir que la explicación que ha dado la directora sobre nuestros dones ha sido ligeramente incorrecta. Los dones más poderosos entre nuestra especie, son, ciertamente, ramas de la magia que ustedes conocen. Pero los dones como esos escasean, y es ya un pequeño milagro que sólo en nuestra familia haya cinco miembros con dones especiales. Yo no soy uno de ellos –explicó Carlisle, con una sonrisa perenne en la cara–. Nuestros dones suelen basarse en la cualidad más sobresaliente que tuvimos en nuestra vida humana, agudizados cien, quizás mil veces.

Hermione escuchaba muy atentamente lo que decía Carlisle, mirándole con el ceño fruncido, mientras Ron estaba inusualmente atento a la charla. Harry ya conocía toda la información, pero prestaba atención también. Había realizado un pequeño conteo de los cinco miembros con dones que había mencionado Carlisle: Edward, el que practicaba la Legeremancia; Alice, la de la Adivinación; Jasper con su don para las emociones y Bella en la Oclumancia... Pero eran sólo cuatro. ¿Quién era el quinto? ¿Nessie? Si era ella, ¿por qué no se lo había dicho? ¿Carlisle se había equivocado?

El resto de los miembros de la Orden escuchaba también con atención, algunos aún con las manos metidas dentro de los bolsillos, por si algún vampiro decidía atacarlos abruptamente.

–Ha sido un discurso muy explicativo, señor Cullen –intervino Hermione, atrayendo las miradas de la Orden sobre ella–. Dígame, ¿qué don tiene usted?

Carlisle sonrió con amabilidad, pero dejó que fuese su esposa Esme quien contestara.

–Carlisle es un vampiro que revolucionó todo nuestro mundo. Su don es el de la compasión; sentía tanta pena por los humanos que no ha llegado ha consumir ni una gota de sangre humana en trescientos años. Entrenó su auto-control durante un siglo, y decidió ser médico, para salvar las vidas de los humanos en vez de acabar con ellos.

Tonks preguntó desde el otro lado, junto a un ruborizado Lupin. El hombre se sentía culpable por haber tratado de atacar a un ser que parecía tener buen corazón.

–¿Qué es un médico?

–El equivalente muggle de un sanador –contestó Kingsley.

Los miembros de la Orden miraron con admiración al vampiro, al darse cuenta de que su profesión exigía mucho contacto con la sangre humana.

La directora decidió intervenir antes de que la situación se desmadrara.

–Las preguntas y todo lo demás lo podemos dejar para el final. Quizás puedan explicar los dones de cada uno, pero las historias, anécdotas y demás podemos dejarlas para el final –dijo cortantemente–. Señor Cullen, presente a su esposa y pase a presentar a sus hijos.

Carlisle asintió.

–Esta es mi esposa, Esme. Ahora os presentaremos a nuestros hijos en orden de adopción.

Esme tomó asiento junto a la directora, dejando una silla entre ellas para que la ocupara Carlisle. Los de la Orden se quedaron un poco extrañados al ver que no salía para buscar a sus hijos.

Hermione volvió a tomar la palabra.

–¿Cuál es su don, señora Cullen?

–La capacidad de amar con pasión –sonrió la vampira.

Harry la miró con curiosidad, preguntándose que, si su madre hubiera sido una vampira: ¿habría tenido el mismo don que Esme?

La puerta se abrió, dejando ver a un sonriente Edward, que no cerró la puerta del todo.

–Este es mi primer hijo: Edward –presentó el doctor.

–Encantado de conocerles.

El vampiro paseó su mirada, aún dorada, por toda la cocina hasta llegar a Hermione. Toda la Orden miraba con asombro al muchacho, pensando en lo que diría Amos Diggory si alguna vez llegaba a ver al muchacho. Se moriría de pena. Edward bufó entre dientes y su sonrisa decayó un poco, pero la recuperó a tiempo. Le leyó la mente a la mejor amiga de Harry, a pesar de que iba en contra de sus principios, y explicó:

–Antes de que me pregunte, señorita Granger, mi parecido con Cedric Diggory es totalmente casual, ya que hace tres años estaba en Hawaii, de viaje, y mi don es poder leer las mentes, tanto humanas como vampiras.

Hermione se ruborizó y Ron fulminó con la mirada a Edward, con las orejas coloradas. Bill Weasley frunció el ceño al pensar que no había mantenido contacto visual, vital para la legeremancia, con nadie, pero había percibido como el ánimo del muchacho decaía, como si hubiera sabido lo que pensaban. Habría que vigilarlo atentamente.

Edward tomó asiento junto a su madre, que le sonrió con cariño. Rosalie entró en la cocina, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Los hombres la miraron con los ojos desorbitados y Rosalie sonrió con suficiencia al ver las reacciones que despertaba entre ellos.

–Mi segunda hija, Rosalie.

–Encantada –masculló la vampira.

Molly Weasley le dio un coscorrón a su marido al ver que miraba demasiado a la vampira, y las mujeres miraron con envidia en cuerpo de Rosalie, cubierto con un blusón escotado y unos cortos pantalones verdes. En Forks hacía frío, pero ya que los vampiros no lo percibían y nadie les visitaba en casa, había decidido ponerse guapa. Rosalie tomó asiento junto a Edward, dejando, no una, sino cuatro sillas entre ellos. Hermione los observó con curiosidad.

–¿Y tu don? –dejando ligeramente apartado el tema de las sillas.

Rosalie miró con altivez a la muchacha, pero Edward fulminó a su hermana con la mirada y le dedicó una sonrisa de disculpa a Hermione:

–Está irritada. Su don es la tenacidad.

Emmett entró con una sonrisa de oreja a oreja plasmada en la cara. Sin esperar a que Carlisle lo presentara, se anunció a sí mismo.

–¡Yo me llamo Emmett Cullen! –exclamó–. Y mi don es la fuerza.

Empezó a hacer poses enseñando los bíceps, mientras la Orden lo miraba con los ojos fuera de las órbitas. Fred y George lo miraron sonriendo: habían encontrado a alguien más desvergonzado que ellos. Ahora su madre no podría decirles nada más, siempre podrían poner de ejemplo a ese vampiro.

Ambos gemelos se miraron y sonrieron pensando en lo mismo: uno de los dos tenía que conseguir una cita con Rosalie. Por muy vampira que fuese, seguía siendo la chica más guapa que habían visto jamás, y eso que Fleur era toda una belleza. La chica en cuestión fulminaba a Rosalie con la mirada y apretaba el brazo de Bill, clavándole dolorosamente las uñas, como queriendo recordarle que tenía novia, que se iba a casar, y que Rosalie era una vampira. Bill compuso una disimulada mueca de dolor.

Edward bufó abiertamente al ver la actitud de Emmett y Rosalie se llevó una mano a los ojos, negando con la cabeza.

–Nos avergüenzas –murmuró Edward.

–¡Quédate tranquilo, Eddie! ¡Ya me siento!

Emmett tomó asiento junto a Rosalie, que se negó a mirarlo.

La puerta volvió a abrirse, y Alice y Jasper entraron por la puerta. La vampira arrastraba a su marido, afianzando su agarre en la mano de Jasper. Los ojos del vampiro, pese a la reciente caza, estaban negros como el carbón. Los demás tampoco estaban mucho mejor, pero Rosalie había podido controlar la sed hasta dejar sus ojos en un agradable tono marrón y Edward los tenía aún dorados.

–Mis hijos Alice y Jasper. Llegaron juntos a la familia.

–¡Encantada de conocerles! Yo me llamo Alice, me gustan las compras, es asombroso lo que hace la magia. Me ha gustado mucho lo que he visto hasta ahora y mi don es la adivinación –exclamó con tono alegre, casi sin respirar.

Los que habían estudiado Adivinación en Hogwarts no pudieron evitar comparar el aspecto siempre místico de la profesora Trelawney con la alegre expresión de la pequeña vampira. De hecho, les daba la impresión de que era hiperactiva.

Jasper trató de tranquilizar la euforia de su esposa, a la vez que saludaba con educación.

–Encantado. Soy Jasper.

Su voz era ronca, fría e impersonal. Edward miró a su hermano, pero este asintió con la cabeza, inhalando con fuerza el olor a licántropo que quedaba en la cocina para aclararse.

Ambos tomaron asiento, pero Ron preguntó:

–¿Tu don cuál es?

–Percibir, controlar y manipular las emociones –contestó Jasper con voz suave, mirando penetrantemente a Ron.

El muchacho empezó a sudar copiosamente, sintiendo las manos resbaladizas sobre la mesa, jadeando, con una sensación de miedo tan poderosa que le quitaba el aliento y le apretujaba el estómago, haciendo que la bilis le subiera hasta la garganta. Ron tembló como si un escalofrío constante le recorriera la espalda y, de pronto, tenía las manos heladas. El muchacho bajó la cabeza y apretó los ojos.

–Eh, Ron, ¿qué te pasa? –preguntó Harry, que había permanecido distraído en el intercambio.

–¡Déjalo! ¡Ya basta! –exclamó Hermione mirando a Jasper con furia.

–Jasper –advirtió Edward.

La presión en el estómago de Ron disminuyó hasta desaperecer, y dejó de sudar. El joven se limpió las manos en la túnica y se pasó la mano por el pelo.

–Un don sutil, muy útil, pero cuando Jasper se aburre –Carlisle chasqueó con la lengua–, somos una buena fuente de diversión para él.

Bella fue la siguiente que entró, seguida ya de Nessie y Jacob. Lupin miró con atención al muchacho quileute, pero no fue capaz de encontrar nada extraño en él, aparte de ser muy alto y musculoso y llevar sólo unos pantalones cortos. Entonces, ¿por qué sentía una extraña mezcla de admiración y miedo hacia él?

Sentía de nuevo cómo la fuerza de su forma lupina empezaba a salir a flote al percibir de nuevo un olor dulzón y empalagoso. Las uñas se le alargaron de nuevo y la cara se le volvió a llenar de pelo.

–¡Dora! –exclamó–. ¡Aléjate!

Si condenaba a su mujer a ese destino nunca se lo perdonaría...

Jacob y los Cullen lo estaban viendo todo desde el otro lado de la oscura cocina, y, como en un deja vú, Lupin empezó a transformarse en un lobo otra vez, con el olor dulce en su nariz aún.

–¡Contrólate! –bramó Jacob, acercándose al ex-profesor–. Vamos, tú puedes. La bestia no debe controlarte: tú debes controlarla a ella.

Los Cullen indicaron a los que estaban cerca que se alejaran un poco.

–N-no... p-puedo... –balbuceó Lupin, pero el sonido se acercó demasiado al gruñido.

–¡Sí puedes! Sé lo que sientes. Concéntrate en tus recuerdos de humano, no te dejes llevar por la furia. No es difícil. ¡Trágate la ira!

Lupin se agarró la cabeza con ambas manos, que se estaban convirtiendo en garras.

–Maldita sea, tú eres un humano. Un ser inferior como lo es un lobo no puede controlarte, ¡tú eres superior a él!

El temblor del cuerpo de Lupin no cesó, y Jacob volvió a maldecir entre dientes. Se alejó del hombre y se dispuso a entrar en fase él también.

Bajó la mirada asombrada de los magos y de los vampiros, las uñas de Lupin empezaron a recobrar su tamaño normal, el pelo desapareció de su cara y empezó a respirar con cierta normalidad. La fuerza lupina se retiraba a regañadientes, con lentitud, pero se estaba retirando. El licántropo se miró las manos con sorpresa, tan o más asombrado que los demás, y compartió una mirada feliz con Tonks, que lo miraba con una amplia sonrisa y los ojos húmedos.

Jacob sonrió con orgullo, y sus propias manos dejaron de temblar. Abrió los brazos para recibir a una sonriente Nessie. Emmett y él chocaron las palmas, con un brazo puesto sobre los hombros de Nessie. Jasper sonrió, haciendo notar que no era del todo insensible, y Alice aplaudió muy contenta. Edward y Bella le sonrieron y levantaron los pulgares en señal de victoria.

–Gracias –murmuró un sorprendido Lupin.

–¡Bah! Tonterías. Cómo si no hubiera pasado yo también por ese proceso... El truco está en ignorar el olor, es él el que hace que nos transformemos.

–¿El olor?

Jacob asintió.

–Olor a vampiro. Uno muy dulce, muchísimo, empalagoso hasta el punto que no puedes oler otra cosa que no sea eso... Es repugnante.

–No es como si tú olieras mucho mejor para nosotros, chucho –masculló Rosalie–. De hecho, no sé cómo Nessie te soporta. Tú hueles a sucio, así de fácil.

Lupin estaba pálido y pensativo, pero los demás miembros empezaron a sentarse de nuevo en la mesa, mirando con asombro a Jacob y a Lupin.

–Pero, ¿por qué vuestro olor me afecta tanto?

Los Cullen se miraron entre sí, pero fue Emmett quien contestó.

–Una larga, muy larga historia. Pero es de las buenas, porque yo salgo en ella –le guiñó un ojo al pensativo mago y se fueron para sentarse en su sitio.

Carlisle y Esme tomaron los asientos que estaban en los extremos de la mesa, al lado de Hermione, seguidos de Edward, Bella, Jacob y Nessie, que ocuparon los asientos entre Esme y Rosalie. Hermione aclaró su duda de porqué Rosalie dejó tres asientos libres entre ella y su hermano. Pero, ¿por qué? ¿Habría alguna razón especial cuando el resto de los hermanos se sentaban en orden cronológico? Rosalie estaba al lado de Nessie, y, a su izquierda, estaba Emmett, junto a Jasper y Alice.

–Bien –empezó la directora–. Los últimos Cullen, que presentaremos con prisas, son Isabella –Bella iba a protestar cuando la profesora aclaró lo siguiente–, Bella para los amigos, Reneesme, apodada Nessie y el señor Jacob Black. La señorita Nessie y el señor Black, no son vampiros. Son semi-vampira y metamorfo, respectivamente.

La noticia se acogió con renovados cuchicheos, que, aunque los Cullen los oyeron perfectamente, prefirieron fingir que no. La directora se levantó de su asiento, el que estaba junto a Alice, y empezó a apagar los cuchicheos, como si estuviera dando clases. En cuanto el silencio estuvo presente de nuevo entre la Orden, McGonagall comenzó oficialmente la reunión.

–Dejando el tema de los Cullen aparte, quiero comenzar con la reunión –dijo con claridad. Los Cullen podían ver perfectamente la imagen que daba: el de una profesora estricta y severa, pero justa a la vez–. Ayer por la noche, atacaron Hogwarts de nuevo.

–¿Fueron Bellatrix y Alecto Carrow?

–Lo dejé claro en el mensaje. Pero sí, fueron ellas, y provocaron grandes daños... con pocos hechizos. Todos sabemos que Bellatrix Lestrange es una bruja poderosa, sin escrúpulos, cercana al lord Tenebroso... pero el ataque de ayer, fue totalmente desorganizado, no estaba planeado.

La directora dejó caer la bomba y esperó que alguien reaccionara. Alice tomó la palabra, hablando con seriedad.

–Estoy segura de que fue una decisión del último momento. No estaba planeado, tal y como dijo la directora.

El señor Weasley y Kingsley miraron con recelo a Alice.

–¿Cómo puedes saber eso?

–Mi don, señor Weasley, se ver el futuro... basado en las decisiones que toman las personas. El destino no está escrito en piedra, se va escribiendo conforme con las decisiones que llevas a cabo. Si cambias de decisión, el futuro también cambia. Yo veo visiones hipotéticas del futuro, pero cuando algo se planea en poco tiempo, si no hay tiempo de que me llegue la visión de los resultados de esa decisión, puede ser que pase algo que yo no sepa de antemano.

Hermione frunció el ceño.

–Eso no es bueno.

–¿Por qué? –preguntó Nessie inocentemente.

–Porque entonces tomarías las decisiones conforme a lo que vieras, no dejarías que las cosas siguieran su curso natural en la vida.

Alice sonrió.

–Verás, Hermione, yo no puedo controlarlo todo, ni saberlo todo, como cree mi familia. Sé que mañana lloverá con fuerza, a pesar de que hoy ha hecho buen tiempo, sé que habrá una batalla, es una decisión que ya habéis tomado, sé que Lupin tendrá una larga y provechosa conversación con nosotros, que durará hasta que unos gritos nos interrumpan... pero yo no lo sé todo, de modo que no todo lo decido según lo que veo. Por ejemplo, pese a que sé que habrá batalla, no puedo ver el resultado de la misma. Puedo decidir no ver, también, pero decidir no ver más visiones sería como renunciar a que mis oídos oyesen, por ejemplo –explicó Alice–. Nuestro don es natural para nosotros. Para mí, para Jazz, para Edward, para Bella... e incluso para Nessie. No podemos renunciar a él, sería como renunciar a uno de nuestros brazos. Con mi don puedo evitar que algunos de los que están aquí mueran –señaló a la Orden, que escuchaba atenta cada palabra–. ¿Es eso tan malo? Yo no voy en contra de la naturaleza, dejo que fluya, pero las decisiones humanas no tienen nada que ver con lo natural. Puede ser natural que alguien se muera, es inevitable, pero ¿por qué no retrasar su muerte si tiene hijos o tiene planes o, simplemente, es joven y quiere vivir? Morir es algo que sucede tarde o temprano, es natural –enfatizó–, así que ¿por qué no dejar que sea más tarde que temprano?

El silencio sobrevino tras el largo discurso de Alice, mientras Jazz miraba con cariño y orgullo a su esposa. Hermione no aflojó su ceño, pero se quedó aún más pensativa. Reflexionó con atención y observó algunas frases importantes: '' yo no puedo controlarlo todo, ni saberlo todo...'', '' nuestro don es natural para nosotros...'', ''yo no voy en contra de la naturaleza, dejo que fluya, pero las decisiones humanas no tienen nada que ver con lo natural...'' Esta última la intrigaba por encima de todas las demás. Las decisiones humanas no tienen nada que ver con lo natural... Entonces, ¿qué parte del futuro estaba influido por las decisiones humanas y cuáles no?

–La parte natural –intervino Edward con suavidad–, puede ser lo que llamamos ''muerte natural'' de una persona. Aquél que muere de vejez, es el que sigue la corriente de la vida. Aquél que es asesinado, padeció lo que llamamos ''muerte provocada'', por una decisión humana, debo decir. Que llueva, que haga sol, es parte de la naturaleza, y, en cierto modo, del futuro. Son las cosas más importantes (vida o muerte, luchar o huir, vivir o suicidarse) las que están influidas por las decisiones humanas. Si la decisión cambia, el futuro cambia. No está escrito en piedra, y me temo que mi hermana solo ve las consecuencias de muchas decisiones, en general, ¿comprende, señorita Granger?

Hermione asintió, aflojando el ceño. McGonagall continuó con la reunión, dispuesta a no perder más tiempo.

–Volviendo al tema central, Bellatrix y Alecto entraron en Hogwarts. Con una facilidad que me preocupa, sinceramente. La seguridad del castillo ha perdido mucha eficacia desde que Dumbledore murió. Debemos renovarla –paseó la mirada por todos los miembros de la Orden, deteniéndose en Lupin, Kingsley y Hermione–. Rápidamente. No hay tiempo que perder. Sugiero que todos los que puedan ayudar, que me sigan a Hogwarts tras la reunión, junto con los Weasley, Potter y Granger.

–¿Qué harán los Cullen? –gruñó Bill.

–Confío en que podrán vigilar a los Slytherin y averiguar si hay traidores en otras casas. No basta con reforzar la seguridad del exterior, también hay que proteger desde dentro –explicó McGonagall–. Nos prestarán, así mismo, ayuda durante la batalla, si es que llega a suceder.

Los murmullos de aprobación se extendieron por toda la mesa con rapidez. Habían comprobado que los muchachos sabían lo que hacían y decían, aunque un resquicio de desconfianza seguía depositada en sus mentes.

–Pueden tener nuestra palabra de que tanto mi familia como yo mismo, haremos lo que podamos para cumplir con nuestro deber –prometió Carlisle, provocando los asentimientos entre su familia.

–Supongo que podemos pasar de tema. Hay otro que me preocupa, pero no quería comentarlo hasta hoy –McGonagall suspiró–. Como sabéis, el Ministerio de Magia está bajo el control de los mortífagos, no totalmente, pero hay cada vez más funcionarios bajo la maldición imperius y el lord va tomando cada vez más terreno. He dialogado largamente con Pius Thickneese, pero, por lo visto, están tomando una decisión.

–¿Qué decisión? –preguntaron los gemelos Weasley a la vez.

–El ministro quiere destituirme. Por Severus Snape.

El silencio se instaló como la calma que precede antes de la tempestad. Los gritos no se hicieron esperar, y pronto rivalizaron con los de la señora Black.

–¡No pueden hacer eso!

–¡No puede dejar que ese desgraciado tome el control de Hogwarts!

–¡Hará la vida de los estudiantes un infierno!

–¡Inmundicia, basura! ¡Sangres sucia y traidores a la sangre manchando de deshonor la noble casa de los Black!

Harry apretó los puños con fuerza, furioso, y Hermione estaba pálida. Ron se había sumado a los gritos, pero paró unos momentos para preguntar:

–No pueden hacer eso, ¿verdad, Hermione?

Hogwarts en manos de Snape... La sola idea repugnaba a Harry. Le ponía enfermo, estaba furibundo y no sabía qué hacer para demostrarlo.

–Sí, me duele decirlo, Ron, pero sí pueden –contestó Hermione con voz temblorosa–. El colegio y los profesores, muy en realidad, forman parte de un Departamento que no tiene despacho en el Ministerio.

–¿Ah, sí? ¿Y cuál es ese departamento? –preguntó Harry con hostilidad.

–El Departamento de Educación Mágica. Todos los trabajos que puedes hacer después de Hogwarts tienen que ver con el Ministerio, excepto San Mungo, aunque también está controlado por el ministerio, y Gringotts, pero los duendes son muy desagradables y pocos suelen trabajar allí.

Los Cullen miraban con sorpresa la explosión de gritos que sonaban en la pequeña cocina. Por otra parte, los gritos que provenían del pasillo los ponían nerviosos, a pesar de que Alice les había avisado, durante el instante de silencio, que un cuadro del pasillo se pondría a gritar. Jasper era al que más le estaba afectando la marea de sentimientos que inundaban la sala. Odio, ira, indignación... Ni siquiera hizo un esfuerzo por tranquilizar a los magos, estaba más ocupado en controlarse a sí mismo.

Alice puso una mano tranquilizadora sobre el hombro de su esposo, prestando de nuevo apoyo y comprensión. Edward había cerrado su mente a los gritos y Nessie miraba a los magos con asombro.

¡Silencius!

Por encima de todo el griterío se oyó el hechizo de la directora.

–¡No hemos venido a perder el tiempo en gritos! Las meras palabras no nos van ayudar. ¡Hay que pasar a la acción! –la Orden asintió de acuerdo, aún sin poder hablar–. Pero no podemos hacerle nada a Snape –la afirmación despertó de nuevo la ira de los presentes, pero Jasper no hizo nada por remediarlo–. ¡Callad! No podemos hacerle nada porque Snape es la mano derecha de Quien-Vosotros-Sabéis. ¡Imaginad lo que pasaría con el colegio si nos ''rebeláramos'' de esa forma!

–Claro, porque formar parte de la Orden no es sublevarse –ironizó Harry.

–¡Ya sabe a lo que me refiero, Potter! No podemos llamar la atención –la directora hizo una pausa–, no aún. Ahora, lo más importante, es proteger a los hijos de muggles. ¿Qué tal van con los estatus de Sangre? –preguntó dirigiéndose hacia los gemelos Weasley.

–Es difícil...

–Son pocos los que quieren ayudarnos...

–E incluir a los hijos de muggles en sus árboles genealógicos...

–Pero estamos haciendo todo lo que podemos –concluyeron ambos a la vez.

Fred y George sacaron a la vez sus maletines, y, ambos con idéntico gesto, sacaron de su interior varios papeles.

–Los documentos de Lisa Beaumont y los hermanos Creevey...

–Los hermanos Cadwell y Sarah Creeswell...

–Noah Cattermolley Lucie Connor...

Pusieron los papeles según iban mencionando los nombres, apilados en un pequeño montoncito delante de la directora. Que iba asintiendo a cada nombre.

–...y estos son los de Frederick Diggle y Danielle Gellèe.

–No hay más –terminaron a la vez... de nuevo.

–Muchas gracias. Espero que podáis seguir y tener todos los papeles antes del 15 de agosto.

Los gemelos sonrieron con idéntica sonrisa, pese a que George carecía de su oreja.

–Los tendremos.

–Después de todo...

–¡Qué mejor que molestar a lord KAKADURA! –rieron.

Los Weasley, los Cullen, Tonks, Ron y Harry se echaron a reír quedamente, apenas unas risitas, pero Kingsley, Hermione, Lupin y McGonagall los miraron con severidad. Bella estaba lo suficientemente controlada como para preguntarle a su esposo:

–¿A qué se referían con eso de los papeles y el estatus de sangre?

Edward dejó de reír y frunció el ceño.

–Parece ser que ahora, para estudiar, necesitan un estatus que indique que son sangre limpia –el vampiro empezó a apretar los puños–. Creen que los hijos de muggles ''roban'' la magia a magos, algo técnicamente imposible ya que la magia nace de la mente. La condena por ser hijos de muggles puede ser cadena perpetua. Como los niños que son hijos de muggles tuvieron un pariente mago del que heredar la magia, los gemelos intentan encontrar ese mago o bruja. Si no lo consiguen, intentan que alguna familia sangre limpia finja que son parientes suyos. Por lo visto, los Longbottom, los Weasley y los Macmillan son tres de las familias que más chicos han ''adoptado''.

Los demás Cullen reaccionaron de distintas maneras. Rosalie, con la barbilla apoyada en su mano, frunció el ceño y apretó el puño. Esme estaba temblando, pero Carlisle le dio un apretón en la mano. Emmett dejó de reír y adoptó una expresión seria que tan pocas veces se veía en él. Jacob frunció el ceño y miró a Nessie, que le miraba con expresión asustada. Bella apretó los dientes y miró fijamente la mesa, tratando de tranquilizarse.

McGonagall retomó la palabra.

–Kingsley. Me dijiste que tenías algo importante que decir.

El auror se levantó de su sitio, suspirando.

–Así es. Según fuentes italianas, se ha visto al Señor Tenebroso rondar en las cercanías de Volterra.

Los Cullen se miraron entre sí. ¿Por qué estaría el señor oscuro en Italia? ¿O, peor aún, en Volterra? ¿Querría obtener otros aliados ahora que los había perdido a ellos?

–Dicen que ha tratado de contactar con los Vulturi.

Vulturi... Nunca un nombre había sonado peor a los oídos de los vampiros. Nessie se puso pálida, eliminando todo rastro de sonrojo en su rostro. Jacob la rodeó con ambos brazos, en ademán protector, al igual que Bella, y Edward puso una mano sobre el hombro de su esposa.

Harry miró el intercambio como un testigo mudo, al igual que Hermione, que los observaba con el ceño fruncido y Ron, que los contemplaba con asombro. Harry sabía quiénes eran los Vulturi, pero... ¿por qué Voldemort se habría puesto en contacto con ellos? ¿Para reunir más aliados? Sólo esperaba que los vampiros italianos supiesen lo que les convenía y que se quedaran apartados.

–¿Quien-Ustedes-Saben se ha puesto en contacto con Aro? –preguntó Carlisle con el ceño fruncido.

Esme puso una mano sobre el brazo de su marido, pero Emmett sonreía al lado de Rosalie. Se sentía confiado, los magos les ayudarían. Después de todo, la lucha era principalmente suya. Ellos estaban por otros motivos. Jasper mantenía una expresión pensativa, y Alice trataba de ver algo... pero se encontró con la misma barrera que se lo impedía cuando había algún licántropo en medio. Miró a Lupin y lo fulminó con la mirada, aunque la culpa la tuviera inconscientemente. Tonks fue la única que vio cómo la vampira miraba a su marido, y no le gustó para nada. ¿Por qué habría mirado así Alice a Remus? ¿Aún le echaba la culpa por lo que había pasado? ¿No comprendía que no había sido la culpa de su esposo, que había sido un descontrol? Aunque, por otro lado, si lo que había dicho Jacob era cierto, la culpa había sido mayormente de los Cullen.

Las miradas de la Orden se centraron sobre Carlisle.

–¿Qué quiere decir? ¿Les conoce? ¿Tiene algo que ver con esos ''Vulturi''? –interrogó Kingsley.

–Viví con ellos un tiempo y se puede decir que los conozco bien.

–¿Por qué? –preguntó Kingsley–. ¿No son los Vulturi humanos, acaso?

Al oír la conclusión del auror, los vampiros no pudieron evitar una carcajada, con las risas más fuertes proviniendo de Emmett. McGonagall, Harry, Kingsley y todos los miembros de la Orden contemplaron con asombro que la mesa temblaba, incluso, cuando Alice dio unos golpes sobre ella.

Tardaron unos cuantos minutos en tranquilizarse, y, cuando al fin recuperaron la compostura, habían pasado un par de minutos. Edward explicó lo que ocurría, aún con una sonrisa irónica en la boca.

–Verá, señor Kingsley, los Vulturi no son humanos. Son la familia vampírica más numerosa por delante de nosotros, y son conocidos como la realeza vampírica. Aro, Cayo y Marco, los tres ''reyes'' que hacen cumplir las reglas a los demás vampiros del mundo. La forman cerca de treinta o cuarenta miembros, sumando guardias, los hermanos y las esposas de éstos –dijo. Recuperando la seriedad, añadió–. Comprenderá entonces lo peligroso que es que el Señor Tenebroso les haya pedido ayuda. Siguen la dieta habitual, la tradicional, basada en sangre humana.

–¿No sería eso mejor para nosotros, en cambio? A lo mejor se cenan a un par de mortífagos, quien sabe –replicó Ron.

Bella sonrió sarcásticamente, deslumbrando a muchos hombres que estaban en la pequeña cocina. La vampira no se percató siquiera, miraba a Ron.

–Me temo que no, Weasley. Podrían guardar abstinencia durante un tiempo antes de la batalla, si llega a haberla, y, entonces, en la lucha podrían dar rienda suelta a sus instintos, convirtiéndose en los mejores depredadores que pueden haber.

Hermione se cruzó de brazos, arrugando la frente.

–¿No es eso un poco exagerado?

–No, en absoluto, señorita Granger –explicó Edward–. Somos rápidos, fuertes, tanto o más que cien hombres juntos, tenemos un oído y una vista excepcionales y algunos tenemos un don (le aseguro que la guardia de los Vulturi están bien provisto de un buen arsenal). Hemos averiguado que somos tan resistentes como los... ¿dragones? –dijo divertido– a la magia, es difícil que nos afecten las maldiciones y los hechizos.

Jasper tomó el relevo de Edward, sorprendiendo a varios con su voz suave.

–Supongo que se ha percatado de que somos mucho más agraciados que los humanos normales... Y no, no es falta de modestia –añadió al ver la mirada exasperada que le dedicaban algunos–. Es una trampa.

–Una trampa mortal, además. Somos como los colores vistosos de algunas flores carnívoras, que atraen de ese modo a sus presas. Nuestro aspecto resulta atrayente a los ojos humanos, de ese modo nos aseguramos la presa que queramos –terminó Carlisle–. Nuestro rostro, nuestra voz, nuestro cuerpo... son meras trampas para atraer a las presas.

Las miradas horrorizadas no se hicieron esperar entre los presentes. Las mujeres se cubrieron la boca con las manos, espantadas y los hombres se regañaron a sí mismos cuando recordaron que se habían sentido atraídos por el aspecto de las mujeres de la familia. ¡Era todo una trampa! Los Cullen se miraron tristemente entre ellos: ¿qué ocurriría si los alumnos se enteraban alguna vez de lo que eran?

–Dirigiéndonos al tema central: ¿qué quería el lord de los Vulturi?

Kingsley se recuperó de la impresión y respondió a la pregunta de Jasper.

–Nuestro contacto italiano no nos ha podido decir nada, pero sospechamos que quería pedirle a los Vulturi que se unieran a él.

–¿No podría ser que vuestro contacto se haya equivocado?

–Según nuestro contacto, varios mortífagos representando a Voldemort con una bandera blanca y la Marca Tenebrosa, entraron en el Palazzo dei Priori, pasaron a los niveles inferiores y preguntaron a unos individuos con capa por Aro.

No había dudas de que habían visitado a los Vulturi. Rosalie chasqueó la lengua, y Bella negó con la cabeza.

–Mal asunto... –masculló Edward entre dientes.

Alice se quedó en blanco, tratando de averiguar qué decidirían los Vulturi. Con frustración y rabia descubrió que una niebla negra, similar a la que ocultaba sus visiones cuando había algún licántropo cerca, le impedía ver lo que ocurría.

–¿Se quedarán apartados, Alice? –preguntó Jasper a velocidad vampírica.

–Hay ''chuchos'' en medio. No veo nada –respondió Alice del mismo modo.

Carlisle se quedó seriamente preocupado, al igual que Esme. Edward rodeaba como podía los hombros de su hija, y tomaba de la mano a su esposa.

Ahora otra preocupación les carcomía: ¿qué habrían dicho los Vulturi?


Aquí tenéis el capi. Espero que os guste y siento la tardanza, pero estaba de viaje. No hay mucho más que decir, y estoy segura que muchos y muchas ya están cansados de mi charla... Subiré el próximo capi en cuanto pasen los exámenes de pre-evaluación, dentro de una semana.

Atentamente y gracias por leer,

lady Evelyne