Capitulo 8

Isabella dejó el último recipiente sobre la mesa, y se secó el sudor de la frente. Lo había logrado, había preparado la co mida por primera vez en su vida. No era como la comida que ella solía comer, pero no se preocuparía por eso. Jasper le había traído un libro de cocina del pueblo, y así pudo darse cuenta de que la comida del campo era distinta de la comida de la ciu dad. Como no había entendido algunas palabras, bueno... esas partes las había saltado. ¿Qué inconveniente habría en omitir algún que otro paso? Había cocinado para tres, pero no le ha bían dicho si Mack comería con ellos.

Isabella se acercó a la puerta para respirar un poco de aire fresco. No había aire, pero el cielo rojo y encendido la cautivó. Siluetas negras se recortaban como centinelas: cactus, yucas, el gigante cactus saguaro. Un animalito se escurrió entre las plantas. Un coyote aulló.

Isabella debía admitir que nunca había visto un paisaje tan calmado y bello como el que ahora tenía ante ella. Durante el viaje se habían bajado las persianas al atardecer, así que no había disfrutado de las bellas puestas de sol del Oeste. A pesar de lo des cabellado de este viaje, al menos podía admirar cosas como éstas.

—¿Por qué no me llamaste?

Isabella se giró sorprendida. Anthony estaba cerrando la puerta de atrás. Llevaba la camisa abierta hasta la cintura y una toalla alrededor del cuello. Tenía el cabello húmedo, y al gunos mechones caían sobre la frente. Era tan varonil, tan masculino. Se preparó para defenderse.

—Creo que no tengo que buscarlo por todas partes cuando la comida está lista —su tono altanero era inconfun dible.

Anthony se acercó a la mesa.

—Un aullido junto a la ventana te hará bien —le dijo mientras miraba la comida

—No acostumbro a aullar, señor Cullen.

—¿Ah sí? ¿Ni siquiera cuando estás furiosa?

—No me enfurezco.

—Preciosa, nunca conocí una pelirroja que no lo hiciera —dijo riendo.

—¡No soy pelirroja! —gritó Isabella.

—No, no —admitió, admirando su cabello cobrizo—, pero el color se acerca bastante al pelirrojo. Ella lo enfrentó.

—No sé qué tiene que ver mi cabello con todo esto. Mi padre siempre dice que tengo carácter dulce y que soy sumisa. Quiero creer que así es.

—¿No tienes ningún defecto? —preguntó con tono ri sueño.

—No me agrada discutir, si eso es lo que se propone —re plicó—. Presencié demasiadas peleas y discusiones cuando era niña. Y por suerte no heredé el carácter de mis padres.

Anthony hizo una mueca.

—Bueno, creo que conocí muchas mujeres de mal carác ter. Una esposa dócil y dulce será algo nuevo.

Isabella se sonrojó. Un verdadero hombre nunca habla de las mujeres que tuvo.

—Tome asiento, señor Cullen.

—¿Cuándo dejarás de lado ese trato almidonado, señorita Swan?

—¿Perdón?

—No importa. —Anthony suspiró. —Veo que hay tres pla tos. ¿Esperamos a alguien?

—No sabía si Mack cenaría con nosotros. Dijo que el se ñor Whitlock tenía esposa, pero no me dijo si Mack comería con nosotros.

—A él lo llamas Mack, pero yo sigo siendo el señor Cullen —dijo furioso—, ¿por qué?

Isabella refunfuñó. Este hombre era muy temperamental. Aparte de sus sonrisas burlonas y su aparente buen humor, te nía carácter fuerte. No sabía cómo tratarlo. Podía darle un ata que de furia.

—Supongo que... podría llamarte Anthony —aceptó Isabella finalmente.

—Thony me agradaría más.

—Anthony es más correcto.

—Supongo que tu padre diría que también eres terca. Isabella no pudo evitar una sonrisa. Algunas veces lo graba convencerla. Este hombre tenía un encanto perverso y exasperante. Si se ponía un traje y se cortaba el cabello, las mujeres de Nueva York lo considerarían un bribón encantador. Sí, encantador y atractivo. Si no la hubiera sorprendido tanto su altura, corpulencia y aspecto rústico, se habría dado cuenta de que debajo de esa piel curtida y bronceada había un rostro atractivo. Pero el blanco estaba de moda, no el bronce. No ten dría que olvidarlo. No podía considerarlo atractivo.

Anthony corrió la silla para que se sentara, y luego se sentó a su lado.

—Has puesto tres platos, pero has preparado comida apenas para dos, y eso porque no tengo demasiado apetito.

Isabella observó la carne asada con salsa, las galletas, las papas, las zanahorias y las cebollas. El trozo de carne se había consumido bastante en el fuego, pero...

Miró a Anthony y suspiró. Tendría que haber recordado to dos los panqueques que él había devorado esa mañana. Claro, un hombre de su tamaño debía comer mucho.

—Lo lamento —dijo con sinceridad—. Me temo que los hombres que conozco, bueno, no gastan muchas energías. Y tampoco son tan corpulentos. No pensé en eso.

—Claro, supongo que domar un potro despierta el ape tito más que bailar en un salón. Pero Mack nos preparó una buena comida, así que no te preocupes.

¿Qué había hecho durante la tarde? Ella había desayu nado tan bien que no había pensado en hacer otra comida.

—¿Es eso lo que hiciste hoy? ¿Domaste potros? Anthony asintió, y se sirvió un plato.

—Tengo que entregar doce caballos al Fuerte Loweil, cer ca de Tucson. Domarlos para el viaje no es muy difícil. Pero lle va más tiempo convertirlos en caballos de arreo. Aro Aro quiere treinta antes de que finalice el verano. Tengo más pedi dos, así que pronto Jasper y yo tendremos que ir a la montaña.

—¿Tú mismo atrapas los caballos? —preguntó Isabella sorprendida—. Creí que los criabas. ¿No es eso lo que suele hacerse en un rancho que cría caballos?

—Hace menos de dos años que me afinqué aquí, Isabella. No tenía ni un solo caballo. Comencé con un programa de cría, hasta traje un pura sangre, de Kentucky, pero se nece sita tiempo para tener muchos. Tengo varios potrillos pas tando en la colina, pero ninguno tiene edad suficiente como para venderlo. Falta bastante para eso.

—Ya veo. Pero parece que hace mucho que estás aquí, eso es lo que creí.

—No es muy difícil adaptarse —dijo con toda intención.

—Creo que eso tiene que ver con el medio social del que provienes —murmuró.

—¿Crees que el mío es muy diferente del tuyo? —dijo sonriendo.

—Quisiera que me lo explicaras —dijo con dulzura.

—Dije que lo haría «después», ¿no es cierto? ¿Qué te pa rece si me dejas que disfrute de esta comida, y después te cuento la aburrida historia de mi vida?

—Si insistes. ¿Café?

—Por favor.

Cuando regresó a la mesa con la cafetera, Anthony estaba saboreando la comida. Isabella se sirvió el plato. Lo miraba con disimulo para ver qué pensaba de esta primera comida, pero su rostro no decía nada.

Ella probó la carne. Dura y seca. La galleta estaba go mosa, y cuando la miró más de cerca, advirtió algunos trocitos de harina cruda. ¿Estarían todas iguales? Las zanahorias esta ban duras, y no se podían comer, las patatas, blandas, aunque las cebollas estaban gustosas. Y el café, bueno, después de cua tro tentativas, había salido delicioso.

Miró a Anthony, avergonzada.

—Está horrible; ¿no es cierto?

—He comido cosas peores —gruñó él.

No permitiría que esto la perturbara, no lo haría.

—Supongo que salté los pasos más importantes.

—¿Quieres decir que improvisaste? —le preguntó son riendo.

—No, sólo omití las cosas que no entendía. ¿Cómo iba yo a saber lo que significa «amasar»? Nunca había oído esa pala bra. Decía «cocer lentamente» la carne, pero no explicaba cómo. Decía «agregar agua», pero no cuánta; «condimentar a gusto», pero no qué condimentos usar. Lo único que encontré fue la sal.

—Las hierbas están en el jardín, Isabella.

—Bueno, me lo hubieras dicho antes.

—Creo que tendré que pedirle a Alice que te enseñe algo. Puedes preguntarle todo lo que no entiendas. Pero por ahora, por lo menos, puedes agregar más granos al café.

—¡Pero si el café está delicioso!

—Parece agua caliente.

—Ocurre que tú tomas el café demasiado espeso. No sé cómo puedes tomar eso. Parece barro.

—Ya te acostumbrarás.

En otras palabras, tenía que prepararlo a su manera. Isabella se quedó callada; comió a más no poder, y luego se dis puso a limpiar todo eso.

Anthony se reclinó en su silla. La comida no había sido tan mala, por ser la primera vez. Pensó que lo haría peor. También pensó que estaría exhausta después de un día arduo. Tal vez nunca en su vida había trabajado así; Pero no parecía cansada, sino todo lo contrario.

Se había cambiado la ropa. Ahora lucía un vestido es pléndido de seda color verde oliva, con dibujos de hojas verde oscuro, y detalles de encaje oriental de color crudo. El escote era cuadrado, pero no muy pronunciado; las mangas le llega ban hasta el codo. Se había puesto otro delantal para no ensu ciar el vestido.

Él la seguía con la mirada mientras ella iba del fregadero a la mesa y de la mesa a la cocina. Había estado pensando en ella todo el día, y para evitar la tentación de salir a buscar la había buscado una ocupación tras otra. Ninguna otra mujer había ocupado su mente y sus pensamientos de esta forma. Ninguna mujer lo había atrapado tanto. Era obvio que la que ría. Admitió que así había sido desde el primer momento, desde que vio su fotografía. Lo excitaba. Esto era más de lo que su cuerpo podía soportar.

Tenía dos posibilidades. Si tanto la deseaba después de haber compartido con ella sólo un día, entonces no podría des pacharla de regreso sin haberle hecho el amor antes. Esto no era lo que había planeado, pero no podría actuar de otra ma nera. Si hubiera sido virgen, lo habría pensado dos veces; pero ella no lo era.

—¿Te dije que estás preciosa con ese vestido? —le dijo sin pensarlo demasiado.

Isabella lo miró por sobre el hombro.

—¿Con este trapo viejo? Por Dios, señor... Anthony. Estoy espantosa. Pensaba cambiarme antes de la cena, pero no tuve tiempo.

Anthony sonrió por dentro. ¡Cómo sería cuando estuviera bien vestida entonces! Las mujeres y el interminable dilema de la ropa, una prenda para cada momento del día. Con tantos cambios de ropa, no les quedaba tiempo para otra cosa. Pero claro, el trabajo no era parte de las tareas cotidianas de una mujer. Esta mujer en especial estaba aprendiendo lo que era el trabajo arduo.

Se sintió un poco culpable por someterla a todo esto. Po día tener sirvientes pero no quería que la gente de Aro creyera que era un ranchero acaudalado y holgazán. No era justamente la imagen que quería dar. Era un habitante del Este que había invertido su riqueza, y elegido la vida apacible que ofrecía el Oeste. No quería que nadie sospechara que era su mamente rico.

Anthony se acercó a Isabella con terribles deseos de tocarla, ahora que podía oler su perfume. Pero, se detuvo y tomó una toalla de cocina.

—Te ayudaré.

Se sorprendió de lo que acababa de decir. No quería que estuviera agobiada de trabajo, no todavía. La sonrisa con que ella le agradeció fue una recompensa. Era adorable cuando sonreía.

Cuando terminaron de guardar los platos, se sentaron a la mesa otra vez. Isabella trajo la cafetera. Anthony no quiso be ber ese «brebaje aguado». Tomó una botella y una copa, y vol vió a sentarse.

Isabella frunció el ceño.

—¿Lo haces a menudo? —le preguntó vacilante, mirando la botella de whisky.

—Puedo asegurarte que no soy un borracho si eso es lo que estás pensando.

—Lo lamento. —Isabella bajó la mirada, avergonzada por semejante pregunta. —No debí haber preguntado eso.

—Tienes derecho a saberlo. Lo miró a los ojos decidida.

—Entonces, ¿quizás ahora estás dispuesto a contármelo todo?

Él se acomodó en la silla, pensativo, mirando la copa de whisky que tenía en la mano.

—Mi hermano y yo nacimos en St. Louis. La familia de mi madre era una de las más tradicionales y renombradas de la ciudad. Cuando mi madre murió, nuestro padre, Carlise, no quiso volver a ver a la familia de mi madre. Así que nos trajo a Arizona. Lo atrajo la idea de hallar oro y poder hacerse rico.

—¿Era buscador? —preguntó Isabella sorprendida, aun que eso no era nada inusual. El oro había llevado al Oeste a miles de personas desde la década de 1850.

Anthony asintió.

—Mi hermano y yo vivíamos encerrados en un hospedaje de Tucson mientras él recorría las montañas en busca de oro. El problema fue que lo halló. Fue un gran golpe de suerte. Pero lo llevó a la muerte. Eso ocurrió en 1866.

—¿Quieres decir que lo mataron?

—Lo mataron por sus posesiones.

—Pero, tu hermano y tú tendríais que haber heredado todo eso, ¿no es cierto?

—Por derecho sí, pero alguien se propuso eliminarnos. Isabella no podía creer que hablara de eso con tanta tranquilidad.

—¿Qué hicieron, entonces?

—Hicimos que nos siguieran. —Anthony apartó la mirada un instante. —Smith, el hombre que había matado a nuestro padre, nos perseguía como si fuéramos su presa.

—¡Dios mío! Ese hombre sería un monstruo para querer matar a dos criaturas. Ustedes no tendrían más de doce años en ese tiempo.

—Diez en realidad. Era un asesino a sueldo, un hombre capaz de matar por dinero sin preguntar por qué. Hay muchos como él en el Oeste.

—¿Pudieron escapar?

—No exactamente. Él disparó, y mi hermano cayó a un desfiladero rocoso. Smith estaba muy cerca, y no pude bajar a ayudarlo. Tuve que seguir cabalgando. Pero después de perder de vista a Smith, advertí que me había perdido. Tardé algunos días en encontrar el camino de regreso al lugar donde Edward ha bía caído, pero entonces no lo hallé. Lo único que podía hacer era regresar a St. Louis, con la esperanza de que él hubiera he cho lo mismo.

—¿Lo encontraste allí?

—No volví a verlo. —Hizo una pausa. —Me quedé en St. Louis con una tía, pensando que Edward había muerto. Final mente, después de algunos años él me encontró.

—¿Por qué esperó tanto tiempo?

—Padecía amnesia. Recordaba algunas cosas con clari dad, pero no recordaba lo que me había ocurrido, ni que te níamos familiares en St. Louis. No sabía si yo estaba vivo o muerto, ni cómo o dónde buscarme. Y además, no podíamos acercamos demasiado a los pueblos por temor a que Smith nos encontrara.

—¿Qué hizo entonces?

—Se refugió. Desapareció en las montañas. Las compar tía con los apaches.

—Estás bromeando —dijo Isabella pasmada.

—No. Vivió solo en la montaña durante ocho años. Pero a los diecinueve años, algo le devolvió la memoria, y logró en contrarme.

Isabella lo escuchaba con atención.

—No pareces muy feliz por eso. Él sonrió tristemente.

—No era el hermano que yo recordaba. Siempre había mos sido muy parecidos. Ahora no lo somos. Esos años que pasó solo lo cambiaron notablemente. —Se encogió de hom bros y sonrió. —Si tuviéramos una familia numerosa, todos lo considerarían la oveja negra.

—¿Tan malo es?

—Así lo creen algunos.

Él no le dio más explicación, y ella tampoco insistió.

—¿Qué se hizo de la mina de oro de tu padre?

—Nunca la encontraron. Qué curioso, ¿no es cierto?

—¿Que hayan matado a tu padre sin razón? ¡Ya lo creo! ¿Y el hombre que lo mató fue llevado ante la justicia?

—Smith está muerto. —Respondió con voz áspera.— Pero el hombre que le pagó aún está vivo.

—¿Sabes quién es? ¿Lo conoces?

—Sí, pero no hay pruebas. Lo único que puedo hacer es retarlo a duelo. Y no sabe disparar con una pistola, así que se ría un asesinato.

—Ah —murmuró ella—. Debe ser terrible para ti no po der hacer nada.

—Ya lo creo —dijo con amargura. Isabella pensó que sería mejor cambiar de tema antes de que él se hartara de tantas preguntas.

—¿Por qué regresaste a Arizona?

—Por un motivo: me cansé de la vida de la ciudad. Pero también hay algo más. Edward no quería afincarse en St. Louis, por eso decidí mudarme cerca de él.

—¿Vive en Aro ?

—Edward nunca se queda en un lugar demasiado tiempo, pero viene por Aro de vez en cuando. Lo veo ocasional mente, porque viaja por aquí.

Ella pensó en sus palabras un instante.

—Debes de quererlo demasiado para estar dispuesto a hacer semejante sacrificio.

Anthony rió complacido ante tal razonamiento.

—Querida, para mí no es un sacrificio. Me gusta este lugar.

—Lo lamento. No quise decir que... bueno, de todos mo dos me alegra que hayas encontrado a tu hermano y estéis uni dos otra vez. Esos años que pasaron alejados deben de haber sido terribles.

—¿Qué te hace pensar que estamos unidos? La forma en que le sonreía la ponía nerviosa.

—Bueno, sólo supuse que...

—Nadie puede acercarse a Edward, Isabella. Nadie, ni si quiera Jasper, quien lo conoció cuando vivía solo en la montaña. No estamos tan unidos como cuando éramos niños, a pesar de ser mellizos.

—¿Sois mellizos?

—Así es.

—Recuerdo un par de mellizas que había en la escuela. Eran iguales, hasta se vestían igual, era casi imposible diferen ciarlas. ¿Ocurre lo mismo contigo y tu hermano?

—Bueno, no nos vestimos igual, pero sin ropa, creo que no podrías distinguirnos.

—Bueno, menos mal que no vive aquí. Ya tengo bastante como para, además, tener que pensar quién es quien.

—No creo que te resultara tan difícil. Nos parecemos sí, pero somos muy distintos.

—No entiendo...

—Si lo conocieras, querida, entenderías —respondió y con eso dio por acabado el tema—. ¿Hay algo más que desees saber sobre mi vida?

—No, por el momento —dijo ella, y le sonrió—. Después de un día tan arduo, creo que no hay nada más agradable que un buen baño caliente antes de ir a dormir.

—Allí tienes los baldes —dijo señalándolos.

—Pero..., ¿tendré que cargarlos?

—Sí, si quieres bañarte.

—Pero ayer...

—Me compadecí porque estabas exhausta después de un viaje tan largo. Pero no esperes que lo haga todos los días. Ésa es tarea para una mujer.

—Ya veo —dijo resignada.

—¿Quieres poner la tina aquí? —sugirió—, así estará más cerca.

—Creo que no me bañaré —dijo con una voz casi imper ceptible.

Isabella parecía tan melancólica a veces. El se compade ció una vez más, pero no lograría su objetivo si la consentía, aunque quisiera hacerlo.

—Creo que calentaré un poco de agua, y me iré a dormir —suspiró ella—. ¿Quieres que caliente agua para ti también?

—Me lavé en el establo. Pero sí quisiera agua caliente por la mañana, si te levantas temprano.

¿Otra de sus tareas? Asintió con desgana, y se acercó al fue go. Anthony bebió otro whisky; la seguía con la mirada y pensaba.

—¿Sabes algo, Isabella? Hay una laguna en la montaña, a ocho kilómetros de aquí. El agua aún debe de estar cálida. Hay luna llena. ¿Salimos a cabalgar a la luz de la luna?

—Te dije que no sé cabalgar —dijo ella.

—¿Y si montas conmigo?

—No sé cabalgar de ninguna manera. Nunca monté un caballo en mi vida.

—Era sólo una sugerencia. Después de todo, aún es tem prano. Pero, tendrás que aprender. Es la única forma de trasla darse aquí.

—Podrías comprar una calesa.

El tono de su voz le sacudió el corazón. Pero se mantuvo serio y firme.

—No me agrada malgastar el dinero, y no hace falta que compre una calesa cuando hay media docena de yeguas a tu disposición.

—Lo pensaré.

Lo miró con arrogancia, y fue al dormitorio con una ca cerola de agua.

Anthony esperaba junto al fuego cuando regresó.

—Buenas noches, Anthony.

—¿Sólo buenas noches? —preguntó con picardía—. ¿No crees que podrías darme un beso de buenas noches? —agre gó—. Puedes tomarlo como costumbre. Me gusta besar.

—Sí, supongo que sí —respondió cortante y suspiró re signada—. De acuerdo.

Se inclinó para besarlo como besaba a su padre. Pero cuando sus labios se encontraron, él la envolvió con sus brazos para que no pudiera escapar.

La besó con increíble ternura y suavidad, lo cual le cau saba una deliciosa sensación que hacía que sus piernas tembla ran. Se sentía débil, frágil, torpemente frágil. Y lo que era más extraño, no quería que la soltara. Disfrutaba de esos labios que exploraban su boca. Hasta el aroma a whisky de su aliento era excitante.

Le acarició la espalda y ella sintió escalofríos. Le acarició el cuello. El corazón de Isabella palpitaba cada vez con más in tensidad. Sabía qué se proponía, pero no tenía fuerzas para de tenerlo. Finalmente, él dejó que sus manos se deleitaran con sus senos. Isabella pensó que se desmayaría.

Era una locura. Sabía que no podía permitirle más pero las dulces sensaciones que él provocaba la sobrecogían. Él le besó las mejillas y el cuello. Entonces, ella pudo decir:

—Anthony.

Sonó como una caricia. Aunque se proponía detenerlo no tenía fuerzas para librarse de él. Le besaba la oreja, la excitaba más y más. Su lengua penetró en la oreja, y Isabella creyó que ya no soportaría más.

—Te quiero, Bella. Lo sabes, ¿no es cierto? Permíteme que te haga el amor. —Su voz era ronca y sensual. —Si estu viéramos casados, eso es lo que haríamos toda esta noche. Ne cesitaría horas para amarte como es debido, y me propongo amarte así, Bella.

Sus palabras eran como el alcohol, la mareaban. Debía controlarlo. Hasta la forma en que pronunciaba su nombre la hacía temblar, sonaba como chérie en francés.

—No puedes... no estamos... ¡Anthony! ¡Por favor! —le ro gaba que la ayudara porque ella ya no tenía fuerzas para re sistir.

Se apartó un poco para mirarlo a los ojos; pero sus bra zos no la soltaron. El fuego de su mirada le atravesaba el alma.

—Ya no eres una niña inocente. ¿Por qué te resistes? Sa bes que será placentero. Ahora o más tarde, no importa cuán do. Y aunque no nos casemos, no habrá ninguna diferencia. No te resistas, Bella.

No debió haber dicho "eso. Lo supo al instante, cuan do vio que sus ojos color amatista echaban chispas color vio láceo.

—Sólo un hombre puede decir eso. Es obvio que para ti eso es sólo un momento grato. Pero una mujer exige algo más.

—Hablas como si fueras virgen —le dijo con tono acusa dor—. ¿A quién le molesta que tú y yo hagamos el amor?

Isabella no podía respirar. ¿Cómo podía hablar de otra forma si era virgen? ¿O una viuda podía darse el lujo de ser li beral? ¿Cómo saberlo?

—No sé por qué lo discuto contigo —dijo para defen derse—, no tendrás derechos de este tipo antes de que nos ca semos.

—¿Quieres obligarme a que vaya a buscar al ministro para aliviar mi dolor?

—¿Qué dolor?

—No juegues conmigo, Isabella. Has estado casada, de berías saberlo bien. ¿Sientes esto? —presionó sus muslos con tra los de ella—. ¿Crees que esto no duele si no halla satis facción?

—Yo... yo... —Se ruborizó, y trató con todas sus fuerzas de que la soltara. —Lo lamento, yo...

—De acuerdo. —La soltó de repente. Luego vio lo ate morizada que estaba, y se arrepintió. —Yo soy quien debe la mentarlo, Isabella. Sé que estoy precipitando las cosas, discúl pame. Pero eres tan deseable.

—¿No... no irás a buscar al ministro, no? —preguntó va cilante.

¿La atemorizaba eso?

—¡No lo sé! —levantó la voz—, ¡maldición, me frustras, mujer!

Dio media vuelta y salió. Isabella corrió a su cuarto, y dio un portazo.

¿Qué iba a hacer ahora? Esta escena no podría repetirse. ¿Qué demonios iba a hacer?