¡Hola a todos! ¿Cuanto tiempo, verdad? No se que pasó por mi cabeza hace un par de días que pensé "¿Y mi fic de Camus? ¿Qué onda? ¡Debería seguir publicando!" En seguida me acordé por que no había terminado de publicar los tres capítulos que ya tenía escritos, por lo que me puse a agregar y arreglar las cosas que me faltaban cuando lo dejé olvidado. Ahora regreso para publicar todo lo que había escrito entonces y el final. Muchas gracias a los que leen esto a pesar de que pasaron dos años y medio desde que lo publiqué por primera vez. Encontré errores ortográficos en los primeros capítulos y quiero corregirlos también, así que voy a rondar por acá un poco. Saludos.
Capitulo Diez: Vuelta al Santuario: Un Año de Paz.
Horas de vuelo interminables, para volver a la calurosa Grecia, no tenía sentido.
El calor abrasador y el cansancio que implicaba respirar un aire caliente tenían exhausto a Camus.
Acababan de bajar del avión, y estaban por dirigirse al Santuario.
Hyoga estaba por irse a la casa de su padre, el que su madre Natassia lo había llevado a ver desde un principio, cuando murió en el barco. Pero no sabía por donde comenzar a buscar.
— Tengo un destino decidido, y quiero hacerlo valer. — Dijo con lealtad cuando se despidió de Camus.
— Hyoga, nadie tiene un destino decidido… el destino lo construimos nosotros en el día a día. ¿Qué quieres hacer de tu vida? Hazlo. Y si algún día te dije que hagas a un lado eso que sientes, ahora, que ya no soy más tu maestro, te digo que te olvides de todo. Porque no hubieras llegado a este punto sin haber tenido emociones. No habrías logrado todo lo que lograste, no habrías resistido tanto… No pienses que tienes un destino decidido, y que no puedes escapar a él. Ve, busca a tu padre, pero no porque creas que eso es lo que la vida guarda para ti. Hyoga, escúchame bien, forja tu propio destino. Todos tenemos la posibilidad. — Megara sonrió al escuchar esas palabras salir de la boca de Camus. Porque eran las mismas que había escrito Boris en su cuaderno, esperando que lleguen a él algún día. Cada generación se daba cuenta antes de que los sentimientos no podían ser ignorados. Boris, Camus y ahora Hyoga. Su personalidad siempre fue fría, pero que sea fría no dejaba de hacerla llena de emociones. Y ese era el destino que él buscaba, el que quería para su vida.
— Gracias. — Murmuró abrazándolo. — Nunca voy a olvidar el entrenamiento.
— Si quieres olvídalo Hyoga, no es tan importante como lo que te acabo de decir. — El cisne sonrió. Y abrazó con cariño a Megara. Ella era su hermana mayor, aunque la diferencia de edad era poca. Camus tenía diecinueve años, Meg diecisiete y él trece. Todo estaba bien, porque Hyoga había entendido.
— Vuelve cuando quieras. Simpre te estaremos esperando. — Sonrió la sagitariana.
— Lo se. — Contestó ladeando la cabeza. — Suerte maestro.
Aunque Hyoga no supiera que su maestro era en realidad un Caballero Dorado, sabía que podía encontrarlo buscando su cosmos. Y ese cosmos, sería su guía durante todo el tiempo en que necesite ayuda. Se aferraría a él, y al cosmos de Athena, a la vida de Megara, al valor del sacrificio de Isaac, y al recuerdo de su madre. Se aferraría a ellos, porque él nunca ignoró sus sentimientos. Él no lo intentó. El mensaje de Boris detrás del cuaderno cumplió su función. Le avisó a un acuariano sobre la falsedad de la teoría de los sentimientos. Esta vez al fin, se rompió el ciclo.
— Cada día hace más calor en Grecia. Estoy seguro de que cuando nos fuimos no había este clima. — Comentó enfadado Camus.
— Eso es porque pasamos tres años fuera del mapa. — Murmuró su compañera.
Estaban en la puerta del Santuario, a punto de entrar cuando escucharon el chillido de una mujer.
— ¿Qué pasa? — Preguntó alterada mirando fijamente a quien emitió el sonido.
— ¡Dioses Meg! — Grito de nuevo. — ¡Estás re grande! — Ella enfocó la vista sobre su interlocutora. Una máscara azul y blanca, muy delicada. Si la viera en cualquier lado le haría recordar a… es máscara es tan…
— ¡Carly! — Gritó al reconocerla. — Cielos estás tan cambiada. — Al verla, no la reconocía. El cabello azul antes muy largo, ahora estaba corto por lo hombros, y su cuerpo estaba tan grane… pero ¿Cuánto puede cambiar una persona en tres años?
— Oh por Zeus, voy a morir, tengo que llamar a Milo. — La sola mención de su amigo le dio dolores de cabeza.
— Aún no Carly. — Dijo Camus susurrando suavemente, como era su estilo, hablar calmado y tranquilo.
— ¡Camus! — Gritó la mujer de piscis, la amazona de Amatista. Definitivamente Grecia era otro mundo.
— ¿Pueden bajar la voz? — Preguntó seriamente, pero con una chispa de diversión en sus ojos.
— Lo siento. — Se excusó Megara. — La soledad de Siberia es a veces aterradora.
— ¿Podemos pasar? — Preguntó él encarnando una ceja.
— ¡Claro! — Contestó la guerrera abriendo las pesadas puerta como si fueran dos pedacitos de cartón.
— Oye, te has vuelto muy fuerte. — Comentó Camus con una sincera admiración.
— En tres años algunas cosas cambiaron. No muchas en realidad.
Mientas que iban hablando de esos años separados, pasaron por las casas zodiacales. En cada una de ellas, se los recibió de una forma amable y con una sincera y cálida bienvenida.
Después de tantos abrazos no querían volver a salir del Santuario nunca más, solo para no tener que aguantar toda la parcimonia de las bienvenidas.
En Escorpio no había nadie.
— Que raro, pensé que Milo estaría aquí. — Murmuró Carly
— ¡Kaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaamyu! — Un grito desgarrador los interrumpió. Miraron a la puerta trasera, y se encontraron con él. Milo de Escorpio, sorprendidísimo de encontrar a sus amigos en su Templo. ¿Y quién más podía ser? Milo era el único que podía decirle "Kamyu" como realmente se pronuncia su nombre en francés.
— Milo, ¿Cómo has estado? — Camus se forzaba a actuar normal, a no perder la compostura, a no dejar ver lo contento que estaba de verlo, pero… ¿No era otra cosa lo que le dijo a Hyoga antes de venir al Santuario? ¿No le había dicho que los sentimientos no debían ser ignorados? Entonces… ¿Por qué seguía insistiendo en ignorarlos? Suspiró y finalmente, abrazó a su amigo después de tres años de ausencia. — Dioses, Milo, no tienes una idea de lo que te he extrañado. — Su amigo se separó de él bruscamente.
— Wow… ¿Quién eres y que hiciste con Camus? — Preguntó seriamente.
— Bueno… — Empezó él encogiéndose de hombros. — Tres años es suficiente tiempo para hacer cambiar a la gente.
— Pero… ¿Qué te pasó?
— Boris. — Respondió con una pequeña sonrisita.
— ¿Boris? ¿Cómo? — Preguntó extrañado.
— Bueno, una nota de él que escribió cuando entrenábamos en Siberia. La dejó para que la lea cuando fuese a entrenar a mi alumno, y la encontré ahí.
— ¿En serio? — Preguntó anonadado. — ¿Dice algo sobre…?
— No. Solo habla de él… y de mi. Fue escrita mucho antes de lo que pasó.
— Entiendo… — Murmuró el escorpión pensativo. Luego se volvió hacia su amigo. — En serio, como has cambiado.
— ¿Yo? Creo que las más cambiadas son ellas. — Contestó señalando a las chicas.
— ¡Oh Meeeeeg! — Empezó a gritar cuando la vio. La abrazó fuertemente y dio vueltas alrededor de la habitación. — Que linda te ves. — Comentó mientras la soltaba. — Como los extrañé.
— Nosotros también Milo. ¿No quieres acompañarnos a Acuario? De paso te contamos toda la historia de Siberia.
— Buna idea. — Contestó él emprendido viaje hacia la salida trasera del Templo.
En el trayecto pasaron por Sagitario. Camus observó con cariño como la pintura de Paris de Daphné seguía ahí. Era increíble. Mantenía su espíritu en el ambiente. Era como si ella realmente estuviera ahí.
Sacudió la cabeza a ambos lados. Tenía que recordarlo. Ella estaba ahí.
Miró a Meg y la vio a través de sus ojos.
— Oye, hay que ir con el Patriarca ¿No?
— Es verdad, ya me estaba olvidando. Tengo unas ganas de descansar…
— ¿Te agota más un viaje en avión que tres años de entrenamiento en Siberia? — Preguntó ella con una chispa de diversión en sus ojos. Camus rodó los ojos.
Pasaron de largo por Acuario y saludaron a Afrodita en Piscis.
— Patriarca. — Se comunicó con el cosmos el francés antes de entrar.
— Si Camus, han vuelto.
— Si Señor, veníamos a comunicarle nuestra llegada.
— Está bien. — El Sumo Pontífice les dio la espalda. — Pueden volver al Templo. Estoy enterado de lo que pasó con el otro alumno. Los mensajeros me lo contaron. — Camus asintió. Dos veces en el año venían los mensajeros a Siberia a evaluar el progreso de los alumnos y uno de ellos reportó lo sucedido con Isaac. Nombrar lo que ocurrió con su alumno, ensombreció el rostro de Camus. — Lo siento mucho.
— Está bien. Fue una desgracia.
— Lo fue. — Se limitó a decir.
— Adiós Señor. — Camus le dio la espalda al Patriarca y caminó delante de todos.
— ¿Oye que pasó con el alumno de Camus? — Preguntó en un susurró Milo. Meg suspiró.
— No lo se realmente. Isaac intentó salvar a Hyoga, el otro alumno de Camus y fue arrastrado por las corrientes de los mares de Siberia. No sabemos que pasó con él, solo sabemos que en el agua quedó mucho sangre impregnada.
— Ohh, eso es terrible. — Exclamó Carly.
— Lo es. Fue un trauma psicológico para todos nosotros. Camus la pasó bastante mal.
— Ohh. — Susurró Milo y miró a su amigo caminando a unos pasos de ellos. Las cosas que cada persona sufrió en el Santuario y fuera de él fueron terribles sin duda. Nadie estuvo exento al drama. Bueno, después de todo eran caballeros.
Se quedaron en la casa de Acuario durante un tiempo, para hablar sobre los cambios en esos tres años.
— ¿Y que pasó aquí? — Preguntó Camus.
— No mucho. Mu tiene un alumno.
— ¿En serio? — Exclamó Meg.
— Si, se llama Kiki, tiene ocho años. Esta aquí por la Armadura de Aries.
— Vaya… — Suspiró el francés. — Parece que solo fue ayer cuando nosotros teníamos ocho años.
— Acéptalo amigo, tenemos casi veinte, el tiempo pasa para todos.
— Es verdad. — Contestó con una pequeña sonrisa.
— ¡Lo iré a visitar! — Sonrió Meg. — Después de todo, fue Mu quien le insistió al Patriarca para que me quedara aquí.
— Es verdad — Comentó Carly. — Además Kiki es un amor. Siempre anda con Mu, será un buen caballero de Aries.
— Supongo que no estaremos para verlo. — Contestó Milo. — No se cuantas guerras habrá hasta que ese momento llegue, pero dalo por hecho. Kiki será el mejor.
Camus se quedó pensando. ¿Cuantas cosas podrían pasar en un par de años? ¿Cuántas cosas cambiarían cuando ellos no estén más?
Y realmente es verdad. El tiempo pasa para todos.
— Entonces, cuéntame, ¿Cómo estuvo Sibería? — Preguntó Mu de Aries, sentado en la sala de su templo. Estaba tomando un té con Megara, quien acababa de llegar.
— Estuvo bien, digo, no fue el paraíso, pero claramente nos unió más.
— Me alegro que puedas tener algo de felicidad en medio de todo esto. Se que todos sufrieron mucho.
— Tu también Mu. — Intervino ella tomándolo del hombro amistosamente. — No escondas o niegues tu dolor, es sano reconocerlo.
— Lo se Meg. — Sonrió melancólicamente el caballero de Aries. — No me preocupo por mi dolor. Me preocupo por el tuyo. No se cuando, pero se vienen tiempos oscuros, y quiero que estés a salvo. — Murmuró preocupado. — Shion y yo no te trajimos para que sufras y mueras. Te rescatamos por que queríamos verte vivir, verte crecer.
— Mu… — Susurró incapaz de decir algo más.
— Solo quiero comprobar que vas a estar bien si algo sucede en el Santuario.
— ¿Hablas de la Guerra Santa? — Preguntó mientras un pozo negro se abría en su pecho. Hablar de la Guerra Santa, si quiera pensarlo, le daba mucho temor, como quien aleja el pensamiento de la muerte con la seguridad de que eso que tanto lo asusta, llegará algún día.
— De lo que sea Meg. Somos Caballeros de Athena, dispuestos a luchar a muerte por lo que creemos y defendemos, este lugar no es muy seguro para jovencitas como tu. Necesito saber que si ocurre algo, sea la Guerra Santa o cualquier guerra o batalla, estarás segura y a salvo.
— Estaré con Camus, Mu, nada puede pasarme. — Contestó segura de su respuesta, aunque en el fondo ocultaba su extrema preocupación por él.
— No Meg, no. Camus no podrá protegerte siempre, por que quizá haya veces en las que no se pueda proteger a si mismo. Es necesario que sepas que si algún día pasa algo, tienes que irte, Camus seguramente sabe lo importante que es esto. No debes sentirte mal por él, es lo que quiere, batallar por Athena es lo que él es, su misión, al igual que la mía. Pero no es la tuya Meg, y sería injusto que salgas herida por una causa que no tiene que ver contigo.
— Nunca abandonaría a Camus. — Sentenció.
— Megara. — Exclamó Mu contundente. — Si Camus muere en batalla, no estarás segura. Nosotros no podemos protegerte todo el tiempo, por que no podemos protegernos a nosotros mismos si quiera. No subestimo la fuerza de nuestro oponente, tengo que tener contemplar la posibilidad de nuestra muerte, y no me gustaría que fueras parte de eso.
Megara se quedó callada. Hasta ese momento nunca pensó en la muerte de Camus, o de ningún caballero. No podía si quiera pensarlo, era algo horrible e infinitamente triste.
— Si Camus muere, no me queda nada, no me importaría morir.
— ¡No! — Dijo lleno de miedo. — Meg, no. No llegaste hasta acá, no pasaste todo lo que viviste para terminar muerta en una lucha que no tiene que ver contigo. Camus seguramente piensa igual que yo. Milo también. Todos los que te queremos no deseamos verte muerta. Camus sobre todo. Tienes que vivir Meg, cueste lo que cueste.
Ella enmudeció. No sabía a ciencia cierta si tenía razón o no. Mu siempre le dio consejos sabios, y siempre lo escuchaba en todo, pero esto… no, no podía imaginar su vida sin Camus, Milo o Carly, y mucho menos, imaginarlos muertos.
— Vamos Camus, acuéstate un rato. — Murmuró Meg sentándose a su lado en el sofá. Él suspiró.
— Si, estoy demasiado cansado.
— Lo se, yo también. Es como si el peso de estos tres años en Siberia me bajaran encima. — Suspiró exhalando todo el aire acumulado en sus pulmones. — Vamos descansa un momento. — Él la miró con una media sonrisa.
— Solo si vienes conmigo. — Megara le devolvió la sonrisa con ternura y lo abrazó.
El rayo del sol que se filtraba por las ventanas la despertó lentamente.
Intentó moverse, pero los brazos de Camus la tenían inmovilizada.
Su espalda estaba contra su pecho. Su piel era tan suave, no parecía propia de un caballero de Athena, de alguien que dedica sus días a luchar. Una de sus piernas estaba entrelazada entre las de ella.
Se dio la vuelta solo un poco. Camus miraba la ventana absorto en sus pensamientos.
— ¿Estabas despierto?
— Solo hace un momento. — Ella sonrió.
— Esta siesta reparadora me hizo bien. Me gustaría poder dormir años.
— A mi también. — Contestó riendo. Podía sentir la risa en su hombro, la mueca de felicidad.
— ¿Te pasa algo? Te estás riendo.
— Soy un humano.
— No sueles hacerlo seguido. ¿Pasó algo? — Él se encogió de hombros.
— No lo se. Creo que descansar de verdad me puso de buen humor.
— Creo que es porque al fin tenemos algo de paz.
— Eso es verdad. — Meg se dio la vuelta y lo miró de frente.
— ¿Te das cuenta de que ahora somos realmente felices?
— No te ilusiones tanto. Cualquier cosa podría pasar.
— Bueno, que pase, pero si ahora puedo estar así contigo durante todo el día, puede venir Zeus, Hades o cualquier deidad rencorosa, que yo moriría feliz.
En una pasado remoto quedó el sufrimiento por la pérdida de sus maestros, en algún pasado lejano quedó el sufrimiento de ser caballeros, en algún pasado olvidado quedaron los años en Siberia, aunque fuese hace un momento que llegaron de allí.
Y Camus volvió a reír, y ella volvió a mirarlo. Y ambos se besaron, mientras los rayos de luz entraban en un calido atardecer, llevándose el día hacia la noche, y con él, el último año de paz.
