-Se asoma- hola, yo sé que he tardado más de la cuenta y les pido disculpas, pero la escuela me tiene absorbida y no he tenido mucho tiempo o inspiración para escribir (deberían prohibir la tarea como en Francia XD) y pues eso, tarea, tarea y más tarea, y luego aparte ando enferna y otros problemillas XD, me gustaría mucho decir que de ahora en adelante me apuraré a escribir y actualizar más seguido, pero les estaría mintiendo XD, así que sólo les pido paciencia y un poco de su comprensión, pero si se quieren desquitar con alguien háganlo con la materia de cálculo, porque esa es la culpable de mis sufrimientos (?) Sin nada más de qué quejarme les dejo el cap, que espero les guste y me dejen un review, porque literalmente padecí para poder tenerlo listo lo más pronto posible.
Mi nacionalidad y acta de nacimiento afirman que no soy Himaruya Hidekaz, así que por lo tanto Hetalia no me pertenece.
Capítulo 8 El feo más belloSegún Alfred, adular a Alejandro no había resultado como esperaba. Mathew no comprendía cómo eso pudo haber fallado, ya que Francis era el gurú del amor, y que errara en algo tan simple como ese consejo era algo para recordar. Estaba pensando muy seriamente en ir a hablar con él, porque Alfred tenía razón, a él jamás intentaría abordarlo.
—Francis ¿te encuentras ahí?—dijo con su vocecita, tocando tenuemente la puerta de la habitación de Francis.
Francis alcanzó a escuchar el suave murmuro de Mathew, así que se recogió el cabello y se medio vistió, no quería ser el culpable de un posible trauma en Mathew.
—Oh, mon petite Mathew, pasa, pasa—se hizo el sorprendido dejando pasar a Mathew, que esta vez llevaba su oso de felpa, ese oso viejo y sucio que llevaba desde que lo conoció, cuando sus padres se hicieron cargo de Mathew por un tiempo y él la hizo de hermano mayor; oh sí, que bellos recuerdos.
—No funcionó, tu consejo no funcionó—dijo Mathew tan directo como siempre, sentado nervioso en la cama, a un lado de Francis, y al parecer Francis no estaba tan perturbado como él, y eso ya era un problema.
—Te lo dije mon petite, Alfred no fue hecho para hablar—dijo Francis soltando una pequeña risa, intentando contagiar a Mathew que parecía muy tenso, que movía sus manos de forma rápida y nerviosa, estrujando de paso el oso de felpa.
—Eso ya lo sé, lo que quiere saber ahora es otra técnica—dijo Mathew notando cómo de pronto el mundo comenzaba a perder sentido, mirando a Francis hablar y hablar y él ni siquiera le ponía atención, intentando despejar su mente y aclararse él mismo. Puede que no fuera el mejor momento para una revelación interior o para meditar, porque ciertamente estaba en compañía, pero sabía que si no lo hacía en ese momento no lo haría nunca, y por eso debía de aprovechar esa oportunidad.
—…Pero puede que ninguna de esas funcione con Alfred, siempre puede intentar ser directo sin tantos rodeos—terminó Francis, sacando de su estupor a Mathew, notando él mismo que Mathew en ningún momento le puso atención a toda su perorata.
—Ser directo…—musitó Mathew, alzando la mirada, totalmente resuelto, aunque no sabía muy bien para qué. Apretó con fuerza a Kumajiro, sabiendo que sus agallas nacían gracias a la existencia de ese oso, acercándose de a poco a Francis, que si bien se dio cuenta de sus intenciones, no hizo nada por apartarlo. Y cuando estaba a punto de lograr lo que al fin sabía era lo que había resuelto a hacer, la puerta se abrió, y un quejumbroso y alborotado Antonio entró.
— ¡Francis, el jefe necesita ayuda!—lloriqueó Antonio lanzándose cual doncella a los brazos de Francis, que ni corto ni perezoso lo sostuvo sin replicar.
—Mathew, querido, ¿podrías dejarnos hablar a solas?—pidió Francis con Antonio llorando como Magdalena entre sus brazos aun.
—S-Sí…—no necesitó una segunda petición, Mathew ya estaba por irse, por vergüenza y porque sus anteriores agallas habían sido esfumadas en el aire justo en el momento en que Antonio había abierto esa puerta.
Salió rápido y cabizbajo, riendo irónico ante la situación, porque sabía que siempre iba a quedar en segundo plano, lo único bueno es que ya estaba acostumbrado.
— ¿Qué sucede mon ami Antonio? Luces terrible—preguntó Francis sobando la cabeza de Antonio, que se sorbía los mocos e hipaba por llorar tanto.
—E-Emma vuelve en dos semanas—comenzó a decir, y Francis pudo imaginarse el rumbo del asunto—No veo el problema—le dijo suavemente, como lo haría una madre con su hijo—El problema es que yo ya no sé si la amo todavía—zanjó Antonio, y realmente dejó sin palabras a Francis, porque Francis nunca había conocido a pareja más enamorada que Antonio y Emma, ni persona más loca de amor que Antonio, por eso la confesión de Antonio lo había dejado sin saber exactamente qué decir.
—C-Cher, debes estar bromeando—musitó, volteando ver a Antonio y mirándolo directamente a los ojos. Antonio negó con la cabeza en silencio, y Francis comprendió que nada de lo que dijo era mentira, Antonio Fernández Carriedo oficialmente había olvidado a Emma van Djik.
1
—Dime Eva ¿de dónde eres?—preguntó Toris mientras caminaba a un lado de la mencionada, que iba mirando cada seto de rosas que la madre de Antonio cuidaba con tanto esmero.
—Tipo que soy de Polo…—Feliks se calló, porque sabía que si le decía que era de Polonia muy probablemente Toris se diera cuenta de que era él, aunque Elizabeta le haya asegurado que ni su madre lo reconocería.
Toris miró por el rabillo del ojo a Eva, esa muchacha de hermosos ojos verdes que le recordaban a alguien, aunque realmente no tenía ganas de recordar a quién. Por un lado se sentía mal al haber dejado que Natasha se fuera, porque muy probablemente iba a decirle al señor Iván que ya no quería más clases de basquetbol, y sabía que el señor Iván se tomaba muy a pecho cada problema de sus hermanas, y eso lo hacía sentirse nervioso. Por otro lado no podía dejar sola a una señorita, pero su silencio ya lo estaba mortificando, porque muy probablemente ella se encontrara incomoda a su lado y no quería hacérselo saber tan directamente.
— ¡Tipo, que soy del Polo Norte!—dijo finalmente Feliks, sabiendo que por la mente de Toris podría formularse multitud de conclusiones acerca de su silencio para nada favorables, además de que en su momento de nerviosismo fue lo primero que cruzó su mente.
— ¿D-Del Polo Norte?—preguntó dudoso Toris, porque realmente nunca había conocido a nadie exactamente de ese lugar. La señorita Elizabeta sí que tenía las amistades más insólitas.
— ¡Sí, o sea, es genial!—dijo triunfante, y al instante se tapó la boca a sabiendas de que su forma de hablar también podría delatarlo, aunque realmente su acción de taparse la boca llamó más la atención de Toris que su manera de hablar.
— ¡Eva, es hora de irse, ya han venido por ti!—a lo lejos Elizabeta ondeaba su mano, llamando a Feliks. Feliks se sintió aliviado, aunque a la vez desilusionado porque tendría que irse del lado de Toris, pero al menos todo había valido la pena.
Se paró de puntillas y le dio un beso en cada mejilla como despedida.
— ¿Vendrás de nuevo?—preguntó Toris, un poco nervioso pero intentando sonar seguro, a lo que Feliks casi saltaba de la emoción, porque nunca imaginó que Toris le preguntara algo tan ansiosamente, regularmente siempre era él quien hacia esa clase de cosas.
—Obvio que si—dijo y le guiñó un ojo, comenzando a irse en pos de Elizabeta y perdiéndose de la vista de Toris.
Toris sonrió, viendo la manera tan peculiar de caminar de Eva, que le recordaba mucho a la de Feliks, y ahora que lo mencionaba, no recordaba haber visto a Feliks en todo el rato que llevaba en la casa del señor Antonio, muy probablemente estaba enojado en su habitación, porque no había ido a verlo directamente a él. Ya luego le compraría algo para subirle el ánimo la próxima vez que viniera, porque estaba convencido de volver.
2
Gilbert se dejó caer en su cama pesadamente, flipando con su celular en la mano, pensando en las palabras de Roderich y que quizás, muy probablemente tuviera razón, pero eso jamás se lo diría al señorito podrido de Roderich, porque no quería darle el gusto.
Él, el grandioso y fantástico Gilbert Beilschmidt estaba enamorado de Elizabeta Hèdérváry, la marimacho salvaje y poco femenina, esa chica sin gracia que siempre se la pasaba golpeándolo por la más mínima cosa, y que además, a su vez, estaba enamorada de Roderich Endelstein; un completo juego de locos donde él salía perdedor.
—No puede ser verdad—dijo apagando la pantalla de su celular, donde se pudo ver la foto de dos niños vestidos con el uniforme de futbol americano, uno castaño y el otro albino.
3
Lovino estaba atrincherado en su habitación, no quería salir para nada ni dejar pasar a nadie. Feliciano hacía todo lo que podía para convencerlo de salir, pero simplemente Lovino no cedía, y Feliciano realmente estaba perdiendo el entusiasmo.
— ¡Vamos fratello, sal de ahí vee~!—decía Feliciano golpeando débilmente la puerta de la habitación de Lovino, sin ningún resultado realmente.
— ¡Y-Ya te dije que no voy a salir, idiota, no insistas!—dijo Lovino lo más alto que pudo, envuelto entre las cobijas— ¡Y deja de decirme fratello! ¿Acaso quieres que nos descubran, imbécil?—reclamó a gritos.
Desde que Antonio lo abrazara en la sala Lovino se había enclaustrado en su habitación sin fecha para salir, porque su dignidad como hombre estaba por los suelos, porque nuevamente otro hombre le había hecho cosas raras, tratándolo como una mujer, aunque puede que tuviera en parte culpa. No podía pensar en la escena sin sonrojarse, ya sea por el coraje o la vergüenza, pero el mal rato nadie se lo quitaba. Tenía planeado salir hasta que la emoción del momento desapareciera, es decir, hasta que mirar a Antonio no le provocara ganas de partirle la cara y salir corriendo después, como el buen macho que era.
—Vee~ pero la cena ya va a estar lista—replicó Feliciano, y las tripas de Lovino chillaron en respuesta.
Saltó de la cama como resorte y alisó la falda del vestido, mirándose en el espejo de cuerpo completo que tenía en el cuarto, preguntándose qué coño miraría Antonio en él, porque si él conociera a una chica igual, estaba seguro que la descartaba en el momento porque, era plana, para empezar, con una postura bastante forzada, sin muchas curvas, y que además hacía todo mal; definitivamente Antonio tenía un problema, uno grande; pero ese no era asunto suyo, después de todo, él era hombre y le gustaban las mujeres, fin de la discusión.
—Andando, idiota, no querrás que se enfríe—dijo Lovino saliendo de la habitación con un portazo, pegándole un susto de muerte a Feliciano. Lo jaló del brazo y se fueron a la cocina.
— ¿Fratello…?—susurró Lily desde el pasillo, en un ángulo en que ni Lovino ni Feliciano la pudieran ver—significa…hermano ¿no?—su cara describía perfectamente lo que pasaba por su cabeza, un desconcierto total, aunque ella bien pudo haberse equivocado en su conclusión.
4
Lovino entró a la cocina escudándose "disimuladamente" detrás de Feliciano, deseando que al idiota de Antonio no se le diera por ir a vagar por ahí.
—Hasta que decides aparecerte—regañó Elizabeta, rodeando con un enorme cucharón la sopa— ¿se puede saber dónde te la has pasado metido…metida?—corrigió cuando vio entrar a Lily.
—…En mi habitación—contestó Lovino escuetamente.
—Espero que no se te vuelva una costumbre, no les conseguí trabajo para que se la pasen haciendo el vago, y ustedes saben todo lo que batallé—decía Elizabeta apuntando a Lovino con la enorme cuchara de metal, haciendo que le temblaran las rodillas del terror.
— ¡No volverá a ocurrir!—exclamó Lovino detrás de Feliciano.
—Vaya, vaya, huele muy bien por aquí…y no lo digo por la comida—la forma en que Francis arrastraba su voz al hablar le puso los pelos de punta a Lovino, recordando "ese" incidente con el pervertido barbón.
—Francis…—amenazó Elizabeta con un sartén en la mano, dispuesta a atacar en cualquier momento si la situación lo requería.
—Largo de aquí—Vash apuntó a Francis con su revólver, y Francis no tuvo de otra que alzar las manos y gritar desesperadamente que se rendía.
—No es momento de armar revuelo, indecentes—dijo Roderich uniéndose al evento, y Lovino se imaginó todo un circo en ese lugar de locos.
—Señor Roderich—saludó Elizabeta con una inclinación, pero Vash simplemente lo ignoró, apretando con fuerza el revólver y bajando la cabeza, saliendo de la cocina azotando la puerta.
—Supongo…que aún no me perdona—murmuró Roderich, teniendo como única testigo a Elizabeta, que era a la que tenía más cerca.
Elizabeta miró a Roderich un momento antes de comprender la situación, y no es que fuera la mejor en esos casos, pero tanto yaoi en su vida comenzaba a adiestrarla de buena forma, y lo que descubrió en ese momento hubiera preferido saberlo cuando estuviera sola, para poder llorar sin llamar la atención, a eso podía atribuirle su falta de lágrimas para ese momento.
— ¡No dejes al grandioso yo con la palabra en la boca, señorito!—gritó Gilbert entrando a la cocina también, renovando el ambiente de tensión.
—No tengo tiempo para estas cosas, Gilbert—reclamó Roderich encarando a Gilbert con toda la frustración que en ese momento la evasión de Vash podía causarle.
— ¡Pero si aquí adentro hay una fiesta!—exclamó Antonio entrando también a la cocina, y Lovino giró el rostro completamente rojo, con unas tremendas ganas de salir corriendo de vuelta a su fortaleza, sabiendo que Feliciano le llevaría la cena en algún momento.
Un enorme alboroto comenzó en la cocina después de que, atraídos por los gritos, los invitados restantes entraran también.
— ¡Te lo he dicho rana pervertida, deja de toquetear a la gente!—y ahí cuando los golpes comenzaron.
—Ven conmigo, vee~ —Feliciano se llevó a Ludwig de ahí, porque por la cara que tenía era más que claro que no deseaba permanecer en un lugar como ese, igual que él, porque tenía miedo de que le pegaran en algún momento.
—Vee~ Lud ¿conoces la historia de Los amantes de Teruel?—preguntó Feliciano de repente, sentado en una de las sillas del enrome comedor completamente solo excepto por ellos dos.
—Creo que sí—contestó Ludwig masajeándose el puente de la nariz, bastante irritado con el ambiente de la cocina.
—Pero a mí me gusta más la de Romeo y Julieta vee~ —dijo Feliciano, recargando su barbilla en las palmas de sus manos abiertas sobre la mesa— ¿Cuál te gusta a ti, Lud?—preguntó nuevamente, esperando ansioso la contestación.
—S-Supongo que…la de Tristán e Isolda—contestó, no muy seguro de eso, porque historias de amor realmente trágicas no era lo suyo, realmente historias de amor no eran lo suyo, a decir verdad.
— ¿Pero ves la similitud de las historias? En todas los dos amantes mueren y no pueden vivir su amor, y eso es muy triste vee~ —comentó Feliciano, comenzando a balancear los pies por debajo de la mesa.
— ¿Entonces por qué lees esa clase de historias?—recriminó Ludwig, anotando mentalmente que debería leer un poco más de toda esa cursilería.
—Porque si el amor fuera tan fácil como en las películas, todos serían capaces de encontrarlo, pero ellos lucharon por lo que querían y pelearon hasta el final, y por eso son mi ejemplo y los admiro vee~ —dijo Feliciano, y realmente Ludwig no se esperaba que esa muchacha de aspecto tan bobo fuera tan profunda cuando se trataba de sentimientos, y se sonrojó al darse cuenta que no podía quitarle la mirada de encima, simplemente no podía.
5
— ¡Llamaré a Sesel y que ella diga quién de nosotros dos es mejor!—exclamó enfadado Arthur siendo sujetado de los brazos por Alfred, mientras que Francis era jaloneado por Mathew de la manga de su camisa, todo para evitar que se terminaran por matar ahí mismo.
—Adelante, llamala, pero no me haré responsable de tu corazón roto, te aviso de una vez—dijo de pronto calmado Francis, con Mathew aun sujetando la manga de su camisa, despeinado y con los lentes chuecos.
— ¡Maldito…!—amenazó Arthur con el puño—Alfred, dame mi celular—y al momento Alfred le tendió el aparato a Arthur, no sin cierto temor a que también le arrancara el brazo—Ahora verás, estúpida rana—marcó el número y esperó solamente dos timbres antes de que contestaran.
—H-Hola, Sesel ¿podrías venir a la casa de Antonio?—preguntó Arthur educadamente, como si nunca hubiera intentado sacarle los ojos a Francis con las uñas— ¿No podrás hoy? ¿Cuándo está bien para ti?—está de más decir que todos en la cocina esperaban ansiosos la respuesta, cosa que Arthur todavía no sabía—Entonces en tres días vendrás, mantente en contacto conmigo, adiós—dijo y colgó, topándose con el silencio sepulcral del lugar.
—…Entonces, tengo tres días…—Alfred escuchó a Mathew murmurar, con la mirada decidida que casi nunca le miraba, y entonces supo que tenía la oportunidad perfecta para ser el héroe de su hermano, y cabe decir que era la oportunidad perfecta para mostrarle a Alejandro que sí había cosas que podía hacer.
—Tenemos tres días, Mathew—corrigió llegando al lado de su hermano y sonriéndole ampliamente, a lo que Mathew presintió que nada bueno podía salir de todo eso.
En ese momento el celular de Roderich vibró, porque lo tenía en vibrador para no interrumpir la cena. Salió de la cocina para contestar.
—Diga—descolgó, y del otro lado de la línea la voz del director de la orquesta estaba— ¿Cómo pudo ser…? ¿Tan pronto? ¿No se suponía que sería dentro de tres semanas?—no pudo evitar preguntar todo al mismo tiempo, porque el asunto le inquietaba a tal punto de querer descargar su furia a como diera lugar.
—Entiendo, no hay más que decir, lamento mi exaltación, que tenga buena noche—colgó, dejando el celular en la mano, apretándolo tan fuerte como su fuerza le permitía— ¿Así que sólo cuatro días…?—se recargó en la pared y respiró profundo, deseando poder llorar.
— ¿Qué te pasa señorito? Me han mandado a buscarte, así que debes de estar altamente agradecido de que el fabuloso yo venga—soltó de corrido Gilbert, pero realmente no esperaba que la reacción de Roderich a sus "indecentes" palabras fuera nula, que mantuviera la mirada clavada en el suelo—E-En serio Roderich ¿qué te pasa?—preguntó un tanto nervioso, porque nunca, desde que tenía memoria, había visto a Roderich tan abatido.
—Me voy en cuatro días, Gilbert, la gira se adelantó…—dijo Roderich en el mismo tono desganado, dejando caer su celular al piso—y él no me perdonó…—susurró, casi a punto de derrumbarse, y Gilbert realmente no sabía qué hacer en esa situación.
Entonces Elizabeta entendió muchas cosas, pero otras quedaron completamente, e incluso más, en brumas, porque no sabía la razón por la que no sintiera ganas de llorar, la razón por la que sentía como si un gran peso hubiera sido quitado de sus hombros, la razón por la que se sentía inmensamente triste, pero no por ella, sino porque conocía bastante el carácter de Vash, y sabía que no iba a perdonar a alguien tan fácil, mucho menos si ese alguien era Roderich Endelstein.
6
—Mathew ¿estás seguro de todo esto? Recuerda que es Francis de quien hablamos—dijo Alfred inseguro, mirando a su hermano con toda la preocupación del mundo.
—Estoy seguro, Alfred—respondió Mathew, apretando con fuerza su oso de felpa, reuniendo valor y coraje.
—Sólo espero...que no salgas lastimado—suspiró Alfred e internamente le deseó buena suerte a su hermano, porque sabía que la necesitaría.
La cena había terminado y Mathew estaba resuelto a decirle de una vez por todas a Francis lo que realmente sentía, sólo esperaba que sus nervios no lo traicionaran nuevamente.
—F-Francis ¿puedo hablar contigo?—preguntó una vez que llegó a su lado, y Francis creyó que iba a morir del mini infarto que le causó la repentina llegada de Mathew.
—Oui, mon petite—dijo más calmado, invitando a Mathew a alejarse de todo el ajetreo del comedor.
Mathew pensó que hubiera sido mejor decir todo aquello cuando ya todos estuvieran dormidos, cuando ningún chismoso pudiera colarse a escuchar, pero estaba seguro que de esperar ese tiempo se hubiera arrepentido, hubiera perdido todo el valor que tanto trabajo le había costado reunir.
—Y-Yo, Francis yo...yo te—pero Francis no lo dejó continuar.
—¿Alguna vez te he hablado de la belleza, Mathew?—él quiso decirle que sí, innumerables veces, pero prefirió dejar que Francis se respondiera solo—la belleza es lo más importante, yo no sería capaz de manchar la belleza nunca, la belleza blanca e inmaculada, Mathew, yo nunca podría hacerle eso a la belleza, porque yo amo las cosas bellas, las cosas sin mancha, mi amor se rige por eso...—Francis hablaba con una infinita melancolía, dejando entrever que no lo iba a dejar continuar con lo que él estaba diciendo, y sintió ganas de llorar, porque indirectamente Francis le estaba diciendo que él jamás amaría a alguien que no fuera bello, hermoso, exactamente todo lo contrario a él, entonces odió su vista miope, sus dientes débiles, sus pulmones enfermizos, su salud delicada, porque gracias a eso nunca iba a poder conseguir el amor de Francis.
—Tú querías decirme algo Mathew, pero me he puesto a hablar yo, y lo siento mucho, por no dejarte hablar, pero...realmente todo lo que dije es verdad—musitó Francis, con la mirada ensombrecida y su voz escueta—entonces hasta mañana, Mathew—dijo sonriendo de pronto, dejando desconcertado a Mathew que no supo qué había sido todo eso.
—¿Me...rechazó?—preguntó aferrando su oso, mirando la dirección en la que Francis se había ido.
Subió hasta la habitación de Alfred, llena de pósters de superhéroes y banderas de los Estados Unidos. Por un momento pensó en llamar a Carlos, su amigo cubano, y contarle lo que había pasado, pero luego recordó que Alfred también le había ayudado, dándole ánimo y deseándole buena suerte, pero le había ayudado, por lo que consideró ir primero con él. Le contó todo, reprimiendo sus ganas de gritar de frustración, siendo escuchado por un muy serio Alfred hasta que terminó.
—Eso no fue un rechazo, Mathew, más bien, no te dejó confesarte, y creo saber la razón—realmente, toda esa situación era demasiado bizarra para Mathew, comenzando con la extraña actitud de Francis y también terminando con la forma tan seria de hablar de Alfred.
—Para Francis, Mathew, para Francis tú eres la cosa más bella ¿no te diste cuenta? Él dijo que no sería capaz de manchar la pureza de la belleza, él estaba hablando de ti, y por eso mismo no te dejó confesarte, porque sabía que no sería capaz de rechazarte, probablemente, muy probablemente él ya sabía lo que tenías planeado decirle, y es por eso que no te dejó hacerlo, para no lastimarte ni salir lastimado él—dijo Alfred, aunque a Mathew le costaba seguirle el hilo de sus palabras. Nunca pensó ni por un segundo que en algún momento Alfred pudiera actuar así, es más, pensaba que le habían cambiado el hermano, o por lo menos reemplazado el cerebro de Alfred, porque Alfred siempre fue un cabeza de chorlito, con su cerebro sobrecargado de héroes y villanos, mal por Arthur y la educación que le dio.
-Eso no tiene sentido Alfred, lo más seguro es que yo no le parezca atractivo y por eso no me haya dejado confesarme, aunque ya estoy acostumbrado a eso, a verlo siempre detrás de personas hermosas, de alabar su propia belleza, y a mí siempre tratarme como a un niño pequeño que no sabe nada—Mathew guardaba bastante amargura, por eso Alfred, de una u otra manera, siempre intentaba subirle el ánimo, ya sea hablándole de héroes o de sus propios problemas, pero nunca se daba por vencido, porque Mathew era su hermano menor y tenía que cuidarlo, porque él era Alfred F. Jones, un héroe, y nunca más iba a dejar solo a Mathew.
—Vamos Mat, créeme, seré un idiota y todo lo que quieras, pero puedo darme cuenta de eso, además ¿cuánto tiempo dura Francis con esas personas "hermosas" que dices? Sus relaciones nunca duran, qué más da lo muy bellas que sean, siempre termina con todos y cada uno de ellos, así que no te preocupes, que yo voy a ayuarte, después de todo ¿tenemos tres días, no?—Mathew sonrió ante el entusiasmo de Alfred, dando gracias por tener un hermano así.
7
La mirada de Kiku se paseaba de Heracles a Sadiq, sin saber muy a quién apoyar o a quién defender. Era normal que ellos dos siempre se estuvieran peleando, aunque casi nunca entendía la razón de sus peleas, pero siempre intentaba calmarlos. Esa vez no era diferente, discutían por todo y nada.
—Te digo...que...te voy...a...golpear...barbudo—amenazó Heracles, casi quedándose dormido.
-Anda pues niñato, quiero verte-incitó Sadiq, sonriendo como sólo él.
Kiku estampó la palma de su mano en su frente, frustrado.
-Por favor, Heracles-san, Sadiq-san, no sigan peleando-imploró por millonésima vez.
—¡Entonces decide tú de quién eres amigo!—exclamaron ambos al mismo tiempo.
Kiku frunció el entrecejo, un poco molesto de que nuevamente estuvieran pidiéndole lo mismo.
-Ustedes me disculparan, pero me resulta imposible elegir entre ambos, porque ambos son mis amigos, y si la situación no mejora tendremos que distanciarnos un tiempo para que piensen las cosas-dijo de forma educada, aunque realmente él era el último en querer algo así, en querer distanciarse.
—¿Éstas...hablando...enserio?—preguntó Heracles, con voz dolida.
-Muy enserio, Heracles-san-afirmó Kiku, sin levantar mucho la vista.
Sadiq fue el único que no dijo nada, pensativo.
Kiku se dio la vuelta y se fue, tentado a regresar y decirles que olvidaran todo, pero sabía que ese par lo iba a volver loco con sus constantes peleas, y realmente él no podía escoger a ninguno, probablemente porque uno era su mejor amigo y el otro su amor platónico.
