¡Los personajes ni la historia me pertenecen. Personajes: Stephenie Meyer, historia: Colleen McCullough.

Eric Yorkie tenía la concesión del servicio de correos en el distrito y tardaba seis semanas en recorrer su territorio. Su carreta de grandes ruedas era arrastrada por un magnífico tiro de doce caballos, y cargaba con todo lo que le confiaban los establecimientos de la comarca. Además del correo de Su Majestad, transportaba comestibles, gasolina en bidones de cuarenta y cuatro galones, petróleo en latas de cinco galones, sacos de azúcar y de harina, cajas de té, bolsas de patatas, maquinaria agrícola, baratijas y ropa de la tienda de Anthony Hordern, de Sydney, y cualquier otra cosa que pudiese llevarse de Gilly o del mundo exterior. Moviéndose a la máxima velocidad de treinta kilómetros al día, Eric era bien recibido dondequiera que se detuviese, le pedían noticias sobre el tiempo y los sucesos en las regiones remotas, le confiaban notas garrapateadas sobre trozos de papel, con las que envolvían cuidadosamente el dinero para comprar artículos en Gilly, y le entregaban cartas laboriosamente escritas, que él introducía en el saco de lona rotulado «Correo Real GVR».

Al oeste de Gilly, sólo hacía dos paradas en la carretera: Drogheda, que era la más próxima, y Bugela, que estaba mucho más lejos; más allá de Bugela, se extendía un territorio que sólo recibía el correo una vez cada seis meses. La carreta de Eric recorría un gran arco en zigzag, pasando por todas las estafetas del Sudoeste, el Oeste y el Noroeste, y volvía a Gilly antes de partir hacia el Este en un trayecto más corto, puesto que Booroo quedaba sólo a cien kilómetros. A veces, traía personas sentadas junto a él, en el pescante descubierto tapizado de cuero: visitantes o ilusionados pasajeros que iban en busca de trabajo. Otras veces, las transportaba en dirección contraria: visitantes o mozos o doncellas descontentos de su trabajo, y sólo muy de tarde en tarde, un ama de llaves. Los amos tenían coches para ir de un lado a otro, pero los que trabajaban para los amos dependían de Eric para su transporte y para el de sus cosas y sus cartas.

Cuando llegaron las telas que había encargado Esme, ésta se sentó frente a la máquina de coser que le habían prestado y empezó a confeccionar vestidos holgados de algodón ligero para ella y para Bella, pantalones finos y monos para los hombres, blusas para Ethan y cortinas para las ventanas. Era indudable que se estaba más fresco y cómodo con menos ropa interior y con vestidos menos voluminosos.

La vida era solitaria para Bella, pues Jasper era el único chico que se quedaba en casa. Mike y Paul salían con su padre para aprender ganadería, para ser jackaroos, como llamaban a los jóvenes aprendices. Jasper no acompañaba a su hermana como solían hacerlo Mike y Paul. Vivía en un mundo propio, era un niño sosegado que prefería observar el comportamiento de una procesión de hormigas a trepar a los árboles, mientras que Bella adoraba subirse a los árboles y pensaba que los eucaliptos australianos eran maravillosos, infinitamente variados y llenos de dificultades. Aunque, en realidad, no sobraba mucho tiempo para trepar a los árboles ni para observar las hormigas. Bella y Jasper trabajaban de firme. Cortaban y transportaban la leña, cavaban hoyos para la basura, cultivaban el huerto y cuidaban de las gallinas y de los cerdos. También habían aprendido a matar serpientes y arañas, aunque seguían teniéndoles miedo.

Llovía poco desde hacía varios años; el torrente llevaba poca agua, pero los depósitos estaban llenos hasta la mitad. La hierba se conservaba bastante bien, pero sin la lozanía de otros años.

—Y se pondrá peor —decía Tanya Denalí.

Pero habían de conocer lo que era una inundación antes de experimentar una sequía total. A mediados de enero, la comarca fue alcanzada por el borde meridional de los monzones del Noroeste. Caprichosos en extremo, los fuertes vientos soplaban como se les antojaba. A veces, sólo las zonas septentrionales del continente sufrían las copiosas lluvias de verano; otras, éstas se extendían mucho más y proporcionaban un estío húmedo a los ciudadanos de Sydney. Aquel mes de enero negras nubes cruzaron el cielo, desgarradas en líquidos jirones por el viento, y empezó a llover; no en fuertes chaparrones, sino en un continuo y ensordecedor diluvio que no acababa nunca.

Les habían advertido; Eric Yorkie se había presentado con su carreta cargada hasta los topes y seguida de doce caballos de repuesto, pues viajaba de prisa para terminar su circuito antes de que la lluvia le impidiese seguir aprovisionando a las diversas haciendas.

—Viene el monzón —dijo, liando un cigarrillo y señalando con el látigo los paquetes de provisiones extra que llevaba—. El Cooper y el Barcoo y la Diamantina bajan muy llenos, y el Overflow está a punto de desbordarse. Toda la región más apartada de Queensland tiene tres palmos de agua, y los pobres infelices tienen que buscar elevaciones del terreno para poner a salvo sus ganados.

De pronto, cundió el pánico, aunque todos procuraron dominarlo; Carl y los chicos trabajaron como locos, para trasladar los corderos de los prados bajos y alejarlos el máximo posible del torrente y del Barwon. El padre Edward se presentó, montando su caballo, y salió con Jacob y los mejores perros hada dos poblados prados de la orilla del Barwon, mientras Carl y los dos capataces iban, cada cual con un muchacho, en otras direcciones.

El padre Edward era también un excelente ganadero. Montaba una yegua castaña de pura raza que le había regalado Tanya Denalí y vestía unos impecables pantalones de montar, brillantes botas hasta la rodilla y una inmaculada camisa blanca con las mangas arremangadas sobre sus nervudos brazos y desabrochado el cuello, dejando ver su liso y moreno pecho. Con sus viejos pantalones grises de sarga y su camiseta de franela también gris, Jake se sentía como un pariente pobre. Montaba un caballo pío duro de boca, resabiado y terco, y que sentía un odio feroz por los otros caballos. Los perros ladraban y saltaban excitados, gruñendo y peleándose, hasta que el padre Edward los separó con su látigo de ganadero, enérgicamente manejado. Habrías dicho que aquel hombre sabía hacerlo todo; conocía el código secreto de los silbidos que dirigían el trabajo de los perros y manejaba el látigo mucho mejor que Jake, todavía novato en este exótico arte australiano.

El gran bruto azul de Queensland que conducía el grupo de perros le había tomado un cariño sumiso al sacerdote y le seguía incondicionalmente, dando a entender que sabía que Jake era el segundo en el mando. En parte, esto no le importaba a Jake; era el único de los hijos de Carl que no se había aficionado a la vida de Drogheda. Había deseado más que nada salir de Nueva Zelanda, pero no para venir a un lugar como éste. Odiaba la incesante vigilancia de los prados, la tierra dura en la que tenía que dormir la mayor parte de las noches, los perros furiosos que no podían tratarse con mimos y a los que mataban si no hacían bien su trabajo.

Pero la galopada bajo las nubes que se acumulaban tenía un elemento de aventura; incluso los árboles, doblados y crujientes, parecía bailar con gozo extraño. El padre Edward trabajaba como bajo el impulso de una obsesión, azuzando los perros detrás de los incautos rebaños de corderos, provocando los saltos y balidos de aquellos tontos y asustados animales lanudos, hasta que las sombras que se arrastraban entre la hierba hacían que se agrupasen estrechamente y corrieran al unísono. Sólo gracias a los perros podía un reducido puñado de hombres gobernar una propiedad tan grande como Drogheda; criados para cuidar ganado, eran asombrosamente inteligentes y necesitaban muy pocas indicaciones.

Al anochecer, el padre Edward y los perros, con Jake tratando de ayudarle lo mejor que podía, habían limpiado de corderos toda una dehesa, trabajo que, normalmente, habría requerido varios días. El padre Edward desensilló su yegua junto a una pequeña arboleda próxima a las puertas de la segunda dehesa, afirmando, optimista, que era 'capaz de sacar también de esta última los rebaños, antes de que empezaran las lluvias. Los perros se habían tumbado en la hierba, con la lengua fuera y jadeando, y el gran Queensland, cariñoso y adulador, lo hizo a los pies del padre Edward. Jake sacó de la mochila unas repulsivas porciones de carne de canguro y las arrojó a los perros, que cayeron sobre ellas, gruñendo y mordiéndose entre ellos.

— ¡Brutos sanguinarios! —exclamó—. No se comportan como perros; son como chacales.

—Yo creo que se parecen más que los otros al primitivo modelo creado por Dios —replicó suavemente el padre Edward—. Despiertos, inteligentes, agresivos y casi salvajes. Los prefiero a los mansos perritos domésticos. —Sonrió—. Lo propio ocurre con los gatos. ¿Los has visto rondar alrededor de los corrales? Salvajes y crueles como panteras; ningún ser humano puede acercarse a ellos. Pero son excelentes cazadores y no necesitan que nadie vaya a proveerles de comida.

Sacó un pedazo de cordero frío de la mochila, así como pan y mantequilla, y cortándose un trozo de carne, ofreció el resto a Jake. Puso el pan y la mantequilla sobre un leño, entre los dos, e hincó los dientes en la carne con evidente satisfacción. Apagaron la sed con agua de una bolsa de lona y, después, liaron sendos cigarrillos.

Cerca de ellos, había un árbol solitario de los llamados wilga, y el padre Edward lo señaló con el cigarrillo.

—Dormiremos allí —dijo, cogiendo su manta y la silla de montar.

Jake le siguió hasta el árbol, cuya especie era tenida por la más hermosa en aquella parte de Australia. Sus hojas eran muy tupidas, de un pálido verde amarillento y de forma casi perfectamente redondeada. El follaje llegaba tan cerca del suelo que los corderos podían alcanzarlo fácilmente, con el resultado de que los pies de los wilga quedaban tan desnudos como postes de cera. Si empezaba a llover estarían allí más resguardados que en cualquier otra parte, pues, generalmente, los otros árboles australianos eran menos frondosos que éstos.

—No eres feliz, ¿verdad, Jake? —preguntó el padre Edward, tumbándose en el suelo, suspirando y encendiendo luego otro cigarrillo.

Jake, sentado a tres palmos de él, se volvió a mirarle, receloso.

¿Quién es feliz?

—De momento, tu padre y tus hermanos. Pero no tú, ni tu madre, ni tu hermana. ¿No te gusta Australia?

—No esta parte de ella. Quiero ir a Sydney. Tal vez allí podría hacer algo de mi persona.

—Sydney, ¿eh? Un pozo de iniquidades —declaró el padre Edward, y sonrió.

— ¡No me importa! Aquí estoy amarrado como lo estaba en Nueva Zelanda; no puedo apartarme de él.

— ¿De él?

Jake no había querido decir esto, y no diría más. Se tumbó en el suelo y contempló las hojas.

— ¿Cuántos años tienes, Jake?

—Veintidós.

— ¡Ah, sí! ¿Has estado alguna vez lejos de los tuyos?

—No.

— ¿Has ido alguna vez al baile? ¿Has tenido novia?

—No.

Jake se negaba a darle el tratamiento.

—Entonces, no te retendrá mucho más tiempo.

—Me retendrá hasta que yo me muera.

El padre Edward bostezó y se dispuso a dormir.

—Buenas noches —dijo.

Por la mañana, las nubes eran aún más bayas, pero no llovió en todo el día y pudieron despejar la segunda dehesa. Una ligera elevación cruzaba Drogheda del Noroeste al Sudoeste; allí concentraron el ganado, para que estuviese a salvo si las aguas desbordaban las escarpas del torrente y del Barwon.

Empezó a llover poco antes del anochecer, mientras Jake y el cura cabalgaban al trote largo en dirección al vado del torrente, más abajo de la casa del mayoral.

— ¡Tenemos que darnos prisa! —Gritó el padre Edward—. ¡Espolea tu montura, muchacho, si no quieres perecer ahogado en el barro!

En pocos segundos quedaron empapados, lo mismo que el calcinado suelo. La tierra fina, impermeable, quedó pronto convertida en un mar de fango, donde se atascaban y vacilaban los caballos. Mientras hubo hierba, pudieron seguir cabalgando; pero, cerca del torrente, donde el suelo pisoteado estaba limpio la vegetación, tuvieron que desmontar. Los caballos, aliviados de su peso, avanzaron sin dificultad; en cambio, a Jake le resultaba imposible el equilibrio. Aquello era peor que una pista de patinar. Reptando sobre las manos y pies, llegaron a lo alto de la ribera del torrente, y resbalaron desde allí como proyectiles. El vado de piedra, normalmente cubierto por un palmo de agua mansa, tenía ahora más de un metro de alborotada espuma; Jake oyó reír al sacerdote. Hostigados a gritos y a golpes de los mojados sombreros, los caballos consiguieron trepar por la ribera opuesta y ponerse a salvo; pero no así Jake y el sacerdote. Cada vez que intentaban subir, resbalaban de nuevo hacia atrás. El sacerdote acababa de sugerir que trepasen un sauce, cuando Carl, advertido por la llegada de los caballos sin jinete, llegó con una cuerda y los sacó de allí.

El padre Edward, sonriendo y meneando la cabeza, rehusó la hospitalidad que le brindaba Carl.

—Me esperan en la casa grande —declaró.

Tanya Denalí oyó su llamada antes que cualquiera de los servidores, pues se dirigía a su habitación por la parte delantera de la casa, pensando que era el camino más corto.

—No va usted a entrar así —dijo ella, plantada en la galería.

—Entonces, tenga la bondad de darme unas toallas y mi maleta.

Ella le observó tranquilamente, apoyada en el balcón entreabierto, mientras él se quitaba la camisa, las botas y los pantalones, y trataba de limpiarse el barro lo mejor posible.

—Es usted el hombre más guapo que jamás he visto, Edward Cullen —dijo—. ¿Por qué hay tantos sacerdotes guapos? ¿Porque son irlandeses? Es un don muy frecuente en Irlanda. ¿O es porque los hombres guapos encuentran en el sacerdocio una manera de evitar las consecuencias de su belleza? Apuesto a que todas las chicas de Gilly están enamoradas de usted.

—Hace tiempo que aprendí a no fijarme en las chicas enfermas de amor —replicó él, riendo—. Cualquier cura de menos de cincuenta años es un objetivo para algunas de ellas, y un cura de menos de treinta y cinco suele serlo de muchas. Pero sólo las protestantes tratan de seducirme.

—Nunca contesta directamente mis preguntas, ¿verdad? —Se irguió y apoyó la palma de una mano en el pecho de él—. Es usted un sibarita, Edward; le gusta tomar baños de sol. ¿Es todo su cuerpo igualmente moreno?

Él sonrió, inclinó la cabeza hacia delante, rió y empezó a desabrocharse los calzoncillos de algodón; al caer éstos al suelo, los apartó de una patada y se quedó como una estatua de Praxíteles, mientras ella giraba a su alrededor, contemplándole sin prisa.

Los dos últimos días habían aumentado la euforia del sacerdote, y ahora pensó que tal vez ella era más vulnerable de lo que había imaginado, pero la conocía bien, y no vio ningún peligro en preguntar:

— ¿Desea que le haga el amor, Tanya?

Ella soltó una carcajada.

— ¡No se me ocurriría ponerle en tal aprieto, Edward! ¿Necesita usted las mujeres, Edward?

El echó desdeñosamente la cabeza hacia atrás.

— ¡No!

— ¿Los hombres?

—No. Son peores que las mujeres. No, no los necesito.

— ¿Y a usted mismo?

—Menos que a nadie.

—Interesante. —Acabó de abrir la ventana y volvió a meterse en el salón—. ¡Edward, cardenal Cullen! —se burló.

Pero, a salvo ya de su escrutadora mirada, se dejó caer en el sillón y cerró los puños, el mejor ademán para combatir la inconsecuencia del destino.

El padre Edward, desnudo, salió de la galería y se plantó en el prado, levantados los brazos sobre la cabeza, cerrando los ojos; dejó que la lluvia corriese sobre su cuerpo en tibios y curiosos riachuelos; una sensación deliciosa sobre la piel desnuda. La noche era muy oscura. Pero él estaba tranquilo.

El torrente creció, el agua adquirió cada vez más altura en los pilotes de la casa de Carl y fue inundando el Home Paddock en dirección a la casa.

—Mañana empezará a bajar —dijo Tanya Denalí, cuando Carl fue a informarla, preocupado.

Como de costumbre, acertó; durante la semana siguiente, el agua decreció hasta alcanzar su nivel normal. Salió el sol, la temperatura subió a cuarenta y ocho grados a la sombra, y la hierba pareció estirarse hacia el cielo, hasta la altura de los muslos, blanquecida y brillante hasta dañar la vista. Lavados y libres de polvo, los árboles resplandecían, y las bandadas de loros volvieron de los lugares adonde habían ido a protegerse de la lluvia, agitando sus irisados cuerpos entre las ramas, más locuaces que nunca.

El padre Edward había vuelto a socorrer a sus olvidados feligreses, tranquilo al saber que no le picarían los dedos; bajo la pulcra camisa blanca, sobre el corazón, llevaba un cheque de mil libras. El obispo estaría encantado.

Las ovejas fueron devueltas a sus pastos normales, y los Swan tuvieron que acostumbrarse a dormir la siesta. Se levantaban a las cinco, hacían todo lo que había que hacer antes del mediodía y, después, se derrumbaban, sudorosos, y dormían hasta las cinco de la tarde. Esto se aplicaba tanto a las mujeres como a los hombres en los prados. Las labores que no podían hacerse temprano se realizaban después de las cinco, y la cena se despachaba, cuando el sol se había ocultado ya, en una mesa colocada en la galería. También todas las camas habían sido trasladadas al exterior, porque el calor persistía durante toda la noche. Parecía que el mercurio no había bajado de los cuarenta grados en varias semanas, ni de día ni de noche. La carne de buey era un recuerdo olvidado; sólo podían comer corderillos lo bastante tiernos para conservarse hasta el momento de comerlos. Sus paladares ansiaban desesperadamente un cambio, comer algo que no fuesen las eternas chuletas de cordero a la brasa, el estofado de cordero, los pasteles de picadillo de cordero, el cordero con salsa picante, la pata de cordero asada, el cordero cocido y la cacerola de cordero.

Pero, a principios de febrero, la vida cambió de pronto para Bella y Jasper. Ingresaron como internos en el convento de Gillanbone, pues no había ningún colegio más cerca. Carl dijo que Ethan podría aprender por correspondencia del colegio de los padres dominicos de Sydney, cuando tuviese edad para ello; pero, mientras tanto, habida cuenta de que Bella y Jasper estaban acostumbrados a tener maestro, Tanya Denalí había ofrecido generosamente pagar su pensión y su enseñanza en el convento de la Santa Cruz. Además, Esme estaba demasiado ocupada para revisar las lecciones por correspondencia. En cuanto a Mike y Paul, se había convenido tácitamente desde el principio que no seguirían estudiando; Drogheda los necesitaba en el campo, y el campo era precisamente lo que querían ellos.

Bella y Jasper encontraron una extraña y pacífica existencia en la Santa Cruz, después de Drogheda y, sobre todo, del Sagrado Corazón de Wahine. El padre Edward había indicado sutilmente a las monjas que aquella pareja de niños eran protegidos suyos y que su tía era la mujer más rica de Nueva Gales del Sur. Por esto, la timidez de Bella dejó de ser defecto y se convirtió en virtud, y el extraño retraimiento de Jasper, su costumbre de pasarse horas enteras con la mirada perdida en la lejanía, le valieron el calificativo de «santito».

Ciertamente, aquello era muy pacífico, pues había pocos internos; los moradores del distrito lo bastante ricos para enviar a sus hijos a un internado, preferían, invariablemente, las de Sydney. El convento olía a barniz y a flores, y en los oscuros y altos corredores se respiraba silencio y santidad. Las voces eran apagadas, la vida transcurría detrás de un fino velo negro. Nadie les pegaba, nadie les gritaba, y, además, tenían al padre Edward.

Iba a verles a menudo, y les invitaba a la rectoría con tanta regularidad que decidió pintar el dormitorio que utilizaba Bella de un delicado color verde manzana, y comprar cortinas nuevas para las ventanas y una colcha nueva para la cama. Jasper dormía en una habitación que había sido de colores crema y castaño en dos decoraciones sucesivas; al padre Edward nunca se le ocurrió preguntarse si Jasper era feliz. Si también le invitaba, era para que no pudiese sentirse menospreciado.

El padre Edward no sabía por qué le había tomado tanto afecto a Bella, y, en realidad, no perdía mucho tiempo en tratar de averiguarlo. Había empezado con un sentimiento de compasión, aquel día en el polvoriento patio de la estación, al verla caminar detrás de los otros, apartada del resto de la familia debido a su sexo, según había adivinado astutamente. En cambio, no le intrigaba ei hecho de que Jake se moviese también en un perímetro exterior, ni le compadecía por ello. Había algo en Jake que mataba las emociones tiernas: un corazón oscuro, un alma carente de luz interior. Pero, ¿y Bella? Le había conmovido profundamente, sin que supiese realmente por qué. Estaba el color de su cabello, que le gustaba; el color y la forma de sus ojos, hermosos como los de su madre, pero mucho más dulces, más expresivos; y su carácter, que él consideraba como el carácter femenino perfecto, pasivo, pero enormemente vigoroso. Bella no era rebelde, sino todo lo contrario. Durante toda su vida obedecería, se movería dentro de los límites de su destino de mujer.

Sin embargo, todos estos factores no daban el total. Tal vez, si se hubiese observado más profundamente él mismo, habría visto que lo que sentía por ella era el curioso resultado de tiempo, lugar y persona. Nadie consideraba a Bella importante, y esto quería decir que había un sitio en su vida que él podría llenar; era una niña y, por consiguiente, no era un peligro para su norma de vida ni para su prestigio sacerdotal; era hermosa, y a él le gustaba la belleza, y, aunque no quisiera reconocerlo, le daba algo que Dios no podía darle, porque tenía calor y solidez humanos. Como no podía molestar a la familia haciéndole regalos, le daba toda la compañía que podía, y dedicaba tiempo y reflexión de ella como para crear un estuche adecuado para su joya. Bella se merecía lo mejor.

A primeros de mayo, llegaron los esquiladores a Drogheda. Tanya Denalí sabía perfectamente todo lo que se hacía en Drogheda, desde el traslado de los corderos hasta la simple rotura de un látigo; unos días antes de que llegasen los esquiladores, llamó a Carl a la casa grande y, sin moverse de su sillón, le dijo exactamente lo que había que hacer, hasta los menores detalles. Acostumbrado al trabajo de Nueva Zelanda, Carl se había quedado asombrado ante las dimensiones del cobertizo y sus veintiséis compartimientos; ahora, después de la entrevista con su hermana, datos y cifras hervían en su cabeza. No sólo se esquilarían en Drogheda los corderos de la propia finca, sino los de Bugela, de Dibban-Dibban y de Beel-Beel. Esto quería decir un trabajo agotador para todos los hombres y mujeres del lugar. El esquileo comunal había sido implantado por la costumbre, y las instalaciones que se beneficiaban de las facilidades de Drogheda ayudarían naturalmente en el trabajo, pero el peso de las labores incidentales recaería sobre la gente de Drogheda.

Los esquiladores traerían su propio cocinero y comprarían la comida en el almacén de la hacienda, pero había que buscar la enorme cantidad de alimentos necesarios; los barracones, con sus cocinas y baños anejos, tenían que fregarse, limpiarse y proveerse de colchones y mantas. No todas las haciendas eran tan generosas como Drogheda con los esquiladores, pero Drogheda se enorgullecía de su hospitalidad y de su fama de «casa de esquileo de primera». Como era ésta la única actividad en la que participaba Tanya Denalí, no escatimaba en ella su dinero. Sin ser una de las más grandes casas de esquileo de Nueva Gales del Sur, empleaba los mejores hombres disponibles, hombres de la talla de Jackie Howe; más de trescientos mil corderos serían esquilados allí antes de que los esquiladores cargasen sus herramientas en un viejo «Ford y desapareciesen en el camino para dirigirse a la siguiente hacienda.

Jake había estado dos semanas ausente de casa. Con el viejo Berebere Pete, unos cuantos perros, dos caballos y un calesín tirado por un jamelgo, para llevar sus modestas provisiones, se había dirigido a las dehesas occidentales para traer los corderos, reuniéndolos y empujándolos por atajos y cañadas. Era un trabajo lento y aburrido, muy diferente de aquella furiosa recogida de antes de las inundaciones. Cada dehesa tenía sus propios corrales, donde se realizaban algunos trabajos preparatorios y se retenía a los rebaños hasta que les tocaba el turno de pasar al esquileo. Los patios de esquileo sólo tenían capacidad para diez mil corderos; por eso, la tarea no sería fácil mientras estuviesen allí los esquiladores, con el continuo trasiego de rebaños esquilados y por esquilar.

Cuando Jake entró en la cocina de su madre, ésta se hallaba de pie junto al fregadero entregada a una tarea interminable: mondar patatas.

— ¡Ya estoy aquí, mamá! —dijo alegremente.

Al volverse ella, Jake observó su vientre, con percepción agudizada por las dos semanas de ausencia.

— ¡Dios mío! —exclamó.

Se borró la alegría de los ojos de ella y su cara enrojeció de vergüenza; cruzó las manos sobre el hinchado delantal, como si pudiese disimular con ellas lo que no podía ocultar la ropa.

Jake estaba temblando.

— ¡Puerco y viejo cabrón! —gritó.

—No quiero que digas estas cosas, Jake. Ya eres un hombre y debes comprender. Es lo mismo que cuando tú viniste al mundo, y debe merecerte igual respeto. No es ninguna porquería. Y me insultas a mí, al insultar a papá.

— ¡No tenía derecho! ¡Debía haberte dejado en paz! —silbó Jake, enjugándose una espumilla de la comisura de sus temblorosos labios.

—No es ninguna porquería —repitió, mirándole con sus ojos claros y cansados, como si hubiese resuelto de pronto olvidar la vergüenza para siempre—. No lo es, Jake, como tampoco el acto que lo produjo.

Ahora, fue él quien enrojeció. No podía resistir la mirada de su madre; por consiguiente, dio media vuelta y se dirigió a la habitación que compartía con Emm, Mike y Paul. Sus paredes desnudas y las estrechas camas individuales parecían burlarse de él, burlarse de él, que captaba aquello como algo estéril y amorfo, desprovisto del calor de una presencia, de un fin que lo santificase. Y la cara de ella, su hermosa cara fatigada, con su primorosa corona de cabellos marrones, arrebolada por culpa de lo que ella y el peludo y viejo cabrón habían hecho bajo el terrible calor del verano.

No podía apartarlo de su mente, no podía dejar de pensar en ella, ni borrar las ideas que bullían en el fondo de su mente, fruto de las ansias naturales de su edad y de su virilidad. A veces, conseguía enterrarlo bajo su conciencia, pero, cuando volvía a ver la prueba tangible de su lujuria, su misteriosa actividad con aquella bestia libidinosa, por fuerza había de rechinar los dientes... ¿Cómo podía pensar en ello, consentirlo, soportarlo? Habría querido poder imaginársela como un ser inmaculado, todo pureza, y santidad, como la Santísima Virgen; un ser que estuviese por encima de estas cosas, aunque todas sus hermanas del mundo fuesen culpables de ellas. La comprobación de que había tenido un concepto equivocado de ella, sólo podía llevarle a la locura. Para su cordura, había necesitado imaginar que ella yacía con aquel hombre viejo y feo en perfecta castidad, dejándole un sitio para dormir, pero sin volverse nunca hacia él, sin tocarle. ¡Oh, Dios mío!

Un chasquido estridente le hizo bajar los ojos, y vio que acababa de torcer un barrote de metal de la cama hasta formar con él una S.

— ¡Ojalá fuese papá! —bramó.

—Jake —dijo su madre, desde la puerta.

Él levantó la mirada, brillante y húmedos los ojos como brasas mojadas por la lluvia.

— ¡Le mataré! —exclamó.

—Si lo hicieses, me matarías a mí —replicó Esme, acercándose a él, para sentarse en la cama.

—No. ¡Te liberaría! —replicó él, salvajemente esperanzado.

—Yo nunca podré ser libre, Jake, y no quiero serlo. Quisiera saber de dónde procede tu ceguera, pero no lo sé. No de mí, ni de tu padre. Sé que no eres feliz, pero, ¿por qué nos lo haces pagar a mí y a tu papá? ¿Por qué te empeñas en hacer tan difíciles las cosas? ¿Por qué? —Se contempló las manos y, después, le miró a él—. No quisiera hablarte de esto, pero creo que debo hacerlo. Ya es hora de que te busques una chica, Jake, y te cases con ella y tengas familia propia. En Drogheda hay sitio de sobra. Nunca me han preocupado los otros chicos, a este respecto; parecen tener un carácter completamente distinto del tuyo. Pero tú necesitas una esposa, Jake. Si la tuvieses, no te quedaría tiempo para pensar en mí.

Jake le había vuelto la espalda, y se negaba a volverse de nuevo. Ella siguió sentada en la cama, tal vez cinco minutos, esperando que él dijese algo; después, suspiró, se levantó y salió de la habitación.