Just Looking For Mommy


Notas de la Autora: Oooooh... Oh what a pair! Me and youuu... Put hereee to feel joooooy... not being blueeee Me encantan las canciones vocales de los Silent Hill v.v... me inspiran XD Listos para un poquito de acción!!?? Estoy segura que os gustará lo que hay por aquí abajooo muhjuhjuhjuh...

Vinagre & Azucar: Pues tira para abajo y sacia esa curiosidad XD

Hikki: Más Squall... hmm... Seguramente no será posible en los siguientes cuatro o cinco capítulos... aunque hay una escenilla que supongo que te gustará en el capítulo 12 =D... ¡Y deja de revolucionarme al personal! XD

rinoaangelo: Les queda un poquito de no llevarse aún del todo bien... Las cosas empezarán a ser más intensas pero no del todo mejores XD y creo que de aquí en adelante Quistis empieza a parecer un poco menos... odiosa v.v... Algo más asustada y a la vez tierna... algo raro XD A ver qué os parece =P Por cierto v.v... Laguna sale más bien poquito... lo siento ^^u

Rinny-chan: Cinco horas con su peor enemigo... y con sus propios pensamientos, que creo que es lo peor para amos XD Y yo de ti no me aliaría con según quien v.v... Las malas compañías no son deseables XDD Y sobre la velocidad... creo que si supierais la velocidad a la que ESCRIBO realmente... y no solo a la que voy COLDANDO los capítulos... Me mataríais XD


CAPÍTULO X: SÓLO POR RESPONSABILIDAD.


- Cherá pochible... - murmuraba el doctor Odine en voz baja – hacherme perder el tiempo de echta manera...

Aquel pequeño hombrecillo se paseaba a la entrada de la estación de tren que había a las afueras de la ciudad de Esthar, dando pequeños pasitos de arriba a abajo con impaciencia.

Hacía tres horas Laguna lo había advertido de que una niña de seis años llamada Temperance había escapado del Jardín de Balamb y que su intención era ir hasta Esthar para hablar con él. Las órdenes del presidente habían sido que lo avisara si la niña se ponía en contacto con él y que se la entregase a las autoridades para que fuera llevada de inmediato ante el presidente.

Sin embargo una vez más su curiosidad profesional lo obligaba a traicionar a su lealtad hacia el presidente Loire.

Hacía menos de media hora que había recibido una llamada de una niña y desde el momento en que aquella breve conversación terminó se precipitó hacia la estación sin avisar a nadie de que se ausentaría unas horas. Antes de que las autoridades dieran con aquella niña él debía hablar con ella. Debía saber si lo que le había dicho era cierto.


Quistis entró por fin en el compartimento que los SEED's tenían reservados en todos los trenes y se dirigió directamente al sofá, en el que se sentó y comenzó a rebuscar en el bolsillo de su chaqueta.

Seifer la observaba distraídamente mientras se acercaba a la cama. La joven sacó su teléfono móvil del bolsillo y lo dejó sobre la mesa, bien a mano, por si el equipo de Squall o Irvine llamaban con alguna nueva noticia.

El joven se sentó en la cama, la mirada fija en el suelo, las manos relajadas sobre sus rodillas. Quistis ni siquiera giró la cabeza para mirarlo durante los siguiente 15 minutos.

Ambos permanecían en silencio, simplemente esperando que aquel viaje de tres horas pasase lo antes posible y pudieran regresar pronto al Jardín. Pero cada vuelta que daba el segundero en sus relojes parecía una interminable tortura.

Seifer levantaba los ojos de vez en cuando y se permitía el lujo de estudiar la expresión de aquella mujer, mientras ella permanecía con las piernas y los brazos cruzados, apoyada en el respaldo del sofá, moviendo rítmicamente el pie que quedaba suspendido en el aire casi como si siguiera el leve traqueteo de los vagones sobre las vías de metal.

La manera en que la joven instructora lo había acusado de haber mentido durante la cena del día anterior le vino de repente a la memoria. No es que lo hubiera acusado explícitamente, pero había insinuado que había obrado erróneamente durante aquella batalla por haber hecho las elecciones equivocadas.

El impulso que había seguido al aliarse con aquella bruja que no lograba reconocer había sido el amor que lo empujaba a proteger a la que había sido como una madre para él, aunque en ese momento no llegara a entenderlo. El haber acompañado a aquella mujer había hecho que permaneciese algo de la humanidad de Edea, permitiéndole oponer cierta resistencia al control de Artemisa.

Después de aquello el poder de aquella bruja del futuro lo había ido corrompiendo poco a poco, tomando el control de su mente a medida que el chico se intoxicaba de aquel misterioso magnetismo que era la relación entre una bruja y su caballero. Casi era como si hubiera sacrificado su cordura intentando proteger a Edea, habiéndose convertido en cuestión de días en un hombre sin escrúpulos ni sentimientos.

Y aún así recordaba perfectamente no haber sido capaz de dar el último golpe de gracia en la última batalla que tuvo que librar contra Squall y los demás. Recordaba haber noqueado a su ahora comandante, dejándolo inconsciente sobre el suelo, recordaba haberse girado hacia Quistis, y haber sonreído sabiendo que dominaba la situación.

Rinoa estaba a menos del 20% de su vitalidad, igual que Quistis. La diferencia entre ambas era lo suficientemente significativa como para marcar su victoria o su derrota.

Tanto Rinoa como Quistis podían reanimar a Squall en el momento en que tuvieran la oportunidad de atacar, pero sólo Quistis podía atacarle con la suficiente fuerza como para dejarlo a él K.O. Él sin embargo sólo necesitaba un golpe para terminar con cualquiera de las dos.

Si acababa con Rinoa Quistis podría terminar con él en el siguiente golpe y la batalla estaría perdida. Si acababa con Quistis Rinoa reanimaría a cualquiera de los dos en su siguiente oportunidad, pero él tendría otra ocasión para terminar con ella justo en ese momento y acabar después con quien hubiera reanimado de un golpe antes de que le llegara su turno.

Era así de fácil.

Y en el momento en que su sable-pistola se alzó en el aire sobre la cabeza de Quistis aquel pinchazo en la boca del estómago hizo que tuviera que cerrar los ojos por el dolor. Nada lo había golpeado y nadie le había atacado. No había ninguna herida en su abdomen que lo hubiera obligado a retroceder un paso justo cuando la hoja de su arma cayó con un sonoro chirriar metálico.

El dolor se intensificó durante el interminable instante en que permaneció con los ojos apretados, sintiendo cómo la hoja de su arma se había hundido hasta casi la mitad en algo duro. Temiendo por un instante que hubiera terminado definitivamente con la vida de aquella mujer.

Pero un gemido sonó cuando Quistis se levantó de un salto, apartándose de él unos metros, y el chico abrió los ojos justo cuando el látigo de la muchacha silbaba sobre su cabeza, cortando el aire a medida que se preparaba para atacar.

La hoja de su espada estaba hundida en la tierra y sólo entonces se dio cuenta de que había fallado en su último ataque.

Una sonrisa aliviada de la que ni siquiera era consciente cruzó su cara mientras sus ojos permanecían fijos en la hoja de su espada. Y un instante después el látigo de Quistis lo cruzó del hombro hasta la cadera, haciendo que perdiera una gran cantidad de sangre y cayera al suelo completamente inconsciente.

Aquel hombre había perdido el juicio hasta el punto de haber estado a unos centímetros de acabar con la vida de su ex-instructora. Hasta ese punto había sacrificado su cordura en el momento en que decidió seguir los pasos de Artemisa movido por la necesidad de ayudar a Edea.

Pero esa había sido su intención en el momento en que decidió que su lado en aquella batalla estaba en el bando contrario al del resto. Y que Quistis no lo creyera seguía recordándole aquel dolor intenso que evitó que la matara en el pasado. ¿Por qué dolía tanto que dudase de su palabra? Él sabía los motivos que había tenido para hacer lo que hizo y tomar las decisiones que tomó. ¿Por qué la opinión de aquella mujer le importaba tanto? Tanto como para haberlo obligado a irse la noche anterior.

Quistis giró la cabeza hacia su izquierda de manera casi imperceptible y vio que Seifer estaba absorto, pensando en algo, con la mirada centrada en sus pies. Parecía debatirse en silencio sobre un asunto realmente serio, hasta el punto de no darse cuenta de que ella lo estaba observando en silencio.

Por vez primera se dio cuenta de la leve arruga que se veía entre sus cejas en aquella actitud pensativa y preocupada. Seguramente estaría pensando en Temperance.

Lo había visto hablando con la pequeña aquella mañana en la cafetería, dejando que lo tocase con total naturalidad y riendo de corazón con las bromas que ambos estaban haciendo sobre ella misma.

Y la manera en que lo encontró en el garaje, antes incluso que ella. Seguramente había decidido ir a buscarla en el mismo momento en que había oído que había desaparecido. Igual que ella.

- ¿Por qué no esperaste a que Squall decidiera el plan antes de salir a buscarla? - le preguntó Quistis con verdadera curiosidad.

Seifer levantó la mirada de sus zapatos y se encontró con una expresión ilegible. ¿No entendía que se sintiera preocupado por la pequeña Temperance?

- Ni siquiera pronuncias su nombre cuando hablas de ella – observó Seifer con un leve deje de reproche en la voz.

- ¿Por qué saliste sin esperar a las órdenes de tu comandante? - volvió a preguntar ella, ignorando el comentario del chico.

Seifer se rascó la nuca preguntándoselo él mismo. La verdad es que la respuesta estaba tan clara en su cabeza que pensaba que no tendría que explicarla, pensaba que el resto de personas la verían sin más.

- No quiero que le pase nada – dijo simplemente.

- ¿Por qué? - preguntó ella.

Seifer volvió a mirarla sin creerse que le estuviera preguntando por algo tan obvio para él.

- ¿Por qué saliste tú antes de hablar con ellos? - le preguntó como una forma de contraataque.

- Era lo que debía hacer – dijo ella tranquilamente – Esa niña es responsabilidad mía al fin y al cabo.

Seifer no entendía aquellas palabras. La movía la sensación de tener que hacer lo correcto, como siempre, pero la chica ni siquiera tenía en cuenta a Temperance o lo que significase para ella. La salvaba por ser su futura hija, no por ser Temperance. La niña realmente no era una prioridad por ser quien era, si no por lo que era.

- ¿Sólo es por que te sientes responsable?... - le perguntó lentamente sin terminar de creérselo - ¿Porque crees que es la opción más correcta? ¿Menos errónea?

- Sí... - dijo ella sin darle importancia a la palabra - ¿Lo haces tú por el amor a una hija? - le preguntó ella con sarcasmo.

- Aunque no fuera nada mío habría hecho lo mismo. Sentía que debía evitar que le pasara nada malo a toda costa y salí corriendo por lo que Temperance significa para mí – contestó él completamente serio.

Quistis levantó una ceja e hizo un gesto moviendo la cabeza de lado a lado, como si se encontrase frente a un hombre que hubiera perdido el juicio y solo dijera tonterías.

- ¿De verdad crees que nadie puede actuar siguiendo sus emociones? - dijo él dejando que el enfado se hiciera pro fin presente en su voz.

- Sí creo que la gente actúe movida por sentimientos... pero no creo que sea lo correcto – dijo volviendo a mirar hacia el frente – deberíamos medir nuestras acciones según lo que signifiquen y según el resultado que puedan tener.

- Deja de andarte por las ramas – le espetó Seifer con brusquedad, obligándola a mirarlo de nuevo - ¿De verdad crees que me equivoqué al seguir a Artemisa?

Quistis lo miró empezando a sentir aquel ronroneo iracundo tras su pecho. ¿Quería realmente que le diera su opinión al respecto? Porque no tenía nada bueno que decirle.

- En ese caso creo justo lo contrario – le dijo completamente seria – Tomaste la decisión correcta porque si no hubieras apaciguado un poco a Edea mientras estaba poseída no hubiéramos podido acabar con ella... pero no creo que por eso se te deba tratar como a un héroe.

- Créeme... no es lo que buscaba cuando hice lo que hice – dijo Seifer con una sonrisa sarcástica – ser o no un héroe me trae sin cuidado.

- No es solamente que se te considere un héroe... - dijo ella poniéndose en pie, empezaba a cansarse de aquella conversación – No creo que los motivos que tuviste en aquel momento para seguir a Edea fueran tan nobles como decías anoche.

Seifer se levantó también y avanzó unos pasos hacia ella. No podía pensar realmente que escaparía después de insinuar algo así sin que esta vez tuviera la posibilidad de demostrar que se equivocaba.

- ¡Necesitaba seguir a Edea de la misma manera y con la misma urgencia con la que necesito encontrar ahora a Temperance! - comenzó a gritar el muchacho - ¡Necesitaba protegerla sin saber siquiera el motivo, igual que necesito ver a mi hija sana y salva!

Su hija. Aunque aún no lo fuese en el presente es lo que realmente era aquella niña.

- Mentiroso... - susurró ella, incapaz de creer aquellas palabras sin más. Llevaba dos años convencida de que los motivos que tuvo Seifer para irse no eran ni la mitad de nobles que los que ahora le estaba dando. Simplemente no podía aceptarlo.

- Ni se te ocurra... – le susurró él acercándose lentamente hasta estar justo frente a ella - seguir dudando de mi palabra...

La muchacha levantó la cabeza para continuar mirándolo a los ojos a pesar de la diferencia de estatura.

- No voy a permitir que sigas viéndome como un monstruo... - le amenazó entre dientes – porque no puedes ni imaginar hasta qué punto duele...

- Así son las cosas Seifer – contestó ella intentando que la voz no le temblara – cuando actuamos mal la gente nos rechaza... y no es agradable.

- Me da igual el resto del mundo, Quistis. Lo que no soporto es que seas tú la que duda de mi palabra – dijo finalmente, asombrado él mismo por sus palabras.

Realmente se trataba de eso aunque no se lo admitiese a sí mismo. Él llevaba toda su vida al lado de aquella mujer, intentando animar su existencia con su peculiar humor y esperando conseguir por sus propios medios que lo reconociese y valorase por ser quien era. Pero Quistis era la única que continuaba manteniéndose todo lo lejos de él que podía, como si se tratase de un ser contaminado. Ignorando y evitando ante todo tener ningún tipo de trato con él.

- Tal vez sea porque yo he sido la que más claro te ha visto – dijo ella en un susurro – Sé quién eres Seifer Almasy... Sé cómo eres... Sé hasta qué punto no quiero tener nada que ver contigo.

Y esta vez fue el turno de la muchacha para girarse y comenzar una retirada hacia la puerta. Pero Seifer no podía permitirlo ¿verdad? No podía permitir que se fuera así como así.

- ¡Quisty! - le gritó justo antes de que abriese la puerta del compartimento.

Ella se quedó quieta aún con la mano en el pomo, pero no se movió lo más mínimo, no quería tener que verlo.

- Mírame... - le dijo el muchacho levantando levemente sus dos brazos, extendiéndolos a ambos lados de su cuerpo con las palmas vueltas hacia arriba, exponiéndose a su mirada una vez más para que lo observara y juzgara como quisiera.

Quistis asomó levemente la mirada por encima de su hombro, sin llegar a girarse del todo, y lo vio allí completamente serio.

- ¿Qué más quieres? - le preguntó con un deje de desesperación en la voz – Soy yo... Seify...

Usó a propósito aquel nombre por el que le llamaban en el orfanato y que la chica casi había olvidado. Era Seify, su compañero de infancia, el niño odiosamente molesto, a la vez que divertido y entrañable. ¿Cuándo había olvidado la identidad de aquella persona?

Quistis giró un poco más su cuerpo, casi dándose la vuelta para mirarlo completamente a los ojos, pero no dejaba de oír a su cabeza gritarle que no lo hiciera. Debía salir de allí.

- Soy yo... - le repitió Seifer sintiendo que su voz temblaba.

- No me hagas esto... - le contestó la chica de forma casi refleja. ¿Qué estaba diciendo?

Quistis miró esta vez hacia el suelo, intentando poner orden a sus pensamientos, pero no podía, ni siquiera reconocía palabras en su interior. Era todo como una espesa y pesada nube de emociones confusas y molestas.

- Deja de cambiar mi mundo... de esta manera... - susurró sin reconocer su propia voz.

Seifer bajó los brazos, los cinco sentidos puestos en las palabras de aquella mujer. ¿Que dejara de cambiar su mundo? ¿Cuando lo había hecho?

- No quiero saber como eres realmente, quiero que sigas siendo el maldito hijo de puta de siempre... - le susurró apretando las mandíbulas, antes de mirarlo directamente a los ojos y terminar aquella frase – No me obligues... a dejar de odiarte.

Seifer dio un paso inconscientemente hacia ella y Quistis abrió la puerta en ese mismo momento y desapareció antes de permitir que continuara acercándose a ella.

La joven instructora se apoyó sobre la superficie de la puerta y aguantó una bocanada de aire tras su garganta, intentando que aquel temblor que sacudía silenciosamente todo su cuerpo cesase. ¿De donde demonios había salido todo aquello?

Controla tu mundo, Quistis... - se repitió una vez más.


- Quisty... dejadlo por hoy – le suplicó en un susurro Rinoa, sujetándola por un brazo e intentando evitar que volviera a subirse a aquella máquina.

Seifer permanecía aún en el suelo, jadeando. Acaban de volver del último viaje que podían hacer de aquella lista y la única opción que les quedaba ahora era ir repasando el pasado mes a mes.

- Rinoa... tenemos que encontrarla – dijo Quistis girándose hacia ella, esperando que entendiese su posición.

- Tiene razón, Quisty – le dijo Seifer levantándose del suelo – yo ya no puedo más.

Aquella obstinada mujer miró hacia su reloj y decidió que tenían razón, llevaban horas corriendo de un lado para otro intentando encontrarla, y la búsqueda que ahora debían comenzar sería aún más agotadora.

- Mañana... - susurró Seifer mientras la rodeaba con un brazo por la cintura – Mañana...

Aquello mismo acababa diciendo cada día desde que comenzaron aquella búsqueda. Mañana...


Quistis se dirigió hacia su compartimento sólo cuando el tren se hubo detenido por completo, y a la puerta del mismo encontró a Seifer de pie, esperándola. No había conseguido calmarse demasiado en el rato que había pasado fuera, si no todo lo contrario. Cada vez le costaba más pensar estando cerca de Seifer. Cada vez se sentía más incómoda a su alrededor.

El chico estiró uno de sus brazos y le tendió su teléfono móvil. Quistis lo recogió procurando no tocar para nada la piel del muchacho, y después pasó de largo dirigiéndose hacia la salida.

- Squall ha llamado – dijo Seifer simplemente, sin moverse del sitio.

Quistis se giró hacia él en mitad del pasillo y lo miró inclinando levemente la cabeza, esperando a que le explicase qué había dicho el comandante.

- Temperance nos espera en la residencia presidencial, Odine la ha encontrado y llevado con Laguna hace unos diez minutos.

Quistis continuó caminando, esta vez con más prisa, y Seifer la persiguió aligerando el paso para alcanzarla.

- Laguna ha mandado a alguien para que venga a buscarnos y el Lagunamov ya está listo – continuó explicándole el muchacho a sus espaldas – Selphie llegará en cuanto pase a buscar a Irvine y a Zell.

Quistis puso el último pie en el suelo y se quedó de pie en mitad de una gran planicie formada por una inmensa capa de sal fosilizada. Caminó hasta llegar a una gran roca, justo al lado de la estación de tren, y se sentó a esperar el vehículo que los llevaría directamente hasta Temperance. Y mientras más cerca estaba de verla por fin más nerviosa se sentía.

Seifer agradeció de corazón el momento en que Quistis salió del compartimento, no había sido su intención mostrarse como lo había hecho antes de que ella se fuera, expuesto e indefenso ante ella, esperando desesperadamente que lo aceptase por lo que era. Le dolía que no lo aceptara, era un hecho imposible de negar, pero llegar al punto de pedírselo, de estar dispuesto a lo que hiciera falta para conseguirlo. ¿En qué punto había comenzado a perder de aquella manera su identidad?

A lo lejos un coche con el emblema de Esthar levantaba una nube blanquecina de diminutos cristales de sal a medida que se abría paso sobre aquel inhóspito paisaje hasta llegar a estar junto a ellos.

La puerta del copilo to se abrió y ambos vieron en su interior a Ward, dándoles la bienvenida con una sonrisa de oreja a oreja. Perfecto, sería un viaje silencioso, justo lo que ninguno de los dos quería. Aquello les dejaría demasiadas posibilidades a sus cabezas de continuar con aquel ensordecedor ronroneo.


Temperance volvió a mirar hacia Laguna mientras éste se mantenía sentado en una butaca de piel color pistacho.

No conocía de nada a aquella niña, no tenía ni idea de dónde venía ni de quién se trataba exactamente. Sin embargo sabía que había visto esa cara en alguna parte antes.

La pequeña sin embargo continuaba paseando sus ojos de la cara de aquel hombre que la observaba intrigado a sus propios pies, sintiéndose la niña más idiota del mundo.

Por un momento había creído posible que Odine estuviera ya trabajando en aquella máquina del tiempo y que si se lo pedía podría tenerla terminada antes para que volviera a su tiempo sin necesidad de esperar a que nadie apareciera para llevarla de vuelta a casa.

Por eso llamó a Odine desde las cabinas que había disponibles dentro del tren y le pidió ayuda. Le explicó rápidamente quién era y cómo había llegado allí, sabiendo que aquel viejo loco no podría resistirse a la tentación de ir él mismo a conocerla para preguntarle por aquel maravilloso invento suyo con el que había conseguido viajar en el tiempo. Así burlaría la guardia que andaría buscándola por la ciudad y conseguiría hablar con Odine antes de que vinieran a buscarla y la llevaran una vez más al Jardín de Balamb.

Sin embargo en cuanto Odine vio que la niña no sabía realmente nada sobre el funcionamiento y la composición de la máquina que la había llevado hasta ese tiempo perdió el interés en ella y la llevó directamente a la residencia presidencial. Aún no había comenzado a trabajar en aquel ambicioso aunque fuera una idea que comenzaba a rondar su cabeza desde hacía meses, él tampoco podía ayudarla a volver a su tiempo.

Las puertas se abrieron y Quistis entró la primera, respirando aceleradamente por la pequeña carrera que se había dado desde que habían bajado del coche, cada vez más nerviosa y alterada. Y ahora por fin sentía que aquellas sensaciones paraban.

Temperance la vio correr hacia ella y por primera vez en días sintió que la sonrisa que brillaba en su cara era de pura felicidad. Aquella mujer que acababa de aparecer, aquellas cejas enfrentadas en una expresión de miedo y preocupación, la cara algo sonrojada por haber llegado corriendo, la manera en que sus ojos se movieron nada más entrar buscando los suyos. Aquella sólo podía ser su madre, su madre había venido al fin a buscarla para llevarla a casa.

Y con aquella anhelada sensación de alivio salió corriendo hacia ella y se le tiró literalmente encima, haciendo que Quistis perdiese el equilibrio cuando chocó contra su pecho y se balanceara peligrosamente hacia atrás.

Seifer la seguía unos pocos pasos por detrás de ella y ambas chocaron silenciosamente sobre su pecho, impidiendo que cayeran al suelo.

El ex-caballero se quedó mudo por un instante mientras Temperance lloraba sin parar abrazando a Quistis con todas sus fuerzas y Quistis le devolvía el abrazo con una naturalidad y calidez que casi le asustaron.

- Supongo que era ella ¿no? - preguntó Laguna levantándose de su butaca y acercándose a ambos chicos.

Quistis levantó la cabeza hacia él y Laguna se paró en seco, reconociendo por fin a la persona a la que tanto le recordaba aquella niña.

- Sí, muchas gracias – le dijo con una sonrisa algo aliviada.

- Bien – contestó Laguna un poco sorprendido por el parecido – Yo he de... terminar unas cosas – dijo suponiendo que sobraba en aquel pequeño y extraño reencuentro.

Pasó de largo aún confuso y desapareció pasillo arriba. Seifer caminó hacia la butaca de piel y se dejó caer en ella cerrando los ojos, aliviado por fin. La habían alzando después de todo.

Quistis apartó a la niña lentamente de ella y la observó rápidamente sólo para verificar que se encontraba bien. Entonces Temperance la miró atentamente y se dio cuenta de que no era realmente quien pensaba que era. Al menos no del todo.

Era la Quistis de aquel tiempo, la joven instructora del Jardín de Balamb, no la jefa de estudios a la que sabía que podía llamar "mamá" sin que la mirase como si hubiese pronunciado la mayor de las blasfemias.

Se apartó de aquella mujer mirando hacia el suelo, sintiéndose igual de sola y perdida que hacía sólo unos minutos. Pero una mano se posó sobre su pequeña cabeza, haciendo que girase aquellos grandes ojos verdes que comenzaban a llenarse nuevamente de lágrimas hacia Quistis.

- No vuelvas a hacer algo así – le dijo Quistis usando su famoso tono de instructora.

Temperance sentía como su barbilla temblaba a medida que se sentía más lejos de su hogar y más cerca del hecho de tener que vivir en un lugar como aquel, con un padre y una madre como aquellos.

Quistis la observó aún con el ceño fruncido mientras dos grandes lágrimas resbalaban por las mejillas de la niña y ésta bajaba la cabeza de nuevo, entre triste y arrepentida esta vez. Y esta vez la mano de Quistis se movió hacia su barbilla para que no dejase de mirarla.

Temperance vio a aquella mujer dedicarle una tímida sonrisa y sus manos la rodearon por la nuca permitiendo que pegase su cara a su estómago mientras lloraba a todo pulmón.

Seifer miró a Quistis increíblemente asombrado por aquel gesto y la chica dejó de sonreír justo en el momento en que levantó la mirada de la cabeza de la pequeña y miró a Seifer.

El joven se levantó de la butaca dejando escapar una carcajada sarcástica y se aproximó hacia ellas, pasando por al lado de camino a la puerta de aquel despacho.

- Todo esto también es porque te sientes responsables ¿no? - le preguntó con ironía – No hay emociones ni sentimiento ¿verdad?

Quistis oyó los pasos de aquel hombre, amortiguados por la tupida moqueta, a medida que se alejaba pasillo abajo y fijó su mirada pensativa en los ventanales que había al otro lado de la habitación.

Aquella niña necesitaba tranquilizarse y sentirse un poco menos fuera de lugar. Estaba asustada y perdida. Lo correcto era consolarla y tranquilizarla ¿No era cierto? ¿O había algo más que evitaba que separase a aquella niña de su abrazo mientras lloraba?


¿Empieza a ser un poquito menos borde? =D