Los personajes no me pretenecen, son propiedad de la gran Stephenie Meyer, y la trama le pertenece a Lucy Monroe.
Aqui les dejo otro capi, lamento no haberlo subido antes pero recien he acabado con las cosas del colegio,
Disfruten...
Capítulo 9
Bella se estaba vistiendo cuando Edward entró en su dormitorio. Ella le dedicó una mirada rápida y luego la desvió. Edward tenía aspecto de cansado, pero además tenía un aire de determinación.
Él había tomado una decisión. Y ella pensaba que la esperaba una discusión con él. No lo sabía, pero su instinto le decía que se pusiera en guardia.
Edward le puso la mano en el hombro, y ella tuvo que hacer un esfuerzo por controlar la reacción de su cuerpo a su contacto.
—¿Cómo te sientes, cara?
—Bien —ella se apartó de él.
Edward suspiró y se alejó.
—No te creo… —dijo.
—¿Ahora te has vuelto receloso? —se burló Bella sin mirarlo.
—Tal vez tenga razones para ello.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella mientras se calzaba un par de Vera Wangs.
Eran el complemento perfecto para el vestido verde que había elegido para la cena, pero los zapatos de punta no eran muy cómodos.
Edward la rodeó para mirarla.
Se abrochó la camisa y dijo:
—Me has ocultado muchas cosas en los últimos meses. Un dolor del que me deberías haber hablado, una hemorragia excesiva que podría ser peligrosa. Creo que se me puede perdonar que no te crea cuando me dices que estás bien.
Ella lo había estado protegiendo a él, maldita sea, pensó ella con rabia.
—¿Quieres que te diga la verdad? —preguntó Bella—. Me duele tanto que me gustaría tumbarme y morirme, pero no voy a hacerlo, y contarte lo del dolor no va a hacer que desaparezca.
—No puedo arreglar algo de lo que no estoy enterado.
—Tú no puedes arreglar esto en absoluto.
Él no dijo nada y ella se empezó a poner los pendientes con dedos temblorosos.
Cuando terminó, miro su imagen críticamente en el espejo.
Él le puso las manos en los hombros.
—Tal vez no pueda hacer que esto desaparezca, pero puedo organizar las cosas para que te quedes tumbada y te traigan una bandeja a la cama para cenar.
Era tentador, pero ella no podía empezar a ceder a la endometriosis.
—No —dijo.
Él frunció el ceño y preguntó:
—¿Por qué no?
—No quiero que tu familia se pregunte por mi salud. Ya tienen bastante estrés.
—Tú también.
—Es asunto mío, Edward.
—¿Y si yo te libero de ese asunto?
No era un comentario sin importancia. Ella lo notó en sus ojos.
—No me amenaces.
Él hizo un sonido de rechazo.
—No te estoy amenazando. Estoy intentando cuidarte, como debería haberlo hecho en estos meses.
«¡Oh, no!», pensó ella. Un Cullen con culpa era horrible.
—Ese no ha sido nunca tu deber, Edward. No te necesito para que me cuides. No soy una niña.
—¿Cómo puedes decir que no es mi deber? Tú eres mi esposa, mi responsabilidad.
—Un príncipe no puede mirar la vida de ese modo.
—Este príncipe lo hace.
Él no podía imaginarse cuánto había deseado ella oír algo así hacía meses. Pero había aprendido que una princesa no podía apoyarse en el cariño cuando estaba enferma. Al menos, no en el de su marido. Ni en el de nadie si ella tenía obligaciones que cumplir.
—Eso es algo nuevo.
—Quizás, pero es lo correcto.
—No, no lo es. Estás muy estresado por todo lo demás como para agregarme a mí a tu lista de preocupaciones, ¿me oyes? Tienes demasiadas cosas en que preocuparte como para agregarme a mí.
—No voy a descuidarte porque tenga otras cosas que requieran mi atención.
—¿Por qué no? Lo has hecho antes.
—Eso no es verdad.
Ella se apartó de él.
—Eres muy perceptivo.
—Ha habido momentos en que he tenido que dar prioridad a otras cosas, sí, pero eso ha sido porque me he visto obligado a hacerlo por las circunstancias. Nunca me he olvidado de ti ni te he apartado de mis consideraciones.
Ella no estaba de humor para una discusión acerca de su matrimonio. No había exagerado cuando le había dicho que tenía mucho dolor y que discutir con él no le hacía bien.
—Tenemos que darnos prisa, o llegaremos tarde a la cena.
—Yo prefiero que te quedes aquí y descanses.
—Yo no.
Él volvió a suspirar.
—No quieres que mi familia se preocupe por ti, pero te parece bien que yo me preocupe porque tú no te cuidas, ¿no?
—No estoy haciendo nada que ponga mi salud en riesgo —dijo ella, impaciente.
—Tienes dolor. No deberías exigirte tanto.
—Cenar con tu familia no es exigirme nada.
—Porque estás demasiado acostumbrada a anteponer el deber.
—Eso no es lo que dijiste en Nueva York.
—Es exactamente lo que dije, si recuerdas. Esa es la razón por la que tu comportamiento me chocó tanto y me preocupó.
—No actuaste como si hubieras estado preocupado. Te enfadaste.
—Estaba enfadado. Creí que tenías otras razones distintas que tu salud para hacer lo que estabas haciendo.
Ella bajó la mano del picaporte. ¿Qué razón era ésa?
—¿Qué otras razones?
—No quiero hablar de eso ahora.
Ella acababa de enterarse de que él ocultaba algo, tal vez algo importante.
—Pero yo quiero hablar de ello.
Sonó la campana de la cena por el intercomunicador y ella frunció el ceño.
—Volveremos a hablar de esto después de la cena.
—No hace falta. No importa.
—A mí sí me importa.
Pero primero iba a tomar sus analgésicos.
Él le ofreció el brazo.
—¿Vamos? —preguntó.
Ella tomó su brazo.
—Ahorraré energía en discusiones, para tenerla para cuando volvamos de la cena y hablemos.
—Pero tú has dicho que no querías hablar de ello… —dijo ella.
Ella no podía creer que él estuviera cediendo tan fácilmente en todo.
No parecía él.
—Y no quiero hacerlo, pero hay otras cosas de las que tenemos que hablar —comentó Edward.
—¿Como qué?
—Como el hecho de que no habrá divorcio.
No hubo tiempo de contestar, porque se encontraron con Jasper y Alice en el pasillo y bajaron juntos.
Emmet y Bella estaban esperando en el comedor cuando llegaron.
Emmet sonrió cuando lo vio bajar.
—Me alegro de que hayas decidido comer algo decente.
—Siempre como —se quejó Edward.
—Con mucho estrés, en tu escritorio o en un ambiente de negocios. Hacerlo con la familia es más relajante.
Edward sonrió haciendo que el corazón de Bella diera un vuelco.
—¿Estás seguro de ello? —dijo Edward.
Su afecto por sus hermanos era muy fuerte. Ella hubiera deseado un poco de él, pero nunca se lo había dado. Y ahora se le había metido en la cabeza que tenían que seguir casados. Pero seguramente sería por razones equivocadas. Era el sentimiento de culpa lo que lo guiaba. Eso no era suficiente para un matrimonio.
—Por supuesto —dijo Emmet—. ¿Lo vas a negar?
—No —dijo Edward, serio—. Ha sido una semana muy estresante.
Emmet y Jasper asintieron.
—Me gustaría poder ayudarte más con las responsabilidades de papá.
—No puedes hacer más —respondió Edward con una sonrisa—. Yo soy el heredero. Sólo yo puedo sustituirle.
—Estás haciendo un trabajo extraordinario —dijo Alice suavemente.
—Se me olvida la presión bajo la que vivís todos vosotros cuando Emmet y yo estamos en Italia. El mundo parece tan normal allí… Casi me olvido de que estoy casada con un príncipe… Con que sea un magnate tengo suficiente —comentó Rosalie—. Pero en cuanto llegamos aquí se hace evidente la presión que tenéis —Rosalie agitó la cabeza—. Espero que sea más fácil para nuestros hijos —se pasó la mano por el vientre como si consolase al bebé.
Cuando Emmet se lo acarició, Bella sintió una punzada de tristeza en su interior.
—Pienso que lo será —dijo Jasper.
—Sí —agregó Emmet—. Debes recordar, cara, que nuestro bebé tiene un príncipe, no un rey por padre.
—Eso es verdad —dijo Jasper—. Pero incluso los niños que tenga Edward se beneficiarán de una familia más extensa para ayudar a llevar el peso de las responsabilidades. Nuestro padre no tiene hermanos que puedan ayudar. La infancia de Gianni y de Anna es muy distinta a la nuestra —comentó.
—Pero los niños de Edward tendrán una vida más complicada que los nuestros.
Jasper estuvo de acuerdo con un suspiro.
—Me siento egoísta en mi gratitud, pero me alegro de que mi hijo no crezca sabiendo que un día será el rey de Isole dei Re.
—Es curioso pensar que nuestros hijos podrán escoger sus caminos mientras que sus primos tendrán su futuro determinado por su nacimiento —dijo Alice, frunciendo el ceño.
—¿Te molestó crecer sabiendo que no ibas a tener otra opción? —preguntó Rosalie a Edward mientras los hombres acompañaban a sus mujeres al comedor.
Edward esperó a sentarse para contestar.
—Nunca me he rebelado contra mi futuro. Desde siempre he sabido que un día sería rey y que eso entrañaba unas responsabilidades. Eso ha significado a veces que tuviera que poner a un lado mi vida individual.
Bella sintió que había un mensaje para ella en sus palabras.
—Yo no le envidio a Bella su posición —sonrió Alice a Bella—. Debe ser duro compartir a tu esposo con la gente del país.
Bella no podía negar sus palabras, pero había algo en ellas que no era cierto. Si Edward la hubiera amado, no creía que hubiera tenido problema con la gente y los problemas de Isole dei Re.
—Es un papel difícil, pero mi esposa ha sido siempre perfecta para la tarea —dijo Edward con tono de aprobación.
Ella se giró para mirarlo, y por un momento los otros ocupantes de la habitación parecieron desaparecer. Sólo estaban Edward y ella, y entre ellos un mensaje sin palabras.
Sin saber por qué, ella sintió ganas de llorar.
—No me arrepiento de haberme casado contigo —dijo ella.
—No es mi intención que lo hagas nunca —dijo él e hizo algo que jamás había hecho antes.
La besó suavemente en los labios delante de todo el mundo. Luego se irguió y siguió hablando con sus hermanos como si no hubiera sucedido nada fuera de lo normal.
Pero para Bella fue un shock.
La cena fue agradable, pero a medida que transcurría el tiempo, a ella le resultó más difícil enmascarar el dolor. Sólo probó un par de bocados del plato principal. El dolor se estaba haciendo insoportable, probablemente porque no había tomado calmantes en todo el día, para no estar tan adormecida mientras tenía que ocuparse de sus obligaciones.
Tal vez podría haber tomado un comprimido antes de la cena, pero le molestaba tener sueño, y sus cuñadas era mujeres astutas. Se habrían dado cuenta de que algo andaba mal, no como Edward.
Ella cada vez podía disimularlo menos, y en un momento, Edward se puso de pie y dijo:
—Creo que Bella y yo vamos a retirarnos temprano.
Jasper frunció el ceño.
—Todavía no han servido el postre.
—Estamos muy cansados y necesitamos descansar.
Edward agarró el brazo de Bella y dijo:
—Ven. Es hora de que estés en la cama.
Ella sabía que no podía hacer nada y no discutió.
—No es mala idea —dijo Jasper, mirando a Alice con otras intenciones.
Alice se puso colorada, pero sonrió, deleitada por sus palabras.
Edward esperó hasta que estuvieron fuera del comedor para alzarla en brazos.
Ella se sintió segura y arropada en sus brazos, aunque le hubiera dicho a Edward que no necesitaba sus cuidados.
Mentirosa, eso era lo que era. Porque eso era justamente lo que quería.
—Bájame —protestó—. Puedo caminar.
Pero era tan agradable no tener que hacerlo.
—¿Y si aparece alguno de tus hermanos y te ve llevándome así? ¿O alguno de los sirvientes? Habrá especulaciones.
—No sabía que tuvieras tanto miedo a los cotilleos.
—No lo tengo.
—Entonces, explícame por qué te has hecho ver por un médico de los Estados Unidos.
—Quería evitar los cotilleos de la prensa.
—Cotilleos al fin y al cabo.
—¿Quieres decir que no te importan? ¿No te importaría que los periódicos publicaran mañana que soy estéril? Recuerdo cuánto te molestó aquella vez que fui al spa del hotel en lugar de quedarme en la habitación, cuando me fui de compras con Alice a Nassau.
—Estabas atrayendo los cotilleos por una cosa absolutamente sin importancia. Es muy distinto tener que ocultar un problema de salud real por una cuestión de apariencias.
—Yo no lo estaba ocultando por una cuestión de apariencias.
—¿No?
—No. Yo… sólo… No quería que saliera a la luz antes de que nos divorciáramos. Habría afectado a tu imagen pública. El ciudadano común no comprende lo que significa ser parte de la nobleza.
—Puesto que no habrá divorcio, tu preocupación no estaba justificada.
—Eres muy cabezota y no me importa lo que digas. No quiero que tu familia se preocupe por nada.
—Tu estado dista mucho de ser «nada». Pero en relación a esto, no te preocupes. Tranquilízate. Si algún criado me ha visto llevarte en brazos, o mis hermanos, pensarán que tenía prisa por estar contigo en la cama.
—Eso no es posible.
—¿De verdad crees que sería capaz de seducirte sabiendo cómo te sientes?
—No, por supuesto que no. No sé por qué lo he dicho.
Y no lo sabía. Porque estaba segura de que él no haría nada que le hiciera daño físicamente.
—Bien, porque sólo un desgraciado ignoraría las molestias de tu periodo y el dolor que sientes como para intentar algo así.
—Yo nunca he dicho que fueras eso.
—No con esas palabras…
Ella se sorprendió y lo miró.
—Yo nunca di a entender que pensara eso de ti.
—¿Y cómo es que pensaste que el divorcio era la única opción cuando descubriste que tenías endometriosis?
—Fue una conclusión práctica.
La única solución que tenía sentido. Sobre todo ahora que ella sabía que él se había aburrido de ella. Y que su único valor para él era el sexual…
Aunque aun sabiéndolo, su corazón se rebelaba. Parte de ella, su lado más estúpido, se negaba a creerlo.
Él no dijo nada.
Cuando llegaron a sus apartamentos, él la llevó directamente al dormitorio.
—Voy a buscar tus calmantes.
Edward la dejó en la cama y luego se dio la vuelta para tomar las medicinas. Volcó dos comprimidos y se los dio. La ayudó a tomarlos sentándose a su lado y poniendo un brazo alrededor de sus hombros para sujetarla.
—¿Es ésta tu forma de mimarme?
—¿Te sientes mimada?
—Sí —sonrió ella a pesar del dolor.
—Entonces, sí.
—Gracias.
—No me lo agradezcas. Este debería ser tu derecho.
—¿Entonces me cuidas porque es tu deber?
—Dime una cosa, cara.
—¿Sí?
—Hasta hace pocos meses tu respuesta a mí en la cama era muy apasionada.
—Eso has dicho.
—¿Era el resultado del cumplimiento de tu deber?
—No, por supuesto que no. ¿Cómo puedes preguntarme eso?
—Del mismo modo que tú me preguntas si lo que hago es por una cuestión de deber.
—Tú no me amas, Edward.
—Me importas mucho. Siempre me has importado.
—Eso pensé yo al principio.
—¿Y qué cambió?
—No lo sé. Tal vez nada.
—Pero tú has seguido convencida de que no me importas.
—Me has dicho que te habías aburrido de mí.
—Estaba enfadado. Fue una mentira.
Ella no le creyó. Se dobló por el dolor antes de poder decírselo.
—¿Bella?
Ella se incorporó.
—¿Te duele mucho?
—Sí.
—¿Vamos al hospital?
—No.
—No eres razonable.
—Discutir no me ayuda a controlar el dolor.
—No debimos bajar a cenar.
—¿Por qué hablas en plural? Si no recuerdo mal, me propusiste que me quedase aquí a cenar, no que nos quedáramos juntos.
—Pero naturalmente yo me habría quedado contigo.
Ella no veía nada natural en aquello. De hecho aquellos mimos le parecían extraños en su relación.
—¿Por qué?
—Estás enferma.
—Y tú tienes obligaciones con tu familia.
—Lo que estuve dispuesto a relegar por obligaciones relacionadas con la Corona la semana pasada. Estuve aquí en el palacio por ti.
—No comprendo por qué.
—Tú eres mi esposa —dijo como si eso lo explicase todo.
—También era tu esposa hace dos años cuando tuve una gripe y sin embargo tú no te quedaste conmigo. De hecho me pediste que me mudase a otra habitación para que no te contagiase. También era tu esposa el año pasado cuando tuve un catarro y me dejaste en manos del cuidado de criados mientras tú volabas a Italia por negocios.
Él la miró como si no comprendiera la correlación que ella intentaba demostrarle.
—Esas circunstancias eran diferentes.
—¿En qué forma?
—No tenías un dolor como éste y sabíamos que las medicinas harían su efecto.
—Y antepusiste el deber a tus tiernos cuidados.
—¿Querías que yo fuera tu enfermero? Yo no veo que desees eso. Eres una persona muy independiente cuando estás enferma, y en general.
—Gracias —dijo ella con sarcasmo—. No soy independiente.
—Sí, lo eres. Tan independiente, que has tomado decisiones sobre nuestro matrimonio sin tener en cuenta a la otra parte.
—Es por eso por lo que fui a Nueva York, para consultarte.
—Una petición de divorcio no es una consulta.
—No iba a empezar de ese modo, pero tú me pusiste a la defensiva con esa actitud tan hostil. Parecías querer matarme por haber ido.
—Yo saqué conclusiones equivocadas y reaccioné así por ello.
—¿Qué conclusiones?
—Preferiría no entrar en ese tema.
—No está bien eso. Es un tema que podría entretenerme y desviar mi atención del dolor.
Edward dijo algo que ella no comprendió, pero era evidente su irritación.
Se sentó en la cama y se apoyó en el cabecero de la cama.
—Si vas a someterme a un tercer grado, prefiero estar cómodo.
Ella disimuló una sonrisa.
—Háblame de tus conclusiones equivocadas.
Me encanta como le responde Bella a Edward, ajajajaja el pobre termina mas que frustrado ajajajja.
Espero que les haya giusatdo el capi, y muchas gracias a todas por sus comentarion, y tambien gracias a los comentarios anonimos que recibo, lamentono poder contestarlos pero no me deja su mail :(
Si les gusta o no comenten, nunca esta demas una critica constructiva que te ayuda a mejorar y a perfeccionarte.
Sin nada mas que decir, nos leemos el jueves.
Las kiere, Aredhel.
