Atención: Todos los personajes y lugares mencionados en esta historia son propiedad de Square-Enix. Y quien diga lo contrario, miente.
Aviso: Este es un fanfic yaoi –relaciones chico-chico.
Email: fanfiker_
OBJETIVO: MI COMANDANTE
FanFikerFanFinal
EPISODIO 10: DIFERENTES ÁNGULOS PARA DISTINTAS SENSACIONES
Me vestí con unos vaqueros gastados y una camisa estampada, mientras mi mente divagaba. Dos mentes muy distintas y sin embargo, la misma conclusión: asumir el riesgo. Selphie y Seifer me habían dado el mismo consejo, sin saber absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo. Aquella mañana, encontré a ambos en la cafetería.
—¡Irvyyyyy!
—Ey, cowboy, tienes los ojos rojos —sonrió él—. ¿Dolor de cabeza? ¿O es que estás deseando besarme?
Lo ignoré y mastiqué mi croissant. Seifer se inclinó sobre mí y murmuró:
—Si te quiere, no te dejará.
Selphie me miró con una sonrisa malévola. A saber qué estaría pensando.
—¿Qué pasa?
—Anda, cuéntamelo, Irvy. ¿Es bueno Squall en la cama?
Me giré hacia Seifer para echar pestes. ¡Se supone que nadie debía saber de lo mío con Squall!
—Oye, me decepcionas. ¡Soy lo suficientemente aguda como para ver lo que pasa! O si no, ¿de qué ibas tú a preocuparte tanto por un amigo? —dijo ella, refiriéndose a mi charla de ayer.
—Oh, estupendo, Selph. Echa más tierra a mi reputación. Ahora no soy buen amigo.
—Sabemos cómo es Squall, no se enterará —aseguró, y ambos parecían tener una sonrisa de satisfacción, al ser los únicos enterados y quienes debían guardar el secreto.
—¡Mas os vale! —dije, sin más ganas de comer, me retiré a la biblioteca.
¿Por qué acudí a ellos? No confiaba, para nada. Bueno, sí en Selphie, pero no en Seifer. Un tío que te pone el sable pistola en el cuello cuando corren malos tiempos, no da mucha confianza.
Pero me ayudaron realmente y ahora, le contaré todo a Squall. Seré fuerte y no me derrumbaré frente a él.
Las clases me hicieron olvidar todo, así que, cuando Squall se presentó en mi cuarto a las seis de la tarde, lo miré con tanto recelo que temí que se diera cuenta.
—Estoy caliente —anunció, con una sonrisa en los labios.
Sonreí sin poderlo evitar. Es tan sexy cuando sonríe, me derretí en sus brazos. Nos besamos con la misma pasión de siempre, pero, al saber que sería la última vez, disfruté de ese momento más que otras veces. Recorrí todo su cuerpo con mi lengua, saboreando cada rincón de su cuerpo, apreciando los diferentes olores y sabores de mi comandante, completamente entregado a mí. Dejé marcas en su cuello, sabiendo que Squall se enfadaría por ello; arañé su suave y ancha espalda cuando le penetré, y acaricié su pelo una y otra vez cuando ambos caímos exhaustos en mi cama. Sus ojos grises, sin embargo, intuían algo, quizá un motivo de la desbordada pasión demostrada ese día, así que me vi obligado a contárselo.
—Squall. Tengo algo que decirte.
Se incorporó, sin retirar su mirada de la mía, esperó, paciente.
—¿Tú me quieres, Squall?
Sus ojos se desviaron a otro lado, y dejó de estar sobre mí. Se sentó sobre la cama, y extrañé su calor inmediatamente.
—¿Por qué me preguntas eso? ¿No te basta con lo que he compartido contigo?
—Claro que disfruto mucho contigo —dije, incorporándome a mi vez—. Me encanta todo lo que me haces, cuando subo a las nubes sólo es tu nombre el que pronuncio, Squall, pero, ¿y tú? ¿Qué piensas cuándo llegas al orgasmo? ¿O acaso no dedicas ni un solo pensamiento a quien, según tú, te está ayudando a descubrirte?
Se quedó sin palabras. Helado. Pero, afortunadamente para él, sabe componerse.
—¿Desde cuándo te has preocupado por alguna de tus conquistas? ¿Qué más da en quién piense yo? ¿O acaso eres tan posesivo que quieres también poseer mi alma?
Me levanté de la cama, dolido.
—Empezando porque tú no eres una conquista para mí, Squall. Ya te dije lo que siento, antes de que comenzáramos con nuestras sesiones de sexo.
—Pero quedamos en que sólo sería eso —demandó.
—Es cierto —dije, apretando los nudillos—. Pero no puedo. No contigo.
—Entonces, ¿por qué aceptaste?
—¿Crees que arriesgaría nuestra longeva amistad por algo tan fútil como sexo?
Se levantó, y, poniéndose la ropa, nervioso, concluyó.
—Para serte sincero, sí.
Me colapsé en la cama, derrotado. Si él pensaba así sobre mí, como el resto del mundo, en la persona que se mete en tu cama hasta conquistarte y luego te usa como una basura, sinceramente, la relación no llegaría más allá. Volvíamos al principio. A no confiar.
—Aaah, en fin. Debo aceptar que la única persona de la que me he enamorado, mi amante y mi mejor amigo, una esperanza que me ha mantenido vivo, sólo me ha utilizado.
—¿Y accediste a acostarte conmigo a pesar de tus sentimientos? ¿No es eso algo egoísta? Quiero a Squall, pero como no conseguiré nada de él nunca, mejor si me lo tiro. Así, al menos, tendré otro más en mi larga colección de amantes. Y después de cuatro meses, te das cuenta de que ya no quieres sexo conmigo porque no puedo darte más. ¿No crees que te mereces lo que te está ocurriendo? ¿Alguna vez pensaste en lo que sentían las chicas que te amaban cuando se acostaban contigo?
Sonreí, levemente. ¿Eso era una venganza? ¿Una venganza planeada por él?
Ya vestidos, nos miramos con determinación. Squall habló de nuevo.
—Entonces, quieres dejarme porque yo no puedo decirte que te quiero.
—No. Te dejo porque no confías en mí. Porque, a pesar de lo compartido, tú piensas como todo el mundo: que soy un insensible sin emociones. Que puedo acostarme con mi comandante para el regocijo de mi ego —dije, tratando de tragarme las lágrimas—. A pesar de que te confié mi más alto secreto. Estoy muy bien contigo, Squall, disfruto mucho lo que me haces, pero, lo siento, necesito estar a tu lado como Rinoa lo estuvo contigo. Llámame egoísta, pero es así. Al menos, yo he dicho lo que siento. Si te asusta o incomoda tener a una persona que te ama, dejémoslo.
No quise mirarlo. Me hundí en la cama con fuerza suficiente para no llorar, para no humillarme. Segundos después, Squall abandonaba mi cuarto, y yo, al no ver rastro de él en el cuarto, y sintiendo aún su cálido aliento en mi cuello, me quedé tirado, decidido a no volver a salir por la puerta ese día. Y ahí, entre sábanas deshechas y olor a sexo, dejé de ser Kinneas el ligón. Pasé a convertirme en un hombre con el corazón destrozado.
CONTINUARÁ
