Buenaaaaaaas! Primero que nada, lamento muchísimo la demora. Me quedé sin computadora y ahora tengo que estar rogándole a mi hermana por unos minutos en la laptop para poder escribir de tanto en tanto y finalmente publicar. Ahorita aprovecho que está dormida y que no sabe que hay internet. Este capítulo es bastante largo en recompensa a mi tardanza, así que espero que lo disfruten. Un pequeño anuncio: LA HISTORIA HA ENTRADO EN SU RECTA FINAL. Si, así es. Un par de capítulos más, tal vez un epílogo y la historia termina. Espero que hasta ahora la hayan disfrutado tanto como yo.
No molesto más, a leer!
Sakura y todos sus personajes son propiedad de CLAMP
UNDERCOVER
-10-
[3 DIAS ANTES]
—FEZ-AL BALI, MARRUECOS (10:00 AM)
La estancia estaba vacía, pero aun así revisó una última vez para estar segura. Sólo en ese momento pudo respirar tranquila. Se dejó caer, exhausta, en uno de los sillones de la sala y se cubrió el rostro polvoriento con un cojín. Tres días. Tres días habían pasado desde la última vez que habló con él. Lo había llamado en varias ocasiones, pero la llamada siempre se iba al buzón. Incluso se había arriesgado a preguntar en la calle si es que no habían visto a un hombre con sus características. Nadie le daba razón. Estaba a punto de volverse loca. No sólo por su creciente preocupación por el paradero de Shaoran, sino por todo lo que le había tocado pasar.
Esas últimas 72 horas habían sido traumáticas para ella. Entre escapar de un vicioso grupo de matones, cometer otros dos asesinatos, y finalmente allanar la casa de una familia rica, su estabilidad mental estaba en juego. Metida en esa casa, todo el cansancio y el dolor de sus heridas le cayó encima como un peso muerto. Lo único que quería en ese momento era dejarse llevar por el sueño y dormir todo lo que no había podido. Pero eso era imposible, los dueños podrían llegar en cualquier momento y ella ya había pasado demasiado tiempo allí. Se había dado un baño, había robado algo de ropa de la habitación de una adolescente, había comido y había empaquetado algo de enlatados y unas cuantas botellas de agua. Todo lo metió en su mochila y salió de la casa como había entrado: por la ventana de la habitación principal.
Una vez en la calle, se acomodó el cabello para que los largos mechones negros le cayeran sobre el rostro, y le protegieran un poco. No estaba segura de si Hikaru continuaba tras su pista, y posiblemente tendría hombres patrullando todos los rincones de la ciudad. Todavía no estaba lista para otro enfrentamiento, además comenzaba a quedarse sin municiones. Su única opción era robar armas a los matones que la seguían. Soltó un pesado suspiro, caminando calle abajo, haciendo un esfuerzo para mezclarse entre la gente, pero definitivamente la suerte no estaba con ella. A escasos cien metros por delante dos tipos de traje esperaban pacientes recostados contra la fachada de un café. La localizaron de inmediato, más no se movieron, solo le sonrieron y amablemente le mostraron que estaban armados.
Sakura se acercó a ellos y les saludó con una cabezada.
—Andan amables el día de hoy —les soltó, víctima de la adrenalina—. ¿Vinieron a saludar?
—Nosotros no, Matsuda-san quiere verte. Se enteró que estabas por aquí.
—Pues lamentablemente no puedo ir a verlo, tengo cosas que hacer.
Y sin darles la oportunidad, echó a correr calle abajo. Esquivando gente, colándose por callejuelas, metiéndose en restaurantes, galerías y escapando por las puertas traseras, esquivando disparos, liberándose del agarre de esos tipos, salvando por poco una puñalada en la espalda. Quería contratacar, pero llevaba la mochila a la espalda y sacar un arma suponía perder velocidad. Cruzando una atestada avenida creyó haberlos despistado. Se permitió relajar un poco el paso, pero a los pocos minutos se arrepintió de haberlo hecho.
Una contundente patada en la pantorrilla la hizo caer de bruces al suelo, lacerándose las palmas de las manos. Se levantó de un salto, ocultándose en un callejón cercano y antes de que los tipos llegaran escondió su mochila entre unas fundas de basura. Un segundo después le cerraron el paso. Uno de ellos le propinó un golpe en el estómago que la mandó de rodillas al suelo. Dos veces había besado el asfalto en menos de un minuto. El otro tipo se agachó a su lado, y aferrándola con fuerza del cabello la puso nuevamente en pie.
—Tendrás que cancelar tus citas del día de hoy, princesa. Matsuda-san realmente necesita hablar contigo.
Sin soltarla, la arrastró por el callejón dónde la habían atrapado, la metieron de malas maneras en el maletero de un auto y arrancaron al instante. Encerrada en la asfixiante oscuridad del maletero, Sakura hacía un esfuerzo monumental para no empezar a llorar.
—TOKIO, JAPÓN (19:00 PM)
— ¿Lograron restablecer la conexión?
Saya gruñó como única respuesta sin dejar de teclear como una posesa en su ordenador. Eriol esperó un minuto a ver si añadía algo más, pero entonces comprendió que no iba a ser posible. Habían pasado tres malditos días desde que habían perdido el rastro de Shaoran y Sakura y casi parecía que no iban a encontrarlos de nuevo. Él había guardado la esperanza de que su mejor amigo intentara de comunicarse con ellos, pero luego recordó que eso estaba prohibido. Si algo salía mal en una misión, tú trabajo como agente de campo era esperar a que el resto del equipo se comunique contigo. Se pasó una mano por el cabello, alborotándolo. Sentía el corazón en la garganta. La preocupación por sus dos amigos se estaba haciendo insoportable. Eso sumado a la insistencia de su esposa por saber que carajos hacía en Tokio en lugar de en su casa iba a volverlo loco.
—Tenemos problemas.
Kenichi entró en la estancia luciendo una expresión de derrota nunca antes vista. Saya, sus técnicos y Eriol dejaron de trabajar al instante.
—La familia de Kinomoto-san está comenzando a hacer preguntas para las que no tenemos respuesta. Hasta ahora he conseguido controlar la situación insistiéndole a ese hermano tan tozudo que tiene que se encuentra en un entrenamiento especialmente duro y que no hay forma de interrumpirlo.
—Si quieres puedo hablar con Touya, convencerlo de alguna forma que su hermanita está bien —se ofreció Eriol.
Kenichi negó rotundamente.
—Eso nos lleva a nuestro segundo problema. Considerando la situación actual los jefes han decidido aplicar el código azul y no hay forma de revocarlo —añadió para acallar las protestas de los otros—. Eso es una medida de protección. Desaparecer a Li Shaoran y a Kinomoto Sakura de la faz de la tierra es la única forma de ayudarlos. Mientras se mantengan dentro de su personaje tendremos una oportunidad.
Se recostó contra la pared y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Sé que hasta ahora parece que no se ha hecho demasiado, pero tienen que entender. Enviar gente a Marruecos solo levantaría más sospechas y empeoraría la situación. Lo único que les pido es algo de tiempo a que se asienten las aguas, nada más. Les prometo que voy a traerlos con vida.
Eriol frunció el ceño.
— ¿Y quien va a explicarle a la familia Kinomoto y a la familia Li lo que es el código azul significa? Cuando vean en el noticiero sus fotografías y escuchen el reportaje van a querer respuestas. Después de todo, las personas que más aman están muertas.
—Tú sabes que eso no es así.
— ¡Pero ellos no! —gritó—. Ellos no lo saben, no tienen ni idea de que les están diciendo una mentira para que los den por perdidos cuando todavía están vivos.
Kenichi comenzaba a perder la paciencia.
—Escucha, chiquillo, si realmente quieres verlos vivo de nuevo te sugiero que te dejes de estupideces y madures un poco. Lo que menos necesitamos ahora es que Hikaru se entere de quienes son ellos realmente. Y te guste o no, para el noticiero de las nueve, Kinomoto y Li van a estar muertos.
Soltó y salió cerrando de un portazo.
—FEZ EL JEDID, LA MELLAH, MARRUECOS (11:30 AM)
Shaoran respiró profundo al tiempo que terminaba de guardar algo de comida enlatada en una mochila que se había robado de una tienda. Era la primera vez en toda la historia de sus misiones en la que se había visto obligado a recurrir al robo y al allanamiento de morada para sobrevivir. Pero las circunstancias necesitadas requerían de medidas desesperadas. Terminó de preparar la mochila y luego se aseguró de no dejar rastro alguno de su presencia en esa casa. Se había bañado, había cambiado su terno todo sucio y ensangrentado por unos pantalones y una camisa de algodón, había comido, había atendido sus heridas y recuperado sus fuerzas.
Por tres días había deambulado por la ciudad como alma en pena, famélico y magullado, con la única intención de encontrar a Sakura y morirse allí mismo. Había sido una bendición cruzarse con esa casa vacía. Al parecer los dueños habían salido de viaje, porque todo tenía una ligera capa de polvo encima. Pasó allí toda la noche y gran parte de la mañana, lamiéndose y acicalándose como gato vago y finalmente había decidido ponerse en acción.
Tenía que encontrar a Sakura. Y pronto. Cada vez que pensaba en ella se le cerraba el pecho. No era supersticioso, pero tenía la ligera sensación de que se encontraba en peligro. Negó ligeramente con la cabeza y salió de la cocina. Una vez en la sala localizó la ventana por la que se había colado y regresó a la calle. Por un instante no tuvo ni la menor idea de lo que hacía. Sakura podía estar en cualquier lugar de la ciudad y sus posibilidades de encontrarla se hacían cada vez más bajas. Necesitaba trazar un plan de acción. Lo primero que haría sería conseguir un mapa de la ciudad y localizar las zonas altamente turísticas y comenzar a buscar desde allí.
Con esa idea en mente comenzó a caminar calle abajo hasta que dio con un pequeño puesto de revistas. Después de mucho negociar consiguió que el dependiente le regalase el mapa en lugar de comprarlo.
—Gracias —le dijo y se alejó rápidamente de allí.
Mientras caminaba iba examinando el mapa y pronto supo dónde se encontraba: El Mellah, el barrio judío de la nueva Fez. Cerca de allí, unas cuantas cuadras hacia abajo, estaba una de las mezquitas más grandes de la ciudad. Quince minutos más tarde entraba en la abarrotada mezquita, buscando entre todos los rostros el de Sakura. Media hora después comprendió que no iba a encontrarla. Y así fue de un lugar a otro, recorriendo la ciudad a pie, sin señales del largo cabello negro o los brillantes ojos verdes. Finalmente, casi a las ocho de la noche había perdido todas las esperanzas. Cansado después de tanta caminata se coló en una cafetería y se pidió un vaso de té helado para combatir el calor de la noche. Mientras esperaba a que la camarera le trajera su pedido, clavó los ojos en el televisor. Estaba sintonizado un canal de noticias internacionales y por suerte la reportera hablaba en inglés. Se dispuso a escuchar pero desconectó el cerebro casi al instante.
No fue hasta que escuchó la inconfundible voz del capitán del departamento de policía de Tomoeda que se dignó a prestar atención. Era una grabación de una entrevista que le hacía una reportera norteamericana de corto cabello rubio y fácil sonrisa. Al lado izquierdo de la toma, manteniendo un discreto segundo plano, estaba Tsukishiro Yue, Jefe del departamento de criminología.
—…es realmente lamentable la pérdida de tan buen elemento —decía en inglés a la reportera—. La señorita Kinomoto fue una dedicada agente que aceptó someterse al entrenamiento a sabiendas de sus riesgos.
— ¿Qué sucedió exactamente, capitán?
El hombre soltó un pesado suspiro.
—Un ejercicio de prueba que salió mal, y lamentablemente Kinomoto pagó las consecuencias de su devoción y dedicación al departamento. Mi más sentido pésame a la familia de Kinomoto-san.
En ese momento la pantalla se puso negra y regresaron al curso de las noticias. Shaoran no terminaba de procesar lo que acababa de escuchar cuando otro reportaje casi le paraliza el corazón.
—El afamado abogado Li Shaoran, quién hace un mes y medio viajó a Suiza por negocios, ha sido reportado como desaparecido y posiblemente muerto por trabajadores del hotel dónde se hospedaba después de más de una semana de ausencia. La policía sueca en cooperación con la embajada japonesa en el país está haciendo todo lo posible por ubicarlo.
Así que lo habían hecho. Habían declarado el código azul. Las cosas debían estar muy mal para que Kenichi hubiese tomado esa decisión. Él sabía que era un protocolo de seguridad, un intento desesperado por mantenerlos con vida, pero aun así no pudo evitar que una rabia ciega se apoderase de él. Prácticamente los habían abandonado a su suerte en otro continente, perseguidos por un despiadado asesino. Ahora si estaban verdaderamente solos.
Se pasó una mano por el rostro y repente recordó a Meiling. No había hablado con ella en casi un mes y ahora ella creía que estaba muerto. El peso de la culpa le impedía respirar. Era un imbécil. Y entonces pensó en Sakura y en su familia. Ellos si no tenían esperanza de verla nuevamente, o al menos eso era lo que ellos creían. Que había muerto en un ejercicio fallido era remotamente posible. No se podía imaginar como debía sentirse su hermano y los demás. El corazón se le achicó en el pecho. Tenía que encontrarla y sacarla del país antes de que fuera demasiado tarde.
—TOMOEDA, JAPÓN (03:00 AM)
Kinomoto Touya llevaba más de una hora contemplando con expresión vacía la taza de té ya frío que reposaba sobre la mesa de la sala. Silenciosas lágrimas le resbalaban por las mejillas y ligeros temblores le sacudían los hombros. Su hermanita estaba muerta. Después de todo lo que había tenido que luchar, había perdido la guerra. Ni la depresión, ni la anorexia, ni la soledad habían conseguido arrebatársela, pero entonces tuvo que hacerse policía y largarse a entrenar en quién sabe dónde y terminar matándose. Es que le parecía imposible de creer. Ocho años de mantenerla viva y a salvo de si misma se había ido a la basura en un dos por tres. Yue les había llevado las noticias esa noche. Y no pudo evitar odiarlo. Se suponía que él iba a protegerla cuando él no pudiera. Él iba a ser sus ojos cuando no pudiera ver, él iba a ser sus oídos cuando no pudiera escuchar.
Muy en el fondo sabía que era una ridiculez y que él realmente no era responsable de nada. Pero ayudada mucho tener a quién culpar.
—Touya.
Yukito entró a la sala con los ojos hinchados y el rostro enrojecido. A diferencia de su pareja, él si había perdido el control por completo cuando se enteró. Sakura era una persona muy especial para él, irreemplazable e inolvidable. Pero no solo lloraba por ella, sino por Touya. Él sabía lo mucho que había luchado por recuperar a su hermana después de todas las cosas que le habían sucedido. Y que de recompensa por su esfuerzo recibiera su cuerpo en una caja era la más grande injusticia del mundo.
— ¿Y tu hermano? —preguntó el aludido con voz ronca.
—En la cocina hablando por teléfono —le sujetó la mano con fuerza—. ¿Cuándo es el servicio?
—Mañana a las diez.
— ¿Nos dejarán verla?
—Está prohibido —repuso Yue entrando a la estancia—. Políticas del departamento.
El muchacho tomó asiento frente a los otros dos y agachó la cabeza. Los ojos azules estaban hinchados y ligeramente enrojecidos, única evidencia del mar de lágrimas en el que había convertido al recibir la noticia. El capitán se lo había comunicado en la tarde. Sakura había muerto en Marruecos y la estúpida misión para atrapar a Matsuda Hikaru había quedado en el aire. El hijo de puta seguía vivo mientras que Sakura, su Sakura… se detuvo de inmediato. Ya no podía seguir pensando en ello. Al menos no mientras estuviera en esa casa. Ni Touya ni si hermano podían entrarse bajo ningún concepto que su princesa había estado involucrada con el servicio secreto y un asesino.
Iba a añadir algo, cuando sonó el timbre de la puerta.
—Yo voy —dijo Yukito al tiempo que abandonaba la estancia.
A los pocos instantes regresó acompañado de una llorosa Tomoyo y un silencioso Eriol. Los recién llegados saludaron a los presentes y se dejaron caer en las butacas libres de la sala. Mientras tanto Yukito desapareció en la cocina.
—Lo vimos todo en las noticias, ¿cómo pasó? —preguntó Tomoyo con la voz quebrada.
—Lo que escuchaste: un ejercicio que salió mal.
— ¿Tú sabes algo más? —le preguntó entonces a Yue.
—Lo mismo que Touya, Daidouji-san. Por mi cercanía con la familia no pueden revelarme toda la información. Y lo mismo va para su marido —añadió, sospechando que la chica había exprimido a Eriol como un limón.
—Lo sé.
En ese momento regresó Yukito al salón con una tetera y cinco tazas de porcelana. Dejó todo sobre la mesa y se dispuso a servir.
— ¿Cuándo es el servicio? —preguntó Eriol haciendo un esfuerzo monumental por controlarse. No podía creer lo mucho que esa familia estaba sufriendo por una muerte fingida. Y de todo el mundo, era él a quien le había tocado cargar con el peso de la verdad.
—A las diez —Yue se puso de pie sin tocar su té—. Nosotros tenemos que estar en la estación a las ocho. Buenas noches.
Y así de rápido abandonó la casa. Los otros se quedaron sumidos en un pesado silencio.
—Si tan solo supieran… —se dijo Eriol para sus adentros—. Si tan solo supieran…
—FEZ-AL BALI, MARRUECOS (22:35 PM)
Sakura había tenido razón al creer que Hikaru no quería verla. Sabía que la tenían, sí, pero la consideraba tan poca cosa que había dejado la situación a cargo de sus matones. Le habían dado una paliza y luego de tenerla atrapada casi todo el día, la habían botado a la calle como un saco de basura. Simplemente le habían dado una advertencia: 'Hikaru sabe que siguen en la ciudad y que no van a salir con vida de aquí' Se preguntaba porque no la habían matado, hubiese sido la salida más rápida. Y aun así seguía viva. Al borde del colapso, pero viva.
A esas horas de la noche la parte veja de la ciudad estaba relativamente vacía; sólo unos cuantos paseantes seguían deambulando por las calles, de un lugar a otro. Todos parecían ignorar el estado en el que estaba, y aunque algunos le dedicaban una mirada de casco, otros la obviaban por completo. Cansada y adolorida encontró un callejón oscuro entre dos casas que se le hizo tremendamente familiar. Haciendo un último esfuerzo removió las bolsas de basura y encontró, con mucha felicidad, su mochila. Allí la había escondido un minuto antes de que la atraparan. La abrazó como a un oso de peluche y se dejó caer al suelo. Casi al instante se quedó dormida.
No sabía cuanto tiempo había pasado desde que se desmayara en el callejón, pero lo primero que notó al despertar fue de la suavidad del suelo. Sonriendo bobamente entre sueños se acomodó mejor y se cubrió hasta el cuello con las sábanas. Y entonces la paz se convirtió en pesadilla cuando su cuerpo comenzó a retorcerse de dolor. Un agudo chillido escapó de sus labios y se asustó al no reconocer el sonido de su propia voz. Entonces unas manos cálidas salieron de la nada y le acariciaron con ternura la cabeza mientras que le susurraban en el oído. Lentamente volvió en si y abrió los ojos a una habitación tenuemente iluminada. Una mujer de piel morena y espeso cabello negro yacía a su lado.
De forma instintiva saltó fuera de la cama y se encogió en una esquina de la habitación. La mujer le sonrió como se sonríe a una niña pequeña y se acercó a ella con pasos cautelosos. A sesenta centímetros se detuvo.
— ¿Estás bien? —le preguntó en fluido inglés con marcado acento árabe—. Mi nombre es Ilona, estás en mi casa.
Eso pareció relajar un poco a Sakura, pero aun así no se movió un ápice.
— ¿Cómo llegué hasta aquí?
—Te encontré en el callejón hace un par de horas. Creí que estabas muerta. Mi marido te trajo hasta acá y yo te cambié de ropa y curé tus heridas —se sentó en la cama sin despegar sus ojos de la muchacha—. ¿Qué te pasó?
¿Qué podía decirle? ¿Qué uno de los hombres más buscados en el mundo la quería muerta? ¿Qué era una espía japonesa en medio de una misión que prácticamente se había ido al caño? Nunca. Así que soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.
—Mi marido… —agachó teatralmente la mirada—. Estábamos celebrando nuestro aniversario y por una vez creí que podíamos pasarlo en paz, pero ya ve.
Pasado el miedo inicial regresó a la cama.
—Creí que iba a matarme.
Ilona le pasó un brazo por los hombros.
—Ahora estás a salvo —le aseguró en tono maternal—. ¿Viniste sola con él?
—No —repuso de inmediato—. Mi hermano también está aquí. Nos íbamos a encontrar hoy en la mezquita.
La otra mujer consultó su reloj.
—Todavía es de madrugada, duerme un poco y te despertaré para el almuerzo.
—En realidad ya no puedo dormirme.
Ilona sonrió.
—Entonces no te molestará ayudarme a preparar el desayuno.
Sakura asintió y siguió a esa mujer tan extraña fuera de la habitación. La casa era relativamente pequeña, de dos plantas, con tres habitaciones, una sala-comedor y una cocina.
—Siéntate allí y pela estas manzanas —puso una docena de la fruta y un cuchillo sobre la mesa—. ¿Cómo te llamas?
—Sakura —no tenía sentido mantener la farsa con ella.
—Eres bastante extraña, ¿sabes? ¿Quién se escapa de su marido con sólo una mochila que pesa una tonelada y sin dinero?
La chica rio nerviosa. La mochila. ¿La habría revisado?
—No la he tocado si eso crees —le dijo como si le hubiese leído el pensamiento—. Está en tu habitación.
Soltó un ligero suspiro de alivio.
—Gracias.
—De nada. Mas tarde me acompañas a la mezquita y de paso buscas a tu hermano, ¿Qué dices?
—Claro.
Por espacio de una hora pasaron en silencio, cada una metida en sus cosas. Cuando la luz del sol se colaba con fuerza por las ventanas Ilona decidió que habían preparado suficiente comida. Sonriéndole a Sakura, comenzó a preparar la mesa. De repente Sakura captó movimiento a sus espaldas y se tensó visiblemente. La otra mujer parecía ajena a la presencia en la puerta de la cocina.
—Abul —Ilona dejó la fuente de frutas picadas en el centro de la mesa y corrió a abrazar a su esposo—. Sakura, la chica que encontramos, ya despertó. Ven a conocerla —añadió en árabe.
El tipo entró en la cocina, sus brillantes ojos negros reluciendo como la obsidiana. Al igual que Ilona tenía la piel oscura y el cabello azabache. Con una escueta sonrisa se acercó a Sakura y le plantó un beso en la frente. Ella no entendía como un par de desconocidos se preocupaban tanto por una completa desconocida.
— ¿Cómo terminaste en ese callejón?
—Luego te cuento —repuso Ilona frunciendo el ceño—. Ahora come o llegarás tarde al trabajo.
El desayuno transcurrió en un relajado silencio. Media hora después del amanecer Abul se marchó con la promesa de reunirse con ellas para almorzar en un restaurante cerca de la mezquita. Sakura se despidió de él en lo alto de la escalera y rápidamente se escabulló hasta la habitación en la que había despertado. Cerró con llave tras ella y se lanzó junto a la cama para recuperar su mochila. Revisó al vuelo su contenido y dejó escapar otro suspiro. Todo estaba como se suponía. No había terminado de esconder la mochila bajo la cama cuando Ilona llamó a la puerta. Abrió al instante.
—Te traje algo de ropa y un botiquín para tus heridas. No es mucho, pero ayuda.
—Muchas gracias —recibió las cosas que la mujer le ofrecía y las dejó sobre la cama—. ¿Puedo preguntarte algo?
La mujer sonrió.
—Ya lo estás haciendo, pero adelante.
— ¿Por qué me ayudaste? No todo el mundo recoge a un extranjero de la calle, lo cuida y se preocupa tanto.
La verdad era que no había podido dejar de pensar en ello. No lo comprendía. ¿Por qué tanta amabilidad?
Ilona suspiró y se recostó contra el marco de la puerta.
—Eres idéntica a tu padre —dijo componiendo una mueca melancólica—. Hace veinticinco años que no te veo. Cuando sólo eras una bebé tu padre, quien fue mi colega por mucho tiempo, te trajo aquí para que te conociera; siempre le había insistido en que si tenía una hija, esta se parecería a Nadeshiko, pero me equivoqué —se sentó en la cama bajo la atenta mirada de la chica—. No importa de qué color te tiñas el pelo, esos ojos verdes son inconfundibles… cuando ellos murieron me prometí que si algún día necesitabas mi ayuda, haría todo lo posible por dártela.
Hubo un minuto de silencio.
—No sé que haces en Marruecos ni en qué estás metida ni por qué tienes armas en esa mochila, pero si en algún momento requieres de un lugar dónde esconderte, siempre puedes venir aquí.
Sakura se pasó una mano por el cabello, cayendo a peso sobre el colchón. No sabía si creer de todo corazón lo que acababa de escuchar, pero al menos parecía bastante sincera para darle una oportunidad. Además era cierto que su padre, al ser arqueólogo, tenía amistades en todo el mundo. No era tan descabellado que una de sus colegas viviese en un continente con tanta historia. Empezaba a dolerle la cabeza.
—Mi hermano no está esperándome en la mezquita y no tengo marido —confesó al fin.
—Lo suponía.
—Pero sí tengo que encontrar a alguien y pronto. Tengo que asegurarme de que está a salvo.
Ilona asintió, poniéndose de pie.
—Primero vamos a pintarte el cabello para desaparecer esas raíces y luego ya veremos que se hace.
La mañana transcurrió a tal velocidad que para cuando Sakura vino a darse cuenta ya eran las dos de la tarde. Ilona había hecho maravillas con su cabello, pintándolo de un negro azulado y arreglando las extensiones para dar la apariencia de que le había crecido al menos cinco centímetros. Después se volvió a curar las heridas y maquilló los moretones más visibles en sus brazos, la ayudó a vestirse con unos vaqueros, camiseta negra y botas de combate que le llegaba a la rodilla. Finalmente le maquilló los ojos, enmarcando las brillantes gemas verdes en una gruesa línea de lápiz negro y algo de máscara para las pestañas. Era otra persona. Una versión mejorada y más peligrosa de Hatori Yuuka.
Se contempló por espacio de cinco minutos en el espejo, asegurándose de que todo quedase perfecto. Se acomodó la ropa un par de veces y se echó un vistazo desde todos los ángulos. Nunca lo hubiera admitido en voz alta, pero estaba guapa.
— ¿Lista? —Ilona ya tenía el bolso colgado del brazo y las llaves de la casa en la mano—. Así como estás ahora te pareces a tu hermano.
Sakura frunció el ceño. No quería parecerse a Touya.
—Es una broma, ahora vamos. ¿Tienes todas tus cosas? —la chica asintió—. Bien.
Salieron de la casa a un calor asfixiante. Las calles, como siempre, estaban abarrotadas de gente y era difícil caminar.
—Si para la noche no has dado con él todavía, regresa aquí. Ya mañana lo intentarás de nuevo.
Sakura asintió, aunque realmente no tenía intenciones de volver. Ya había perdido cinco días y no se podía permitir perder otro más. Hasta dónde ella sabía, Shaoran podía estar muerto. Además, no quería poner a Ilona en peligro. Mientras más tiempo estuviese con ella, más probable era que los matones de Hikaru la encontrasen y la mataran.
—Gracias por todo, de verdad —la abrazó con fuerza y se separó con rapidez—. Tal vez nos veamos esta noche.
—Claro.
La abrazó de nuevo y se marchó, perdiéndose entre el mar de gente.
[DOS HORAS ANTES]
—FEZ EL JEDID, LA MELLAH, MARRUECOS (12:00 PM)
Oficialmente habían pasado siete días de búsqueda infructuosa. Siete días de ser perseguida, golpeada, raptada y perseguida de nuevo sin obtener ninguna pista. Fez no era una ciudad tan grande y después de haberla recorrido tantas veces se había aprendido de memoria sus calles. Solo por eso sabía que ahora se encontraba en La Mellah, el barrio judío. En esa larga semana sólo había estado allí en una ocasión y sin éxito. Aun así intentó una vez más. Tal vez ahora sí tendría suerte.
Revisó comercios, cafeterías, restaurantes, incluso preguntó a los paseantes. Unos pocos recordaban haber visto a un hombre de sus características tres días antes. Eso era algo. Pero sus esperanzas volaron al cielo cuando un viejo que atendía un puesto de periódicos cercano le dijo en un muy rudimentario inglés que le conocía. Le había regalado un mapa de la ciudad, le dijo también. Y que se había ido a la mezquita que quedaba a cuatro cuadras de allí. Sakura le agradeció con una enorme sonrisa y se fue rápidamente.
Al llegar, buscó y buscó pero no encontró nada. Igual no pensaba perder los ánimos. Shaoran había estado allí y lo más probable era que hubiese regresado al no encontrarla a ella en ningún otro lado. Siguió recorriendo la ciudad hasta que su reloj de muñeca marcó la una y media de la tarde. El calor se estaba haciendo insoportable y tenía una sed terrible. Compró una botella de agua helada en un puestito en una esquina y se la bebió de un trago. Compró dos más, una la guardó en su mochila y la otra fue tomándosela de a poco, mientras caminaba. De repente, escuchó un barullo a sus espaldas. Curiosa, se volteó justo a tiempo para ver como cinco tipos de traje se le abalanzaban desde la otra esquina. Sin pensarlo dos veces echó a correr.
¿Cómo mierda la habían encontrado tan pronto? Casi parecía que la seguían con una especie de rastreador, un GPS portátil o cualquier estupidez de esas. Estaba comenzando a pensar que realmente era así, por que eran demasiadas coincidencias. De todas las veces que había salido a la calle, todas las veces la habían encontrado. Pero esta vez no iba a permitir que le pusieran un dedo encima. Otra paliza como la anterior no la dejaría adolorida, sino completamente incapacitada. Además, tenía que encontrar a Shaoran. Necesitaba verlo.
Abriéndose paso entre calles y gentes comenzaba a sentirse presa de un deja vu recurrente. Estaba cansada de jugar al gato y el ratón con ellos, siendo ella el diminuto e indefenso roedor. No podía esperar al momento en el que finalmente se encontraría con Matsuda Hikaru cara a cara y llenarle la cabeza de plomo en venganza por todo lo que le había hecho pasar. El tipo iba a pagarle con creces su dolor y eso lo tenía jurado. No iba a morirse antes de ver ese pequeño sueño realizado.
Metiéndose en un barrio plenamente residencial, saltó una cerca de lleno al patio trasero de una pequeña casa a todas luces desolada. Casi sin detenerse se escabulló al interior, revisando al vuelo las habitaciones en busca de un lugar dónde esconderse. Finalmente, en el segundo piso dio con un armario repleto de ropa de cama y abrigos lanudos que no iban para nada con el árido clima de la región. Se metió allí como una niña pequeña que juega a las escondidas, cerró la puerta y se cubrió lo mejor que pudo con las sábanas. Justo en el instante en el que se tapaba la cabeza escuchó los pesados pasos de sus perseguidores en la planta baja. Ahogando el sonido del rastrillo con un edredón bastante grueso, cargó la pistola. Le quedaban suficientes balas para matar a tres de ellos, pero cinco la perseguían. Aún si conseguía reducirlos a todos cabía la posibilidad de que otros estuviesen esperándola fuera.
Respiró profundo, la mirada clavada en la delgada puerta de madera, contando mentalmente los segundos para que diesen con ella. Pero los segundos se transformaron rápidamente en minutos y nadie parecía seguir buscándola. Sabiendo lo mucho que arriesgaba, salió del armario con el arma delante de ella, lista para disparar. Despacio, muy despacio, fue recorriendo el pasillo que daba a las escaleras. Echó un vistazo por la baranda antes de bajar y encontrarse con los cinco matones que la perseguían, todos echados en el suelo con una bala perforándoles el cráneo. Reconoció el estilo y la puntería de inmediato, ahora solo tenía que encontrarlo.
—Manos arriba.
Sakura se paró en seco, con las manos en alto. Sin mirar hacia atrás dio un ligero paso hacia su derecha y en un instante había desarmado y sometido al desconocido. Fue entonces cuando notó la espesa cabellera castaña llena de tierra y los brillantes ojos ámbares mirándola con una mezcla entre la exasperación y la burla. La muchacha lo soltó de inmediato.
—Lo siento —se disculpó—. Pensé que eras otro de esos —señaló los cadáveres a su alrededor—. He visto bastante muerto esta última semana, creo que se convertirá en un hábito.
— ¿Con tu selección de trabajo? Obvio —repuso el otro poniéndose de pie—. ¿Cómo te siguieron hasta aquí?
Sakura se dejó caer en las escaleras y enterró el rostro entre las manos.
—Es una larga historia, pero al menos te encontré y tengo algunas cosas que podrán ayudarnos —le mostró a Shaoran la mochila en su espalda—. Son medicinas, armas, nuestras radios, municiones… en fin, lo básico.
— ¿Sabías que Matsuda nos descubriría?
—Tenía el presentimiento, así que me preparé para ello. Aunque a este paso nos vamos a quedar sin provisiones bastante rápido.
—Por eso es bueno que estos muchachos estén tan bien equipados, ¿no es cierto? —Se arrodilló junto a uno de los matones y le cerró los ojos—. Revisa a ese par de allá, quítales todo lo que tengan.
Sakura se puso a la tarea sin mucho remordimiento. Un par de meses atrás se habría rehusado a robarle a un muerto, pero en ese instante, atrapada en un país extranjero y con un asesino sediento de venganza pisándole los talones, no se iba a poner con moralismos. Ya luego pelearía esa batalla con su consciencia.
—Creo que eso es todo —recapituló la muchacha mientras guardaba sus nuevas armas (.9mm semi automáticas), las billeteras a rebosar de dinero y (para su suerte) las llaves de un auto—. No podremos usarlo mucho tiempo, la gente de Hikaru está en la calle. Si nos ven, estamos perdidos.
—Debemos correr el riesgo. En un par de horas sale un avión de carga a Moscú y tenemos que subirnos en él. Pagué bastante al piloto para que nos espere diez minutos más del tiempo especificado en el plan de vuelo. Si para las siete de la noche no estamos ahí entonces sí que estaremos perdidos.
La muchacha asintió con seriedad y se puso de pie, pero casi de inmediato volvió al suelo. Un dolor punzante le atravesaba en muslo.
— ¿Cómo mierda te hiciste eso?
La herida tenía casi diez centímetros de largo, con poca profundidad.
—Debe ser de cuando salté la cerca.
Shaoran negó ligeramente con la cabeza.
—Vamos a curar eso antes de que se infecte.
— ¿Y esos moretones?
Estaban en uno de los baños de la casa, rodeados de vendajes ensangrentados. Sakura, parapetada en el borde de la ducha sin pantalones y Shaoran arrodillado frente a ella, improvisando una sutura. El corte era largo, no tan profundo, pero perdía importancia en medio del mar de golpes que poblaban las largas y torneadas piernas. Acarició un morado particularmente vicioso cerca de la ingle y clavó los ojos ambarinos en el rostro de la chica.
—Hace unos días los matones de Hikaru me atraparon, me tuvieron todo el día en no sé dónde, me metieron una paliza y me soltaron en la noche.
—Pero están bien curados, ¿cómo lo hiciste?
Sakura sonrió.
—Digamos que mis padres me ayudaron —dijo en tono enigmático—. ¿Y tú? ¿Qué sucedió en el intercambio?
Shaoran se tomó su tiempo para responder. Terminó de suturar el corte y le echó un poco del alcohol a la herida para desinfectarla. Luego recogió las vendas sucias y las desechó de cualquier forma en la basura. Finalmente se sentó otra vez frente a la pelinegra y cerró los ojos.
—Todo iba bien hasta que un tipo que trabajaba para Matsuda se volvió loco. Resulta que nos metieron en una trampa para matar a Matsuda, pero el tiro les salió por la culata. Dimitri lo mató en medio de un tiroteo y otro tipo lo mató a él. Solo Jonathan y su jefecito salieron ilesos. Los tres nos metimos en un auto y salimos de allí, pero no estaban siguiendo. Una bala me alcanzó el hombro —se levantó la manga de la camiseta y le mostró el orificio cauterizado y suturado—. Entonces alguien llamó a Matsuda desde él hotel a decirle que Sayuki había desaparecido y que te habían encontrado en su habitación.
Tuvo que detenerse un momento. El miedo había sentido al creer que la perdería regresó con mucha más intensidad de antes.
—Perdí la cabeza y Matsuda también. Se puso como loco, intentó matarme mientras conducía… en fin, volcamos y conseguí escapar. Fue entonces cuando te llamé. Necesitaba advertirte de que nos habían descubierto para que salieras de allí, pero te me adelantaste.
—Bueno, no iba a esperar. Era irme o morir.
Shaoran asintió ligeramente.
—De verdad creí que te perdería. Ya me pasó una vez y ni pienso permitirlo una segunda. Matsuda no va a robarme a la… —se detuvo en seco y se aclaró la garganta—, a alguien importante de nuevo.
Sakura agachó la cabeza ante la intensidad con la que la miraban esos ojos ámbares. Su corazón latía desbocado, aferrándose con fuerza a esas palabras. Había dicho que era alguien importante para él, pero importante como. ¿Cómo compañeros, cómo algo más? Tenía la sospecha de que había querido decir otra cosa, pero en el último minuto había cambiado de opinión. Ella en cambio lo tenía claro. Se había enamorado de él y nadie iba a cambiarlo. Y entonces se dio cuenta de que estaba dolida, furiosa inclusive. Sin sabes muy bien por qué se puso de pie y comenzó a vestirse. Shaoran notó el cambio en su comportamiento y se levantó también.
— ¿Qué te pasa?
Exacto. ¿Qué carajo le pasaba? Hasta hace un segundo estaba perfecta y ahora lo único que quería era alejarse de él. Tal vez tanta tensión acumulada a lo largo de esa horrible semana estaba jodiéndole el temperamento. Sí, eso debía ser. No estaba molesta por que Shaoran no la correspondía. Suspiró.
—Nada —dijo, aunque sonaba a mucho.
Por algún motivo eso no lo convencía. Sabía que algo le sucedía y quería averiguar por qué.
—No te creo —se escuchó decir antes de ser consciente de que había abierto la boca.
Sakura se quedó petrificada en la puerta del baño, decidiendo entre responderle o largarse sin darle explicaciones. Además, como hacerle entender algo que ni ella misma comprendía.
—Yo también tenía miedo de perderte, pero ya estás aquí y estás bien y saldremos de esta y pronto iremos a casa y todo será como antes —repuso.
—No creo que eso sea posible —dijo Shaoran, recordando de repente la noticia que había escuchado hace unos días.
— ¿De qué hablas?
Le contó sobre el reportaje y el código azul y todas las cosas que eso implicaba. El rostro de Sakura era un poema, todo pálido e inexpresivo.
—Mi hermano cree que estoy muerta —susurró—. ¿Qué mierda está pensando Kenichi? ¡Se volvió loco!
—Es una medida de seguridad, Sakura, de esa forma se aseguran de que Matsuda no sepa nuestras verdaderas identidades. Para él todavía eres Hatori Yuuka y yo todavía soy Kihara Masashi. En unos cuantos días más, cuando todo se calme, enviarán gente por nosotros. Y si no quieren hacerlo estoy seguro de que Eriol encontrará la forma de convencerlos.
Hubo un minuto de silencio.
— ¿Eriol?
Mierda. Tarde se dio cuenta de que había hablado más de la cuenta.
— ¿Hiraguiizawa Eriol? ¿Es a él a quién te refieres?
—Yo… —gruño exasperado—. Él no quería que te enterases de esta forma. Hace años que trabaja conmigo. Por un tiempo fue agente de campo y cuando se casó se retiró, pero hacía falta alguien con sus conocimientos y le dieron un puesto de informático.
— ¿Cuánto tiempo estuvo siguiéndome cuando fui novia de Hikaru?
Ahora lo entendía. La imposible coincidencia de que Eriol la encontrase medio muerta tres años atrás. Había estado siguiéndola y de seguro también a Hikaru. Durante todo ese tiempo él lo supo todo. Sabía la clase de bestia con la que compartía cama y no había hecho nada por ayudarla. Se pasó una mano por el rostro, indignada. El hombre al que consideraba su mejor amigo le había mentido.
—Le pidieron que siguiera a Matsuda en ese viaje para reunir información sobre su nueva novia. Él no sabía que eras tú, lo juro. Cuando se enteró quiso que te sacaran de allí, pero nadie le hizo caso, así que se quedó todo lo que pudo, vigilando. No se había esperado que Matsuda te golpeara de esa forma. Al regresar presentó la renuncia, pero no lo dejaron marchar. El aceptó quedarse con la condición de no revelar quién eras tú a menos que fuese estrictamente necesario. Es por él que Matsuda no te ha encontrado, es por sugerencia de él que te hayas vuelto policía. Le debes más que tu vida, sino también tu salud mental. Así que trágate ese enojo y agradece. No te mintió por que le diera la gana, lo hizo para protegerte.
— ¿Entonces que hago aquí? ¡Dime!
— ¡Él se opuso desde un principio, como yo! Pero Kenichi insistió en que fueses tú quien estuviese en la misión. Hicimos de todo pero no sirvió para nada.
—No te creo —le espetó y salió corriendo del baño.
Shaoran no se quedó allí, salió tras ella. La alcanzó en la sala, más allá de los cuerpos, rumbo a la puerta. Antes de que lograse abrirla la aferró con fuerza del brazo, pero Sakura se había esperado algo como eso y le propinó un codazo en la boca del estómago. Así se enzarzaron en una viciosa pelea que se alargó varios minutos. Finalmente Shaoran consiguió reducirla contra el suelo, usando su propio peso para evitar que se moviera. Ella lo miraba con una mezcla de odio y tristeza que amenazaba con hacerlo flaquear.
—Escúchame bien porque no pienso repetírtelo —le gruñó al oído—. En tu vida vuelvas a dudar de mis palabras. Si te digo que hice todo lo posible por mantenerte fuera de toda esta mierda es por que así fue. No puedo soportar la culpa de saber que estás sufriendo y aun así no podría pedir más. Tenerte aquí conmigo, la mujer de la que me enamoré, es una bendición. Me salvaste de mi mismo, Sakura, y tal vez de algo peor. Si otra chica hubiese estado en tu lugar, lo más probable es que hubiese muerto en el intercambio —se puso de pie de un salto y echó a andar hacia el interior de la casa—. Metete eso en la cabeza.
Sakura se quedó petrificada en el suelo, incapaz de moverse, ni siquiera pensar. Todo lo que había escuchado era imposible de creer. Shaoran le dijo que se había enamorado de ella. Enamorado. Él. De ella. Antes de darse cuenta ya estaba de pie y corriendo tras Shaoran. Lo atrapó antes de que subiera las escaleras y lo estampó contra la pared, sellando sus labios con un beso. Él le correspondió de inmediato con la misma intensidad, acariciándola sin pudor sobre la roba. Pasaron un tiempo así, besándose como si no existiera un mañana, antes de que un ruido en el piso superior los regresara de golpe a la realidad.
En un instante estaban escondidos detrás de uno de los muebles de la sala, sus corazones latiendo a toda velocidad.
— ¿Dónde están las mochilas? —preguntó Shaoran en un susurro.
—En la cocina.
—Espérame aquí.
Haciendo el menor ruido posible Shaoran se escabulló en la cocina y regresó con las mochilas. Sakura recibió la suya y se la colgó de la espalda. El castaño hizo lo mismo. Para ese momento los ruidos se escuchaban cada vez más cerca, casi como si provinieran de la escalera. Ante la presencia de una posible amenaza, el par de agentes se pusieron en marcha. Salieron por una ventana en el mismo momento en el que un tipo de negro aparecía en la sala, encontrándose con la sorpresa de cinco cuerpos sin vida y cero culpables. Corriendo por las calles como almas que lleva el diablo, pusieron toda la distancia posible entre ellos y el barrio judío, llegando casi a los límites que separaban La Mellah de la vieja Fez.
—Creo que necesitamos ese auto —comentó Sakura, recuperando el aliento.
—Luego nos ocupamos de eso, ahora tenemos que encontrar un lugar dónde escondernos.
La respuesta brilló en la mente de Sakura con la intensidad de un alógeno. Sin explicarle nada al castaño echó a correr de nuevo y no se detuvo hasta que estuvo frente a la familiar fachada de la casa de Ilona. Llamó a la puerta con desesperación y le abrieron de inmediato.
— ¿Sakura? —Ilona parecía realmente sorprendida de verla allí.
—Necesito que me escondas.
Sin dilaciones la mujer se hizo a un lado y les permitió pasar. Acto seguido cerró las puertas con llave y corrió las cortinas de todas las ventanas del primer piso.
—Pueden quedarse todo el tiempo que quieran, aunque no se los recomendaría. Hoy vinieron unos tipos de terno a buscarlos. Que vinieron en un viaje de negocios dijeron y que su jefe está muy preocupado por ustedes. Tienen hasta mañana al medio día para aparecerse en el aeropuerto de Saïss.
Sakura soltó la mochila.
—Mierda —gruñó Sakura al tiempo que comenzaba a rebuscar en su mochila—. Mierda, mierda.
— ¿Qué pasa? —preguntó Shaoran.
Pero no le respondió, sino que sacó su agenda electrónica y comenzó a teclear como loca.
—Está adelantando todo —y como nadie parecía entender, añadió—. Hikaru se va mañana a Moscú. Cada año, al regresar de Marruecos, programa un viaje a Rusia para visitar la filial de VC que controlaba Dimitri. Se quedaba otra semana más y al regresar traía consigo reportes de transacciones que el departamento de contabilidad nunca había visto.
—Y ahora que la cabecilla de droga aquí en Marruecos está muerta, quiere asegurarse de que sus demás proveedores todavía le son fieles —completó el muchacho—. Si se nos escaba ahora lo perderemos para siempre.
—Precisamente por eso tenemos que llegar a Moscú antes que él. Tu avión no nos servirá, sale demasiado tarde. Tenemos que encontrar a alguien que nos lleve antes.
— ¿Cómo?
—No lo sé.
Ilona asistió a la conversación entre el par de japoneses sin entender ni medio. Sakura pareció darse cuenta y volvió a repetirse en inglés.
—Yo puedo ayudarlos con eso —dijo al fin. Subió rápidamente las escaleras y cuando volvió a bajar, lo hizo en compañía de Abul—. Necesitan tu avión —le dijo en árabe.
— ¿Para qué? —preguntó en el mismo idioma.
Shaoran, quien también dominaba el idioma, le explicó su reciente situación de la forma más coherente que pudo.
—Un avión de carga sale del aeropuerto rumbo a San Petersburgo en una hora, puedo ayudarlos a subir, pero una vez lleguen allá tendrán que tomar un tren a Moscú. Si no me equivoco llegarán con unas cuatro horas de ventaja —les explicó en inglés—. Le avisaré a Olnha, mi asociado, para que esté preparado. Hasta eso descansen, porque les espera un largo viaje.
Bel'sNotes: Hasta aquí el capítulo. Las cosas se están poniendo interesantes por aquí. Muchas gracias a todas sus palabras de apoyo y sus comentarios, que son la gasolina que me impulsa a escribir.
Nos vemos en el siguente...!
