10.- Bajos Instintos.
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Luna estaba sentada aparentando leer un libro, mientras su mente viajaba lejos de ahí, en otras dimensiones, tratando de encontrar a Theodore en una de ellas, y rescatarlo sano y salvo. Sabía que las posibilidades de recuperarlo eran escasas, pero mientras existiera la más mínima esperanza ella no se rendiría. Por ningún motivo.
El fuego de la chimenea danzaba violentamente, y el silencio era tan patente la estaba comenzando a exasperar. Vio una sombra pasar por la puerta, reconociéndola de inmediato.
–¡Alex! –llamó con dulzura, dejando de lado su libro–. Desde que llegué no hemos podido hablar apropiadamente, ¿por qué no te sientas conmigo y conversamos hasta el amanecer como en los viejos tiempos?
El pelinegro asintió y se colocó al lado de Luna, esbozando una triste sonrisa.
–Lo siento, últimamente ando con la cabeza en otro lado –esbozó pasándose la mano por la cara con cansancio–. Han cambiado mucho las cosas desde la última vez que nos vimos.
–Lo sé –respondió ella–. También supe lo de tu pérdida... Lo siento mucho, ¿te encuentras bien?
–No –confesó en un suspiro –Y creo que nunca lo estaré.
–¿Te duele?
–No sabes cuanto.
Luna acarició con ternura el rostro del muchacho y lo acercó hasta recostarlo fraternalmente en sus rodillas, mientras Alexander se acurrucaba en su regazo como solía hacer cuando aún asistían a Hogwarts, donde durante las noches conversaban en la sala común de Ravenclaw hasta que salía el sol.
Si bien ambos estaban en distintos años, se habían hecho muy buenos amigos después de que él la salvara de unos abusivos, y a través de sus constantes conversaciones, prácticamente conocían toda la vida del otro.
–Te extrañé –susurró Alex–. No tenía a quien agobiar con mis problemas durante el último año –agregó con una breve carcajada.
–Lo tendrías si confiaras más en las personas –reprochó con falsa severidad.
–Sabes que eso es imposible. La única persona en la que confío eres tú.
Ella soltó una risita cantarina que se apagó lentamente.
–Discúlpame por haber desaparecido sin previo aviso –dijo apenada.
–Sólo si tienes una buena excusa –bromeó él.
La muchacha pasó a relatarle toda su experiencia en Italia; desde el viaje de negocios de su padre, pasando por su enamoramiento de un mortífago prófugo, llegando al fatal desenlace, dónde él era apresado por sus antiguos colegas, y ella salía del embrollo milagrosamente ilesa.
–¿Tú crees que siga vivo? –inquirió Alex cuando terminó de hablar.
–No lo creo, lo sé –respondió con una sonrisa apagada–. Pero lo que no tengo claro es por cuánto tiempo.
Se quedaron en silencio cada uno sumergido en sus propios pensamientos, hasta que él súbitamente retomó la palabra.
–Sólo espero que no termines como yo –dijo con gravedad.
–Alex, tu único error fue entregarle tu corazón a la persona equivocada. Por mi parte, yo estoy segura que Theo es mi alma gemela.
–Quizás Katie si era mi alma gemela después de todo –replicó no muy seguro–. Pero gracias a esos mortífagos hijos de puta nunca podré saberlo.
Luna suspiró hondamente antes de decidirse a responder.
–No te voy a mentir, Alex –dijo finalmente–. Ella era sólo tu "amiga", ¿o estoy equivocada?
–Cierto –concedió cerrando los ojos–. Pero de todas formas, vengaré su muerte. Eso no quedará así.
El silencio volvió a apoderarse de la habitación; sólo se escuchaba el crepitar del fuego, y la respiración de ambos. ¿Cómo habían cambiado tanto las cosas? ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil?
–Alex... –comenzó insegura–. ¿Por qué no te olvidas de Katie? ¿Por qué no intentas darte una oportunidad?
–Basta –cortó sabiendo lo que estaba insinuando–. No puedo utilizarla de premio de consuelo, no es mi estilo.
–Sabes que no es de premio de consuelo –repuso rodando los ojos–. Tú también la quisiste a tu manera, y estoy segura de que a ella no le eres indiferente –él la miró interrogante–. Trabajaba conmigo en San Mungo, y por lo menos hace un año atrás, no perdía oportunidad en preguntarme cómo te encontrabas.
–Déjalo –bufó él, cerrando los ojos nuevamente–. Ya elegí en su oportunidad, no puedo retractarme.
Luna decidió callar y no insistir en el asunto. Alexander era una persona muy inteligente, pero a la vez, testarudo y cerrado de mente. Había cometido en su adolescencia el error de enamorarse de dos mujeres a la vez, dos personas demasiado opuestas entre sí, y ella había tenido que presenciar la difícil decisión que él tuvo que tomar, aunque a su juicio, su mejor amigo había elegido mal. Y ahora ese amor tormentoso seguía haciéndolo infeliz desde el más allá, llenando su corazón de odio y de venganza.
"Ojalá algún día encuentres la paz que tanto necesitas" deseó la rubia con sinceridad. Pero ella no llegaba a comprender cuán herida se encontraba el alma del hombre que reposaba en sus piernas, y que ahora se encontraba callado, reviviendo antiguos demonios.
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Pansy casi se pone a gritar como una histérica cuando entró a la habitación del auror y no lo encontró adentro. ¿Dónde se había metido el desgraciado?. Buscó por todo el segundo piso, pero ni rastros había de él. La botellita que contenía el estimulante picaba en sus manos. Estaba a punto de mandar todo a la mierda y regresar con los suyos, específicamente, a la cama de Draco; sin embargo, sabía que el rubio no se lo permitiría si fallaba en esta misión que ella se había auto impuesto estúpidamente.
Bajó las escaleras resoplando, dando fuertes pisotones en cada peldaño, dispuesta a hurgar cada espacio de la cocina hasta dar con algo de alcohol para ahogar las penas, cuando unos murmullos llamaron su atención.
Siguió el sonido hasta la sala de estar, y escondida detrás de una pared, observó a las personas que estaban adentro. Ahí se encontraba Alexander, plácidamente recostado en las piernas de Lunática, hablando con ella con naturalidad, cuando jamás lo había visto cruzar más de dos frases con otras personas de la casa. Sus nervios se crisparon de rabia, y sus manos se empuñaron tanto que estuvo a escasos segundos de romper la botellita que yacía en ellas.
Tenía el impulso súbito de asesinar a esa rubia desarreglada y fea con sus propias manos, o atacarla con un expelliarmus que la lanzara justo en la chimenea para que se bronceara en llamas. También quería asesinarlo a él; por no estar en su habitación cuando ella fue a buscarlo, por encontrarse ahí cómodamente junto a Lunática sonriéndole de vez en cuando, y mirándola con esos ojazos azules llenos de cariño, cuando para ella, sólo destilaban frialdad.
"¡Pero qué estás pensando!" Se reprochó molesta. "¡Ni que estuvieras celosa!"
Trató de agudizar el oído para captar de qué estaban conversando, pero no tuvo mucho éxito, sólo le llegaban frases sueltas.
"Tú también la quisiste a tu manera, y estoy segura de que a ella no le eres indiferente."
"¿Qué?" Exclamó mentalmente horrorizada.
"... no perdía oportunidad en preguntarme cómo te encontrabas"
"Cuenta hasta diez, Pansy, cuenta hasta diez", se repetía respirando hondamente, ¿Quién era la perra que pretendía seducirlo? "Quien quiera que sea, se las verá conmigo" pensó inconscientemente, apretando los puños.
"Déjalo, ya elegí en su oportunidad."
"¡Eso es! Rechaza a esa infame hija de... espera, ¿Ya eligió? ¿A quién?" El silencio se hizo insoportable para Pansy, así que decidió interrumpir esa adorable escena y llevarse al muchacho de ahí, aunque fuera a la fuerza.
Entró a paso firme para hacer notar su presencia y funcionó. Alexander se incorporó de un salto y quedó sentado al lado de Lunática, retornando a su habitual expresión fría y metódica.
–¿Se te ofrece algo, Astoria? –preguntó con ese tono de voz duro con el que solía hablarle.
–No, sólo no podía dormir y estaba buscando algo en qué ocuparme –respondió Pansy encogiéndose de hombros y tomando asiento al frente de él.
La mortífaga pensó en dejarse de rodeos y echarse todo el estimulante encima para que él no pudiera resistirse más. Sin embargo, no podía hacerlo con Lunática ahí presente, lo menos que deseaba en esos momentos era un trío, además, quería a Bleu para ella sola. Sí, era una egoísta, ¿y qué?
–¿Cómo has estado? –le preguntó Lovegood con gentileza–. ¿Se te ha hecho muy difícil?
–¿A qué te refieres? –inquirió confundida.
–A la muerte de tus padres –respondió bajito.
Pansy parpadeó, comprendiendo muy lento la situación.
–¡Oh! Sí, sí, muy difícil. Terrible –contestó sin mucha convicción– No hay día en que no me acuerde de ellos –agregó tratando de revertir su desliz–. ¿Me podrías hacer un favor? Necesito hablar unas palabritas con Bleu.
Luna asintió y tuvo la intención de levantarse, pero Alex la agarró por la muñeca y la volvió a sentar a su lado.
–Me puedes decir lo que sea frente a ella, es de mi absoluta confianza.
Pansy podía sentir sus dientes rechinar y sus ojos lanzar dagas asesinas, pero no alcanzó a replicar. Justo en ese momento irrumpió la anciana McGonagall, con la respiración agitada y los ojos desmesuradamente abiertos.
–Ataque... en... Diagon... Alley –jadeó a duras penas–. Que... alguien le avise... a Potter... partimos en dos minutos.
–Yo voy –se ofreció Alex, saliendo como un rayo del lugar.
Ella lo vio partir decepcionada, pero no le duró mucho, ya que las circunstancias eran inquietantes. Ese ataque no le olía bien. Algo raro estaba pasando y quería averiguarlo.
No iba a quedarse atrás.
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Si antes creía que Astoria era una mujer extraña, ahora sus suposiciones estaban más que comprobadas. Después de ese insólito encuentro en el pasillo, no dejaba de sentir la fragancia que ella le había colocado sin siquiera preguntarle, pero en vez de "relajarla" como la rubia había asegurado, le tenía el corazón a mil, casi con taquicardia.
Y calor. Sentía mucho calor.
Se quitó la túnica, pero su cuerpo no acusó recibo. Aún se sentía como un pollo en el asador. "¿Estaré enferma?" Se preguntó extrañada, quitándose la blusa para quedar solo con la camiseta que llevaba debajo de ella. Pero nada pasaba, era como si estuviera vestida con cinco chaquetones y una decena de bufandas.
Se estaba empezando a desabrochar el pantalón cuando Harry entró, totalmente ausente y mirando el piso agotado. Hermione no supo porqué su corazón aumentó más la velocidad, si es que era posible. ¿Le estaba dando un ataque cardiaco? Se llevó la mano al lugar para comprobar su estado, y casi podía sentirlo aporrear su pecho para salir de ahí.
–Harry –gimió asustada, ante lo cual el muchacho levantó de inmediato la mirada.
Nunca en su vida lo había visto tan atractivo. Su cabello estaba completamente desordenado y sus ojos brillaban como un par de esmeraldas. Sus gafas reposaban en el bolsillo superior de su camisa, dándole a su rostro una forma diferente a la habitual.
–¿Por qué hace tanto calor? –preguntó él, cambiando su expresión radicalmente, como si estuviera tratando de ocultar algo.
–¿Verdad que si? –dijo la castaña–. Incluso, me llega a doler el corazón. Estoy preocupada, late demasiado rápido.
–Déjame ver.
Harry se acercó a ella y puso la mano en su pecho, quedándose en silencio como si quisiera concentrarse en sus latidos. Mas era fácil adivinar que la concentración no obedecía a esos motivos, sino a la fuerte lucha interna que se estaba desarrollando en él, y cómo trataba de reprimir el impulso que lo llamaba a abalanzarse a ella como un animal.
Por su parte, Hermione sentía la mano del pelinegro como un paño húmedo en su acalorado cuerpo, un bálsamo del cual no quería desprenderse. Era un contacto refrescante, que necesitaba sentir en cada centímetro de su piel, y eso la asustaba.
–Ti... tienes razón –dijo finalmente Harry–. Late muy fuerte.
El muchacho seguía si quitar la mano, y los segundos pasaban como minutos. La respiración de ambos cada vez era más pesada, y el ambiente se había enrarecido a tal punto que la realidad para ambos comenzó a tergiversarse, al punto de perder el sentido común.
–Harry, yo...
Demasiado tarde.
Él se había abalanzado, apresándola en sus brazos y buscando sus labios con necesidad. Y ella... ella lo recibió gustosa, suspirando de alivio por la frescura que aquellas caricias le provocaban y porque cada roce de su piel le enviaba fuertes descargas eléctricas a su columna. Pero necesitaba más. Mucho más.
Abrió la camisa de Harry a la fuerza, haciendo que los botones explotaran y se dispersaran por distintos rincones de la habitación, mientras él le quitaba hábilmente la camiseta por encima de la cabeza, empujándola suavemente a la cama y subiéndose encima de ella en un dos por tres.
Siguió besándola, acariciándola, deseándola con pasión, sintiendo que no tenía suficientes manos ni labios para ello. Hermione, que se sentía casi en el paraíso, lo volteó para quedar encima, depositándole feroces besos en todo el torso, acariciándolo con la misma desesperación que él le demostraba.
Tan absortos estaban en su tarea, que no escucharon el chirrido de la puerta al abrirse.
–¡Pott...! –exclamó una voz desde el marco; voz que se extinguió ante la sorpresa de lo que estaba presenciando.
Ambos giraron el rostro en la dirección del sonido, con una expresión tan asesina que fácilmente podía equipararse a un avada. Sin rastro de vergüenza, sólo de apremio por seguir en lo que estaban.
–Lamento interrumpir –murmuró Alexander más colorado que un tomate maduro y desviando la mirada–. Pero nos acaban de informar de un ataque.
–¿Ataque? –repitió Hermione, quitándose de encima de Harry de un salto–. ¿Dónde? –preguntó buscando sus prendas por la habitación, olvidando lo que había estado haciendo por la noticia.
–Diagon Alley –contestó, recuperando de a poco la tonalidad de su rostro–. Al parecer, no tienen ningún objetivo concreto. Es como si quisieran destruir media ciudad sólo porque pueden hacerlo.
–Terrorismo mortífago –musitó la muchacha mientras se abotonaba con rapidez la blusa, ante la mirada decepcionada de Harry que aún parecía en otro mundo–. ¿Qué piensas que no te estás preparando? –le espetó ceñuda.
–¡Ah! ¡Lo siento! –exclamó Harry avergonzado, levantándose de la cama también para vestirse.
–Los dejo para que puedan arreglarse –informó Alex incómodo–. Estaré esperándolos abajo –agregó.
Sin embargo, no se movió del lugar. Miraba a Hermione como si nunca la hubiera visto antes, y ella también fijó unos segundos su mirada en él, preguntándose como se sentirían esas fuertes manos recorriendo su piel. Pero la información del ataque seguía rondando en sus respectivos cerebros, y la posibilidad de que pudieran cumplir sus objetivos de venganza fueron más potentes que el deseo que en esos momentos albergaban. Deseos inconfesables que fueron provocados por ese infame perfume que ella llevaba encima. Aunque ninguno lo supiera.
–Ya –soltó Alex alterado, saliendo finalmente del lugar.
Hermione sacudió la cabeza tratando de espantar aquellos pensamientos y comenzó a buscar su varita. Una vez que la encontró, sonrió ampliamente y la guardó en el bolsillo trasero de su pantalón. Estaba lista. Estaba preparada para terminar con todo.
–Espera –la atajó Harry por la muñeca antes de que pudiera salir de la habitación–. Prométeme que no vas a cometer una estupidez. Que no vas a lanzarte de cabeza contra Malfoy si es que llega a estar allá.
–No te puedo prometer eso, Harry –contestó ella impaciente.
–Entonces no vas –soltó ceñudo–. Te quedarás acá, no permitiré que pongas otra vez tu vida en peligro.
La muchacha parpadeó varias veces antes de responder. ¿Qué se creía? ¿Qué podía negarle algo? ¿Qué podía encerrarla en cuatro paredes como si fuera cualquier cosa? ¿Algo de su propiedad?
–¡Tú no me prohíbes nada! –gritó furiosa, soltándose del brazo con violencia–. ¡Y jamás podrás hacerlo!
Hermione desapareció como llevada por el diablo, y Harry se abofeteó mentalmente por su error. Un error que saldría más caro de lo que él esperaba...
Aunque nunca se enterara de ello.
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El grupo de aurores se apareció en Diagon Alley, mas tardaron unos segundos en reaccionar. El lugar era un campo de batalla, un verdadero desastre, una masacre de proporciones que no distinguía edad, sexo o condición. Había polvo en el ambiente que dificultaba la visión, y sangre pintaba el piso, con trazos alargados o puntos estrellados.
–Malditos –masculló Alex apretando su varita.
Los mortífagos atacaban por todas partes, como una danza mortal que estaba destinada a eliminar a todo aquel que se cruzase por su camino. Estaban ocultos por máscaras, pero se notaba que disfrutaban como si se tratase de un juego de quidditch, ya que carcajadas sonaban de vez en cuando.
–Malfoy –susurró Hermione, distinguiéndolo a la distancia a pesar de que su rostro estaba cubierto.
Estaba parado tranquilamente atrás de todo el caos, supervisando, mientras el resto hacía el trabajo sucio.
–¡No!
Harry no alcanzó a detenerla. Ella se escurrió como el agua entre los dedos, ignorando al resto de las personas que la rodeaban, esquivando los cuerpos que iban cayendo a su paso, sin quitar la vista del encapuchado que estaba metros más allá. Él trató de seguirla, pero los rayos rojos y verdes no dejaban de ir en su dirección, y no tuvo otra opción que defenderse, perdiéndola de vista sin remedio.
El resto de los aurores se dispersaron para defender a los escasos sobrevivientes que quedaban, sin embargo, Alex parecía clavado al piso, mirando acusatoriamente a la rubia que estaba parada al lado de él.
–¡Demonios, Luna! –exclamó irritado–. ¿Por qué viniste? ¿Acaso estás loca?
–Theodore puede estar entre ellos –respondió como si nada, mirando en todas direcciones.
–¡Se realista, por todos los hechiceros! –bramó Alex, agitando los brazos–. Sí está aquí es el enemigo, además es imposible que lo reconozcas, estos malditos cobardes no son capaces de mostrar el rostro. ¡No quiero perderte a ti también! ¡Vete antes de que te hagan daño!
–¡No me iré a ningún lado! –contestó decidida–. ¿Acaso tú dejarías a un ser querido abandonado? ¿No habrías dado tu propia vida por salvar a Katie?
–¡No la nombres! –gritó encolerizado–. ¡No la nombres! ¡Ella está muerta por culpa de esos hijos de puta! ¡Y tú estás arriesgando la vida por uno de ellos! ¡Por un sucio mortífago!
Luna lo miró dolida y Alexander supo que se había extralimitado. Ella no tenía la culpa de su miseria, ni tampoco aquel sujeto que desconocía. Ese tal Nott sólo era una victima más de una guerra sin sentido.
–Lo siento –se apresuró a aclarar–. No quería...
–No importa –cortó ella.
Y sin más, Luna avanzó entre la multitud en búsqueda de su amor, ignorando los llamados desesperados del pelinegro a sus espaldas, que no tardó en perseguirla para tratar de hacerla entrar en razón, o al menos, protegerla.
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Pansy caminaba como un león enjaulado dentro de la habitación. Si mal no había escuchado, sus verdaderos colegas habían iniciado un ataque, asesinando a diestra y siniestra. ¿Qué diablos había ocurrido? Eso no era una táctica habitual entre los mortífagos, al menos, no sin una buena razón. ¿Qué pretendían?
Miró el reloj y bufó al percatarse de que aún quedaban diez minutos para que la poción multijugos dejara de hacer efecto. No podía esperar más. Salió de Grimmauld Place sin que nadie lo notara y se apareció en la mansión Malfoy justo cuando estaba recuperando su verdadero cuerpo. Corrió a buscar su traje de mortífago y su máscara, y en tiempo record se apareció en Diagon Alley, que parecía un verdadero desastre.
Avanzó cautelosamente, lanzando hechizos a quien se le cruzara mientras trataba de encontrar a Draco para pedirle explicaciones, pero otra persona se atravesó en sus ojos.
Lo vio a distancia, blandiendo hábilmente la varita de un lado a otro, avanzando entre los inocentes y encapuchados, siguiendo como perrito faldero a la Lunática Lovegood, que caminaba con decisión alejándose de él. ¿Qué había ocurrido?
Una sonrisa amplia se adueñó de su rostro, y sin pensárselo dos veces, se interpuso en su camino para jugar un rato.
–¿Por qué tanta prisa, guapo? –le preguntó apuntándolo con la varita–. ¿Tantas ganas tienes de morir? ¿Tanto desprecias tu patética vida?
Alexander frunció el ceño y la apuntó de vuelta, sin responder a las provocaciones de la mortífaga.
–¿Demasiado miedo para hablar? –insistió para fastidiarlo.
–Quítate –respondió duramente, tratando de seguir con la vista a Luna, que estaba a punto de perderse entre la multitud.
–¡Qué modales! –exclamó Pansy con falso disgusto–. ¿Ni siquiera te dignas a saludar a un viejo oponente? ¿Ya me olvidaste, cariño? Pensé que tenía mayor impacto en las personas, especialmente en los sobrevivientes de mis ataques.
Los ojos del muchacho brillaron de inmediato al comprender de quien se trataba. ¿Cómo no había podido reconocer esa voz? ¿Cómo no había podido reconocer esa postura altanera y esos ojos crudos detrás de la máscara?
–Eres tú –soltó seguro, apretando tan fuerte la varita que sus nudillos se blanquearon–. ¡Tú la mataste!.
–¿Podrías especificar? –resopló ella rodando los ojos por debajo de la máscara–. He matado a demasiados como para recordarlos.
–¡Tú eres la perra que mató a Katie! –acusó temblando de furia.
–¿A la estúpida de Bell? –inquirió sorprendida ¿a esa es la que quiere tan desesperadamente vengar?–. Un fracaso de auror, si me permites opinar. Fue pan comido.
Alexander gruñó desde lo más profundo de su ser, y la mortífaga por un momento tuvo miedo. Esta vez, pelearían en serio, y ella no estaba segura de querer herirlo.
–¡Sectumsempra!
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Hermione parecía un caballo de carreras, mirando solo al frente, mirando solo a Malfoy. Estaba tan cegada por la ira, que por pura casualidad del destino se salvó de un par de avadas que volaban directamente en su dirección.
Draco no se había percatado de su presencia, pero cuando lo hizo, ya era demasiado tarde. De un potente expulso la aurora lo había echo volar por los aires y estrellarse contra la vitrina de una tienda de antigüedades, que afortunadamente se encontraba desierta.
Entró agresivamente al local y antes de que el mortífago pudiera incorporarse, ya lo estaba atacando de nuevo, esta vez, con un crucio. Draco comenzó a retorcerse en el piso de dolor, perdiendo la máscara en el acto.
–Así te quería ver –susurró ella con voz grave–. Retorciéndote como el gusano que eres.
–Eres... sólo... una... novata –rió él desde el suelo–. Puedo estar... todo... el día en esto.
–¿Ah sí? –inquirió alzando una ceja–. Entonces, quiero comprobarlo con mis propios ojos ¡Crucio!
El hechizo se intensificó, pero aún así, Draco no emitió sonido que exteriorizara su dolor. Es más, parecía que la maldición cada vez era menos terrible para él.
–Sigo... esperando... –fastidió, sonriéndole con los labios tiesos, pero de todas maneras, sonriéndole de forma descarada.
–¡Maldito! –escupió ella, adelantándose hasta él para patearlo en el abdomen.
Sin embargo, Draco agarró su pie y logró botarla al piso, recogió su varita y le lanzó un Sectumsempra que ella alcanzó a esquivar por un centímetro, rodando por el piso.
Ambos siguieron enviándose maldiciones sin descanso, pero sólo lograron destruir la mitad de la tienda con eso. Al parecer, estaban tan igualados en fuerzas que terminaban por anularse.
Hermione entre el ajetreo de la pelea, empezó a sentir como ese calor asfixiante volvía a ella, esta vez con más intensidad. Era como estar envuelta en llamas sin quemarse, y necesitaba lanzarse a un río de cabeza, pronto.
Desesperada, con un accio logró que una silla estilo siglo XVIII se reventara en las manos del mortífago, que soltó la varita ante el dolor que el golpe le provocó. De un expulso lo lanzó contra la pared y lo acorraló con su cuerpo dispuesta a terminar con su vida de una buena vez.
Una gota de sangre resbalaba de sus labios carnosos, y Draco observaba embelesado su trayecto. La varita de ella lo apuntaba con decisión, dispuesta a conjurar en cualquier momento la maldición imperdonable más terrible de todas, pero poco le importaba eso, la muerte era algo secundario. Aquella gota lo llamaba, lo hechizaba, y él no se negaría a su mandato. Lo superaba, así como el extraño calor que lo estaba carcomiendo desde adentro, con tan solo tenerla cerca, recordando todos aquellos sueños en que la sangre sucia se comportaba de una forma lasciva.
De un manotazo, le arrebató la varita y la acercó por la nuca, besándola a la fuerza, deleitándose con el sabor metálico de su sangre, introduciendo su lengua por cada recoveco, absorbiéndole los últimos vestigios de aire, notando como ese calor asfixiante mermaba con su roce fresco.
Y fue en ese instante que el razonamiento de Hermione Granger se fue a la mierda.
Las mariposas de su estomago aleteaban desesperadas y el calor que sentía en todo su cuerpo comenzó a ceder. Era sencillamente delicioso y a la vez confuso. Le daba lo mismo los motivos, solo sabía que quería golpearlo, herirlo, matarlo, pero a la vez, quería sentirse su dueña, tomarlo sin que pudiera negarse, arrancarle los más profundos gemidos, utilizarlo para satisfacer sus necesidades.
Si con eso podía aplacar su calor, ella lo deseaba, ahí y ahora.
Cuando él la soltó, Hermione lo golpeó en la cara con tanta fuerza que se la volteó hacia la izquierda, para luego atacar su cuello, mordiéndoselo como si se tratase de un vampiro. Draco abrió los ojos de par en par, aún algo adolorido, pero por sobretodo sorprendido. Aquella mordida había despertado aún más su libido y eso no podía ser, eso estaba mal, no podía permitirse desear a una sangre sucia.
Y si lo hacía, sólo podía ser en sueños, nunca en el mundo real...¿O sí?
De un rodillazo en el estomago se la quitó de encima, y la volteó violentamente para dejarla ahora a ella contra la pared, tirando de sus cabellos para liberar su cuello, y morderla de vuelta con tanta fiereza que logró un grito de su parte, sintiendo como su carne palpitaba entre sus dientes.
Las pulsaciones de ambos se iban acelerando progresivamente. Hermione sentía su cuello succionado y no podía creer que aquella bestial conducta pudiera excitarla tanto. Estiró los dedos hacia una repisa que estaba al lado y tomó de ella un florero de cerámica, el cual estrelló contra la rubia cabeza de mortífago, que pronto la liberó trastabillando hacia atrás.
Quería insultarlo, ¡por Merlín que quería hacerlo!, pero de su boca no salía ninguna palabra, pues sus instintos la llamaban a abalanzarse encima y terminar de una buena vez con el juego. Pero Draco no estuvo de acuerdo al sentir como sus cabellos quedaban pegajosos por el liquido tinto que empezó a escurrir de su cráneo.
Enfurecido, la apresó entre sus brazos y la empujó con fuerza contra un gran espejo que estaba al otro lado de la pared, logrando que éste se trizara en mil pedazos y que la muchacha empezara a ver doble, sintiendo como el vidrio comenzaba a invadir su espalda.
Hermione tomó uno de esos pedazos y con el atacó a ciegas, logrando rozar el pecho de Malfoy, provocándole un corte que sangró tímidamente. Pero a él no le importó. La apresó otra vez contra los restos del espejo, empujándola con su cuerpo y se hundió nuevamente en sus labios entreabiertos, que contra todo pronóstico, lo aceptaron con gusto. Pero tan sólo por un momento.
Hermione necesitaba llevar el control. Reducirlo, subyugarlo, someterlo. Mordió con tanta fuerza la lengua que expertamente la acariciaba que pensó que terminaría por cortarla. Draco la soltó ante la agresión llevándose ambas manos a la boca, pero no fue suficiente para ella.
De una hábil patada lo lanzó hacia atrás, pero no contaba con que el rubio la atajaría por las muñecas llevándosela consigo. Ambos cayeron con tanta fuerza encima de una mesa que ésta colapsó por el impacto y terminó por derrumbarse. Al igual como se derrumbaron las últimas defensas de ambos.
Como si estuvieran hechizados por un imperio de algún sádico e ignorando el dolor que sentían por los diversos cortes y contusiones, comenzaron a acariciarse por sobre la ropa, besándose con desesperación, mordiendo cualquier trozo de piel que quedara a la vista. Pero nada de eso fue suficiente. El calor que ambos sentían era insoportable, como si quisieran liberar ese cúmulo de energía que se adueñaba de sus cuerpos. Hermione sentía que su vientre ardía.
Malfoy se deshizo de su blusa con facilidad, y el sujetador simplemente lo rompió con los dientes, mientras ella destruía su camisa y bajaba con desesperación el cierre de su pantalón. Él rodó para dejarla abajo y comenzó a trazar un camino de besos y mordiscos, que la dejaron tocando las estrellas y algo más.
Tan excitaba estaba, que ni se percató cuando su enemigo había desgarrado sus vestimentas y le había quitado el pantalón haciéndolo volar por los aires, hasta que sintió una suave brisa en las piernas.
Nuevamente el cerebro de Hermione se dividió. Una parte quería gritarle que se detuviera, que le daba asco, que jamás le volviera a poner un dedo encima, mientras que la otra parte rogaba por más...
y más...
y más.
Y como si Malfoy le hubiera leído la mente, lo obtuvo.
Rasguñó como una gata su espalda cuando finalmente él la embistió, sin aviso ni consideración. Simplemente se introdujo hasta el fondo, y casi la hizo llegar al orgasmo sólo con eso, arrancándole un grito que mutó en un sensual gemido, que logró erizarle los vellos al rubio, que quería escuchar más de esa trémula voz mientras se retorcía y apretaba contra él.
Siguieron bebiendo el uno del otro sin tapujos, alterados, extasiados, al ritmo de las embestidas que cada vez tomaban mayor velocidad y les arrancaban gritos, improperios y gemidos.
–Eres mía –Draco le susurró de pronto–. Y te gusta.
–Cállate y sigue –ordenó ella entre jadeos, mientras sentía su entrepierna temblar de forma exagerada–. Te detienes, te mato...
No pudo terminar la frase, pues el mortifago se había adentrado en su cuerpo a tal profundidad, que ella misma no conocía que aquello era posible.
–Me fascinan tus amenazas –confesó él en un ataque de sinceridad, manteniéndose en ese lugar, empujando aún más como si no fuera suficiente–. Cada vez que lo haces me dan ganas de darte una lección como la que ahora te daré, maldita sangre sucia. Después de esto, te costará caminar derecha.
Aumentó la velocidad por tercera vez, enterrando los dedos en sus muslos para ayudarse, extasiado con los gemidos que ella le regalaba sin proponérselo, recibiendo cada rasguño de su parte con gusto. En esas circunstancias, no tardaron en llegar al clímax, tratando de mantenerse ahí con éxito por varios segundos, para luego, desplomarse agotados, en el cenit de la felicidad, enroscados como un solo cuerpo.
Hermione trató de inhalar el aire que en esos momentos escaseaba de sus pulmones. El calor insoportable que estaba sintiendo minutos atrás comenzó a disiparse, dando paso al frío que atacó su desnudez.
Y estando ahí, apegada a un cuerpo lleno de heridas y cortes que ella misma había provocado, cayó en cuenta de lo que había hecho. Su racionalidad volvió de golpe, dejándola mareada y con serias ganas de vomitar.
Se había acostado con Malfoy. Se había entregado a él de la forma más salvaje y primitiva posible. Y lo peor de todo, a pesar de que la culpa la estuviera inundando hasta ahogarla, no podía negar que le había gustado esa explosión de placer, que jamás se había sentido tan viva, a pesar de que no sintiera un apice de sentimientos por él.
"No... no puede ser" se dijo así misma, tratando de despertar de esa horrible pesadilla, en donde ella había perdido los estribos, insultando a la memoria de Ron y traicionando su relación con Harry.
Desesperación. Estaba al borde de la locura, observando como su peor enemigo dormitaba plácidamente afirmándola por la cintura, como si le perteneciera, cómo si fuera lo más normal del mundo, mientras ella creía que moriría de la angustia en cualquier minuto.
Enceguecida por la culpa, por los demonios que no tardaron en atormentarla, palpó alrededor de su cuerpo buscando alguna cosa que pudiera ayudarla... y lo encontró. Era un gran trozo de vidrio del espejo que habían destrozado, roto convenientemente en forma puntiaguda, dándole apariencia de un cuchillo.
Lo tomó entre sus manos absorta en sus pensamientos, provocándose un corte en la palma, al que no le dio mayor importancia. Con cuidado, retiró la mano de Malfoy de si y se incorporó sobre sus rodillas, mirando como el pálido torso del mortífago subía y bajaba acompasado, completamente ajeno a lo que estaba ocurriendo, completamente indefenso.
Sin preámbulos, lanzando un grito desgarrador que emergió desde el fondo de sus entrañas, le enterró aquel trozo de vidrio justo a la altura del corazón, separándose de inmediato de él.
Draco no tardó en lanzar un alarido ahogado y llevarse ambas manos al lugar, topándose con la sangre que empezaba a chorrear por los costados, con los ojos tan abiertos que podían fácilmente extraerse de sus cuencas.
Ella se quedó mirándolo desde arriba, completamente hipnotizada con el cuadro que estaba apreciando, sintiendo como en su ser se mezclaban sentimientos tan opuestos como la satisfacción y el horror. Malfoy estaba gimiendo a sus pies hecho un ovillo, experimentando pequeños espasmos. Sus ojos, usualmente fríos como el hielo, estaban vidriosos de dolor y se fijaron en ella, ofreciéndole una mirada acusatoria que increíblemente logró hacerla sentir un atisbo de culpabilidad, sin saber porqué.
–Granger... qué has hecho –balbuceó él a duras penas.
Hermione no pudo soportarlo más, y no era porque no quisiera verlo morir. No. Ese no era el motivo. Las circunstancias del cumplimiento de su venganza y el hecho de hacerlo a traición la perturbaron en demasía. Sus sentimientos de nobleza y honor afloraron desde aquella porción de su alma intacta, tan pequeña como una nuez, pero que aún existía y cuya conciencia le pedía rendir cuentas
Se odiaba.
Se repudiaba.
Se desconocía.
Una lagrima rodó por su mejilla y sin mediar palabra, tomó lo que quedaban de sus ropas colocándoselas apresuradamente, saliendo de aquella tienda arrastrando los pies, sintiendo como los balbuceos de Malfoy martillaban sus oídos mientras se internaba de nuevo en la batalla. Incapaz de esperar que el hijo de perra se desangrara, pues de todas maneras, ya estaba condenado.
Para su mala fortuna, lo primero que vio al salir fueron los ojos verdes de Harry, que la buscaban desesperadamente unos metros más allá.
–¡Hermione! –gritó Harry aliviado, esquivando a aurores y mortífagos para llegar a ella– ¿Estás bien? ¿Qué te ocurrió? ¿Te hicieron algo? ¿Te duele algo?
Ella negaba con la cabeza en silencio, incapaz de hablar, tratando de evitar el dulce contacto de Harry. Ya que no se lo merecía. Estaba podrida por dentro.
–Por Merlín... estás toda sucia y magullada, esos cortes, ¿Qué le pasó a tu ropa? –preguntó preocupado, buscando unir sus ojos con los de ella, pero Hermione insistía en rehuir su mirada–. ¡Por favor, háblame! –insistió, tomando su cara en ambas manos.
–¡No me toques! –chilló enloquecida, rehuyendo el toque como si le quemara–. ¡No me mires así! ¡Sólo no lo hagas!
–¿Pero qué te sucede? ¿Qué pasó?
Los rayos pasaban entre ellos sin piedad, de un lado a otro, pero eso parecía no importarles. Ella estaba demasiado alterada para preocuparse, y él no podía pensar en nada más que en el estado de la muchacha.
–Lo hice, lo hice, lo hice –repitió caminando en círculos, completamente enloquecida.
Los hechizos seguían rozándolos, pero ella estaba ajena a eso, seguía murmurando cosas ininteligibles con breves carcajadas de por medio, que sólo lograban acentuar su apariencia gravemente perturbada.
–¡Hermione! –llamó, afirmándola por los hombros para calmarla–. ¡¿Qué hiciste?! ¡Dímelo de una buena vez!
–¡Lo maté, Harry! ¡Lo maté! –respondió temblando, jugando con sus dedos nerviosamente.
–¿A quién? –inquirió alarmado.
Ella llevó sus orbes para devolverle la mirada por primera vez.
–Maté a Malfoy –confesó, antes de desvanecerse en el piso.
Completamente inconsciente.
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Continuará.
