Capítulo diez

- Por última vez. Exijo hablar con la persona al mando de la investigación en curso sobre el ataque en el festival – dijo golpeando violentamente la mesa con el puño. Al parecer, un simple funcionario se creía con derecho a darle largas. Y eso la irritaba profundamente.

- Excelencia, con todos mis respetos, ya os he dicho que, lamentablemente, me es imposible complaceros - explicó lo más cortésmente que pudo el hombrecillo, intimidado por la fuerte insistencia de la noble y temiendo las represalias que pudiera tomar - Tal investigación es confidencial y sólo aquellas personas que posean la debida autorización podrán acceder a dicha información. Son órdenes del Emperador. Os aseguro que no puedo hacer nada más por vos.

- Pues espero que así sea- respondió con actitud amenazante - De lo contrario, si llego a enterarme de que un administrador de tres al cuarto ha osado desobedecer una petición expresa de un alto miembro del consejo imperial; ya puede ir despidiéndose de su empleo y de cualquier otro parecido. – Y con eso zanjó el asunto y salió de aquel despacho dando un fuerte portazo que hizo temblar las paredes de la oficina. Todos los presentes suspiraron aliviados en cuanto se marchó y la tensión generada comenzó a disiparse. Y es que enfrentarse a un miembro de la nobleza siempre implicaba riesgos.

Yoruichi, en el fondo, comprendía que aquel funcionario no tenía la culpa, pero se sentía frustrada al observar impotente cómo se le cerraban todas las puertas.

Habían transcurrido ya dos días desde la tragedia durante el primer día de festival, la cual se había cobrado la vida de tres de sus hombres más otros catorce civiles que fallecieron bien a causa de la explosión o arrollados por la turba. Por no hablar de los heridos, que también conformaban una cifra importante.

Sin embargo, en lugar de suspenderlo, el desarrollo de las fiestas prosiguió tal y como estaba estipulado, pues las pérdidas económicas en caso de clausurarse serían catastróficas. La única medida oficial que el gobierno había adoptado fue la de enviar patrullas militares que contribuyesen a la seguridad de los ciudadanos y que impidiesen que otra desgracia tuviera lugar. Asimismo, se decretó un día de luto oficial tras la finalización del festival.

Después de haberse encargado de formalizar los certificados de fallecimiento de sus tres subordinados, hombres buenos y disciplinados que conocía desde hacía tiempo, se entrevistó con sus respectivas familias. No fue una escena agradable, pero sentía la obligación de ser ella misma la que les transmitiera sus condolencias por las recientes pérdidas, aunque ninguna palabra que saliera de su boca les traería de vuelta a sus seres queridos. Encajaron con entereza la noticia, pese a la profunda tristeza y desolación que albergaban en su interior.

"Y encima cuando quiero averiguar qué les ha ocurrido exactamente a mis hombres, me despachan con simples excusas como si fuera una mendiga pidiendo limosna. Resulta de lo más humillante." – repasaba en su mente la noble Shihouin, cansada de tener que lidiar con la panda de inútiles que ocupaban cargos en el gobierno, escogidos convenientemente y desde luego no por méritos propios. Y éste último rechazo había sido la gota que colmó el vaso de su paciencia.

De sobra sabía que ni el Emperador ni su consejero privado consentirían su intromisión en la supuesta investigación que se llevaba a cabo. Era preciso hallar otra forma de averiguar la verdad. Pero, ¿cómo?

- Buenas tardes, señora Shihouin – le saludó efusivamente el general de la quita división, que al igual que ella paseaba por la amplia avenida que conectaba el Palacio Real con el resto de edificios ilustres.

- Me alegro de veros, general Hirako – respondió con una breve inclinación, contenta por reconocer una cara amiga – Ha pasado bastante tiempo desde nuestro último encuentro. ¿Cómo estáis?

- Bueno, no puedo quejarme - confesó con una sonrisa sincera – La vida me trata bien, aunque últimamente mi cargo me está dando más quebraderos de cabeza que de costumbre.

- Sé lo que es eso – repuso comprensiva – y me temo que esos "quebraderos de cabeza" no son exclusivos de los altos mandos del ejército – añadió con cierto pesar.

- Dejadme adivinar. No está siendo una buena semana ¿verdad? – Shinji Hirako presumía de ser un hombre apacible pero poseedor de una gran intuición. Un hombre que quizás podría serle de ayuda.

- General, ¿os robaría mucho tiempo si aceptarais pasear conmigo? El camino hasta mi casa es largo y me gustaría tener algo de compañía durante el trayecto.

- No concibo una forma mejor de emplear la mañana, mi señora – accedió gustoso a caminar junto a ella, seguidos de cerca por la silenciosa escolta que habitualmente acompañaba a la noble.

- Sé que eres un buen amigo de Isshin y de Kisuke – se dirigió hacia él ahora en tono más confidente e informal – y al igual que ellos, yo también estoy preocupada en vista de los recientes acontecimientos, especialmente aquellos que me afectan directamente. Sin embargo, nadie parece estar dispuesto a aclararme nada al respecto.

Shinji comprendió el verdadero motivo de aquel paseo.

- Es cierto que me han hablado mucho de ti, sobre todo de tu legendaria… "perseverancia" – Yoruichi sonrió al oír el eufemismo – así que supuse que este momento llegaría.

- ¿Insinúas que este encuentro no es casual? – cuestionó, cayendo en la cuenta de que tal vez estuviese subestimando al simpático capitán.

- Mi estimada amiga, las casualidades no existen – repuso sin perder la sonrisa. – De todas formas, tampoco es que nosotros sepamos mucho más acerca de la investigación. Oficialmente se considera un acto extremista de violencia, perpetrado por unos alborotadores descontentos con el actual régimen de gobierno y posiblemente relacionados con los tumultos acaecidos en los últimos meses. Se considera que esta desgracia tuvo lugar por culpa de la negligencia de las fuerzas de seguridad locales – explicó de forma sucinta - Por eso la primera medida que se ha tomado ha sido la de ejecutar al jefe de policía Ganju Shiba.

Yoruichi se paró en seco al oír esas últimas palabras.

- ¿Ejecutado? ¿Cuándo? – Apenas daba crédito a sus oídos.

- Ayer por la mañana, mediante un decreto real. Pobre hombre – se lamentó. - No era de los más inteligentes, pero tampoco merecía morir. Cuando supo lo que se le venía encima, ya era demasiado tarde.

Yoruichi guardó silencio unos segundos. No conocía personalmente a Ganju, aunque sí guardaba una buena relación con su hermana. Tendría que sacar tiempo para visitarla.

- ¿Y a quién van a nombrar ahora? - preguntó con creciente interés reanudando el paso.

- A nadie – respondió con aire resignado – Nadie civil, al menos. Han designado al general Zaraki como jefe de policía en funciones hasta que encuentren un sustituto adecuado. Pero los dos sabemos que ese reemplazo jamás llegará.

- Pero el ejército siempre se ha mantenido ajeno a las labores de la policía… hasta el día de hoy.

- Lo sé. A mí me da tan mala espina como a ti. Aunque visto lo visto, lo mejor es quedarse callado y seguir como si nada. O al menos aparentarlo – añadió dirigiéndole una mirada significativa.

Yoruichi reflexionó sobre las palabras de Hirako. "Ha sido una maniobra muy burda si lo que querían era obtener el control absoluto en las calles de la capital".

- ¿Qué opina de todo esto el comandante Komamura?

- Obviamente no está nada contento con esta manera tan inusual de proceder, e insiste una y otra vez en entrevistarse con el Emperador. Temo que al final le acaben destituyendo o asesinando. Puede que incluso ambas – declaró con franqueza, siempre en voz baja.

- ¿Y no hay nadie más que sospeche de todo esto? – Eso sí que le costaba creérselo.

- Supongo que sí. Pero les tendrá más en cuenta conservar su puesto que meter las narices en asuntos que en su opinión no les conciernen y arriesgarse a salir mal parados. Así que si "alguien" quisiera descubrir la verdad detrás de todo este montaje, tendría que investigar por él mismo. O por ella misma.

La noble captó la indirecta. De modo que si quería obtener respuestas debía hacerlo por su cuenta.

- Bien, ya hemos llegado – anunció elevando el tono - Me ha encantado conversar con vos, mi señora. Espero que pronto se nos presente una oportunidad similar.

- El placer ha sido mutuo, capitán. Sin duda ha resultado ser una conversación muy fructífera – respondió amablemente. – Saludos a Isshin de mi parte. Cuidaos y, sobre todo, tened cuidado.

- Gracias, lo mismo digo – hizo una breve reverencia - Ah, casi se me olvida. Espero que la jovencita Soi-Fong no tarde en recuperarse. No estaría de más contar con algo de ayuda adicional – añadió guiñándole un ojo. Y dicho esto, se dio la vuelta y echó a andar rumbo a los cuarteles de su división.

"Otro más que lo sabe. Maldito seas, Kisuke. En cuanto te pille…"

Acaba de cruzar el umbral de su residencia cuando un sirviente se le acercó corriendo.

- Mi señora – exclamó aproximándose hacia ella con urgencia. Yoruichi lo vio venir desde lejos y fue a su encuentro. Supuso que se trataba de un asunto importante.

- ¿Qué sucede?

- Se trata de la chica de la enfermería. Ha despertado.


"La ciudad entera estaba en llamas y la gente huía despavorida entre gritos de agonía. Hacía un calor sofocante y ella se encontraba en medio de ese caos. Debía escapar de allí, pero el suelo se había convertido en lava y no podía moverse. Estaba atrapada. Sus amigos le repetían que saliese de allí enseguida. Pero no podía moverse. Veía cómo la gente a su alrededor moría calcinada. El calor del suelo le abrasaba las piernas. Dos hombres la cogieron por los hombros y tiraron de ella con todas sus fuerzas, sin conseguir sacarla de aquel agujero. Una lengua de fuego se aproximaba con rapidez. Sus amigos huyeron al instante, dejándola sola. Notaba cómo el calor comenzaba a quemarle la cara. Intentó gritar pidiendo ayuda, pero nadie acudió. Estaba completamente sola…"

Soi-Fong se despertó de un sobresalto, empapada en sudor y con la respiración agitada. Tardó varios segundos en convencerse a sí misma de que tan sólo se trataba de una pesadilla.

"¿Dónde estoy?" La oscura habitación le resultaba vagamente familiar. Escuchó un ruido.

- ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? – Lo siguiente que percibió fueron los cegadores rayos de luz que atravesaron la ventana en cuanto se descorrieron las cortinas, obligándole a cerrar los ojos fuertemente, contrayendo el rostro.

- Hola. ¿Ya te has despertado? – sonó una voz masculina muy cerca de ella.

- Eso creo. ¿Quién eres? ¿Dónde estoy? – volvió a preguntar en medio de una total confusión.

- Estás en la enfermería de la mansión Shihouin. Tengo entendido que ya la conoces bastante bien. Te hirieron gravemente y te trajeron aquí. Has estado durmiendo cuarenta y dos horas desde entonces. Y mi nombre es Sentarô. – El que hablaba era un guardia de piel bronceada y cuerpo musculoso que lucía el pelo negro con un poco de barba y un permanente gesto severo en su rostro.

Pese a su grado de aturdimiento, pudo comprender todo lo que le decía. Poco a poco fue recordando el motivo de su convalecencia: las bombas en el festival, la posterior persecución, la casa destartalada, los asesinos, el puñal, Yoruichi… ¿Yoruichi? ¿Realmente fue aquello real o un sueño?

- ¿Y la señora Shihouin?– preguntó enseguida.

- Salió esta mañana temprano, pero me pidió que velara por ti y que en caso de que despertases, la avisara sin demora.

La chica creyó haber entendido mal, pero de nuevo la joven señora demostraba preocuparse por ella más de lo que correspondía.

- Te lo agradezco, pero no es necesario, de verdad – aseguró algo abochornada - No soy quién para merecer tantas atenciones por parte de…

- Las merezcas o no, simplemente me limito a cumplir órdenes, no a juzgarlas – la interrumpió sin apenas inmutarse – De todas formas, no debes preocuparte por eso. Tú harías lo mismo por cualquier otro compañero, ¿no es así?

Soi-Fong asintió dándole la razón. Al fin y al cabo, eran del mismo equipo.

- Gracias por cuidarme, Sentarô.

- No me las des a mí. Dáselas mejor a quien te ha salvado la vida. –Se limitó a contestar - Ahora, si me disculpas, he de ir a notificar el progreso en tu recuperación. No tardaré en volver. - Y dicho esto, abandonó la habitación cerrando la puerta tras de sí.

Mientras esperaba a que regresara, Soi-Fong volvió a repasar con más detalle los recuerdos que se agolpaban en su cabeza.

Les habían tendido una trampa, eso estaba claro. Seguro que aquel mago de pacotilla tenía algo que ver, aunque no pudiera demostrarse. Luego esos mismos malhechores habían intentado asesinarla, persiguiéndola calle abajo hasta finalmente dar con ella. Y jamás hubiera vivido para contarlo de no ser por Yoruichi Shihouin, que afortunadamente pasaba por allí en esos momentos. Sin duda alguna, aquí había gato encerrado.

¿Por qué habrían de molestarse en perseguirla a ella exclusivamente con tanta tenacidad? ¿Qué interés especial tendrían? ¿Y cómo sabía Yoruichi dónde encontrarla? ¿Y cómo es que fue capaz de vencer con tanta facilidad a todos esos hombres y salir indemne? - Necesitaba hablar con alguien que pudiera aclararle esas incógnitas. Y sólo se le ocurría un nombre.

Sin embargo, sus elucubraciones fueron interrumpidas en el momento en que captó una voz desde el pasillo y que ganaba intensidad a medida que se aproximaba a su habitación.

- Gracias, Sentarô. Creo que a partir de ahora podré encargarme yo personalmente de este asunto. Puedes retirarte.

- Así lo haré. Con permiso, procederé a reincorporarme a mi rutina de trabajo.

Y oyó cómo los pasos del reservado soldado se alejaban. Llamaron tres veces antes de abrir la puerta con suavidad.

- Buenas tardes, Soi-Fong. ¿Qué tal te encuentras? – le preguntó nada más entrar un hombre alto de pelo rubio ataviado con un kimono confeccionado en diferentes tonos de verde y que portaba en la mano un pequeño maletín metálico. Lucía además una amplia sonrisa en su rostro que la joven no pudo o no supo en ese instante corresponder.

- ¿Cómo sabes mi nombre completo? – Fue lo primero que acertó a decir.

- Querida, no creo que a estas alturas quede ya nadie que no conozca tu verdadera identidad – respondió distraídamente sin perder la sonrisa – pero tú quizás no sepas quién soy yo. Me presentaré, mi nombre es Kisuke Urahara.

La chica lo observaba con suspicacia. Nunca había oído antes ese nombre. "¿Lo conocería Yoruichi?"

- Para más señas, fui la segunda persona encargada de salvarte la vida, ya que obvia decir quién fue la primera, y créeme, extraer y contrarrestar los efectos mortales de ese veneno en concreto no está exento de riesgos para el paciente. Sólo gracias a la inmediatez del diagnóstico y de tu traslado hasta aquí fui capaz de sanarte – La chica permanecía atenta a la explicación. Había cosas que no recordaba.

- ¿Sois una especie de médico? – le preguntó cuando el hombre se acercó para tomarle la temperatura tocándole la frente aún perlada de sudor.

- Se podría decir que sí, pero por favor, te pido que no me trates con esa formalidad – le comentó mientras extraía del maletín que llevaba consigo una jeringuilla y comenzaba a prepararla - Al fin y al cabo, no pertenezco a ninguna familia ilustre ni tampoco gozo del prestigio necesario para ser tratado como tal.

Soi-Fong asintió sin perder de vista aquel objeto punzante.

- ¿Qué vas a hacer con eso? – inquirió frunciendo el ceño y poniéndose a la defensiva.

- Tranquila, es para un análisis de tu sangre. Necesito saber si la toxina ha abandonado por completo tu cuerpo – explicó en tono conciliador - La fiebre y las convulsiones han remitido, por lo que podemos mostrarnos optimistas. Aunque las heridas en los hombros y en los brazos tardarán un poco más en curarse del todo. Ahora, intenta relajarte – le pidió de nuevo con una sonrisa, aproximándose a ella.

No le gustaban las agujas, y mucho menos que la persona que la fuera a pinchar fuese un total desconocido hasta hacía escasos minutos. Pero no le serviría de nada protestar, así que se dejó hacer sin quejarse lo más mínimo.

- Bien, creo que con esto tendré suficiente para el análisis – sentenció satisfecho – Bueno, por lo demás, salta a la vista que se ensañaron bien contigo ¿no? – Comentaba reparando a su vez en los vendajes que cubrían buena parte de su cuerpo - Qué mala suerte… tu primera misión y ocurre esta tragedia.

- ¿Se sabe algo acerca de lo que pasó? – preguntó esperanzada.

Kisuke negó rotundamente.

- Absolutamente nada. Se ha iniciado una investigación, pero en fin, ya sabes cómo van estas cosas – en realidad no tenía ni idea – así que habrá que esperar. A menos que puedas aportar algo que ayude a agilizar el proceso, claro está.

- ¿Algo como qué? – no entendía el giro que acababa de dar la conversación.

- Como, por ejemplo, dar una opinión sobre la verdadera motivación del atentado, ya que tú lo viviste todo en primera persona - le sugirió de manera sutil, sin querer levantar sospechas – Hay algunos que creen que se trata un grupo antisistema que buscaban llamar la atención. Otros piensan que el principal objetivo era asesinar a la heredera del clan Shihouin, por razones políticas, quizá. ¿Qué crees tú?

"Ni una cosa ni la otra." – Estuvo tentada de responder –"Lo que yo pienso es una locura y seguro que no me creerías" – pero se cuidó bien de decirlo delante de él.

- No sé… - expresó en tono dubitativo - pusieron bombas que provocaron importantes destrozos y mataron a su vez tanto a soldados como a civiles… pero ignoro el porqué.

- Qué lástima, pero en fin, no importa – sonó decepcionado – Ahora concéntrate en recuperarte de tus heridas lo más pronto posible. Seguro que la señora Shihouin estará deseando que te reincorpores para encomendarte una nueva misión.

Sintió de repente una punzada en el pecho.

"Sí, seguro que después de demostrar lo inútil que soy lo que hará será expulsarme definitivamente de su escuadrón. No solo no he sido capaz de defenderla, sino que ha sido ella la que ha tenido que acudir a socorrerme. Tantas expectativas en mí… para acabar resultando una grandísima decepción".

- Sin embargo, no dejo de darle vueltas a un asunto que se me antoja muy curioso – comentó de soslayo el hombre de cabello rubio, intuyendo los pensamientos que asaltaban a la joven convaleciente – y es el hecho de que de los doce tipos implicados en el atentado, ocho de ellos te convirtieran en su principal objetivo. Porque eso es innegable, ¿verdad? – apostilló adrede.

Soi-Fong se le quedó mirando sorprendida, pues creyó detectar unas segundas intenciones en las palabras de aquel hombre. Prefirió no contestar.

- Sea como sea, cualquiera en tu misma situación no hubiera durado ni cinco minutos y tú en cambio has logrado sobrevivir, plantando además cara al enemigo – concluyó levantándose de la silla – Sin duda, es algo fuera de lo común. Mi más sincera enhorabuena.

- Gracias – respondió secamente, pues comenzaba a sentirse incómoda en compañía de ese misterioso "médico".

-En fin, he de volver al laboratorio a analizar esto – señaló el contenido del maletín – Cualquier cosa que necesites podrás pedírsela al enfermero de guardia. Espero que nos veamos de nuevo muy pronto, Soi-Fong, aunque en circunstancias más propicias. Ha sido un verdadero placer conocerte – añadió en actitud afable.

- Lo mismo digo, señor Urahara – aunque su visita no hubiese sido en absoluto placentera para ella, a pesar de tratarse de la persona que la salvó de la muerte, por lo que debía mostrar un mínimo de cortesía y agradecimiento.

Cuando se hubo ido, se recostó de nuevo en la cama y se entregó a sus tribulaciones personales, que se habían multiplicado tras la visita de aquel hombre.

Al cabo de un rato apareció un enfermero que le administró un sedante para paliar el renovado dolor de sus heridas al cerrarse y de los múltiples golpes y contusiones que decoraban su pálida piel.

No tardó en volver a dormirse.


El príncipe heredero paseaba de un lado a otro por la amplia estancia que conformaba el despacho del consejero privado Sasakibe, aguardando con impaciencia a que terminase de firmar unos documentos. Era una sala decorada con un estilo más occidental, en el que destacaban unos recargados candelabros de oro, grandes espejos de cuerpo entero, ostentosos muebles de caoba que servían como vitrinas para exponer la colección de tazas de porcelana, copas de cristal o pequeños utensilios cotidianos creados por los mejores artesanos del mundo. Carísimas alfombras de terciopelo granate recubrían el suelo y revestían además las paredes, que contaban además con varios cuadros con escenas de la vida en la Corte. Varios sillones tapizados en seda en tonos amarillos y dispuestos por todo el salón hacían juego con un biombo que servía de separación entre la zona de visitas y el despacho en el que Sasakibe solía trabajar y mantener sus reuniones privadas. Desde luego, esta peculiar decoración contrastaba fuertemente con el resto de las habitaciones en aquel sector del Palacio Real. Y es que el consejero era un amante de la cultura de occidente y aspiraba a ser tan refinado y tan ilustrado como sus homólogos en aquellos países.

Holgaba decir que muchos consideraban demasiado pretenciosas las aspiraciones y el modo de vida de aquel funcionario de Estado, más parecidas a las de un monarca.

- ¿Cuánto más te va a llevar eso? – Protestó ante su evidente tardanza - Tenemos asuntos importantes que tratar. Y no dispongo de toda la tarde para hablar contigo.

- Os ruego me disculpéis, mi príncipe – replicó en tono monocorde y sin elevar la vista de su mesa – Como bien sabréis, gobernar a menudo requiere de la tediosa tarea de supervisar continuamente lo que otros hacen.

- No me vengas con sermones, Chojirô – replicó con fastidio. Odiaba que le dieran lecciones - Puede que todavía no sea emperador, pero si algo sé es que gobernar no significa perder el tiempo con todo ese papeleo inútil. Para eso tenemos a los burócratas. Y bien que les pagamos por ello.

El consejero respiró hondo por enésima vez, tratando de no perder los estribos con los estúpidos comentarios de Shunsui. A veces incluso se preguntaba si había sido una buena idea aliarse con él.

- Bien, excelencia – se dirigió a él levantándose de su escritorio y dejando a un lado su tarea de revisión - ¿alguna novedad?

- ¿Cómo que si hay alguna novedad? Dímelo tú a mí – se quejó alzando la voz con irritación – Ya estoy harto de todo esto. El comandante Komamura está de un humor de perros e insiste un día sí y al otro también en hablar con el Emperador en persona. Y cuando le pido que me hable conmigo directamente, me ignora y se marcha sin más. ¡Como si yo no existiera! ¡Menudo descaro! Y no sólo él – continuó con su retahíla. - Cada vez más gente se atreve a mirarme por encima del hombro o a cuchichear a mis espaldas, incluso atreviéndose a cuestionar mis decisiones. En cuanto ocupe el trono me aseguraré personalmente de que todos ellos recuerden cuál es su posición y qué les pasa a los que se creen superiores.

- Estupendo, pero hemos de ser pacientes, por el momento – replicó el consejero, más que acostumbrado manejar estos habituales arrebatos de narcicismo – Ahora que la seguridad de la ciudadanía ha sido militarizada, reduciremos al mínimo los disturbios. Debemos hacer ver que este sistema resulta mucho más eficaz que el anterior.

- Ya, ¿pero y si los alborotadores se niegan a permanecer quietos?

- Para eso existe el soborno – se limitó a contestar – Descuidad, lo tengo todo controlado en ese aspecto. Sin embargo, hay algo que me preocupa, Excelencia: la chica.

- ¿Qué chica? – Preguntó Shunsui frunciendo el ceño, algo desconcertado - ¿Te refieres a la hija de los Fong? Tengo entendido que sobrevivió, así que tendremos que intentarlo de nuevo.

- No haremos tal cosa – sentenció de manera tajante ante la sorprendida mirada de su interlocutor.

- ¿Por qué no? Dijiste que esa mocosa podría tener información que nos convirtiera en sospechosos, pero con ella muerta ya no podrá delatarnos. Es muy sencillo. Puedo encargarme personalmente…

- He dicho que no – reiteró sin variar su actitud - No volverás a cometer otra chapuza como la del festival – Shunsui hizo ademán de protestar ante el reproche, pero el otro no le dejó – Si en todos estos meses no ha dicho nada es que no tiene ni idea. Y la que sí comenzará a sospechar será su distinguida benefactora, algo que desde luego no nos conviene. – En todos sus años de experiencia en el Consejo, había terminado por saber distinguir quién era realmente peligroso y quién no. Por lo tanto, mantener una conducta precavida estaba más que justificado.

- Esa mujer es sólo una consentida, una caprichosa y una presuntuosa. Una perfecta imbécil ajena a todo lo que ocurre a su alrededor que no sea ella misma – Claro que esa apreciación iba teñida de un gran resentimiento que sentía por el continuo rechazo al que ella le sometía - No creo que note la diferencia entre un sirviente más que uno menos…. ¿De qué te ríes?

- De que sin duda subestimas a esa mujer – replicó con calma – a estas alturas ya sabrá que la chica pertenece a la familia Fong y si además averigua que alguien tiene especial interés en asesinarla, no tardará demasiado en relacionar la destrucción de la ciudad de Nuang con una trama oculta. Nuestra trama, para ser más exactos –recalcó señalándose a ambos con el dedo. - Así que debemos dejar ese tema aparcado por el momento. Incluso puede que en un futuro nos sea de utilidad.

El Príncipe resopló mostrando su notable descontento. No soportaba que ese consejero se diera esos aires de gran sabio y tratara a los demás como unos pobres ignorantes.

- Como sea, he de irme ya. Más te vale que todo salga bien, porque si no… en fin – prefirió no pensar en las consecuencias - Si ves a Mayuri, salúdale de mi parte.

- Así lo haré, mi señor - hizo una reverencia - Disfrutad de la tarde.

En cuanto el príncipe se fue, el consejero Sasakibe se dejó caer en su sillón. Desde luego, el imperio había tenido que soportar varios dirigentes ineptos a lo largo de su historia, pero de entre todos ellos, Shunsui Kyoraku se llevaba la palma. No obstante y muy a su pesar, debía apoyarle si deseaba mantener su codiciado puesto con esos privilegios que otro emperador jamás le hubiera concedido. "Quizás cuando sea nombrado Emperador tengamos que suministrarle la misma medicina que está tomando su señor padre. Así nos dejaría a todos tranquilos y no tendríamos que preocuparnos de que acabara por incendiar su propio palacio." – pensó antes de desechar esa absurda idea de la cabeza, pues él solo no sería capaz de llevar un imperio desde las sombras. Y por esa razón no tenía ninguna prisa en que Yamamoto muriese, pues la relativa estabilidad de la que gozaban se podía ir al traste si un loco con delirios de grandeza se convertía en el tirano que ya estaba demostrando ser.

Lo mejor sería hablar con Mayuri. Un tipo excéntrico con fama de ser despiadado y cruel en sus métodos de investigación y con poca inclinación a la diplomacia, aunque sin duda el único, además de él mismo, con cerebro suficiente para gobernar un país. Y por mucho que le costase tolerar a sus cuestionables socios, no le quedaba más remedio que resignarse y ceder. Al menos mientras le siguieran siendo de utilidad para sus propósitos personales.


Ya despuntaban los últimos rayos de sol a través de su ventana cuando un enfermero entró de sopetón en su habitación sin llamar antes a la puerta. O más bien, enfermera.

A Soi-Fong le dio un vuelco el corazón cuando sus ojos enfocaron la silueta de su amiga, que corrió a abrazarla con emoción contenida, muy contenta de volver a verla después de tanto tiempo.

- ¡Hola, Soi! - la saludó llena de alegría y hablando sin parar - He venido en cuanto me he enterado, ¿cómo estás? ¿Te sientes ya mejor? ¡Menudo susto te tuviste que llevar!

- Isane, me estás estrujando las heridas… - dijo con una mueca de dolor.

- Oh, lo siento mucho – se disculpó enseguida a la vez que retrocedía y acercaba la silla para sentarse a su lado - ¿Te duelen mucho?

- Casi ni las noto, en realidad – notó cómo el rostro preocupado de su amiga se relajaba - No me han retirado la medicación, pero sí que me han rebajado la dosis.

- Eso es buena señal. Dentro de nada estarás como nueva – le aseguró con una sonrisa que transmitía optimismo y confianza. Soi-Fong le devolvió la sonrisa. Habían pasado tantos meses y seguía siendo la única persona que compartía un mismo pasado con ella, creando una conexión que ya sería difícil de romper, por muy dispares que fueran sus personalidades. – No te imaginas el lío que hemos tenido. Al menos cuarenta heridos nos llegaron de golpe, no dábamos abasto. Por cierto, Hanataro te manda un saludo. Y encima han decidido continuar como si nada. Es de locos. Pero en fin ¿tú qué tal? ¡Tienes que contármelo todo!

Estuvieron conversando largo rato, poniéndose al día de sus vidas. Isane seguía teniendo mucho trabajo en la casa de curas, pero su talento y destreza le habían llevado a ascender hasta convertirse en jefa de enfermería y una de las personas de confianza de la doctora Unohana. Estaba además aprendiendo muchísimo, y su mentora le había dicho ya alguna vez que tenía madera para llegar a ser una gran médico. Realmente se la veía muy feliz.

Antes de que se sirviera la cena, la chica de pelo lila se ofreció a ayudar a Soi-Fong a cambiarle los vendajes en cuanto terminara de ducharse. Se vistió además con ropa limpia, consistente en otro yukata de algodón blanco, pues el suyo estaba empapado del sudor acumulado durante las dos anteriores noches y el olor que despedía comenzaba a ser intenso.

Después de acabar de secarse el pelo, ya aseada y con nuevos vendajes, Isane la acompañó también durante la cena, consistente en una sopa de puerros servida en un cuenco que la morena tomó desde la cama, incorporada gracias a unos grandes almohadones que colocó su amiga tras la espalda.

Continuaron charlando animadamente, relatándose la una a la otra toda clase de anécdotas del día a día, sobre todo las divertidas. Tan alto sonaron las carcajadas que incluso hubo un momento en el que Soi-Fong temió ser regañada por hacer tanto ruido, pero se lo estaban pasando muy bien.

No volvieron a tocar el tema del incidente del festival, cosa que agradeció internamente, pues nada le convenía más en esos momentos que distraer su mente de pensamientos tan turbios.

- Vaya, se me ha hecho tardísimo – exclamó levantándose de un respingo al percatarse del color oscuro del cielo. – Lo siento mucho, de veras, pero es que tengo que irme enseguida o me llamarán la atención – dijo apresuradamente mientras se levantaba y colocaba la silla de nuevo en su sitio.

- No te preocupes, Isane. – le aseguró comprensivamente, conociendo de sobra el gran respeto por las normas que tenía su amiga - Te agradezco de todo corazón que hayas venido. Lo he pasado genial.

- Yo también. Espero que te recuperes pronto y la próxima vez seas tú la que venga a visitarme a mí. Kiyone también tiene ganas de verte.

- Así será – le prometió - Hasta pronto, Isane. Recuerdos a Hanataro y a tu hermana. - La chica volvió a abrazar a su amiga, teniendo más cuidado esta vez. Y se marchó tal y como había llegado, a prisas y corriendo. "Está un poco estresada, pero se la ve feliz".

Ahora volvía a quedarse sola. Pensó en volverse a dormir, pero lo cierto es que después de llevar dos días seguidos durmiendo y gran parte de la tarde, volverse a acostar era lo último que le pedía el cuerpo.

Aun así, cerró los ojos y trató de imaginar escenarios agradables o traer a la memoria recuerdos que siempre la hacían sonreír. Su idea tuvo éxito, aunque sólo a medias.

Se despertaba a cada rato, daba todas las vueltas en la cama que su estado le permitía, cambiaba de posición y se dormía de nuevo, pero nunca por mucho tiempo seguido. "Ojalá tuviera algo para leer. Podría encender una vela y entretenerme así" – pero no tenía a mano ni libros ni velas, así que tuvo que conformarse con persistir en ese continuo desvelo.

Justo cuando la centésimo-tercera oveja se disponía a saltar con agilidad envidiable aquella valla de madera, oyó cómo se deslizaba la puerta de su habitación con mucha suavidad. Se puso rígida y aparentó estar dormida. Probablemente se tratara algún sirviente o del enfermero que vendría a hacer la última ronda del día. Al encontrarse boca abajo, le era imposible visualizar a ese visitante nocturno.

Notó cómo la puerta se cerraba de nuevo, por lo que relajó su respiración, tratando de recordar en qué oveja se había quedado contando.

- No hace falta que sigas fingiendo. Sé que estás despierta.

Y más que iba a estarlo.


¡Hola de nuevo!. He conseguido subir este capítulo en un tiempo medianamente razonable, aunque no me arriesgo a prometer nada con respecto al siguiente. Mientras tanto, permanece la incógnita de quién será ese visitante nocturno. Aprovecho para dar las gracias por los comentarios/críticas/sugerencias. Espero no haber defraudado con éste capítulo ni tampoco con los siguientes. Un saludo =)