N/A: A; mi única justificación: mi primer año en la Universidad...
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Media Noche
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Sola había estado desde siempre en aquel lugar recóndito y oculto entre las montañas altas de China. Sola estuvo cuando sus madre murió de alguna enfermedad que ella nunca supo que era y sola anduvo vagando por el bosque cuando el hambre le pudo más a la necesidad de quedarse junto al cuerpo muerto de la mujer. Sola estuvo, incluso, cuando el anciano Caballero de Athena, del que tanto se rumoreaba en la aldea, la encontró y la llevó consigo.
Él, un hombre que le pareció que tenía como mil años de edad, le había hecho un colchón de paja tan ancho que Shunrei sintió que era la cama más grande del mundo —y también la más cómoda—, y por si no fuera poco, le había cosido ropa nueva, le preparó tanta comida que ella sintió que le reventaría el estómago y le contaba historias increíbles todas las noches. Pero el anciano no podía estar con ella todo el tiempo y tenía que dejarla sola para poder sentarse frente a la cascada y dedicarse a eso que él había nombrado como "la misión".
No le importaba, porque ella se dedicaba, solita, a limpiar la casa, lavar los trastos y lavar la ropa sucia; cosas que su madre se había encargado bien de enseñarle a hacer y en eso se distraía todo el día. Sola estuvo cuando aprendió a remendar, sin que se notaran las puntadas, su propia ropa cuando esta se rasgaba mientras andaba cogiendo frutas en el bosque. También estuvo sola cuando por fin pudo preparar un arroz perfecto para el Maestro Dohko y solita, sin que él tuviera que decírselo, se ponía a practicar unas rústicas katas de Kung-Fu que el anciano le había enseñado.
Cuando Shiryu llegó al Rozan, Shunrei también estuvo sola porque él estaba todo el tiempo entrenando y, cuando por fin tenía un rato libre, decidía que estaba muy cansado para convivir con la niña y prefería dormir. A ella no le importaba.
Shunrei no supo nunca cuándo empezó a querer a Shiryu y tampoco supo cuándo fue que se enamoró, simplemente un día se sorprendió a si misma angustiada por las heridas del entrenamiento, se sorprendió regañándole porque no se alimentaba adecuadamente o porque no tomaba el agua suficiente y se sorprendió, también, oliendo su ropa antes de echarla al agua para lavarla. Y un día se descubrió tomando la mano del muchacho mientras caminaban por el bosque para recoger fruta.
Cuando Shiryu consiguió la Armadura de Dragón y se marchó a Japón, ella volvió a quedarse sola. Tampoco le importó mucho porque se distraía en sus cosas y a veces, cuando terminaba un poco antes sus tareas, caminaba hasta el pueblo cercano y se sentaba entre los niños frente a un teatro callejero. Algunos días, incluso, se sentaba junto a Dohko y, aprovechando que no había ningún Caballero de Dragón mirándola, se saltaba el protocolo y se recargaba en el hombro del anciano mientras compartían una fruta o él le contaba una historia.
Shunrei, sola, lloró desesperada cuando vio cómo Shiryu, ese muchacho fuerte y optimista, se derrumbaba ante la realidad de que se había quedado ciego definitivamente y que, pese a los esfuerzos de Seiya por conseguir aquella agua milagrosa, sus ojos no se había curado. A ella no le importaba que él estuviera ciego, pero él estaba destruido. Ella no podía soportarlo.
Sola en su habitación, un día escuchó cómo Dohko regañaba a su discípulo por aquella actitud tan poco digna de un Caballero de Athena y lo invitó a reflexionar respecto a si quería lisiarse a sí mismo o si quería salir adelante y demostrar que su falta de ojos, no lo convertían en un inútil. Shiryu se decidió por lo último, marchándose al Santuario para ayudar a sus amigos. Shunrei no alcanzó a despedirse y se quedó sola con esas palabras que habría querido confesarle antes de su partida.
Shiryu tardó mucho tiempo en volver a pararse por los Cinco Picos después de eso y cuando lo hizo, Shunrei había salido corriendo a recibirlo con la firme convicción de confesar todo aquello que tenía guardado y que ya era tan grande que en cualquier momento le haría estallar el pecho. Pero el hombre que se encontró no era el que se había ido.
Seguía ciego, sí y ella nunca supo si en algún momento entre su lucha en el Santuario y con Poseidón, había recuperado la vista: nunca se lo preguntó y él nunca se lo contó. También lo percibió más alto, tal vez hasta más musculoso, lo vio tan imponente que se sintió pequeña e indigna a su lado y prefirió no decir nada. Todo siguió como antes de que él se fuera, como cuando eran amigos y cuando hacían cosas juntos y a veces ella lo hacía todo sola.
Pero hoy era diferente.
Shunrei se levantó a medianoche y sólo para no perder la costumbre, se puso a preparar arroz frito para llevarle su comida de la madrugada al Maestro. Todo era silencioso y oscuro, pero ella no tenía la necesidad de encender ninguna luz porque conocía cada recoveco como a su propia mano.
Los vapores olorosos de la comida inundaron la casa y escaparon a la noche cuando ella salió de casa con su plato de arroz y una jarra de agua fresca. Caminó con los pies descalzos hasta el acantilado y ahí, sola, se sentó a mirar la cascada que azotaba ferozmente las piedras y brillaba bajo una plateada luz de luna. Colocó una manta en el suelo y acomodó toda la comida; pero no comió nada y se dedicó a mirar los platos con los ojos acuosos, a punto de derramar mil lágrimas.
Levantó la vista al cielo cuando las lágrimas, necias como ellas solas, comenzaron a mojar sus mejillas y se concentró en dibujar y desdibujar el perfil de la constelación del Dragón.
Shiryu y el Maestro Dohko se habían marchado a una guerra hacía ya muchos meses y ninguno había regresado; sin embargo, ella esperaba pacientemente en Rozan, manteniendo todo tal cual como ellos lo dejaron al irse solamente para que no llegaran a encontrar nada ajeno a sus recuerdos… pero se tardaban tanto.
Shunrei siempre había estado sola y lo había hecho todo sola durante años; pero hoy, a medianoche y en medio de los ruidos tranquilos de una naturaleza indiferente, ella sentía, por primera vez, el vacío.
La soledad.
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